En el primero de estos artículos, dedicados a la obra de las poetisas de la Antigüedad grecolatina, nos centraremos en Safo de Lesbos. Con una actividad poética revolucionaria, por lo que respecta a temas y formas, Safo es uno de los pocos nombres femeninos incluidos, no sin mérito, en el canon de la literatura grecolatina. Vamos a acercarnos a su polifacética figura, a veces exaltada, otras censurada, pero nunca postergada del todo.

El canon alejandrino y el origen de la lírica

Safo desarrolla su actividad poética hacia finales del siglo VII y principios del VI a.C., en la isla griega de Lesbos. Bautizada casi dos siglos después por parte de Platón como “décima musa”, su nombre aparece en la lista de los más eximios representantes de la lírica junto con un total de otros ocho poetas, todos ellos varones: Alcmán, Íbico, Estesícoro, Simónides, Baquílides, Píndaro y Alceo, contemporáneo y paisano de Safo. La enumeración fue realizada por los estudiosos alejandrinos del siglo III a.C., muy dados a escoger autores y obras de acuerdo con su gusto personal, aunque ello significara dejar fuera nombres de otros cultivadores de un género. Así ha ocurrido con esta lista, que excluye autores o autoras que nunca llegaremos a conocer, si no se producen descubrimientos casuales en los próximos siglos. En todo caso, los avances temáticos y formales de la poetisa de Lesbos justifican su inclusión en la lírica, un género que resulta muy revolucionario per se. Hoy en día sería impensable no contar con Safo en el canon, a pesar de haber sido elaborado, no lo perdamos de vista, en un contexto eminentemente misógino.

La lírica es hija de unos cambios sociopolíticos y de un momento histórico determinado y ya hemos dicho que se trata de un género revolucionario. Surgida en las colonias griegas de Asia Menor, ámbito geográfico también de los primeros avances en filosofía, matemática y ciencia, la poesía tocada al son de la lira es otro de los desarrollos de la región más inquieta y avanzada de toda Grecia, al menos durante la época arcaica. Se desarrollan las poleis, el modelo de ciudad estado que determina la historia del clasicismo hasta su decadencia. La industria y el comercio vienen a imponerse a la agricultura como formas de subsistencia. Esto, a su vez, genera clases sociales que van más allá de la simple división entre pueblo y gobernantes que ilustrara y retratara la épica homérica, toda una exaltación de la aristocracia semidivina. Frente a los poemas épicos, anónimos, protagonizados por dioses y semidioses, la lírica subraya la individualidad del ser humano. Ahora la poesía es intimista, firmada por autores cuya existencia es fácilmente rastreable, pues les importa que su nombre y sus experiencias personales embarguen los versos que componen. La lírica habla del amor, de la amistad, del vino, de lo efímero y, a veces, también de ideales políticos y de rebelión frente al tirano. (Si quieres saber más sobre el origen y nacimiento de la lírica, así como sus diversos tipos y principales representantes, no dejes de ojear esta web) Precisamente, en esa temática belicista, destaca Alceo, contemporáneo y paisano de Safo y, según la tradición más idealizada, también amante suyo.

Safo y Alceo

Alma-Tadema retrata así a Safo y Alceo.

Altibajos a lo largo de los siglos: influencia y censura de Safo

La nueva poesía, polifacética y multiforme, satisface las necesidades de la sociedad recién nacida en el siglo VII a.C. Y en esta revolución genérica, Safo destaca con voz propia, delicada e introspectiva, en un contexto donde la mujer disfruta de cierto espacio e influencia; en la Lesbos arcaica, al menos, no está absolutamente condicionada a la presencia o acción de un varón, aun cuando el matrimonio sigue siendo el objetivo primero de la mayor parte del sector femenino. Creadora del llamado “endecasílabo sáfico”, Safo traspasa los siglos y su influencia no puede localizarse solamente en la elogiosa denominación de Platón que hace de ella un ser divino, una hija de Apolo más: también Dionisio de Halicarnaso llega a considerarla la principal exponente de la poesía lírica griega, por encima de sus ocho colegas del canon. Unos siglos más tarde, en los últimos años de la Roma republicana, el joven poeta Gayo Valerio Catulo convierte a Safo en su modelo, tanto temático como formal. Es bien conocida la traducción al latín del poema 31 (según la ordenación tradicional de Campbell): “Igual a los dioses me parece…”. En él, ambos poetas alaban la suerte que tiene el hombre que se ha casado o que pasa su tiempo con la amada, de la que los autores están alejados. Es cierto que Catulo introduce un giro final que no estaba en el original (si quieres saber más, no te pierdas el comentario de ambos poemas), pero el espíritu es esencialmente el mismo. También lo es el esquema métrico, que frente a la métrica tradicional, usa el endecasílabo preferido de la autora de Lesbos. Por último, Catulo lleva su homenaje más allá, al usar el pseudónimo de Lesbia para la amada que se esconde tras su poesía; aquella Clodia que a veces le correspondió y otras (las más), lo rechazó.

Se atribuye al tal Pínito, un poeta muy poco conocido, el siguiente comentario: “la tierra no cubre a Safo más que las cenizas, los huesos y su nombre; su discreto canto disfruta de la inmortalidad”. El influjo de la figura y la obra de la cantora lesbia llega hasta hoy, pasando por la obra de un buen puñado de renombradas poetisas hispanas de los siglos XIX y XX (véase el artículo de Aurora López al respecto en la revista digital de la Universidad de Granada).

El camino recorrido por Safo a lo largo de los siglos no está exento de censura. En el escenario principal del clasicismo, la Atenas del siglo de Pericles, el papel de la mujer se define por poco más que un matrimonio orientado a la procreación de ciudadanos. Ésa es la principal razón aducida para que la voz libre y rebelde de la autora no sólo gozara de poca popularidad en aquel ambiente, sino que además fuera vista con ojos recelosos (aquí tienes más información)

Pero la prueba más dura para su supervivencia la afrontaron los textos de Safo en el año 1073: el Papa Gregorio VII, considerando su obra inmoral e inductora al pecado, ordenó quemar todos los manuscritos de la autora. Se perdía, así, una parte fundamental de su poesía; por fortuna, su popularidad en la Antigüedad nos la ha traído copiada en una nada despreciable cantidad de papiros, que han aguardado su momento de revelarse entre las arenas de la vieja Alejandría.

Safo, en una pintura de Chasseriau

Théodore Chasseriau, en 1840, refleja a la poetisa a punto de suicidarse.

Vida, muerte, amores: obra y trazos biográficos de Safo

Se cree que el porcentaje conservado de la obra de Safo no supera el diez por ciento de toda su producción. Constaba ésta, al parecer, de nueve libros de poemas pertenecientes a los variados géneros de la lírica arcaica: odas, canciones de boda, himnos, elegías. El tema principal de todos ellos es el amor, un sentimiento multiforme que profesa hacia sus hermanos, algún amante masculino (Alceo o Faón) y, sobre todo, numerosas muchachas. Los estudiosos están de acuerdo en señalar que Safo dirigía la “Casa de las servidoras de las musas”, un círculo o escuela de jóvenes a las que iniciaba en la poesía y la música; el objeto era hacer de ellas mujeres elegantes y cultas, preparadas para un matrimonio ventajoso. Nuevamente se hace notable la diferencia con la Atenas de apenas dos siglos más tarde, donde la música, la poesía y la conversación elevada con varones eran patrimonio de las heteras y no de las mujeres casadas, cuya reputación debía ser intachable y cuyo tiempo sólo podía transcurrir entre las paredes del gineceo.

Ocurre con Safo un fenómeno habitual en las figuras históricas cuya vida se nos oculta de modo parcial o completo: la falta de datos ciertos resulta en una abundancia de suposiciones, nacidas fundamentalmente de la lectura de sus poemas. Tradicionalmente se interpreta la obra que nos ha llegado en relación directa con su vida, hasta el punto de hacer de la autora una figura a la altura de un personaje de novela o de tragedia. Tan es así, que el suicidio desde la roca de Léucade, debido al rechazo de Faón, su enamorado, se ha convertido en un tópico hasta nuestros días. Ovidio, en el siglo I d.C., es responsable en gran parte de esta muerte idealizada: en las Heroidas o Cartas de las heroínas, hace a Safo autora de una carta a Faón (es la número 15, de autoría discutida), que ilustra y motiva el desarrollo posterior de la leyenda. Pero no toda la culpa es del poeta latino: hay que reconocer que una muerte por amor, sobre todo en el caso de una poetisa que hace rebosar su obra de lamentos por el rechazo del amado, resulta muy sugestiva para el público de todos los tiempos. Lo mismo, aunque de una manera menos intensa, ocurre con el resto de aspectos de su vida: amores, posición política, cultos religiosos. Todos constituyen factores sugerentes y han alimentado abundantes manifestaciones artísticas: por un lado, un par de novelas históricas, las firmadas por Krislov y Green, que prometen sumergir al lector en un mundo tan delicioso como el que habita en los versos de la poetisa; por otro, las numerosísimas representaciones pictóricas como la de Alma-Tadema que recogimos más arriba, y alguna otra que citamos ahora.

 

Safo desmayada de amor

Jacques Louis David plasma el desmayo amoroso de Safo, en brazos del bello Faón.

Es curioso señalar que la leyenda del suicidio, sin embargo, resulta incompatible con otro testimonio que, de manera muy alusiva e imprecisa, presenta a Safo anciana, en su lecho de muerte, rodeada de sus hijas y otros miembros de su familia.

¿Entonces, qué sabemos de Safo? Muy poco, en realidad, aparte de lo comentado. Que sufriera exilio en Sicilia por motivos políticos; que formara parte de un grupo de culto a Dioniso; que organizara su vida en torno a la veneración de Afrodita, tan presente en sus poemas; incluso que llegase a enamorarse o no de sus discípulas y a mantener relaciones amorosas con ellas. Todos ellos parecen elementos poco relevantes al lado de su revolución poética, por más que, de manera inevitable, Safo se haya convertido por esa causa en emblema de la homosexualidad femenina. Pero no debemos quedarnos ahí: aludir sin más a Safo como a una poetisa lesbiana o tan siquiera bisexual puede llevarnos a olvidar que la poesía es tan libre, tan inabarcable, que no debería interpretarse como reflejo mero de una biografía. La poesía es mucho más y, por supuesto, lo es la de Safo, una voz revolucionaria dentro de un movimiento literario y de pensamiento que ya implica todo un giro en su momento histórico. Ello no es obstáculo para defender en la autora un carácter apasionado, una delicadeza de expresión innegable y una trayectoria vital inspiradora, fuera cual fuese su orientación sexual.

 

Leer a Safo resulta, todavía hoy, una experiencia. Sus versos hablan al enamorado y al que sufre los rigores del desamor como si no fueran dos mil setecientos años, una lengua compleja y enormes dificultades de transmisión los que nos separan de ella. Incluso dentro de lo diferente de la lírica, Safo es diferente, personal e inmortal.