Seleccionar página

Tras hablar en artículos anteriores sobre algunas historias de amor míticas, como la de Ulises y Penélope o Andrómaca y Héctor, en este artículo expondremos brevemente las claves de la magia antigua y atenderemos de manera sumaria a la presencia de hechizos de amor en la antigüedad, en especial en la literatura grecolatina. Se trata de rastrear la frecuente presencia de la magia amorosa a través de unas pocas fuentes literarias seleccionadas. En próximos artículos, ilustraremos la literatura con el comentario de ciertos hallazgos arqueológicos en consonancia.

Algunas claves para entender la magia, y los hechizos de amor, en la Antigüedad

La magia en la Antigüedad es una cuestión demasiado amplia como para resolverla en unas pocas páginas, pero esperamos arrojar algo de luz sobre sus puntos esenciales. Para empezar, tratemos de realizar una definición somera de magia. Podríamos decir lo siguiente: se trata de una técnica orientada a obligar a entidades divinas a actuar de una determinada manera, la que el mago o ejecutante marca. Una de las claves de la magia, por tanto, es conjurar a fuerzas sobrehumanas para lograr objetivos perfectamente humanos. Como señala el experto en magia en la Antigüedad, G. Luck, en su obra clásica de 1985, Arcana mundi, la fe en la magia implica creer en unos “poderes suprasensuales del alma”. En cierto modo, esto equivale a decir que no cualquiera puede llegar a realizarla, sino que se requiere que el que actúa como mago posea unas cualidades especiales.  En esta línea podemos registrar otra idea, mencionada casi de paso en la definición: la magia es una técnica, un saber aprendido, y así se deduce del uso que los textos grecolatinos hacen de la palabra téchne en relación con el asunto.

La magia y otras disciplinas: religión, adivinación, medicina y teúrgia

Merecen comentario asimismo las diferencias y semejanzas entre magia y religión. Parece ser que los rasgos comunes pueden reducirse a tres: ambas buscan el contacto con la divinidad, necesitan una iniciación y obligan a mantener el secreto.

Si la primera de ellas acerca de modo indudable la magia a la religión, entendida de manera general, las otras dos guardan una relación más directa con un tipo de religiosidad concreta: las religiones mistéricas, donde iniciación y secreto llegaron a ser obligaciones cuya ruptura podría implicar incluso la pena de muerte. Por contraste, entre las diferencias más notables se encuentra el que la religión no obliga ni constriñe a los dioses, mientras que la magia, como comentamos más arriba, tiene en este acto su camino principal.

La magia presenta infinitos puntos de contacto con otras disciplinas como la adivinación o la medicina. Incluso con la teúrgia, presentada como una rama noble de la magia por sus practicantes más eximios: los autodenominados neoplatónicos, una corriente de filosofía heterodoxa que se desarrolló durante la tardoantigüedad a la luz de los comentarios de textos de Platón. El principal objetivo del neoplatonismo con respecto a la teúrgia fue dignificarla, dotarla de contenido filosófico y, en consecuencia, deslindarla de la vulgar hechicería, a la que aplicaron el nombre despectivo de goeteía.

Entre las fuentes principales para el estudio de la magia, nos ocuparemos aquí tan solo de unas pocas, puramente literarias. Dejamos de lado, por el momento, los Papiros de Magia, una colección procedente en su mayor parte del Egipto tardohelenístico e imperial, que trataremos con más detenimiento en el artículo acerca de los hallazgos arqueológicos sobre magia, puesto que recogen encantamientos y prácticas de cuya realización podemos estar casi seguros. La poesía, sin embargo, parece menos fiable en ese sentido: su interés no es ilustrar o informar de manera fehaciente, sino conmover al auditorio.

Los hechizos de amor en la antigüedad o cómo subyugar al amado

Hemos dicho que la magia busca, ante todo, un objetivo inmediato, perfectamente humano. ¿Qué hay más humano que el deseo de ser correspondido en el amor? Aquí es donde hacen su aparición los hechizos de amor en la antigüedad, que siguen vigentes a día de hoy. Desde luego, puede que obligar al amado a volver mediante un hechizo, para subyugarlo y que nunca más se aleje, no sea lo más adecuado. Pero no entraremos en disquisiciones de esa clase. No, al menos, antes de examinar el comportamiento de algún mago literario.

La alusión poética a la magia más célebre está en Teócrito, pionero de la poesía bucólica durante el siglo III a.C. (Aquí uedes encontrar información sumaria sobre su vida y obra). En su Idilio II ilustra una curiosa práctica que cualquier estudioso de magia antigua cita y conoce bien. En la escena, una mujer llamada Simeta realiza un ritual, minuciosamente descrito por el poeta, con el que aspira a lograr el regreso de su amante. La ayuda una sirvienta, Téstilis, pero la absoluta protagonista es Simeta. Tanto es así, que algunos críticos la han considerado trasunto poético del propio autor (como Bohnhoff en su artículo al respecto).

A favor de esta interpretación se encuentran varios argumentos: el más importante está en el hecho de que el personaje invoque a Luna y Hécate, diosas relacionadas directamente con la actividad mágica, en un procedimiento similar al del poeta que invoca a las musas para que lo asistan en su creación. Ello es posible gracias a la semejanza intrínseca entre magia stricto sensu y poesía, ambas concebidas para encantar a un tercero. En tal propósito, es natural precisar de la ayuda de uno o varios dioses; Hécate y la Luna, diosas oscuras, de la noche y los cruces de caminos, son las más indicadas.

Los hechizos de amor en la antigüedad y las divinidades

La representación habitual de Hécate, como una diosa con tres cabezas

El Idilio II de Teócrito y los hechizos de amor en la antigüedad

Todavía al comienzo del poema, antes de llevar a cabo el hechizo, Simeta pide a su sierva que le traiga determinados elementos de índole apotropaica, en lo que a todas luces parece un intento de protegerse a sí misma durante el ritual (versos 1-2):

“¿Dónde están mis ramos de laurel? Trámelos, Téstilis… corona la jarra con la lana teñida en púrpura de una oveja”.

Como la propia Simeta reconoce enseguida, la lana simboliza la atadura que quiere hacer efectiva sobre el amado, que ya no viene a visitarla (versos 2-4):

“Así ataré al hombre que es tan duro conmigo, que hace ya doce días que ni siquiera se acerca, que ni sabe si estamos muertas o vivas, que, vuelto mi enemigo, no toca ya a mi puerta”.

De modo que al principio del Idilio II le corresponden diversas funciones. Por un lado la invocación a las diosas, la exposición por parte de Simeta de los motivos de su tristeza y, en tercer lugar, la precisión acerca del tipo de magia que va a emplear. Se trata de la defixio o magia vincular, un tipo de encantamiento muy usado en el mundo grecorromano. Llamado en griego katadesmós, “atadura”, consiste, en líneas generales, en maldecir a alguien para lograr un objetivo, ligando simbólicamente a la persona a un muerto o a una divinidad ultramundana. Este tipo de encantamientos, normalmente plasmados en laminillas de plomo —un elemento resistente a la corrosión, capaz de durar décadas y hasta siglos—, iba en muchas ocasiones acompañado de estatuillas vudú que representaban al objeto del deseo o de la maldición del mago o ejecutor del hechizo. En próximas entregas comentaremos algunos ejemplos históricos de estos métodos, que podemos ejemplificar con esta imagen de una lámina de defixio conservada en el museo de Munich.

Hechizos de amor en la antigüedad escritos en láminas de plomo

Los hechizos de amor en la antigüedad y el deseo urgente

Ya hemos hablado más arriba de la inmediatez como rasgo de la magia. El ejecutor del rito exige y aspira a que se cumpla su deseo ya, al momento. Así se pone de manifiesto también en el Idilio que venimos comentando, sobre todo en los versos 23-32. No los reproducimos completos, pero pueden dar una idea clara de esto expresiones como las que repite Simeta: “Que se derrita de pasión al momento Delfis”, “que llame inmediatamente a mi puerta”.

Además, contamos con el estribillo: “Mágica rueda, arrastra tú a mi casa a mi hombre”, repite una y otra vez, cada cuatro versos, Teócrito por boca de su hechicera

(Si quieres leer una traducción al castellano del Idilio II completo, aquí la tienes).

Aunque esta idea de la urgencia no aparece con tanta fuerza, podemos citar testimonios similares del uso de la magia en otras fuentes literarias. En una comedia perdida, Aristófanes se burlaba así del uso de un hechizo, donde un anciano es usado como instrumento mágico, tal vez en el paródico lugar de la “rueda” de Simeta:

“Agita desde sus extremos el lomo del viejo… y cumple mi buen encantamiento”.

Otro poeta postclásico, Calímaco, se refiere a un encantamiento conocido por Polifemo para lograr el amor:

“¡Por Gea!, ¡qué buen hechizo descubrió Polifemo para el enamorado!”.

Plinio, por su parte, alude al uso como talismán de amor de unas flechas usadas previamente para matar a una persona. Seguidamente, refiere la posibilidad de curar la epilepsia comiendo carne de un animal matado con el arma que también deberá haber matado antes a un hombre.

Los hechizos de amor en la antigüedad como remedio

Estas fuentes nos permiten incidir en la difusa separación entre la medicina y la magia, que duró toda la Antigüedad clásica, la Tardoantigüedad y llegó incluso al Medievo, sobreponiéndose a los avances científicos e incluso al cada vez más pujante cristianismo.

Lo que es más importante: nos permiten comprobar que prácticamente todos los males, también el de amores, tienen remedio si se pronuncian las palabras adecuadas y se acompañan de los gestos precisos, en relación con una técnica que necesita aprenderse, cumplirse y guardarse bajo llave. Pero, ante todo, se deberá poner a la divinidad a favor del interesado. Sin la colaboración sobrenatural, nada habrá que hacer.