Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, más conocido como Francisco de Quevedo, o incluso como Quevedo, es el autor que este mes nos ocupa. Una vez más, la cuarta para ser exacto, vamos a hablar de un escritor del denominado “Siglo de Oro”, el más brillante, según algunos, de nuestras letras. Lo cierto es que con compañeros de rimas como CervantesLope de Vega y Góngora, todos contemporáneos al escritor en cuestión, no me extraña que se le conozca con el nombre de ese noble metal. En fin, vamos a ello.

Primeros años de Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo nace un mes de septiembre de 1580 en Madrid. De los escritores más importantes de su época, en realidad destaca más por sus poemas que por sus escritos en prosa.

Aunque nace en el seno de una familia noble, el destino quiso que lo hiciera con una deformidad en los pies, de la que dio buena cuenta su compañero de letras y tiempo  Lope de Vega en algunos de sus escritos,  y una fuerte miopía. Como consecuencia de esto, y debido a la crueldad de los niños de la nobleza con los que convivía en la Corte, su niñez fue solitaria y amarga, llevándole de forma compulsiva, según se cuenta, a evadirse en la lectura.

Quedó huérfano de padre a los seis años y, debido a su precocidad, comenzó a estudiar tempranamente en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús que esta Orden tenía en Madrid. Más tarde estudió Teología sin llegar a ordenarse, además de lenguas antiguas y modernas.

Francisco de Quevedo en la Corte española

Tras unos años en Valladolid, donde estaba la corte en ese momento, vuelve a Madrid al trasladarse esta a la Villa (recordemos que sus padres eran nobles ligados a la misma). Estuvo volcado en las letras hasta 1611. Establece una relación muy afable con el Duque de Osuna, al cual acompaña como secretario en 1613 en su viaje a Italia desempeñando funciones diplomáticas, hasta el extremo de conseguirle, según cuentan, en 1616 su nombramiento como virrey de Nápoles.

[bctt tweet=»La caída en desgracia del Duque de Osuna regaló a Quevedo un destierro en Villanueva de los Infantes. Ten amigos para esto.» username=»JecobeJess»]

Dicen que la caída en desgracia del Duque de Osuna le regaló un destierro en Villanueva de los Infantes hasta que Felipe IV sube al trono y vuelve a granjearse los favores de la corte haciendo buenas migas con el Conde Duque de Olivares, llegando a ser, según cuentan, secretario del Rey allá por el 1632, máximo puesto alcanzado en su época cortesana.

Francisco de Quevedo y su enemistad con GóngoraSe casa con Esperanza de Mendoza en 1634 por las presiones del Duque de Medinacelli, más concretamente por las que la mujer de este ejercía sobre el Duque, pero el matrimonio dura tres meses. En 1639, por motivos un tanto extraños, se enemista con el rey y su valido, lo que le lleva a ser detenido y encerrado. Primero en el Convento de San Marcos de León, y más tarde en Loeches. Permanece preso hasta 1643, momento en que el Conde Duque de Olivares cae en desgracia y Quevedo es puesto en libertad. Una libertad relativa, ya que sale del encierro muy tocado de salud, retirándose de la vida en la Corte de forma definitiva y trasladándose para pasar sus últimos días a su señorío en la Torre de Juan Abad, donde fallece en 1645.

Quevedo versus Góngora

Como era habitual en esta época, todo autor famoso tenía un rival en el de enfrente, y Quevedo no iba a ser menos. Lo encontró en Góngora, con el que mantuvo una disputa literaria pública a la altura de sus genios. Dicen que fue precisamente Quevedo quien dio comienzo al enfrentamiento cuando publicó, estando en la Corte de Valladolid, unos poemas que según Góngora minaban su reputación y obtenía fama a su costa y que dicha enemistad no terminó hasta la muerte del escritor cordobés después de que este le contestará con los siguientes versos

Musa que sopla y no inspira

Y sabe que es lo traidor

Poner los dedos mejor

En mi bolsa que en su lira,

No es de Apolo, que es mentira.

 

No obstante, estudiosos actuales de la época no están del todo de acuerdo con esas disputas de por vida, más bien lo ven como algo normal y habitual en los autores del Siglo de Oro.

Quevedo y el conceptismo

Tanto Quevedo como Góngora y Lope de Vega se mueven dentro de la lírica barroca, movimiento que busca romper con el equilibrio en la forma  y el contenido del periodo anterior, el Renacimiento, generándose dos estilos opuestos: el culteranismo, cuyo máximo representante fue Góngora, y el conceptismo, donde Quevedo se alza como exponente único.

Del culteranismo ya hablamos en el artículo dedicado a Luis de Góngora. Del conceptismo, donde Quevedo se mueve como pez en el agua, tan solo diremos que se centra en el contenido de lo escrito más que en su forma, como hacía el culteranismo, empleando lo que se ha dado en llamar recursos de ingenio, es decir, juegos de palabras, asociaciones de ideas, dobles sentidos y otras fórmulas similares, llenando los versos de ironía, paradojas, antítesis e incluso de  caricatura.

Quevedo demostró manejar de forma magistral el uso del lenguaje haciendo un uso perfecto de las paronomasias (juegos de palabras con parecido fónico) y en las dilogías (doble sentido), recurriendo además a expresiones vulgares y coloquialismos, incluso creando nuevas voces (neologismos). En fin, algunos estudiosos llegan incluso a decir que Quevedo mantenía una actitud de juego constante con el lenguaje.

Quevedo y su obra

Francisco de Quevedo en el cine

A Francisco de Quevedo se le conoce quizás más por su obra poética, pero lo cierto es que su obra es de lo más variada, trabajando también de forma magistral con la prosa.

En poesía descubrimos a un Quevedo burlesco y satírico con unos versos en los que junto al tono humorístico se percibe un trasfondo pesimista que entroncan con los temas de la época. Aunque sus poemas más famosos son los dedicados a sus rivales literarios, así como a las parodias de personajes mitológicos, Quevedo escribe poemas de tono grave donde trata asuntos como el amor, el desengaño o la fugacidad del tiempo, temas todos estos muy típicos del Barroco.

En prosa se le considera también como uno de los mejores del barroco abarcando temas variados como el festivo, el satírico, el ascético o el político. Dentro de sus obras más famosas encontramos “El Buscón”, encuadrada dentro de la novela picaresca considerándola como una de las más representativas del género y de la época. Sí, ya sé que “El Lazarillo de Tormes” quizás sea más famosa, pero al tal “Anónimo” no lo conoce nadie.

Quevedo en imágenes

Los que habéis pasado por mis otros artículos habréis podido comprobar mi tendencia a buscar al autor del que hablo plasmado en imágenes. Quevedo no iba a ser una excepción.

En primer lugar quiero recomendaros este documental de media hora que, de la mano de Antonio Gala, nos deja ver lo que Quevedo pensaba cuando va de camino a su último retiro, al encuentro de su muerte.

En este vídeo podréis ver al maestro en la saga de “El capitán Alatriste”, la novela de Pérez Reverte adaptada al cine, en un pequeño fragmento donde se ve la enemistad manifiesta entre él y Góngora que llega a la calle y a la burla personal por parte de la plebe que se divierte con estos enfrentamientos.

Como novela y adaptación bien documentada, en este otro fragmento  podemos ver y oír no solo lo que Quevedo pensaba del válido del Rey que terminó encerrándolo, sino los defectos físicos del maestro que el actor Juan Echanove interpreta de forma magistral.

Y no podía dejar pasar este magnífico poema  recitado por quién lo interpretó en el cine, el genial Juan Echanove, donde Quevedo deja constancia.

Y para los perezosos, este  video  donde en dos minutos y medio os explican los rumores más oscuros de nuestro amigo e insigne escritor Quevedo.

Y hasta aquí estas líneas donde espero haberos creado un poco de curiosidad por conocer a este insigne autor y su obra. El mes que viene prometo volver, pero esta vez vamos a dejar “El Siglo de Oro” y avanzaremos un poco en el tiempo hasta… bueno, hasta aquí puedo leer.

Sed buenos y leed mucho. Por cierto, para empezar podéis echarle un vistazo a una de las lindezas que Quevedo le dedicó a Góngora y  que yo tuve que aprender de memoria en mis tiempos mozos.

 

A un hombre de gran nariz

Érase un hombre a una nariz pegado.

Érase una nariz superlativa,

Érase una alquitara medio viva,

Érase un peje espada mal barbado,

Era un reloj de sol mal encarado,

Érase un elefante boca arriba,

Érase una nariz sayón y escriba,

Un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,

Érase una pirámide de Egipto,

Las doce tribus de narices era;

Érase  un naricísimo infinito,

Fresón archinariz, caratulera,

Sabañón garrafal, morado y frito.