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Tolkien, de quien ya he hablado en este blog, se encontró un día, mientras corregía exámenes de sus alumnos, que uno de ellos había dejado (piadosamente dijo el escritor), un folio en blanco. En un impulso repentino, el fantástico Tolkien escribió en él: “en un agujero en el suelo vivía un hobbit”. Y entonces pensó que tenía que descubrir qué era, en realidad, un hobbit.
Así nació El Hobbit, de J.R.R. Tolkien.
Así nacen la mayoría de las novelas: con una idea casual, un momento de inspiración.
Tras ese instante, sobreviene un periodo en el que uno se piensa muy mucho, especialmente si nunca ha escrito una historia más o menos larga, si debe meterse en semejante berenjenal o no. Unos pocos valientes, a los que también se les conoce como locos, dan el paso y, de pronto, descubren un universo mágico. Mágico porque sólo lo conoce el propio escritor. Sólo él sabe qué camino tomará la historia. Es el Dios absoluto de su creación. Aunque esto tampoco es del todo cierto… las historias tienen vida propia, pero ya hablaremos de eso en otro momento.
La cuestión es que, sin saber muy bien cómo, uno se encuentra de repente buscando todo hueco posible para escribir dos líneas, para avanzar un poco en la trama. Se le ocurren ideas en el peor momento y lugar: aquel en el que no puede anotarlo, y entonces pasa el día entero repitiéndose a sí mismo esa idea para que al llegar a casa pueda al fin dejarla por escrito y darle un descanso a su pobre cerebro.
Escribe, y escribe sin cesar, durante días de días. Robándoles horas al sueño, al trabajo, al descanso y a la familia.
Y al fin, un buen día, varios meses después de que empezara todo el proceso, descubre que, de pronto, la historia ha llegado a su final.
Ningún escritor podrá hablar con mucha claridad de los caminos que ha tomado para llegar al destino. Simplemente podrá dar algunas pinceladas sencillas de cómo llegó al final del viaje.
Pero ahora queda lo más duro, una pregunta que todo escritor, en especial los noveles, se hacen de manera continua: ¿Cómo sé si lo que he escrito es bueno o no?
Lo mejor para contestar esa pregunta es contar con gente en la que confíes. En la que confíes TANTO, que sepas que van a ser sinceros si no les gusta, remarcando lo bueno, pero, especialmente, lo malo.
Dáselo a tantos como puedas, recibe tantas opiniones como puedas. Tal vez en tu entorno no encuentres a muchas personas dispuestas a ello. No desesperes, es algo normal. Acude entonces a foros de literatura on-line. Descubrirás a muchos en tu misma situación que estarán deseando intercambiar documentos para corregir y ser corregidos. Sólo has de tener la precaución de registrar previamente tu obra, por si las moscas…
Cuando lo hagas, empezarás a recibir comentarios de todo tipo. Algunos serán excesivamente corteses y valiosos, con profundos análisis sobre tu obra. Otros se dedicarán a dorarte la píldora, y algunos te pondrán a parir de forma cruel.
En todos habrá algo de verdad. Es tu deber descubrir cuál es esa verdad que se esconde tras la opinión de los demás.
Todo eso te ayudará a ver tu novela con ojos distintos, pero no te dirá la verdad. Porque sólo hay una cosa que te podrá decir si, realmente, tu obra es buena o no.
Tú mismo.
Sólo tú sabrás, en lo más profundo de tu ser, la calidad que atesora tu escrito. Es una sensación única, de plena satisfacción, de autoconfianza. La impresión de que una nueva persona ha nacido en ti. La seguridad de haber crecido como nunca antes lo habías hecho.
Si descubres esas sensaciones, no lo dudes: tu obra es buena.