Hace tiempo que se viene diciendo que el tema de publicar un libro está complicado. La crisis global aprieta fuerte a un sector que, además, vive su propia crisis personal. A principios de año se habló que iban a bajar el número de publicaciones de las editoriales, que se iba a apostar menos por autores desconocidos y a fomentar, aún más, a los autores que dejaban dinero en caja…

 

 

Bueno, pues todo esto se ha ido viendo cumplido paso a paso. Las tiradas, por ejemplo, siguen bajando en el número promedio de libros editados. Pero eso no ha paliado el problema. De hecho, hay quien lo está pasando francamente mal.

 

 

A mediados de abril nos sorprendíamos al conocer que Ediciones B había decidido cerrar la editorial Bruguera por falta de resultados. Dicho así no parece demasiado preocupante, pero es que Bruguera ha sido uno de los sellos míticos de este país. Pues ni por esas. Dejará de editar a partir del próximo año. Y claro, no son pocos los rumores que hablan del mal estado de la empresa madre, Grupo Z, propietaria de Ediciones B.

 

 

No es la única que ha cerrado, ni la última, claro. La última, que yo sepa, ha sido Vía Magna. Hace unas semanas comenzaban a oírse rumores: que si no contestaban al teléfono, que si la página web no se actualizaba… Finalmente, se ha sabido que, efectivamente, la editorial ha cerrado. Personalmente me ha sorprendido, porque tenía en catálogo algunos bestsellers internacionales, como 2012, o las novelas de Steve Alten.

 

 

Las distribuidoras tan poco lo están pasando especialmente bien, y ya hay alguna que cerró puertas. Y mirando datos para esta entrada, descubro que en N.Y. ha cerrado la librería más grande de venta de libros en español tras casi 50 años en funcionamiento.

 

 

Vamos, que el panorama no es lo que se dice bueno.

 

 

Pero la gente sigue escribiendo, y las editoriales rechazando libros. Y en este sentido, hace un par de días me quedé blanco cuando vi en una de las grandes librerías de Sevilla un título que me revolvió el estómago. No recuerdo el título, ni la autora. Se ve que mi mente ha hecho un esfuerzo por olvidar ambos datos. Pero el recuerdo del tema sigue ahí clavado como el aguijón de la avispa, inflamando e infectando.

 

 

Era un libro que estaba dirigido, evidentemente, a las editoriales. Me llamó la atención por el título, algo así como “maneras de rechazar una novela”. Cuando lo abrí no daba crédito. Se trataba de un libro en el que la autora exponía decenas, supongo que habría más de un centenar, de cartas tipo con las que rechazar un texto. Organizadas por el modo de la carta, por ejemplo: formales, inteligentes, de disculpa, divertidas, etc…

 

 

¿Debería todo esto desanimarnos? Pues yo creo que no. Cuando las cosas están difíciles es cuando hay que demostrar la valía de cada cual. Se trata de una piedra de toque, de comprobar si realmente uno vale para esta profesión o no, de saber si sobresale o no sobresale por encima de la muchedumbre que, con poco acierto, poco talento, o mucha mala suerte, que también eso cuenta, se queda en la cuneta.

 

 

Es ahora cuando hay que apretar los dientes y dar lo mejor que podamos dar. Escribir desde las entrañas, esa historia que te remueve por dentro, que te emociona. Y es ahora, porque mañana no sabes si el desaliento te habrá ganado la partida.

 

 

Así que, fájate, cierra los ojos, mira en tu alma, y prepárate a trabajar como hasta ahora no lo habías hecho. Seguro que descubres que disfrutas de esa novela más que de ninguna otra.