Un panfleto dio comienzo a una Guerra contra Argel

Ya sabemos que al ser humano le hacen falta pocas excusas para meterse en líos, ya sea con espadas, pistolas o a cañonazos. Un ejemplo muy claro de esto se vivió hace cuatrocientos catorce años, cuando un hecho sorprendente dio pie a una guerra contra Argel.

Los antecedentes

Corría mayo de 1601. Felipe III llevaba apenas tres años reinando y la Corte acababa de mudarse a Valladolid, en una jugada maestra de Francisco de Sandoval y Rojas, que se hizo de oro con el traslado. Mucho más al sur, en una céntrica calle de Sevilla aparecía un panfleto que sacudió, primero a los sevillanos y luego al resto de los españoles.

Aquel panfleto adherido a la fachada de una casa decía estar escrito por un morisco, aunque el autor se definía a sí mismo como bautizado y buen cristiano, motivos por los cuales daba aquel aviso. En él se anunciaba que los moriscos de Andalucía estaban preparando una insurrección a gran escala. De hecho, según el anuncio, estaban en tratos con moriscos del resto de los reinos y, no contentos con ello, se contaba además con la ayuda de los moros del África.

La investigación

Se escribió de inmediato al rey para que tomara medidas en el asunto, puesto que podía ser gravísimo. Todavía estaba en el recuerdo de todos las dificultades que provocó el levantamiento de los moriscos granadinos a mediados del siglo anterior. De modo que las pesquisas se realizaron a toda prisa y quedó demostrado que el anuncio era verídico. Las investigaciones dieron con el paradero de doscientos barriles de pólvora y gran número de armas y munición que los rebeldes pensaban utilizar.

A Felipe III no le quedaba más remedio que posicionarse en todo aquel asunto, y lo hizo de la única forma que podía: Si los moriscos deseaban una lucha, él les daría lucha. Pero no en el interior de su reino. Llevaría la batalla al terreno del enemigo, debilitando el apoyo que los moriscos españoles pudieran conseguir.

Los preparativos

La guerra en FlancesLas arcas reales estaban en las últimas, hay que recordar que la guerra en Flandes se llevaba todo el oro y toda la plata que llegaba de las américas, y de hecho había sido necesario poner en circulación moneda de vellón para paliar la carencia de plata. No obstante, era evidente que no se podía permitir que un reino enemigo organizara una conjura contra el monarca español y usara para ello a sus propios súbditos. De modo que, tras consultarlo con su mano derecha, el Duque de Lerma, se tomó la decisión de invadir Argel.

La estrategia a seguir sería similar a la que habían intentado los árabes: desestabilizar el país desde el interior, o, al menos, conseguir apoyos entre los países vecinos. Esto facilitaría la empresa y minimizaría los gastos al encontrar al enemigo dividido, de modo que se envió a Génova al zamorano Manuel de Vega, un experimentado soldado que había servido en Portugal y Flandes, con la misión de conseguir algunos apoyos que ya se habían ofrecido para esa empresa a través de algunos judíos de Orán.

Pero todos estos preparativos de guerra llevaron algún tiempo, y no fue hasta finales de Agosto que al fin una flota partió con rumbo a Argel, dejando atrás las islas baleares con buen tiempo.

En ese instante, Felipe III se metía de lleno en un nuevo conflicto, y muchos rezaban para que la empresa saliera bien y, sobre todo, se solucionara con rapidez, porque no estaba la cosa para mantener una guerra larga y costosa.

Un desenlace inesperado

El príncipe Juan Andrea Doria fue el encargado de mandar la flota de la guerra contra ArgelLa flota partió con buen tiempo y mejores aires llevando, parece, nada menos que cuarenta mil hombres en las panzas de las naves. Tras dejar atrás Mallorca, Juan Andrea Doria, al mando de la escuadra aprestada por Felipe para lograr sus propósitos, dio orden de poner proa rumbo a Argel. Sus instrucciones eran claras: desembarcar de súbito y hacerse fuerte, infligiendo la mayor pérdida posible a los moros.

Con el amanecer del dos de Agosto, y a menos de veinte millas de la costa africana, los hombres comenzaron a trabajar con prisas. Los esquifes que habían de transportar a los asaltantes a tierra debían ser preparados, y los marineros se apresuraban a cumplir las órdenes que bramaban sus superiores por encima de sus cabezas. De hecho, podrían haber desembarcado durante la noche sin que nadie se enterara del ataque, con lo que habrían hecho estragos, pero el príncipe Doria no lo consideró oportuno y decidió esperar al amanecer.

La actividad era febril en las cubiertas, y para cuando el sol despegó al fin su silueta del borde del mar, los soldados españoles ya se preparaban para situarse en las embarcaciones que los transportarían hasta tierra. Sin embargo, un viento extraño comenzó a soplar poco antes, desde tierra, ganando fuerza por momentos. Venía acompañado por una neblina que dificultaba la visión, anegándolo todo rápidamente de figuras fantasmales que proyectaban sombras en una bruma cada vez más espesa. Juan Andrea miraba anhelante el cielo, rogando a Dios, intentando vislumbrar un resquicio de luz que le permitiera encontrar una solución a la situación. Para su desgracia, lo único que vio fue un velo blanco cada vez más espeso que se arremolinaba en torno a los palos de su nave.

Los marineros más experimentados no tardaron en ponerse nerviosos, pues decían que aquel viento adverso acompañado de niebla podía durar una semana, ¡o incluso más!

La guerra contra Argel se vio truncada por una espesa niebla

Juan Andrea, que en un principio había decidido esperar a que la niebla desapareciera, no tuvo más remedio que resignarse y ceder ante lo evidente, de modo que dio orden de regresar y que cada nave volviera a su puerto de partida. Parece que llegó a citar las palabras de Felipe II: “No puedo luchar contra los elementos”.

De este modo, y a pesar de que el gasto económico había sido altísimo, murió antes de nacer la guerra que provocó un panfleto anónimo encontrado en la puerta de una calle de Sevilla.