Extracto de la presentación de la editorial: El ciclo de renovación o destrucción que acarrea este 2012 no se encuentra ya en las cordilleras de Guatemala, no está en los despojos de folclore que quedan de los antaño orgullosos mayas o en los estudios de sabios extranjeros. España trajo oro, gloria y un nuevo mundo del otro lado del Atlántico; despreció a los dioses tallados en roca, pero también lo hizo con los demonios. Pocos conocen de la existencia de Ah Puch Kizin, Yum-Kimil, Hun Ahau. Oscuro señor de la muerte, ávido de sangre y vidas. Un dios olvidado durante cientos de años pero que ahora vuelve a ser nombrado. Las deidades mueren cuando sus nombres son relegados de las mentes mortales pero ahora, en estos tiempos en los que las palabras escrita no tiene valor, en los que cualquiera puede trazar un nombre y pronunciarlo en voz alta, los cascabeles de El Oscuro, señor del cuervo y el búho, custodio de la entrada al Xibalba, vuelven a sonar mientras se acerca su hora. “El 17 de diciembre del 2012 la restauradora jefe del Archivo de Indias, Iréri Ávila, tiene el encargo de rehabilitar el códice San Bernadino, una obra presuntamente destruida por la Iglesia en el siglo XVI. Al día siguiente su hija es secuestrada. Para recuperarla debe encontrar el collar de Ah Puch el dios del inframundo maya. La clave para el Fin del Mundo.”
El Collar Maya
Cuestión de Perspectiva
Dos años y siete meses. Ese es el tiempo que ha pasado desde que publiqué Hijos de Heracles con Edhasa. Parecía que lo mío iba a ir sobre ruedas, que publicar con una editorial tan seria e importante haría que todo lo demás viniera cuesta abajo, en especial cuando a los dos meses hubo que imprimir una segunda edición de la novela. Pero dos años y siete meses después, sigo sin sacar nada nuevo. No es porque haya estado parado. En este tiempo he escrito dos obras nuevas. Y ya tenía antes de eso otras dos escritas. ¿Entonces? Pues ha pasado que las cosas son muy difíciles y que el mercado está muy, muy complicado. Pecado Capital, obra sobre la que ya he hablado aquí en varias ocasiones, fue analizada por Edhasa. Me reuní con ellos hace ahora justo un año. Me comentaron que les gustaba la historia que contaba, los personajes, la época, el argumento… Pero que no les gustaba la FORMA. Y es que Pecado Capital no es una novela, sino más bien una crónica novelada. Hace unos meses empecé a trabajar en su rescritura, pero tuve que dejarla por otros proyectos más urgentes. Uno de ellos es El Collar Maya, un Thriller que tiene como telón de fondo el fin del mundo maya. La escribí en 2009 y se la pasé a la que por entonces era mi agente. El problema fue que se encontró con la rampa de salida de Hijos de Heracles. Mi agente, entiendo que con buen criterio, quiso esperar para ver cómo funcionaba la novela publicada antes de mover esta. Pero cuando empezó a trabajar con ella, resultó que la mayoría de las editoriales ya habían comprado sus títulos sobre ese tema con el fin de publicarlos este año y no estaban interesados en otra novela sobre eso, a pesar de que es una obra que no va sobre el fin del mundo, ni mucho menos, pero sí es uno de los pilares en los que se asienta. La novela llegó así a una editorial importante, con muchos años de recorrido y gran prestigio. Las cosas estaban avanzadas, pero entonces hubo restructuración en la editorial, el editor que estaba llevando el tema dejó su puesto, y la novela quedó perdida en el limbo. Todo esto pasó hacia octubre del año pasado. Era imposible enviarla a una editorial tradicional, que se valorara, aprobaran su publicación y encontrara hueco dentro de la programación de este año. Y fuera de este año la novela pierde parte de su interés por motivos obvios. Además, para entonces ya no tenía agente, con lo que el proceso sería indudablemente más lento. La tercera novela que tengo parada es, en realidad, la primera. La primera que escribí cuando me tomé en serio todo esto de intentar hacer de la escritura un oficio. Se trata de una novela de fantasía épica clásica. Ya sabéis: mundo nuevo, con personajes heroicos, misiones casi imposibles de realizar, etc. Tiene una serie de características que se salen del molde típico, pero vamos, os podéis hacer una idea. Fue la novela con la que conseguí firmar contrato con la agencia que me representó. Sin embargo, no llegó a tener salida. En la agencia me decían que no era problema de la novela, que era buena y estaba bien escrita. ¿Qué problema tenía? Pues, sinceramente, nunca me lo explicaron. La cuestión es que nadie la quiso. Ni siquiera sé si se llegó a presentar a editoriales, a cuáles se presentó. Digo esto porque tan pronto como firme con la agencia se pusieron a trabajar con Hijos de Heracles, que se vendió con mucha rapidez, y me imagino que ésta quedó relegada a la sombra de la histórica y a esperas de ver cómo funcionaba. Los dos últimos años, contados hasta noviembre del año pasado, los he pasado trabajando en el que hasta ahora ha sido el proyecto más largo y complejo que he acometido. Se trata de una novela histórica ambientada en el S. XI, plena época de Reinos de Taifas, un periodo muy convulso de la historia de la Península pero a la vez apasionante, con una riqueza cultural que los estudiosos dicen que hasta el Renacimiento no se vivió un momento histórico de un nivel tan brillante en aspectos como la literatura, la astronomía, botánica, etc. Justo cuando la terminé, resolvimos el contrato de representación con mi agencia, así que tenía que moverla por mi cuenta. Me encontré con 4 novelas terminadas y sin agente. Pero, ¿quién dijo miedo? Me puse a trabajar en un tema que hasta entonces no había tenido que hacer: vender mi trabajo a una editorial. Empecé por lo seguro: la novela que acababa de terminar sobre el S. XI. La envié a varias editoriales y muy pronto hubo algunas que mostraron su interés. Si todo va bien, muy pronto podré dar noticias al respecto. La siguiente que empecé a mover fue El Collar Maya, por motivos obvios: o sale antes de que termine el año, o pierde gran parte de su interés. Hubo varios amigos que me comentaron la posibilidad de subirla en formato digital a Amazon. Respeto profundamente al autor que toma ese camino, me parece muy valiente. Yo, quizá porque trabajo como corrector editorial, no termino de atreverme, así que me puse en contacto con una editorial para publicarla en formato digital. La editorial se puso a estudiarle y le gustó, aunque me comentó, con buen criterio, la posibilidad de hacer algunos cambios. En ellos he estado trabajando durante un par de meses. Ahora la cosa vuelve a estar muy avanzada, así que, una vez más, espero poder dar buenas noticias dentro de poco tiempo. Mientras esta editorial estudiaba la publicación de la novela, me puse a trabajar en la de fantasía. Una persona de la que respeto profundamente su criterio en cuanto a novela de fantasía se refiere, me había indicado algunos aspectos que se podían mejorar. Así que aproveché el impass y añadí
No solo es escribir
Cuando uno quiere dedicarse a algo, lo menos que puede hacer es preocuparse por conocer bien dónde se mete. Así, un aprendiz de carpintero tendrá que aprender a manejar el martillo y el serrucho antes de coger la sierra eléctrica. Los arquitectos deben pasar varios años estudiando una carrera, manejando planos y escalas y perfeccionando sus matemáticas antes de tener un título con el que iniciar su primer proyecto profesional. Y así con todo. Para el escritor, esto no es así. Cualquiera puede ponerse a escribir sin tener conocimientos previos, sin tener siquiera una carrera universitaria. Y, ojo, puede hacerlo tan bien como el que más. Aun así, personalmente no le perdono a alguien que quiera dedicarse a escribir que no se preocupe por conocer el mundillo en el que se mete. Es un mundo extraño, oscuro y bastante hermético, cierto. Es un mundo hasta feo en algunos aspectos. Desagradable y desagradecido, donde a menudo el escritor es la parte menos importante, la más ninguneada. Un mundo en el que muchos están cómodos con esa oscuridad, con ese mundo enrevesado y laberíntico. Incluso así, no lo perdono. Y no lo perdono porque hay muchos lugares en los que un escritor que empieza puede enterarse de qué cosas debe hacer, y cómo hacerlas, y qué cosas no debe hacer. Y voy a poner un ejemplo. Lo primero que tiene que hacer un escritor que quiere que publiquen su obra es saber, exactamente, a quién le envía su obra. He perdido la cuenta, pero deben ser cientos las veces que he escuchado, o leído, a un escritor demonizar a las editoriales porque no contestan a las propuestas de publicación. Estoy de acuerdo, las editoriales deberían contestar esas propuestas. ¿Por qué no lo hacen? Porque están saturadas de trabajo. Porque, cada una de ellas, y las grandes ya ni hablemos, recibe centenares de propuestas de publicación. Lamentablemente, y lo digo con conocimiento de causa puesto que colaboro con alguna editorial, muchas, la enorme mayoría de esas propuestas, son impublicables. Por varios motivos: están mal escritas (y cuando digo mal escritas me refiero a que contienen múltiples faltas de ortografía y necesitan una corrección larga y profunda que encarecería muchísimo el producto final), tienen argumentos manidos y repetitivos que no aportan nada nuevo, las líneas argumentales no están bien desarrolladas o los personajes son calcos de novelas de éxito. O todo ello junto. Siendo todo eso una mala noticia, es perdonable. A escribir se aprende escribiendo, y probablemente los primeros textos de los grandes genios de la literatura universal no fueran mucho mejores que los de cualquier otro. Hay tiempo de aprender, y lugares donde hacerlo. No es nada malo asistir a un curso de narrativa, o contratar servicios como los de corrección o informes de lectura. Lo que no perdono es la falta de interés. La falta de atención. La falta de preocupación por nuestro trabajo. Me explico: nuestro texto no encajará en cualquier editorial. Las editoriales tienen unas líneas marcadas, unas «especialidades», por llamarlas de algún modo, y fuera de ahí no tocan otra cosa. Y es obligación del autor saber si su obra encajará o no en esa editorial Hace cosa de un mes se levantó cierto malestar en Facebook cuando una editorial anunció que desde ese instante pasaba a recibir originales de novela romántica escrita por autoras españolas para su colección. Hubo algunas dudas, y fueron contestadas en un mensaje público por parte de la editorial. Entre otras cuestiones, se especificó que se aceptarían novelas «románticas, pero no sentimentales». Puede parecer un texto extraño si uno no conoce el mundillo de la novela romántica. Pero, claro, si uno ESCRIBE novela romántica, ¿qué menos que conocer ese mundillo? La cuestión es que, semanas más tarde, la editorial tuvo que poner un nuevo mensaje pidiendo a la gente que se fijara en qué tipo de textos enviaban, que estaban recibiendo novelas que no encajaban con su línea editorial porque no tenían escenas de sexo. Y se formó el problema, porque algunos decían que la editorial no había sido clara, que qué se quería decir con eso de «novela romántica, pero no sentimental». Pues si uno quiere enviar una novela a una editorial, y se encuentra con que piden algo que no sabe lo que es, lo mínimo que debe hacer es preguntar qué demonios es eso, en lugar de enviar su texto sin más. ¿Por qué? Pues porque satura a la editorial innecesariamente, le envía un texto que jamás publicará, quema balas y posibilidades de publicar y encima se envenena contra el mundo editorial porque no recibe respuestas y si las recibe son negativas. Se carga de razones en contra del mundo editorial sin ser capaz de reconocer su responsabilidad y, de paso, complica un poco más el proceso para todos aquellos compañeros escritores que sí hacen bien su trabajo. Seamos responsables. Hagamos nuestro trabajo, que no consiste solo en poner unas letras detrás de otras… Ser escritor es mucho más que eso. Si elegimos esta profesión, porque profesión es aunque la mayoría no podamos vivir de ello, hagamos bien nuestro trabajo. Es lo mínimo, ¿no?
¿Quieres escribir, o ser escritor?
Hace algún tiempo, en las redes sociales se habló muchísimo de este video. En él, Andreu Martin habla del mundo de la edición, de cómo funciona, por qué se publican determinados libros, etc. Formó bastante ruido. Andreu Martin no es un cualquiera, es un reputado escritor que ha ganado un buen puñado de premios y tiene a sus espaldas una trayectoria envidiable, además de impartir cursos de narrativa. Es un autor que, además, defiende abiertamente la publicación digital. Pues bien, cuando lo entrevistaron el año pasado, después de recibir el premio Pepe Carvalho, le preguntaron qué aconsejaría a un futuro escritor (o lo que es lo mismo, a un escritor que está empezando). Dijo lo siguiente: «A un futuro escritor le aconsejaría paciencia y que disfrute mucho, leyendo y escribiendo. Si no disfruta mucho (…) que no se dedique a escribir. El trabajo de escritor es muy sacrificado, no siempre satisfactorio. El placer tienes que obtenerlo del mismo trabajo, no esperes satisfacciones extras. De entrada, solo para publicar la primera novela ya necesitará mucha paciencia y mucha moral». Paciencia. Esa es la palabra clave hoy día para el escritor. Lao Tse dijo: «El hombre vulgar, cuando emprende una cosa, la echa a perder por tener prisa en terminarla». Desgraciadamente, esto ocurre con demasiada frecuencia en el caso de los nuevos escritores, gente que llega con toda la fuerza y la ilusión pero que, viendo que publicar es muy difícil, se lanzan tras las primeras negativas a la coedición o la autopublicación. En muchas ocasiones, y cada vez más, gracias a las nuevas tecnologías, a la publicación digital en portales de los que Amazon se ha convertido en la enseña de las oportunidades. Pero, si tenemos en cuenta las palabras de Lao Tsé: ¿qué puede echa a perder un escritor que no tiene paciencia? Pues en el mejor de los casos estropeará una novela. En el peor, toda su carrera literaria. Hace unos años, como mencionaba en una entrada anterior, escribí una novela. A mi me parecía que tenía un tema potente y que está “de moda”. Tenía ritmo. Creía que estaba bastante bien. Pero nadie la quiso. Y me encontré que, además, era una novela que tiene fecha de caducidad. Es decir, o sale antes de que concluya este año, o no tendrá interés por el trasfondo de la historia. Hubo buenos amigos que me animaron a publicarla en Amazon por mi cuenta, pero yo no lo veía… Siempre he creído que el trabajo que hace un editor (corrección, maquetación, edición del texto, lo que comprende la posibilidad de añadir o eliminar pasajes) es importantísimo. Hoy por hoy, estoy trabajando esa novela con una editorial de nueva creación. Me hicieron ver algunas debilidades de la obra y, si todo va bien, saldrá pronto en edición digital. Tengo que reconocer que la novela ha mejorado sustancialmente, que ha ganado profundidad e interés. Podía haber publicado por mi cuenta esa obra y tal vez cosechar cierto éxito. Nunca lo sabré. No lo hice. Tuve paciencia. Hoy, la novela es MEJOR. Y tal vez venda menos si llega a salir, entre otras cosas porque no será a un precio de 1 o 2 €. Pero no me importa. Mi trabajo es MEJOR. Y es mejor porque tuve paciencia. Ciertamente hay autores que publican en Amazon y triunfan. Y muchos que ven eso piensan: «si tal o cuál lo ha hecho, yo también puedo». Pocos se preocupan en conocer la trayectoria de esos autores. Blanca Miosi, por poner el ejemplo que está en boca de muchos en los últimos tiempos, no era una recién llegada cuando optó por publicar sus novelas en Amazon. Ya tenía dos obras publicadas y ambas con muy buena recepción por parte del público. Marta Querol, por poner otro ejemplo, había sido ni más ni menos que finalista del Premio Planeta. Luego el mercado no les dio salida a sus textos, de acuerdo. La suerte también es un factor. Pero no se lanzaron a autopublicar de la noche a la mañana. Fueron pacientes durante varios años. Intentaron abrirse camino durante mucho tiempo. Y al final, viendo que no lo lograban, optaron por una opción que, evidentemente, ha sido muy buena para ellas. Con mis compañeros de Biblioforum (tema del que tengo pendiente hablar) hablamos a menudo de que en realidad, entre los que escriben, hay dos tipos de personas: Los que quieren escribir. Los que quieren ser escritores. Y no, no es lo mismo. Andreu Martín lo dice claro: lo que debemos es querer escribir. Disfrutar del proceso. Disfrutar de la creación de personajes, de tramas, de historias… Lo contrario es ser escritor. El escritor lo que quiere es fama, ventas, su nombre en entrevistas. Estar en el candelero. Pero, ¡ay! No se puede ser escritor si no queremos escribir. Y para escribir, al menos, para escribir BIEN, hay que tener paciencia. Si lo que uno quiere es escribir, es muy probable que antes o después se convierta en escritor. Pero para ello, necesitará aprender muchas cosas en el camino. La primera de ellas, a tener paciencia.
No todo el mundo vale
Esta semana he visto en los muros de Facebook dos comentarios que me han hecho pensar. 1) Muro de Ediciones aContracorriente, Martes día 12: “Estoy yo aquí desayunando y planteándome que hay demasiado que leer. Es decir hay novedades y novedades, presentaciones y presentaciones. Lo mismo es por las ferias del libro y eso pero creo que estamos cayendo en la “lectura rápida” ¿Está pasando lo mismo con la escritura? ¿Cantidad antes que calidad?”. 2) El mismo día, en el muro de Nicasia Recorretúneles: “Cada vez hay más gente que olvida lo importante que son la paciencia y la constancia para un escritor. Quieren publicar YA, como sea y cuando sea. Le hacen un flaco favor a su trabajo con tanta prisa”. Pues les doy la razón a ambas. Sí, creo que hoy hay mucha, muchísima más cantidad que calidad. Y esto es responsabilidad directa del autor. Muchos escriben un texto y, emocionados por el logro, se lanzan a su publicación. Muchas veces falta la humildad, o la capacidad de autocrítica, suficiente. No todas las historias que se nos ocurres son suficientemente buenas. Yo recuerdo con terror algunas de las ideas que se me han ocurrido y no me atrevo ni a mencionarlas en voz alta. Pero algunos se lanzan y las escriben. Y no solo eso, sino que también intentan publicarlas. Como es lógico, lo habitual es que se rechace el texto, porque a escribir hay que aprender. Son muy pocos los que logran publicar su primera obra, y ya no digamos “triunfar” con ella. No todo lo que uno escribe tiene la calidad suficiente como para ser publicado. Y es entonces cuando suele venir el desastre. Puede ocurrir por muchos motivos, aunque hay dos aspectos que en mi opinión son fundamentales. El primero es por falta de autocrítica. Muchos no se hacen una pregunta clave: ¿Por qué? ¿Por qué se ha rechazado mi obra? Puede ser porque necesite una corrección ortotipográfica, de estilo, y hasta de estructura, tan profunda que el coste no compense los beneficios para una editorial. Puede que el argumento sea flojo. Puede que no se creara un conflicto interesante, o que los personajes no estén bien trabajados, no se refleje bien la época… Pueden ser tantas cosas… Y todas ellas son responsabilidad del autor. El problema es que, mucho más a menudo de lo que es aconsejable se cargan las tintas contra la editorial: La editorial está ciega. La editorial busca textos de baja calidad aunque sea comerciales. La editorial publica novelas peores que la mía. Si no tienes padrino o no conoces a nadie o no tienes agente o no has ganado un premio, la editorial no se fija en ti. Falso. Hace casi 3 años escribí una novela. En su momento estaba más que satisfecho con el resultado. Hoy soy consciente de que no tenía la calidad suficiente y me toca rescribirla. La editorial es un negocio. Si le llega un texto que crea que puede darle beneficios, lo publicará. Y algunas veces se equivocan. Por supuesto. Pero eso no quiere decir que se equivoquen siempre, ni que se hayan equivocado con nuestro texto. Repito: la autocrítica es fundamental. Y llego con eso a un punto triste, pero que uno debe que plantearse, porque se trata de una verdad demoledora: no todo el mundo vale para escribir. A mi no se me ocurriría grabar un disco e ir a una discográfica para intentar ser cantante. Todos nos hemos reído, a veces hasta las lágrimas, de esas audiciones televisivas en las que algunos, con toda su ilusión y sus ganas, se presentan a un concurso con el fin de convertirse en una estrella de la música. Bien, pues de esos también hay en el mundo de las letras. Y no se trata de que haya que reírse de ellos, ni mucho menos. Pero sí de ser consciente de que no todo el mundo vale para esto. Tampoco se me ocurriría estudiar ingeniería o medicina. Hay que saber aceptar para qué cosas vale uno y para qué otras no vale. Siempre me ha llamado la atención poder ir al espacio, ser astronauta. Pero, si cuando me subo en una simple noria me pongo verde por el mareo, tengo que ser capaz de aceptar que eso no es para mí. Y no pasa nada. Seguro que tengo otros mil aspectos que puedo desarrollar. El otro motivo por el que estas cosas suelen terminar en desastre es la falta de paciencia, pero de eso hablaré otro día.
El Fin Del Mundo Maya Ha Llegado
El fin de semana pasado estuve en Málaga, en las III Jornadas Mejor con un Libro, impartiendo junto a Concha Perea (atentos al nombre porque próximamente escucharéis hablar mucho de ella) un taller sobre creación de personajes. Fue la guinda del pastel… Me refiero a que para mí fue la guinda del pastel, porque llevo ya 2 meses sin tener un solo día de descanso. El motivo es sencillo: tengo varios frentes abiertos. Ya os hable hace unas semanas de que había retomado la historia de Pecado Capital. Sin embargo, he tenido que aparcarla porque un proyecto más urgente se ha puesto en marcha después de varios meses de espera. Pronto podré dar más detalles. Por ahora, decir que estoy ilusionado con el tema. Esta noche toca rescribir un capítulo, añadir pequeñas escenas. Os dejo la primera de ellas: “Hacía media hora que habían pasado la media noche en Panchagarh, al norte de Bangladesh. La familia de Benoy, su mujer y dos niñas, dormían hacía rato. Él, en cambio, llevaba toda la tarde con una extraña irritación que había ido creciendo más y más. También se había acostado, pero, cansado de dar vueltas, y temiendo despertar a su mujer, decidió levantarse. Estaba asomado a la ventana desde que llegara la media noche. Simplemente. Sin hacer nada más que mirar la oscuridad en la que había ido cayendo la ciudad. De repente, se encaminó hacia la cocina, con los ojos febriles y el sudor mojando sus axilas. Tomó un cuchillo largo y salió. No le importó dejar la puerta abierta. Ni siquiera se dio cuenta. Caminó por la calle un centenar de metros hasta que se cruzó con un joven. El chico alzó la cabeza y sonrió de puro nerviosismo. No llegó a gritar: el cuchillo le segó el cuello. Benoy ni siquiera se detuvo a contemplar lo que había hecho. Continuó caminando, dirigiéndose al centro de la ciudad, donde habría mucha más gente a la que matar”.
Guerra de Autores
Igual levanto polémica, pero, sinceramente, me da igual. Estoy cansado de la “guerra” de autores. Porque sí, HAY una guerra de autores. Por un lado, los revolucionarios. Por el otro los inmovilistas. Los primeros defienden que el modelo editorial es caduco y obsoleto. Que las editoriales se aprovechan del autor ofreciéndole contratos leoninos. Que sin el autor no existiría mercado. Proponen que todos los autores deberíamos darle la espalda a las editoriales y aprovechar plataformas como Amazon, a la que erigen en el santo sanctorum de la revolución literaria, el nuevo mesías del escritor. La posibilidad de liberación absoluta de las garras del sistema. Por otro lado, estamos los que creemos que, aunque es cierto que el autor es el último mono en el mercado editorial, los que de verdad valen tienen su hueco. Que esta es una profesión de larga distancia, que se necesitan varios años de trabajo muy duro para ir haciéndose un nombre. Que si consigues pergeñar una buena historia y das con un golpe de suerte puedes conseguir grandes cosas. Éstos últimos, entre los que me encuentro, creemos que todo el mundo tiene derecho a escribir, pero que, desgraciadamente, no todo el mundo tiene el nivel suficiente como para publicar con garantías en un mercado durísimo y terrible. Que el escritor también necesita una formación: una formación en cuanto a cómo crear una historia, en cuanto a gramática, sintaxis, puntuación, etc. Con todo, respetamos y hasta animamos a los que prueban caminos distintos, como la autopublicación o la publicación digital, sea en Amazon, Bubok, Lulu o cualquier otra plataforma. Sin embargo, no recibimos el mismo respeto por parte de los revolucionarios. En muchas ocasiones se nos tilda de inmovilistas, de vendidos, de ceder ante las editoriales y el sistema. De aceptar contratos de un 10% de ventas cuando ellos obtienen un 30% en edición digital. En ocasiones, nos dan palmaditas en la espalda cuando alguno de nosotros anunciamos que vamos a publicar con tal o cual editorial, sea mayor o menor, mientras que por detrás nos critican, diciendo que si una editorial ha aceptado nuestra novela se debe a que es mediocre, que es de lectura fácil y poco arriesgada y que eso es lo que leen los analfabetos. Que, por el contrario, a ellos no les publicarán en la vida, porque ellos escriben historias de calado, de profundidad, de aquellas que marcan en la vida. Historias que pueden cambiar el mundo, poco más o menos. Y, claro, eso no compensa a las editoriales. Porque, claro, las editoriales tienen que hacer un esfuerzo terrible: tienen que descartar a las malas historias, sí. Pero también a las buenas historias, aquellas que venderían sí o sí por su extraordinaria calidad. Tienen que buscar, por tanto, sólo a las historias y los autores mediocres, y ponerse a rezar para que, una vez publicados, vendan lo suficiente como para costear al menos los gastos y generar algún beneficio. Esos autores pasan el día anunciando que su libro está en el puesto nosécuántos de los más vendidos. He llegado a ver autores que anunciaban a bombo y platillo que su libro estaba en el puesto 700 y pico de una lista de varios miles. Autores que no se dan cuenta de que Amazon es una plataforma, sí. Una posibilidad, sí. Pero que, igual que con las editoriales, solo llegan los buenos. Y solo se mantienen, que es lo verdaderamente difícil, los extraordinarios. Autores que han ocupado durante semanas los primeros puestos en Amazon sólo consiguen ganar las astronómicas cantidades de 300€ o 400€. Los que optamos por la publicación tradicional nos tenemos que conformar con un adelanto de 2000€, 3000€ o 5000€, dependiendo de la editorial y lo que esté dispuesta a apostar por cada uno. Eso sí, nuestros contratos son los leoninos. Somos nosotros los que nos vendemos. No, señores. No nos vendemos. Elegimos el tipo de publicación que queremos llevar a cabo. En mi caso personal, y me consta que en el de la gran mayoría de los inmovilistas, por motivos como el de querer que nos hagan una corrección profesional; o una maquetación profesional. Que un sello de calidad contrastada respalde nuestro trabajo, etc. Repito, defenderé el derecho de cualquiera a publicar del modo y la manera que desee. Pero exijo exactamente el mismo derecho. ¿O acaso si viniera Planeta, o Random House, o Alfaguara, o cualquier otra editorial, aunque fuera mucho más pequeña, con una oferta razonable dirías que NO a que sacaran tu obra en papel? Elige tu modo de publicar. Y deja que yo elija el mío. A ser posible, sin criticarme a mis espaldas.
LA PREDICCIÓN DEL ASTRÓLOGO
En noviembre terminaba de escribir mi última novela. Se titula LA PREDICCIÓN DEL ASTRÓLOGO, y está ambientada en el siglo XI, en una Sevilla convulsa que pretende convertirse en el mayor reino de Al-Ándalus. Me llevó dos años escribirla, desde el momento que empecé a darle forma a la idea hasta el punto final. Es una historia de amistad y amor y de lo que estamos dispuestos a hacer para conseguir nuestros objetivos. Incluso para vengarnos. Si todo va bien, dentro de muy poco tiempo podré dar buenas noticias sobre la novela. De momento, aquí dejo un pequeño fragmento. La desesperanza me rodeaba como una manta calurosa; mi piel se quemaba; mis ropas terminaron de hacerse jirones. Pero era en mi interior donde me asomaba al verdadero abismo. No pensaba en lo que me esperaba más adelante, sino en lo que había dejado atrás. No podía dejar de ver a Atira en manos de otro hombre, alguien a quien no amaba. Lloraba cada uno de los besos que no había podido darle, que jamás podría darle; cada caricia que recibiría su piel levantaba llagas en la mía, y el ardor que sentía en mis entrañas era más abrasador que el abrazo del sol. ¿Por qué iba a preocuparme de lo que le pasara a mi cuerpo en aquel viaje si mi vida había dejado de tener importancia? Huí de Silves por amor, atravesé reinos y ciudades para encontrar el olvido a las puertas del desierto; justamente allí, dónde casi nada puede crecer, fue donde volvió a florecer mi corazón. Y cuando ya acariciaba la felicidad, lo había perdido todo nuevamente. Ni siquiera era consciente del paso de los días. Simplemente caminaba con la cabeza clavada en mis pies, trotando siempre, como si hubiera dejado de ser persona y no fuera más que la cáscara de una nuez rellena con la única voluntad de llegar a un lugar en el que ser quebrada. A mi alrededor hablaban los guardias, restallaban los látigos y gemían los hombres, que clamaban por agua y comida cuando las lenguas aún estaban frescas. Y mientras todo eso ocurría, yo trotaba en silencio por aquel lugar que debía formar parte del itinerario que tomó el Profeta cuando visitó el Infierno. Un amanecer tras otro. Miles de pasos detrás de otro esclavo. Con los labios resecos y la piel cuarteada, los andrajos rozando las llagas que nos cubrían. Con los hombros llenos de ampollas y los pies plagados de heridas. Y la imagen de unos ojos enmarcados por unas cejas como alas de gaviota revoloteando en mi cabeza. Porque allí, bajo el sol abrasador del desierto, sentí de nuevo el gélido vacío que te envuelve cuando una persona que estaba destinada a ser importante en tu vida sale de ella de repente. Así cruzamos la Hamada del Draa y Tinduf: desollados, sedientos y hundidos. Muchos con las espaldas marcadas por los latigazos, aunque los guardias conocían bien su trabajo y no golpeaban para debilitar más al que caía, sino con la fuerza justa para que el dolor le hiciera levantarse y retomar su camino.
Trabajo presente… y trabajo para el futuro
Os hablaba hace unos días que había retomado el proyecto que había escrito sobre el Duque de Lerma. Este fue un personaje importantísimo en la España de finales del s. XVI y principios del XVII. A pesar de que provenía de una familia noble empobrecida y venida a menos, consiguió convertirse en el valido de Felipe III. Prácticamente tenía al rey secuestrado, y nada se hacía en la Corte sin contar con él. Se llamaba Francisco de Sandoval y Rojas, I Duque de Lerma. Escribí su historia hace ya bastante tiempo, la concluí en noviembre de 2008. De hecho, aquí podéis ver en el texto que colgué en este blog cuando la terminé y la sensación que me dejó. La envié a mi agente por aquel entonces. Tiempo después (años después) se envió por fin a una editorial para valorar su posible publicación. Era Edhasa, la editorial que había publicado Hijos de Heracles. La leyeron y les gustó la historia, la época, el personaje… Pero no la quería publicar por los motivos que os comentaba en la entrada anterior: estaba escrito como crónica, no como novela. Me invitaron a rescribirla, y es lo que estoy haciendo. Es un trabajo que voy a afrontar en varias fases. La primera ha sido una búsqueda de nueva información. ¿Por qué? Porque voy a mezclar la historia del S. XVI con otra posterior, en el s.XIX con la invasión napoleónica. Esa fase ya está prácticamente concluida. Ahora estoy en una segunda fase. Lo que estoy haciendo es, básicamente, rescribir el texto original para adecuarlo a los cambios que se producen en la historia. Para empezar, es un texto que pasa de ser narrado por un narrador omnisciente a ser contad un narrador en segunda persona a un narratario explícito. Además, estoy eliminando gran parte de los datos históricos. Al haber estado escrita como crónica, contiene multitud de datos que, en realidad, no son necesarios para una novela. Dan mucha información sobre la época, la forma de gobernar, las ciudades, villas, palacios, etc. Pero entorpecen en avance de las tramas de la novela, así que toca eliminar datos. Ahora bien, no los estoy “borrando”. Al contrario, estoy organizándoles por temas. ¿Por qué? Pues porque creo que serán una información adicional maravillosa para los curiosos que quieran conocer más sobre lo que se narra en el texto. Si llega a publicarse, crearé una página web en la que habrá toneladas de información adicional. Os dejo un ejemplo, para que veáis de qué os hablo y abriros el apetito. De por qué Felipe III fue nombrado rey El camino que había llevado a Felipe a ser heredero de España y Portugal había resultado tortuoso. El primer hijo y heredero de Felipe II, Carlos, tras sus repetidos intentos de levantarse contra su padre, fue confinado por mandato del rey casi veinte años antes, con órdenes de no recibir correspondencia y con acceso limitado a su persona. El príncipe amenazó con quitarse la vida, de modo que fueron retirados de su alcance cuchillos, tenedores y cualquier objeto con el que pudiera llevar a cabo sus planes. Finalmente, Carlos inició una huelga de hambre, y más tarde, al no poder mantener su primera intención, comenzó a comer sin medida. Todos estos excesos llevaron al príncipe a la muerte en el verano de aquel mismo año. Con todo, puesto que el rey había sido extremadamente ambiguo con respecto al confinamiento de su hijo, comenzaron a correr rumores por los reinos, acusándolo de haber dictado una secreta sentencia de muerte contra su heredero. Tres años después de estos acontecimientos nacía, del tercer matrimonio de Felipe II, su hijo Fernando. Sin embargo murió joven, en 1577. Dos años después, vio la luz Carlos Lorenzo, que moriría con tan solo dos años. Igual suerte correría el tercer hijo del matrimonio de Felipe II con Ana de Austria, Diego, nacido antes de que transcurrieran dos meses del fallecimiento de su hermano Carlos Lorenzo, y a quien la muerte lo encontraría cuatro años después que a su hermano Fernando, en 1582, cuando ya era heredero de España y Portugal. Todos estos acontecimientos y muertes no podían ser casuales. El pueblo comenzó a creer firmemente que Felipe, el último hijo del rey, había sido elegido directamente por Dios para llevar las riendas de la monarquía española y empezó a venerarlo, puesto que por intervención divina había quedado como la única opción para que la monarquía continuara reinando. Por tanto, todos los reinos juraron sin mayores problemas al heredero de la monarquía.