«La confinada» tal vez habría resultado un apodo mucho más apropiado para la primera persona que, en realidad, ostentó el poder en los reinos que conformarían lo que hoy conocemos como España. Su nombre era Juana, y la llamaron «la loca». Pasó a la historia como Juana «la loca», heredera de los Reyes Católicos. Ella es la protagonista de nuestra historias de la Historia.

Sobre el nacimiento de Juana la loca.

Era la tercera hija del matrimonio formado entre Fernando II de Aragón e Isabel de Castilla. Isabel fue la primogénita. Luego vendría Juan, quien también murió de unas fiebres antes que sus padres.

Juana nació en Toledo, algo más de un año después que su hermano Juan. Y ya siendo niña demostró que se trataba de una mujer hermosa, de cabello rubio, piel pálida y nariz fina y noble. Destacó en seguida en algunas artes como la música, que a la larga le serviría como refugio, y mostraba una gran inteligencia. Nada hacía presagiar por entonces lo triste que sería su vida. Más bien al contrario, parecía destinada a hacer brillar los reinos españoles en Europa con nunca antes había ocurrido.

Su compromiso y matrimonio

De hecho, sus padres contaban con ella para que así fuera. Isabel y Fernando necesitaban aislar a la monarquía francesa, su gran enemiga ,y como era habitual en aquel tiempo, no dudaron en usar a su hija con dicho fin. La prometieron con Felipe, llamado «el hermoso». Era el heredero de las casas de Habsburgo y Borgoña, con lo que cumplía a la perfección con los deseos de los Reyes Católicos.

Juana viajó a los Países Bajos con diecisiete años para contraer el matrimonio pactado por sus padres. Es muy probable que no llevara grandes expectativas al respecto, sabiendo que aquello no era más que un matrimonio político. Sin embargo, entre los novios se produjo casi de inmediato una corriente de cariño que fue muy bienvenida.

Juana la loca

Juana la loca se convierte en la heredera

Los acontecimientos que llevaron a Juana la loca a convertirse en la heredera al trono de Castilla fueron inesperados y se produjeron en un breve espacio de tiempo. Poco después de la boda entre Felipe y Juana moría Juan, el heredero de los Reyes Católicos. Ya había contraído matrimonio cuando falleció. De hecho, hubo quien aseguró que la muerte se produjo por sus excesos sexuales con su esposa. El propio Carlos V aconsejó a su hijo Felipe que durante los primeros años de matrimonio no cometiera excesos en ese sentido, pues eso había llevado a su tío a la muerte. Unos meses más tarde, durante el parto, moría la hija de éste.

Esto convertía en heredera a Isabel de Castilla, la primogénita. Tras enviudar, Isabel había contraído matrimonio con Manuel I de Portugal, casi obligada por sus padres, ya que ella prefería dedicarse a una vida de retiro y oración. Aunque al principio fue reacia, finalmente aceptó el enlace si los judíos eran expulsados de Portugal.  Poco tiempo después del enlace, embarazada, ella y su esposo viajaron a Castilla. El parto se produjo en agosto. Dio a luz un hijo que podría haber unido las coronas de Portugal, Castilla y Aragón, (no fue así porque el pequeño moriría un par de años más tarde). La propia Isabel murió durante el parto.

De este modo, en 1500, Juana la loca se convirtió en la heredera de los Reyes Católicos contra todo pronóstico, provocando que la reina Isabel de Castilla le pidiera que regresara con premura de Flandes.

El apodo de Juana

Curiosamente, hasta ese momento, nadie había hablado sobre su locura. Más bien al contrario; el Obispo de Córdoba, Juan de Fonseca, que fue el emisario enviado a los Países Bajos para requerir la vuelta de la Infanta, informaba de que Juana era tenida por una persona cuerda y asentada. Un embajador decía de ella que pocas veces se había visto tanta cordura en una persona de tan poca edad. Y con esa premisa, Juana fue reconocida como heredera de Castilla tan pronto como ella y su esposo, Felipe, llegaron al reino de su madre.

Pero Felipe se mostró resentido, pues de repente había perdido importancia, ya que se le consideraba únicamente rey consorte. Eso motivó que abandonara a su esposa, que por entonces estaba en su cuarto embarazo, y regresara a sus propias tierras. No pasaría mucho tiempo antes de que empezara a ponerse en tela de juicio la facultad de Juana para ejercer el reinado.

Las primeras dudas se plantearon en las Cortes de Toledo de 1502. Isabel pretendía que su hija heredara en exclusiva su reino, pero parece que tanto Fernando de Aragón como Felipe «el hermoso» no estaban por la labor. En esas Cortes, Isabel planteó su testamento, y en él se expresaba que su reino pasaría a su hija, si bien, en caso de que Juana no quisiera, o no pudiera ejercer el reinado, o incluso en caso de que estuviera fuera de él, la Regencia recaería sobre Fernando.

Que Felipe «el hermoso» también había puesto sus ojos en la Corona castellana se evidencia por el hecho de que Isabel dejó establecido que no se podrían dar cargos, ni eclesiásticos ni civiles, a personas que no hubieran nacido en sus reinos, y se aseguraba de subrayar el carácter extranjero de Felipe.

Por tanto, es muy posible que la condición de «loca» fuera algo poco realista y que se debiera más bien a intereses políticos, ya fueran de su padre o de su esposo.

El extraño comportamiento de Juana la loca

Sin embargo, las actuaciones de Juana llevaban tiempo siendo, en cierto modo, alejadas de lo habitual. Contando quince años, Juana había empezado a mostrar un comportamiento poco religioso, incluso escéptico. Para una Infanta de los llamados Reyes Católicos esto era un hecho más que preocupante; tanto, que su madre pidió que se mantuviera en secreto. Con todo, no fue hasta su boda cuando empezaron los verdaderos problemas.

Juana se enamoró, al parecer locamente, de Felipe «el hermoso», quien pareció corresponderla, al menos al principio. Sin embargo, la Infanta española pronto descubrió que no sería la única mujer en el lecho de su esposo. Ella le dedicaba una devoción absoluta, pero toda la Corte conocía bien las infidelidades de las que era víctima. Lo cierto fue que, a pesar de que los hijos empezaron a llegar pronto, la actividad sexual de la pareja tenía fuertes altibajos, lo que provocaba unos celos terribles en Juana, quien estaba segura de que su esposo se solazaba con otras mujeres. Muchos estudiosos creen hoy que esos celos llegaron a convertirse en patológicos. Fuera como fuese, aquella situación no la ayudó.

Cuando Felipe regresó a los Países Bajos, Juana empezó a porfiar por regresar a su lado, contraviniendo así los deseos de su madre, quien pretendía que permaneciera a su lado con el fin de aprender a manejar las riendas de su reino. Las discusiones entre ellas eran tan agrias y tan habituales que pronto provocaron un empeoramiento en la salud de ambas. Se contaba que Isabel sufría tanto por la situación que tenía dolores en el pecho.

Juana consigue reencontrarse con su esposo

Isabel "la católica", madre de Juana "la loca"

Las disputas llegaron a ser tan graves, que Juana fue confinada en el castillo de La Mota. Pero no se resignó a su sino. Al contrario. Para forzar un encuentro con su madre y que le permitiera regresar con su esposo, la Infanta permaneció una de las noches más frías del año a la intemperie, descalza y casi sin ropa, hasta bien entrada la madrugada. Isabel no tuvo más remedio que claudicar. Juana había logrado lo que deseaba y viajaba de vuelta para reunirse con su esposo, pero a cambio había menoscabado su dignidad a la vista de todos, lo que erosionaba su posición como reina.

No mucho tiempo después moría Isabel, de modo que Juana y Felipe regresaron a la Península, y Juana de nuevo dio muestras de una actuación fuera de lo común.

Los movimientos de Felipe y Fernando para hacerse con el poder

Felipe no se había mantenido ocioso durante el tiempo en que estuvo fuera de la Península. Al contrario, había estado enviando cartas a los nobles castellanos en las que les prometía mercedes si se ponían de su parte en sus aspiraciones a convertirse en el rey legítimo de aquellas tierras. Además, se había unido a las aspiraciones francesas de conquistar Nápoles si Francia a su vez le apoyaba en su deseo de reinar Castilla.

Pero Fernando fue inteligente y atajó el problema francés con presteza cuando contrajo segundas nupcias con Germana de Foix, sobrina del rey francés, con lo que la alianza previa con Felipe quedaba anulada. Fernando contaba además con la adhesión de las ciudades castellanas, que se habían puesto de su parte. La situación era de empate técnico entre suegro y yerno.

Así las cosas, Fernando y los embajadores de Felipe llegaron a un acuerdo: la Concordia de Salamanca. Pero Felipe no estaba muy de acuerdo con sus términos, ya que, a pesar de que lo reconocía rey de Castilla junto a Juana, Fernando continuaba en su papel de gobernador perpetuo, ostentaba el título de Rey de Castilla y tenía el control de las rentas de los Maestrazgos de Órdenes Militares.

La concordia de Villafáfila

Felipe «el hermoso» y Juana «la loca», embarazada

Pero el flamenco no tenía prisa por arreglar el asunto. Al contrario, dilataba el encuentro con su suegro, consciente de que a medida que pasaba el tiempo más nobles se unían a su causa y peor era la situación en la que se encontraba el ya anciano rey aragonés. Tuvieron un primer encuentro, con Felipe acompañado de muchos hombres de armas y Fernando de unos doscientos miembros de su Corte, pero no se llegó a ningún pacto. Más tarde volvieron a reunirse en Villafáfila, y debió ser una negociación compleja, pues cuentan las crónicas que las voces que daban unos y otros se escuchaban desde la iglesia en la que estaban reunidos hasta la casa en la que se alojaba el rey y que se situaba en la plaza mayor de la población.

El acuerdo al que llegaron establecía que Fernando renunciaba a todos sus derechos sobre el reino de Castilla en favor de Juana y Felipe, y que sería este quien gobernaría en caso de que su esposa no pudiera hacerlo, contraviniendo así los deseos de Isabel. Sin embargo, Fernando continuaría recibiendo la mitad de las rentas y derechos derivados de las Indias, así como a mantener la autoridad en los Maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara. Por último, realizaban un pacto de apoyo mutuo en caso de ataque por parte de terceros y para luchar contra los infieles.

Juana vuelve a actuar de forma extraña

Cuando Felipe fue a contarle a Juana los términos del acuerdo, sin duda pletórico puesto que había obtenido lo que deseaba, la respuesta de su esposa mostró que tal vez no estaba tan en sus cabales como hubiera sido deseable. Juana se había mostrado indignada por todo aquel asunto; muy probablemente porque su padre y su esposo se estaban disputando un reinado que, en realidad, le pertenecía a ella. Cuando Felipe al fin le contó el resultado de las negociaciones, Juana salió al jardín de los condes de Benavente, muy reputado en la época, y tras pasear por él y ver los pavos reales se alejó a la carrera hasta refugiarse en la casa de una tahonera, de la que no quiso salir ni siquiera cuando la vivienda fue rodeada por soldados armados.

El carácter inestable de Juana volvía a aparecer, tal vez llevada al extremo por una situación indeseada, un marido al que amaba y del que celaba de forma amarga, un padre que no parecía confiar en ella y, en última instancia, tal vez incluso una depresión.

La muerte de Felipe y sus consecuencias

Todo parecía estar decidido para la hija de Isabel de Castilla. Sin embargo, la situación todavía daría un giro inesperado cuando Felipe murió tan solo tres meses después de alcanzarse la Concordia de Villafáfila. Además, lo hizo de una forma poco común: Mientras participaba en un juego de pelota, el recién nombrado rey se acaloró y bebió agua fría. Eso lo hizo enfermar, al parecer de neumonía, y provocó su muerte de manera fulminante. Las últimas investigaciones apuntan a que tal vez podía haber contraído la peste. Pero también hay quien apuesta porque fuera envenenado a manos de su suegro, basando sus hipótesis en las ganancias políticas que recibía con su muerte.

El traslado del cuerpo de Felipe el hermoso

Juana la loca acompaña al féretro de su esposo

Con independencia del motivo por el que falleció su esposo, el golpe para Juana la loca debió ser terrible. Amaba a su marido, según parece incluso de una forma poco sana, pues su relación no era especialmente buena y la infanta había llegado a quejarse de que no disponía de dinero para pagar a su séquito y de que sufría habitualmente los desplantes de su marido. Pero además, en la fecha de la muerte del rey, Juana estaba embarazada de nuevo, de su sexto hijo, a pesar de que solo tenía veintisiete años.

La Infanta se encargó de que lo vistieran con sus mejores galas y colocaran el féretro de forma que presidiera los ritos religiosos que se iban a celebrar en su honor. Además, el corazón de Felipe fue enviado a Bruselas para que reposara en su tierra.

Juana la loca se trastorna por completo

Sin duda, el dolor por la muerte de su esposo trastornó a la reina. Pero parece que ese trastorno fue mucho más allá de lo habitual en esas ocasiones: Circulan historias que cuentan que su comportamiento durante las exequias estuvo muy alejado de lo normal. El cadáver de Felipe viajó por buena parte de las tierras de Castilla, siempre acompañado por Juana, de quien se cuenta que quiso abrir en varias ocasiones el féretro para examinar los restos de su esposo, según unos para contemplarlo de nuevo, según otros porque temía que sus restos fueran robados e intercambiados por otros.

No contenta con eso, cuando el presidente del Consejo de Castilla la visitó junto con algunos consejeros para tratar asuntos de estado, la reina se negó a recibirlos o a hablar con ellos. Se diera cuenta o no, acababa de cumplir uno de los preceptos que su madre había incluido en su testamento por los que se facultaría a Fernando el Católico para convertirse en regente, pues Isabel había dejado dicho que así había de ser si su hija «no podía o no quería» atender al reino. Y Fernando no desaprovechó la oportunidad.

Fernando se hace con todo el poder

Fernando "el católico", padre de Juana "la loca"

El rey aragonés se movió con rapidez. Tras unos primeros meses en los que la regencia quedó en manos del Cardenal Cisneros, Fernando se hizo cargo del gobierno de Castilla. No dudó en encerrar a Juana en Tordesillas. Para entonces, el rumor de que Fernando había envenenado a Felipe corría por todas las villas.

Juana llegó a Tordesillas acompañada de su hija mayor, Catalina, y del féretro de su esposo. No puso fácil su encierro a los encargados de su custodia, pues se negó a cooperar en todo lo que pudo, a tal punto que su primer captor, Mosen Ferrer, indicaba que había tenido que comportarse con ella de forma violenta porque temía que se quitara la vida, cosa que le aterraba que pudiera ocurrirle a la reina estando bajo su cuidado, y para obligarla a comer, pues se negaba a hacerlo. Ese maltrato le costó que el Cardenal Cisneros lo relevara de su puesto.

El segundo de los hombres puestos para su vigilancia la trató con más respeto, y decía que si bien era cierto que por la fuerza nada se conseguía con ella, si se usaba la razón se podían conseguir buenos resultados.

Carlos, el hijo de Juana la loca, la mantiene encerrada

A la muerte de Fernando, Carlos, el hijo que Juana había traído al mundo en un retrete del palacio de Gantes, mantuvo el encierro de su madre; tal vez porque realmente la creyera loca o tal vez porque de este modo obtenía un reino que de otra forma tardaría en quedar bajo su mando.

El nuevo rey ordenó al tercer carcelero de Juana que le restringiera el acceso a toda información. El marqués de Denia, que era el nuevo encargado de la custodia de la reina, probablemente también se excedió en sus atribuciones, pues retiró en secreto el féretro de Felipe para llevarlo a Granada y alejó a Catalina, quien seguía en Tordesillas, del cuidado a su madre.

Juana la loca y los comuneros

Cuatro años más tarde, Juana fue objeto de deseo de la revuelta comunera. Entre 1520 y 1522, varias ciudades castellanas, con Toledo y Valladolid a la cabeza, se levantaron contra el nuevo rey. Carlos había llegado unos años antes a Asturias prácticamente sin saber hablar español y rodeado de toda una corte extranjera, lo que suponía una pérdida de influencia de la nobleza española.

Los sublevados se acordaron de que había otra persona que podía ostentar el poder. Que, de hecho, era la legítima depositaria de la Corona, y que estaba encerrada en Tordesillas desde hacía años. Se produjo un asalto a la fortaleza y el marqués de Denia, que custodiaba a la reina, se vio obligado a permitir que una delegación se entrevistara con ella.

Fue en esa entrevista cuando Juana se enteró de que su padre había muerto cuatro años atrás, y que ahora su hijo era rey. Que los flamencos que acompañaban a Carlos cometían abusos, y que los comuneros deseaban colocar a Juana en el lugar que se merecía: al frente de su reino. De hecho, Juana no había sido declarada no apta para el puesto, y seguía apareciendo con el título de reina en todos los documentos.

Durante la entrevista, Juana se mostró triste y aseguró sentirse culpable por la situación que vivían sus súbditos. Les dijo que hicieran lo necesario para «castigar a los malos». Y con ello, la revuelta comunera encontró justificación política.

El cambio de actitud de una reina

Comenzaron por intentar demostrar que en realidad Juana no estaba loca. La reina había asegurado que si no había hecho nada hasta entonces era por temor a lo que pudiera ocurrirle a sus hijos. La Junta de Avilés se trasladó a Tordesillas, y pareció que Juana revivía, pues de pronto cambió su actitud y comenzó a preocuparse de cuanto ocurría a su alrededor.

Pero las palabras de la reina por sí solas no servían de nada. Era necesario que estampara su firma en los documentos que certificaban su deseo de ostentar la corona y la denuncia del complot que, aseguraba, la había apartado del poder desde hacía casi quince años. Y Juana se negó a hacerlo. No hubo forma de convencerla.

Tiempo después, el ejército de Carlos llegó a Tordesillas y ocupó la plaza, restituyendo al marqués de Denia en su puesto. Para bien o para mal, Juana no abandonaría Tordesillas en lo que le quedaba de vida. Su hija Catalina, al escribirle a su hermano Carlos, le notificaba de que ni siquiera la dejaban pasear por los corredores que miraban al río, tal vez por temor a que se lanzase al vacío, y que la obligaban a pasar las horas confinada en su habitación, que ni siquiera tenía luz.

Le ejecución de los comuneros

El encierro de Juana en Tordesillas

Pero si bien es cierto que Juana la loca quedó encarcelada, también lo es que su familia no la abandonó en Tordesillas. Más bien al contrario, la visitó en repetidas ocasiones. Se sabe que sus hijos, e incluso sus nietos, la visitaban frecuentemente, si se tienen en cuenta los viajes de la época. En ocasiones permanecieron con ella varios días, y en general, coincidían en que había perdido la razón. Llegó a barajarse la posibilidad de que hubiera sido presa de los demonios. Al fin y al cabo, nunca fue especialmente religiosa.

El estado de Juana fue empeorando a medida que pasaban los años. Desatendió su aseo y su cuidado. Dejó de peinarse, en ocasiones no se quería ni vestir y se negaba en rotundo a asistir a los oficios sagrados. Hacía años que no se confesaba, por más que sus hijos, en especial el rey, insistían en ello, pues temían que estuviera condenando su alma. Juana llegó a acusar a sus cuidadoras, ya bajo el reinado de Felipe II, de brujería y pidió que fueran investigadas por la Inquisición.

La decadencia final de Juana la loca

A la más que posible decadencia mental, en especial a partir del momento en que su hija Catalina se despidió de ella en 1525 para contraer matrimonio, se unió la física, ya que prácticamente quedó incapacitada para caminar.

Juana «la loca» murió en 1555, tras haber pasado medio siglo cautiva de su padre y su hijo. A día de hoy, los especialistas siguen debatiendo sobre si realmente había perdido la razón o no y cuál podría ser su diagnóstico. Algunos han dicho que sufría la misma enfermedad hereditaria que había tenido su abuela, Isabel de Portugal. Otros aseguran que sufría psicosis esquizofrénica. Hay quien defiende que padecía de delirios. Hay especialistas que aseguran que en realidad era psicótica. O que sufría depresión.

No sabremos a ciencia cierta si Juana la loca había perdido la razón o fue víctima de un complot en su contra. Aunque, sin duda, el confinamiento al que fue recluida, y las circunstancias que llevaron a ello, hubiera vuelto loco a cualquiera.

 

 

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