¿La Inquisición española fue la única que existió?

por | Nov 11, 2022 | Notas autobiográficas, Novela histórica

El pasado está lleno de grandes maravillas, fascinantes personajes y capítulos asombrosos que enriquecen nuestro presente. De otro modo jamás me habría convertido en novelista histórico. Sin embargo, también está cargado de momentos horribles y prácticas despreciables de las que podemos aprender para mejorar como sociedad. De todas ellas, sin duda alguna la Inquisición española es una de las peores.

Sin duda estaría en el podio de las instituciones más abominables de cuantas jamás hayan existido. Ya hemos hablado de la Santa Inquisición en varios artículos relacionados con mi última novela, «La boca del diablo». Pero en este post, lejos de tratar de blanquear ni un ápice de sus torturas, asesinatos y condenas, pretendo contextualizarlas para mostrar que la maldad no sirve a ninguna bandera ni credo, que es universal.

Las otras inquisiciones

En efecto, las otras inquisiciones. Porque lo que mucha gente ni siquiera sabe es que la Santa Inquisición española sólo fue una de las instituciones eclesiásticas que ejercieron una persecución de los supuestos enemigos de la religión católica. Incluso antes de que existieran con tal nombre, la Iglesia Católica ya cometió desmanes terribles en nombre de Dios (al igual que otras religiones lo hicieron y lo harían).

Desde el momento en que iglesia y estado se vincularon tras el edicto promulgado en el 380 por el emperador Teodosio, los episodios violentos empezaron a sucederse poco a poco. Los primeros en sufrirlos fueron los arrianos, aunque la primera muerte por condena de herejía y brujería recaería sobre Prisciliano en el año 385. No existía entonces ninguna institución que pudiera calificarse como inquisitorial, pero la semilla había sido plantada.

Inquisición decapitación verdugo

La Inquisición pontificia

La primera inquisición como tal fue la Inquisición episcopal, surgida en el 1184 mediante la bula del papa Lucio III, que fue sustituida cincuenta años después por la Inquisición pontificia. El objetivo nos resulta familiar: perseguir cualquier forma de herejía y eliminarla en cualquiera de los territorios católicos. Al principio la pena de muerte no estaba todavía permitida, pero aún así algunos fervorosos nobles se pasaron de rosca desde el principio. Como Pedro II de Aragón, que en el 1197 ordenó quemar vivo a cualquier hereje que permaneciera en su territorio.

La Inquisición pontificia tuvo relevancia en el norte de Italia y sur de Francia, así como en la Corona de Aragón, y establecía un proceso inquisitorial desconocido hasta el momento. También apareció la figura del inquisidor, un funcionario con formación jurídica cuya labor era perseguir y dar merecido castigo a cualquier crimen ideológico y teológico, siempre según la visión de la Iglesia de Roma. Porque esa fue otra de las grandes diferencias con respecto a la episcopal: los procedimientos quedaban desvinculados de la autoridad local o aristócrata y pasaba a depender del papa. No mucho después, en el 1254, Inocencio IV legalizaría el uso de la tortura como método para conseguir la confesión de los acusados. Su condenada más famosa sería Juana de Arco.

Juana de Arco hoguera quema

La Inquisición portuguesa

Unos siglos más tardes, con la Inquisición española ya en marcha, se instaura una variante distinta en Portugal. Al principio estuvo bajo la autoridad del papa hasta que en 1539, de forma similar a lo ocurrido en España, el rey Juan III vinculó la Inquisición portuguesa a su corona al nombrar Gran Inquisidor a su hermano Enrique. Sus atribuciones eran básicamente idénticas a las de cualquier otro tribunal inquisitorial, aunque al principio su principal objetivo fue la colonia de judíos españoles refugiados tras la expulsión de 1492 en España. Gran parte de su tarea de represión se ejerció en sus colonias americanas, africanas e indias. Se calcula que la Inquisición portuguesa ejecutó a más de 1100 personas entre los años 1536 y 1794.

Palacio de Estaús Lisboa Inquisición

Palacio dos Estaús, sede central de la Inquisición portuguesa en Lisboa.

La Inquisición romana

Hemos dejado para el final el organismo inquisitorial menos conocido y también el más diferente con respecto a la Santa Inquisición española. La Inquisición romana, también conocida como Congregación del Santo Oficio, era totalmente dependiente de la Roma papal, aunque tenía unas particularidades muy concretas. Fue creada en 1542 como un órgano especializado en erradicar cualquier postulado de pensamiento, fuera religioso o no, que mermara la influencia de la fe católica. No sólo eso, sino que se trataba de una congregación de carácter permanente que llegó a estar dirigida hasta por quince cardenales independientes del ámbito episcopal.

Sus primeras víctimas fueron reformados italianos, pero al cabo de unos años dirigieron sus dedos acusatorios hacia sospechosos de actos heterodoxos como la sodomía, la prostitución o el pensamiento crítico. El condenado más famoso por la Inquisición romana fue Galileo Galilei. Es curioso, porque mucha gente cree que Galileo murió ajusticiado por la inquisición, pero no fue así. Se le procesó y condenó, e incluso se le amenazó con tortura si no confesaba, pero la pena máxima que cayó sobre él fue un confinamiento perpetuo en su casa de Florencia primero, y más tarde en Arcetri, donde moriría a la edad de 77 años por causas naturales.

Conclusiones

Tal y como hemos visto, hubo diversas inquisiciones aparte de la que se dio en el Imperio español. En cualquier caso, es lógico que sea la Inquisición española (también conocido como Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición) la más famosa de todos estos organismos represivos. Fue la más duradera en el tiempo y la que con más ahínco se aplicó.

¿Pero fue la más cruel? En términos absolutos, sí. Según el recuento del propio Santo Oficio en 1822 (poco antes de desaparecer como institución), promulgó treinta mil condenados a muerte a lo largo de su historia, el diez por ciento de los más de trescientos mil procesos que inició. Parece mucho y sin duda lo es, pero hay que tener en cuenta ciertos matices: la Inquisición española permaneció activa durante casi 350 años y tuvo jurisdicción sobre un imperio con una población superior a los 30 millones de súbditos. Comparémoslo con los más de trescientos católicos protestantes ejecutados durante los tres últimos años de reinado de María Tudor en Inglaterra, que corresponden a las llamadas «persecuciones marianas».

Nada de esto justifica en absoluto la brutalidad ejercida, que es más sangrante viniendo de una religión cuyos valores básicos son el perdón y la bondad hacia el prójimo. Aquella barbarie jamás tendría que haber existido, y esperemos que jamás vuelva a hacerlo. Para eso sirve la Historia con mayúscula.

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