La historia de Licurgo

por | May 11, 2021 | Notas autobiográficas

Hay personajes, como Licurgo, que le llaman a uno la atención y, si son lo suficientemente interesantes, terminamos incluso por conocerlos, hasta que llegan a formar parte de nuestra imaginación y del proceso creativo en el que nos encontramos al escribir.

Para mí, este fue el caso con Licurgo. En mi novela Hijos de Heracles hago referencia a este enigmático personaje, otorgándole a uno de los reyes espartanos, Teopompo, las supuestas innovaciones del mismo. Os voy a contar la historia que hay detrás de este nombre.

Licurgo siempre se consideró el responsable de la ley espartana, pero, en los últimos años, hay muchos historiadores que han empezado a dudar cada vez más de su real existencia. Como habréis entendido, a esto aludía con la referencia en mi libro.

¿Quién era Licurgo?

Por cuanto absurdo pueda parecer, nadie tiene la respuesta a esta pregunta. Lo que sí os puedo contar es que, por lo que se sabe, Licurgo fue un antiguo legislador espartano. Se cuenta que, probablemente, fue miembro de una de las familias reales de la época y que, además de elaborar la ley que fijaba el orden político en Esparta, fue también un heroico guerrero.

Como os había anticipado, se trata de un personaje con un contexto inesperado, y es justamente esto lo que lo hace tan intrigante, ya que no se saben concretamente ni las fechas en las que supuestamente obró, las cuales oscilan entre los siglos XI y VII a.C., ni si existió realmente.

Los únicos datos seguros sobre Licurgo son los relativos a la existencia de un santuario dedicado a él en el siglo II d.C. y la práctica generalizada en Esparta de ofrecer sacrificios anuales en su honor.

La organización política y social espartana

Esparta era una comunidad militar aristocrática, formada por clases sociales muy diferenciadas. Los campesinos formaban la base, seguidos por los pequeños propietarios y la aristocracia de los iguales. A esta última clase pertenecía la Apella, una asamblea formada por los aristócratas mayores de edad, que eran elegidos por los ancianos, y cinco magistrados con poderes de supervisión, llamados éforos. Un grupo en el que se encontraba Licurgo, que determinó la política interior y exterior desde mediados del siglo VI.

La figura legendaria de Licurgo, casi divina, nos permite pensar en la constitución de las leyes de Esparta como un concepto que ha ido más allá de la voluntad individual, pero, aún así, construida en un espacio común entre iguales.

Esparta, con su disciplina militar, su vida comunitaria y su rígida división de poderes, se convirtió en el modelo mítico.

¿Cuál fue la ley introducida por Licurgo?

Según la tradición, a la legislación fijada por Licurgo se le llamaba la Gran Rhetra. Habría sido dictada por Pitia, la sacerdotisa de Apolo en Delfos, al mismo Licurgo, con la obligación de mantenerla inalterada durante siglos. Así que se cuenta que sus reformas legislativas le habrían sido sugeridas por una respuesta oracular:

Vienes a mi rico templo, oh Licurgo,

querido a Zeus y a todos los habitantes del Olimpo

dudo si declararte dios u hombre.

Pero más bien espero proclamarte dios, oh Licurgo.

Y vienes pidiendo el buen gobierno. Pues yo

te daré el que ninguna otra ciudad tendrá en la tierra.

Entre las instituciones que se le atribuyen, está gran parte de la organización política de Esparta. Como el consejo de ancianos, conocido como Gherusìa, formado por 30 miembros; la introducción de dos reyes, Díarquia; y la asamblea popular de la Apella, que acabamos de ver. Además, habría tomado diversas medidas para intervenir en la vida social de los espartanos, influyendo en la esfera privada a través de la institución de comidas comunes, en las que estaban obligados a participar todos los espartanos, viejos y jóvenes, y con la introducción de un estricto régimen de educación pública, civil y militar, obligatorio para los mayores de  7 años, llamado Agoghé.

Desde el punto de vista económico, la legislación que se le atribuye se opone a la acumulación de riquezas. De hecho, Licurgo afirmaba que los espartanos no debían manejar dinero, pues, de lo contrario, esto les incitaría a superarse en poder. Esto, a su vez, habría provocado una crisis en el sistema político de Esparta, que preveía la igualdad entre todos los partisanos, ya que la desigualdad económica habría provocado desequilibrios. Sin embargo, permitía el empleo de monedas de hierro.

Plutarco recuerda que, antes de Licurgo, Esparta se encontraba en un estado de anomia y ataxia, la causa del conflicto entre los reyes y los pueblo; es decir, carecía tanto de nomos, en el sentido amplio de ley, convención, costumbre, como del orden construido, que pueden ser llamados taxis. Nomos y taxis son colocados posteriormente por el legislador: esto significa que el orden de la ciudad, aunque sancionada religiosamente, se crea y se conserva sólo en la medida en que se conoce y se quiere.

Jenofonte afirmaba que, gracias a sus leyes, hacía su ciudad particularmente afortunada, y, en esta frase de Licurgo, se refleja su pensamiento sobre estas:

Lo importante de las leyes no es que sean buenas o malas, sino que sean coherentes. Solo así servirán a su propósito.

El final de Licurgo

Licurgo convenció a sus conciudadanos que juraran acatar sus leyes y, sucesivamente, emprendió un largo viaje del que nunca regresó. Murió en Creta, probablemente por suicidio. En su figura se mezclan caracteres divinos, heroicos y humanos.

Plutarco de Queronea le dedica a Licurgo un volumen de sus Vidas paralelas, en la que cuenta el último momento de su muerte:

Se dejó morir, desprovisto de alimentos, persuadido de que el estadista debe servir al Estado, incluso en la muerte, y que el final de su vida no puede ser menos útil que el resto. Es más, forma parte de sus virtudes y acciones. Para él, que había trabajado hasta completar su misión, el final sería realmente una felicidad suprema; a sus conciudadanos les dejaría su muerte como salvaguarda de las virtudes y los bienes que les había proporcionado en vida, ya que habían jurado hacer uso de su constitución hasta su regreso.

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