Escribir una novela es querer emocionar al lector a través de nuestra historia, de nuestro mundo y nuestros personajes. Para conseguirlo, es necesario conocer, reconocer y comprender las emociones, dado que, de lo contrario, no podremos expresarlas y transmitirlas como realmente queremos. En concreto, en esta ocasión, os voy a explicar cómo manejar el enfado de un personaje, porque, oye, todos nos enfadamos, de una manera u otra, y nuestro personaje no puede ser una excepción, a menos que esté realmente justificado.

Debemos trabajar bien los enfados de nuestros personajes

En otra ocasión os hablé de la tristeza, de las distintas formas que tenemos de afrontarla. También os he contado las estrategias básicas que utilizamos para hacer frente a un problema y a qué historia de vida general suele estar asociada. El mundo emocional de las personas es importante, ya que influye en las decisiones y relaciones que tenemos. De la misma manera, los personajes que creemos deben estar influidos por su forma de experimentar esas emociones. Si no, no sería realista, y si un lector no es capaz de creerse nuestra historia, dejará la novela a un lado. ¡Y no queremos eso!

Cómo manejar el enfado de un personaje: la duración

Antes de meternos en líos, tenemos que saber de qué estamos hablando. La ira, o el enfado, es una emoción funcional. Esto quiere decir que surge ante una amenaza o un problema y nos sirve para motivar la defensa o afrontar la situación que sea. Todas las personas nos hemos sentido enfadadas en algún momento, o muchas veces, y sabemos que no es una emoción placentera. La ira surge como respuesta a dos tipos de situaciones distintas: cuando alguien nos perjudica de algún modo y cuando una persona importante para nosotras sufre. Es importante tener esto en cuenta para entender, a continuación, cómo manejar el enfado de un personaje.

Bien, como he comentado, se podría decir que hay dos tipos de situaciones distintas que pueden generar enfado en nosotros y, por ende, en nuestros personajes. La ira como respuesta al perjuicio propio se denomina ira personal, y es en la que vamos a centrarnos hoy.

Dependiendo de la intensidad con la que el personaje experimente las emociones, lo pasará peor o mejor cuando algo le enfade, será más o menos impulsivo en su respuesta, pero ese sentimiento durará, más o menos, una media hora. Y tras esa media hora pueden pasar dos cosas: que el personaje gestione adecuadamente su ira y, en consecuencia, afronte de forma asertiva y resolutiva la situación que le generó dicho sentimiento; o bien, que reaccione agresivamente, ya sea para defenderse o para castigar al personaje culpable de su enfado.

Conocer los tiempos emocionales son importantes, dado que no tenerlos en cuenta puede hacer que quien nos lee se salga de nuestra historia o no llegue a conectar con la situación que vive nuestro personaje. Como decía, es importante saber cómo manejar el enfado de un personaje, y eso incluye, indudablemente, los tiempos.

La rumia y el enfado del personaje

Hace un momento os he hablado de la duración de la emoción del enfado en personas que gestionan adecuadamente sus pensamientos y emociones. Sin embargo, sabemos que no siempre manejamos bien lo que sentimos. Seguro que alguna vez, o muchas veces, os ha pasado algo que os ha enfadado y no habéis podido parar de darle vueltas. El proceso, en realidad, empieza por recordar y revivir el episodio que nos provocó la ira, sigue por alimentar pensamientos que incrementan dicha emoción y termina por ensayos mentales de posibles respuestas o actos de venganza.

La conducta es clave en cómo manejamos el enfado de los personajes

A ese proceso o fenómeno se le llama rumia de la ira. Los efectos de rumiar la ira incluyen un aumento de los sentimientos de enfado, tendencia a pensamientos relacionados con la amenaza y agresividad, respuestas cardiovasculares como la presión arterial y comportamientos agresivos. Y es que, efectivamente, la rumia de la ira se relaciona con las conductas agresivas físicas, verbales y hostiles. Como ya sabréis, las agresiones físicas engloban todo acto físico intimidatorio que puede generar un daño a la otra persona, como empujones, golpes, agarrar con fuerza o zarandear a alguien; y las verbales hacen referencia a gritos, insultos y conductas similares.

La hostilidad, que es un concepto menos popular, se define como la desconfianza, cinismo, creencias y atribuciones negativas sobre las demás personas o sus intenciones. En otras palabras, es la tendencia a sentirnos atacados/as y ponernos a la defensiva, habitualmente contra personas que ni siquiera tienen relación con la situación inicial que nos produjo la ira.

Cómo manejar el enfado de un personaje: la conducta

Ya habréis visto, con lo que os estoy explicando, que las emociones son la base de la mayoría de nuestras reacciones y conductas, por eso es tan importante conocerlas, ¡especialmente si lo que queremos es emocionar a quien nos lee!

Muy ligado al enfado, estaría el autocontrol. El autocontrol es la capacidad de alterar, modificar o gestionar adecuadamente los pensamientos, emociones y comportamientos, con el fin de seguir las normas sociales, valores morales, estándares personales y apoyar la búsqueda de objetivos a largo plazo. Se sabe que las personas que tienen un mayor nivel de autocontrol tienen niveles más bajos de conductas agresivas. En realidad, es algo que tiene bastante sentido y que probablemente ya supierais. Sin embargo, uno de los factores que median entre el autocontrol y la agresividad es, precisamente, la rumia de la ira, y eso ya no es tan conocido, ¿verdad?

En un artículo anterior hablé sobre lo importante que es conocer los tipos generales de personalidad para que el lector pudiera conectar con nuestro personaje. Pues ahora os digo que nada de eso sirve si no sabemos cómo manejar el enfado de un personaje, los tiempos, las reacciones y esa rumia o autocontrol sobre sus pensamientos. Las personas somos complejas y los personajes, al menos los principales, no pueden serlo menos. La realidad hace más realista lo que queremos plasmar y, sobre todo, transmitir. No se puede emocionar sin tener en cuenta, con respeto y coherencia, las emociones y nuestra forma de vivirlas.

La ciencia ha hablado. ¡Escuchemos, escritores!