Esta mañana, decía mi agente, Deborah Albardonedo, en su perfil de Facebook que estaba muy enfadada porque las noticias del sector editorial son pésimas. Comentaba que hay una nueva librería que se ve obligada a cerrar. Yo comentaba en su muro que el problema de este asunto es que nos estamos quedando sin tejido empresarial. La industria editorial es un porcentaje del PIB español tremendo, una de las más potentes. ¿Qué pasará cuando todo ese entramado se venga abajo y miles de familias se queden en paro?

La cuestión es que le veo difícil solución al asunto, y me explico.

Ya hace algo más de un año, ABC indicaba que había más de 200 librerías en peligro de cierre solo en Castilla-La Mancha. En Sevilla se han ido cerrando algunas librerías históricas, como la librería Renacimiento. En Valencia cayó el año pasado Bibliocafé. En Barcelona, Catalonia, y así un largo etcétera. Lo peor de todo es que esas librerías no solo eran puntos de venta de libros, sino que también servían como foco cultural en sus ciudades, con lo que no solo se pierden puestos de trabajo, sino que también se pierde oferta cultural.

Hay muchos factores que influyen en el cierre de las librerías. Por un lado, la competencia digital en los libros de texto, que está ahí. Por otro la piratería. ¿Cómo es posible que según se informa se vendan más lectores electrónicos (el soporte) que libros digitales? Evidentemente, la piratería es dañina. Y entonces nos encontramos con que el porcentaje que se llevan las librerías es insuficiente, porque las ventas han caído casi un 40% desde 2012, y puesto que hay menos ventas, el porcentaje de ganancia debería ser mayor para que el negocio siguiera siendo rentable.

Pero, claro, el % del librero no puede subir. No es el único eslabón de la cadena, de hecho, es el último, y hay que tener en cuenta que distribuidores, correctores, portadistas, editores, impresores, agentes y, como no, escritores, deben cobrar su parte.

Entonces, ¿qué solución hay? Alguno dirá que la solución ya llegó y que se encuentra en el mercado digital. Pero se equivocan. Se equivocan de arriba abajo. También esta misma mañana, Virginia Pérez de la Puente, que había publicado con éxito sus anteriores novelas en Minotauro y Ediciones B, mostraba con tristeza que su última obra, que había puesto a la venta a modo de autoedición por ¡solo 1€! ya se la había pirateado. Por tanto, si el formato digital no se vende, y me remito al ejemplo de Virginia y al dato sobre los lectores electrónicos que daba un poco más arriba, queda claro que el modelo digital no podrá salvar al lector.

Así pues, el mercado tradicional ya no vale. El mercado digital tampoco. ¿Entonces? Pues entonces no hay alternativas. No hay, al menos por el momento, un tercer mercado. Quizá precisamente por ese motivo, ATres Media, que sabemos que es del Grupo Planeta, lanzó hace unos días una campaña a largo plazo, crea cultura, en palabras de sus presentadores con un espíritu similar a la de “Ponle Freno”, con la intención de educar al consumidor final, de concienciarlo sobre la importancia de respetar los contenidos con derechos de autor.

Dirán algunos, siempre aquellos que no tienen nada que ver con este negocio (porque a los autores indies tampoco les hace gracia que los pirateen, por supuesto), que si el mundo editorial deben destruirse, que se destruya. Que siempre habrá gente que escriba gratis. Llevan razón. Siempre habrá gente que lo haga. Aficionados con más corazón que oficio que con dificultad serán capaces de hilar una buena trama. Sé de lo que hablo; leo gran parte de los manuscritos que llegan a las editoriales y cuyos autores pretenden que se les publique. Esos mismos autores que serán los que queden.

Y entonces nos habremos cargado un poco más del espíritu del ser humano. Ya no quedará ningún muerto de hambre.