Lecciones de El conde de Montecristo. Aprendiendo a escribir

por | Nov 3, 2021 | Consejos para escritores

Quienes hemos leído El conde de Montecristo, seguramente no la consideraremos una simple novela juvenil. La mayoría de reseñas y librerías la clasifican dentro del género de aventuras y como clásico de la literatura universal. Dejando al margen las adaptaciones infantiles, en contadas ocasiones se asocia el término «juvenil» a esta obra de Alejandro Dumas. Hoy quiero hablar de lecciones de El conde de Montecristo que cualquier escritor puede aprovechar, pero c

Sin embargo, algunas personas parecen tener prejuicios acerca de la madurez de la novela. Pienso que puede deberse al cine. Las adaptaciones de 2002 (del director Kevin Reynolds) y 1998 (protagonizada por Gérard Depardieu), están clasificadas como 7 (no recomendada para menores de 7 años) y TP (todos los públicos), respectivamente. Aunque estas valoraciones no son unánimes, y en otros países se eleva la edad recomendada a 13 años, encaja en el apartado juvenil.

No obstante, muchas de las lecciones de El conde de Montecristo sencillamente no las encontraremos fuera de las páginas de Alejandro Dumas.

Alejandro Dumas

En este artículo analizaré algunos de los aspectos estructurales; podrán leerlo incluso quienes todavía no hayan leído la novela (y estén pensándoselo). Los únicos spoilers relativos a fases avanzadas de la narración están en el último apartado (lo indicaré claramente en su momento).

 

Libro y película

Una cosa es el libro, y otra, muy distinta, es la película. Pero resulta comprensible: alguien ve la historia del conde de Montecristo en la pantalla, se hace una idea de la trama y el mensaje, y, teniendo en cuenta que hablamos de una novela larga, decide si merece la pena leerla o no, en función de su opinión sobre la película.

El problema surge cuando, por ejemplo, alguien visiona cualquiera de las adaptaciones cinematográficas de Drácula, y piensa que ya no tiene sentido leer la novela. ¡Error! El relato de Bram Stoker es un imprescindible, una obra maestra. He oído decir muchas veces que el filme de Copolla es una buena adaptación, y no niego su calidad artística, pero es otra cosa diferente. Basta con leer la primera parte, el diario de Jonathan Harker, para comprender la cantidad de matices y la riqueza que se pierden en la gran pantalla. Esto daría para un artículo en sí mismo, así que lo dejo como ejercicio para el lector (si acaso todavía no has disfrutado de este clásico de la literatura).

Volviendo a El conde de Montecristo, nos encontramos frente a una situación no muy diferente. Sería absurdo pretender condensar más de mil páginas, en dos horas de metraje. Pero ni siquiera la miniserie de 1998, con sus seis horas y media de duración, es capaz de capturar la dramática transformación de Edmundo Dantés en el conde de Montecristo, la profundidad del personaje de Faria, la complejidad de la venganza o la intensidad de los acontecimientos clave y el clímax.

 

El conde de montecristo, película de 2002

Fotograma de la película de 2002

 

Las lecciones de El conde de Montecristo: ¿una obra iniciática?

Al igual que sucede con otras muchas obras, no solo literarias, esta novela puede ser apreciada y comprendida desde varios niveles, y por personas de diferentes edades. ¿Es El Principito un cuento para niños? Hay personas que responderán «sí»; la portada, el protagonista, su corta extensión, lo aparentemente absurdo del argumento, etc., parece apuntar a un público infantil. Sin embargo, creo que la mayoría estará de acuerdo en algo: contiene un trasfondo y algunos mensajes y referencias difíciles de comprender por niños, o incluso adolescentes.

La novela de Dumas, al contrario, es un texto muy largo, tiene una trama cruda, muestra conflictos potentes y sentimientos amargos; no obstante, el protagonista comienza siendo un joven marino, y el formato de aventuras lo hace totalmente adecuado para un público adolescente. La cuestión es: ¿puede un adulto extraer más sustancia? Pienso, definitivamente, que sí, y que podemos hablar sin miedo de las lecciones de El conde de Montecristo, no solo para el lector, sino para el aspirante a escritor de ficción.

Ojo, con esto no deseo entrar en la discusión acerca de la posible naturaleza iniciática, masónica o esotérica de la obra. Aunque no soy experto en el tema, sí encuentro, en las páginas de Dumas, referencias claras a algunos de los grandes temas que podríamos definir como «profundos» o «trascendentes». En este artículo, me voy a quedar con los que considero más útiles para un escritor, y haré un breve análisis de la estructura de la novela, también desde el prisma de la escritura.

En todo momento será mi punto de vista. No pretendo demostrar nada con objetividad científica, sino invitar a la reflexión.

Las lecciones de El conde de Montecristo: Trama

La de El conde de Montecristo podría considerarse una trama de venganza, pero también apologética y de maduración. Aunque catalogada como novela de aventuras, no se trata de una trama de acción. Hay escenas dinámicas, incluso trepidantes,  pero no son el motor de la historia.

Venganza, sin duda. En el mejor momento de su vida, el joven marino Edmundo Dantés es apresado injustamente, sin comprender el motivo, sin que lo sepan sus seres queridos, en condiciones inhumanas, y de por vida, en el castillo de If. Al descubrir quién está detrás de todo, toma una decisión: si logra escapar, consagrará su vida a ejecutar su venganza.

Una trama apologética es una donde el protagonista se sobrepone, por mérito propio, y logra un cambio de fortuna hacia bien, aun a pesar de pagar un alto precio. Según Federico Fernández Díez: «Es la trama de lo que una persona es capaz de hacer». Esto se ve con esplendor en al menos dos momentos de la novela, pero fiel a mi palabra, no desvelaré cuándo ni en qué circunstancias.

Es también una trama de maduración. Edmundo Dantés, al transformarse en el conde de Montecristo, adquiere, no solo conocimiento, sino unos principios y un talante del todo ausentes al comienzo de la narración. Esto es totalmente lógico, aun en condiciones normales, pues transcurren 24 años entre su encarcelamiento y su venganza. Pero el proceso de madurez no termina ahí, ni mucho menos, ya que lo más interesante está por llegar: el conde seguirá sufriendo una transformación, más sutil, principalmente interior, hasta el final mismo del arco de personaje.

Como trama de venganza, tiene un punto original: no estamos frente a una explosión de ira, típica del cine de Hollywood, sino a un personaje con una sangre fría casi inaudita.

Las lecciones de El conde de Montecristo: Personajes

Presentar personajes con principios morales que abarquen un amplio espectro, sin recurrir a los arquetipos del bien y el mal, suele considerarse un punto a favor.

No obstante, en líneas generales, El Conde de Montecristo no es una novela de grises; la mayoría de los personajes son polares: buenos o malos. Esto no incluye al protagonista, ni tampoco a Mercedes, Alberto Morcerf y algunos otros.

Por un lado, es lógico, al tratarse de una historia de venganza, basada en un fortísimo agravio;  se presta excelentemente a un reparto con tendencia a la contraposición.

Quizá sea esta una de las lecciones de El conde de Montecristo: la posibilidad de narrar una gran historia, extensa y detallada, con un excelente ritmo narrativo, atemporal y para casi todos los públicos, utilizando esquemas relativamente sencillos. La idea es simple y, a la vez, atractiva. La novela de Dumas es, en cierto sentido, como Diez negritos, de Agatha Christie; cuando un autor concibe una obra a partir de un concepto tan claro, limpio y original, es difícil volver a hacer nada que se le parezca, sin que se aprecie la similitud. Supongo que por eso son clásicos de la literatura.

A menudo, se confunde «sencillez» con «ausencia de valor». Sin embargo, más a menudo aún, alcanzar la sencillez exige un gran esfuerzo.

Y ya que vuelve a aparecer el apelativo «sencillo», debo hacer una matización importante: una cosa es la polaridad, y otra, muy diferente, es la complejidad de la red de personajes.

 

El conde de Montecristo, adaptación para TV

Fotograma de la adaptación televisiva de 1998

Red de personajes

El reparto de El conde de Montecristo no es en absoluto trivial. El proceso de planificación necesario para darle forma requiere dedicación e ingenio.

Hay una treintena de personajes que funcionan muy bien, la mayoría de los cuales tienen diversas relaciones con el resto. He aquí la clave: los personajes de una novela no son entidades independientes. Si únicamente definimos la relación entre protagonista y antagonista, y creamos el resto de personajes de forma arbitraria, la calidad de la novela sufrirá notablemente.

La descripción de los personajes, sus deseos e intenciones, su trasfondo, etc., son aspectos importantes dentro de la planificación de una novela, pero no pueden funcionar por sí mismos. La interacción entre los personajes, y las funciones narrativas de cada uno de ellos, tiene un peso enorme.

Así, como todas, la red de personajes de El conde de Montecristo está plagada de relaciones. Hay padres y madres,  cónyuges, amantes, sirvientes, personajes que traicionan a otro, o le salvan, o desafían, o envenenan; algunos piensan en casarse, otros tienen una relación puramente interesada; algunos vínculos son muy evidentes, otros menos tangibles, etc.

Fácil, ¿no? Bueno, en un relato de pocas decenas de páginas, o cuando tan solo existen cinco o diez personajes, puede resultar sencillo crear una red basadas en este tipo de relaciones sencillas, sobre todo si tenemos muy clara la premisa y el argumento de la historia. Hacer crecer este concepto, hasta abarcar la extensión de una novela, y conseguir que los personajes, la trama, el mundo y el resto de elementos trabajen bien juntos, requiere una planificación cuidadosa, o quizá un talento innato (del que yo no dispongo).

Las lecciones de El conde de Montecristo: Ubicaciones

Al ojear una historia que supera el millar de páginas, podemos llegar a sentirnos abrumados por una aparente complejidad. Sin embargo, la trama de El Conde de Montecristo está limpiamente delimitada en cuatro bloques, que, además, están asociados a determinadas ubicaciones: Marsella, castillo de If, Roma y Paris.

En un determinado momento, bien elegido, se presenta una subtrama, protagonizada por el bandido Luigi Vampa. El arranque de esta es a la vez un ejemplo de cliffhanger.

Existe otra subtrama, dedicada a dos jóvenes que desean casarse, pero lo tienen todo en contra. Ambas subtramas van cobrando paulatinamente más relevancia.

También hay un momento en el cual Dumas decide no narrar, sino contar por encima. Se trata de un episodio concreto, a priori interesantísimo. Cuando Dantés huye de prisión, hay alrededor de diez años en los que desconocemos lo que le sucede. Sí sabemos, pero solo aproximadamente o de forma indirecta, los viajes y las experiencias que tiene. Visto a posteriori, resulta ser una decisión muy acertada, y un «truco» (más bien recurso) para darle variedad y agilizar la trama. Otra de las lecciones de Conde de Montecristo: cómo no es necesario relatarlo todo; cómo menos puede ser más.

Al hacernos conscientes de algunos detalles de la estructura, seguramente empecemos a ver una lógica aplastante en todo; que, lejos de una amalgama de acontecimientos, la historia es una sucesión de escenas armónica, donde cada elemento está exactamente donde debe estar (e, incluso, que no podría ser de otro modo).

Así, nuestra forma de leer cambia, y, por extensión, nuestra forma de escribir.

Lecciones de El conde de Montecristo: las ubicaciones

El castillo de If

Las lecciones de El conde de Montecristo: La enseñanza.

Desconozco de primera mano la mentalidad de la gente de mediados del siglo XIX, cuando se publicó la novela. Sin embargo, casi con total seguridad, la de hoy es muy diferente a la de entonces; hemos visto un cambio notable en tan solo una pocas décadas.

Aunque generalizar es un error, la sociedad se ha vuelto más cómoda, menos paciente, más distraída, etc., sencillamente como fruto del estilo de vida, rápido, cambiante, desbordante incluso. En el audiovisual (cine, videojuegos…) se aprecia una tendencia clara que podríamos definir como de «tortas y colorines», o, con más elegancia, «espectacularidad». Con esto no pretendo atacar ni juzgar la calidad del trabajo de nadie, sino tan solo señalar un cambio de estilo, de enfoque. El entretenimiento inmediato, sin grandes pretensiones, es una fórmula que funciona. Y eso está bien, no tiene nada de malo. Sin embargo, si tomamos, por ejemplo, el Tao Te King, comprobaremos que hoy, al igual que siempre, hay en el ser humano una dimensión trascendente, profunda y atemporal. Entre las lecciones de El conde de Montecristo hay, sin duda, enseñanzas acerca del espíritu o psique humanos, y, por la forma en la que son narrados, llegan a causar un impacto en el lector.

Todos sabemos lo que es importante de verdad, pero no siempre sabemos vivir en consonancia. La maestría, a menudo, consiste en lograr evocar en el corazón, aquello que ya sabemos.

Las lecciones de El conde de Montecristo: La providencia.

He dejado casi para el final el elemento que más me gusta de la historia del Edmundo Dantés: el papel de la providencia. Esta es una opinión totalmente subjetiva.

Mientras leía el primer tercio de la novela, una y otra vez sentí que Alejandro Dumas abusaba de la casualidad para enhebrar su relato. Muchos acontecimientos eran frutos de un golpe de suerte (o desgracia). Me pareció poco verosímil; una forma simplona de llevar la trama por el cauce deseado.

Durante la segunda mitad de la novela, mi percepción cambió radicalmente, y todas las piezas encajaron con elegancia en mi cabeza. La coherencia, a lo largo de la narración dio sentido a todos los aparentes agujeros que había visto en los primeros capítulos.

Cada lector extraerá un mensaje diferente. Para alguien religioso, el papel de la providencia tendrá un carácter divino; quienes sean conscientes de la trascendencia humana, pueden ver aquí el poder la mente, y desde la perspectiva del materialismo, la providencia puede representar la fortaleza del propósito individual, por ejemplo.

Veremos en las páginas, como si de un espejo se tratara, aquellas convicciones que ya están arraigadas, o de las que solo portamos la semilla. La buena literatura tiene este efecto. Y El conde de Montecristo no es una excepción.

 

Lecciones de El conde de Montecristo.

¿Hacia dónde nos lleva esta novela?

El desenlace.

En este último apartado voy a desvelar algunos hechos que decididamente estropearán la experiencia de lectura a quienes todavía no hayan terminado la novela. Si este es tu caso, te recomiendo que dejes de leer en este punto, y, si te ha gustado el artículo, te animo a comentar y compartirlo, y te agradezco tu tiempo e interés.

Aviso de spoiler.

Entroncando con la discusión inicial, acerca de la posible naturaleza juvenil de El conde de Montecristo, pienso que el desenlace no encaja con el típico final adolescente. De hecho, tanto la película de 2002, como la miniserie de 1998, lo cambian descaradamente, para dulcificarlo. No hay nada de malo en esto, ni en el resto de licencias, salvo que alguna de ellas nos disuada de disfrutar la obra original.

Edmundo Dantés y Mercedes no solo no se casan, sino que jamás recuperan su relación. Se reconcilian, él tiene un gesto de cortesía y se asegura de que no pase necesidades económicas. Pero esto queda muy lejos del típico final feliz, romántico. Mercedes decide vivir sola, casi en penitencia, y Edmundo se marcha con Haydèe, hacia una nueva vida.

La trama principal acaba después de haberse cerrado las dos subtramas, y podría decirse que los finales son felices, excepto para Mercedes y su hijo, Alberto, que pasa de llevar una cómoda vida de aristócrata, a enrolarse en el ejército.

Estas son solo algunas de las lecciones de Conde de Montecristo. ¿Te gustaría aportar algo? ¿Hay puntos en los que estés en desacuerdo? Te animo a participar. Y, por favor, considera compartir este artículo, al igual que el sitio web, si crees que el contenido es de calidad y puede ser de interés para otras personas.

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