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Hace ya tiempo que me ronda un pensamiento que durante las semanas en las que he estado viajando a diferentes ciudades de España para promocionar mi última novela, La boca del diablo, ha ganado fuerza: los escritores no están valorados.

A lo largo de los últimos doce meses he tenido que hacer varias compras: he cambiado de ordenador, que ya me hacía falta. El anterior lo compré hacía ya ocho años, y era un modelo de lo más económico. El nuevo va como un tiro y lo que antes tardaba una hora o más lo tengo listo en apenas quince o veinte minutos. Me quedé sin televisor y tuve que comprar otro. Suerte que el seguro se hizo cargo, pero aun así mejoré, claro, con respecto al que tenía. Son compras caras, de muchos cientos de euros. Pero hace una semana me compré una cosita, una tontería de apenas cincuenta euros, que es de las mejores cosas que he comprado: una alfombrilla eléctrica para los pies. Los pies se me quedaban congelados, los tenía siempre helados de frío. Esta alfombrilla es de las mejores compras que he hecho en todo el año. No valoro el precio. Valoro el servicio, lo que me aporta.

Y ese es el problema: que los escritores no estamos valorados. No se valora el “servicio” que ofrecemos.

Tienes mucho tiempo libre

No es nada nuevo. Quiero decir: hay mucha gente que no valora el trabajo de un escritor. Suele ser gente a la que no le gusta leer, y por tanto piensa que escribir es una pérdida de tiempo. En mi propia familia hay quien considera que lo que yo hago no es un “trabajo”. No quiero confundir a nadie: me siento un privilegiado por poder dedicarme a lo que me apasiona, pero de ahí a que no trabaje hay un trecho.

Pero lo que me ha sorprendido a lo largo de esta promoción ha sido encontrarme con lectores, lectores, ojo a las negritas, que no valoran a los escritores. Gente asidua a las presentaciones de libros en su zona, gente que compra libros y busca al autor para que se los firme. Porque, cuando una persona, a la que ya le has firmado un ejemplar de tu novela, se sienta para escuchar la presentación y en mitad de la charla le dice a su compañera de asiento, en voz alta y sin cortarse un pelo: “Este es otro que tiene mucho tiempo libre”, es evidente que esa persona no valora el trabajo de un autor.

Valora a los escritores

Presentación en Vigo de La boca del diablo

Cuando te preguntan sobre cuánto tiempo has estado trabajando con una novela y dices que desde que tuviste la idea hasta que se ha publicado pasaron 5 o 6 años, y alguien en el público, en primera fila y en voz alta, dice “Este es otro que tiene mucho tiempo libre”, esa persona muestra una serie de evidencias:

La primera es que tiene muy poco respeto por quien tiene delante, a quien se atreve a juzgar de semejante manera sin conocer absolutamente de nada.

La segunda es que tiene muy poca educación. No solo por decir algo así, sino porque, si el autor en cuestión le salta y le dice cuatro cosas y la pone en su sitio, y estaría en su derecho de hacerlo, el acto se acaba de torpedear, y esa persona ha fastidiado una presentación a la gente que está allí realmente interesada en el tema que se trata.

Pero por encima de todo demuestra que no valora, en absoluto, el trabajo de los escritores, de todos los escritores en general, puesto que piensa que escribimos porque tenemos mucho tiempo libre.

Necesitas un hijo

Todos esos pensamientos pasaron en un segundo por mi cabeza. Me quedé callado un instante sopesando la posibilidad de responder y dejar las cosas claras, pero precisamente por respeto a los asistentes y, sobre todo, a la librera, que además es alguien querido, decidí pasar por alto el comentario.

Al poco, la presentadora volvió a incidir en el tema del tiempo y el esfuerzo para escribir una novela, y tras mi respuesta, de nuevo la misma persona dijo, ya no solo en voz alta sino dirigiéndose directamente a mí: “Tú lo que necesitas es un hijo”.

Me quedé completamente fuera de juego, pero en esta ocasión contesté: “Ya tengo uno”. Y para mi sorpresa, esa persona no se detuvo, sino que replicó: “Entonces necesitas otro”.

Tuve claro en ese mismo instante que no iba a sacar nada de esa persona, nada en absoluto. Pero por el resto de los asistentes expliqué brevemente cuál es mi jornada de trabajo. Y ahora que estoy en este blog, que es mi casa, quiero ahondar un poco precisamente en eso, en cuánto tiempo libre tengo.

Mi jornada de trabajo

Me levanto normalmente hacia las 8 u 8.15, y como trabajo en casa, no tardo más de cinco o diez minutos en estar delante del ordenador. Eso significa que a las 8.30 ya estoy trabando. ¿En qué consiste mi jornada laboral? Pues está divida en dos partes: mañana y tarde.

La jornada matinal

Valora a los escritores

Nora y Lolo

Lo primero que hago es revisar el correo, cosa a la que puedo dedicar entre quince minutos y media hora, dependiendo del día. A continuación, reviso los grupos de trabajo de mis alumnos y contesto a las posibles dudas que puedan tener.

La siguiente hora la dedico a mis dos páginas web: esta, enfocada a mi faceta de autor, y la dedicada principalmente a los cursos de narrativa que imparto. Soy afortunado y tengo un grupo maravilloso de personas que colaboran conmigo escribiendo artículos estupendos, pero esos artículos hay que revisarlos, darles forma, adaptarlos a lenguaje web actual (SEO), maquetarlos, etc.

Para entonces son ya las 10 o 10.30 y hago un descanso. Aprovecho para desayunar y estirar las piernas sacando a Lolo. Lo agradezco, despejo un poco la cabeza, que ya me va bien. Y sobre las 11 u 11.30 vuelvo al ordenador.

Los días de clase voy muy relajado, sí…

Lo que hago a continuación es dedicarme a la corrección de ejercicios en caso de que sea día de clase (martes y jueves). En un día normal, y por “normal” quiero decir un día en el que los alumnos hayan hecho sus deberes, puedo tener unos veinte relatos por corregir, de entre 3 y 4 folios. Eso quiere decir unas 70 u 80 páginas en las que revisar errores y, sobre todo, analizar si han realizado bien o no lo que se les pedía para ese ejercicio concreto. Normalmente, eso me lleva hasta las 2.30 o incluso las 3 de la tarde.

En caso de que sea un día en que no tengo clase no estoy más relajado, no… Grabo los vídeos para mi canal de youtube y preparo los envíos que tengo que hacer a mis suscriptores en la lista de correo, lo que me lleva bastante tiempo, por cierto.

Y por supuesto, todos los días, tenga o no clase, tengo que dedicar un par de ratos a las redes sociales. Eso implica buscar contenidos interesantes, leerlos, pensar en cómo presentarlo a mis seguidores, etc.

Y antes de parar para comer, pues vuelvo a revisar el correo. Raro es el día en que no me llega correo nuevo durante la mañana.

La jornada de tarde

Valora a los escritores

Sesión de videoconferencia de una de mis clases. Y aún falta alumnos que por horario no pueden asistir

Durante el día estoy solo en casa, así que a las 2.30 o 3, o incluso más tarde si el día se ha complicado, me toca prepararme la comida. Y comer. Y recoger y limpiar la cocina. Y volver a sacar a Lolo, que para entonces hace ya seis horas que salió y necesita hacer sus necesidades. Para cuando termino todo eso y volvemos a casa son las 5 o 5.30.

Las tardes que no tengo clase las dedico a realizar las correcciones para las que me han contratado. O bien a leer las novelas que me envían las editoriales para que les prepare un informe y ver si son o no aptas para su publicación. Suelo dedicarle a ese trabajo desde las 6 hasta las 8 u 8.30. Y si no tengo este tipo de trabajo, no pasa nada… aún hay más: siempre puedo trabajar en alguno de los artículos que escribo para diversas revistas, como Clío o Más allá.

Y si tengo clase (repito, martes y jueves), de 6 a 8 tengo que impartir esa clase. Por videoconferencia, a un grupo de unas veinticinco personas cada día. Una vez terminada la clase, hay que compilar la grabación, subirla al servidor y enlazarla a la web para que esté disponible cuanto antes para los alumnos que no han podido asistir. Ahora con el ordenador nuevo todo ese trabajo está listo hacia las 9 de la noche. Con el anterior, me daban fácilmente las 10.

Y además tengo que sacar tiempo para atender a los medios que se interesan en entrevistarme, o para irme un par de días de viaje a tal o cual evento, o a preparar esta o aquella presentación.

Así que empiezo a trabajar a las 8.30 de la mañana y normalmente estoy trabajando hasta las 8.30 o 9 de la noche. Eso con apenas un par de horas a mediodía para preparar la comida, comer y recoger la cocina.

El mucho tiempo libre para escribir

Y entonces, después de todo esto, es cuando debo tener “mucho tiempo libre” para escribir mis novelas. Bueno, entonces no. Que antes he de cenar y volver a sacar a Lolo, claro, que a ver quién es el guapo que aguanta desde las 4 de la tarde hasta las 11 del día siguiente sin ir al baño.

Ese “mucho tiempo libre” es el que le quito a mi pareja cuando, en lugar de sentarme a ver la televisión con ella por la noche, me encierro en mi despacho para, con la cabeza como un bombo por el trabajo de todo el día, intentar darle forma a mi siguiente novela. O cuando el fin de semana le digo que no puedo ir a tal o a cual sitio porque llevo retraso y mis editores están esperando el texto. Ese “mucho tiempo libre” se lo quito a ver un rato la televisión. O a ir al cine. O a tomar unas tapas con los amigos.

Y no soy el único. Blas Malo, por ejemplo, es ingeniero, y después de su jornada laboral, que es de mañana y tarde, se pone a trabajar en sus novelas por las noches, muchas veces hasta altas horas de la madrugada. Javier Pellicer trabaja en una fábrica y tiene su turno de ocho horas, como todo hijo de vecino, de mañana o de tarde, así que sus horarios de escritura son un tanto peregrinos. Francisco Narla es piloto de línea aérea, de modo que escribe entre vuelo y vuelo. Carlos Aurensanz es veterinario, y escribe cuando cuelga la bata y no tiene más animales que atender. Carlos Sisi tiene una empresa de diseño y soluciones digitales, y escribe después de su jornada de trabajo… Y así, prácticamente todos los escritores que conozco. ¿Que hay algunos que solo se dedican a escribir? Sí, por supuesto. Pero es un número ridículo en comparación con los que escribimos después de nuestra jornada de trabajo.

¿Por qué no se valora a los escritores?

Lo de la persona que dio esas opiniones fue sorprendente, pero, analizándolo bien, no es más que algo que tenía que empezar a ocurrir antes o después. Me explico:

Desde hace años, la piratería hace estragos en el mundo literario. ¿Es un problema? No, es un síntoma. Desde hace años, las presentaciones de libros tienen una afluencia cada vez más baja (tienes que leer este artículo sobre el tema de las presentaciones porque pone los pelos de punta a lo que se está llegando). ¿Es eso un problema? No, es un síntoma. ¿Pero un síntoma de qué? Un síntoma de que no se valora a los escritores.

Valora a los autores

Las presentaciones a las que acude poco público son cada vez más frecuentes

¿Y por qué no se valora a los escritores? ¡Porque estamos rodeados de escritores! Mira a la gente de tu alrededor: vecinos, compañeros de trabajo, de estudios, familiares… Seguro que tienes cerca a alguien que escribe.

Si te vas a Amazon, al departamento de libros, y pides que te saque un listado por novedades, te da la friolera de ¡300.000! resultados. ¡Hay 300.000 libros que son novedad en Amazon! La última vez que lo miré, cada mes se subían a Amazon unos 70.000 títulos diferentes. ¡Cada mes! En España, todos los años se publican en papel unos 80.000 títulos diferentes…

Hay tanto escritor, tanta gente que escribe, tanta gente que publica, ¡que si todo el mundo lo hace tiene que ser facilísimo! Y por tanto, lo único que necesitas para escribir es “tener mucho tiempo libre”.

Sobre lo fácil que es escribir

Me viene a la cabeza aquella anécdota de Pérez-Reverte en la que, mientras estaba en una terraza, un tipo se le acercó pidiéndole consejo para escribir una novela. Cuando le preguntó qué tema quería tratar, cuál era la historia que tenía en mente, en qué personajes estaba pensando… A todas esas preguntas el tipo le decía que no había pensado en nada de eso, y al final, le puso la guinda: “pero bueno, se trata de escribir una novela, no es tan difícil como componer música”. Es decir: todo el mundo puede escribir.

Yo soy de los que siempre he dicho que escribir no es difícil pero requiere tiempo. Lo he dicho; lo sigo diciendo. Escribir, rellenar trescientos folios en blanco de palabras, no es difícil. Si te pones y empiezas hoy mismo, en unos meses lo tienes listo.

Lo que es difícil es que eso que escribes sea de calidad. Que la historia sea potente, que te enganche desde el principio, que los personajes te suenen diferentes y atractivos, que vibres con los obstáculos a los que se enfrentan, que te emociones con sus aventuras y desventuras, que pases un mal rato, que te rías, que se te caiga la lagrimilla… y que al final, cuando llegas al último punto de la novela, te quede un huequito que no sabes cómo llenar.

Escribir trescientas páginas no es difícil. Conseguir que esas trescientas páginas produzcan ese efecto sí lo es. Y eso no se consigue simplemente teniendo “mucho tiempo libre”. Se consigue a base de esfuerzo, de tesón, de constancia, de escribir y borrar mucho más de lo que puedes imaginar, de horas de trabajo, de dolores de cabeza… De muchos cientos de euros gastados en documentación, por ejemplo. Solo para El trono de barro manejé miles y miles de páginas de documentación.

Pero todo eso se reduce, en los ojos de cada vez más gente, a que los escritores tenemos mucho tiempo libre.

No, no se valora a los autores. Hoy puede haber autores famosos, como Reverte mismo. O como Asensi, o Dueñas, o Follet. Son famosos, mediáticos, conocidos… Pero seguro que ellos también piensan, en más de una ocasión, que su trabajo como escritores no está valorado como debería.

¿Tiene esto solución? Pues la verdad, no lo sé. No lo creo, de hecho. Porque estamos en un mundo tan ciego que no es capaz de ver la diferencia entre una persona que, con toda su pasión y su arrojo, se pone a escribir algo como Dios le da a entender, lo que es muy loable, y otra que hace de la escritura su forma de vida, que se profesionaliza, que le da al lector historias con las que vibrar de verdad.

¿Y cómo le quitas la venda a ese ciego?