El segundo de los artículos dedicados al poder del deseo en la mitología troyana corresponde a Paris y, sobre todo, a Helena. La bella por excelencia es protagonista del relato que de forma más frecuente se vincula con la causa directa del conflicto que enfrentaría a las huestes de Agamenón y a los troyanos. El punto de vista desde el que vamos a tratar el Juicio de Paris en estas líneas es, nuevamente, el que permite comprobar el poder incontrolable del Eros, el deseo, sumado a otras pasiones, en los seres humanos y hasta en los dioses, que son poco más que marionetas bajos sus hilos.

La Discordia en el banquete

Concluimos la entrega anterior en el momento en que la otra bella de la historia, Tetis, cede su protagonismo al siguiente episodio del mito troyano. Así, durante las multitudinarias y divinas bodas de la diosa con el mortal Peleo (que engendrará en ella, por cierto, al héroe Aquiles), aparece en escena un personaje al que nadie querría ver en una fiesta: Eris, la diosa de la discordia, irrumpe decidida a vengarse de los contrayentes y sus familias por no haberla invitado. Las fuentes que se hacen eco de este episodio, tan reconocible en el folklore y en los cuentos, contienen versiones variadas. La más conocida cuenta cómo Eris arroja en medio del banquete una manzana de oro con una inscripción: “a la más bella”. Por el objeto y el deseable título se pelean inmediatamente tres diosas, Hera, Afrodita y Atenea, sorprendentemente vanidosa para ser una diosa guerrera. La manzana no es un elemento permanente en todas las versiones; la disputa por la belleza, en cambio, sí lo es.

El juicio de Paris

Óleo de Jordaens (1633, Museo del Prado) que muestra la manzana, recién arrojada por una Eris alada.

La mención más antigua al Juicio de Paris aparece en Ilíada 24. 25-30, en un momento en que los dioses se plantean robar el cuerpo de Héctor que custodia Aquiles tras haberlo ultrajado. Se trata, sin embargo, de una alusión problemática y sospechosa, puesto que aparece descontextualizada. Además, no habla de Eris, de la manzana, ni siquiera de las bodas de Tetis y Peleo:

«A todos los demás les plugo, pero no a Hera, a Posidón y a la doncella de ojos glaucos; ellos odiaban desde el principio la sagrada Ilión, a Príamo y el ejército de Paris que, por causa de su ceguera había insultado a las diosas cuando se presentaron ante él, y había aprobado a la que le satisficiera una lujuria que sería motivo de sufrimientos».

Pero hay algo muy interesante en el pasaje: la referencia la “ceguera” de Paris y a la “lujuria que sería motivo de sufrimientos”. Ambos conceptos nos remiten a la idea del Eros incontrolable, de la fuerza que está por encima de lo humano y lo divino.

La manzana y el juicio de Paris

Las fuentes posteriores que recogen el episodio que conducirá al Juicio de Paris son prácticamente innumerables. Algunas pertenecen a obras fragmentarias que aludían a los antecedentes de la Guerra de Troya y que los filólogos agrupan bajo la denominación genérica de Cypria. Otras son poco más que títulos que aluden a aspectos cruciales del mito. Las versiones íntegras aparecen con claridad en numerosos pasajes de Eurípides. Por ejemplo, en Troyanas 924-931, donde Helena recuerda el premio que cada diosa ofrecía a Paris en caso de resultar elegida en el juicio:

«Juzgó a una triple tropa de diosas: la oferta de Palas fue apoderarse de Grecia como general de los frigios; Hera le prometió reinar en Asia y las fronteras de Europa, si Paris la elegía a ella. Y Cipris (Afrodita) … le prometió entregarle mi cuerpo, si resultaba la vencedora en belleza sobre las otras diosas».

La lista de autores grecolatinos que citan el motivo del juicio de Paris es prácticamente interminable: Propercio, Higino, Ovidio, Apolodoro, Luciano, Apuleyo… El relato, origen de la tragedia mítica de mayores dimensiones, llega hasta la Antigüedad Tardía con Ausonio, Libanio o Coluto, entre otros.

Como venimos adelantando, la posesión de la manzana (o el título de la más bella) enfrenta a Hera, Atenea y Afrodita. Se cumple, de esta manera, el vengativo designio de Eris dado que, con un elenco tal, la elección es imposible para cualquiera. Ni siquiera se atreve Zeus a tomar partido, siendo esposo de una y padre de las otras dos (según Homero). Cualquier decisión podría haberle causado un daño irreparable, al ponerse en contra de las dos diosas que no resultaran elegidas por el augusto dios. La solución, como en el momento crítico de casar a Tetis, viene de delegar en un mortal.

En este caso, las diosas serán llevadas hasta Paris, quien, a la sazón, se encuentra pastoreando los rebaños troyanos en las laderas del Ida, sin conocer aún su filiación real. Cuenta Luciano, entre otros autores, que Hermes las guía y explica a Paris las instrucciones de parte de Zeus. Después, les pide a las diosas que desfilen delante del mortal, de modo que pueda mejor observar sus atributos.

El juicio de Paris. Oleo de Rubens

Seguramente el Juicio de Paris más célebre del arte: el de Rubens (1639, Museo del Prado).

A pesar de las representaciones pictóricas que han contribuido a la fama del Juicio de Paris (siempre dependientes de la intención y el interés concreto del artista y del contexto en el que se producen), entre las cuales destaca el célebre cuadro de Rubens, parece que la imagen de desnudez de las diosas no aparece desde el principio ni de manera uniforme en las fuentes. A veces será una desnudez parcial y otras sólo será la impúdica Afrodita quien muestra las carnes descubiertas ante Paris.

Paris en Esparta: la irresistible atracción de lo ajeno

Es muy tentador y casi demasiado fácil relacionar la victoria de Afrodita con su ventaja directa sobre las otras. Dicho de otro modo, con el hecho de que fuera más hermosa que ellas de manera objetiva o a ojos del humano Paris. Lo cierto es que ella aprovecha su condición de manera magistral para obtener el título: sólo la diosa del amor puede concederle a Paris la mujer que desee, sea quien sea. Incluso una mujer de belleza legendaria, engendrada por el padre de los dioses transfigurado en cisne. Helena, la mujer más hermosa del mundo.

Una de las representaciones más antiguas del motivo, con Hermes guiando hacia Paris a las tres diosas, en una cerámica de figuras negras (Siglo VI a.C.)

El problema, como enseguida hace notar Paris, es que Helena está casada con Menelao. Pero ni siquiera esto es obstáculo para la diosa del amor. Así lo cuenta Luciano por boca de ella misma (Diálogos de los dioses 20.14s.):

«Tú eres joven e ignorante, pero yo sé cómo hay que arreglar estas cosas. Emprenderás un viaje … y Helena te verá. Lo demás es cosa mía, que se enamore de ti y que te siga. Ten confianza. Yo tengo dos hijos muy bellos, Hímeros y Eros. Eros se meterá completamente en ella y la obligará a enamorarse, mientras que Hímeros se apoderará de ti y te convertirá en alguien deseable e irresistible, como él mismo. Yo, por mi parte, pediré a las Gracias que me acompañen, para que entre todas podamos convencerla».

La diosa se propone, pues, poner a su séquito completo al servicio de su objetivo y del de Paris. Nadie podría negarse a tal despliegue de influjos irresistibles. Una vez decidido el juicio y entregada la manzana, Paris sólo tiene que sentarse a esperar a que se cumpla la promesa. Es interesante la inocencia del personaje, rayana en inconsciencia. Puedes estudiar el perfil completo de París en la interesante web de portal clásico.

El momento llega cuando, guiado por la diosa, parte a Esparta con una flota completa. Llegado a territorio griego y hospedado en casa de Menelao, todo está dispuesto. Las pasiones estallan con el primer contacto visual de los dos jóvenes, al estilo de los amores literarios más tópicos y en una manifestación indudable del poder de Afrodita. Obra de la diosa, o de cualquiera de su séquito, puede ser también la imprudencia del esposo: Menelao deja sola a Helena y al invitado troyano mientras él, con un objetivo impreciso, emprende un viaje a Creta. Eurípides se lo recrimina en Troyanas 943s: “Te marchaste en un barco a tierra cretense, dejando a Paris en tu propia casa”. Y en Andrómaca 593, que alude a la marcha de los dos amantes “después de dejar (Menelao) abierta y desatendida su morada”.

Más dramático es el giro introducido por Ovidio cuando muestra al esposo encargando a Helena que cuide del huésped en su ausencia (Heroida 16.303s): “Te encomiendo -dijo cuando estaba a punto de irse- que te encargues y cuides de nuestro huésped troyano, esposa”.

Más allá de presentar a Menelao como un personaje ridículo, el efecto de esta visión del autor latino vuelve al esposo de la bella más simpático, en sentido etimológico, pues facilita la compasión del lector hacia el personaje. De manera indirecta, la culpa de la tragedia inminente que este episodio está a punto de desatar y que tan bien conocida es, recaería sobre los dos amantes. Para dilucidar el modo en que las fuentes inculparon o exculparon a Helena, nos remitiremos al siguiente artículo, que será también el último de esta serie y mostrará, nuevamente, cómo el mito vuelve a manifestarse inagotable y eterno, objeto como es de interpretaciones múltiples y hasta opuestas.