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Las Guerras Mesenias

El día que cambió la Historia de Grecia

Era un día festivo. Se encontraban en el santuario de Artemis Limnatis[1], situado en la frontera entre Lacedemonia y Mesenia, cerca de un lago. El lugar estaría bastante concurrido: habría un buen número de vírgenes espartanas, y sin duda también muchos visitantes y participantes en el evento, un festival religioso en honor a la diosa. Entre ellos se encontraba Teleclo, el diarca espartano de la Casa Agíada que había expandido sus territorios hacia el sur del Eurotas, añadiendo a Lacedemonia las poblaciones de Amiclas, Faris y Gerontras. Posiblemente, el santuario estaría bañado por cánticos y bailes, y gran cantidad de ofrendas se habrían depositado a los pies del altar.

Sí, era un día festivo. Pero aquel día cambiaría la Historia de Grecia, pues daría pie a las Guerras Mesenias.

El origen de las Guerras Mesenias: la muerte de Teleclo

Según aseguraron los espartanos, Teleclo fue asesinado aquella jornada a manos de un grupo de mesenios. Afirmaban que aquellos mismos hombres habían violado a las doncellas espartanas consagradas a la diosa. Teleclo, al conocer lo que estaba ocurriendo, había intentado evitarlo. Como resultado, le dieron muerte. Para empeorar las cosas, las vírgenes humilladas habrían decidido quitarse la vida antes de seguir viviendo con aquella vergüenza. Los espartanos, para quienes Teleclo era un auténtico héroe, se alzaron en armas contra sus vecinos del oeste, los mesenios, por más que sus reyes, primero Antíoco y más tarde su hijo Eufaes, negaran el incidente y aseguraran que habían sido el propio Teleclo y un grupo de espartanos disfrazados de mujer quienes habían atacado a sus contendientes.

Así se dio origen a uno de los episodios más importantes en la Historia Arcaica de Grecia: las Guerras Mesenias.

El asesinato de un rey puede originar con facilidad una guerra. Sin embargo, ¿fue sólo eso lo que hizo que ambas Polis se enzarzaran en un conflicto que se extendió a lo largo de todo un siglo? ¿Qué otras cuestiones dieron pie a semejante enemistad?

La Expansión Doria y el nacimiento de Esparta

Las guerras mesenias: la expansión doriaFue al parecer hacia la mitad del S. X a.C. cuando la migración doria llevó a algunos miembros de esta tribu hasta las fronteras de Laconia. El valle del Eurotas ofrecía todo lo que podían desear: una buena región para pastos, las aguas del río, buenas comunicaciones y las defensas naturales de los macizos montañosos al este y el oeste que lo protegían de eventuales enemigos.

La ciudad de Esparta nacería tiempo después, a principios del s. VIII a.C., cuando los habitantes de cuatro aldeas, Pitana, Cinosura, Mesoa y Limnas, realizaron un pacto de sinecismo. Unos años más tarde, el mismo Teleclo anexionaría a Amiclas a ese núcleo, concluyendo de ese modo la creación de la Polis espartana.

La expansión doria habría sido gradual en la zona. Hacia la mitad del S. VIII a.C. los dorios ya habían conquistado y esclavizado tanto la Escirítide como la Egítide, controlando así todo el norte del valle. La expansión continuó hacia el sur, y así, Esparta tomó Helos y Gitio, un excelente puerto natural que en los años venideros le facilitaría el comercio exterior.

No satisfechos con estas anexiones, los dorios fueron creando una serie de colonias cercanas hasta disponer de un centenar de núcleos urbanos, en su mayoría de estatuto perieco, es decir, hombres libres, aunque no ciudadanos de pleno derecho, que formaban un auténtico cinturón de seguridad en torno a la capital.

La expansión y conquista de Laconia por parte de los dorios había sido todo un éxito. El pueblo creció, apoyándose en la gran cantidad de esclavos que había obtenido en el proceso, lo que les permitía disponer de mano de obra para la tierra mientras sus hombres se dedicaban a otros menesteres.

Sin embargo, se puede morir de éxito, y Esparta estaba, a esas alturas, al borde de la muerte.

Problemas en el Valle

El crecimiento demográfico había sido lento, aunque constante, y para mediados del S. VIII a.C., el otrora fértil valle del Eurotas empezaba a mostrarse claramente insuficiente para sustentar a la numerosa población que acogía. A esto se sumaba el desafortunado reparto de la Tierra.

Por esta época, la sociedad espartana había empezado a sufrir cambios importantes. Ya fuera Licurgo (del que hablaré en otro artículo) u otro quien los realizara, lo cierto es que se había reestructurado el sistema de gobierno dando forma a la Apella, la Gerousía y el Eforado, o como mínimo estaban en proceso de reestructuración y creación. Otro cambio importante había sido el reparto de la Tierra a partes iguales a favor de cada espartano libre. Pero el reparto no había sido tan igualitario como se pretendía. La clase dominante, como suele ocurrir, aprovechó su situación para obtener el dominio de las tierras más fértiles, con lo que las disidencias no tardaron en aparecer.

¿Cómo arreglamos esto?

Las guerras mesenias: la fortaleza del monte Itome

La fortaleza del monte Itime

La solución pasaba por obtener nuevas tierras con las que suplir las carencias. Una colonización del interior de Grecia era poco factible, puesto que aquellos que emigraran perderían todos sus derechos y pasarían a ser meros colonos en otras tierras. La salida por mar era una opción aún peor, ya que los lacedemonios eran gente de tierra que apenas miraban al mar, aunque unos años más tarde establecieran su primera colonia en Taras.

Pero, si miraban al oeste, más allá del macizo del Taigeto, encontraban una tierra feraz, de campos extensos, que cubriría sin duda alguna todas sus necesidades: el valle del Pamiso, que el monte Itome dividía en las llanuras de Esteníclaro y Macaria. Teleclo ya había creado varios asentamientos espartanos en la llanura de Macaria, al sur de Itome. Era la opción más viable. Y la que causaría la primera Guerra Mesenia, que se alargaría durante 20 años.

El Inicio de la Guerra

De manera que, si bien la muerte de Teleclo fue el detonante, lo cierto era que los espartanos ya llevaban cierto tiempo mirando con ansias las tierras de sus vecinos.

El primer paso fue tomar la ciudad de Amphia. Era una ciudad fronteriza, al norte, de manera que serviría bien como cabeza de puente, un lugar desde el que empezar a hostigar a los mesenios. Y no tardaron en hacerlo.

Pese al aumento de las tensiones entre vecinos, en Mesenia no habían previsto semejante audacia, y el movimiento los cogió por sorpresa. Era necesario responder, pero Esparta se había convertido en un enemigo formidable en ese tiempo, y convenía mostrarse prudentes, aunque firmes. Eufaes, que había sucedido a su padre poco antes, citó a los nobles y magistrados para estudiar el asunto en la ciudad de Esteníclaro, situada no muy lejos de Amphia.

No les llevó demasiado tiempo deducir que Esparta no se contentaría con unas pocas razias y conseguir algo de tierra. Esparta lo quería todo. De hecho, en los ataques que llevaban a cabo no se causaban destrozos: no quemaban campos, ni árboles, no arrasaban las tierras… estaban seguros de una victoria rápida y no deseaban destruir aquello que sería suyo en poco tiempo.

La artimaña de Eufaes

Eufaes organizó un amplio ejército con rapidez y se dirigió al encuentro de los invasores. Pero no estaba dispuesto a realizar sacrificios inútiles. Deseaba, ante todo, conocer con detalle a las fuerzas enemigas. Para ello mostró una astucia que sería la señal de identidad mesenia a lo largo de los siguientes años de la guerra. Situó a sus hombres en el campo de batalla y esperó a que los espartanos cargaran contra ellos.

Los lacedemonios habían acudido en masa al encuentro de sus enemigos, pero no pudieron ni siquiera llegar a chocar las lanzas contra ellos. Eufaes había colocado a sus hombres al otro lado de una zanja profunda que dividía el campo e impedía cualquier tipo de combate. Tan sólo algunas unidades de caballería llegaron a luchar, aunque el choque no tuvo la menor trascendencia.

Los espartanos tuvieron que morderse los labios y esperar a que pasara la noche para poder situarse en un lugar que permitiera trabar combate, pero el amanecer les trajo una nueva sorpresa: Eufaes había hecho cargar a los esclavos de su ejército con gran número de estacas puntiagudas, y durante la noche se encargó de que se levantara una empalizada que protegía a sus hombres de los invasores del este.

Los espartanos no habían conseguido lo que buscaban y tuvieron que regresar cabizbajos a sus hogares. En cambio, Eufaes conocía ahora con detalle a qué se enfrentaba: a toda una fuerza invasora que no descansaría hasta conseguir aquello que había venido a buscar.

La Primera Gran Batalla

Las guerras mesenias: el soldado hoplita

Soldado hoplita con la panoplia completa

Durante el resto del año, los ejércitos no volvieron a encontrarse. Esparta se dedicó a lanzar ataques furtivos contra los llanos y campos mesenios en un intento de desmotivar y debilitar a sus enemigos. Los mesenios, por su parte, decidieron que, puesto que tendrían difícil una victoria por tierra, era mucho mejor lanzarse al mar. Su flota comenzó a azotar entonces las costas espartanas, sangrando a su oponente y huyendo mucho antes de que los ejércitos pudieran llegar a pie.

Era una guerra de desgaste.

Pero eso sólo podría durar mientras el ejército espartano al completo no volviera a amenazar Mesenia, lo que ocurrió al año siguiente.

Guerra Total

Los lacedemonios estaban furiosos por la burla del año anterior. Querían asestar un golpe definitivo a sus enemigos. Llegaron incluso a enviar a sus dos diarcas a la lucha, algo que ocurriría en pocas ocasiones a lo largo de la historia de la Polis.

El ejército que cruzó las montañas era enorme. El número de soldados espartanos se desconoce, pero sus unidades iban reforzadas por batallones de periecos e hilotas, así como dríopes, como llamaban a los exiliados argivos que se habían asentado en Lacedemonia, y, para enfrentarse a la infantería ligera mesenia, gran cantidad de arqueros cretenses, que eran famosos por su pericia.

El aliado de los mesenios en aquella ocasión era mucho más conocido: la desesperación. Luchaban por sus vidas, pues sabían que no tendrían más destino que la muerte o la esclavitud si eran vencidos.

Ambos ejércitos formaron frente a frente, con el grueso de las tropas en el centro, la caballería en los extremos y las unidades auxiliares en retaguardia. A pesar de que su número era mucho mayor, los reyes espartanos decidieron no ampliar el frente de batalla para rodear a su enemigo. Lo que hicieron fue aumentar el fondo de sus filas. Seguramente esperaban acabar con los mesenios por agotamiento, relevando a cada hombre que cayera con el que le seguía. Y esa decisión resultó desastrosa para las aspiraciones espartanas.

Teopompo y Eufaes

Sorprendentemente, fueron los mesenios, enaltecidos por la situación y la arenga de su rey, quienes iniciaron el ataque. Los invasores eran más, pero ellos luchaban por sus vidas, y por sus tierras. Por las vidas de sus mujeres e hijos, de manera que luchaban como nunca lo habían hecho. Cada mesenio valía por varios espartanos.

La batalla se alargó durante horas y fue especialmente cruenta. Nadie cejaba en sus intenciones, nadie retrocedía. Los soldados mataban incluso estando ya moribundos y caídos en el suelo.

Teopompo, el diarca espartano de la casa Euripóntida, decidió que todo aquello acabaría si conseguía dar muerte a Eufaes que, situado en el flanco de su ejército con las unidades de élite, dirigía a sus hombres y proveía ayuda allá donde era más necesaria.

Teopompo se lanzó contra él con esa intención, pero al ardor mesenio se sumaba el hecho de que aquellas unidades eran las mejor preparadas y experimentadas, las que tenían el mejor armamento. No sólo detuvieron el ataque, sino que pronto pusieron en apuros al rey lacedemonio. Teopompo tuvo que retroceder, y poco después se encontraba huyendo de las lanzas mesenias.

Eufaes estaba a punto de lograr una victoria inesperada, pero tuvo que impedir que sus hombres persiguieran a los que huían. Por el flanco contrario, Polidoro, el otro diarca espartano, había logrado romper las líneas mesenias defendidas por el general Pitarato, la mano derecha de Eufaes, y se acercaba peligrosamente. El rey mesenio tuvo que replegar a sus hombres para enfrentar la amenaza.

Pero el sol se ponía. Era necesario poner fin a la batalla.

Los años siguientes

Guerras Mesenias: Ruinas de Esparta

Ruinas del teatro de la acrópolis de Esparta

A pesar de que tanto lacedemonios como mesenios habían acudido con todo lo que tenían a la batalla, lo cierto era que nada había cambiado, no se había decidido nada. Durante un tiempo se volvió a las tácticas de guerra de desgaste, si bien unos y otros lo hicieron por motivos bien distintos.

Los espartanos habían recibido una terrible herida en su orgullo. Pensaban que la conquista de Mesenia sería poco más que un paseo, y sin embargo estaban sufriendo duros correctivos. Para empeorar aún más las cosas, la situación económica continuaba decayendo en las calles de la Polis.

Por su parte, los mesenios habían sufrido muchísimas bajas. Muchos hombres habían caído. A esas pérdidas se sumaban las de los hombres que, necesariamente, debían dejar guardando las ciudades. Quedaban pocos guerreros. Ni siquiera entre los campesinos podían buscar brazos que empuñaran armas. Los agricultores y granjeros huían de aquella tierra en disputa que los mantenía entre el yunque y el martillo. La comida empezó a escasear, y por si eso fuera poco, se alzó una epidemia en el territorio que diezmó a sus habitantes.

A pesar de todo eso, Esparta necesitó varios años para recuperar su ánimo y atreverse de nuevo a lanzarse contra su enemigo. Cuando finalmente se decidió a dar el paso, se encontró con que éste no estaba, ni mucho menos, tan mal como había esperado. Eufaes decidió eliminar la división de fuerzas y concentró a todos sus hombres en la fortaleza del monte Itome, que protegía precisamente las llanuras en disputa.

De nuevo los espartanos fueron rechazados tras una larga lucha. Pero, lejos de ser una victoria mesenia, fue el principio del fin para ellos. Eufaes cayó en la batalla, así como Antandro, quien en principio parecía que sería el encargado de sucederle. Y los mesenios eligieron como rey a Aristodemo.

El sacrificio de Aristodemo

Tiempo después se volvían a encontrar los ejércitos. Para esta batalla, los mesenios se habían visto obligados a buscar ayuda; vinieron hombres de Arcadia, Sición y Argos. Pero junto a los lacedemonios lucharía Corinto. La ventaja numérica volvía a ser espartana. Incluso así, y a pesar de que la profundidad de las líneas mesenias había tenido que menguar para poder hacer frente a la línea de ataque que se les venía encima, gracias a la astucia y a un movimiento envolvente de ciertas unidades que Aristodemo había mantenido ocultas en las faldas del monte, consiguieron volver a rechazar, por tercera vez consecutiva, la esclavitud y la muerte a manos espartanas.

De cualquier modo, la situación para los mesenios era desesperada. Se cuenta que Aristodemo ofreció la vida de su hija a los dioses para que lo ayudaran a vencer a sus enemigos, pero la muchacha se había casado en secreto y el sacrificio no fue de ninguna utilidad, por lo que el rey terminó quitándose la vida ante aquella desgracia.

El fin de la Guerra Mesenia

Sea verídica esta historia o no, lo cierto es que, a la muerte de Aristodemo, Teopompo volvía a la carga contra sus vecinos del oeste. Damis, el nuevo rey mesenio, había intentado llegar a un acuerdo con los espartanos, pero estos habían rechazado cualquier trato.

Un par de años después de la muerte de Aristodemo, y tras haber continuado hostigando los campos mesenios en ataques rápidos para mermar sus fuerzas, los ejércitos volvían a estar frente a frente en el campo de batalla. El aspecto de los mesenios no podía ser peor: flacos y macilentos, pobremente armados, ojerosos y agotados. Ni siquiera era necesario desarrollar una táctica de ataque, Esparta debía simplemente avanzar y aplastar a sus enemigos.

Muchos de los nobles mesenios cayeron aquel día. Sus tropas fueron barridas de las faldas del monte.

Un final inconcluso

Habían sido necesarios veinte años de luchas intensas, pero al fin, Lacedemonia había obtenido la victoria. Podía satisfacer sus necesidades, ampliar sus riquezas y poner fin a la hambruna que amenazaba a sus hijos desde hacía años.

Aunque no conquistaron la totalidad del territorio mesenio, ni consiguieron dar muerte a la Casa de los Epítidas, su victoria había sido completa. Jamás hubieran pensado que, sólo unos años más tarde, volverían a estar luchando en aquellos mismos campos. Contra aquel mismo enemigo.

[1] Del lago

 

Artículo aparecido en el nº 156 de La Aventura de la HistoriaDescarga aquí el PDF

Para saber más, Hijos de Heracles