La novela nueva me está haciendo sudar. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con tantos problemas para tramar una historia. Los estoy encontrando por todas partes.

Primero, con la documentación. Hay determinadas cosas que son básicas para lograr que una novela histórica sea creíble. Los escenarios, por ejemplo. Pero encontrar información de los escenarios de la novela está siendo un martirio chino. Ni siquiera en archivos de los ayuntamientos, o de la comunidad autónoma competente, etc. soy capaz de localizarlos.

Luego, con las fechas… En una novela histórica es importante que los hechos ficticios cuadren bien con la historia real, la que conocemos y podemos estudiar en los libros. Y hay determinados acontecimientos que me están exigiendo todo un esfuerzo, una labor casi de ingeniería para que todo cuadre y no haya saltos temporales extraños o inexplicables.

A continuación, con las tramas… Recrear unas vidas de hace 200 años no es nada fácil. Y hacerlas interesantes mucho menos. Aquí la dificultad estriba en no pasarse en dramatismo, pero tampoco en quedarse corto, porque la historia perdería interés.
Así me encuentro con días como hoy. Hoy he estado delante del ordenador unas 7 horas, intentando tejer la historia, hacer avanzar los acontecimientos. En esas horas, lo que he conseguido ha sido preparar el resumen de un capítulo y medio. He retocado las fechas de 4 capítulos anteriores y las de los nacimientos de otros tantos personajes.

Con tantas dificultades, con tantos problemas, se te complica la vida. Hay mil detalles que necesitas, y cada uno de ellos requiere investigación y tiempo, y lecturas de varios cientos de páginas para, quizá, no encontrar la respuesta que necesitas. En días así el mundo se te viene encima y no encuentras salidas ni soluciones.

En días así, tienes que coger aire, respirar, recordar que estás frente al ordenador porque disfrutas creando historias, solventando problemas, superando estos retos. Tienes que recordar la satisfacción de cada historia terminada. De cada palabra escrita. De cada frase que le llega al lector.

En días así, te acuerdas de todos aquellos que más tarde juzgan con dureza tu trabajo sin tener en cuenta las muchísimas dificultades que encontraste por el camino, señalando detalles irrisorios como “tiene poca (o mucha) descripción”, por poner un ejemplo.

Y no te equivoques si lees esto: No quiero benevolencia. En días como hoy, lo que pienso que me gustaría encontrar en un comentario, aunque sea negativo, sobre mi trabajo es empatía, esa cualidad que cada vez se refleja menos en el mundo.

Te invito a que lo pienses: ¿Cómo te quedarías si, en lugar de valorar tanto lo bueno como lo malo de tu trabajo, solo resaltaran las partes negativas sin tener en cuenta las dificultades que has tenido para hacerlo?