Y una vez escrita nuestra primera novela, convencidos de su calidad… ¿ahora qué?

Pues ahora es cuando empiezan las caídas. Y será una tras otra, así que hay que prepararse para tener paciencia.

Quien escribe, y más aún quien escribe una novela, lo hace para que su historia sea leída. Y si se puede ganar algo de dinero (y digo “algo”, no convertirse en un megaventas), mejor que mejor. Y eso pasa, indefectiblemente, por ser editado.

Algunos se deciden por la autoedición y otros buscan editoriales. Muchos empiezan por lo más grande, entre otras cosas porque es lo más conocido.

Con independencia de cuál sea la opción que escojas, hay algo que hay que tener en cuenta: la presentación de la obra.

En este mundo hay que saber venderse para todo: para conseguir un trabajo, para conseguir pareja. Cualquier acto que implique que se nos elija a nosotros por encima de otros no depende exclusivamente del azar. Podemos hacer mucho para obtener el éxito, y en el mundo editorial, eso pasa, necesariamente, por una buena presentación de tu obra.

¿Cuántas novelas pensáis que puede recibir por ejemplo Minotauro al día? ¿Y Timum Mas? ¿Y Planeta? ¿Alfaguara? ¿SM? ¿Espasa-Calpe? ¿Cuántas? ¿Veinte, cincuenta? Quizá más.

Y ahora llega la nuestra, de un autor del que nadie, jamás, a escuchado hablar. Encuadernada igual que las demás: Papel blanco con letras negras y espiral negra; cubierta transparente y contracubierta roja, o negra, o azul. Una más.

Y pasa, de forma inmediata, al final de la pila, lugar en el que, tras varios meses de espera, la tomará alguien que lleva leídas ese día quinientas páginas de diez o quince novelas distintas, veinte o treinta páginas tal vez de cada una de ellas.

Con ojos agotados, pensando ya en sus asuntos posiblemente: mi jefe me paga poco, vaya bodrio lo de la novela anterior, seguro que esta es más de lo mismo, yo lo que quiero es escribir, mi novela es mejor que aquella que acaban de publicar…

Y en esas veinte o treinta páginas, que os toca, de cualquier porción de nuestra novela, tiene que descubrir algo que le llame la atención, que le impacte, que le marque de alguna manera para que decida que quiere leer algo más.

Hacer eso es una apuesta perdedora. Alguno llega, claro… uno de cada mil, o dos mil, consigue llamar la atención de este modo. Puede ser debido a tener la suerte de ser el primero del día, cuando el lector está descansado. O puede ser porque tiene la suerte de que su obra ha sido abierta por una escena especialmente buena. O puede ser, por supuesto, por ser un auténtico mago de las palabras, que también los hay.

Pero, en general, es apostar a caballo perdedor.

Hay otro modo de presentarte ante una editorial, o ante un agente, si es lo que prefieres.
Y esa forma es saber venderte; y saber venderte mejor que los demás, porque, de entre todos esos cientos de originales, algunos también se habrán vendido.

Así que, aguza el ingenio, ponte tus mejores rompas lingüísticas, y prepárate para trabajar un poco más. Si lo haces bien, si consigues llamar la atención, lograrás el primer paso: que alguien se fije en ti, rescate tu obra del fondo de la pila de originales, y se disponga a valorarla con un ánimo diferente.