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El Primer Triunvirato

Si algo nos ha enseñado la Historia es que al hombre no se le da muy bien compartir el poder. Cuando miramos al pasado no es muy habitual encontrarnos con sistemas de gobierno donde ese poder sea compartido por más de un gobernante. Lo normal es encontrarse con reyes, emperadores y caudillos en solitario. Hay excepciones, por supuesto, como los diarcas de Esparta, un sistema de doble rey. También lo vemos en Roma, en sus parejas de cónsules. Sin embargo, es precisamente en el mundo romano donde llegó a rizarse el rizo con un caso muy excepcional: una triple alianza de los hombres más poderosos de Roma. Sus nombres os sonarán mucho: Cneo Pompeyo, Marco Licinio Craso y, sobre todo, Julio César. Juntos controlaron el destino de Roma a través del Primer Triunvirato.

El Primer Triunvirato, ¿un gobierno a tres bandas?


Esto quiero dejarlo claro antes de que alguien malinterprete el artículo: no, el Primer Triunvirato no fue un gobierno oficial romano. En realidad se trató más bien de una alianza estratégica entre tres individuos que, por aquel entonces, aglutinaban la mayor parte del poder político de Roma. De los tres, y a pesar de lo que podamos pensar por ser el más famoso, Julio César era el que partía con desventaja, pues en ese momento era el que menos poder ostentaba. Por tanto fue al que mejor le vino todo aquello, ya que le sirvió para cobrar mayor trascendencia.

A César ya lo conocemos de sobras. No hay gobernante de Roma del que se haya escrito más, y la prueba es la enorme cantidad de novelas sobre este personaje que se publican. ¿Pero quiénes eran los otros dos? Cneo Pompeyo Magno también es muy famoso. Pertenecía a la casa de los pompeos, con una larga tradición de gobernantes de diversa índole (su padre, Cneo Pompeyo Estrabón, también fue cónsul). A pesar de eso, el joven Cneo no lo tuvo fácil, y no empezó a destacar hasta la guerra civil del 83 a.C. Pero a partir de entonces su ascenso fue fulgurante, hasta que en el 70 a.C. se convirtió al fin en uno de los dos cónsules de Roma.

primer triunvirato de roma

Envidias


Cargo que compartió con otro de nuestros protagonistas de hoy, Marco Licinio Craso. Se le considera uno de los hombres más ricos de su época y, por tanto, con una influencia enorme. Pero no caía bien a la gente, le faltaba carisma. Se hizo de oro gracias a su negocio como tratante de esclavos, por eso cuando Espartaco se rebeló durante la Tercera Guerra Servil puede decirse que se lo tomó casi como algo personal. Y también se entiende que no le hiciera gracia que, a pesar de ser él quien llevó el peso del conflicto, viniera luego Pompeyo, casi al final de la guerra, y se llevara el mérito por derrotar al último gran destacamento de rebeldes esclavos.

La semilla de la discordia estaba plantada, pero a pesar de ello ambos gallos lograron soportarse en el mismo corral. Para ello entró en escena Cayo Julio César, en torno al 60 a.C., y propuso formar una alianza secreta para defender los intereses del trío (recordemos que para entonces Craso y Pompeyo ya no eran cónsules). Este «gobierno en las sombras» habría seguido oculto si el Senado romano no hubiese rechazado la ley agraria propuesta por César (convertido ya en cónsul gracias al dinero de Craso), momento en el que sus dos compañeros de intrigas consiguieron que se aprobara, dejando de paso al descubierto esa alianza. De este modo, el triunvirato maquinó para eliminar (de manera política) a sus enemigos, como Marco Tulio Cicerón o Catón el Joven, cuya influencia sobre el Senado fue minimizada.

Espartaco, primer triunvirato de Roma

El declive del Primer Triunvirato

La alianza siguió activa durante años, pero nada dura para siempre, y menos cuando hablamos en términos de poder político. La fama de César fue en ascenso, sobre todo tras la guerra de las Galias, durante la cual los otros dos triunviros se quedaron en Roma e hicieron y deshicieron a su antojo. Craso moriría en Asia Menor, en la batalla de Carrhae, lo que parece romper el débil equilibrio existente entre los tres. El carisma de César tras la victoria romana escaló a cotas preocupantes tanto para rivales como para aliados. El Senado empezó a ponerse muy nervioso, pero mucho, ante el temor de que César aprovechara su popularidad para acabar con la República y coronarse rey. Con el pueblo de su lado, así como un ejército que lo admiraba tras luchar a su lado, nadie se lo podría impedir.

Así que el Senado acudió a Pompeyo para que interviniera. Hubieran podido optar por alguna confabulación, que de eso los romanos sabían mucho. Y si no que se lo cuenten a Nerón, que tuvo que sufrir la conjura de Pisón, tal y como narro en mi novela Muerte y cenizas. Pero optaron por otra solución: que el antiguo cónsul convenciera a César de regresar a Roma sin su ejército, con la idea de detenerlo y juzgarlo por unos delitos convenientemente esgrimidos por el Senado, como reclutar a más legiones de las permitidas sin la aprobación senatorial. Así que César se negó en banda y las relaciones con Pompeyo se fueron al garete. Fue el fin de lo poco que quedaba ya del Primer Triunvirato, pero aún habrían de vivir una amarga resaca en forma de una segunda guerra civil.

Julio César, Primer Triunvirato de Roma

De la alianza a la guerra


Julio César tomó a su fiel XIII legión y cruzó el Rubicón (sí, de aquí viene esa expresión, que hoy utilizamos para decir que alguien emprende una tarea muy arriesgada). La guerra, que sentaría las bases de la conversión de Roma hacia el imperio, fue larga y muy dura para todos los bandos, pero César se llevaría la gloria al derrotar a Pompeyo en la batalla de Farsalia.

Sin embargo, la muerte de Pompeyo llegaría de manos egipcias: incapaz de soportar el fracaso ante César, y obsesionado con formar otro ejército para seguir luchando, acudió a Egipto para recabar ayuda. En cuanto puso un pie en el puerto de Alejandría fue asesinado, y su cabeza entregada a César por los egipcios para congraciarse con él. No les fue muy bien la jugada, pues por mucho que César estuviera enfrentado con Pompeyo, lloró y se enfadó ante un final tan indigno para un rival al que siempre respetó. Los egipcios lo acabarían pagando porque, a través de su relación con Cleopatra, César acabó por hacerse de manera no oficial con el control de Egipto. Pero de eso hablaremos otro día.

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Sobre mí

Teo Palacios

Hace 10 años yo era como tú, un autor más con una novela bajo el brazo que nadie quería publicar. Hoy tengo cinco novelas publicadas por editoriales internacionales en ocho países, tengo firmados los contratos de dos novelas que aún no he escrito y ¡vivo de la literatura!

Teo Palacios

Escritor y creador del Método Pen

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