En este blog solemos centrarnos casi en exclusiva en la novela como formato literario, ya que es el más consumido por el lector y por tanto también aquel en el que nos centramos los escritores. Pero es bueno que conozcáis otras modalidades a la hora de escribir, al menos para saber que existen y que incluso tienen características que nos pueden ser útiles cuando escribimos novela. Una de ellas es la poesía, pero esa también la dejaremos para otra ocasión. Porque en este artículo quiero hablaros de un formato que es, de hecho, más antiguo que la novela, y del que hoy se celebra su Día Internacional. Hoy trataremos el teatro como género literario. El origen del teatro como género literario Suele decirse que el teatro, como representación del arte dramático, nació en Grecia, en torno al siglo V a.C. Sin embargo, esto no sería del todo exacto, pues el ser humano ha sentido la necesidad de realizar representaciones artísticas desde tiempos prehistóricos. Se tiene constancia de antiguos ritos donde el hombre primitivo realizaba danzas e imitaciones de animales, representando pequeñas historias con las que trataban no sólo de entretenerse, si no también de reforzar los lazos de la comunidad a la que pertenecían. Sin embargo, es cierto que fueron los griegos clásicos quienes convirtieron el teatro en un género literario como tal. Su primera modalidad fue la tragedia, que se enfoca en el enfrentamiento por parte de los protagonistas a un error fatal (que Aristóteles llamó «hamartia») y desemboca en un destino fatal inevitable, triste. O trágico, como diríamos hoy en día. Uno de los ejemplos más famosos es el de la obra de Sofocles, Edipo Rey, que imagino que ya sabéis que acaba como el Rosario de la Aurora: con Edipo casándose con su madre, Yocasta, tras matar a su propio padre, y con su esposa-madre suicidándose al descubrirse el pastel. ¿Por qué consideramos el teatro como un género literario? No es una pregunta baladí. Cuando pensamos en el teatro es habitual que lo asociemos más con un ámbito como el cinematográfico. Y sí, el teatro es un arte escénico, no cabe duda. Su fin último es ser representado por actores sobre un escenario, frente a los espectadores. Sin embargo, en esencia tiene todas las características propias de la literatura: surge de una historia creada y escrita por un autor. De hecho, si nos ponemos muy estrictos, el trabajo de guionización de una película o serie de televisión también podría considerarse literatura, aunque por sus características se aleje mucho de este formato. En los guiones de las obras cinematográficas no se pone énfasis en el aspecto estilístico y en el estilo literario de la escritura, es más bien algo práctico. Mientras que en el teatro el uso de las palabras y el lenguaje es fundamental y se cuida con esmero. La obra de teatro escrita se llama «guión teatral» o incluso «libreto», aunque esta última definición se usa más en obras líricas. Es la base fundamental de todo lo que vendrá después, sin la que no existiría la representación escénica. ¿Y cómo se escribe teatro? Vamos a ver un poco por encima algunas características de este formato. Características del teatro como género literario Resulta evidente que el teatro como género literario es muy distinto a la novela. Como su objetivo primordial es ser representado en el ámbito escénico, su construcción como obra escrita debe adecuarse a ese destino. Por ello, lo primero que llama la atención cuando lees una obra de teatro es el protagonismo casi absoluto del diálogo entre personajes. La voz del narrador es minimizada hasta casi quedar oculta, en favor de las distintas conversaciones. Este es el modo en que se articula la acción en el teatro, ya que durante la representación frente al público no se puede tener a un narrador realizando la misma función que haría en una novela. En cualquier caso, un libreto teatral también debe preocuparse de detallar las acciones que los personajes realizan. Es lo que se conoce como «lenguaje de acotaciones». ¿Os parece algo raro? Pues no debería, ya que en novela también ocurre. ¿Acaso no describimos las acciones que realizan los personajes? Es igual de importante que en el teatro. La diferencia está en que en el teatro tiene un carácter más indicativo de cara al actor. Como si fueran instrucciones para que sepa cómo debe actuar. En el teatro escrito también es importante remarcar la descripción de los escenarios, aunque sólo sea de nuevo como una indicación para que el escenógrafo sepa cómo debe crear los decorados. En cualquier caso, siempre suele ser una descripción más ligera que en la novela, ya que a la postre el espectador contará con sus propios ojos para saber cómo es el entorno donde se desarrolla la historia. Conclusiones Con todo esto que hemos dicho podemos apreciar que el teatro se escribe en dos niveles: en primer lugar encontramos el texto primario, que corresponde a lo que afecta a la acción de la historia, y que tendría mayor carácter literario; y por otro lado el texto secundario, que es más técnico y de consumo interno para los actores y los directores. Los diálogos, soliloquios o referencias habladas formarían parte del texto primario; mientras que las descripciones del escenario o ciertas indicaciones serían consideradas como el texto secundario, que generalmente van entre paréntesis. Aunque por limitación de espacio he sido muy superficial, estoy seguro de que podéis apreciar que el teatro tiene un formato muy distinto al que estamos acostumbrados los lectores y escritores de novela tradicional. Eso hace que dar el salto de un género a otro imponga un trabajo de adaptación severo, con un cambio de mentalidad bastante acusado. Pero el teatro tiene herramientas que pueden ser muy útiles para escribir novela, y que hacen interesante probar esta modalidad literaria. Conozco a autores que gracias a su pasado como escritores teatrales son auténticos expertos a la hora de crear diálogos en sus novelas. Por eso siempre le digo a
La extensión de tu novela
Que la literatura es una manifestación artística y cultural no tiene discusión alguna. Escribir es un proceso creativo que apela a remover el alma de los lectores de una manera u otra: nos divierte, nos hace soñar, nos produce emociones diversas… Sin embargo, hoy en día el mundo literario está conectado también a lo material debido a la manera en que llega a los lectores. Esa historia que hemos creado y que conmocionará a quien la lea debe convertirse antes en un libro real, para lo cual se requiere un proceso de conversión: la edición y la publicación. A partir de ese momento, nuestra obra se introducirá en un ámbito nuevo, el comercial, puesto que las editoriales tendrán que cumplir con unas ventas que les permitan recuperar su inversión. Es lógico por tanto que impongan unas limitaciones para las obras que les llegan. Y hoy vamos a hablar de una de estas: la extensión de tu novela. ¿Cómo de larga o corta debe ser una obra para que una editorial apruebe su publicación? ¿Por qué es importante la extensión de tu novela? La publicación de un libro exige una inversión de dinero. Hay multitud de procesos y trabajadores involucrados para lograr que la historia creada por un escritor se convierta en ese libro físico (o digital) que llega a las estanterías de una librería. Desde el propio escritor hasta el librero, pasando por el portadista, el maquetador, la distribuidora, el traductor o el ilustrador, el corrector e, incluso, el lector editorial que elabora un informe. Son muchos sueldos que pagar, por lo que la editorial debe medir muy bien los costes para que no sobrepasen su presupuesto. ¿Cómo afecta la extensión de tu novela a estos costes? Es fácil de entender: cuanto más larga es una novela, más cuesta producirla. No es lo mismo pagar a un corrector por una novela de 300 páginas que una de 800. Cuanto más larga sea, más trabajo lleva y por tanto más va a tener que pagarle la editorial. No hablaremos aquí de tarifas, ya que son muy variables, pero basta con saber que el trabajo de corrección y el de traducción no son pagos fijos, si no que dependen de la extensión de la obra. Por eso es lógico que las editoriales tengan predilección por novelas razonables en cuanto al número de páginas. El precio de venta, fundamental Imaginemos que una editorial, contra todo pronóstico, ha decidido publicar una novela de 1000 páginas. Quizás ha venido recomendada, porque de lo contrario ni siquiera hubiese sido considerada. Aunque a veces ocurren milagros. Al editor le ha pillado de buenas ese día, ha empezado a leerla y le ha enamorado. La cuestión es que se publica a pesar de tratarse de un autor desconocido. Pero claro, los costes mencionados antes son tan elevados, en comparación con un libro de 300 páginas, que el precio de venta debe incrementarse por fuerza. Los habituales 20 euros se quedan cortos, se perdería dinero vendiéndolo a ese precio. Así que no hay más remedio: nuestra novela de 1000 páginas sale a la venta por 25 euros. Si el autor es ya un superventas, con un público fiel, probablemente no tenga ningún problema, aunque estoy convencido de que con un incremento tan acusado cualquier lector casual se lo pensará un poco y, muy posiblemente. prefiera coger otro libro. Pero ahora imaginemos que el autor de semejante tocho eres tú, que acabas de sacar tu primera obra. No tienes todavía un público fiel. ¿De verdad crees que alguien que no te ha leído nunca elegirá tu libro, cuyo precio es considerablemente más alto que el de otros autores que sí son conocidos? Alguno tal vez, si la premisa de tu novela le convence, pero la mayoría no lo hará. Cuando la extensión de tu novela es intimidante Y no sólo será por el precio, te lo aseguro. Además de esto, se sentirán intimidados ante un libro gordísimo. Comprar la novela de un autor que no conoces es un acto de fe, un voto de confianza casi a ciegas. Sí, tenemos la posibilidad de hacernos una idea leyendo la sinopsis, incluso las primeras páginas. O podemos basarnos en la confianza que nos aporta la editorial que publica la obra. Pero el autor es nuevo para nosotros. Al final vamos a tener que asumir el riesgo. Y enfrentarse a una decisión así es más fácil con un libro que cueste un poco menos y que además tenga una extensión amigable. Porque no nos engañemos: cuando vemos un libro de tantas páginas todos pensamos más o menos lo mismo. La primera impresión es: «menudo tocho, esto tiene que ser un tostón». Nos repele la idea de empezar una tarea que sabemos se va a prolongar más de lo habitual. Una novela de 300 páginas te la puedes leer en una semana de manera cómoda. Pero una de 1000 páginas te llevará el triple. Si la disfrutas, genial, ningún problema. Pero como se te haga un poco cuesta arriba… Así que es lógico que cuando vemos una novela así no la compremos. Y si no lo hacemos, la editorial que la ha publicado pierde su inversión, así que la próxima vez que le llegue una obra tan larga optará por no publicarla. ¿Y si la extensión de tu novela es demasiado corta? Una novela de pocas páginas tiene mejor salida. Es más, la tendencia en editoriales independientes pasa por obras cortas, cuyos costes no son muy elevados y por tanto el riesgo de pérdidas es menor. El lector también es más receptivo a libros cortos porque es una oportunidad para leer en esos ratos muertos que todos tenemos. Ahora bien, en ciertas editoriales, y sobre todo en algunos géneros, una novela corta puede ser poco recomendable. La novela histórica, por su especial naturaleza, exige casi por norma una extensión lo bastante prolongada para desarrollar la época histórica y la sociedad en la que se basa. En cambio, una obra de detectives en nuestro
Escritoras de éxito del método PEN
Hoy es uno de esos días importantes en el calendario de cada año. En este blog hemos hablado de muchas mujeres que han sido importantes para la literatura o para la Historia. Grandes personalidades que destacaron en un mundo que, tradicionalmente, las ha penalizado por ser mujeres. Le dedicamos artículos a Grace O’Malley, que se convirtió en reina y pirata; a nuestra heroica María Pita, que hizo frente al mismísimo Francis Drake; también mencionamos a las gladiadoras romanas, un gran exponente de cómo las mujeres lograron introducirse en una práctica propia de varones. Pero hoy, para celebrar el Día Internacional de la Mujer, quería detenerme en tres escritoras de éxito a las que conozco, con las que he trabajado, a las que he visto crecer como autoras, y que quiero un montón. A continuación, las escritoras de éxito del método PEN. Regina Román Empezamos el recorrido con Regina Román, que es un amor de persona (bueno, en realidad todas lo son). Como tantos otros alumnos, Regina entró en mis cursos de narrativa porque, como ella mismo dijo, quería formarse y ser más profesional. Y vaya si lo consiguió. Luchadora incansable, tienen una afinidad especial con el género del chick-lit. Ya sabéis, ese subgénero dentro de la romántica que se basa en historias románticas protagonizadas por mujeres que escapan del tópico de mujer dependiente de lo que opine el hombre. En esta modalidad literaria la protagonista es dueña de su destino, decide sus pasos, y se muestra independiente, aunque no por ello se aísla ni enfrenta con los varones. El chick-lit es un género que ha tenido un éxito tremendo en nuestro país, y Regina ha sabido encontrar su sitio entre las grandes autoras, hasta el punto de que ahora ella misma está en ese selecto grupo de escritoras referentes. Tanto es así que ha publicado en la editorial más renombrada en español, Grupo Planeta. Trece novelas lleva publicadas ya, entre ellas la exitosa (y deliciosa) serie Quiérome. Por si no fuera poco, por el camino se ha llevado un premio Big Bang Novel a la mejor protagonista femenina por Adela, personaje principal de su novela Santa Valentina tiene un plan. La frescura que Regina le aporta a este género es maravillosa. Concha Álvarez Pero el éxito de la siguiente autora de la que quiero hablar no ha sido menor. La carrera de Concha Álvarez también es sólida, pues lleva en sus hombros un montón de novelas publicadas, varias de ellas con el otro gran grupo editorial en español, Penguin Random House. El género romántico también tiene mucho peso en las obras de Concha, aunque en su serie Mariposas negras lo conjuga a la perfección con elementos sobrenaturales. Y qué bien lo hace. Concha tiene una delicadeza natural para tratar todo tipo de registros. De hecho, también la podéis encontrar en mi terreno favorito, la novela histórica, con obras como Bajo el cielo de Meerut y La ruta del viento. Su éxito era inevitable, pues al talento natural que tiene se le suma su voluntad de aprender. Concha entendió muy pronto que para escribir de manera profesional no basta con dejarse llevar por lo que uno siente, hace falta también disciplina, comprender las técnicas narrativas, dominar el proceso de creación tras una novela. Todos estos aspectos no vienen de serie en nuestra cabeza, y desde luego no nos los enseñan durante nuestro proceso educativo común. Como siempre digo, en el colegio te enseñan a escribir, pero no a narrar. Nieves Muñoz Además de la amistad y nuestra relación como alumna y profesor, con Nieves Muñoz me une también el hecho de que ambos somos compañeros de publicación en la misma editorial, Edhasa. Imaginad la ilusión y el orgullo que puede sentir uno cuando ve que la obra de una alumna, que además trabajamos en las clases con un profundo asesoramiento por mi parte, se convierte en una publicación. Y además una muy exitosa, porque esta primera novela de Nieves, Las batallas silenciadas, tuvo una segunda edición a los seis meses de salir al mercado. Nieves no se lo podía creer, pero yo sí, porque vi de inmediato la calidad de esa obra. Una novela, por cierto, protagonizada por una mujer muy apropiada para un día como hoy: Irene Curie, la hija de Marie Curie, y cuya historia mejor voy a dejaros que os la narre Nieves en su novela. A esta maravillosa obra se le ha unido una segunda (por ahora, porque ya os adelanto que pronto habrá noticias nuevas), Las damas de la telaraña. Los cimientos formados con el buen trabajo de la primera novela han hecho que esta segunda obra también haya tenido una acogida excelente. La constancia es la principal virtud que debe tener un escritor, y eso es algo que Nieves siempre tuvo presente. De ahí su fulgurante consolidación dentro del género de la novela histórica y del mercado literario. Conclusiones Estas son las tres historias de éxito protagonizadas por escritoras que quería compartir con vosotros. Sin embargo, puedo alardear de que no son las únicas autoras exitosas que he tenido como alumnas en el método PEN. También estaría Alicia Pérez Gil, autora de la trilogía Post Scriptum y ganadora de premios como el Ciudad de Eibar. O Diana Aradas, que hace nada nos dio una inmensa alegría al llevarse el XXVIII Premio de Novela Universidad de Sevilla con su libro Una madre. Nombrar a todas las escritoras que han publicado tras pasar por mis clases es imposible, pensad que llevo quince años como profesor. Sea como sea, en un día como hoy, me ha parecido de justicia reivindicar el papel de la mujer dentro de la literatura a través de ejemplos cercanos, de grandes profesionales que me han dado mucho más que yo a ellas.
Cómo elegir editorial
Como ya os he contado en varias ocasiones, además de escritor y profesor también trabajo realizando correcciones e informes de manuscritos inéditos desde hace muchos años. Las editoriales me envían las novelas que vosotros les hacéis llegar para que valore si son aptas de cara a una posible publicación. Por mis manos y ojos han pasado libros en bruto magníficos. ¡Puedo alardear de haber sido la primera persona en disfrutarlos! Por desgracia, algunos he tenido que valorarlos como «no aptos». ¿Y por qué se rechaza una buena obra? Hoy hablaremos de uno de los motivos, que no es ni más ni menos que un clamoroso error del autor: no saber elegir la editorial adecuada. El gran error al elegir editorial Siempre señalo que la mayoría de rechazos editoriales se deben a problemas de incorrección, ya sea por mala ortografía, por temas de estilo, o por cuestiones de argumento y trama. Este tipo de problemas se solucionan con tiempo y una buena formación en talleres y cursos de narrativa adecuados (como los que yo mismo imparto). Pero hay fallos que no tienen nada que ver con estos aspectos técnicos, si no que son fruto de un absoluto desconocimiento del gremio en el que el autor inexperto quiere meterse, y que hace que falles en algo tan simple como elegir la editorial adecuada para tu novela. En todos esos manuscritos que me suelen llegar me he encontrado, por ejemplo, con novelas cuyo argumento se desarrolla a finales del siglo XX… ¡enviadas a una editorial que sólo publica novela histórica! De hecho, no hace demasiado tiempo leí un manuscrito con dos tramas en paralelo: una transcurría en eras prehistóricas y otra en nuestra época. También he visto novelas de ciencia ficción enviadas a sellos editoriales que sólo publican romántica, o historias de fantasía épica para editoriales cuyo catálogo está formado por obras de narrativa contemporánea. ¿Lo único bueno de todos esos casos? Que a los lectores editoriales y a los editores nos facilitáis mucho el trabajo de descarte. Cualquier obra que no cumple la línea de la editorial se va a la papelera de un plumazo. La clave para elegir editorial: conocer el mundo editorial Vamos a dar un paso atrás y a imaginarnos que no somos escritores, sino cualquier otro tipo de profesional que busca trabajo de lo que sea. Un soldador, por ejemplo. Destinamos un día a recorrer empresas en las que dejar nuestro currículo. La lógica nos dice que sólo deberíamos perder el tiempo en empresas relacionadas con dicho sector, ¿verdad? A nadie se le ocurriría buscar trabajo de soldador en un supermercado, así que ahí ni nos detenemos: es evidente que no podrán darnos ese trabajo que buscamos. Entonces, ¿por qué no hacer lo mismo con nuestra novela? ¿Por qué la enviamos a editoriales que no tienen nada que ver con la historia que hemos escrito? Ya os lo digo yo: por puro desconocimiento del sector editorial. Nunca nos hemos parado a pensar en cómo funciona el mundo del libro, de hecho creemos que todas las editoriales son iguales y, lo más importante, publican de todo. Enorme error. Hay editoriales que sólo sacan libros de un género concreto. Es bastante raro a día de hoy encontrar editoriales que publiquen un catálogo heterogéneo, sin restricciones. Ni siquiera los grandes grupos, ya que estos se dividen en diversos sellos. Cada uno está especializado en una temática o género, cuyas publicaciones girarán en torno a su línea editorial. Un ejemplo clarísimo: Minotauro es un sello propiedad del Grupo Planeta especializado en publicar literatura fantástica, de terror y ciencia ficción. Y nada más. Si les envías tu novela romántica ambientada en un escenario real, sin pizca de fantasía, es más que evidente que no van a querer publicarte. No porque sea una mala obra, sino porque no entra en la temática de su catálogo. Cómo elegir la editorial adecuada para tu novela Cuando alguien se plantea trabajar en una profesión, cualquiera, no basta con que sepa hacer dicho trabajo de manera eficiente. Además tiene que conocer todo lo que rodea a ese gremio lo mejor posible. Aunque suene injusto, no basta con que seas un buen escritor, también necesitas saber cosas que en principio nunca serán tu trabajo. Y conocer cómo se mueve el sector es fundamental para lograr acceder a ese círculo reservado a tan poca gente. Esto se consigue informándote, buscando información en Internet, relacionándote con otros autores más veteranos. La mayoría somos gente accesible, nos gusta compartir lo que hemos aprendido con los años (o no estarías leyendo este artículo). Es más, una parte de mis cursos de narrativa está dedicada precisamente a darte a conocer cómo funciona el mundo editorial. Pero es que ni siquiera necesitas un sesudo trabajo de investigación para saber qué hacer con tu manuscrito. El consejo que más veces he dado en este tema es muy básico y fácil de llevar a cabo. ¿Cómo sé a qué editorial debo enviar mi novela? Vete a una librería, busca la sección de géneros literarios y párate en esa temática en la que está enclavada tu novela. Luego coge un libro, anota qué editorial la publica; y luego otro libro, y otro, y otro. También puedes hacerlo a través de Google, por supuesto. En cualquier caso, cuando termines, tendrás anotados los nombres de varias editoriales que publican el mismo tipo de novela que tú has escrito. Ahora ya puedes buscar sus webs para ver qué material piden para una primera valoración, con la seguridad de que esas editoriales, en principio, estarán abiertas a tu obra. En apenas un rato te has quitado de encima una de las posibilidades de rechazo. Ahora tienes un montón de puertas a las que llamar. Conclusiones No quiero engañaros: elegir la editorial adecuada para tu novela no garantiza que te vayan a publicar. Incluso teniendo en cuenta que vuestra novela sea técnicamente un buen trabajo, hay otros factores que podrían provocar un rechazo: si tu novela tiene temática Steampunk y esa editorial
Adverbios acabados en -mente, el horror
El ser humano busca la comodidad por naturaleza. Es cierto que a veces nos calentamos mucho la cabeza y elegimos las opciones más enrevesadas para algunas cosas, de hecho es algo que veo mucho en autores noveles en mis clases de narrativa. Lo percibo sobre todo en la construcción de frases, y de eso hablamos precisamente hace muy poco, en el artículo sobre el barroquismo. Es curioso, porque en esas ocasiones nos complicamos la vida un montón, pero luego en otras decidimos ir por el camino más rápido. El ejemplo más claro es el que hoy trataremos. ¿Te has dado cuenta de ese «precisamente» que he marcado en cursiva y negrita? Pues bien, toca asomarnos al horror absoluto, al peor de todos los males existentes en cuanto a estilo literario: los adverbios acabados en -mente. Por qué usamos los adverbios acabados en -mente Bueno, en realidad no es para tanto. Al fin y al cabo, los adverbios acabados en -mente son términos completamente correctos a nivel semántico. No hay nada malo en ellos. El problema viene cuando abusamos. Del mismo modo que tenemos tendencia a repetir ciertas palabras o grupos de palabras, o terminaciones como -aba o -ía debido al uso de algunos tiempos verbales, también es tremendamente habitual utilizar los adverbios acabados en -mente cuando escribimos. Como tantos otros, es un vicio heredado del lenguaje oral, donde no nos planteamos esas cuestiones en nuestras conversaciones informales. ¿Por qué consideramos que el uso de este tipo de adverbios afea el texto? Porque no estamos escribiendo la lista de la compra o un diario personal. Estamos haciendo literatura, una manifestación artística que busca en primer lugar transmitir una historia con la que conectar con el lector, pero además también una cierta belleza estilística. Es por tanto una cuestión de estilo: los adverbios acabados en -mente son el recurso fácil y cómodo, una salida rápida. Por eso tenemos tendencia a abusar de ellos, hasta el punto de que ni nos damos cuenta de cuánto los repetimos. ¿Hay que sustituir siempre los adverbios acabados en -mente? No, claro que no. Como digo, los adverbios acabados en -mente son correctos por sí mismos. Forman parte de la familia de los adverbios de modo, que son los que nos explican cómo se desarrolla la acción de un verbo. Y se forman a partir de adjetivos. Por tanto, están ahí para utilizarse… con mesura. En ocasiones su función es tan importante que no se pueden simplemente eliminar, porque aportan información relevante y necesaria. Por ejemplo, no es lo mismo decir «estaba gravemente enfermo» que «estaba enfermo». La segunda opción nos deja sin un dato clave, la gravedad de su enfermedad. Sin el adverbio podríamos pensar que tiene un simple resfriado, cuando la cosa es mucho peor. Aún así, es posible mejorar la frase inicial sustituyendo ese «gravemente» por algo mejor. Podemos tirar por algo sencillo aunque siempre útil, con un «estaba muy enfermo», o bien tenemos la opción de coger martillo y cincel para reescribir la frase de manera más elaborada: «La enfermedad con la que lidiaba le consumía poco a poco». ¿Lo veis? De una frase simple y anodina hemos pasado a otra que tiene un carácter más trabajado. Hemos hecho literatura. Opciones a los adverbios acabados en -mente Ya os he apuntado varios caminos para solventar el abuso de los adverbios acabados en -mente. Lo principal (además de no agobiarse con este tema) es sencillamente tener todo esto en la cabeza cuando estamos escribiendo. Sin presiones ni detener el proceso creativo, pero fijándonos mientras narramos. Cuanta más experiencia acumules, conforme pasen los años, te darás cuenta de que cada vez usas menos estos adverbios. Habrás interiorizado que no debes utilizarlos tanto y de manera natural construirás las frases de otro modo. Y si alguno se te cuela, no pasa nada, porque ya hemos dicho que no es una incorrección. En el peor de los casos, siempre te quedará el proceso de revisión para solventarlo. Cuando adviertas que has utilizado un adverbio acabado en -mente, ya sea mientras escribes o al corregir, puedes probar a eliminarlo directamente. ¿Afecta en algo a la frase? ¿Se entiende del mismo modo? Pues entonces ese adverbio sobraba, lo puedes quitar sin preocupación alguna. Pero si percibes que la oración queda incompleta en cuanto a la información que transmite, entonces hay que mantenerlo… o reconstruir la frase para decir lo mismo sin ese término. Puedes usar un verbo más conciso que ya incorpore la explicación de cómo es la acción. Por ejemplo, en vez de decir que «avanzó rápidamente para llegar a la acera de enfrente» puedes decir «corrió para llegar a la acera de enfrente». Porque «correr» ya incorpora el elemento de la rapidez por sí mismo. Otra manera es ir a lo esencial: si un adverbio acabado en -mente se forma a partir de un adjetivo, ¿por qué no lo sustituimos por ese término de origen? En lugar de «saltó ágilmente», digamos «saltó ágil como un conejo». Otras sustituciones válidas serían expresiones alternativas, como «de manera». Mejor «reaccionó de manera exagerada» que «reaccionó exageradamente»; o «hace poco» antes que «recientemente». Conclusiones Al final se trata de utilizar distintas estrategias con el fin de no abusar de los adjetivos acabados en -mente. ¡Pero cuidado! Porque de tanto querer evitarlos quizás acabemos abusando de esas otras formas alternativas. Así que utilizad la cabeza. Lo sé, a veces, escribir puede ser algo así como caminar por un campo de minas. Para acabar el artículo os voy a proponer un ejercicio: como habréis visto, a pesar de daros la chapa con los adverbios acabados en -mente, yo no me he cortado a la hora de utilizarlos en este artículo. Evidentemente lo he hecho a propósito, porque quería que participarais un poco: coged cada uno de los adverbios acabados en -mente de este artículo y buscad la manera de sustituirlos con las estrategias que os he ofrecido. ¡Convertíos en mi corrector de estilo por un día! ¡Ah, lo olvidaba! En apenas unos
El barroquismo literario
Hoy vamos a tratar un tema que os preocupa mucho a todos los que estáis empezando en esto de escribir, lo cual es más que comprensible. Muchos autores noveles solemos adentrarnos en esta profesión con un respeto (y miedo) abrumador. Es lógico: hasta ese momento sólo hemos sido lectores, y vemos la literatura como un arte mayor, algo elitista y propio de gente muy culta. Así que lo primero que intentamos es ponernos a ese nivel que nuestros prejuicios nos indican. Es entonces cuando caemos en lo que se conoce como barroquismo literario. Qué es el barroquismo literario Hace unos cuantos años ya, conocí a un compañero escritor con un gran talento para crear historias, el cuál sin embargo estaba ofuscado porque no conseguía que esas obras fueran publicadas. Me pidió que les echara un vistazo, y pronto comprendí el motivo por el que ninguna editorial quería apostar por él: su narrativa era abigarrada, ampulosa, demasiado densa. No es que tuviera un estilo añejo, es que directamente las frases estaban construidas mediante estructuras propias de otro siglo. Vamos, que pecaba de lo que hoy estamos hablando, barroquismo literario. Porque eso es el barroquismo: sobrecargar de tal modo el texto que acabe convirtiéndose en algo artificial, espeso y difícil de leer. Se lo comenté, por supuesto. Le dije que si quería llegar al lector (y antes al editor) necesitaba que su estilo fuera más ameno, más actual. Se cerró en banda a mi consejo. Alegaba que ese era el estilo de los grandes clásicos de la literatura, y que por tanto no había mejor manera de escribir. No quiso entender que, al igual que todo en la vida, el mundo literario cambia, evoluciona. ¿A mejor o a peor? A eso os respondo después, pero la realidad es que el lector de hoy en día no acepta una narrativa rebosante de oraciones subordinadas, nexos o cuyo léxico esté anclado en otras épocas. Esto es así, y si quieres llegar al público actual, vas a tener que adaptarte a él. ¿Por qué se llama barroquismo literario? Supongo que ya imaginaréis que el término «barroquismo literario» proviene del período histórico y cultural que conocemos como Barroco. Esta época abarcó desde la segunda mitad del siglo XVI hasta la primera del XVIII, más o menos. Fue una época de gran esplendor en los movimientos artísticos, y se extendió por Europa y sus zonas de influencia. En cuanto a la literatura se refiere, el Barroco se diferenció de manera radical con el Renacimiento sobre todo por su afán de buscar la espectacularidad estilística por encima de cualquier otro aspecto. Esto se tradujo en una narrativa recargada, compleja y muy abigarrada, de ahí que la RAE defina «barroco» como algo «excesivamente recargado de adornos». Algo que por cierto también se puede observar en otras disciplinas, como la pintura. Sólo hay que ver los cuadros de Rubens, como Los horrores de la guerra, para entender a qué me refiero. Trasladado a la literatura, tendríamos a monstruos como Lope de Vega, Luis de Góngora, Tirso de Molina o Francisco Quevedo, especialmente en sus vertientes prosistas. Pero son incluso más característicos de ese estilo cargado autoras hispanoamericanas como la religiosa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, de la cual voy a poneros un ejemplo para que entendáis a qué me refiero: «Entreme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación.» ¿Lo apreciáis? Frases largas, muchas subordinadas, un montón de comas y sus respectivas pausas, con un léxico culto dentro de estructuras complejas. ¿Es una mala narrativa? ¡En absoluto! Al contrario, es una auténtica maravilla. Sin embargo, estamos ante un estilo de otra época, para otro tipo de lector. Hay que tener en cuenta el contexto histórico: la literatura de épocas pasadas era un «producto» de lujo, dirigido a gente de alto nivel social y cultural. Dicho de otro modo: no se creaba para todos los públicos, sino para una minoría. ¿Por qué el barroquismo literario no tiene cabida en el presente? Y ese es el problema. Como ya he apuntado antes, el mundo literario ha evolucionado. Ahora es cuando toca responder si para bien o para mal: ha cambiado a mejor. Por el simple motivo que hoy en día la literatura está al alcance de todo tipo de lectores. Los libros ya no son un objeto de culto, confeccionados para que cojan polvo en las bibliotecas de las catedrales o del noble de turno. Eso es una mejoría, ¿verdad? Muy grande. Por tanto, si queremos alcanzar a todo tipo de lectores, tenemos que adecuarnos a ellos. A los de hoy, no a los de hace trescientos años. Y creedme, no es fácil. Conseguir una narrativa sencilla, accesible y a la vez hermosa es un reto para cualquier escritor. ¿Cómo? Sustituyendo esos elementos que ya no funcionan, como la excesiva adjetivación o las frases enrevesadas, por estructuras más ligeras y dinámicas, además de usar un léxico más actual e incluso, por qué no, informal (que no incorrecto, ojo). Conclusiones Recordad una de las normas de oro de la escritura, que no paro de repetirle a los alumnos en mis clases de narrativa: en literatura, menos es más. Olvidad esa manía de que la belleza está en lo complicado, porque es falsa. Hay que economizar a la hora de expresarnos, y recortar, recortar como un poseso, para quitarnos de encima todo lo que sea accesorio. El objetivo es tener una narrativa limpia, natural, que se aleje lo máximo posible de ese estilo recargado del barroquismo literario. Sólo así podremos encontrar el espacio para desarrollar nuestro propio estilo personal. Para cerrar este artículo, permitidme que os recuerde un día más que estamos a las puertas de una nueva edición de la Semana del Autor Novel. A
Microeditoriales: la alternativa
Un año más, se acerca una nueva edición de la Semana del Autor Novel. A partir del 29 de enero, de manera gratuita, hablaremos de diversos aspectos que, como autor que aspira a publicar su primer novela, necesitáis conocer y nadie os explica (recordad que las plazas son limitadas, apúntate en este enlace: https://teopalacios.com/semana-del-autor-novel/ ). En cada temporada no sólo os doy un montón de información muy valiosa, sino que además me trasladáis vuestras dudas y preocupaciones. Una de las que con más ahínco trato de rebatir, tanto en mis talleres de narrativa como por redes sociales, es que las editoriales odian a los autores noveles, que no quieren publicar sus obras. En un artículo anterior ya vimos que esto no es cierto, ni siquiera en las editoriales grandes. Pero es que incluso en caso de que sí lo fuera, hay alternativas como las que vamos a ver hoy: las microeditoriales. No todo son grandes editoriales El ser humano tiende a simplificar. Es un mecanismo instintivo para enfrentarse y comprender con mayor facilidad las cosas, y lo vemos en todo tipo de situaciones u opiniones: cuando hablamos de política, cuando discutimos sobre deporte o debatimos acerca de cualquier situación social que nos afecte… A los escritores también nos pasa, por supuesto, y más aún cuando somos autores noveles. Tiene sentido, ya que acabamos de aterrizar en un mundo nuevo para nosotros y del que apenas conocemos la superficie, lo que antes experimentamos como lectores. ¿Y qué veíamos entonces? Pues librerías con mesas y estanterías repletas de las novelas de las mismas editoriales, las grandes corporaciones, las que tienen potencial y ventas para conseguir esa visibilidad tan deseada. Como estas editoriales copan el mercado debido a su poderosísima maquinaria de distribución, son las que más compramos. Si eres un ávido lector y vas a tu biblioteca personal es muy probable que la mayor parte de tus libros sean más o menos de las mismas editoriales, ya sabes a cuáles me refiero. Y claro, estas editoriales son también las que publican a los autores consagrados. La mayor parte de su plantilla de escritores son nombres ya conocidos, y por eso nos puede dar la impresión de que el mundo editorial discrimina a los autores que empiezan. Pero os contaré un secreto: detrás de todas estas editoriales hay otras, menos visibles, más pequeñas, aunque posiblemente mucho mejores para empezar vuestro camino como escritores. Son lo que llamamos microeditoriales o editoriales independientes. Qué son las microeditoriales El propio nombre con el que definimos este tipo de editoriales es bastante explícito, ¿verdad? Sin embargo, lo explicaremos un poco más. Las editoriales independientes son empresas muy pequeñitas, con un grupo de trabajo formado por pocas personas. Las plantillas de estas editoriales no suelen sobrepasar los cinco empleados, y en muchas ocasiones ni eso: las gestiona una única persona, que hace todas las tareas posibles. El dueño es también el editor, el maquetador, el que se encarga de la promoción, etcétera. Si está especializado, porque quizás ya ha trabajado en otras editoriales, o tiene formación literaria de algún tipo, también hará la corrección ortotipográfica y de estilo. Estresante es decir poco. Para las tareas que no controle, tendrá que contratar a especialistas freelance. Huelga decir que las microeditoriales no pueden acceder a los escaparates o las mesas de novedades de las grandes cadenas de librerías, pero si se lo montan bien es posible que sí puedan tener presencia en librerías más pequeñas, las de barrio. Es un hogar perfecto para estas editoriales independientes, sobre todo si el librero es de los que aman de verdad los libros y les gusta descubrir historias nuevas y originales para recomendarlas a sus clientes. ¿Por qué las microeditoriales son buenas para los autores noveles? Las microeditoriales, como es lógico, no tienen la capacidad para fichar a grandes autores de prestigio. Sus beneficios no darían para pagar lo que Santiago Posteguillo o Ken Follet exigen como adelanto, se arruinarían sólo por intentarlo. Y además, su distribución minoritaria impediría que las ventas de estos autores renombrados fueran las habituales para ellos, lo cuál sería como desperdiciarlos. Para que las microeditoriales pudieran ofrecer a estos grandes escritores todo aquello que necesitan dada su categoría mediática tendrían que mejorar su distribución al nivel de las grandes, algo imposible de conseguir. Y sin embargo, las microeditoriales publican. ¿A quién? Bueno, ya os imagináis la respuesta: en gran medida, a autores noveles. Las editoriales independientes son una muy buena puerta de entrada al mundo de la publicación para los escritores cuando empezamos a movernos de manera más o menos profesional. Es evidente que si firmas un contrato con una microeditorial no aparecerás en primera línea en las librerías. Lo más probable es que tu libro esté relegado a las estanterías de género, donde haya un único ejemplar y sólo se vea el lomo (ay, con lo bonita que es la portada). Es posible incluso que la novela ni siquiera llegue a todo el país. Pero estarás ahí. Tu obra será una realidad palpable. Nada mal para empezar, te lo aseguro. Conclusiones Las microeditoriales además cuentan con otra ventaja: como no tienen la presión de publicar superventas, pueden filtrar mejor lo que les llega y buscar más la calidad. Es precisamente en las editoriales independientes donde surgen las joyas literaria, mientras que en las grandes se apuesta más por la efectividad comercial. Así que si logras que te acepten en una microeditorial es muy posible que sea debido a que tu obra es buena de verdad. Por si fuera poco, el trato con el editor será más cercano la mayoría de las veces, lo que llevará a que aprendas mucho y te vayas preparando para un futuro salto a una de las grandes. Así que ya sabéis: cuando empecéis a barajar a qué editoriales enviaréis vuestras obras, no os quedéis sólo en las cuatro o cinco más famosas. Bucead hasta el fondo, sed más incisivos. Investigad pequeñas editoriales con una imagen de profesionalidad. Intentad contactar con los
La sinopsis: importantísima
Los escritores somos una especie muy rara en muchos aspectos, pero hay uno en concreto que me fascina: somos capaces de escribir una novela de trescientas páginas, una trilogía o incluso una saga de «tropecientos» libros pero luego se nos atraganta elaborar una simple sinopsis de nuestra obra. ¿Cómo es posible que se nos dé tan mal sintetizar? Pues hoy vamos a hablar precisamente de eso, de la sinopsis, y por qué es tan importante que aprendamos a realizarlas. Pero antes, permíteme recordarte que estamos a pocas semanas de una edición más de la Semana del Autor Novel. A finales de enero empezaremos de nuevo este curso gratuito que ya es toda una tradición, y donde como en cada edición os hablaré de las mejores estrategias para poder publicar con una buena editorial. ¡Y completamente gratis! Sin obligación alguna, sólo tienes que inscribirte en el curso pinchando AQUÍ, porque las plazas son limitadas. La sinopsis, la pesadilla del escritor Si le preguntáis a diez escritores distintos cuáles son las tareas propias de su profesión que menos le gustan, estoy convencido de que nueve de cada diez te dirán: «corregir, poner título a la novela y hacer la sinopsis». Como decía en la introducción, los escritores somos bichos raros por muchas cosas, y una de ellas es lo mucho que nos cuesta sintetizar. Tenemos tendencia a irnos por las ramas, a explayarnos a la hora de escribir. Es lógico, sin duda, porque nuestro trabajo va de eso, de desarrollar tramas, de profundizar en ellas y elaborar una historia extensa, compuesta por diversos elementos que exigen una extensión: argumento, personajes, ambientación… Por eso nos cuesta tanto elaborar una sinopsis. Estamos acostumbrados a desarrollar historias largas, con tantos elementos implicados que nos vemos incapaces de condensarlos en unas pocas líneas. ¡Y eso que conocemos la historia mejor que nadie! Sabemos qué queremos transmitir, cuáles son los puntos fuertes que marcan la novela, conocemos a los personajes… Aún así, nos parece imposible dejar fuera un montón de datos y, por tanto, ofrecerle al potencial lector sólo lo relevante. Y además de una manera que les enganche. La sinopsis: algo más que un resumen ¿Pero qué es una sinopsis exactamente? No es la primera vez que hablamos de este tema. Es más, hace unos años elaboré un artículo sobre cómo realizar una buena sinopsis, que sigue siendo vigente (y podéis ver AQUÍ). Pero hoy no vamos a hablar de cómo hacer una sinopsis, sino de lo importante que es hacerla bien. Y creedme, es muy importante. Para empezar hay que evitar confundirla con un resumen. El único punto en común es la necesidad de sintetizar la historia, nada más. Parece obvio, y sin embargo no os imagináis cuántas veces he visto a autores cometer dicho error en mi trabajo como lector editorial. De hecho es algo de lo que hablo con los alumnos de mi curso de narrativa del Método PEN, donde también tratamos varios aspectos del mundo editorial. El diccionario de la Real Academia Española es muy claro cuando buscamos el verbo «resumir»: «Reducir a términos breves y precisos, o considerar tan solo y repetir abreviadamente lo esencial de un asunto o materia». ¿Es eso lo que hace una sinopsis? En parte sí, no hay duda alguna. Pero una sinopsis va más allá. Cautivar al lector En efecto, esa es la clave de la sinopsis y lo que la aleja del simple resumen: cautivar al lector. La función de la sinopsis no es condensar toda la historia en unas pocas líneas. Es más, debemos tener mucho cuidado de no contar de más, para evitar los temidos spoilers. En un resumen no te preocuparía nada de eso, te dedicarías a desarrollar con brevedad toda la novela: el argumento, los giros narrativos, la personalidad de los personajes y cómo cambian… Algo que ni por asomo puedes hacer en una sinopsis. La sinopsis va más de sugerir, de ser sutil, de darle al lector la información adecuada para que se haga una idea de qué se va a encontrar al empezar a leer. Hay que ser inteligente a la hora de mostrar esas pequeñas perlas que despertarán el interés del lector potencial. En unas pocas pinceladas debes decirle dónde se desarrolla la historia, mostrarle unos personajes potentes, y descubrirle las posibilidades fascinantes de tu argumento. Todo eso sin revelar demasiado, planteando preguntas que se responderán al leer la obra. Porque, si se lo cuentas todo, ¿qué motivo tendrá nadie para comprar el libro? Hay que jugar con el lector, sí, y despertar su interés. ¡Pero cuidado! No podemos engañarle. La sinopsis jamás debe ofrecer algo que el lector no encontrará en el interior del libro. No puedes decirle que «es una novela que profundiza en la realidad social de los aztecas» cuando la obra apenas se desarrolla en dicho territorio. Con este tipo de estrategias, quizás consigas un comprador, pero perderás un lector, y será para siempre. La importancia de la sinopsis Hay tres elementos que harán que un lector potencial quiera comprar tu libro cuando lo vea expuesto en una librería. El primero es el nombre del autor, pero esto lo vamos a obviar porque sólo se aplica a los autores ya consolidados. El siguiente factor a considerar es la portada. Una buena ilustración, llamativa e impactante, hará que nuestro futuro lector coja el libro de la estantería. Bien, hemos captado su atención. Lo siguiente que hará, no lo dudéis, será darle la vuelta al libro y leer el texto de la contraportada, nuestra querida sinopsis. Y os digo desde ya mismo que de nada servirá la portada más espectacular del mundo si lo que el lector lee en ese pequeño texto de presentación no le cautiva. Y de ahí la importancia de elaborar una buena sinopsis. ¿Queréis saber más sobre la sinopsis? Pues sólo tenéis que descargar mi ebook Cómo aumentar las posibilidades de ser publicado, disponible en descarga gratuita. No os lo perdáis, porque todo lo que os cuento
El informe editorial
Si de algo hemos hablado a lo largo de la vida de este blog es del mundo editorial, ¿verdad? Y vamos a seguir haciéndolo, porque por muchos artículos que dediquemos al tema siempre se nos quedarán cosas en el tintero. El tapiz literario y editorial es tan amplio que nunca lograremos mostrarlo por completo. En todos los artículos que os he ofrecido hemos hablado de figuras claves como el editor o el lector editorial. Y hay un elemento específico que une a ambos, y que hoy voy a desarrollar: el informe editorial. Qué es un informe editorial Lo primero que tenemos que aclarar es qué no es un informe editorial: una opinión. A ver, sí, en parte sí es una opinión, ya que cualquier valoración de una obra literaria es subjetiva por definición. La literatura no se basa en conceptos calculables, no estamos hablando de matemáticas o física cuántica. Aún así, el informe editorial profundiza más allá de donde lo haría una simple opinión. Mucho más. Un informe editorial atiende a elementos que un lector común no tiene por qué valorar, al menos de manera consciente. Elementos digamos técnicos, especializados, y dirigidos desde una perspectiva más profesional, dirigidos a un receptor último: el editor (aunque también puede encargarlo un autor a título personal). En un informe editorial se tienen en cuenta aspectos de calidad literaria, por supuesto, pero también, como es lógico, se estudia la viabilidad comercial de la obra analizada. Nunca olvidemos que toda editorial, como empresa privada que es, necesita tener en cuenta las posibilidades de sus inversiones. Porque, de nuevo, hay que ser conscientes de que producir un libro es tremendamente caro. ¿Invertirías tu dinero en un negocio sin antes estudiarlo muy a fondo? Lo normal es que te informes de dónde te metes, que te asesores de algún modo. Pues eso es justo lo que hacen las editoriales a través del informe editorial. Informe editorial vs reseñas Ni siquiera podemos decir que un informe editorial se equipare a una reseña. Y cuando hablo de reseña no me refiero al típico post de un lector diciendo «la novela me enganchó, es maravillosa». Eso no es una reseña, es una simple opinión, lo cual no tiene nada de malo, al contrario. Al fin y al cabo el auténtico objetivo del autor al escribir es que su novela provoque tales emociones. A mí personalmente lo que más me gusta es ese simple «tu historia me atrapó». Desde luego eso no es lo que quiere un editor cuando te contrata para que le hagas un informe editorial. Ni siquiera le vale con una reseña literaria pura, que son más analíticas. Lo que necesita de ti es un informe pormenorizado, que disecciones la obra en todos los niveles, casi con microscopio, pero siempre enfocándote en las necesidades de la editorial. Para empezar, debes desarrollar una sinopsis argumental de la obra, para que el editor tenga una visión global de la novela. Pero es que luego además tienes que desgranarle aspectos fundamentales como los personajes, el estilo literario, la corrección ortográfica y gramatical, la estructura narrativa, y, por supuesto, la viabilidad comercial del proyecto. Con esto último nos referimos a si la obra tiene cabida en el mercado y podría suscitar el interés del posible lector. Hay que valorar si la temática de la novela sigue las líneas editoriales de la casa o si el enfoque que el autor ha hecho de la historia es el adecuado para cautivar al lector. Como podéis imaginar, todas estas premisas exigen a un tipo de lector muy especializado. Alguien experto no sólo en literatura pura y dura, en el proceso creativo, si no que también conozca el mercado y, más importante incluso, a la editorial para la que trabaja. Por eso es imprescindible que lector y editor tengan cierta sintonía. Por qué se hace un informe editorial La explicación es tan sencilla que cae por su propio peso, y de hecho hemos hablado de ello en más de una ocasión: las editoriales reciben tal cantidad de manuscritos que no pueden leerlos todos contando únicamente con el trabajo de su plantilla fija. Menos aún teniendo en cuenta que deben atender a sus autores ya contratados, preparar los lanzamientos, las campañas promocionales, así como otros aspectos tangenciales pero vitales como el aspecto económico del negocio. Es por ello que necesitan recurrir a lectores editoriales, generalmente freelance, que elaboran dichos informes editoriales. Estos análisis facilitan muchísimo el trabajo de los editores, ya que de este modo se ahorran tener que leerse todo el manuscrito al principio. En cuatro o cinco páginas tienen condensada la esencia de la obra aspirante y pueden emitir un juicio de valor. Y no siempre coincide con lo que el lector aconseja en el informe editorial. A veces el editor decide saltarse esa recomendación porque, quizás, el instinto le susurra que puede merecer la pena el riesgo. Pero en cualquier caso se ahorra de inicio un montón de tiempo gracias al trabajo realizado en el informe editorial. Si gracias a este deciden darle una oportunidad a la obra, entonces sí lo leen entero. Conclusiones El trabajo editorial es intenso, duro, con una carga de estrés que desde fuera no se aprecia. Las editoriales tienen que lidiar con una carga de trabajo brutal provocado por el ritmo de publicación trepidante que exige el mercado actual. Las editoriales medianas y grandes deben satisfacer el ansia lectora de sus clientes publicando una o incluso dos novedades al mes, lo cuál exige una dedicación absoluta. Os prometo que no exagero cuando digo que la profesión de editor desgasta mucho. Lo sé porque yo mismo trabajo para las editoriales elaborando informes editoriales, por eso entiendo la necesidad de esta magnífica herramienta. El tema del informe editorial, así como muchos otros, podéis encontrarlo desgranado en profundidad en mi ebook Cómo aumentar las posibilidades de ser publicado, disponible en descarga gratuita. Imprescindible si queréis potenciar vuestras posibilidades de ser publicados. No basta sólo con mejorar tu
La coma vocativa
Seguro que ya echabais de menos un artículo sobre nuestros queridísimos (y en ocasiones odiadísimos) signos de puntuación. Pues se acabó la espera. ¿Os acordáis de cuando hablamos de la traicionera coma criminal? Pues hoy nos toca hablar de su prima, la otra gran pesadilla de todo alumno de los talleres literarios: la coma vocativa. ¿Qué es el vocativo? Pero antes de hablar de este error, en el que caemos con una frecuencia asombrosa, hay que ir al origen del problema. Para empezar deberíamos explicar un poco qué es eso del vocativo. Ya hablamos brevemente de ello hace un tiempo, en este artículo, pero hoy vamos a profundizar mucho más. El diccionario de la Real Academia Española es muy conciso: «Dicho de una expresión nominal: que se usa en función apelativa». Es como señalar a una persona dentro del texto. Y nos pone un ejemplo muy básico pero a la vez perfecto, que vamos a utilizar también nosotros: «Pepe, ven un momento, por favor.» Atendiendo la definición, no cuesta mucho apreciar a qué estamos apelando. A quién, en realidad: Pepe. Este señor es por tanto el vocativo de esta frase, nos referimos a él, y suele ser nuestro interlocutor, alguien con quien estamos hablando. También se le llama «apelación» o incluso «apóstrofe». De hecho, el vocativo más famoso e utilizado es el del encabezamiento de las cartas y correos electrónicos. Cuando decimos «Hola, querida Ana» estamos usando un vocativo («querida Ana»). Se utiliza incluso en otros idiomas. ¿Os acordáis de la película «Good Morning, Vietnam»? Pues ahí está, otro vocativo, y en este caso ni siquiera es una persona, sino el nombre de un país. Pero su función es la misma: apelar a un individuo o a un grupo de individuos. Algunos de vosotros me diréis que en todos estos casos esos vocativos son también los sujetos de sus respectivas oraciones. Pues no, en ninguno de esos caso. Pepe no es el sujeto. Bueno, un poco sí, porque en realidad el sujeto de esa frase es «tú» (que hace referencia a Pepe), aunque no aparezca. Ya sabéis que el sujeto no es necesario nombrarlo siempre, en ocasiones se sobrentiende. Lo que sí debe ir es junto al verbo. Salvo en contadas excepciones, jamás se separa de éste. Por tanto, ese «Pepe» utilizado como apelación impide que sea el sujeto. Y para indicarlo con claridad usamos esa coma, nuestra querida «coma vocativa». Por qué hay que usar la coma vocativa Respuesta rápida: porque lo dicen las reglas de la gramática. Punto. Esto es lo que os dirán en la mayoría de cursos de ortografía, como es lógico, pues lo habitual es centrarse en la práctica y dejar de lado la teoría. Se tiene que hacer así y ya está. Pero una vez más es bueno profundizar en el motivo de las cosas, bien por pura curiosidad o bien para entenderlo mejor. Antes he comentado que la coma vocativa nos ayuda a indicar la presencia del vocativo, pero en realidad la función de esta coma no es la de señalar este elemento, porque éste se aprecia por sí mismo sin dificultad alguna debido a la misma construcción de la frase. Es más, en el lenguaje hablado contamos con una herramienta muy potente: la entonación. Durante una conversación, si le pedimos a Pepe que venga un momento, impregnaremos la mención del susodicho con una ligera entonación. Y como añadido, haremos una pausa tras mencionarlo (tras apelar a él). Siempre. Pensad en cualquier frase en la que estéis apelando directamente a otra persona. Todas y cada una de ellas te obligan a hacer esa pausa cuando las pronuncias en voz alta. ¿Y cómo hacemos pausas en el lenguaje escrito? Exacto, mediante las comas. Cómo se usa la coma vocativa Y ahora viene la norma reglada, que espero que entendáis mejor tras lo comentado antes: el vocativo se separa del resto de la frase mediante comas, siempre y sin excepción alguna. No importa dónde coloquemos el vocativo, si al principio de la frase, en mitad de ella, o al final. En la oración ejemplo de la RAE, sería correcto decir «Ven un momento, Pepe, por favor» o «Ven un momento, por favor, Pepe». Y ojo, porque eso también es algo que debéis considerar. Un vocativo suena mucho más natural si va al principio o al final de la frase, y suena más artificial si corta una frase. Pero eso ya es un tema de estilo literario, algo más avanzado y que ya tratamos en otro artículo anterior. Esta norma la tenemos que seguir al pie de la letra, sin que un profesor de narrativa como yo os lo diga. Es importantísima, porque un mal uso de la coma vocativa puede alterar el significado de una frase de manera radical. A veces de manera hilarante, como si escribimos «vamos a saltar chicos» en vez de «vamos a saltar, chicos». ¿Verdad que no estamos diciendo lo mismo ni de lejos? Pues ahora imagina que te equivocas y escribes «hora de cenar hijos», cuando lo que querías decir es «hora de cenar, hijos». La coma vocativa: inexcusable La correcta utilización de la coma vocativa es por tanto de obligado cumplimiento. Sin excusas de ningún tipo. No nos vale eso de que «ya vendrá el corrector de la editorial a corregírmelo». Porque si cometes ese error de manera habitual, te aseguro que el editor que te lea tendrá una pésima imagen de tu profesionalidad y calidad como escritor, así que probablemente ese manuscrito jamás llegue a ese corrector que habría arreglado tu desaguisado. Si queremos ser escritores a un nivel profesional debemos tener claros cimientos tan básicos como ese, ya que están entre los fundamentos de la gramática y sintaxis de nuestro idioma. Recuerda siempre: si estás apelando directamente a alguien en tu frase, si le hablas a él mencionándole, estás utilizando un vocativo. Si tienes dudas, la mayoría de veces te ayudará algo tan sencillo como pronunciar la oración en voz alta. Si por