¡Enhorabuena! Acabas de terminar tu novela, incluso la has corregido para que quede más limpia que una patena. Le has dado un estilo natural, la gramática está perfecta y no hay ni rastro de patinazos ortográficos. Vamos, que no se te ha escapado ni una coma criminal (valió la pena el artículo que te ofrecimos al respecto). El siguiente paso es, además de obvio, el más esperado: toca presentar el manuscrito a una editorial. O tal vez prefieres autopublicarlo. Sea cual sea el camino elegido, aún hay algo que no has tenido en cuenta: su aspecto. Y de ello vamos a hablar hoy, en un artículo con el que pretendo advertirte sobre los conocidos como errores tipográficos. ¿Qué es la tipografía? Antes de hablar de errores tipográficos hay definir qué es la tipografía. En el sentido más estricto de la palabra, la tipografía es la tarea de disponer de manera adecuada el material que queremos ver impreso (ya sea en formato físico o digital, ojo con esto). Seguro que estás pensando en que esto va de qué tipo de letra usas y su tamaño, pero la cosa es un poco más compleja. Porque la tipografía también comprende la colocación de esas letras y, lo que es igual de importante, la distribución de ese texto en el espacio donde pretendemos presentarlo. Nos referimos por tanto a una cuestión de formato. Al igual que utilizamos ciertas normas para que todo texto siga la misma línea a nivel gramatical y ortográfico, con el aspecto de lo que escribimos debemos hacer lo mismo. Y todo esto con una intención fundamental, que es ayudar lo máximo posible a la legibilidad de dicho texto. Si cada uno hiciéramos las cosas a nuestra manera, sin ceñirnos a unas reglas básicas, el lector tendría que enfrentarse a novelas en ocasiones indescifrables. Y eso no es lo que queremos. ¿Por qué es importante no cometer errores tipográficos? Estarás preguntándote por qué deberías preocuparte de algo así. Tú eres el autor, bastante trabajo tienes con crear la historia, así que se apañe la editorial con ese asunto. Al fin y al cabo, para eso están, para corregir y poner guapos nuestros manuscritos de cara a su publicación. De hecho, si eres un autor consagrado, con un elevado número de ventas en cada una de tus novelas, a la editorial le dará igual cómo le envíes el manuscrito. Como si se lo pasas escrito en un rollo de cocina. Pero ese no es tu caso, ¿verdad? O de lo contrario no estarías leyendo este artículo. Lo más probable es que seas un autor novel. Quizás ni siquiera has publicado todavía. Digámoslo así: no estás en una posición de poder, y por tanto tienes que utilizar cualquier herramienta para convencer al editor de que vale la pena invertir su dinero en ti. Recuerda que a una editorial llegan decenas de manuscritos al día. No te exagero, lo sé de primera mano porque también soy lector editorial. Es imposible valorarlos todos en profundidad, así que la primera impresión es fundamental. Si cuando el editor se encuentra con un manuscrito, por ejemplo, con letra tipo Comic Sans (¡el horror absoluto!) y sin el texto justificado, lo primero que pensará es que está ante un autor poco profesional, que no se ha molestado con la presentación de la obra. Por lo tanto, te conviene que tu manuscrito esté perfecto también en el aspecto estético, o de lo contrario el editor ni siquiera pasará de la primera página. Los errores tipográficos más comunes Pero hablemos ya de los errores tipográficos más habituales. Uno de los reyes de este tipo de fallos es sin duda el uso en los diálogos del guión (-), cuando lo correcto es utilizar la raya (—). Este problema deriva de que en nuestros teclados dicho símbolo no corresponde a ninguna tecla. Pero hay maneras sencillas para solucionarlo, basta con teclear en Google «cómo cambiar el guión por la raya» y te aparecen docenas de páginas donde te lo explican, dependiendo de tu procesador de texto. Otro error tipográfico muy frecuente es el uso de los tabuladores y los espacios para sangrar los párrafos, cuando lo adecuado es configurar las sangrías de primera línea desde la configuración del procesador. Hacerlo a lo bestia, a golpe de la tecla de espacio o tabulando, provocará que el maquetador se acuerde de todos tus antepasados. También es bastante habitual colocar una línea en blanco tras cada párrafo dándole dos veces al Enter. Para eso tenemos el salto de párrafo, pero es que además en una novela esta línea en blanco tiene una función de «cambio de escena» (o de narrador, de tiempo, etc…), por lo que no debe utilizarse de manera arbitraria. Lo mismo vale a la hora de iniciar un capítulo nuevo: no podemos ir hasta la página siguiente aporreando la tecla Enter. Lo correcto es hacerlo mediante un salto de página. Pero también puede ocurrir justo lo contrario. Aunque ya no es tan habitual, a veces me he encontrado con manuscritos donde el autor ha desarrollado toda la novela sin cambiar de párrafo. Sí, exacto, en un mismo bloque de texto, salvo al cambiar de capítulo. Imagínate lo pesado que resulta algo así para la vista. La división en párrafos es fundamental para aligerar la lectura y darle pausas al ojo del lector. Tómate en serio los errores tipográficos Puntos en los títulos, comillas inglesas en vez de las angulares; abuso de la negrita, la cursiva o los subrayados; diferentes fuentes de texto; usar mayúsculas cuando un personaje grita; exceso de notas a pie de página… La verdad es que la lista de errores tipográficos daría para toda una serie de artículos. En cualquier caso, el objetivo principal de este artículo es que tomes conciencia de que la presentación formal de un manuscrito es tan importante como su contenido. Grábatelo a fuego: si quieres que te traten como un profesional, compórtate como un profesional.
El gerundio: evítalo a (casi) toda costa
Uno de los motivos por el cual nuestra querida lengua española es tan rica reside en su vasto abanico de posibilidades. Esto se aprecia sobre todo en uno de los elementos más esenciales de nuestro idioma, las formas verbales. No en vano resulta un tremendo reto para los extranjeros aprender la enorme cantidad de conjugaciones que utilizamos los españoles. Pregúntale a un británico que esté aprendiendo español qué es lo que peor lleva. Me apuesto lo que quieras que te responde «las muchas conjugaciones que usáis». En cualquier caso, ya se sabe que a más variedad, más riqueza. Aún así, esto puede complicarnos las cosas incluso a quienes aprendemos el idioma conforme crecemos. Una de las formas verbales que más dolores de cabeza supone para los autores noveles es sin duda alguna el gerundio. ¿Por qué? ¿Y de qué modo podemos superar este escollo? Vamos a verlo. Qué es el gerundio y por qué es un problema Tranquilo, la clase teórica será breve. Quizás ya no recuerdes su definición, pero en la escuela nos enseñaron que el gerundio es una de las formas no personales de cualquier verbo, junto con el infinitivo y el participio. Sin embargo, el gerundio tiene unas particularidades muy concretas, ya que según las circunstancias puede actuar como un verbo, un adverbio y, agárrate, un adjetivo (por ejemplo, cuando decimos «agua hirviendo»). El gerundio es la navaja suiza de las formas verbales, tanto en su forma simple («siendo») como en la compuesta («habiendo sido»), porque como ves puede valernos tanto para un roto como para un descosido. Ahora bien, como te decía antes esto también tiene su lado negativo, porque cuantos más usos tiene una herramienta, con mayor facilidad podemos caer en el pecado de abusar de ella. Y eso es justo lo que nos ocurre cuando somos escritores inexpertos. El gerundio es una forma muy tentadora, un camino fácil que puede convertirse en un vicio si lo usamos demasiado o de modos inadecuados. Además, ni siquiera es de uso obligatorio, pues tenemos alternativas de sobra para evitarlos (recordad la variedad del idioma español). Así que la recomendación suele ser intentar utilizar el menor número posible de gerundios en un texto para evitar caer en repeticiones (al igual que cualquier otra palabra). Eso sí, cuando quieras usarlos debes hacerlo bien. Usos incorrectos de los gerundios Fíjate en esta frase y en su gerundio: «Ha cruzado el país deteniéndose a conocer a su padre.» No sé qué es lo que piensas tú, pero a mí ese «deteniéndose» me descoloca por completo. La simultaneidad es la clave para valorar los gerundios. Debemos comprender que el gerundio hace referencia a una acción que está ocurriendo al mismo tiempo que la acción principal de la que no puede desvincularse, como si ambas estuvieran esposadas. En este caso el acto de detenerse para conocer a su padre no es simultáneo al de cruzar el país, es a posterioridad, por tanto el uso del gerundio sería incorrecto. Piénsalo un poco: el personaje viaja y en un momento dado se detiene (por tanto, deja de viajar) y conoce a su padre DESPUÉS de viajar. No es que esté conociendo a su padre mientras cruza el país. ¿Cómo sería adecuado expresarlo? Tendríamos que quitar el gerundio: «Ha cruzado el país para conocer a su padre.» De este modo queda claro que ambas acciones no son simultáneas. También podemos mantener el gerundio, pero para que fuera correcto tendríamos que reescribir y alterar el significado de la frase: «Ha cruzado el país conociendo a su padre.» En este caso, la oración nos estaría diciendo que cruzó el país MIENTRAS conocía a su padre, por lo que deducimos que viajaba con él. Como podéis comprobar, el significado sería completamente distinto, y de hecho sería más agradable decir: «Ha cruzado el país mientras conocía a su padre.» La posición del gerundio Este error también es muy común. Me refiero a una mala posición del gerundio que puede romper la regla de la simultaneidad con la acción principal. En este caso, el orden de los factores sí altera el resultado. Veamos un ejemplo: «Saltando, alcanzó el risco de piedra.» Como ya hemos indicado, el gerundio siempre tiene que ser una acción simultanea a la principal. En este caso no lo parece debido a que hemos colocado el gerundio delante del verbo. Da la falsa sensación de desconexión temporal entre el verbo «saltar» y «alcanzar», cuando deberían estar ocurriendo al mismo tiempo. ¿Lo correcto?: «Alcanzó el risco de piedra saltando.» Cómo solucionar los problemas con el gerundio A menudo suelo decirte que no hay fórmulas mágicas para aprender a escribir. Bien, pues en el caso de solventar los errores con los gerundios sí la hay: cuando tengas dudas, elimínalos. Así, sin más. Bueno, no tanto, pero casi. El 99% de los gerundios son muy fáciles de sustituir gracias a una simple reescritura de la frase, y como ya hemos visto antes incluso los gerundios correctos suenan peor. Fíjate: «La desvistió con premura, amándola a continuación.» Ese «amándola» es lo primero que se te ocurre para concluir la oración. Y por supuesto es incorrecto por todo lo que hemos comentado antes: no hay simultaneidad entre desvestirla y amarla, no ocurren ambas acciones al mismo tiempo, por tanto no debería utilizarse un gerundio. Para resolverlo es tan sencillo como hacer lo siguiente: «La desvistió con premura y la amó a continuación.» Fácil, ¿verdad? Al quitar el gerundio hemos eliminado cualquier ambigüedad. Ahora está muy claro que ambas acciones no son simultáneas, que primero ocurra una y luego la otra. El lector ya no va a tener ninguna duda. Por supuesto, lo ideal es conocerlos y aprender a utilizarlos bien. Esa debería ser nuestra prioridad. Conclusiones La utilización abusiva de los gerundios es uno de los males habituales cuando empezamos a escribir, así que no te sientas mal si te ocurre. Pero hay que detectarlo y resolverlo durante el proceso de revisión y corrección. Para ello te aconsejo
Las repeticiones de palabras: cómo evitarlas
Durante nuestras conversaciones habituales o incluso cuando escribimos textos informales, hay pequeños pecados que podemos permitirnos. Al hablar es muy habitual utilizar frases incompletas, mal construidas o repetir hasta la saciedad palabras e incluso estructuras. Al fin y al cabo, tenemos el apoyo visual que nos proporcionan los gestos o el tono de nuestra voz para reforzar nuestra capacidad de comunicación. Sin embargo, en la escritura de corte literario sólo disponemos del texto para que el lector nos entienda. Hoy os voy a hablar de uno de esos «errores» que debemos evitar en la medida de lo posible, relacionados con el estilo, y que es increíblemente común en autores que empiezan a darle a la tecla: las temidas repeticiones. Por qué hay que evitar las repeticiones En realidad, repetir palabras o frases a menudo no es un fallo propiamente dicho. Yo puedo utilizar «error» dos veces en esta misma oración sin incurrir en «error» alguno de cara a las normas de nuestra lengua. Sin embargo, la reiteración excesiva de un mismo término se considera una clara muestra de pobreza léxica. Ya os hablé de lo importante que es esto hace un tiempo cuando hablábamos del estilo literario. Nuestro idioma es muy rico en vocabulario. Si siempre utilizamos las mismas palabras estamos reconociendo ante el lector que sólo conocemos un puñado, lo cuál no dice mucho de nosotros como autores. Las repeticiones pueden llevar a un auténtico empeoramiento de la comprensión, aunque sea de manera indirecta. Os pondré un ejemplo: «Luchar contra los paganos era la obligación de cualquier cristiano que se preciara. Los paganos son pecadores cuyo único afán es acabar con los fundamentos de los cristianos, por eso estos paganos han sido siempre el principal enemigo de los cristianos.» Como veis, estas frases son todas, en lo fundamental, correctas. Sin embargo, la repetición abusiva de «paganos» y «cristianos» resulta desagradable. Ralentiza la lectura y empobrece el estilo del texto. Sobre todo teniendo en cuenta que hay estrategias para evitarlo. Sinónimos Las tres principales cosas que necesita un escritor para hacer su trabajo son un procesador de texto (o papel y boli, si nos vamos a lo más básico) y dos diccionarios: el normal y el de sinónimos. En especial durante el proceso de revisión, que es donde las repeticiones deben corregirse. No siempre es fácil detectarlas, necesitamos poner atención, porque algunos de estos términos son tan habituales que pasan desapercibidos. De hecho, cuando menos comunes, más fáciles son de apreciar. Recordemos la frase que he utilizado antes y veamos cómo podríamos mejorarla: «Luchar contra los paganos era la obligación de cualquier cristiano que se preciara. Los infieles son pecadores cuyo único afán es acabar con los fundamentos de la Iglesia de Roma, por eso estos herejes han sido siempre el principal enemigo de los bautizados en Dios.» ¿Habéis visto? Me he cargado cada una de las repeticiones sustituyéndolas por sinónimos o expresiones equivalentes, lo cual hace que el texto mejore. Es más variado en cuanto a léxico y da una impresión más trabajada e incluso natural. Contra las repeticiones, tijeretazo Pero a veces los sinónimos no son la mejor opción. El «menos es más» resulta vital en literatura: si mediante dos palabras puedes lograr el efecto deseado, no utilices jamás tres. Con las repeticiones pasa que a veces utilizamos términos innecesarios. Volvamos al ejemplo anterior. Con la utilización de sinónimos parecía estar bien, ¿verdad? Pues todavía puede mejorar más: «Luchar contra los paganos era la obligación de cualquier cristiano que se preciara. Son pecadores cuyo único afán es acabar con los fundamentos de la Iglesia de Roma, por eso han sido siempre el principal enemigo de los bautizados en Dios.» Podéis comprobar que me he cargado de un plumazo dos de las repeticiones/sinónimos. Y, sin embargo, el texto no se ha resentido en absoluto. Sigue siendo comprensible, lo cual nos indica que esas palabras eliminadas en realidad no eran necesarias. Sobraban porque se sobrentendían. Esto se ve mucho cuando nombramos a los personajes, bien en el grueso de la narración o en las acotaciones de las líneas de diálogo. He corregido muchos manuscritos en los que el autor plasmaba una conversación a dos bandas y, en cada línea, se mencionaba al personaje que estaba hablando. Algo totalmente absurdo cuando solo hay dos participantes: «—Las tropas de Escipión se acercan, señor —dijo Maharbal. —Dejemos que lo hagan —respondió Aníbal. —Pero deberíamos tomar acciones —insistió Maharbal. —Son ellos quienes deben arriesgar. A nosotros nos basta con esperar —le comentó Aníbal.» Reconstruye la frase Hay palabras que no tienen un sustituto viable o es imposible erradicarlas sin afectar al resto de la frase. Es entonces cuando debemos tomar medidas más agresivas y echar mano de una reconstrucción. Ocurre especialmente con dos términos que, por mi experiencia como corrector, son los que más se repiten: los pronombres posesivos («mi, su, tu») y la forma del verbo «haber» que se utiliza en los tiempos compuestos, especialmente el «había» del pretérito pluscuamperfecto: «Abraracurcix, caudillo de un pequeño poblado galo, se había unido a la rebelión que Vercingetorix había empezado contra los romanos meses atrás, el cual había obtenido apoyos importantes de todas las regiones. Pero el gran líder de la coalición había caído después de una larga campaña, así que el jefe de la aldea había regresado a su hogar.» Ya lo veis: cinco repeticiones en apenas tres líneas de texto. Una locura que hay que arreglar. Estaréis pensando que es imposible prescindir de un elemento esencial de la forma verbal que estamos utilizando. Es lo que me dicen muchos alumnos. Pues bien, os prometo que siempre hay una manera de lograrlo: «Abraracurcix, caudillo de un pequeño poblado galo, se había unido a la rebelión que Vercingetorix empezó contra los romanos meses atrás, el cual obtuvo apoyos importantes de todas las regiones. Pero el gran líder de la coalición fue derrotado después de una larga campaña, así que el jefe de la aldea se vio obligado a regresar a su
El por qué del porqué
Nuestra lengua castellana tiene unas características que la hacen no sólo única, sino también fascinante. Su riqueza es abrumadora, en especial su léxico, cuya variedad es increíble. Tenemos palabras para casi cualquier cosa que podamos imaginar (hasta que imaginamos algo nuevo y debemos buscar un término apropiado). Pero también contamos con comodines, palabras que usamos para cosas distintas y pueden llegar a confundirnos cuando empezamos a escribir. Algunas de ellas, además, se escriben prácticamente igual y suenan idénticas. Las conocemos como «homófonas», y a veces es un dolor de cabeza diferenciarlas para saber cuál es la correcta, la que necesitamos para decir lo que queremos, y cómo utilizarlas sin caer en errores ortográficos (sí, la ortografía es vital, como ya os conté en este artículo) Hoy voy a hablaros de una de las más odiadas por mis alumnos: el por qué. O el porqué. O tal vez es el por que. Ah, no, es el porque… ¡Menudo lío! Por qué Vamos a empezar por la que considero que es el caso más sencillo: el por qué. Como puedes comprobar, en realidad estamos ante dos palabras, la preposición «por» y la partícula interrogativa o exclamativa (según el caso) «qué». El meollo del asunto está precisamente en este «qué», ya que se trata de una palabra tónica que en teoría no haría falta acentuar. Pero lo hacemos para distinguirla de la conjunción «que» usando una tilde diacrítica. ¿Cuando debemos utilizarla? Muy simple: cuando escribimos oraciones interrogativas y exclamativas de carácter directo e indirecto. Como por ejemplo: «¿Por qué te gusta escribir poesía?» «¡Por qué países tan hermosos viajamos el verano pasado!» «Me gustaría averiguar por qué demonios se separaron.» Como ves, no puedes fiarte de si una frase va entre signos de interrogación o exclamación. De hecho, el tercer ejemplo no parece una pregunta, pero en el fondo lo es (por eso la llamamos indirecta). Ese «por qué» también es interrogativo. Así que en el fondo se trata de reconocer su naturaleza interrogativa o exclamativa, así como la propiedad tónica del «qué», el cuál enfatizamos como si diéramos un golpe sobre la mesa. Por que Esta es más complicada de reconocer, pues nos enfrentamos a la secuencia formada por la preposición «por» seguida de la conjunción subordinante «que». Como se puede deducir por la descripción, se utiliza para introducir una segunda oración que está subordinada a la primera: «Después de tanto esfuerzo prefieren optar por que no se celebre el festival.» Como ves, aquí tenemos dos frases independientes pero conectadas por dicha secuencia: «Después de tanto esfuerzo eligieron» y «no se celebre el festival». Si lo leemos en voz alta, nos daremos cuenta que ese «que» no es tónica, no resuena, sino que fluye sin más. Por tanto, no llevaría tilde. Porqué Esta forma también es muy fácil de detectar, porque su naturaleza es completamente distinta. Se trata de un sustantivo que utilizamos como sinónimo de motivo, causa o razón. Además, lo habitual es que vaya precedido por un artículo o un pronombre, por lo cuál es más sencillo todavía advertirlo. Al ser palabra aguda terminada en vocal, se escribe con tilde: «Siempre tuvo su porqué para iniciar la guerra.» Es tan simple como ver si puede ser sustituido por uno de sus sinónimos o si lo podemos utilizar en plural («porqués»). «Hay multitud de porqués a su actitud.» Porque Y el último de nuestros ya queridos «porqués» (seguro que a estas alturas ya has dejado de odiarlos, o casi) es la conjunción átona que, a diferencia del anterior sustantivo, se escribe sin tilde. También funciona como conector entre oraciones subordinadas, pero en este caso para expresar causa: «Me enamoré de ella porque me comprendía como nadie más.» La reconoceremos si podemos sustituirla sin problema alguno por locuciones como «ya que» o «puesto que», sin que pierda su significado. «Me enamoré de ella ya que me comprendía como nadie más.» También la podemos encontrar en las respuestas que damos a preguntas que utilizan el «por qué» interrogativo (el primer caso que hemos tratado): «—¿Por qué te gusta escribir poesía? —Porque me emociona hacerlo.» Y por si fuera poco, también podemos usar este «porque» como conjunción final, con el sustitutivo de «para que». Y de hecho, en este caso concreto, se admite dividir la palabra en dos, aunque es recomendable no hacerlo: «Luché durante toda mi vida porque las cosas fueran de otro modo.» «Luché durante toda mi vida por que las cosas fueran de otro modo.» «Luché durante toda mi vida para que las cosas fueran de otro modo.» A título personal, yo prefiero el «para que». Me suena mejor y más natural. Conclusión Sí, ya sé que seguís liados a pesar del artículo. Porque la teoría está muy bien, pero luego hay que aplicarlo a la realidad. Para eso está la práctica. Es cuestión de que cada vez que os veáis en la necesidad de utilizar alguno de estos «porqués» os detengáis un momento a pensar. Y, si es necesario, podéis consultar este artículo. Con el tiempo acabaréis por interiorizar estas reglas hasta que ya no dudaréis. Pero ya os aviso: incluso entonces, es muy probable que cometáis algún desliz. ¡Para eso están las correcciones!
Los conectores literarios
Una de las primeras cosas que les digo a mis alumnos del Método PEN es que a todos nos enseñan a escribir cuando somos niños, pero no a narrar. Además de conceptos básicos e irremplazables como la comprensión, la literatura es mucho más que simplemente hacerse entender, y por eso es tan difícil ser escritor. A diferencia de cualquier otro texto cotidiano, la narrativa literaria se basa en lo fundamental en la asociación de ideas, en el enlace entre cada una de las partes que forman un texto. Todo está conectado en una obra literaria de un modo u otro: una palabra con la siguiente, una frase con la que viene a continuación, y un párrafo con el que le sigue. Y para ello utilizamos una serie de expresiones que cumplen esa función de «enganchar», a los que llamamos conectores gramaticales. Hoy voy a hablaros de este tipo de términos y lo importantes que son. ¿Qué son los conectores? Quizás te suene a chino eso de «conectores», pero en realidad son expresiones que usas a cada instante. De hecho, desde que empecé esta sección ya he utilizado dos conectores: «pero» y «de hecho». Los conectores sirven para unir ideas relacionadas entre sí o incluso que no lo están pero sobre las que deseamos crear dicho vínculo. Para hacerlo más sencillo asociaremos «idea» con «frase», porque es la fórmula principal de expresión hablada o escrita. Digamos que es una manera de pasar de una frase a otra de manera fluida, sin cortes bruscos, como una cortinilla en un vídeo editado. Los conectores nos ayudarán a crear esa secuencia lógica de manera que, además de servir de «cambio de idea», permita añadir una pequeña información nueva. Veámoslo con un ejemplo muy sencillo: «Aníbal comprendió que sus hombres se estaban desmoronando ante la presión de los legionarios romanos. Entonces decidió que debía cambiar su estrategia.» En este caso, nuestro conector es «entonces», llamado «de temporalidad» y de «causa-consecuencia» porque su cometido es establecer una conexión, sí, pero también aporta una información basada en el tiempo y en la consecuencia de un acto: reafirma que es entonces, en ese momento y no en otro, al comprenderlo, cuando Aníbal decidió cambiar de estrategia. ¿Se podría obviar el uso de este conector? Sí, por supuesto, pero un texto es más rico y se desarrolla de una manera más fluida gracias al uso de los conectores. Características de los conectores Hay tantos conectores que es imposible enumerarlos por completo en un simple artículo, aunque te aseguro que los conoces y utilizas todos, la mayoría de las veces sin darte cuenta. A nivel teórico se suelen dividir por el tipo de relación que establecen entre las ideas de un texto. Dentro de cada grupo, hay casos en que son intercambiables. Por ejemplo, podemos utilizar indistintamente «pero» o «sin embargo»: «Decidimos irnos de vacaciones ese año, pero antes dejamos a punto todo lo que teníamos pendiente.» «Decidimos irnos de vacaciones ese año, sin embargo antes dejamos a punto todo lo que teníamos pendiente.» Esto es fantástico, pues nos ayudará a evitar muchas de las terribles repeticiones en las que caemos al escribir (de eso hablaremos en otro artículo). Pero ojo, no siempre es así. Al igual que no cualquier cargador sirve para un teléfono móvil concreto, a pesar de pertenecer a un mismo grupo algunos conectores son inconmutables por motivos más que obvios: «Antes de aquello ya tenía un montón de seguidores en YouTube.» «Después de aquello ya tenía un montón de seguidores en YouTube.» Tipos de conectores Hay un montón de categorías de conectores. Vamos a verlas y definirlas de manera muy rápida, aunque algunas se describen a sí mismas con mucha claridad: Aditivos. Como su nombre indica, añaden información: también, además, de igual forma, por añadidura, hasta, del mismo modo, igualmente… Oposición. Marcan el contraste entre ideas: a pesar de todo, no obstante, por otra parte, sino, en cambio… En este grupo estaría el más famoso de todos los conectores, nuestro querido pero. Causa-consecuencia. El nombre también es suficientemente explicativo. Aquí destacan expresiones como porque, pues, entonces, o sea, por otro lado, en pocas palabras, luego… Comparativos. Establecen similitudes: del mismo modo, más que, tan como, igual que, como, de modo similar… Reformulativos. Sirven para indicar que vamos a reproducir algo que ya se ha dicho anteriormente: es decir, en otras palabras, en resumen, por ejemplo, mejor dicho, o sea… Temporales. Aportan información temporal o establecen la cronología de las ideas conectadas: luego, al principio, inmediatamente, apenas, desde que, a partir de… Espaciales. Idéntica función que la anterior, pero en relación al espacio o los lugares: arriba, abajo, en el fondo, al lado, en lo más alto… Ordenadores. Destacan en qué parte del texto nos hallamos, como el inicio del discurso (ante todo, para comenzar, en primer lugar…), el cierre (por ultimo, en conclusión, para resumir…) o si estamos ante una transición (a continuación, acto seguido, por otra parte…) Condicionales. Marcan una condición que se da entre las dos ideas conectadas: siempre que, sí, mientras que… Certeza. Sirven para reforzar una idea expuesta: indudablemente, en realidad, efectivamente, en verdad… Finalidad. Pretenden clarificar el propósito de la idea: con el fin de, de manera que, para que… Conclusiones Como veis, hay un montón de conectores, y todos son tan conocidos que como decía los utilizas a todas horas. Por curioso que parezca, y es algo que he comprobado como profesor de escritura y narrativa, a pesar de que usamos constantemente los conectores cuando hablamos, hay alumnos que por algún motivo no los utilizan a la hora de narrar. El resultado suele ser textos cuyas oraciones están desconectadas unas de otras, por lo que la narrativa no fluye, sino que transcurre a saltos y dificulta la lectura. Así pues, el uso de los conectores es vital para que nuestra escritura sea agradable para el lector. Por supuesto, hay que utilizarlos de manera correcta, donde su presencia sea adecuada y sin abusar. Como siempre digo, una buena narrativa se
Las figuras literarias: cómo usarlas
El ser humano lleva creando historias desde hace milenios. Como ya vimos en el artículo sobre Heracles como personaje histórico, la primera obra literaria considerada como tal data de la Epopeya de Gilgamesh, en el 2000 a.C. Desde entonces hasta ahora se han creado millones de historias, así que ser original en cuanto a argumento y personajes resulta complicado por no decir imposible. Seamos sinceros: cualquier historia que imaginemos ya ha sido contada antes, de un modo u otro. Entonces, ¿dónde podemos ser innovadores? ¿Cómo podemos destacar? Pues te he dado una pista hace un par de frases: de un modo u otro, o lo que es lo mismo, con la forma de contarlas. El estilo literario es personal y nos ayudará a diferenciarnos, y para ello podemos apoyarnos en una herramienta esencial y muy flexible: las figuras literarias. Qué son y por qué se usan Podemos llamarlas figuras literarias, retóricas o recursos literarios, no importa. Son esos mecanismos que permiten modificar el lenguaje para darle un efecto específico y enfocado en enfatizar su aspecto estilístico. Estamos hablando de una gran variedad de elementos con un potencial que el autor inexperto ni siquiera es capaz de imaginar. Su poder es tal que pueden convertir un texto ramplón y superficial en una auténtica obra de corte literario. Son, en todos los sentidos, máscaras para embellecer nuestros textos. El uso adecuado de las figuras literarias hace que una frase anodina se vuelva interesante, que sugiera algo al lector no sólo por lo que dice si no también por cómo lo dice. Son transmisores de emociones de una importancia vital que buscan causar un efecto inmediato, así que conocerlos y aprender a utilizarlos es vital para cualquier autor. Sin embargo, enumerar todos estos recursos requeriría una serie de artículos que podría durar meses, sobre todo si además tuviéramos que dar ejemplos. De hecho, este tema es una parte esencial de mis cursos del Método PEN. Pero en lo esencial, las figuras literarias se clasifican en diversos grupos, dependiendo de su objetivo: Figuras semánticas Figuras morfosintácticas Figuras fónicas Figuras de dicción Figuras de pensamiento Figuras de significación (tropos) Figuras literarias de significación y pensamiento Como decía, explicarlas todas sería muy largo, así que nos limitaremos a hablar sólo de algunas de las figuras literarias más interesantes. Empezando por los tropos, donde la reina es sin duda alguna la metáfora. Esta figura literaria plantea una semejanza entre dos términos que se pueden asociar, uno real y otro alegórico. Dicho así quizás no te hagas una idea (las definiciones son así), pero seguro que lo entiendes con este ejemplo tan básico: «Y ahí estaba yo, observando el movimiento de aquellas nubes de algodón». Evidentemente, las nubes no son de algodón. Pero decir que lo son nos ofrece una sensación imaginaria acerca de su textura. Y ese es el juego de esta estrategia: provocar sensaciones. Entre las figuras de pensamiento tendríamos todas aquellas que describen de un modo u otro, como la prosopografía (descripción del físico de un personaje), la etopeya (descripción de su rasgos internos) o la topografía (descripción de un lugar). Pero me voy a quedar con una también muy famosa, la hipérbole, que consiste en la exageración de un elemento real: «Tiene más fuerza que un buey». Una vez más, ningún ser humano puede ser más fuerte que un buey, pero gracias a esta figura literaria logramos que el lector tenga una idea clara de lo fortachón que está un personaje. Figuras literarias fónicas y de dicción Pero cuidado, porque no todas las figuras literarias son aceptables al cien por cien. Por ejemplo, entre los recursos de dicción tenemos el pleonasmo, que en muchos casos puede considerarse una incorrección. Quizás la conozcáis por otro nombre: redundancia. Ya hablamos a fondo de ella hace un par de años en un artículo, ¿te acuerdas? Y daba un montón de ejemplos. Pero os refresco de nuevo la memoria con uno de los más famosos: «Voy a pedir una cita previa con el médico». Estamos ante una repetición absurda que no aporta información nueva ni ningún efecto interesante. Porque todas las citas son previas, su definición así nos lo dice: encuentro previamente acordado. Estamos pues ante un error que conviene no cometer. Y es difícil, porque algunos se han convertido en parte de nuestra manera de comunicarnos. ¿Cuántas veces has escuchado eso de «sube arriba» o «entra dentro»? Y peor aún, ¿cuántas veces lo has dicho tú? Entre las fónicas tenemos una en concreto que si se utiliza mal también puede resultar vulgar, pero que bien usada es fascinante. Me refiero a la onomatopeya, que consiste en jugar con palabras que sugieren un sonido: el tictac del reloj, el chof de la piedra contra el agua, el miau del gato… Mucho ojo al usar estas figuras literarias. Figuras literarias morfosintácticas y semánticas En mi opinión, estas figuras literarias son las más útiles para mejorar nuestra manera de narrar. Entre las morfosintácticas, que se producen cuando jugamos con las palabras y su orden dentro de la oración, destacaría el hiperbatón, universalmente representado por Bécquer en su famoso verso: «Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar». Las figuras literarias semánticas se valen de utilizar las palabras en un sentido distinto del que tienen literalmente, y buscan crear conexiones entre los términos empleados. El símil se lleva aquí el premio popular. Es la comparación de toda la vida, herramienta esencial en las descripciones cuando buscamos sugerir en vez de explicar. Es un potenciador enorme para la transmisión de sensaciones al lector: «Estaba tan contento como un pajarillo al alba». Comparar a alguien con un el danzar vivaracho de un pájaro por la mañana refuerza la descripción del estado emocional del personaje, porque inmediatamente nos imaginamos el revolotear del ave y lo asociamos con la alegría. De hecho, la frase podría funcionar igual sin decir antes que estaba contento, tal es el poder evocador de esta figura literaria. Conclusiones Como decía, existen infinidad de figuras literarias. Si
Plazos y objetivos en la creación de un libro
¿Quieres darle vida a tu libro? En este artículo te voy a guiar para que puedas definir algunos plazos y objetivos concretos que te ayudarán a avanzar en tu carrera como escritor.
Cómo utilizar los puntos suspensivos
¡Saludos, pecadores ortográficos! Qué importante es el número tres, ¿verdad? Tres eran los mosqueteros más famosos, tres eran también las mellizas que acompañaron la infancia de toda una generación, y el cuento no sería lo mismo si lo protagonizaran dos o cuatro cerditos en lugar de tres. También está presente en otras cosillas de menor calado, como dando nombre a la regla de tres, enumerando las leyes de Newton o identificando al litio, pero a nadie le importa estas movidas. ¿Que por qué hablo ahora de un número? Porque tres son también los puntos que forman ese signo conocido como “puntos suspensivos”. Que quede muy claro: son tres, no dos o cuatro, como se ve muchas veces por ahí. Eso sí, hay un par de excepciones que aprenderemos un poco más abajo. Abordemos juntos, sin más dilación, este nuevo y arduo acto de penitencia que se nos impone para la salvación de nuestras atribuladas almas pecadoras: aprender cómo utilizar los puntos suspensivos, el signo de puntuación más enigmático. Así, junto al artículo del mes pasado, ya le damos un buen repaso a los principales signos de puntuación. ¿Que cuáles van a ser las referencias que voy a tomar para escribir este artículo? Pues como siempre en estos casos: la Ortografía de la Lengua Española (OLE) y el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) de la RAE. CÓMO UTILIZAR LOS PUNTOS SUSPENSIVOS. GENERALIDADES Los puntos suspensivos (…) se escriben pegados a la palabra o signo que los precede, y separados por un espacio de la palabra o signo siguiente. Si cierran el enunciado, actúan como sustitutos del punto, y la palabra siguiente comenzará en mayúscula: Si fuera posible… En fin, de nada vale soñar. Pero si el enunciado continúa tras los puntos suspensivos, la palabra siguiente irá con minúscula inicial: Estaba planteándome que… aceptaré la oferta. Creo que estaré a la altura. CÓMO EMPLEARLOS PARA SEÑALAR PAUSAS O INTERRUMPIR ENUNCIADOS Si queréis indicar una pausa puntual para expresar duda, temor o indecisión, o bien para mantener la expectación del lector, utilizad los puntos suspensivos: No sé si llevar el chubasquero o no… Espero que no llueva. Ha llegado la carta… Ojalá hayan aceptado. Quería saber si… bueno…, no sé cómo decirlo… ¿te apetece ir al cine conmigo? ¡Ay! Si ella supiera lo que pienso… Pero también podéis utilizarlo siempre que queráis dejar un enunciado incompleto por cualquier otro motivo: Es una historia muy larga… Ya te la contaré en otro momento. CÓMO UTILIZAR LOS PUNTOS SUSPENSIVOS PARA NO TENER QUE ESCRIBIR TODO UN TEXTO Los puntos suspensivos son un gran recurso para los que sufrimos de pereza crónica. Nos permiten interrumpir la escritura de enunciados cuando su final se sobreentiende o creemos que ya es conocido por el interlocutor. Este recurso también se utiliza mucho para no tener que escribir por completo un refrán o algún trocito de un texto literario muy conocido: Ya sabes, hay que registrar la factura, hacer informe… En fin, lo de siempre. A quien madruga…, así que pon la alarma bien temprano. Mi poema favorito es de Lorca: “Verde que te quiero verde…”. Y ya que nos vamos a la literatura, podemos también utilizar los puntos suspensivos para no tener que volver a escribir completo un título largo de una obra cuando ya lo hemos mencionado con anterioridad: Estoy leyendo La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, de García Márquez. Cada página de La increíble y triste historia… es mejor que el anterior. Por cierto, también tenemos un artículo sobre cómo escribir los títulos literarios y de otras obras de creación. CÓMO UTILIZAR LOS PUNTOS SUSPENSIVOS PARA NO PARECER UN MALEDUCADO (O SER MENOS CAFRE) Si eres una persona educada en los buenos modales, pero no siempre puedes reprimir un precioso cabreo, puedes utilizar los puntos suspensivos para insinuar palabrotas o expresiones malsonantes, a modo de pitido televisivo: ¡Por mí puedes ir a tomar por c…, grandísimo hijo de…! LOS PUNTOS SUSPENSIVOS PARA DAR ÉNFASIS O EXPRESIVIDAD A TUS TEXTOS En este caso, los puntos suspensivos no interrumpen el texto, sino que indican que hay que alargarlo durante la entonación y así darle mayor fuerza. Pongo el ejemplo típico: Ser… o no ser… Esa es la cuestión. PUNTOS SUSPENSIVOS Y ENUMERACIONES Podemos utilizar los puntos para poner fin a enumeraciones incompletas o elegir la palabra etcétera o su abreviatura (etc.). No se deben utilizar conjuntamente ambos recursos. Así que el siguiente ejemplo sería incorrecto: Compré lápices, rotuladores, gomas…, etc. (o etcétera) Os dejo a continuación las tres opciones correctas. Primera (…): Compré lápices, rotuladores, gomas… Segunda (etcétera): Compré lápices, rotuladores, gomas, etcétera. Tercera (etc): Compré lápices, rotuladores, gomas, etc. CÓMO UTILIZAR LOS PUNTOS SUSPENSIVOS PARA SUPRIMIR ALGUNA PALABRA O FRAGMENTO EN UNA CITA TEXTUAL Si iniciamos una cita textual con puntos suspensivos, estamos indicando que no la transcribimos desde su comienzo. Los puntos suspensivos irán justo después de las comillas, sin ningún espacio que separe ambos signos: Entonces, Michael le dice a su futura esposa: “…Luca Brasi le apuntó a la cabeza con un arma y mi padre le aseguró que sus sesos o su firma estarían en el contrato”. Siempre me gustó esa escena. Igualmente, podemos utilizar los puntos suspensivos para indicar que dejamos la cita incompleta al final. Igual que en el caso anterior, puntos y comillas irán pegados, sin espacio entre ellos: Entonces, Michael le dice a su futura esposa: “…Luca Brasi le apuntó a la cabeza con un arma y mi padre le aseguró que sus sesos o su firma estarían en el contrato…”. Siempre me gustó esa escena. Y también se pueden utilizar para indicar que se han suprimido palabras o fragmentos en medio de la cita. En este caso deberán ir entre corchetes […], la opción preferida por la RAE, o bien entre paréntesis (…): Entonces, Michael le dice a su futura esposa: “Mi padre le hizo una oferta que no pudo rechazar […]. Sus sesos o su firma estarían en el contrato”.
La importancia de la ortografía en nuestro desarrollo
La ortografía es una parte fundamental del lenguaje. Respetar las reglas y la manera en la cual se escriben las palabras es necesario para enviar un mensaje claro a todo aquel que nos escucha. Un ejemplo de ello son los interlocutores con los que nos comunicamos o el público que nos lee. Si todos utilizamos las mismas normas y pautas del lenguaje podremos comprender exactamente el significado de una oración en su totalidad y evitar que se vea afectado por palabras que suenan y se escriben de forma similar. Se trata, entonces, de un elemento clave, no tan solo para todos aquellos que trabajan con la escritura, sino de algo que sienta las bases de nuestra comunicación dentro de la misma sociedad a la que pertenecemos. Una ortografía pobre y deficiente es capaz de crear confusión y pérdida de precisión en lo que estamos intentando transmitir al lector. En este artículo, quiero profundizar la relación que tenemos con la ortografía, analizando el diferente significado que adquiere en cada una de nuestras etapas de crecimiento. Nuestros primeros pasos en la ortografía Establecer la conexión entre lo verbal y lo escrito puede ser complejo. Por esta razón, aprender adecuadamente a escribir, ya sea identificando las letras a través del sistema alfabético o asociando lo escrito con lo expresado verbalmente, contribuye a que, desde niños, nos expresemos mejor. De pequeños, nos comunicamos con el mundo externo mediante un lenguaje corporal sencillo, con gestos y vocalizaciones. Es justamente a lo largo de este momento crucial de transición que empezamos a incorporar nuestra primera forma de comunicación escrita y damos nuestros pasos iniciales en el mundo de la ortografía. Aún no somos completamente conscientes de ello, pero, desde este momento en adelante, la ortografía jugará un rol esencial en nuestro desarrollo personal y profesional. De hecho, en este contexto, la ortografía es clave para que empecemos el largo camino de perfeccionamiento de nuestras capacidades lingüísticas y expresivas, llevándonos progresivamente a la etapa sucesiva de crecimiento propio: el momento de ser estudiantes. La ortografía en tiempos de estudios Tras haber aprendido las bases de la ortografía de manera inconsciente, empezamos con lentitud a volvernos conscientes de lo que estamos aprendiendo. Durante los años escolares, descubrimos las reglas de la ortografía que aplicaremos sucesivamente, por toda nuestra vida, de manera casi automática. La ortografía, si se cultiva de manera correcta, se vuelve casi tan imperceptible y esencial como el mismo hecho de respirar. Por esta razón, los estudiantes de cualquier nivel deben considerar que una ortografía adecuada es la base que necesitan para obtener un desempeño óptimo. Este aprendizaje no solo los acompañará durante el tiempo que dedicarán al estudio, sino a lo largo de toda su vida adulta y profesional. Tanto profesores como futuros jefes o patrones, tienden a dar por sentado que los alumnos, y aquellas personas en busca de trabajo, no tienen, o no deberían tener, errores de ortografía. Es necesario entender el valor de no cometer estos, pues ya sean solicitudes universitarias como curriculums plagados de errores ortográficos, ¡no llegarán muy lejos! ¿Por qué la ortografía es tan importante? Como habréis entendido, la ortografía es nuestra compañera de aventuras desde la infancia. Lo seguirá siendo por toda nuestra vida. Entonces, ¿por qué no hacer que se vuelva nuestra amiga y no nuestra enemiga? Considero que a todos nos viene siempre bien repasar y aprender algo nuevo sobre reglas ortográficas que habíamos olvidado o que, simplemente, no conocíamos. Pero si aún no estás convencido, aquí tienes otras razones por las cuales la ortografía va a seguir siendo importante a lo largo de tu vida adulta, aunque las palabras no sean tu trabajo principal. Crea orden Al momento de escribir, ya sea un simple párrafo o una novela, es necesario tener un orden mental para estructurar y organizar la información que está en nuestra mente. Si se emplea de forma adecuada la ortografía, demostramos que nuestras ideas son concretas. Otros elementos importantes, a la hora de escribir, son la cohesión y la coherencia. La primera refiere a la conexión entre las palabras, las oraciones y los párrafos por medio del uso de conectores, sinónimos y antónimos. La coherencia alude a la unión y sentido que debe existir entre las ideas de un texto. Estas tienen que presentar una lógica y consonancia. Ambas herramientas, junto con la ortografía, refuerzan y mejoran la escritura de cada uno, al tiempo que evita malentendidos y confusiones. Asimismo, denota el respeto que tenemos hacia el interlocutor. Es crucial para uno mismo que el otro pueda interpretar el mensaje enviado. Una muestra auténtica de valoración y consideración hacia quién quiera que sea que esté leyéndonos. Nos enriquece Una correcta ortografía es importante también porque enriquece nuestro lenguaje. También a nosotros mismos, así como a la literatura y a la etimología de las palabras. De hecho, a través de la misma, es posible observar la evolución en el tiempo de las lenguas y trazar el origen de las mismas, realizando un análisis de su procedencia. Da profesionalidad Prestar atención a nuestra ortografía refleja profesionalismo y competencia. Esto abrirá el camino a una mayor cantidad de oportunidades laborales. Dado que existen empresas que estiman y tienen en cuenta a las personas que poseen aptitudes para la escritura y la redacción, es conveniente tener estas cualidades presentes. Por ello, la ortografía apropiada es un ítem más que se suma a la lista de competencias valoradas a la hora de buscar trabajo y hacer más atractivo nuestro curriculum vitae, y así aumentar las oportunidades laborales. Crea una impronta personal Cuando uno es hábil en la comprensión lectora y ostenta una ortografía adecuada, deja una buena impresión al resto. Combinado con la utilización de palabras sofisticadas, demostramos interés por la escritura. A través de estos elementos, se crea nuestra impronta personal. Una vez que se domina y se conjuga la coherencia con las palabras y las ideas, podemos darnos el gusto de elevar aún más el modo de escribir y agregar nuestra marca, que nos hace diferentes
Cómo utilizar el punto y coma
¡Saludos, pecadores ortográficos! Siento haber dejado desamparadas vuestras atribuladas almas ortográficas durante tanto tiempo, pero yo mismo he tenido que pasar por una larga y dolorosa penitencia. Por todo el mundo es sabido que, en una familia, el hijo mayor es el responsable, el pequeño es el tesorito de la casa y el segundo es el ignorado. Pues bien, en la familia de los signos ortográficos, entre el punto y la coma está el punto y coma, signo al que yo también había condenado al ostracismo. ¡Dios de la Buena Redacción, apiádate de mí! Y es que el punto y coma es un signo muy útil del que nos acordamos muy poco, quizás por desconocimiento. Entono el mea culpa; por eso, aquí estoy, dispuesto a poner fin a una injusticia histórica. En este artículo vamos a descubrir cómo utilizar el punto y coma con la Ortografía de la Lengua Española (OLE) y el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD)de la RAE como referencias. CÓMO UTILIZAR EL PUNTO Y COMA. GENERALIDADES El punto y coma (;) es un signo que se escribe pegado a la palabra o signo que le precede, y separado por un espacio de la palabra o signo posterior. La primera palabra tras el signo irá escrita en minúsculas: Pensó que la victoria estaba en su mano; sin embargo, muy pronto descubriría que estaba equivocado. Tradicionalmente, se decía que el punto y coma servía para señalar una pausa mayor que la de la coma y menor que la del punto, algo bastante impreciso. Por eso, vamos a enumerar una serie de casos en los que está indicado sobre los otros signos. CÓMO UTILIZAR EL PUNTO Y COMA. USO EN ESTRUCTURAS COORDINADAS Podemos utilizar el punto y coma para separar los diferentes componentes de estructuras coordinadas, siempre y cuando incluyan comas o sean de cierta longitud. Si elegimos el punto y coma para estos casos, debemos utilizarlo siempre, aunque alguno de los componentes no incluya comas o sea cortito: Quedaron pocos hasta el final: Marcos, con la camiseta de su equipo del barrio, presumiendo de sus conquistas amorosas; Belén, tan inquieta como siempre y sin parar de fumar; mi prima Marta; el novio de mi prima. Pero si el último elemento está encabezado por una conjunción, es preferible que le preceda una coma. Es una manera de anticipar el final de la enumeración (aunque el punto y coma tampoco sería incorrecto): El equipo hizo cuatro fichajes: Juan Díez, portero; Manolo Sánchez, lateral derecho; Rubén Rodríguez, centrocampista defensivo, y Pepe López, delantero centro (mejor que ; y Pepe López…). Por último, aunque se suele utilizar coma antes de etcétera (o la abreviatura etc.), hay ocasiones que es preferible recurrir al punto y coma para evitar ambigüedades. Así, en el siguiente ejemplo, utilizamos el punto y coma para indicar que encontramos más cosas en otros sitios: Allí encontramos de todo: en unas cajas, viejos folletos no utilizados; en un baúl, fotos y dibujos de paisajes; en una maleta, billetes de avión; etc. Sin embargo, y a pesar de ser parecido, en el siguiente ejemplo, lo que indicamos al elegir la coma es que encontramos más cosas dentro de la maleta: Allí encontramos de todo: en unas cajas, viejos folletos no utilizados; en un baúl, fotos y dibujos de paisajes; en una maleta, billetes de avión, recuerdos de viajes, etc. Sobre las comas, ya hablamos algo en este curso. CÓMO UTILIZAR EL PUNTO Y COMA. USO EN LISTAS El punto y coma también se puede emplear para separar cada uno de los componentes de una lista cuando se escriben en diferentes líneas (precedidos por un guion o una viñeta). La primera palabra de cada elemento irá en minúscula y, eso sí, el último elemento se cerrará con un punto: El proceso selectivo constará de las siguientes fases: cuestionario tipo test sobre todo el temario y temas de cultura general; examen con preguntas de desarrollo sobre el temario; conocimientos informáticos: elaboración de un documento administrativo. Podréis encontrar más cosillas sobre este tipo de listados en el último apartado de este artículo. CÓMO EMPLEARLO PARA SEPARAR ORACIONES El DPD nos dice que el punto y coma sirve «Para separar oraciones sintácticamente independientes entre las que existe una estrecha relación semántica». Mejor verlo con un ejemplo: Es mejor que no decir nada; lo único que conseguirás es empeorar las cosas. Eso sí, nos aclara que la elección del signo depende del vínculo: si el vínculo es mayor, utilizaremos punto y coma, pero si es menor, es más conveniente el punto y seguido. Así que lo deja un poco en nuestra valoración. Incluso sería correcto utilizar los dos puntos. SU USO DELANTE DE CONECTORES También en este caso, el uso del punto y coma es un poco a nuestra elección, aunque con matices. Delante de conectores adversativos, concesivos o consecutivos (pero, aunque, sin embargo, no obstante, sino, por tanto…) podemos utilizar la coma cuando las oraciones siguientes tienen poca longitud: Iré, pero poco tiempo. El punto y coma se utiliza si la oración que sigue tiene cierta longitud: El profesor no puede venir; no obstante, los organizadores de las charlas buscarán un buen sustituto. Y el punto es más conveniente si la oración siguiente es bastante larga: La situación es grave. Por tanto, la empresa va a contratar un servicio de asesoramiento que prepare un plan de choque para afrontar la actual coyuntura y preparar las actuaciones a desarrollar en siguientes ejercicios. En este artículo, yo mismo os expliqué un poquito mis manías al respecto. Bueno, con eso ya le dimos un buen repasito al hermano olvidado de los signos de puntuación: el punto y coma. Ya no hay excusa que valga para volver a marginarlo, ¿o sí? Contádmelo en los comentarios, donde también podéis dejar vuestras sugerencias para futuros actos de penitencia ortográfica o gramatical. Por ahora, quedáis limpios de pecado hasta el próximo artículo.