Un año más, se acerca una nueva edición de la Semana del Autor Novel. A partir del 29 de enero, de manera gratuita, hablaremos de diversos aspectos que, como autor que aspira a publicar su primer novela, necesitáis conocer y nadie os explica (recordad que las plazas son limitadas, apúntate en este enlace: https://teopalacios.com/semana-del-autor-novel/ ). En cada temporada no sólo os doy un montón de información muy valiosa, sino que además me trasladáis vuestras dudas y preocupaciones. Una de las que con más ahínco trato de rebatir, tanto en mis talleres de narrativa como por redes sociales, es que las editoriales odian a los autores noveles, que no quieren publicar sus obras. En un artículo anterior ya vimos que esto no es cierto, ni siquiera en las editoriales grandes. Pero es que incluso en caso de que sí lo fuera, hay alternativas como las que vamos a ver hoy: las microeditoriales. No todo son grandes editoriales El ser humano tiende a simplificar. Es un mecanismo instintivo para enfrentarse y comprender con mayor facilidad las cosas, y lo vemos en todo tipo de situaciones u opiniones: cuando hablamos de política, cuando discutimos sobre deporte o debatimos acerca de cualquier situación social que nos afecte… A los escritores también nos pasa, por supuesto, y más aún cuando somos autores noveles. Tiene sentido, ya que acabamos de aterrizar en un mundo nuevo para nosotros y del que apenas conocemos la superficie, lo que antes experimentamos como lectores. ¿Y qué veíamos entonces? Pues librerías con mesas y estanterías repletas de las novelas de las mismas editoriales, las grandes corporaciones, las que tienen potencial y ventas para conseguir esa visibilidad tan deseada. Como estas editoriales copan el mercado debido a su poderosísima maquinaria de distribución, son las que más compramos. Si eres un ávido lector y vas a tu biblioteca personal es muy probable que la mayor parte de tus libros sean más o menos de las mismas editoriales, ya sabes a cuáles me refiero. Y claro, estas editoriales son también las que publican a los autores consagrados. La mayor parte de su plantilla de escritores son nombres ya conocidos, y por eso nos puede dar la impresión de que el mundo editorial discrimina a los autores que empiezan. Pero os contaré un secreto: detrás de todas estas editoriales hay otras, menos visibles, más pequeñas, aunque posiblemente mucho mejores para empezar vuestro camino como escritores. Son lo que llamamos microeditoriales o editoriales independientes. Qué son las microeditoriales El propio nombre con el que definimos este tipo de editoriales es bastante explícito, ¿verdad? Sin embargo, lo explicaremos un poco más. Las editoriales independientes son empresas muy pequeñitas, con un grupo de trabajo formado por pocas personas. Las plantillas de estas editoriales no suelen sobrepasar los cinco empleados, y en muchas ocasiones ni eso: las gestiona una única persona, que hace todas las tareas posibles. El dueño es también el editor, el maquetador, el que se encarga de la promoción, etcétera. Si está especializado, porque quizás ya ha trabajado en otras editoriales, o tiene formación literaria de algún tipo, también hará la corrección ortotipográfica y de estilo. Estresante es decir poco. Para las tareas que no controle, tendrá que contratar a especialistas freelance. Huelga decir que las microeditoriales no pueden acceder a los escaparates o las mesas de novedades de las grandes cadenas de librerías, pero si se lo montan bien es posible que sí puedan tener presencia en librerías más pequeñas, las de barrio. Es un hogar perfecto para estas editoriales independientes, sobre todo si el librero es de los que aman de verdad los libros y les gusta descubrir historias nuevas y originales para recomendarlas a sus clientes. ¿Por qué las microeditoriales son buenas para los autores noveles? Las microeditoriales, como es lógico, no tienen la capacidad para fichar a grandes autores de prestigio. Sus beneficios no darían para pagar lo que Santiago Posteguillo o Ken Follet exigen como adelanto, se arruinarían sólo por intentarlo. Y además, su distribución minoritaria impediría que las ventas de estos autores renombrados fueran las habituales para ellos, lo cuál sería como desperdiciarlos. Para que las microeditoriales pudieran ofrecer a estos grandes escritores todo aquello que necesitan dada su categoría mediática tendrían que mejorar su distribución al nivel de las grandes, algo imposible de conseguir. Y sin embargo, las microeditoriales publican. ¿A quién? Bueno, ya os imagináis la respuesta: en gran medida, a autores noveles. Las editoriales independientes son una muy buena puerta de entrada al mundo de la publicación para los escritores cuando empezamos a movernos de manera más o menos profesional. Es evidente que si firmas un contrato con una microeditorial no aparecerás en primera línea en las librerías. Lo más probable es que tu libro esté relegado a las estanterías de género, donde haya un único ejemplar y sólo se vea el lomo (ay, con lo bonita que es la portada). Es posible incluso que la novela ni siquiera llegue a todo el país. Pero estarás ahí. Tu obra será una realidad palpable. Nada mal para empezar, te lo aseguro. Conclusiones Las microeditoriales además cuentan con otra ventaja: como no tienen la presión de publicar superventas, pueden filtrar mejor lo que les llega y buscar más la calidad. Es precisamente en las editoriales independientes donde surgen las joyas literaria, mientras que en las grandes se apuesta más por la efectividad comercial. Así que si logras que te acepten en una microeditorial es muy posible que sea debido a que tu obra es buena de verdad. Por si fuera poco, el trato con el editor será más cercano la mayoría de las veces, lo que llevará a que aprendas mucho y te vayas preparando para un futuro salto a una de las grandes. Así que ya sabéis: cuando empecéis a barajar a qué editoriales enviaréis vuestras obras, no os quedéis sólo en las cuatro o cinco más famosas. Bucead hasta el fondo, sed más incisivos. Investigad pequeñas editoriales con una imagen de profesionalidad. Intentad contactar con los
El Muro de Adriano
¿Qué tal el cambio de año, lectores? ¿Lo inauguramos con un nuevo artículo? En mis clases de narrativa tengo a muchos alumnos tan enamorados de la literatura fantástica como yo mismo. Al hablar del worldbuilding de sus mundos imaginarios, muchos de ellos se sorprenden cuando les recomiendo que se fijen en nuestro propio pasado como inspiración. Al fin y al cabo, los grandes autores también lo hicieron en su momento. ¿Recordáis el Muro, esa gigantesca barrera de hielo que aparece en las novelas de Canción de Hielo y Fuego? Pues el propio autor declaró que el concepto de este escenario está ambientado en el paraje que hoy vamos a hablar: el Muro de Adriano. Por cierto, ya que hablamos de mis cursos, os recuerdo brevemente que ya tenemos fecha de inicio para la Semana del Autor Novel de este 2024: empezaremos a partir del 29 de enero, y estaremos hablando de todo lo relacionado con la carrera de escritor hasta el 2 de febrero. ¡Ya no queda nada! Así que date prisa, porque ya he empezado a recibir muchas solicitudes y las plazas son limitadas. Apúntate, COMPLETAMENTE GRATIS, desde el siguiente enlace: https://teopalacios.com/semana-del-autor-novel/ El muro, protección contra los salvajes Las similitudes entre el Muro de hielo y el de Adriano son más conceptuales que en cuanto a aspecto físico. Pero vamos a empezar por el principio: ¿Qué es el Muro de Adriano? Nos estamos refiriendo a una construcción defensiva de origen romano, levantada en las tierras britanas que por aquel entonces el Imperio gobernaba. Su extensión llegó a ser considerable, de más de cien kilómetros, y cortaba en dos la isla, de este a oeste: desde el río Tyne, casi en la costa del mar del Norte, hasta el fiordo de Solway, que justo da al extremo opuesto, el mar de Irlanda. De este modo, la isla quedaba dividida en norte y sur: las tierras que estaban por debajo del muro eran territorio romano, civilizado, mientras que lo que quedaba al norte estaba habitado por salvajes. Ya sabéis cómo eran los romanos o los griegos: si no formabas parte de su cultura eras un bárbaro. Los pueblos más allá del muro entraban en esa categoría. Eran comunidades de pictos, en su mayoría, y a la larga se extenderían por toda la isla. Pero no adelantemos acontecimientos. El origen del Muro de Adriano ¿Os suena la historia? Un muro para defender el reino de las hordas de pueblos salvajes. Es justo el cometido del Muro de George R.R. Martin. Por supuesto, el de Adriano no era de hielo ni se alzaba tan alto, ya que en los tramos de mayor altura apenas alcanzaba seis metros, pero su utilidad era la misma: proteger las tierras del Imperio romano, en el lugar más alejado de Roma. Para ello no bastaba sólo con el muro, ya que también excavaron fosos a un lado y otro, junto con fuertes de muralla y bermas. De hecho, veinte años después se reforzó con una segunda línea más al norte, el Muro de Antonino. La historia del Muro de Adriano empezó con el ascenso al trono del emperador Adriano, en el 117. Año en el que además se produjeron fuertes conflictos en la Britania romana. Como decía, la amenaza de los pictos en el norte era constante, aunque en realidad no se temía una invasión de éstos, dada su desorganización. El problema residía más bien en las frecuentes incursiones, en los pillajes de que eran víctimas los colonos romanos, entre los que había nobles familias llegadas de Roma. Se cree que ese fue el motivo principal del levantamiento. Otras teorías apuntan también a la posibilidad de que el Muro de Adriano no fuera más que una obra faraónica por parte del emperador para dejar constancia del poderío romano. Algo que de paso también amedrentaría a esos salvajes, impresionados ante una construcción tan colosal. La construcción del Muro de Adriano Cabe destacar que la construcción del Muro de Adriano empezó en el 122, pero se prolongó durante más de seis años. El trazado se inició desde el tramo oriental, y lo realizaron los propios legionarios que luego ocuparían la muralla. Hay diversas inscripciones en los tramos, dependiendo de qué legión fue la que lo construyó, como la VI Victrix, la XX Valeria, o II Augusta, veterana que participó en la invasión de Britania al mando del emperador Claudio. La cosa iba así: cada legión excavaba los cimientos del tramo en el que estaban, levantando las torretas y los fuertes y, cuando terminaban, el resto de legiones seguían avanzando y los constructores permanecían como guarnición. Hasta ochenta castillos fueron levantados para las tropas defensivas. Cada uno de estos baluartes debía albergar unos cuarenta hombres, lo cual si echamos cuentas sería una cantidad de soldados impresionante… y muy caros de mantener. Además, se incorporarían entre medias diversas torretas de observación, que también contendrían algunos hombres. Todas estas edificaciones, e incluso tramos enteros de la muralla, fueron reconstruidas en varias ocasiones. El declive del Muro de Adriano Ya lo he apuntado antes: el Muro de Adriano estaba muy lejos de Roma, demasiado, y por tanto era evidente que tarde o temprano sería una de las víctimas del colapso del Imperio romano. Britania estaba escasamente poblada por auténticos romanos, en comparación con la propia Roma o Hispania. ¿Quién en su sano juicio querría iniciar una nueva vida en un lugar tan alejado, con pueblos salvajes a dos zancadas de su granja? Era imposible que con una población tan pequeña se pudiera nutrir a las fortalezas de la necesaria guarnición de soldados. En total se cree que habrían hecho falta entre mil y mil quinientos efectivos. Por no hablar de los suministros necesarios, del armamento, de la caballería para patrullar. Todo esto hizo que cuando se construyó el Muro de Antonino, más al norte todavía, el de Adriano fuera casi abandonado. Pero Antonino no pudo conquistar a las tribus de pictos, así que con Marco Aurelio en el poder se tuvo que retroceder de
La sinopsis: importantísima
Los escritores somos una especie muy rara en muchos aspectos, pero hay uno en concreto que me fascina: somos capaces de escribir una novela de trescientas páginas, una trilogía o incluso una saga de «tropecientos» libros pero luego se nos atraganta elaborar una simple sinopsis de nuestra obra. ¿Cómo es posible que se nos dé tan mal sintetizar? Pues hoy vamos a hablar precisamente de eso, de la sinopsis, y por qué es tan importante que aprendamos a realizarlas. Pero antes, permíteme recordarte que estamos a pocas semanas de una edición más de la Semana del Autor Novel. A finales de enero empezaremos de nuevo este curso gratuito que ya es toda una tradición, y donde como en cada edición os hablaré de las mejores estrategias para poder publicar con una buena editorial. ¡Y completamente gratis! Sin obligación alguna, sólo tienes que inscribirte en el curso pinchando AQUÍ, porque las plazas son limitadas. La sinopsis, la pesadilla del escritor Si le preguntáis a diez escritores distintos cuáles son las tareas propias de su profesión que menos le gustan, estoy convencido de que nueve de cada diez te dirán: «corregir, poner título a la novela y hacer la sinopsis». Como decía en la introducción, los escritores somos bichos raros por muchas cosas, y una de ellas es lo mucho que nos cuesta sintetizar. Tenemos tendencia a irnos por las ramas, a explayarnos a la hora de escribir. Es lógico, sin duda, porque nuestro trabajo va de eso, de desarrollar tramas, de profundizar en ellas y elaborar una historia extensa, compuesta por diversos elementos que exigen una extensión: argumento, personajes, ambientación… Por eso nos cuesta tanto elaborar una sinopsis. Estamos acostumbrados a desarrollar historias largas, con tantos elementos implicados que nos vemos incapaces de condensarlos en unas pocas líneas. ¡Y eso que conocemos la historia mejor que nadie! Sabemos qué queremos transmitir, cuáles son los puntos fuertes que marcan la novela, conocemos a los personajes… Aún así, nos parece imposible dejar fuera un montón de datos y, por tanto, ofrecerle al potencial lector sólo lo relevante. Y además de una manera que les enganche. La sinopsis: algo más que un resumen ¿Pero qué es una sinopsis exactamente? No es la primera vez que hablamos de este tema. Es más, hace unos años elaboré un artículo sobre cómo realizar una buena sinopsis, que sigue siendo vigente (y podéis ver AQUÍ). Pero hoy no vamos a hablar de cómo hacer una sinopsis, sino de lo importante que es hacerla bien. Y creedme, es muy importante. Para empezar hay que evitar confundirla con un resumen. El único punto en común es la necesidad de sintetizar la historia, nada más. Parece obvio, y sin embargo no os imagináis cuántas veces he visto a autores cometer dicho error en mi trabajo como lector editorial. De hecho es algo de lo que hablo con los alumnos de mi curso de narrativa del Método PEN, donde también tratamos varios aspectos del mundo editorial. El diccionario de la Real Academia Española es muy claro cuando buscamos el verbo «resumir»: «Reducir a términos breves y precisos, o considerar tan solo y repetir abreviadamente lo esencial de un asunto o materia». ¿Es eso lo que hace una sinopsis? En parte sí, no hay duda alguna. Pero una sinopsis va más allá. Cautivar al lector En efecto, esa es la clave de la sinopsis y lo que la aleja del simple resumen: cautivar al lector. La función de la sinopsis no es condensar toda la historia en unas pocas líneas. Es más, debemos tener mucho cuidado de no contar de más, para evitar los temidos spoilers. En un resumen no te preocuparía nada de eso, te dedicarías a desarrollar con brevedad toda la novela: el argumento, los giros narrativos, la personalidad de los personajes y cómo cambian… Algo que ni por asomo puedes hacer en una sinopsis. La sinopsis va más de sugerir, de ser sutil, de darle al lector la información adecuada para que se haga una idea de qué se va a encontrar al empezar a leer. Hay que ser inteligente a la hora de mostrar esas pequeñas perlas que despertarán el interés del lector potencial. En unas pocas pinceladas debes decirle dónde se desarrolla la historia, mostrarle unos personajes potentes, y descubrirle las posibilidades fascinantes de tu argumento. Todo eso sin revelar demasiado, planteando preguntas que se responderán al leer la obra. Porque, si se lo cuentas todo, ¿qué motivo tendrá nadie para comprar el libro? Hay que jugar con el lector, sí, y despertar su interés. ¡Pero cuidado! No podemos engañarle. La sinopsis jamás debe ofrecer algo que el lector no encontrará en el interior del libro. No puedes decirle que «es una novela que profundiza en la realidad social de los aztecas» cuando la obra apenas se desarrolla en dicho territorio. Con este tipo de estrategias, quizás consigas un comprador, pero perderás un lector, y será para siempre. La importancia de la sinopsis Hay tres elementos que harán que un lector potencial quiera comprar tu libro cuando lo vea expuesto en una librería. El primero es el nombre del autor, pero esto lo vamos a obviar porque sólo se aplica a los autores ya consolidados. El siguiente factor a considerar es la portada. Una buena ilustración, llamativa e impactante, hará que nuestro futuro lector coja el libro de la estantería. Bien, hemos captado su atención. Lo siguiente que hará, no lo dudéis, será darle la vuelta al libro y leer el texto de la contraportada, nuestra querida sinopsis. Y os digo desde ya mismo que de nada servirá la portada más espectacular del mundo si lo que el lector lee en ese pequeño texto de presentación no le cautiva. Y de ahí la importancia de elaborar una buena sinopsis. ¿Queréis saber más sobre la sinopsis? Pues sólo tenéis que descargar mi ebook Cómo aumentar las posibilidades de ser publicado, disponible en descarga gratuita. No os lo perdáis, porque todo lo que os cuento
Ibn Battuta, el gran viajero
Me encantan las novelas protagonizadas por grandes viajeros, en las que se narran espectaculares travesías donde el personaje principal descubre nuevas culturas y vive mil aventuras. Tienen un encanto especial, como si a través de estas historias pudiéramos hacer lo que nuestro día a día no nos permite: conocer lugares lejanos. Y el protagonista del artículo de hoy bien que merecería una novela centrada en sus viajes, porque anda que no recorrió mundo. ¿A quién me refiero? Quizás no os suene mucho, pero este viajero incansable pasó treinta años de su vida recorriendo a pie, a lomos de un camello o sobre un barco, todo el mundo conocido en la Edad Media. Tanto es así que recorrió una distancia mayor que el mismísimo Marco Polo. Os presento a Muhámmad Ibn Battuta, el gran viajero. El ansia viajera de Ibn Battuta Vamos a reconocer que Ibn Battuta no tuvo que salvar grandes penalidades para poder cumplir sus sueños viajeros. Nació en el seno de una familia honorable de cadíes, un tipo de magistratura islámica, así que jamás tuvo que lidiar con ningún apuro que lo atara. Vino al mundo allá por el 1304, durante la época de la dinastía Meriní. Dada las características de su familia, los Banu Battuta, tuvo acceso a una educación esmerada, que le descubrió su primera gran pasión, la lectura. Y ya sabéis lo que pasa cuando uno es un lector voraz: la mente despierta y se abre a nuevas realidades. Ibn Battuta no permaneció mucho tiempo en su Tánger natal, como podéis imaginar. Su afición por los libros de temática geográfica causó tal convulsión en el joven que sintió la imperiosa necesidad de conocer por sí mismo ese mundo que le presentaban los libros. De este modo, apenas cumplidos los veintiún años, decidió dejar su hogar y echarse a los caminos. No volvería a Tanger hasta veinticuatro años después. El primer viaje: La Meca No podía ser de otro modo. ¿Cuál debe ser el primer destino de todo musulmán? El hajj, o como nosotros la conocemos, la peregrinación a La Meca. Ya sabéis que se trata de una de las obligaciones del islam. Es aquí cuando empieza la Rihla, la crónica escrita que Ibn Battuta realizó de sus viajes, una obra de enorme trascendencia ya que le permitió legarnos un montón de testimonios y descripciones de los parajes que recorría. Fijaos si es importante lo que dejó escrito que hoy en día se utiliza como fuente fundamental para el estudio del mundo islámico en la Edad Media. Para llegar a La Meca partió el 13 de junio de 1325 y recorrió la costa norte de África, hasta alcanzar Egipto. Debió ser un tramo duro, quizás debido a su inexperiencia, porque apenas dejó detalles escritos de esta etapa. Hasta que alcanzó Alejandría y se embarcó por El Nilo hacia la ciudad de Aydab. Pero como no puedo llegar a Arabia por la ruta del Mar Rojo, tuvo que regresar a El Cairo. Damasco y Alepo fueron sus siguientes paradas, antes de alcanzar al fin La Meca en 1326. Ibn Battuta en China Durante los siguientes seis años, Ibn Battuta recorrió en profundidad toda Arabia, visitando lugares como Irak, Kurdistán, para regresar de nuevo a La Meca, donde ejerció de teólogo. Por supuesto el ansia viajera siempre sale a flote, pero esta vez Ibn Battuta quería traspasar todas las fronteras y descubrir nuevas culturas. Su nuevo viaje habría de llegar más allá de lo imaginable: Egipto, Siria, la península de Anatolia, Crimea, Constantinopla… En algunos de esos lugares contactó por primera vez con la cultura occidental cristiana, pero sólo fueron paradas menores ante lo que le esperaba: cruzó el río Volga y, en 1333, pisó el valle del Indo, y luego Delhi, donde estuvo nueve años como parte del servicio del sultán Muhammad Ibn Tughluq. Ibn Battuta podría haberse quedado allí hasta el final de sus días, pues se ganó un puesto de honor en la corte del sultán hindú, pero tenía tantas ganas de volver a los caminos que logró que el sultán le nombrara embajador de su reino, con un destino susurrado por el propio Ibn Battuta: el Extremo Oriente. Un terrible huracán le obligó a hacer escala en las islas Maldivas, para luego llegar hasta Sri Lanka. En sus crónicas asegura que escaló la montaña donde se dice que Adán dejó las huellas de sus pisadas. Hubo momentos donde Ibn Battuta lo pasó bastante mal, como cuando fue atracado por unos piratas en el Índico. Pero logró superar todo inconveniente, ya fuera de carácter humano o las malas condiciones climáticas, para alcanzar al fin la costa china. Recorrió miles de kilómetros antes de llegar a Pekín. A estas alturas ya habréis comprendido que Ibn Battuta era de culo inquieto, y una prueba más es que no permaneció en la capital china ni un mes. De nuevo se lanzó a la exploración, hasta el punto de que dejó una crónica muy detallista sobre las costumbres de una civilización que para él era tan extraña como si estuviera viendo a unos alienígenas. ¿Os imagináis lo que debió sentir al ver la Gran Muralla China? Conclusiones Pero en 1347 China estaba sumida en un período bastante agitado, así que decidió regresar a su hogar. Si es que un viajero que ha pasado más de veinte años dando vueltas por el mundo puede tener un hogar. Se asentó en Tánger durante unos años, pero no muchos: poco después tomaría la dirección opuesta y se dirigiría hacia occidente, a nuestra al-Andalus, en aquel momento sumida en conflicto con Alfonso XI de Castilla. Aunque cuando llegó el rey castellano ya había muerto por la peste negra, así que no tuvo mayores problemas para recorrer la península. Marbella, Ronda, una Málaga de la que escribió auténticas maravillas… Y por supuesto, Granada. Ya veis que podríamos escribir un libro hablando de todos los lugares que Ibn Battuta recorrió. Os prometo que he resumido mucho y me he dejado
El informe editorial
Si de algo hemos hablado a lo largo de la vida de este blog es del mundo editorial, ¿verdad? Y vamos a seguir haciéndolo, porque por muchos artículos que dediquemos al tema siempre se nos quedarán cosas en el tintero. El tapiz literario y editorial es tan amplio que nunca lograremos mostrarlo por completo. En todos los artículos que os he ofrecido hemos hablado de figuras claves como el editor o el lector editorial. Y hay un elemento específico que une a ambos, y que hoy voy a desarrollar: el informe editorial. Qué es un informe editorial Lo primero que tenemos que aclarar es qué no es un informe editorial: una opinión. A ver, sí, en parte sí es una opinión, ya que cualquier valoración de una obra literaria es subjetiva por definición. La literatura no se basa en conceptos calculables, no estamos hablando de matemáticas o física cuántica. Aún así, el informe editorial profundiza más allá de donde lo haría una simple opinión. Mucho más. Un informe editorial atiende a elementos que un lector común no tiene por qué valorar, al menos de manera consciente. Elementos digamos técnicos, especializados, y dirigidos desde una perspectiva más profesional, dirigidos a un receptor último: el editor (aunque también puede encargarlo un autor a título personal). En un informe editorial se tienen en cuenta aspectos de calidad literaria, por supuesto, pero también, como es lógico, se estudia la viabilidad comercial de la obra analizada. Nunca olvidemos que toda editorial, como empresa privada que es, necesita tener en cuenta las posibilidades de sus inversiones. Porque, de nuevo, hay que ser conscientes de que producir un libro es tremendamente caro. ¿Invertirías tu dinero en un negocio sin antes estudiarlo muy a fondo? Lo normal es que te informes de dónde te metes, que te asesores de algún modo. Pues eso es justo lo que hacen las editoriales a través del informe editorial. Informe editorial vs reseñas Ni siquiera podemos decir que un informe editorial se equipare a una reseña. Y cuando hablo de reseña no me refiero al típico post de un lector diciendo «la novela me enganchó, es maravillosa». Eso no es una reseña, es una simple opinión, lo cual no tiene nada de malo, al contrario. Al fin y al cabo el auténtico objetivo del autor al escribir es que su novela provoque tales emociones. A mí personalmente lo que más me gusta es ese simple «tu historia me atrapó». Desde luego eso no es lo que quiere un editor cuando te contrata para que le hagas un informe editorial. Ni siquiera le vale con una reseña literaria pura, que son más analíticas. Lo que necesita de ti es un informe pormenorizado, que disecciones la obra en todos los niveles, casi con microscopio, pero siempre enfocándote en las necesidades de la editorial. Para empezar, debes desarrollar una sinopsis argumental de la obra, para que el editor tenga una visión global de la novela. Pero es que luego además tienes que desgranarle aspectos fundamentales como los personajes, el estilo literario, la corrección ortográfica y gramatical, la estructura narrativa, y, por supuesto, la viabilidad comercial del proyecto. Con esto último nos referimos a si la obra tiene cabida en el mercado y podría suscitar el interés del posible lector. Hay que valorar si la temática de la novela sigue las líneas editoriales de la casa o si el enfoque que el autor ha hecho de la historia es el adecuado para cautivar al lector. Como podéis imaginar, todas estas premisas exigen a un tipo de lector muy especializado. Alguien experto no sólo en literatura pura y dura, en el proceso creativo, si no que también conozca el mercado y, más importante incluso, a la editorial para la que trabaja. Por eso es imprescindible que lector y editor tengan cierta sintonía. Por qué se hace un informe editorial La explicación es tan sencilla que cae por su propio peso, y de hecho hemos hablado de ello en más de una ocasión: las editoriales reciben tal cantidad de manuscritos que no pueden leerlos todos contando únicamente con el trabajo de su plantilla fija. Menos aún teniendo en cuenta que deben atender a sus autores ya contratados, preparar los lanzamientos, las campañas promocionales, así como otros aspectos tangenciales pero vitales como el aspecto económico del negocio. Es por ello que necesitan recurrir a lectores editoriales, generalmente freelance, que elaboran dichos informes editoriales. Estos análisis facilitan muchísimo el trabajo de los editores, ya que de este modo se ahorran tener que leerse todo el manuscrito al principio. En cuatro o cinco páginas tienen condensada la esencia de la obra aspirante y pueden emitir un juicio de valor. Y no siempre coincide con lo que el lector aconseja en el informe editorial. A veces el editor decide saltarse esa recomendación porque, quizás, el instinto le susurra que puede merecer la pena el riesgo. Pero en cualquier caso se ahorra de inicio un montón de tiempo gracias al trabajo realizado en el informe editorial. Si gracias a este deciden darle una oportunidad a la obra, entonces sí lo leen entero. Conclusiones El trabajo editorial es intenso, duro, con una carga de estrés que desde fuera no se aprecia. Las editoriales tienen que lidiar con una carga de trabajo brutal provocado por el ritmo de publicación trepidante que exige el mercado actual. Las editoriales medianas y grandes deben satisfacer el ansia lectora de sus clientes publicando una o incluso dos novedades al mes, lo cuál exige una dedicación absoluta. Os prometo que no exagero cuando digo que la profesión de editor desgasta mucho. Lo sé porque yo mismo trabajo para las editoriales elaborando informes editoriales, por eso entiendo la necesidad de esta magnífica herramienta. El tema del informe editorial, así como muchos otros, podéis encontrarlo desgranado en profundidad en mi ebook Cómo aumentar las posibilidades de ser publicado, disponible en descarga gratuita. Imprescindible si queréis potenciar vuestras posibilidades de ser publicados. No basta sólo con mejorar tu
La conjura de los cuñados
¡Ay, los cuñados! Qué especímenes tan curiosos. Los hay que son un amor, por supuesto, y otros que nos sacan de quicio cada vez que coincidimos en la cena de Navidad. Pues bien, os puedo asegurar que por pesados que sean vuestros cuñados, la relación que tenéis con ellos jamás se acercará a la que tuvieron nuestros dos protagonistas de hoy. Fijaos si la cosa llegó a estar tensa entre los dos que desembocó en una guerra civil. ¿Os apetece saber cómo acabó esta conjura de los cuñados? ¡Pues vamos allá! Constantino, despreciado por su propio padre Esta conjura de los cuñados os va a parecer que empieza bien, con dos tipos bien avenidos, los vencedores finales de un conflicto terrible que había tenido sumido a todo el Imperio romano en el caos. Las guerras civiles de la Tetrarquía duraron varias décadas, y en su primera fase llegaron a coexistir hasta seis emperadores al mismo tiempo. Una absoluta locura, que ya os podéis imaginar por qué derroteros se desarrollaba: traiciones en cada esquina. Era un problema sistémico debido a un sistema político, la tetrarquía, con más oscuros que claros. Diocleciano lo creó en el 293 para tratar de apaciguar los disturbios fruto un siglo III que había sido bastante problemático para el Imperio. El mundo romano había cambiado mucho con respecto a lo que os conté en mi novela Muerte y cenizas. Y entre esos cambios estaba el sistema político. La tetrarquía consistía en tener dos emperadores mayores o augustos, uno en Oriente y otro en Occidente, y otros dos copríncipes menores, o césares. Los primeros en dar vida a este sistema fueron Diocleciano y Maximiano, como augustos; y Galerio y Constancio I como césares. Tras lograr encauzar de nuevo el Imperio, los dos augustos decidieron abdicar en favor de sus príncipes, lo cuál tenía sentido. Ahora bien, los dos nuevos augustos no nombraron como sus césares a los que todo el mundo esperaba, o sea, a sus hijos (Constantino y Majencio), sino a Valerio Severo y Maximino Daya. Ya os podéis imaginar la poca gracia que les hizo a los respectivos vástagos. Constantino y Licinio, coemperadores Y entonces va y se muere Constancio en el 306. A partir de ese momento, la estabilidad de la tetrarquía se hizo añicos por completo. Constantino fue nombrado augusto por el ejército aprovechando la ausencia de Severo, aunque luego Galerio lo rebajó a césar, ascendiendo a Severo a augusto. Pero del pobre Majencio no se acordó nadie, así que éste, enfurruñado, dijo que por ahí no pasaba y se proclamó emperador de Roma. Lo cuál llevó a una primera fase de estas guerras civiles de la Tetrarquía donde, entre otras cosas, Majencio se enfrentó a su propio padre, Maximiano, y donde Severo fue asesinado en el 307. Galerio murió en el 311, justo después de que fuera nombrado como nuevo augusto de Occidente un tal Licinio, uno de nuestros cuñados protagonistas. Licinio vio con preocupación la campaña de Majencio, así que decidió aliarse con Constantino, que ansiaba ser el otro coemperador. Constantino se las arregló para derrotar a Majencio en la batalla del Puente Milvio, quien murió ahogado en el río Tíber, lo cual le abrió las puertas al trono de Occidente. A partir de entonces, el nuevo rival fue Maximino Daya, que veía esta alianza de los todavía no cuñados como una amenaza, y quiso arreglarlo convirtiéndose en el emperador único. Pero Constantino y Licinio demostraron ser una gran dupla y consiguieron derrotarlo de manera definitiva, convirtiéndose en emperadores de Occidente (en el caso de Constantino) y de Oriente (por parte de Licinio). Constantino y Licinio, cuñados a la gresca La situación pareció volverse bucólica de repente, pero pronto veremos que era un mero espejismo hacia la conjura de los cuñados a punto de estallar. En marzo del 313, Licinio se casó con Flavia Julia Constancia, la medio hermana de Constantino. El bodorrio, por cierto, se llevó a cabo en Mediolanum, actual Milán. Justo en la misma época en que se proclamaba el Edicto de Milán, que establecía la libertad de religión, por la que se cerraba la persecución de cualquier credo no oficial, como el cristianismo. Aunque en aquel momento no se sabía, aquel sería el primer paso para que el cristianismo se convirtiera en la religión oficial, casi setenta años después. Pero esto es Roma, y en el mundo romano no existe la calma. Y vaya si fue así, porque ahora viene lo bueno: apenas unos meses después de convertirse en familia política, a Constantino no se le ocurrió nada mejor que darle el rango de césar a un tal Basiano. ¿Y quién era este señor? No os lo vais a creer: ¡Otro cuñado de Constantino! Concretamente, el esposo de su otra hermana, Anastasia. Lo nombró césar sin el consentimiento de Licinio, y además le dio como dominio las tierras que había entre ambas partes del imperio, para que fuera una especie de barrera por si a Licinio se le cruzaban los cables y se rebelaba contra él. La conjura de los cuñados Lo que Constantino no esperaba es que Licinio fuera tan artero y espabilado como finalmente fue. Porque en cuanto vio el percal que se estaba organizando, no dudó en encontrarse con Basiano y empezar a comerle la oreja. Le dijo que debía ir con cuidado, que mejor no confiar demasiado en un hombre, Constantino, con cierta afición a darle la espalda a sus familiares políticos. Y bueno, no le vamos a quitar razón, pues Constantino, además de traicionar al propio Licinio, ya había hecho lo mismo con otro cuñado, Majencio, y con su suegro, Maximiano. Tanto le dio la brasa que al final lo convenció de que lo mejor era cargarse a Constantino y aquí paz y allí gloria. Por supuesto, el intento tenía que hacerlo Basiano, Licinio no pensaba ensuciarse las manos. Basiano, que parece que estaba un poco en las nubes, aceptó hacerse cargo del asesinato. Pero Constantino descubrió sus
La coma vocativa
Seguro que ya echabais de menos un artículo sobre nuestros queridísimos (y en ocasiones odiadísimos) signos de puntuación. Pues se acabó la espera. ¿Os acordáis de cuando hablamos de la traicionera coma criminal? Pues hoy nos toca hablar de su prima, la otra gran pesadilla de todo alumno de los talleres literarios: la coma vocativa. ¿Qué es el vocativo? Pero antes de hablar de este error, en el que caemos con una frecuencia asombrosa, hay que ir al origen del problema. Para empezar deberíamos explicar un poco qué es eso del vocativo. Ya hablamos brevemente de ello hace un tiempo, en este artículo, pero hoy vamos a profundizar mucho más. El diccionario de la Real Academia Española es muy conciso: «Dicho de una expresión nominal: que se usa en función apelativa». Es como señalar a una persona dentro del texto. Y nos pone un ejemplo muy básico pero a la vez perfecto, que vamos a utilizar también nosotros: «Pepe, ven un momento, por favor.» Atendiendo la definición, no cuesta mucho apreciar a qué estamos apelando. A quién, en realidad: Pepe. Este señor es por tanto el vocativo de esta frase, nos referimos a él, y suele ser nuestro interlocutor, alguien con quien estamos hablando. También se le llama «apelación» o incluso «apóstrofe». De hecho, el vocativo más famoso e utilizado es el del encabezamiento de las cartas y correos electrónicos. Cuando decimos «Hola, querida Ana» estamos usando un vocativo («querida Ana»). Se utiliza incluso en otros idiomas. ¿Os acordáis de la película «Good Morning, Vietnam»? Pues ahí está, otro vocativo, y en este caso ni siquiera es una persona, sino el nombre de un país. Pero su función es la misma: apelar a un individuo o a un grupo de individuos. Algunos de vosotros me diréis que en todos estos casos esos vocativos son también los sujetos de sus respectivas oraciones. Pues no, en ninguno de esos caso. Pepe no es el sujeto. Bueno, un poco sí, porque en realidad el sujeto de esa frase es «tú» (que hace referencia a Pepe), aunque no aparezca. Ya sabéis que el sujeto no es necesario nombrarlo siempre, en ocasiones se sobrentiende. Lo que sí debe ir es junto al verbo. Salvo en contadas excepciones, jamás se separa de éste. Por tanto, ese «Pepe» utilizado como apelación impide que sea el sujeto. Y para indicarlo con claridad usamos esa coma, nuestra querida «coma vocativa». Por qué hay que usar la coma vocativa Respuesta rápida: porque lo dicen las reglas de la gramática. Punto. Esto es lo que os dirán en la mayoría de cursos de ortografía, como es lógico, pues lo habitual es centrarse en la práctica y dejar de lado la teoría. Se tiene que hacer así y ya está. Pero una vez más es bueno profundizar en el motivo de las cosas, bien por pura curiosidad o bien para entenderlo mejor. Antes he comentado que la coma vocativa nos ayuda a indicar la presencia del vocativo, pero en realidad la función de esta coma no es la de señalar este elemento, porque éste se aprecia por sí mismo sin dificultad alguna debido a la misma construcción de la frase. Es más, en el lenguaje hablado contamos con una herramienta muy potente: la entonación. Durante una conversación, si le pedimos a Pepe que venga un momento, impregnaremos la mención del susodicho con una ligera entonación. Y como añadido, haremos una pausa tras mencionarlo (tras apelar a él). Siempre. Pensad en cualquier frase en la que estéis apelando directamente a otra persona. Todas y cada una de ellas te obligan a hacer esa pausa cuando las pronuncias en voz alta. ¿Y cómo hacemos pausas en el lenguaje escrito? Exacto, mediante las comas. Cómo se usa la coma vocativa Y ahora viene la norma reglada, que espero que entendáis mejor tras lo comentado antes: el vocativo se separa del resto de la frase mediante comas, siempre y sin excepción alguna. No importa dónde coloquemos el vocativo, si al principio de la frase, en mitad de ella, o al final. En la oración ejemplo de la RAE, sería correcto decir «Ven un momento, Pepe, por favor» o «Ven un momento, por favor, Pepe». Y ojo, porque eso también es algo que debéis considerar. Un vocativo suena mucho más natural si va al principio o al final de la frase, y suena más artificial si corta una frase. Pero eso ya es un tema de estilo literario, algo más avanzado y que ya tratamos en otro artículo anterior. Esta norma la tenemos que seguir al pie de la letra, sin que un profesor de narrativa como yo os lo diga. Es importantísima, porque un mal uso de la coma vocativa puede alterar el significado de una frase de manera radical. A veces de manera hilarante, como si escribimos «vamos a saltar chicos» en vez de «vamos a saltar, chicos». ¿Verdad que no estamos diciendo lo mismo ni de lejos? Pues ahora imagina que te equivocas y escribes «hora de cenar hijos», cuando lo que querías decir es «hora de cenar, hijos». La coma vocativa: inexcusable La correcta utilización de la coma vocativa es por tanto de obligado cumplimiento. Sin excusas de ningún tipo. No nos vale eso de que «ya vendrá el corrector de la editorial a corregírmelo». Porque si cometes ese error de manera habitual, te aseguro que el editor que te lea tendrá una pésima imagen de tu profesionalidad y calidad como escritor, así que probablemente ese manuscrito jamás llegue a ese corrector que habría arreglado tu desaguisado. Si queremos ser escritores a un nivel profesional debemos tener claros cimientos tan básicos como ese, ya que están entre los fundamentos de la gramática y sintaxis de nuestro idioma. Recuerda siempre: si estás apelando directamente a alguien en tu frase, si le hablas a él mencionándole, estás utilizando un vocativo. Si tienes dudas, la mayoría de veces te ayudará algo tan sencillo como pronunciar la oración en voz alta. Si por
La historia de los bancos
Como resulta obvio, en nuestro día a día ni siquiera nos planteamos el origen de todo aquello que nos rodea. Como por ejemplo, de dónde provienen los servicios habituales de los que disfrutamos en la actualidad. Pero ya sabéis que en este blog tenemos debilidad por la Historia. Y hoy vamos a aprovechar que es el Día Internacional de los Bancos para asomarnos a los orígenes de estas entidades, tan criticadas hoy en día, pero tan importantes en la evolución de nuestra sociedad. Bancos que no guardaban moneda ¿Qué es el dinero, al fin y al cabo? En el fondo, poco más que un objeto con el valor suficiente para ser intercambiado por un bien o servicio deseado. Así que, cuando el ser humano todavía no había inventado las monedas como pieza para realizar transacciones, cualquier cosa podía ser susceptible de utilizarse como pago. El trueque es el sistema monetario más básico y antiguo, y así está atestiguado desde la prehistoria. Pero los intercambios económicos entre personas empezaron a cobrar otra dimensión conforme la civilización avanzaba. Y el primer gran punto de inflexión lo encontramos en una ciudad que ya conocemos en este blog: la Uruk mesopotámica de nuestro viejo conocido Gilgamesh. Está constatado que una de las prácticas de los comerciantes sumerios era hacer de prestamistas a los agricultores que llevaban su mercancía a la ciudad. Ahora bien, ¿dónde podían guardar de manera segura esos productos dejados en custodia? Pues en el único lugar donde nadie se atrevía a robar, un lugar inviolable y protegido por los guardianes más temibles de todos: los templos. ¿Quién iba a atreverse a enfadar a las coléricas divinidades que protegían los santuarios sumerios? A nadie se le ocurriría, no fuera que a Utu, el dios del sol y la justicia, se le cruzaran los cables y lanzara alguna plaga o les arrebatara la lluvia, que tampoco es que les sobrara. Recordemos que lo que para nosotros sólo es mitología para los antiguos seres humanos eran una realidad absoluta, y por tanto el miedo a molestar a dichas deidades estaba presente en todo lo que hacían. Nadie en su sano juicio tentaría a la suerte por robar un puñado de grano o incluso un poco de cobre o plata. Los bancos griegos Las cosas empezaron a cambiar un poco durante la Antigua Grecia. Las primeras monedas acuñadas aparecen en la región de Anatolia, en Lidia (actual Turquía), en torno al siglo VII a.C. Los persas extendieron este sistema hasta tierra de los griegos, que de inmediato entendieron las posibilidades que aquello brindaba y lo adoptaron sin dudarlo. Atenas acuñó su primer dracma, de plata fina, apenas unos años después, y el uso masivo que empezó a hacerse consiguió que se expandiera por cualquier región conocida, incluso territorios considerados «bárbaros». Incluso aquí, en la península ibérica, diversos pueblos íberos acuñaron moneda propia en muchas cecas, como en Sagunto, Saití o Emporion. De esta manera, el comercio con los comerciantes griegos se facilitaba. La consolidación de la moneda llevó también a una edad dorada de los servicios «bancarios» (aunque todavía no podamos hablar de bancos propiamente dichos). Aparecieron los «trapezitas», unos individuos que proporcionaban diversos servicios a través de lo que podríamos considerar «bancos privados»: eran cambistas, prestamistas, y te permitían empeñar tus objetos de valor o te los guardaban, entre ellos el dinero, claro. A pesar de todo, las grandes riquezas (en manos de unos pocos, no lo olvidemos) seguían guardándose en templos de Asclepio que había en casi todas las polis, y que custodiaban unos centinelas muy particulares, los neócoros. Llegan los bancos modernos Durante la época romana este sistema se mantuvo más o menos inalterado, aunque los banqueros privados fueron ganándole la partida a las instituciones religiosas. En Italia, a partir del siglo XIII, fue donde más auge tuvieron, ya que allí proliferaron un montón de empresas comerciales en torno al movimiento de bienes económicos, en especial en Génova. Muchos de estos conatos de bancos tuvieron a clientes muy ilustres: funcionarios, gobernadores, aristócratas de toda condición, reyes o incluso el mismísimo Papa. Las actividades bancarias en la Edad Media cobraron una importancia tal que podría recordarnos a nuestro presente. Y todo se articulaba desde Italia, que era algo así como el centro neurálgico bancario del mundo civilizado. ¿En qué otro sitio podía aparecer lo que se considera el primer banco moderno de la Historia? Fue en el momento de mayor esplendor del Renacimiento, en la Siena del siglo XV, perteneciente a uno de los núcleos financieros más potentes de todo el mundo: la República de Florencia. Y allí nació ese primer banco… que todavía está en funcionamiento. El Monte dei Paschi di Siena El Monte dei Paschi di Siena surgió en 1472 como una entidad benéfica para ayudar a los más damnificados por los estragos de la plaga, lo que por aquel entonces se conocía como un «monte de piedad» o «montepíos». La institución fue creada por el propio gobierno de la República de Siena (anexionada luego por la de Florencia). Al principio se conoció sólo como Monte de Piedad, y su labor inicial de ayuda bancaria se extendió también hasta los pobres en general. Con el tiempo acabó asumiendo funciones recaudadoras, hasta que en 1624 el duque Fernando II de Médici lo reformó, avalando los depósitos del Monte de Piedad con sus propias tierras ducales. Regiones extensas de pastoreo, llamadas «paschi», termino que dio nuevo nombre al banco: Monte dei Paschi di Siena. Y desde entonces, hasta ahora. El Monte dei Paschi di Siena, aunque ahora bajo el control del Estado italiano, sigue operando en la actualidad. Algunos dicen que no es el más antiguo en realidad, y que ese honor lo tiene el Berenberg Bank de Hamburo, que aunque fue creado en 1590, ciento veinte años después que el italiano, nunca ha cambiado de dueños. De hecho, sigue siendo propiedad de la misma familia.
Los scouts, los espías literarios
Hoy te toca visita a tu librería favorita. Saludas al librero, que como cada vez que acudes te recomienda las novedades que sabe que te pueden gustar. Pero por ahí también ronda un libro que te llama la atención. Es inevitable que destaque, ya que tiene un montón amontonados. Aunque no fuera así, lo reconocerías porque es ese libro del que no paras de oír hablar: en las redes sociales, en los blogs literarios… ¡Incluso en la televisión! Es el gran bombazo de la temporada, el superventas que nadie esperaba. O no. Porque aunque no te lo creas, este tipo de éxitos no siempre son cosa del azar. Detrás de ellos puede estar una figura enigmática del mundo del libro, un auténtico agente secreto que ríete tú de la CIA. Pero hoy los vamos a sacar a la luz en este artículo. Me refiero a los scouts, los espías literarios. Los scouts, cazatalentos en la sombra Pues sí, quizás sea la mejor manera de definirlos: los scouts son cazatalentos cuyo trabajo se centra en encontrar el próximo gran éxito literario. Y estaréis pensando que bueno, que eso es lo que hacen los editores. Sí y no. Porque un editor tiene muchas más tareas que simplemente buscar éxitos que publicar. Los editores son algo así como administradores cuya máxima preocupación es conseguir que un libro sea una realidad física, y eso les obliga a preocuparse de infinidad de cuestiones: encontrar un autor nuevo, sí, pero también organizar el trabajo del corrector, el traductor, el portadista, el maquetador… Vamos, que le queda más bien poco tiempo para ir buscando a su próximo autor. Por eso valoran tanto a los agentes literarios, que ya les sirven de filtro a la hora de valorar las propuestas literarias que les llegan. Por tanto, los editores, aunque estén al tanto de la situación del mercado literario, no pueden centrarse exclusivamente en analizar lo que está de moda. Pero hay alguien que sí. Los scouts representan una figura dentro del gremio que está especializada en analizar las tendencias editoriales y comerciales, y sobre ellas valorar ese tipo de historias con potencial para convertirse en grandes éxitos. Se pasan los días investigando en todos los mercados editoriales del mundo para ver si lo que funciona en un país puede hacerlo también en otro, y cuando encuentran un posible bombazo, se lanzan a por él como si de tiburones se tratara. Pero tú, mi querido lector, jamás sabrás que han estado ahí, detrás del éxito de ese libro que sostienes ahora en tus manos. La jungla de papel Los scouts son lo que consideramos «agentes libres». Sus clientes no son los autores, por supuesto, sino las editoriales y en menor medida las agencias literarias. La mayoría de ellos no son novatos en el gremio: editores, agentes literarios, periodistas, críticos… Tienen experiencia de muchos años, y lo que es más importante si cabe, una red de contactos enorme, kilométrica, forjada a pulso de pasearse por las ferias internacionales. Para ellos, un viaje a Frankfurt es como un día en la oficina. Eso sí, no suele gustarles estar en el candelero mediático, hasta el punto de que prefieren trabajar en la sombra, de ahí todo el hermetismo que suele rodear su trabajo. Buscan la discreción, algo en realidad bastante habitual en el mundo editorial, donde los distintos profesionales que intervienen en la elaboración de un libro suelen pasar desapercibidos. Salvo, como mucho, el autor, por supuesto. El motivo de tanto secretismo resulta obvio: es un trabajo muy competitivo, y aunque entre ellos todos se conozcan, la realidad es que si uno de ellos puede arrebatarle un posible superventas a un compañero, no dudará en hacerlo. Son negocios, ni más ni menos, y ellos depredadores en mitad de una jungla donde escasean las presas. Cómo trabajan los scouts Generalmente la labor de los scouts es una constante lectura de manuscritos. ¿Decenas? Ya querrían ellos que con eso bastara. Al cabo del año pueden estar leyendo entre doscientos y quinientos, si sumamos lecturas profundas y simples vistazos. Recordad siempre una cosa: a los scouts no les importa en absoluto la calidad literaria de las obras que caen en sus manos. Eso se lo dejan a los editores de líneas y sellos no comerciales. A un scout lo que le importa es si esa historia aún por publicar, o publicada en un país diferente al que ellos representan, puede ser un éxito. Si eres un romántico defensor de la alta literatura, siento decirte que nunca serás un buen scout. Pero lo bueno empieza cuando, a través de sus contactos o de su propio análisis de un mercado concreto, los scouts descubren una obra literaria con potencial para ser comercial. En ese momento, se pone en marcha la caza: llamadas telefónicas, e-mails, videoconferencias… El scout empieza a pulsar todos los hilos a su alcance para valorar si ese manuscrito que le ha llegado puede ser vendible a una de las editoriales para las que trabaja. Debe hilar fino, ya que es mucho más fácil perder la confianza de las editoriales que ganarla. Los scouts, creadores de tendencias Para los scouts es fundamental adelantarse a las modas. Cuando estalló el boom de Cincuenta sombras de Grey, aparecieron infinidad de novelas clónicas. Y lo mismo ocurrió cuando Dan Brown destrozó las listas de los más leídos con El código Da Vinci. Ni hablemos de Harry Potter. ¿Pero cuántas de estas copias baratas repitieron el éxito de las obras en las que se basaron? Exacto: cero. Por eso los scouts no pueden trabajar a rebufo del éxito. Deben ir siempre un paso por delante, lo cuál exige un profundo conocimiento del mercado. Y aún así, es casi imposible lograrlo. ¿Alguien esperaba que Harry Potter fuera un fenómeno mundial? Fue algo completamente imprevisto. La única manera de preverlo un poco es mediante esa mezcla entre el conocimiento, el análisis de la información y una buena porción de intuición. Algo que, a diferencia de las técnicas literarias que un
Grace O’Malley, la reina pirata
«Grace O’Malley viene sobre el mar, Guerreros armados junto con ella como su guardia, Son gaélicos, no invasores británicos ni españoles… ¡Y derrotarán a los extranjeros!» Las estrofas con las que abro este artículo forman parte de una canción tradicional irlandesa llamada Óró sé do bheatha abhaile, que traducido al español sería algo así como «Oh, bienvenido a casa». Una canción perfecta para presentaros a nuestra protagonista de hoy. Preparaos, porque la cosa no sólo va de piratas. Con todos vosotros, Grace O’Malley, la reina pirata de Irlanda. El origen de Grace O’Malley La historia de Grace O’Malley tiene todos los elementos que me fascinan. Por un lado es una historia de piratas, que como ya os he comentado alguna vez son de mis preferidas. Por otro, tenemos un personaje cautivador, una mujer fuerte, capaz de vencer los costumbrismos de una época donde los hombres tenían todo el poder, y ponerse a la par que ellos. A la par incluso que la mismísima reina de Inglaterra. Grace O’Malley vino al mundo en realidad como Gráinne Ní Mháille, aunque su nombre fue anglicanizado para la posteridad. Su padre era Eoghan Dubhdara O’Malley, jefe del clan de los O’Malley, que dominaban gran parte del condado de Mayo, al noroeste de Irlanda. Su fortaleza, el castillo de Granuaile (la imagen de abajo), estaba situada en la isla de Clare, gracias al cual los O’Malley supieron sacar tajada de la bahía de Clew mediante una práctica no muy común en la isla gaélica: el cobro de impuestos a cualquiera que quisiera pescar en sus territorios. Y eso incluía a los ingleses, lo cual le traería más de un quebradero de cabeza a nuestra protagonista. La indómita Grace O’Malley Como hija única, Grace O’Malley tuvo una educación esmerada. Se involucró desde muy temprana edad en los negocios de su padre, lo que le hizo viajar fuera de Irlanda en diversas ocasiones. Se dice que siendo apenas una niña, Grace le imploró a su padre que la llevara consigo a un viaje con destino a España. Nada raro, pues los tratos comerciales entre Irlanda y nuestro país eran habituales, como os comenté en el artículo sobre los black irish. Pero su padre creía que Grace era demasiado joven, y además mujer, así que le contó un cuento chino para disuadirla: no podía ir en el barco porque su cabello largo se enredaría con las sogas. Dicho y hecho: Grace se rapó la melena y Eoghan no tuvo más remedio que llevarla. Lo cual le valió el apodo de «Gráinne la Calva». El futuro de la pequeña Grace O’Malley no era muy halagüeño. A pesar de su condición de hija única, las leyes irlandesas no contemplaban la posibilidad de que una mujer pudiera ser jefe de un clan. Así que a los dieciséis años tuvo que tomar como marido a Dónal an-Chogaidh O’Flaherty. Cuando Dónal murió en combate, tras darle a Grace tres hijos, regresó a las tierras de los O’Mháille, pero no lo hizo sola, pues se llevó a un montón de súbditos de los O’Flaherty. Volvió a casarse en 1566 con un tal Richard Burke, que dominaba el negocio de las herrerías en Burrishoole. El matrimonio duró menos incluso que el anterior, pues al año, amparada en las leyes irlandesas, Grace le dio tal patada a Burke que lo sacó de su castillo, el cuál se quedó en propiedad. Este comportamiento contribuyó a que Grace O’Malley se ganara la fama de promiscua, cuando en realidad no contravino ninguna ley gaélica. Grace O’Malley, pirata, soldado y reina Cuando su primer marido murió, logró defender uno de sus castillos, el actual Hen’s Castle (lo podéis ver justo en la imagen de arriba): primero de un clan rival, y luego de los mismísimos ingleses. Cuenta la leyenda que Grace subió a lo más alto de la fortaleza y, tras derretir ella misma un caldero de plomo, lo vertió sobre los invasores. Para entonces se había impuesto como señora de los O’Malley. A pesar de que oficialmente no podía serlo, ningún hombre de su clan osó disputarle el mando. Se lo ganó con sangre, sudor y lágrimas, ya que estuvo presa en varias ocasiones e incluso perdió a uno de sus hijos, Owen. Antes de eso Grace O’Malley ya era temida por todos los barcos que navegaban cerca de su territorio y no se avenían a pagar el impuesto instaurado por su familia. Dio orden a sus navíos de que detuvieran y abordaran a todo bajío mercante que avistaran, con la intención de exigirles una buena cantidad de dinero o parte de las mercancías que transportaban. Los relatos de la época incluso aseguran que la misma Grace participó en varios de esos abordajes. A cambio de dicho impuesto, Grace se comprometía a facilitar un paso seguro hasta Galway, puerto de referencia del noroeste de Irlanda. ¿Que se negaban? Pues tocaba pasar a cuchillo y llevarse el barco entero. Horrible, qué duda cabe. ¿Qué esperabais? Eran piratas. Juego de reinas Su relación con Inglaterra no distaba mucho de lo habitual en otros clanes irlandeses. En 1560 trató de ganarse el favor del Lord Diputado de Irlanda ofreciéndole una buena partida de soldados, y además no le hizo ascos a atacar a otros clanes. Sin embargo, unos años después se comprometió junto con otros clanes para oponerse a las aspiraciones de conquista de Inglaterra. Esto llevó a que el gobernador inglés de Connaught, sir Richard Bingham, matara a su hijo Owen. Grace no se dejó amedrentar y enarboló a sus tropas contra Bingham, ahora ya su enemigo jurado, aunque acabó siendo capturada y condenada a muerte, destino del que escapó tras comprometerse a retirarse de su vida de pirata. Pero Bingham siguió acosando a Grace O’Malley, e incluso en 1593 capturó a otro de sus hijos, Theobold. Ante semejante situación, Grace no dudó en tomar las de Londres para encontrarse con la mismísima Isabel I, a quien pidió la libertad de su hijo y la retirada de Bingham. Se dice