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Amanirena, la reina nubia que desafió a Roma

¡Vamos con una historia sobre reinas guerreras! En concreto, con una mujer que plantó cara al mismísimo Imperio romano. Y no, no me refiero a la más famosa de estas reinas guerreras, la insigne Boudica. O a Cleopatra, de la que ya hablamos un poco en el artículo sobre el Primer Triunvirato. ¿Creéis que fueron las únicas que se enfrentaron a Roma? ¡En absoluto! Hoy os descubriré a otro personaje fascinante, tanto o más que la britana o la egipcia, y del que no se habla mucho. Viajamos a África para conocer a Amanirena, la reina nubia que se opuso, y esta sí tuvo éxito, al imperio más poderoso de la época.

El establecimiento de Roma en Egipto


Para Amanirena los problemas empezaron cuando Egipto cayó definitivamente en manos romanas. Octavio, futuro emperador bajo el nombre de Augusto, había derrotado a Marco Antonio en Egipto, lo cuál dio por concluida otra más de esas guerras civiles a la que eran tan aficionados los romanos. La consecuencia inmediata fue el suicidio conjunto de Marco Antonio y Cleopatra. Este fue el fin de la dinastía helénica ptolemaica en Egipto, instalada tras la muerte de Alejandro Magno. Ya nada impedía la anexión total de Egipto como otra más de las provincias del Imperio de Roma.

Sabemos muy bien lo que eso significó para Roma y para Egipto. Pero, ¿qué representó para los pueblos vecinos alrededor de dicho territorio? Porque no olvidemos que Egipto se extendía de norte a sur tanto como el Nilo se lo permitía, que no es poca cosa. Tenía contactos frecuentes con un montón de reinos, que de pronto veían con incertidumbre la llegada de ese imperio conocido por su hambre insaciable de nuevas tierras. ¿Se conformarían con Egipto, o querrían extenderse más todavía? Y, en todo caso, ¿cómo afectaría eso al comercio, a su subsistencia?

Cuadro de la batalla naval de Accio, Marco Antonio, Cleopatra

Amanirena, reina de Kush


Uno de estos pueblos era el Reino de Kush. Situado a lo largo del valle del Nilo, coincidiría más o menos con lo que hoy conocemos por Nubia y Sudán. Su conexión con Egipto era absoluta debido al temprano interés que los de las pirámides tuvieron por los recursos naturales de Kush, en especial las ricas minas de oro que se extendían por todos lados. Se enviaron expediciones desde tiempos del faraón Narmer, hasta que en la época del Imperio Medio conquistaron la región. Pero los kushitas, como iremos viendo en el artículo, eran de armas tomar, así que recuperaron su territorio un tiempo después, aprovechando los movimientos por parte de los hicsos.

Ya sabéis cómo va esto: el Reino de Kush fue pasando de manos a lo largo de los siglos. Egipto lo reconquistaba y luego los kushitas volvían a recuperarlo. Para la época de Amanirena, el reino era ya plenamente independiente de nuevo, pero su contacto con Egipto a nivel comercial era vital para ambas potencias. Es más, incluso construyeron pirámides y otras manifestaciones artísticas propias de los egipcios. No es de extrañar que la conquista romana de Egipto fuese vista con preocupación, porque obviamente iba a alterar la estabilidad de la región. Y vaya si lo hizo. Octavio, ya convertido en Augusto, envió en el 25 a.C. una expedición para tomar posesión de unas minas de oro más allá de la frontera con el Reino de Kush. Era un primer paso para una futura invasión de Kush, o al menos así lo vieron sus dos reyes: Teriteqas y su esposa Amanirena.

Ilustración antigua de una pirámide nubia, Amanirena

Amanirena, una reina con todas las de la ley

Algunas crónicas hablan de que Amanirena era sólo una reina consorte por aquel entonces, mientras que otras aseguran que su autoridad estaba al mismo nivel que la de su esposo Teriteqas. Sea como fuere, en la cultura nubia las reinas ostentaban en esa época una enorme relevancia en las cuestiones de estado. Y no sólo eso: se las consideraba también guerreras. Era más que habitual que participaran en las batallas comandando a sus propias tropas, bajo el doble título de Qore y Kandake.

Así pues, cuando el Reino de Kush decidió atacar a los romanos por traspasar sus fronteras y acabar con los tratados pacíficos que tenían con la dinastía ptolemaica, Amanirena estuvo ahí, en el campo de batalla. Pero los nubios no eran unos guerreros estúpidos que se lanzaban al ataque sin más, sobre todo ante un rival tan poderoso como aquel, así que ese primer embate no se dio de inmediato. Fue la propia Amanirena la que decidió que debían prepararse, sí, pero también esperar al momento oportuno.

La oportunidad llegó cuando Elio Galo, el prefecto de Egipto, dejó la región para conducir una expedición hacia la península arábica. En cuanto las crestas rojas de las gáleas romanas se perdieron en el horizonte, a los kushitas les faltó el aire para dar comienzo a su rebelión. Eso sólo para empezar, porque en cuanto recuperaron el control de las fronteras se lanzaron ni más ni menos que a la conquista de Egipto.

Estatua de una reina y un príncipe nubios, Amanirena

Amanirena, la reina que doblegó a Roma


El enfrentamiento con Roma fue largo y lleno de pérdidas para los kushitas. Teriteqas murió durante las primeras fases, y tiempo después lo haría el hijo de ambos reyes, Akinidad. Pero lejos de amedrentarse, Amanirena continuó la guerra como única reina y general de las tropas. Bajo su mando, los nubios derrotaron a los romanos que se atrevieron a plantarles cara en el sur de la provincia egipcia. Cuenta la leyenda que Amanirena decapitó al emperador Augusto. Bueno, más bien a una estatua suya, cuya cabeza se llevó a su palacio real para que los suyos escupieran y la patearan.

Pero Roma nunca ha sido de quedarse con los brazos cruzados y menos aún de retirarse. Publio Petronio y un buen puñado de tropas (unas diez mil) recuperaron el terreno perdido y se adentraron en territorio de Kush. Aún así, la vigorosa defensa de Amanirena impidió que alcanzaran la capital, Meroe. La situación se volvió tan comprometida para los romanos que poco después se decidió negociar una paz. Durante las conversaciones, los diplomáticos que la reina envió en su nombre le entregaron al emperador Augusto unas flechas de oro con un mensaje demoledor: «Si deseas la paz, quédatelas como regalo de amistad de nuestra reina; y si optas por la guerra, tómalas igualmente, pues las necesitarás para defenderte». Por una vez, Roma prefirió la paz. Por algo sería.

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Sobre mí

Teo Palacios

Hace 10 años yo era como tú, un autor más con una novela bajo el brazo que nadie quería publicar. Hoy tengo cinco novelas publicadas por editoriales internacionales en ocho países, tengo firmados los contratos de dos novelas que aún no he escrito y ¡vivo de la literatura!

  • Chema D. Garrido

    Magnífica crónica

    • GLORIA AGUDELO

      Gracias, me encanta tu estilo literario, muy ameno…y las crónicas muy ilustrativas …..y las imágenes que las acompañan nos transportan a esos tiempos y lugares. Bravo! gracias

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