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Uno de los personajes más interesantes y controvertidos del mundo clásico es, sin lugar a duda, Heinrich Schliemann. Admirado y denostado a partes iguales, debe su desigual fortuna y fama a una orientación vital donde la ambigüedad no escasea. Los datos que deja sobre sí mismo en su autobiografía han alimentado su figura hasta ponerla a la altura de las leyendas que él mismo persiguió a lo largo de su vida. En este artículo, el primero de dos, nos centramos en las luces que iluminan la trayectoria del descubridor de Troya.

Infancia y primera juventud de Heinrich Schliemann: historia de una obsesión

Una rápida búsqueda por las fuentes bibliográficas y webgráficas nos conduce sin ninguna dificultad a versiones casi infinitas de la biografía de Heinrich Julius Schliemann. Pero todas ellas son muy similares, por tener en su autobiografía la fuente principal. El propio Schliemann, un hombre de destacada inteligencia, como enseguida se muestra, parece haberse ocupado cuidadosamente, incluso después de su muerte, por dejar una imagen muy concreta de sí mismo.

Biografía de Heinrich Schliemann

Portada de la traducción al francés de la autobiografía de H. Schliemann. Si te apetece, puedes leerla aquí

Uno de los factores más importantes en su biografía es la referencia a la pobreza extrema en la que nace, en 1822, y que rodea sus primeros años. Quinto hijo de una familia de nueve hermanos, se ve obligado a trabajar como recadero en una tienda para mantener la economía familiar. Sin duda, la temprana muerte de su madre, así como el carácter del padre, un pastor protestante entregado a la bebida, dejarán una marca considerable en el pequeño Heinrich. Tal vez en las tremendas dificultades económicas de sus inicios pueda encontrarse la razón para una de sus obsesiones tempranas: enriquecerse. Al servicio de dicho objetivo se encuentra su inteligencia, sí, pero además una buena fortuna que se manifiesta en diferentes formas a lo largo de su vida.

Troya, la obsesión de Heinrich Schliemann

Por el momento, el sueño de llegar a ser rico se complementa con otro, presente desde su infancia: el empeño por descubrir Troya. El primero en alimentar dicha pasión habría sido su propio padre, que le había regalado un libro con un hermoso grabado. En él, se representaba la huida de Eneas tras la toma de Troya por los aqueos. Es muy evocador, desde luego, el diálogo que habría mantenido con su padre, a la edad de ocho años:

“Yo le pregunté si los muros de la antigua Troya habían sido tan gruesos y sólidos como el grabado los representaba y, cuando me respondió que sí, grité:

-Si había allí esos gruesos muros, no es posible que hayan desaparecido completamente; seguramente están cubiertos por los escombros y el polvo de los siglos.

Aunque sostuvo lo contrario, mi opinión estaba bien anclada y nos pusimos de acuerdo en el hecho de que, un día, yo iría a desenterrar lo que quedaba de Troya”.

La curiosidad por aprender griego contribuyó a incrementar esta idea. Pero se debe a una niña, su coetánea Mina Meinke, el acicate definitivo para buscar la ciudad de la Ilíada. Heinrich Schliemann se propondría enriquecerse como un medio de llegar a ella, dado que la diferencia de clase social los separaba. Aquella gran obsesión, encarnada en Troya, la lengua griega y Homero, se funde con el deseo de ascender en la escala social y obtener prestigio. Todo ello, salvo el matrimonio con Mina, se haría realidad llegado el momento.

Madurez y edad adulta de Heinrich Schliemann: la persecución del sueño

Efectivamente, el tiempo, la suerte y el inmenso talento de Heinrich Schliemann le darían la razón. Tan pronto como pudo aprendió no sólo latín, griego clásico y homérico. En muy poco tiempo llegó a dominar un total de quince lenguas. La mayoría le ocuparon un par de meses. El caso del inglés es aún más llamativo: apenas un par de semanas le costó aprenderla.

La novelesca vida de Schliemann da su primer vuelco de fortuna cuando, tras sufrir un accidente que le impide seguir cargando mercancías, consigue enrolarse con diecinueve años en un navío hacia Venezuela. Su particular suerte, dudosa al principio, se manifiesta ahora en forma de tempestad que impide que el barco llegue a ninguna parte, más allá de la costa holandesa. Tras una larga serie de trámites burocráticos, un invierno durísimo y nuevas penurias, el joven Heinrich decide labrar la siguiente parte de su destino en Ámsterdam. Allí comienza una fulgurante carrera de comerciante. Con veintidós años ya habla siete idiomas; poco más adelante, gracias al aprendizaje del ruso, consigue independizarse de su empresa y trabajar de manera autónoma. Con treinta años había amasado una considerable fortuna, que incrementó gracias a la herencia de un hermano banquero. Su autobiografía pasa de puntillas por este dato, pero sabemos que también debió el crecimiento exponencial de su riqueza a una actividad algo menos honrosa: el tráfico de armas, provisiones y acero durante la Guerra de Crimea.

Para entonces se había casado con una dama rusa, Ekaterina Lishin. El matrimonio tuvo lugar en 1852 y de él nacieron tres hijos. La unión duró diecisiete años. En 1869, Heinrich Schliemann aprovecha que se encuentra pasando una temporada en Estados Unidos para obtener un divorcio exprés en Indiana. En su autobiografía justifica la decisión y su cumplimiento colmando a Ekaterina de reproches:

“Huiste de casa sólo porque sabías que tu pobre marido estaba a punto de volver. Yo había venido a verte y quedarme contigo, al menos, una semana, y tratar de restaurar la armonía entre nosotros; estaba dispuesto … a sacrificar un millón de francos por restablecer la paz en el hogar. Pero, ¡cómo te has comportado conmigo! … tu terrible y execrable comportamiento me rompió el corazón…”

Schliemann subraya con estas duras palabras el dolor que le causa el supuesto alejamiento de sus actividades por parte de su mujer. ¿Tal vez evoca con nostalgia a aquella niña, Mina Meinke? La afinidad con ella, seguramente idealizada por el tiempo y el saber hacer literario de Schliemann, había sido tal, que se habían prometido descubrir Troya juntos. En cualquier caso, el mismo año de su divorcio y sin aparente solución de continuidad, nuestro hombre se casa con una griega, Sofía Engastrómenos, hija de un conocido suyo. Hacía tres años que Schliemann había comenzado estudios de arqueología en La Sorbona. Cuando se casa con Sofía, él tiene cuarenta y siete años; ella, treinta menos. Pero juntos, o así trata de hacer creer Heinrich Schliemann a sus lectores, van a efectuar uno de los descubrimientos más relevantes de todos los tiempos.

El gran hallazgo: culminación de un sueño

Sofía lo siguió con entusiasmo desde que, en 1870, Schliemann hiciera su primera visita a la región de la Tróade, en Turquía. Tras algunos intentos infructuosos de encontrar el emplazamiento exacto de Troya, fue a parar a la colina de Hissarlik, donde se topó con algunos estudiosos que compartían su idea. El más célebre era el británico Frank Calvert, que había adquirido parte de las tierras donde comenzarían las excavaciones. Primero, sin permiso; luego, las oficiales (1871-1873), que llevaron a Schliemann a descubrir nada menos que siete estratos debajo de la ciudad romana de Troya. En las capas más bajas, para gran regocijo suyo y de sus compañeros, encontró restos de fortificaciones y marcas de fuego, señal inequívoca de que la ciudad había sufrido un saqueo. Sin embargo, los hallazgos obtenidos no hablaban de una ciudad a la altura de las expectativas y de la descripción de Homero. Schliemann había decidido marcharse a Micenas, donde buscaría la ciudad de Agamenón; las excavaciones en Troya estaban, pues, por clausurarse.

La esposa de Heinrich Schliemann

Sofía Schliemann con las joyas del Tesoro, en 1873.

Pero entonces, la madrugada del último día, ocurrió algo inesperado. Cuenta Heinrich Schliemann con maestría para el suspense cómo le llama la atención el brillo del oro al pie del llamado Palacio de Príamo; cómo, tras escarbar a mano junto con Sofía una densa capa de cenizas y tierra, encuentra un montón de objetos preciosos con forma de caja. Dentro, abundantes recipientes de oro y plata, armas, escudos y una copa llena de joyas de oro. Nuevamente, el pasaje de la autobiografía no tiene desperdicio:

“La vista de tan gran número de objetos, cada cual de ellos de un valor inapreciable para la ciencia, impulsaba mi atrevimiento hasta la demencia. No pensé en el peligro; pero yo solo no hubiera podido sacar aquel tesoro, necesitando la ayuda de mi querida esposa que, sin apartarse de mi lado, envolvía en su pañuelo los objetos a medida que yo los iba sacando y los llevaba a sitio seguro”.

De acuerdo con su obsesión por ligar épica y arqueología, Schliemann concluyó inmediatamente que aquellos objetos habían sido apresuradamente escondidos por alguien cercano a Príamo la misma noche que ardió Troya. Su imaginación vio a Helena en la figura de su mujer cubierta de joyas, y no dudó en inmortalizarla con una fotografía aquella misma noche en su cabaña.

Si quieres saber más sobre la historia del descubrimiento de Troya, puedes leer aquí.

Legado y muerte del gran hombre: el inicio de otro mito

 

Después de algunos avatares del Tesoro de Príamo, que comentaremos en el siguiente artículo, Heinrich Schliemann se lanzó a excavar en Micenas. Homero hablaba de la ciudad de Agamenón como de la más próspera de la época. Si había realizado aquellos hallazgos en Troya, ¿qué no podría depararle Micenas, “la rica en oro”? Esta vez lo tuvo algo más fácil: el emplazamiento estaba claro, marcado por la gigantesca Puerta de los Leones. La obra de Pausanias y la constancia de nuestro hombre, que realizó la mayor parte de los trabajos entre noviembre y diciembre de 1876, hizo el resto. Encontró tumbas, esqueletos y joyas. Pero el mayor hito fue el hallazgo de las máscaras funerarias. La más célebre es la llamada Máscara de Agamenón, datada en el siglo XVI a.C. y conservada actualmente en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

Convertido en un personaje mediático gracias a su carisma y descubrimientos, Heinrich Schliemann quiso dirigirse a Creta y adquirir la propiedad donde se encuentra el palacio de Cnosos. La muerte, que le sobrevino en el 1890, a los sesenta y ocho años de edad, no le permitió seguir adelante con su propósito.

Heinrich Schliemann

Schliemann hacia el final de su vida.

Mientras, las antigüedades halladas en Troya vivieron un particular periplo. Schliemann había dispuesto que se enviaran a Berlín, donde las expuso el Museo de Prehistoria y Protohistoria. La Segunda Guerra Mundial llegó para amenazar su integridad, de manera que el tesoro hubo de trasladarse a un refugio antiaéreo junto al zoo. Con la toma de la ciudad por parte de los soviéticos, emprendió, metido en cajas, un largo y peligroso viaje hacia Moscú. Y en algún momento del recorrido, se perdió.

El Tesoro de Príamo permaneció hundido en la oscuridad hasta 1993, fecha en la que el gobierno ruso terminó por reconocer que la colección de objetos hallados por Schliemann se encontraba en Moscú, en los sótanos del Museo Pushkin, donde permanece expuesto hasta hoy.

 

Las vicisitudes que protagoniza el tesoro parecen tan novelescas como las que acompañan la vida de su descubridor. Perseguidor de mitos, soñador de dioses y héroes, Heinrich Schliemann supo sacar partido a los acontecimientos que lo rodeaban y envolver su vida en un halo casi de mito. Su biografía, apenas cuestionada hasta los años setenta del siglo veinte, es la principal herramienta; el problema es que no deja de ser una obra literaria con un narrador parcial, con un filtro orientado a limpiar su imagen y muy poco fidedigno. Pero de todo ello nos ocuparemos en el siguiente artículo.