El dios de la muerte de “El collar maya”: Ah Puch

por | May 16, 2022 | Notas autobiográficas, Novela histórica

Hay un libro que escribí del que no os hablo muy a menudo. Se trata de “El collar maya“, una novela de ficción histórica del 2012, contextualizada en España durante el tan célebre, y temido por algunos, fin del mundo maya de ese mismo año.

No obstante, aunque ya haya pasado la intriga de ese evento apocalíptico que, afortunadamente, nunca se terminó dando, considero que esta novela sigue siendo una obra llena de intrigas, códigos secretos, secuestros, poblaciones ancestrales, joyas mágicas, y, sobre todo, un casi inexplorado personaje mitológico del inframundo maya del que hoy os quiero hablar: Ah Puch.

El dios y rey del noveno infierno del Xibalbá

Xibalbá es la palabra que utilizaban los K’iche’, mayas de la zona central del altiplano guatemalteco, para referirse al inframundo. Los mayas yucatecos le decían Mitnal, pero ambos tenían en común a los mismos seres infernales que dominaban cada uno de sus niveles.

Los mayas creían en trece cielos, dispuestos uno encima del otro, que, a su vez, estaban apoyados sobre la espalda de un enorme reptil que flotaba sobre el océano, controlando el pasaje de un lugar a otro. La tierra se encontraba en la base del cielo, y debajo de la misma se extendían los nueve niveles del inframundo, tal y como lo describen algunos fragmentos del antiguo texto maya conocido como Popol Vuh.

En el último nivel del inframundo, encontramos el reino de Ah Puch, el dios de la muerte, del que os quiero hablar hoy. Al mismo se le daban distintos nombres, además del que ya conocemos, como, por ejemplo, Ah Cimih, Ah Cizin, Hun Ahau, Yum Kimil o Kimi “El Apestoso”.

Su apariencia era la de un esqueleto descarnado, a veces representado con la cara de un jaguar o de un búho, y tenía la peculiaridad de llevar cascabeles de cobre y oro como decoración en diferentes zonas de su cuerpo. Los cascabeles, probablemente, eran el símbolo de los sacrificios que los mayas hacían en honor de este dios. Los sacrificados los solían llevar puestos, tal y como lo demuestran los restos de los mismos, que fueron encontrados, en grandes cantidades, en el famoso Pozo de los sacrificios de Chichén Itzá, uno de los mayores sitios arqueológicos maya de Yucatán.

Un personaje, sin lugar a dudas, interesante, así como sus inseparables compañeros de viaje.

Los compañeros del destructor de los mundos

De hecho, esta deidad malévola, no obstante sus ignominias, no pasaba su tiempo completamente a solas.

Por un lado, unos animales, también conocidos como criaturas del mal y de la muerte, lo escoltaban continuamente. El perro, el ave Moán y la lechuza eran los compañeros de Ah Puch.

Por otro lado, el dios siniestro del último nivel del infierno estaba casado con una diosa, quizás tan temible como él: la deidad de la horca Ixtab. Esta divinidad era la diosa del suicidio en la mitología maya. Se la representaba con un cuerpo colgando de un árbol en estado de descomposición, pero sus rasgos eran extremadamente duales, al ser al mismo tiempo benévola y malévola.

Desde el punto de vista del bien, Ixtab acompañaba a las almas de los suicidas para que llegaran adecuadamente a un lugar especial para ellos, ya que el suicidio para los mayas era una forma extremadamente merecedora de terminar con la vida terrenal. Desde el punto de vista del mal, Xtabay “la engañadora” era una mujer mitológica que traía en engaño a los hombres, seduciéndolos para que llegaran a su perdición y a la muerte. Al parecer, esta mujer fue hallada ahorcada en un árbol, y por ello se dice que era la mismísima Ixtab.

Los compañeros de Ah Puch eran parte de la cosmología maya, del diverso panteón polivalente de dioses y de la visión de la vida que esta antigua población tenía en ese entonces.

La cosmología maya y la visión del tiempo

Como ya estaréis captando, la cosmovisión maya es un tema complejo y elaborado, difícil de entender del todo con la mente y los conceptos que tenemos hoy en día, pero precisamente su aspecto enigmático la hace fascinante en extremo.

El tiempo era un elemento muy importante en la cosmología maya. Los sacerdotes-astrónomos veían el tiempo como una majestuosa sucesión de ciclos, sin principio ni fin. Todos los periodos de tiempo eran considerados como dioses: se creía que el tiempo mismo era divino.

Según los mayas, el mundo estaba condenado a terminar en cataclismos, como lo hicieron los otros mundos antes del nuestro. Desde su perspectiva, el tiempo no era otra cosa que una repetición continua de ciclos y eventos. Por lo tanto, hacer predicciones era posible indagando primero en el pasado y, sucesivamente, en el futuro: de ahí los cálculos, que abarcan muchos milenios, grabados en templos y estelas.

Los libros del Chilam Balam están llenos de predicciones de carácter marcadamente funesto, ya que se consideraba que las influencias malignas marcaban la mayoría de los finales.

Los sacerdotes probablemente pensaban que el mundo actual llegaría a un fin repentino, pero también crearía uno nuevo para que la sucesión eterna de ciclos permaneciera intacta. Por ello, cuando su civilización desapareció, lo vieron como un pasaje inevitable y murieron dejando atrás sus famosas profecías apocalípticas.

La historia de Ah Puch en “El collar maya

Mi novela “El collar maya” precisamente está contextualizada en una de las más famosas predicciones apocalípticas del calendario maya, la del 21-12-2012. Desde esta nueva perspectiva que os comparto en la historia de los personajes de mi libro, nuestra sociedad y cada uno de sus individuos, en el presente, podrían haber encontrado realmente el peligro de resultar extintos.

¿Cómo? Debido a una reliquia de oro maya, olvidada, por más de quinientos años, en la España de 1535, podría haberse hecho realidad, entre las páginas de esta obra, el evento catastrófico del fin del mundo pronosticado por los mayas.

En esta diferente y nueva línea temporal cuántica, ¿acabará la humanidad invocando al temible Ah Puch, llevándonos al final de nuestro ciclo?

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