El fin de semana pasado estuve en Málaga, en las III Jornadas Mejor con un Libro, impartiendo junto a Concha Perea (atentos al nombre porque próximamente escucharéis hablar mucho de ella) un taller sobre creación de personajes.
Fue la guinda del pastel… Me refiero a que para mí fue la guinda del pastel, porque llevo ya 2 meses sin tener un solo día de descanso. El motivo es sencillo: tengo varios frentes abiertos.
Ya os hable hace unas semanas de que había retomado la historia de Pecado Capital. Sin embargo, he tenido que aparcarla porque un proyecto más urgente se ha puesto en marcha después de varios meses de espera. Pronto podré dar más detalles. Por ahora, decir que estoy ilusionado con el tema.
Esta noche toca rescribir un capítulo, añadir pequeñas escenas. Os dejo la primera de ellas:

Hacía media hora que habían pasado la media noche en Panchagarh, al norte de Bangladesh. La familia de Benoy, su mujer y dos niñas, dormían hacía rato. Él, en cambio, llevaba toda la tarde con una extraña irritación que había ido creciendo más y más. También se había acostado, pero, cansado de dar vueltas, y temiendo despertar a su mujer, decidió levantarse.
Estaba asomado a la ventana desde que llegara la media noche. Simplemente. Sin hacer nada más que mirar la oscuridad en la que había ido cayendo la ciudad. De repente, se encaminó hacia la cocina, con los ojos febriles y el sudor mojando sus axilas. Tomó un cuchillo largo y salió. No le importó dejar la puerta abierta. Ni siquiera se dio cuenta.
Caminó por la calle un centenar de metros hasta que se cruzó con un joven.
El chico alzó la cabeza y sonrió de puro nerviosismo. No llegó a gritar: el cuchillo le segó el cuello.
Benoy ni siquiera se detuvo a contemplar lo que había hecho. Continuó caminando, dirigiéndose al centro de la ciudad, donde habría mucha más gente a la que matar”.