Heinrich Schliemann fue un hombre de carisma y talento innegables. En afortunada combinación con tales factores, el azar lo condujo a realizar descubrimientos cruciales para los estudiosos del mundo antiguo. Troya, Micenas y sus tesoros constituyen la culminación de una vieja obsesión trazada desde la más tierna infancia de este cosmopolita, pionero de la arqueología. En el segundo artículo de la serie dedicada a Schliemann, examinamos una serie de puntos que arrojan sospechas sobre su vida y carrera, al menos tal como las describe su autobiografía.

Voces críticas y primeras sospechas en la biografía de Heinrich Schliemann

La mayoría de las búsquedas bibliográficas o webgráficas en torno a la vida y hazañas de Heinrich Schliemann nos conducirá de manera inequívoca a una visión única: la coincidente con los testimonios de su autobiografía. Publicada después de su muerte gracias al interés y el celo de Sofía, esposa y compañera de excavaciones y descubrimientos durante la segunda parte de su vida, apenas ha sido objeto de duda, ni siquiera de una mirada crítica, hasta bien avanzadas las últimas décadas del siglo pasado.

En 1995, David Traill publicó la obra de ilustrativo título, Schliemann of Troy: treasure and deceit. A lo largo de sus páginas, el estudioso señala varios momentos en la biografía de Schliemann que llevan a reflexionar más a fondo sobre la escasa fiabilidad del relato del arqueólogo. No se trata tanto de una tendencia a la mentira patológica como de un afán por embellecer hasta la leyenda los acontecimientos narrados. En todo momento, Schliemann es parcial e interpone un filtro orientado a la autojustificación, a una cierta limpieza de imagen. Y hay varios ejemplos que inciden en esta idea. Para empezar, Traill cita la detallada descripción de un incendio que supuestamente habría presenciado Heinrich Schliemann en San Francisco durante su estancia en Estados Unidos. Sin embargo, la página del diario en la que lo narra se encuentra cosida después, superpuesta al resto del documento; por si esto fuera poco, la descripción parece a todas luces calcada de un periódico de Sacramento, donde, a la sazón, se encontraba el arqueólogo en aquellas fechas.

Menos inocente parece la afirmación de haber obtenido la nacionalidad estadounidense en 1850: en realidad, la obtuvo diecinueve años más tarde, después de declarar bajo juramento que había residido cinco años ininterrumpidos en aquellas tierras. Lamentablemente, aquello no era cierto, pues la mayor parte de su tiempo había transcurrido en Europa. Resulta interesante —y en no poco grado decepcionante, si uno prefiere creer la historia tal como la cuenta el propio Heinrich Schliemann, con su pátina romántica— que, además, entre las razones por las que se había trasladado a Estados Unidos, se encontraba el poder divorciarse legalmente de su primera mujer, Ekaterina Lyschin. En el artículo anterior revisábamos con qué duras palabras, según la autobiografía, Schliemann le echaba en cara a Ekaterina el no haberse dedicado a él, no haber compartido suficientemente sus gustos y aspiraciones. En aquellos reproches, de manera implícita, subyace la afinidad perdida con su primer fracaso amoroso, Mina, y la que logrará con el que retrata como su amor definitivo, Sofía Engastrómenos.

Literatura y leyenda en los hallazgos

Cuando Heinrich Schliemann miente sobre acontecimientos aparentemente sin importancia, parece llevado de un interés por crear un relato más colorista, más hermoso, orientado a forzar la presencia del componente legendario en su vida y en su entorno. Javier Negrete lo hace notar en su capítulo “El Schliemann malo”, en La gran aventura de los griegos (un extracto del cual puedes leer aquí: es muy posible que la historia sobre la pasión por Troya que, con todos sus componentes narrativos y dramáticos, ha fascinado y alentado a generaciones y generaciones de estudiosos de la Antigüedad, haya que tomarla con sumo cuidado. En concreto, hay que prestar atención al supuesto inicio de la vocación de Schliemann, su primer encuentro con la leyenda de Eneas huyendo de la destrucción de Troya. En el artículo previo de esta serie recogimos sumariamente la conversación entre el niño, decidido a descubrir la ciudad de la Ilíada, y su padre, obligado a decirle lo que opinaba el mainstream del momento. Es decir, que Troya no existía fuera de la ficción homérica. La razón para desconfiar está en la prolija correspondencia y en el propio diario de Schliemann: esta primera referencia a una vocación y a un supuesto destino inexorable, reservado a nuestro talentoso y afortunado hombre, aparece por primera vez cuando ya ha excavado Troya y ha encontrado el tesoro de Príamo. ¿No es algo sospechoso que no lo mencione ni una sola vez antes de eso? De nuevo, un manto turbio de decepción cae sobre la romántica imagen creada por la autobiografía de Schliemann. Y la cosa no acaba aquí.

Otro momento crucial es el de la culminación del sueño: el descubrimiento in extremis del tesoro de Príamo en Troya. El autor describe en su obra autobiográfica cómo, el último día antes de dar por cerrada la excavación a causa del desaliento, por no encontrar nada a la altura de la descripción de Homero, Sofía y Heinrich paseaban junto a los muros cuando un resplandor de oro habría llamado su atención. Escarbando con las manos hallaron múltiples objetos preciosos, enterrados de tal manera que parecía haber existido una caja de madera, supuestamente oculta a los ojos de los invasores aqueos por los troyanos en peligro de muerte. Después, Sofía se había fotografiado con collares y coronas; toda una Helena, a ojos de su esposo y de la influenciable posteridad. Los estudiosos, sin embargo, han demostrado que Sofía no estaba en Troya en aquel momento, sino en Atenas, en el entierro de su padre, así que la fotografía debió de tomarse días más tarde del hallazgo. Peor aún: parece ser que la mayor parte de las joyas habría sido encontrada semanas antes, algunas incluso fuera del muro de Ilión, y conservada en secreto por Schliemann en su cabaña. Pero, sin duda, es al poético y vivo relato que recoge la narración autobiográfica lo que le permitió atraer las miradas de todo el mundo.

Vista aérea de las ruinas de Troya, descubierta por Heinrich Schlieman

Vista aérea de las ruinas de Troya

 

Las sombras se extienden sobre Micenas

La última excavación dirigida por Heinrich Schliemann, antes de su muerte, fue la de las ciudades de Micenas y Tirinto, en la península de la Argólida. Homero es, de nuevo, la guía que conduce la ambición y el deseo de nuestro hombre, esta vez en pos de la ciudad que el poeta describiera como la “rica en oro”. La descripción del hallazgo resulta no menos novelesca que la de Troya: casi todos los objetos preciosos aparecen en el último momento, justo antes del cierre de la excavación, concentrados en apenas tres de las numerosas tumbas contenidas en el recinto. Por si estas sospechas no resultaran suficientes para las voces críticas, hay que contar con el carácter heterogéneo de las piezas, tanto en calidad como en estilo. Traill señala que Schliemann pudo haber encontrado una parte, sí, pero propone que, muy probablemente, la habría incrementado, o bien con otro tipo de objetos, hallados en otros lugares cercanos, o bien con antigüedades compradas a vendedores clandestinos; o bien, incluso, con falsificaciones.

En este punto, el lector inocente tiene derecho a llevarse las manos a la cabeza. Proporcionaremos un antecedente: durante las excavaciones en Troya, Schliemann había llegado a encargarle a su agente en París que le buscara un buen orfebre, capaz de fabricar joyas que pudieran parecer auténticas. El gobierno turco le exigía la mitad del tesoro y él pretendía, haciendo gala de cierta carencia de escrúpulo, engañar a las autoridades. Llegara o no a requerir estos servicios, lo cierto es que estaba dispuesto a recurrir a las falsificaciones. De este modo, las dudas pesan sobre objetos célebres, tanto como la mismísima Máscara de Agamenón, de cuya falsedad está bastante seguro el filólogo William Calder; otros, menos críticos, piensan más bien en la manipulación de un objeto auténtico. Es decir, la máscara sería real, pero se le habría incorporado a posteriori el curioso bigote que luce, con la idea de darle un aspecto insigne, opuesto al que presentan el resto de las máscaras halladas en el yacimiento.

Recogemos a título de ejemplo un par de muestras, que el lector podrá comparar con la de Agamenón, presentada en el artículo anterior.

Heinrich Schlieman y la máscara de Agamenón

La primera presenta algún parecido con la de Agamenón por lo que respecta a disposición y rasgos.

Heinch Schlieman y la máscara de Agamenón

La diferencia entre la más célebre de estos aditamentos funerarios y este segundo ejemplo resulta abismal.

Para una visión completa de la opinión de Calder al respecto, se puede consultar, en inglés, el artículo “Is the mask a hoax?” en línea.

Frente a las voces que abogan por la falsificación, se alzan los defensores de su autenticidad. Los más entregados a la causa son, es de esperar, estudiosos griegos relacionados con la arqueología. Destaca Katerina Demakopoulu, ex directora del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, que vería muy menguada su popularidad si se demostrara que una de sus mayores atracciones es una falsificación. Aquí, el artículo con su defensa de la Máscara).

¿Qué podemos suponer que ocurrirá? ¿Alguna vez se resolverá la cuestión? Lo más sensato, probablemente, sea esperar a que sea posible realizar algún tipo de análisis que no resulte pernicioso para las piezas. Entonces, se descubra lo que se descubra, tal vez podamos llegar a corregir, como señala Negrete en el capítulo citado más arriba, los errores, voluntarios o no, de Heinrich Schliemann. Todo ello, sin acabar con todo lo que creemos saber acerca de Micenas.

Tras la figura de Heinrich Schliemann, envuelta en luces y sombras, se vislumbra, a ratos, el retrato de un oportunista, entregado a construir un personaje novelesco, perfectamente planificado para brillar ante la opinión pública contemporánea y la de la posteridad. Es posible que el descubridor de Troya sea censurable en más de un aspecto, sí; con todo, su persistencia, su fe ciega en Homero y la suerte que tan bien lo condujo hacia descubrimientos sin precedentes, hacen de él el arqueólogo más representativo de todos los tiempos.