Como seguramente sabes, tanto yo como buena parte de mi equipo en el Método PEN hacemos diferentes trabajos para editoriales y particulares, entre otros de corrección de textos, así que en este artículo he pensado hablarte de los errores comunes de ortografía y, lo más importante, cómo evitarlos para mejorar la calidad de tus escritos. Para mí, la ortografía precisa no es solo una cuestión de reglas gramaticales, sino que también influye en cómo me perciben como escritor. Y no hablo de un texto sin una sola falta, esto es una quimera. Todos tenemos nuestros talones de Aquiles particulares. Te hablo de tener una base sólida sobre la que trabajar. Así que, aquí están los errores más comunes de ortografía que he detectado a lo largo de mis años como asesor editorial. Errores comunes de ortografía: uso incorrecto de homófonos ¿Sabes qué son los homófonos? Son palabras que suenan igual pero tienen significados diferentes. Por ejemplo, “haya” y “aya”, “a” y “ha”, “valla” y “baya”. Son un dolor de cabeza para muchos. Es muy importante que puedas identificar y corregir los errores al usar homófonos en la escritura. ¿Cómo? Bueno, te recomiendo repasar la definición y el contexto de cada palabra para asegurarte de que estás utilizando la correcta en cada caso. Esto evitará malentendidos y confusiones en tu texto, ¡te lo aseguro! Vamos, que debes tener cerca un buen diccionario. Si no tienes claro cuál usar, este artículo te interesa. Confusión entre palabras similares Un caso diferente es el de las palabras que son parecidas en su forma pero tienen significados completamente distintos. Por ejemplo, “a ver” y “haber”, “si no” y “sino”, son ejemplos de este tipo de palabras que pueden generar confusión si no se utilizan correctamente. Para evitar errores de este tipo, debes comprender la diferencia entre estas palabras y elegir la correcta en cada contexto. ¿Cómo puedes hacerlo?: Leer con atención: Antes de seleccionar una palabra, es importante leer el contexto en el que se va a utilizar para asegurarse de que encaje correctamente. Consultar un diccionario: Si tienes dudas sobre el significado de una palabra o su uso correcto, no dudes en consultar un diccionario. Esto te ayudará a aclarar cualquier confusión y a utilizar la palabra adecuada. Practicar con ejemplos: Realizar ejercicios prácticos utilizando estas palabras en diferentes contextos te ayudará a familiarizarte con su uso correcto y a evitar cometer errores en el futuro. Recuerda, la práctica constante es clave para mejorar en la elección de las palabras y evitar confusiones que puedan afectar la claridad y precisión de tu escritura. Errores comunes de ortografía: reglas de acentuación No sabes la cantidad de veces que le riño a mis alumnos del Método PEN con este tema. Entiendo que las reglas de acentuación en español pueden parecer complicadas, pero usarlas de forma correcta es fundamental para que los lectores puedan entenderte. Te resumo las principales: Palabras agudas: Llevan tilde cuando terminan en vocal, “n” o “s”, y tienen más de una sílaba. Ejemplos: “cantó”, “jamón”. Palabras graves: Llevan tilde cuando no terminan en vocal, “n” o “s”, y tienen más de una sílaba. Ejemplos: “árbol”, “lápiz”. Palabras esdrújulas: Siempre llevan tilde. Ejemplos: “música”, “rápido”. Presta atención Algunos errores comunes de acentuación incluyen olvidar la tilde en palabras agudas o graves que lo requieren, o colocarla incorrectamente en palabras esdrújulas. Para aplicar correctamente estas reglas, te recomiendo practicar con ejemplos y prestar atención a la posición de la sílaba tónica en cada palabra. Además, utiliza herramientas como correctores ortográficos y consultas en línea para verificar la acentuación de palabras si tienes dudas. Con una comprensión sólida de las reglas de acentuación y la práctica constante, podrás evitar errores comunes y mejorar la precisión de tu escritura en español. Errores comunes de ortografía: errores en la puntuación Pfff, otro caballo de batalla… Cuando escribes, la puntuación es absolutamente básica si quieres transmitir tus ideas de manera clara y precisa. Sin embargo, es frecuente cometer errores en este sentido, como por ejemplo el uso incorrecto de comas y puntos. Ni hablemos de otras cuestiones menos usadas como el punto y coma, por ejemplo. Para mejorar en este aspecto, es importante que identifiques dónde fallas y aprender cómo corregirlos. No es difícil, es cuestión de memorizar. Recuerda que esto lo aprenden los niños de primaria… Si ellos lo hacen, ¿por qué iba a ser difícil para ti? Solo necesitas dedicarle algo de tiempo. A tener en cuenta Voy a darte algunos consejos que deberías tener en cuenta en este sentido: Conocer las reglas básicas de puntuación: Aprender las reglas básicas de puntuación, como el uso de la coma para separar elementos en una oración, o el punto para indicar el final de una oración, es fundamental. No puedes transmitir bien lo que quieres al lector si no manejas esto. Es como si quisieras construir una casa pero no sabes usar una paleta y una plomada para poner los tabiques rectos. Leer en voz alta: Leer el texto en voz alta puede ayudarte a identificar pausas naturales y lugares donde se necesita puntuación, como puntos y comas. Utilizar herramientas de corrección: Emplear correctores ortográficos y gramaticales puede ser de gran ayuda para detectar errores de puntuación y recibir sugerencias sobre cómo corregirlos. Errores comunes de ortografía: problemas con la concordancia verbal y nominal Esto es algo más complejo de dominar, pero igualmente importante. La concordancia verbal y nominal se refiere a la correspondencia adecuada entre el sujeto y el verbo, así como entre el sustantivo y el adjetivo, respectivamente. Los errores en este sentido provocan textos confusos y difíciles de entender. Para evitar estos problemas, es necesario que sepas cómo funciona la concordancia verbal y nominal. Para hacerlo, ten en cuenta lo siguiente: Analizar la estructura de la oración: Al leer una oración, presta atención a la relación entre el sujeto y el verbo, así como entre el sustantivo y el adjetivo. Si encuentras alguna discrepancia, es posible que haya un error de concordancia. Revisar cuidadosamente: Dedica
Los mejores diccionarios online para escritores
La escritura es un arte que se nutre de la precisión y la riqueza del lenguaje. Para los escritores profesionales, tener acceso a herramientas lingüísticas confiables es fundamental para garantizar la calidad y la coherencia de sus textos. En un mundo donde la comunicación efectiva es clave, los diccionarios online se convierten en aliados indispensables en el proceso creativo. En este artículo, exploraremos los cinco mejores diccionarios online para escritores profesionales. Imagina la siguiente situación: estás trabajando en tu novela y de pronto te encuentras con una palabra cuyo significado te resulta ambiguo o una expresión cuya ortografía no estás seguro de dominar. ¿Qué haces en ese momento? Aquí es donde entra en juego la importancia de contar con diccionarios online especializados para escritores profesionales en español. Estas herramientas no solo te ofrecen definiciones precisas y actualizadas, sino que también te brindan ejemplos de uso contextualizados, sinónimos, antónimos y recursos adicionales que enriquecen tu vocabulario y tu dominio del idioma. Desde resolver dudas específicas sobre ortografía y gramática hasta explorar matices de significado y estilo, los diccionarios online se convierten en guías indispensables en el viaje creativo de todo escritor profesional en español. Por tanto, quiero hablarte de los cinco mejores diccionarios online para escritores profesionales en español, destacando sus características, funcionalidades y beneficios. Descubrirás cómo estas herramientas pueden potenciar tu escritura, impulsar tu creatividad y elevar el nivel de excelencia lingüística en tus textos. ¡Prepárate para descubrir el poder de las palabras y cómo los diccionarios online pueden convertirse en tus aliados más confiables en el fascinante mundo de la escritura profesional en español! Diccionario de la Real Academia Española (RAE) El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) es el pilar fundamental para cualquier escritor en español. Con su extenso catálogo de palabras, ofrece definiciones precisas y exhaustivas, acompañadas de ejemplos de uso que ayudan a comprender el contexto en el que se emplea cada término. Desde la ortografía hasta la gramática, la RAE es una autoridad reconocida en la lengua española, garantizando la calidad y coherencia del lenguaje escrito. Además, la RAE mantiene una presencia activa en las redes sociales, donde comparte noticias relevantes sobre el idioma, consejos lingüísticos y actualizaciones del diccionario. Puedes acceder a su página web para consultar el diccionario en línea y seguir sus perfiles en Twitter, Facebook e Instagram para estar al tanto de las novedades lingüísticas. Página web Twitter Facebook Instagram Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) El Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) es una herramienta complementaria imprescindible para resolver consultas específicas sobre el uso correcto del español. Aborda aspectos de ortografía, gramática, sintaxis y estilo, ofreciendo respuestas claras y concisas a las preguntas que puedan surgir durante el proceso de escritura. Gracias al DPD, los escritores pueden garantizar la coherencia y precisión de sus textos, evitando errores comunes y malentendidos lingüísticos. Aunque el DPD no tiene redes sociales propias, puedes acceder a su contenido a través de la página web de la RAE, donde encontrarás una amplia gama de recursos lingüísticos para mejorar tu escritura. Página web Diccionario de la Lengua Española de Vox El Diccionario de la Lengua Española de Vox es una herramienta completa y versátil que ofrece definiciones detalladas y ejemplos de uso contextualizados. Además de cubrir el vocabulario estándar, incluye secciones dedicadas a modismos, regionalismos y términos técnicos, enriqueciendo el repertorio lingüístico de cualquier escritor en español. Con su enfoque práctico y accesible, el diccionario de Vox es una opción ideal para aquellos que buscan una referencia confiable y actualizada en su proceso de escritura. Aunque Vox no tiene redes sociales específicas para su diccionario, puedes encontrar más información sobre sus productos y recursos lingüísticos en la página web de Vox Editorial, donde podrás explorar su catálogo completo y descubrir herramientas útiles para mejorar tu dominio del español. Página web Diccionario Clave El Diccionario Clave es una herramienta práctica y versátil que proporciona respuestas rápidas y precisas a consultas lingüísticas. Con una cobertura exhaustiva del léxico español contemporáneo, este diccionario ofrece definiciones claras y actualizadas que son de gran utilidad para escritores en busca de precisión y claridad en sus textos. Su interfaz intuitiva facilita la búsqueda y navegación, lo que lo convierte en una opción eficiente para consultas rápidas durante el proceso de escritura. Aunque el Diccionario Clave no tenga presencia activa en redes sociales, puedes acceder fácilmente a su contenido a través de su página web, asegurando así un acceso rápido y confiable a una amplia gama de recursos lingüísticos. Página web Diccionario de Sinónimos y Antónimos de WordReference El Diccionario de Sinónimos y Antónimos de WordReference es una herramienta invaluable para enriquecer el vocabulario y mejorar la calidad de tus escritos. Con una amplia variedad de sinónimos y antónimos para cada palabra, este diccionario te ayuda a encontrar la expresión adecuada para transmitir tus ideas de manera precisa y efectiva. Su extenso catálogo de términos ofrece opciones para todas las situaciones, desde la formalidad hasta el lenguaje coloquial, permitiéndote elegir la palabra que mejor se adapte al contexto de tu texto. Además, WordReference cuenta con una comunidad activa de usuarios que participan en los foros de discusión y comparten recursos lingüísticos adicionales. La presencia de WordReference en redes sociales como Twitter y Facebook garantiza un acceso rápido a actualizaciones sobre el diccionario y la oportunidad de interactuar con otros usuarios para resolver dudas lingüísticas. Puedes acceder a este valioso recurso y unirte a su comunidad en la página web de WordReference, donde encontrarás una amplia gama de herramientas lingüísticas para mejorar tus habilidades de escritura y comunicación en español. Página web Twitter Facebook Conclusión Los diccionarios online para escritores son aliados indispensables si quieres llegar a ser escritor profesional. Con acceso a estas herramientas confiables, podrás garantizar la precisión, coherencia y riqueza lingüística de tus textos. No dudes en explorar y aprovechar al máximo la variedad de recursos que ofrecen estos diccionarios para potenciar tu escritura y perfeccionar tu dominio del idioma español. ¿Listo para optimizar tu proceso de escritura con la ayuda
Adverbios acabados en -mente, el horror
El ser humano busca la comodidad por naturaleza. Es cierto que a veces nos calentamos mucho la cabeza y elegimos las opciones más enrevesadas para algunas cosas, de hecho es algo que veo mucho en autores noveles en mis clases de narrativa. Lo percibo sobre todo en la construcción de frases, y de eso hablamos precisamente hace muy poco, en el artículo sobre el barroquismo. Es curioso, porque en esas ocasiones nos complicamos la vida un montón, pero luego en otras decidimos ir por el camino más rápido. El ejemplo más claro es el que hoy trataremos. ¿Te has dado cuenta de ese «precisamente» que he marcado en cursiva y negrita? Pues bien, toca asomarnos al horror absoluto, al peor de todos los males existentes en cuanto a estilo literario: los adverbios acabados en -mente. Por qué usamos los adverbios acabados en -mente Bueno, en realidad no es para tanto. Al fin y al cabo, los adverbios acabados en -mente son términos completamente correctos a nivel semántico. No hay nada malo en ellos. El problema viene cuando abusamos. Del mismo modo que tenemos tendencia a repetir ciertas palabras o grupos de palabras, o terminaciones como -aba o -ía debido al uso de algunos tiempos verbales, también es tremendamente habitual utilizar los adverbios acabados en -mente cuando escribimos. Como tantos otros, es un vicio heredado del lenguaje oral, donde no nos planteamos esas cuestiones en nuestras conversaciones informales. ¿Por qué consideramos que el uso de este tipo de adverbios afea el texto? Porque no estamos escribiendo la lista de la compra o un diario personal. Estamos haciendo literatura, una manifestación artística que busca en primer lugar transmitir una historia con la que conectar con el lector, pero además también una cierta belleza estilística. Es por tanto una cuestión de estilo: los adverbios acabados en -mente son el recurso fácil y cómodo, una salida rápida. Por eso tenemos tendencia a abusar de ellos, hasta el punto de que ni nos damos cuenta de cuánto los repetimos. ¿Hay que sustituir siempre los adverbios acabados en -mente? No, claro que no. Como digo, los adverbios acabados en -mente son correctos por sí mismos. Forman parte de la familia de los adverbios de modo, que son los que nos explican cómo se desarrolla la acción de un verbo. Y se forman a partir de adjetivos. Por tanto, están ahí para utilizarse… con mesura. En ocasiones su función es tan importante que no se pueden simplemente eliminar, porque aportan información relevante y necesaria. Por ejemplo, no es lo mismo decir «estaba gravemente enfermo» que «estaba enfermo». La segunda opción nos deja sin un dato clave, la gravedad de su enfermedad. Sin el adverbio podríamos pensar que tiene un simple resfriado, cuando la cosa es mucho peor. Aún así, es posible mejorar la frase inicial sustituyendo ese «gravemente» por algo mejor. Podemos tirar por algo sencillo aunque siempre útil, con un «estaba muy enfermo», o bien tenemos la opción de coger martillo y cincel para reescribir la frase de manera más elaborada: «La enfermedad con la que lidiaba le consumía poco a poco». ¿Lo veis? De una frase simple y anodina hemos pasado a otra que tiene un carácter más trabajado. Hemos hecho literatura. Opciones a los adverbios acabados en -mente Ya os he apuntado varios caminos para solventar el abuso de los adverbios acabados en -mente. Lo principal (además de no agobiarse con este tema) es sencillamente tener todo esto en la cabeza cuando estamos escribiendo. Sin presiones ni detener el proceso creativo, pero fijándonos mientras narramos. Cuanta más experiencia acumules, conforme pasen los años, te darás cuenta de que cada vez usas menos estos adverbios. Habrás interiorizado que no debes utilizarlos tanto y de manera natural construirás las frases de otro modo. Y si alguno se te cuela, no pasa nada, porque ya hemos dicho que no es una incorrección. En el peor de los casos, siempre te quedará el proceso de revisión para solventarlo. Cuando adviertas que has utilizado un adverbio acabado en -mente, ya sea mientras escribes o al corregir, puedes probar a eliminarlo directamente. ¿Afecta en algo a la frase? ¿Se entiende del mismo modo? Pues entonces ese adverbio sobraba, lo puedes quitar sin preocupación alguna. Pero si percibes que la oración queda incompleta en cuanto a la información que transmite, entonces hay que mantenerlo… o reconstruir la frase para decir lo mismo sin ese término. Puedes usar un verbo más conciso que ya incorpore la explicación de cómo es la acción. Por ejemplo, en vez de decir que «avanzó rápidamente para llegar a la acera de enfrente» puedes decir «corrió para llegar a la acera de enfrente». Porque «correr» ya incorpora el elemento de la rapidez por sí mismo. Otra manera es ir a lo esencial: si un adverbio acabado en -mente se forma a partir de un adjetivo, ¿por qué no lo sustituimos por ese término de origen? En lugar de «saltó ágilmente», digamos «saltó ágil como un conejo». Otras sustituciones válidas serían expresiones alternativas, como «de manera». Mejor «reaccionó de manera exagerada» que «reaccionó exageradamente»; o «hace poco» antes que «recientemente». Conclusiones Al final se trata de utilizar distintas estrategias con el fin de no abusar de los adjetivos acabados en -mente. ¡Pero cuidado! Porque de tanto querer evitarlos quizás acabemos abusando de esas otras formas alternativas. Así que utilizad la cabeza. Lo sé, a veces, escribir puede ser algo así como caminar por un campo de minas. Para acabar el artículo os voy a proponer un ejercicio: como habréis visto, a pesar de daros la chapa con los adverbios acabados en -mente, yo no me he cortado a la hora de utilizarlos en este artículo. Evidentemente lo he hecho a propósito, porque quería que participarais un poco: coged cada uno de los adverbios acabados en -mente de este artículo y buscad la manera de sustituirlos con las estrategias que os he ofrecido. ¡Convertíos en mi corrector de estilo por un día! ¡Ah, lo olvidaba! En apenas unos
La coma vocativa
Seguro que ya echabais de menos un artículo sobre nuestros queridísimos (y en ocasiones odiadísimos) signos de puntuación. Pues se acabó la espera. ¿Os acordáis de cuando hablamos de la traicionera coma criminal? Pues hoy nos toca hablar de su prima, la otra gran pesadilla de todo alumno de los talleres literarios: la coma vocativa. ¿Qué es el vocativo? Pero antes de hablar de este error, en el que caemos con una frecuencia asombrosa, hay que ir al origen del problema. Para empezar deberíamos explicar un poco qué es eso del vocativo. Ya hablamos brevemente de ello hace un tiempo, en este artículo, pero hoy vamos a profundizar mucho más. El diccionario de la Real Academia Española es muy conciso: «Dicho de una expresión nominal: que se usa en función apelativa». Es como señalar a una persona dentro del texto. Y nos pone un ejemplo muy básico pero a la vez perfecto, que vamos a utilizar también nosotros: «Pepe, ven un momento, por favor.» Atendiendo la definición, no cuesta mucho apreciar a qué estamos apelando. A quién, en realidad: Pepe. Este señor es por tanto el vocativo de esta frase, nos referimos a él, y suele ser nuestro interlocutor, alguien con quien estamos hablando. También se le llama «apelación» o incluso «apóstrofe». De hecho, el vocativo más famoso e utilizado es el del encabezamiento de las cartas y correos electrónicos. Cuando decimos «Hola, querida Ana» estamos usando un vocativo («querida Ana»). Se utiliza incluso en otros idiomas. ¿Os acordáis de la película «Good Morning, Vietnam»? Pues ahí está, otro vocativo, y en este caso ni siquiera es una persona, sino el nombre de un país. Pero su función es la misma: apelar a un individuo o a un grupo de individuos. Algunos de vosotros me diréis que en todos estos casos esos vocativos son también los sujetos de sus respectivas oraciones. Pues no, en ninguno de esos caso. Pepe no es el sujeto. Bueno, un poco sí, porque en realidad el sujeto de esa frase es «tú» (que hace referencia a Pepe), aunque no aparezca. Ya sabéis que el sujeto no es necesario nombrarlo siempre, en ocasiones se sobrentiende. Lo que sí debe ir es junto al verbo. Salvo en contadas excepciones, jamás se separa de éste. Por tanto, ese «Pepe» utilizado como apelación impide que sea el sujeto. Y para indicarlo con claridad usamos esa coma, nuestra querida «coma vocativa». Por qué hay que usar la coma vocativa Respuesta rápida: porque lo dicen las reglas de la gramática. Punto. Esto es lo que os dirán en la mayoría de cursos de ortografía, como es lógico, pues lo habitual es centrarse en la práctica y dejar de lado la teoría. Se tiene que hacer así y ya está. Pero una vez más es bueno profundizar en el motivo de las cosas, bien por pura curiosidad o bien para entenderlo mejor. Antes he comentado que la coma vocativa nos ayuda a indicar la presencia del vocativo, pero en realidad la función de esta coma no es la de señalar este elemento, porque éste se aprecia por sí mismo sin dificultad alguna debido a la misma construcción de la frase. Es más, en el lenguaje hablado contamos con una herramienta muy potente: la entonación. Durante una conversación, si le pedimos a Pepe que venga un momento, impregnaremos la mención del susodicho con una ligera entonación. Y como añadido, haremos una pausa tras mencionarlo (tras apelar a él). Siempre. Pensad en cualquier frase en la que estéis apelando directamente a otra persona. Todas y cada una de ellas te obligan a hacer esa pausa cuando las pronuncias en voz alta. ¿Y cómo hacemos pausas en el lenguaje escrito? Exacto, mediante las comas. Cómo se usa la coma vocativa Y ahora viene la norma reglada, que espero que entendáis mejor tras lo comentado antes: el vocativo se separa del resto de la frase mediante comas, siempre y sin excepción alguna. No importa dónde coloquemos el vocativo, si al principio de la frase, en mitad de ella, o al final. En la oración ejemplo de la RAE, sería correcto decir «Ven un momento, Pepe, por favor» o «Ven un momento, por favor, Pepe». Y ojo, porque eso también es algo que debéis considerar. Un vocativo suena mucho más natural si va al principio o al final de la frase, y suena más artificial si corta una frase. Pero eso ya es un tema de estilo literario, algo más avanzado y que ya tratamos en otro artículo anterior. Esta norma la tenemos que seguir al pie de la letra, sin que un profesor de narrativa como yo os lo diga. Es importantísima, porque un mal uso de la coma vocativa puede alterar el significado de una frase de manera radical. A veces de manera hilarante, como si escribimos «vamos a saltar chicos» en vez de «vamos a saltar, chicos». ¿Verdad que no estamos diciendo lo mismo ni de lejos? Pues ahora imagina que te equivocas y escribes «hora de cenar hijos», cuando lo que querías decir es «hora de cenar, hijos». La coma vocativa: inexcusable La correcta utilización de la coma vocativa es por tanto de obligado cumplimiento. Sin excusas de ningún tipo. No nos vale eso de que «ya vendrá el corrector de la editorial a corregírmelo». Porque si cometes ese error de manera habitual, te aseguro que el editor que te lea tendrá una pésima imagen de tu profesionalidad y calidad como escritor, así que probablemente ese manuscrito jamás llegue a ese corrector que habría arreglado tu desaguisado. Si queremos ser escritores a un nivel profesional debemos tener claros cimientos tan básicos como ese, ya que están entre los fundamentos de la gramática y sintaxis de nuestro idioma. Recuerda siempre: si estás apelando directamente a alguien en tu frase, si le hablas a él mencionándole, estás utilizando un vocativo. Si tienes dudas, la mayoría de veces te ayudará algo tan sencillo como pronunciar la oración en voz alta. Si por
Los signos de interrogación
¡La de veces que hablamos de ortografía en este blog! ¿Verdad? Pero ya sabéis que también tengo predilección por conocer la historia de las cosas. ¿Qué os parece si mezclamos ambos elementos? Quizás aspectos como la gramática o la ortografía os parezcan muy pesados y densos. Es más, os entiendo a la perfección. La teoría literaria puede resultar asfixiante incluso en boca de un profesor de narrativa como yo, pero podemos hacerla más divertida buceando un poco en facetas que de manera habitual no tratamos: el origen histórico de algunos de estos elementos de nuestro idioma. Y empezaremos, si os parece bien, por los signos de interrogación. El uso de los signos de interrogación Los usamos a todas horas y ni siquiera nos planteamos cómo aparecieron: los signos de interrogación. Bueno, a decir verdad, hoy en día los usamos cada vez menos. Con el crecimiento de las redes sociales y los servicios de mensajería telefónicos, como WhatsApp o Telegram, ya es más habitual ver frases con un sólo signo de interrogación, el de cierre, que con dos. Ya sabéis que yo no soy un extremista en ese sentido: considero que en ámbitos informales no hay problema alguno si también somos informales en nuestra manera de escribir. Siempre y cuando, por supuesto, nos comuniquemos de manera comprensible. Pero recordad que lo correcto es uno para abrir la frase interrogativa y otro para cerrarla, sobre todo en textos formales, ya sea una novela o un formulario oficial. Supongo que no hará falta definir los signos de interrogación, pero aún así vamos a hacerlo: son esos símbolos que utilizamos para representar en un texto la entonación de un enunciado interrogativo. O sea, una pregunta. La mayoría de preguntas que formulamos tienen ese tonillo característico (salvo las indirectas, como «no sé qué voy a hacer para salvarlo»), que en español representamos con los signos de interrogación de apertura y de cierre: uno con el punto hacia arriba y el otro hacia abajo, respectivamente. Eso es algo que todos sabemos. ¿Pero y si te dijera que el español es el único idioma que usa las aperturas para los signos de interrogación? Por qué usamos los signos de interrogación de apertura Así es. No vas a encontrar ningún otro idioma en el mundo que tenga signos de interrogación de apertura. Esto es debido a la manera de construir nuestras oraciones, que no permite advertir desde el principio de la oración si estamos haciendo una pregunta. Algo que no ocurre por ejemplo en inglés, donde se trastoca el orden de los elementos de la frase para advertirle al lector que estamos formulando una pregunta. Veámoslo con unos ejemplos muy simples: «You are stupid.» «Are you stupid?» Se ve a la perfección, ¿verdad? En la pregunta hemos invertido el orden de los elementos, lo cuál nos indica que estamos demandando una respuesta a una pregunta. Por no hablar de que en inglés tienen varias palabras que por sí mismas ya indican interrogación, las WH-questions (what, why, who, where, etcétera). Pero en español tenemos la suerte de poder mantener la estructura y marcar la intención interrogativa con un par de sencillas marcas. Eso sí, necesitamos el signo de apertura para que el lector advierta desde el primer instante que estamos preguntando, ya que en la escritura no se puede adivinar el tono como en el lenguaje hablado. A priori es mucho más sencillo que en inglés, dónde vamos a parar. Pero es en lo único que ganamos, porque en el resto el español es un idioma mucho más complejo. Un poco de historia Los primeros signos de interrogación que conocemos datan de manuscritos del siglo V. Concretamente se utilizaron en una versión de la Biblia escrita en idioma siríaco, derivado del arameo. Lengua que fue la dominante en el Medio Oriente en la época en cuanto a textos de carácter literario se refiere. Es ahí donde encontramos el primer signo de interrogación, cuyo aspecto en cualquier caso no tenía nada que ver con el que conocemos en la actualidad. Era algo así como un apóstrofe pero con dos puntos verticales (݃), y tenía un nombre un tanto difícil de pronunciar para nosotros: zawgā ‘elāyā. En cualquier caso, sólo se utilizaba para marcar las oraciones interrogativas cuya respuesta era sí o no, y así evitar confusiones por ambigüedad. Era un signo de apertura, porque se colocaba sobre la última letra de la primera palabra de la pregunta. Luego llegaron los griegos, que por supuesto no podían faltar. A partir del siglo VIII, los cronistas helenos empezaron a usar un signo de interrogación en sus escritos, que tenía la apariencia de un punto y coma. Pero en lo que a nosotros respecta, los hablantes en español, el asunto comienza a ponerse interesante con el afianzamiento del latín, lengua en la que encontramos al primer ancestro real de nuestros queridos signos de interrogación. Se trata del punctus interrogativus, visto por primera vez en un manuscrito del siglo XI, durante el período carolingio, y que todavía funcionaba sólo como signo de cierre. Como es imposible representarlo a través de los procesadores de texto actuales, podéis encontrarlo en la imagen que os pongo a continuación: justo en el centro de la imagen; es esa especie de «d» en la tercera línea, elevada sobre el punto y medio inclinada. La evolución de los signos de interrogación El uso del punctus interrogativus se propagó más rápido que el reggaeton. En poco tiempo se popularizó hasta el punto de que se utilizaba en todos los manuscritos litúrgicos. Al fin y al cabo, este símbolo era de una enorme ayuda porque indicaba la entonación de la pregunta, algo muy útil cuando el texto debía recitarse o cantarse en una ceremonia religiosa. Tanto fue así que empezaron a añadirse otros signos, como el punctus elevatus, que daría lugar a nuestros dos puntos. La forma del punctus interrogativus fue derivando hasta convertirse en el que hoy conocemos. En cuanto a nuestra costumbre de utilizar un signo de interrogación de
Los errores de concordancia
La escritura literaria es un arte complejo, mucho más de lo que creemos cuando damos nuestros primeros pasos. Estamos ante un oficio con infinidad de trampas en las que caer, de tipo muy distinto, y que debemos vigilar cada vez que damos un paso. Muchas las hemos visto en artículos anteriores (y las que nos quedan), como las repeticiones o la coma criminal, por mencionar algunas de las más recientes. Gramática, ortografía, estilo… Son tantos los frentes abiertos a la hora de crear un texto de carácter literario que es comprensible quedar abrumados cuando empezamos. Sin embargo, hay un fallo en particular en el que caemos casi con igual frecuencia tanto los autores noveles como los veteranos, y del que vamos a hablar hoy: los temidos errores de concordancia. Qué son los errores de concordancia Los errores de concordancia, como muchos otros que cometemos al escribir, provienen sobre todo del lenguaje oral, y algunos han arraigado tanto que ni cuando los analizamos específicamente nos parecen fallos. ¿Pero qué entendemos por «errores de concordancia»? Para comprenderlo es tan sencillo como recordar una de las máximas lingüísticas del español (bueno, en realidad de cualquier idioma): la relación entre ciertos elementos de la frase debe ser coherente. Digámoslo de manera más sencilla todavía, y con un ejemplo: Los piratas abordaron el galeón. Si el sujeto de tu frase es plural («los piratas»), el verbo que afecta a dicho sujeto también debe serlo («abordaron»). Puede parecer una tontería, pero no os podéis ni imaginar cuántas veces nos equivocamos en esto. Y da igual que estés empezando, que hayas estudiado en un montón de talleres literarios, o que seas un escritor profesional: se te van a escapar alguno de estos errores en mayor o menor medida. De hecho, en este mismo párrafo he cometido uno de estos errores de concordancia de manera consciente. Si eres capaz de encontrarlo, ponlo en los comentarios. Errores de concordancia de número Existen diversos tipos de errores de concordancia, dependiendo de dónde y cómo sea la discordancia. Empezaremos con un error de número, o lo que es lo mismo, cuando el sujeto y el verbo no coinciden en su condición de singular o plural. La frase de los piratas era muy simple, tanto que es casi imposible que nadie caiga en dicho error de concordancia con un «los piratas abordó el galeón». Pero no siempre es tan sencillo. La cosa puede llegar a complicarse bastante. Fijémonos en esta frase: El capitán y el timonel coincidió en que aquel era el rumbo adecuado. A veces ocurre que la presencia de dos sustantivos distintos en el sujeto, ambos en singular, nos confunde. Esto puede llevarnos a utilizar un verbo también en singular, lo cuál es un error de concordancia. Puesto que el sujeto no representa a un solo individuo, sino a dos: el capitán y el timonel. Aunque cada uno de ellos esté en singular, forman un conjunto de dos, por lo que la frase debería ser: «El capitán y el timonel coincidieron en que aquel era el rumbo adecuado». ¿Pero crees que eso es lo más complicado que te vas a encontrar? ¡Subo la apuesta! Te voy a mostrar posiblemente el error de concordancia más cometido de nuestro idioma. Veamos la siguiente frase: El equipo de futbolistas entrenaban con mucha ilusión. Este ya no es tan fácil de pillar, ¿verdad? Apuesto a que a más de uno os ha costado detectarlo. Aquí vemos que el sujeto de la frase, «el equipo de futbolistas», representa a un colectivo de personas. El hecho de que «futbolistas» esté en plural no hace más que potenciar esta impresión. Sin embargo, el verbo no está haciendo referencia a «futbolistas». Está conectado de manera directa con «equipo», que aunque es una palabra que aglutina a varias personas, sigue siendo un término singular. Por tanto, el verbo también debería serlo: «El equipo de futbolistas entrenaba con mucha ilusión». Errores de concordancia de género ¡Ay, pero ojalá eso fuera todo! Porque si nos podemos equivocar en la relación de número entre el sujeto y el verbo, también nos puede ocurrir lo mismo entre el género de dos elementos conectados o incluso no conectados, lo que nos hará caer en uno de estos errores de concordancia. Veámoslo con un ejemplo que nos aclare este galimatías: Los jóvenes quedaron fascinados con el águila posado sobre el montículo. Aquí hay diversos aspectos que nos llevan a otro de nuestros ya odiados errores de concordancia. Por un lado, el artículo «el», que precede a «águila», que aunque es un sustantivo femenino, utiliza el artículo masculino para evitar caer en una cacofonía («la águila»). Además, anda por ahí mareando también «el montículo», una construcción también en masculino. Todo esto nos lleva a un comprensible error: olvidar que el verbo «posar» se está refiriendo a «águila», que como ya hemos dicho es una palabra femenina. Por tanto, la expresión correcta sería: «Los jóvenes quedaron fascinados con el águila posada sobre el montículo». Errores de concordancia de tiempo ¡Si me dieran un euro por cada vez que veo uno de estos errores de concordancia de tiempo! Entre mis alumnos de los cursos de escritura narrativa del Método PEN me los encuentro a todas horas. Lo cuál es totalmente comprensible, ya que nos pasamos todo el rato trabajando con distintos tiempos verbales, dependiendo del narrador que necesitamos en cada texto: que si una vez elegimos hacer una narración en tercera persona y en pasado, que si ahora nos apetece un thriller en presente… Esto hace que cuando todavía estamos formándonos como escritores, incluso con el apoyo que brindan las clases literarias, caigamos en estos errores de concordancia con cierta asiduidad. Vamos con un nuevo ejemplo: Frodo miró con atención el Anillo Único; siente que le habla mediante susurros tentadores. Es fácil detectar el fallo una vez cometido, pero en el momento de escribir es posible que no seamos conscientes de que hemos empezado la narración en pasado y de pronto se nos ha ido a presente.
¿Los vulgarismos hay que evitarlos siempre?
¡Hola a todos, queridos amantes de las letras! Hoy voy a empezar con una frase que no es mía, pero que dejaré caer para que la analicéis, porque luego reflexionaremos sobre ella. Es esta: «¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!». Quizás más de uno la reconozcáis, pero de eso hablaremos luego. Ahora quiero que os fijéis en el vocabulario que utiliza el autor de la oración. Resulta obvio que tiene varias incorrecciones que en apariencia están muy fuera de lugar en un texto de carácter literario. Ese «mia» y ese «pué» no aparecen en el diccionario por ningún lado, y eso es porque se trata de un tipo de términos llamados «vulgarismos», que es de lo que hablaremos hoy. ¡Empezamos! Qué son los vulgarismos En realidad casi no hace falta ni explicarlo, ya que la propia palabra es bastante esclarecedora acerca de su significado, pero nunca está de más desarrollarlo un poco (me puede la vena de profesor de cursos de narrativa): los vulgarismos son esos términos o incluso expresiones utilizados durante nuestro habla del día a día y que no se consideran correctos dentro del estándar lingüístico. Los conocéis de sobra, ya que por fortuna o por desgracia los utilizamos a todas horas. ¿Quién no ha escuchado alguna vez a alguien decir amoto o haiga? ¡Seguro que incluso habéis pecado de eso vosotros mismos! Tenemos tendencia a pensar que el uso de vulgarismos es un signo de ignorancia, de falta de estudios o de pertenencia a una clase social baja. Y aunque este es uno de los escenarios en el que proliferan los vulgarismos, no siempre es así. Hay mucha gente culta a la que se le escapan los vulgarismos cuando habla. A mí mismo me ocurre en ocasiones, que para eso soy andaluz, sobre todo cuando estamos en un ambiente distendido. Y a diferencia de lo que pueda parecer, no hay ningún problema en ello, siempre y cuando sea algo que podamos controlar y sepamos hablar (y sobre todo escribir) de manera más correcta cuando la situación lo requiera. Tipos de vulgarismos Los vulgarismos más evidentes y prolíficos tienen que ver con el aspecto fonético, ya que derivan del lenguaje hablado. Hay que tener mucho cuidado con ellos para que no salpiquen nuestra escritura de manera descontrolada, lo cuál no es fácil al principio de nuestra carrera como autores, ya que algunos están tan arraigados en nosotros que podemos llegar a pensar que esas palabras realmente se escriben así. Este tipo de vulgarismos se llaman prosódicos, y en ellos se sustituyen o se agregan sonidos (abuja por aguja; o el famoso amoto), se cambia su orden (naide por nadie), se reduce la palabra (usté por usted) o se altera la posición de un acento (intérvalo por intervalo). Otros vulgarismos en cambio tienen que ver con el aspecto morfológico, por ejemplo cuando confundimos el género de las palabras («la alma» en vez de «el alma») o por conjugar de manera incorrecta algunas formas verbales. De estas hay muchas y en ocasiones dan lugar a construcciones hilarantes: haiga (por haya), bendicir (por bendecir), ves (ve, del verbo ir), satisfació (en vez de satisfizo), semos (por somos) o tie (por tiene). También tendríamos los vulgarismos léxicos, derivados de la confusión de ciertas palabras (“destornillarse de risa” en vez de “desternillarse de risa”) o los sintácticos, que no son más que las típicas incoherencias de concordancia verbal: «Han habido veinte asesinatos» cuando lo correcto sería «ha habido veinte asesinatos». ¿Hay que evitar los vulgarismos siempre? La mayoría de estos vulgarismos son herencias que recibimos del estrato social y regional donde hemos crecido. En mis clases de escritura tengo a alumnos de diversas nacionalidades hispanohablantes, y cada uno tiene dejes muy propios. Como digo, en condiciones coloquiales, fuera de lo formal, muchos de estos vulgarismos no pasan de ser rasgos curiosos e incluso adorables propios de los localismos de una zona concreta. A título personal nunca he tenido ningún problema con eso, siempre y cuando el uso de estos vulgarismos no sea algo que impida una comunicación y entendimiento fluido con la persona con la que hablo. No soy tan talibán como para afear a nadie por soltarme un pa qué mientras hablamos. Obviamente, la literatura es harina de otro costal. Cuando escribimos nos debemos, entre otras cosas, a la corrección. No es aceptable cometer faltas ortográficas (porque eso son en el fondo), ni siquiera amparándonos en que esos vulgarismos forman parte de nuestro habla tradicional. ¿Pero es siempre así? ¿Nunca debemos usar vulgarismos en nuestros escritos? Bien, ahora es cuando vamos a volver a la frase del inicio. ¿La recordáis?: «¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!». Técnicamente hablando, está mal escrita, y mucho. ¿Pero y si os dijera que esta oración forma parte de una de las obras más destacadas de la literatura hispana? Algunos lo habréis adivinado: Se trata de La Regenta, de Leopoldo Alas «Clarín». ¿Cómo puede ser que semejante autor cometiera tal error? Pues porque no lo ha cometido. De hecho, son sus personajes quienes lo cometen. Y esta es precisamente la excepción de la regla: los vulgarismos no sólo son aceptables cuando los utilizamos en personajes, sino que son una herramienta excelente para caracterizarlos. Forma parte de su esculpido. De hecho, cuando hablo de la construcción de los personajes a mis alumnos en mis talleres literarios, es algo en lo que incido de manera muy concreta. Conclusiones En resumen, en la vida real no deberíamos agobiarnos ante el uso de vulgarismos, siempre que no afecte a la comunicación con los demás. Es más, este es el método en que los idiomas evolucionan, a base de los cambios que sutilmente se producen por parte de los hablantes. Cuando escribimos, en cambio, tenemos que ser mucho más estrictos y evitar cualquier palabra o expresión que no sea correcta, sobre todo cuando habla el narrador. Salvo que dicho narrador sea también un personaje. Tanto en este caso como en los diálogos, se
¿El corrector ortográfico de Word es fiable?
Ahhh, aquellos tiempos en que el autor escribía al ritmo machacón de las teclas de la máquina de escribir tradicional. Muchos de los que asistís a mis talleres literarios quizás jamás hayáis pasado por ello, pero os aseguro que era un auténtico… coñazo. Sí, tal cual. La nostalgia suele jugarnos malas pasadas y recordarnos las cosas de una manera demasiado bucólica. Porque yo todavía me acuerdo de que cada vez que cometías un error ortográfico tenías que cubrirlo con ese líquido corrector llamado tippex (por asociación con la empresa más famosa que aún hoy la comercializa). No lo hecho de menos ni siquiera un poquito. La tecnología ha facilitado mucho el trabajo de los escritores. Ahora contamos con herramientas como los ordenadores, los procesadores de textos y aquello de lo que hablaremos hoy: el corrector ortográfico. Nuestro trabajo no sería igual sin él. Sin embargo, ¿hasta qué punto podemos fiarnos de él? El corrector ortográfico: una herramienta imprescindible Ya sabéis lo que me gusta el aspecto histórico de las cosas de las que hablo, así que un par de curiosidades: aunque los primeros correctores ortográficos nacieron casi a la par que los ordenadores, en los años 70, no fue hasta los 80 que apareció en MS-DOS el primero en el idioma español, y tuvo un nombre la mar de apropiado: Escribién. Luego, con el auge de los procesadores de textos, entre los que triunfaría las distintas ediciones de Word, se fueron incluyendo correctores ortográficos en todos ellos. Bueno, en realidad al principio no eran correctores ortográficos como tales, pues no corregían nada. Ni siquiera te mostraban la alternativa correcta, simplemente te indicaban que la palabra no estaba bien escrita. Ahora no entenderíamos escribir sin esta fabulosa herramienta. Nos hemos acostumbrado a ver esos subrayados o resaltados en rojo, hasta el punto de que tendemos a acomodarnos y confiar en lo que nos dice el corrector ortográfico. Y ahí es cuando surge el problema, en que esa confianza nos ciegue y nos incite a ceder nuestra responsabilidad como escritores en un programa informático que de infalible no tiene nada. Os lo voy a demostrar con ejemplos. El corrector ortográfico, un trilero ocasional Algunos de los errores que nos provoca el uso de un corrector ortográfico se entienden mejor si nos paramos a pensar en cómo funciona. Estas aplicaciones no son más que «comparadores» encargados de comprobar si cada palabra que escribimos existe en el diccionario. Si es así, entonces no la marca como incorrecta, pero en caso contrario actúa: según la configuración del procesador, te indicará el posible error o, además, tal vez te proponga un término que considere más adecuado. Los correctores más modernos, además, también tienen en cuenta la gramática. Pero lo que todavía no saben hacer, al menos no de manera infalible, es analizar la semántica. ¿De qué te estoy hablando? Pues de manera muy, muy resumida, la semántica se centra en que las frases tengan sentido. Y eso depende mucho de la interpretación subjetiva, algo que a un programa informático le viene grande (de momento, porque la IA está avanzando a pasos agigantados). Os pongo un ejemplo muy sencillo de entender a través de una frase tan simple que os hará enrojecer: «El pobre hombre se apoyó en el callado antes de empezar a caminar.» Bien, seguro que lo veis. Yo también, os lo aseguro: he escrito «callado» cuando debería haber utilizado «cayado». Pero mi procesador de textos (donde preparo los artículos antes de subirlos al blog) no me ha indicado ningún tipo de error. Esto es justo a lo que me refería. El corrector incorporado analiza palabra por palabra. Al llegar a «callado», ha interpretado que en efecto es una palabra que existe, un adjetivo derivado del participio del verbo «callar», y por tanto no le llama la atención. El corrector no se para a pensar en si este término es el adecuado para el contexto en el que yo la he puesto. Es como si un programa analizara la siguiente imagen de un tortufante (muy ingenioso, ¿verdad?): vería la cabeza de elefante y el cuerpo de tortuga, y como ambos animales existen, no marcaría que es un montaje fotográfico. Algunos errores comunes del corrector ortográfico Y ahora imaginad que esta fuera una frase de una novela que estoy escribiendo. Llevo horas dándole a la tecla, metido por completo en desarrollar la historia, estoy cansado, tengo la vista agotada y mi atención no está al cien por cien. La posibilidad de que cometa un desliz y no lo advierta es real. No pasa nada, para eso está el proceso de revisión. Pero si deposito todas mis confianzas en el corrector de mi procesador, quizás entonces tampoco repare en este pequeño gazapo, al no ver ninguna marca. La mayoría de fallos debidas al corrector ortográfico vienen dadas por este tipo de confusiones de palabras similares: mas o más; apagar o a pagar; baca o vaca… Simples fallos de tecleado por nuestra parte, producto del cansancio o el atolondramiento propio del proceso de escritura (cuando la inspiración nos consume, momento en el que jamás hay que pararse a corregir), y que para nada son indicativos de que un escritor sea mejor o peor. Os prometo que le pasa tanto a los alumnos de mis talleres de escritura como a los lectores más renombrados. Pero a veces también ocurre lo contrario, que el corrector indica fallos que no existen en realidad. Es muy habitual con las concordancias. Por ejemplo, al escribir «tuvieron que embarcar en un viaje juntos», me subraya «un viaje juntos» y me sugiere dos opciones supuestamente correctas: «un viaje junto» o «unos viajes juntos». Conclusiones ¿Cómo podemos conseguir que el corrector ortográfico de nuestro procesador de textos no nos engañe? Pues sólo hay una manera: prestar atención, mucha atención. Sobre todo durante el proceso de revisión que le hagamos a nuestros borradores. Nunca deis por bueno lo que el corrector haya marcado o dejado de marcar, no caigáis en la vagancia. Por muy aburrido que
Los verbos comodín
Sí, ya lo sé, no paro de decíroslo un artículo tras otro: una de las principales características del español es la variedad. Os lo comenté en el artículo sobre el nombre de nuestro idioma o en el de los gerundios. A pesar de ello, y aunque tenemos un montón de alternativas para plasmar en papel cualquier cosa que se nos pase por la cabeza, también existen ciertas palabras que nos sirven en diversas situaciones. Hoy vamos a hablar de uno de estos tipos de palabras, cuyo nombre ya lo dice casi todo: los verbos comodín. Qué son los verbos comodín Como os adelantaba, su propio nombre es esclarecedor: Los verbos comodín son aquellos que se pueden utilizar para expresar distintas acciones, y que pueden utilizarse en contextos muy diferentes y realizar funciones gramaticales diversas. Se caracterizan por ser muy versátiles y flexibles, lo que los convierte en un recurso común y, por tanto, ampliamente utilizado. Sobre todo en el lenguaje hablado. La definición quizás os deje un poco helados, pero lo entenderéis enseguida con unos ejemplos. Porque al fin y al cabo estamos ante los verbos más utilizados de nuestra lengua. Me refiero a verbos como «ser», «estar», «dar», «decir», «tener», «hacer» o «poner». El verbo “hacer” es, sin duda alguna, el rey absoluto entre los verbos comodín. Estamos de lejos ante el más utilizado en español, ya que es la base para expresar un sinfín de acciones de todo tipo. Por ejemplo, solemos decir «hacer una llamada», «hacer una pregunta», «hacer unos macarrones», «hacer unos calcetines» o «hacer una canción». Por si fuera poco, también lo utilizamos para indicar el tiempo que ha pasado, como en «hace meses que no quedamos». ¡Pero aún hay más! Porque también sirve para expresiones idiomáticas, lo que solemos conocer como frases hechas del tipo «hacer el ridículo» o «hacerse el muerto». Y seguro que se os ocurren muchos más ejemplos, así que dejádmelos en los comentarios. Otro de los verbos comodín más habituales en español es «tener». Lo usamos para expresar posesión, como “tener una casa” o “tener un coche”. También es útil para indicar estados emocionales o físicos, como “tener hambre” o “tener sueño», aunque esto básicamente no es una acción de posesión. Y, una vez más, también está muy presente en las frases hechas, como en “tener la sartén por el mango» o «tener mala leche». Tampoco se queda corto en usos el verbo «dar». Este comodín se utiliza para expresar la acción de entregar algo, como “dar un regalo” o “dar un beso», pero también para expresar acciones que se realizan, como “dar una conferencia” o “dar una clase”. Y, como no, en muchas expresiones idiomáticas. ¿Nunca le has «dado la murga» a nadie? Pues eso. El verbo “ser” se utiliza para expresar identidad o esencia, como “ser inteligente” o “ser una persona amable”. También se utiliza para indicar la hora o la fecha, como “son las dos de la tarde” o “es el 5 de mayo”. Y también en expresiones hechas como “ser un hueso duro de roer”. El problema de los verbos comodín Supongo que ya habréis intuido por dónde van los tiros: los verbos comodín son super útiles, porque valen para un montón de situaciones. Tanto que la tentación de utilizarlos en detrimento de otros más concisos es enorme. Esto también os lo he dicho varias veces, tanto a vosotros como a mis alumnos en los talleres y cursos de narrativa que imparto: en literatura necesitamos siempre ser precisos a la hora de elegir la palabra con la que queremos expresar lo que tenemos en mente. Pero claro, si disponemos de unas palabras que nos sirven para tantas cosas, ¿por qué aprendernos otras? Os pondré un ejemplo: «La madre de Luisa nos hizo unos calcetines para nuestra hija.» No parece que haya nada malo en esta frase, ¿verdad? Y de hecho no lo hay. El verbo «hacer» es completamente correcto. Pero también podríamos dejarla tal que así: «La madre de Luisa nos tejió unos calcetines para nuestra hija.» ¿Qué hemos conseguido con este cambio? Pues hemos usado un verbo no tan habitual pero más concreto incluso. Estarás pensando que ya ves tú, da igual, porque estamos diciendo lo mismo. Sin embargo, ahora imaginemos que en el mismo texto utilizamos este verbo comodín muchas más veces. De hecho, pongamos que es nuestra principal estrategia a la hora de construir las frases: «hacer una casa», «hacer un asado», «dar un abrazo», etcétera. Lo que estamos dando a entender al lector es que nuestro vocabulario está limitado a utilizar el verbo comodín, que no conocemos más opciones. Eso denota pobreza léxica. Porque, como siempre os digo, el abuso hace que cualquier recurso se vuelva incorrecto. ¿Cómo solucionar esto? Es tan sencillo como intentar utilizar los verbos concisos para cada acción. En lugar de decir que alguien está «haciendo una casa», sería más apropiado decir que está «construyendo una casa»; o «cocinando un asado»; o que nos «abrazó». Os pongo una pequeña lista con ejemplos de expresiones con verbos comodín y sus equivalencias más concisas: ·Hacer un viaje: viajar ·Hacer un dibujo: dibujar ·Hacerte una mancha: mancharte ·Dar la mano: estrechar la mano ·Dar un susto: asustar ·Tener dos metros: medir dos metros ·Tener un mal comportamiento: comportarse mal ·Dar una carta: entregar una carta ¿Veis cuántas opciones existen? No hay nada de malo si decimos que uno de nuestros personajes le dio la mano a otro, pero es mejor escribir que le estrechó la mano, porque así evitamos utilizar un verbo que seguramente usaremos muchas más veces a lo largo de nuestra novela. Por eso de las temidas repeticiones. Además, es importante recordar que el uso excesivo de los verbos comodín puede llevar a ambigüedades y confusiones en la comunicación. Conclusiones Así que ya veis, la cuestión es apelar una vez más a la variedad de nuestro idioma. Utilicemos todas las opciones que nos ofrece el español, variemos entre formas verbales y construcciones para aprovechar su rico vocabulario. Concisión,
Las cacofonías
Hace un par de meses estuvimos hablando de uno de los errores más habituales entre los escritores que empiezan su carrera, las repeticiones de palabras. Os comentaba, por ejemplo, que es un defecto heredado de nuestro lenguaje hablado, y que es prueba de pobreza léxica en el autor, de falta o mal dominio del vocabulario. Y relacionado con este problema de las repeticiones tenemos otro que está más centrado en el aspecto fonético. Porque sí, la lectura suele ser una actividad mental y no oral, pero aún así los sonidos son muy importantes, porque nuestra mente también los interpreta al leerlos. Así que hoy trataremos este tema: las cacofonías. Qué son las cacofonías Su definición es muy sencilla: es el abuso por proximidad de ciertos sonidos en un texto escrito, lo cual hace que se vuelvan repetitivos y estropeen la lectura. Lo normal es que se aprecie en el inicio o el final de las palabras y destaca sobre todo cuando se da en consonantes. Pongamos un ejemplo: «Su suegro sufría su sordera en soledad.» Como podemos apreciar, la frase está repleta de fonemas /s/, además de las sílabas «su» y «so», lo cual crea una sensación poco agradable. Yo diría que da la impresión de ser todo demasiado uniforme. Pero ojo, porque también puede darse en vocales. El ejemplo más claro se da en una forma verbal muy utilizada en narrativa de ficción, el «-ía» del pretérito imperfecto y el pretérito pluscuamperfecto: «El rey Teopompo sabía que había que luchar contra Mesenia, y por eso tenía en mente que debía reformar las leyes espartanas.» Para ser del todo estrictos, y como ya os comenté en el artículo sobre las repeticiones, hay que reconocer que no estamos ante fallos a nivel ortográfico, gramático o en lo que a sintaxis se refiere. No importa si llenas tu texto de repeticiones fonéticas, las frases pueden ser correctas. Pero somos escritores, hacemos literatura, y eso exige un extra que va más allá de lo habitual: debes cuidar la forma en la que narras para no crear disonancias ni elementos que estropeen la experiencia lectora. Y las cacofonías son con toda probabilidad uno de los vicios que más afea un texto. Cómo detectar y solucionar las cacofonías La detección de las cacofonías debe abordarse durante el proceso de revisión de cualquier texto. Suele recomendarse al autor primerizo que durante la escritura inicial no se detenga a pensar en estas cosas, pues es el momento de la creación pura, de dejar volar la imaginación. Es luego, durante el odiado proceso de corrección, cuando hay que buscar estos fallos. ¿Y cómo hacerlo? Pues tenemos dos métodos: leer con atención, poniendo especial énfasis en estas repeticiones, a poder ser en voz alta, pues ayuda a captar esos sonidos de los que abusamos; o bien utilizamos el buscador de nuestro procesador de texto para encontrar esas cadenas de caracteres que la experiencia nos dice que son nuestros puntos débiles. Por ejemplo, si abusas de los gerundios (como vimos en su correspondiente artículo), hasta el punto de que llegan a convertirse en una cacofonía, sólo tienes que buscar «ndo» en el mencionado buscador. Una vez detectados, la mejor manera de solventar el problema pasa por eliminar estos fonemas o sílabas repetidas mediante la sustitución y la reescritura. Tomemos el ejemplo de antes y veamos cómo se podría arreglar: «El rey Teopompo sabía que la lucha contra Mesenia era inevitable, y por eso siempre tuvo en mente la reforma de las leyes espartanas.» Como veis, de las cuatro terminaciones «ía» nos hemos quedado sólo con una. Perdemos la cacofonía y de paso nos aparece una frase con una redacción mucho más natural y agradable. Las cacofonías no siempre son un error En efecto. Porque esa es la grandeza de la literatura: que incluso la norma más inamovible puede romperse en las circunstancias adecuadas. Y siempre que el escritor sepa hacerlo (de ahí la importancia de conocer y dominar dichas reglas). Las cacofonías no son una excepción en ese sentido. ¿En qué condiciones este vicio puede convertirse en un recurso a nuestro favor? En la poesía, por ejemplo, un formato en el que se busca más si cabe las reacciones emocionales del lector. De hecho, la poesía rimada se basa en la cacofonía. Y os lo voy a demostrar con un poema precioso de Rosalía de Castro: Cando penso que te fuches negra sombra que me asombras, ó pe dos meus cabezales tornas facéndome mofa. Cando maxino que es ida no mesmo sol te me amostras i eres a estrela que brila i eres o vento que zoa. Si cantan, es ti que cantas si choran, es ti que choras i es o marmurio do río i es a noite, i es a aurora. Aunque los versos estén en gallego, se aprecia a la perfección esas cacofonías que la maestría de la poeta consigue hacer brillar. De hecho, no los he marcado para que seáis vosotros quienes intentéis detectarlos. No os costará mucho. Pero desde luego donde más aceptadas están las cacofonías es en la literatura infantil, en especial en los refranes y sobre todo en los trabalenguas. ¿Hace falta poner ejemplos de tristes tigres comiendo trigo en un trigal? Conclusiones Como veis, la literatura es capaz de sacar provecho hasta de los errores en apariencia más insalvables. Pero cuidado, no creamos que la flexibilidad de este arte es un cheque en blanco para hacer lo que queramos. Si estás leyendo estoy lo más probable es que estés todavía iniciando tu camino como escritor y por tanto no domines estas técnicas tan avanzadas. Así que de momento mi recomendación es que te tomes las cacofonías como algo a evitar. Ya tendrás tiempo para hacer experimentos cuando dejes de cometer este tipo de errores.