¡La de veces que hablamos de ortografía en este blog! ¿Verdad? Pero ya sabéis que también tengo predilección por conocer la historia de las cosas. ¿Qué os parece si mezclamos ambos elementos? Quizás aspectos como la gramática o la ortografía os parezcan muy pesados y densos. Es más, os entiendo a la perfección. La teoría literaria puede resultar asfixiante incluso en boca de un profesor de narrativa como yo, pero podemos hacerla más divertida buceando un poco en facetas que de manera habitual no tratamos: el origen histórico de algunos de estos elementos de nuestro idioma. Y empezaremos, si os parece bien, por los signos de interrogación. El uso de los signos de interrogación Los usamos a todas horas y ni siquiera nos planteamos cómo aparecieron: los signos de interrogación. Bueno, a decir verdad, hoy en día los usamos cada vez menos. Con el crecimiento de las redes sociales y los servicios de mensajería telefónicos, como WhatsApp o Telegram, ya es más habitual ver frases con un sólo signo de interrogación, el de cierre, que con dos. Ya sabéis que yo no soy un extremista en ese sentido: considero que en ámbitos informales no hay problema alguno si también somos informales en nuestra manera de escribir. Siempre y cuando, por supuesto, nos comuniquemos de manera comprensible. Pero recordad que lo correcto es uno para abrir la frase interrogativa y otro para cerrarla, sobre todo en textos formales, ya sea una novela o un formulario oficial. Supongo que no hará falta definir los signos de interrogación, pero aún así vamos a hacerlo: son esos símbolos que utilizamos para representar en un texto la entonación de un enunciado interrogativo. O sea, una pregunta. La mayoría de preguntas que formulamos tienen ese tonillo característico (salvo las indirectas, como «no sé qué voy a hacer para salvarlo»), que en español representamos con los signos de interrogación de apertura y de cierre: uno con el punto hacia arriba y el otro hacia abajo, respectivamente. Eso es algo que todos sabemos. ¿Pero y si te dijera que el español es el único idioma que usa las aperturas para los signos de interrogación? Por qué usamos los signos de interrogación de apertura Así es. No vas a encontrar ningún otro idioma en el mundo que tenga signos de interrogación de apertura. Esto es debido a la manera de construir nuestras oraciones, que no permite advertir desde el principio de la oración si estamos haciendo una pregunta. Algo que no ocurre por ejemplo en inglés, donde se trastoca el orden de los elementos de la frase para advertirle al lector que estamos formulando una pregunta. Veámoslo con unos ejemplos muy simples: «You are stupid.» «Are you stupid?» Se ve a la perfección, ¿verdad? En la pregunta hemos invertido el orden de los elementos, lo cuál nos indica que estamos demandando una respuesta a una pregunta. Por no hablar de que en inglés tienen varias palabras que por sí mismas ya indican interrogación, las WH-questions (what, why, who, where, etcétera). Pero en español tenemos la suerte de poder mantener la estructura y marcar la intención interrogativa con un par de sencillas marcas. Eso sí, necesitamos el signo de apertura para que el lector advierta desde el primer instante que estamos preguntando, ya que en la escritura no se puede adivinar el tono como en el lenguaje hablado. A priori es mucho más sencillo que en inglés, dónde vamos a parar. Pero es en lo único que ganamos, porque en el resto el español es un idioma mucho más complejo. Un poco de historia Los primeros signos de interrogación que conocemos datan de manuscritos del siglo V. Concretamente se utilizaron en una versión de la Biblia escrita en idioma siríaco, derivado del arameo. Lengua que fue la dominante en el Medio Oriente en la época en cuanto a textos de carácter literario se refiere. Es ahí donde encontramos el primer signo de interrogación, cuyo aspecto en cualquier caso no tenía nada que ver con el que conocemos en la actualidad. Era algo así como un apóstrofe pero con dos puntos verticales (݃), y tenía un nombre un tanto difícil de pronunciar para nosotros: zawgā ‘elāyā. En cualquier caso, sólo se utilizaba para marcar las oraciones interrogativas cuya respuesta era sí o no, y así evitar confusiones por ambigüedad. Era un signo de apertura, porque se colocaba sobre la última letra de la primera palabra de la pregunta. Luego llegaron los griegos, que por supuesto no podían faltar. A partir del siglo VIII, los cronistas helenos empezaron a usar un signo de interrogación en sus escritos, que tenía la apariencia de un punto y coma. Pero en lo que a nosotros respecta, los hablantes en español, el asunto comienza a ponerse interesante con el afianzamiento del latín, lengua en la que encontramos al primer ancestro real de nuestros queridos signos de interrogación. Se trata del punctus interrogativus, visto por primera vez en un manuscrito del siglo XI, durante el período carolingio, y que todavía funcionaba sólo como signo de cierre. Como es imposible representarlo a través de los procesadores de texto actuales, podéis encontrarlo en la imagen que os pongo a continuación: justo en el centro de la imagen; es esa especie de «d» en la tercera línea, elevada sobre el punto y medio inclinada. La evolución de los signos de interrogación El uso del punctus interrogativus se propagó más rápido que el reggaeton. En poco tiempo se popularizó hasta el punto de que se utilizaba en todos los manuscritos litúrgicos. Al fin y al cabo, este símbolo era de una enorme ayuda porque indicaba la entonación de la pregunta, algo muy útil cuando el texto debía recitarse o cantarse en una ceremonia religiosa. Tanto fue así que empezaron a añadirse otros signos, como el punctus elevatus, que daría lugar a nuestros dos puntos. La forma del punctus interrogativus fue derivando hasta convertirse en el que hoy conocemos. En cuanto a nuestra costumbre de utilizar un signo de interrogación de
Los errores de concordancia
La escritura literaria es un arte complejo, mucho más de lo que creemos cuando damos nuestros primeros pasos. Estamos ante un oficio con infinidad de trampas en las que caer, de tipo muy distinto, y que debemos vigilar cada vez que damos un paso. Muchas las hemos visto en artículos anteriores (y las que nos quedan), como las repeticiones o la coma criminal, por mencionar algunas de las más recientes. Gramática, ortografía, estilo… Son tantos los frentes abiertos a la hora de crear un texto de carácter literario que es comprensible quedar abrumados cuando empezamos. Sin embargo, hay un fallo en particular en el que caemos casi con igual frecuencia tanto los autores noveles como los veteranos, y del que vamos a hablar hoy: los temidos errores de concordancia. Qué son los errores de concordancia Los errores de concordancia, como muchos otros que cometemos al escribir, provienen sobre todo del lenguaje oral, y algunos han arraigado tanto que ni cuando los analizamos específicamente nos parecen fallos. ¿Pero qué entendemos por «errores de concordancia»? Para comprenderlo es tan sencillo como recordar una de las máximas lingüísticas del español (bueno, en realidad de cualquier idioma): la relación entre ciertos elementos de la frase debe ser coherente. Digámoslo de manera más sencilla todavía, y con un ejemplo: Los piratas abordaron el galeón. Si el sujeto de tu frase es plural («los piratas»), el verbo que afecta a dicho sujeto también debe serlo («abordaron»). Puede parecer una tontería, pero no os podéis ni imaginar cuántas veces nos equivocamos en esto. Y da igual que estés empezando, que hayas estudiado en un montón de talleres literarios, o que seas un escritor profesional: se te van a escapar alguno de estos errores en mayor o menor medida. De hecho, en este mismo párrafo he cometido uno de estos errores de concordancia de manera consciente. Si eres capaz de encontrarlo, ponlo en los comentarios. Errores de concordancia de número Existen diversos tipos de errores de concordancia, dependiendo de dónde y cómo sea la discordancia. Empezaremos con un error de número, o lo que es lo mismo, cuando el sujeto y el verbo no coinciden en su condición de singular o plural. La frase de los piratas era muy simple, tanto que es casi imposible que nadie caiga en dicho error de concordancia con un «los piratas abordó el galeón». Pero no siempre es tan sencillo. La cosa puede llegar a complicarse bastante. Fijémonos en esta frase: El capitán y el timonel coincidió en que aquel era el rumbo adecuado. A veces ocurre que la presencia de dos sustantivos distintos en el sujeto, ambos en singular, nos confunde. Esto puede llevarnos a utilizar un verbo también en singular, lo cuál es un error de concordancia. Puesto que el sujeto no representa a un solo individuo, sino a dos: el capitán y el timonel. Aunque cada uno de ellos esté en singular, forman un conjunto de dos, por lo que la frase debería ser: «El capitán y el timonel coincidieron en que aquel era el rumbo adecuado». ¿Pero crees que eso es lo más complicado que te vas a encontrar? ¡Subo la apuesta! Te voy a mostrar posiblemente el error de concordancia más cometido de nuestro idioma. Veamos la siguiente frase: El equipo de futbolistas entrenaban con mucha ilusión. Este ya no es tan fácil de pillar, ¿verdad? Apuesto a que a más de uno os ha costado detectarlo. Aquí vemos que el sujeto de la frase, «el equipo de futbolistas», representa a un colectivo de personas. El hecho de que «futbolistas» esté en plural no hace más que potenciar esta impresión. Sin embargo, el verbo no está haciendo referencia a «futbolistas». Está conectado de manera directa con «equipo», que aunque es una palabra que aglutina a varias personas, sigue siendo un término singular. Por tanto, el verbo también debería serlo: «El equipo de futbolistas entrenaba con mucha ilusión». Errores de concordancia de género ¡Ay, pero ojalá eso fuera todo! Porque si nos podemos equivocar en la relación de número entre el sujeto y el verbo, también nos puede ocurrir lo mismo entre el género de dos elementos conectados o incluso no conectados, lo que nos hará caer en uno de estos errores de concordancia. Veámoslo con un ejemplo que nos aclare este galimatías: Los jóvenes quedaron fascinados con el águila posado sobre el montículo. Aquí hay diversos aspectos que nos llevan a otro de nuestros ya odiados errores de concordancia. Por un lado, el artículo «el», que precede a «águila», que aunque es un sustantivo femenino, utiliza el artículo masculino para evitar caer en una cacofonía («la águila»). Además, anda por ahí mareando también «el montículo», una construcción también en masculino. Todo esto nos lleva a un comprensible error: olvidar que el verbo «posar» se está refiriendo a «águila», que como ya hemos dicho es una palabra femenina. Por tanto, la expresión correcta sería: «Los jóvenes quedaron fascinados con el águila posada sobre el montículo». Errores de concordancia de tiempo ¡Si me dieran un euro por cada vez que veo uno de estos errores de concordancia de tiempo! Entre mis alumnos de los cursos de escritura narrativa del Método PEN me los encuentro a todas horas. Lo cuál es totalmente comprensible, ya que nos pasamos todo el rato trabajando con distintos tiempos verbales, dependiendo del narrador que necesitamos en cada texto: que si una vez elegimos hacer una narración en tercera persona y en pasado, que si ahora nos apetece un thriller en presente… Esto hace que cuando todavía estamos formándonos como escritores, incluso con el apoyo que brindan las clases literarias, caigamos en estos errores de concordancia con cierta asiduidad. Vamos con un nuevo ejemplo: Frodo miró con atención el Anillo Único; siente que le habla mediante susurros tentadores. Es fácil detectar el fallo una vez cometido, pero en el momento de escribir es posible que no seamos conscientes de que hemos empezado la narración en pasado y de pronto se nos ha ido a presente.
¿Los vulgarismos hay que evitarlos siempre?
¡Hola a todos, queridos amantes de las letras! Hoy voy a empezar con una frase que no es mía, pero que dejaré caer para que la analicéis, porque luego reflexionaremos sobre ella. Es esta: «¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!». Quizás más de uno la reconozcáis, pero de eso hablaremos luego. Ahora quiero que os fijéis en el vocabulario que utiliza el autor de la oración. Resulta obvio que tiene varias incorrecciones que en apariencia están muy fuera de lugar en un texto de carácter literario. Ese «mia» y ese «pué» no aparecen en el diccionario por ningún lado, y eso es porque se trata de un tipo de términos llamados «vulgarismos», que es de lo que hablaremos hoy. ¡Empezamos! Qué son los vulgarismos En realidad casi no hace falta ni explicarlo, ya que la propia palabra es bastante esclarecedora acerca de su significado, pero nunca está de más desarrollarlo un poco (me puede la vena de profesor de cursos de narrativa): los vulgarismos son esos términos o incluso expresiones utilizados durante nuestro habla del día a día y que no se consideran correctos dentro del estándar lingüístico. Los conocéis de sobra, ya que por fortuna o por desgracia los utilizamos a todas horas. ¿Quién no ha escuchado alguna vez a alguien decir amoto o haiga? ¡Seguro que incluso habéis pecado de eso vosotros mismos! Tenemos tendencia a pensar que el uso de vulgarismos es un signo de ignorancia, de falta de estudios o de pertenencia a una clase social baja. Y aunque este es uno de los escenarios en el que proliferan los vulgarismos, no siempre es así. Hay mucha gente culta a la que se le escapan los vulgarismos cuando habla. A mí mismo me ocurre en ocasiones, que para eso soy andaluz, sobre todo cuando estamos en un ambiente distendido. Y a diferencia de lo que pueda parecer, no hay ningún problema en ello, siempre y cuando sea algo que podamos controlar y sepamos hablar (y sobre todo escribir) de manera más correcta cuando la situación lo requiera. Tipos de vulgarismos Los vulgarismos más evidentes y prolíficos tienen que ver con el aspecto fonético, ya que derivan del lenguaje hablado. Hay que tener mucho cuidado con ellos para que no salpiquen nuestra escritura de manera descontrolada, lo cuál no es fácil al principio de nuestra carrera como autores, ya que algunos están tan arraigados en nosotros que podemos llegar a pensar que esas palabras realmente se escriben así. Este tipo de vulgarismos se llaman prosódicos, y en ellos se sustituyen o se agregan sonidos (abuja por aguja; o el famoso amoto), se cambia su orden (naide por nadie), se reduce la palabra (usté por usted) o se altera la posición de un acento (intérvalo por intervalo). Otros vulgarismos en cambio tienen que ver con el aspecto morfológico, por ejemplo cuando confundimos el género de las palabras («la alma» en vez de «el alma») o por conjugar de manera incorrecta algunas formas verbales. De estas hay muchas y en ocasiones dan lugar a construcciones hilarantes: haiga (por haya), bendicir (por bendecir), ves (ve, del verbo ir), satisfació (en vez de satisfizo), semos (por somos) o tie (por tiene). También tendríamos los vulgarismos léxicos, derivados de la confusión de ciertas palabras (“destornillarse de risa” en vez de “desternillarse de risa”) o los sintácticos, que no son más que las típicas incoherencias de concordancia verbal: «Han habido veinte asesinatos» cuando lo correcto sería «ha habido veinte asesinatos». ¿Hay que evitar los vulgarismos siempre? La mayoría de estos vulgarismos son herencias que recibimos del estrato social y regional donde hemos crecido. En mis clases de escritura tengo a alumnos de diversas nacionalidades hispanohablantes, y cada uno tiene dejes muy propios. Como digo, en condiciones coloquiales, fuera de lo formal, muchos de estos vulgarismos no pasan de ser rasgos curiosos e incluso adorables propios de los localismos de una zona concreta. A título personal nunca he tenido ningún problema con eso, siempre y cuando el uso de estos vulgarismos no sea algo que impida una comunicación y entendimiento fluido con la persona con la que hablo. No soy tan talibán como para afear a nadie por soltarme un pa qué mientras hablamos. Obviamente, la literatura es harina de otro costal. Cuando escribimos nos debemos, entre otras cosas, a la corrección. No es aceptable cometer faltas ortográficas (porque eso son en el fondo), ni siquiera amparándonos en que esos vulgarismos forman parte de nuestro habla tradicional. ¿Pero es siempre así? ¿Nunca debemos usar vulgarismos en nuestros escritos? Bien, ahora es cuando vamos a volver a la frase del inicio. ¿La recordáis?: «¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!». Técnicamente hablando, está mal escrita, y mucho. ¿Pero y si os dijera que esta oración forma parte de una de las obras más destacadas de la literatura hispana? Algunos lo habréis adivinado: Se trata de La Regenta, de Leopoldo Alas «Clarín». ¿Cómo puede ser que semejante autor cometiera tal error? Pues porque no lo ha cometido. De hecho, son sus personajes quienes lo cometen. Y esta es precisamente la excepción de la regla: los vulgarismos no sólo son aceptables cuando los utilizamos en personajes, sino que son una herramienta excelente para caracterizarlos. Forma parte de su esculpido. De hecho, cuando hablo de la construcción de los personajes a mis alumnos en mis talleres literarios, es algo en lo que incido de manera muy concreta. Conclusiones En resumen, en la vida real no deberíamos agobiarnos ante el uso de vulgarismos, siempre que no afecte a la comunicación con los demás. Es más, este es el método en que los idiomas evolucionan, a base de los cambios que sutilmente se producen por parte de los hablantes. Cuando escribimos, en cambio, tenemos que ser mucho más estrictos y evitar cualquier palabra o expresión que no sea correcta, sobre todo cuando habla el narrador. Salvo que dicho narrador sea también un personaje. Tanto en este caso como en los diálogos, se
¿El corrector ortográfico de Word es fiable?
Ahhh, aquellos tiempos en que el autor escribía al ritmo machacón de las teclas de la máquina de escribir tradicional. Muchos de los que asistís a mis talleres literarios quizás jamás hayáis pasado por ello, pero os aseguro que era un auténtico… coñazo. Sí, tal cual. La nostalgia suele jugarnos malas pasadas y recordarnos las cosas de una manera demasiado bucólica. Porque yo todavía me acuerdo de que cada vez que cometías un error ortográfico tenías que cubrirlo con ese líquido corrector llamado tippex (por asociación con la empresa más famosa que aún hoy la comercializa). No lo hecho de menos ni siquiera un poquito. La tecnología ha facilitado mucho el trabajo de los escritores. Ahora contamos con herramientas como los ordenadores, los procesadores de textos y aquello de lo que hablaremos hoy: el corrector ortográfico. Nuestro trabajo no sería igual sin él. Sin embargo, ¿hasta qué punto podemos fiarnos de él? El corrector ortográfico: una herramienta imprescindible Ya sabéis lo que me gusta el aspecto histórico de las cosas de las que hablo, así que un par de curiosidades: aunque los primeros correctores ortográficos nacieron casi a la par que los ordenadores, en los años 70, no fue hasta los 80 que apareció en MS-DOS el primero en el idioma español, y tuvo un nombre la mar de apropiado: Escribién. Luego, con el auge de los procesadores de textos, entre los que triunfaría las distintas ediciones de Word, se fueron incluyendo correctores ortográficos en todos ellos. Bueno, en realidad al principio no eran correctores ortográficos como tales, pues no corregían nada. Ni siquiera te mostraban la alternativa correcta, simplemente te indicaban que la palabra no estaba bien escrita. Ahora no entenderíamos escribir sin esta fabulosa herramienta. Nos hemos acostumbrado a ver esos subrayados o resaltados en rojo, hasta el punto de que tendemos a acomodarnos y confiar en lo que nos dice el corrector ortográfico. Y ahí es cuando surge el problema, en que esa confianza nos ciegue y nos incite a ceder nuestra responsabilidad como escritores en un programa informático que de infalible no tiene nada. Os lo voy a demostrar con ejemplos. El corrector ortográfico, un trilero ocasional Algunos de los errores que nos provoca el uso de un corrector ortográfico se entienden mejor si nos paramos a pensar en cómo funciona. Estas aplicaciones no son más que «comparadores» encargados de comprobar si cada palabra que escribimos existe en el diccionario. Si es así, entonces no la marca como incorrecta, pero en caso contrario actúa: según la configuración del procesador, te indicará el posible error o, además, tal vez te proponga un término que considere más adecuado. Los correctores más modernos, además, también tienen en cuenta la gramática. Pero lo que todavía no saben hacer, al menos no de manera infalible, es analizar la semántica. ¿De qué te estoy hablando? Pues de manera muy, muy resumida, la semántica se centra en que las frases tengan sentido. Y eso depende mucho de la interpretación subjetiva, algo que a un programa informático le viene grande (de momento, porque la IA está avanzando a pasos agigantados). Os pongo un ejemplo muy sencillo de entender a través de una frase tan simple que os hará enrojecer: «El pobre hombre se apoyó en el callado antes de empezar a caminar.» Bien, seguro que lo veis. Yo también, os lo aseguro: he escrito «callado» cuando debería haber utilizado «cayado». Pero mi procesador de textos (donde preparo los artículos antes de subirlos al blog) no me ha indicado ningún tipo de error. Esto es justo a lo que me refería. El corrector incorporado analiza palabra por palabra. Al llegar a «callado», ha interpretado que en efecto es una palabra que existe, un adjetivo derivado del participio del verbo «callar», y por tanto no le llama la atención. El corrector no se para a pensar en si este término es el adecuado para el contexto en el que yo la he puesto. Es como si un programa analizara la siguiente imagen de un tortufante (muy ingenioso, ¿verdad?): vería la cabeza de elefante y el cuerpo de tortuga, y como ambos animales existen, no marcaría que es un montaje fotográfico. Algunos errores comunes del corrector ortográfico Y ahora imaginad que esta fuera una frase de una novela que estoy escribiendo. Llevo horas dándole a la tecla, metido por completo en desarrollar la historia, estoy cansado, tengo la vista agotada y mi atención no está al cien por cien. La posibilidad de que cometa un desliz y no lo advierta es real. No pasa nada, para eso está el proceso de revisión. Pero si deposito todas mis confianzas en el corrector de mi procesador, quizás entonces tampoco repare en este pequeño gazapo, al no ver ninguna marca. La mayoría de fallos debidas al corrector ortográfico vienen dadas por este tipo de confusiones de palabras similares: mas o más; apagar o a pagar; baca o vaca… Simples fallos de tecleado por nuestra parte, producto del cansancio o el atolondramiento propio del proceso de escritura (cuando la inspiración nos consume, momento en el que jamás hay que pararse a corregir), y que para nada son indicativos de que un escritor sea mejor o peor. Os prometo que le pasa tanto a los alumnos de mis talleres de escritura como a los lectores más renombrados. Pero a veces también ocurre lo contrario, que el corrector indica fallos que no existen en realidad. Es muy habitual con las concordancias. Por ejemplo, al escribir «tuvieron que embarcar en un viaje juntos», me subraya «un viaje juntos» y me sugiere dos opciones supuestamente correctas: «un viaje junto» o «unos viajes juntos». Conclusiones ¿Cómo podemos conseguir que el corrector ortográfico de nuestro procesador de textos no nos engañe? Pues sólo hay una manera: prestar atención, mucha atención. Sobre todo durante el proceso de revisión que le hagamos a nuestros borradores. Nunca deis por bueno lo que el corrector haya marcado o dejado de marcar, no caigáis en la vagancia. Por muy aburrido que
Los pecados del autor novel 6: el egocentrismo
Veo con satisfacción que esta serie os está encantando, lo cual me parece genial ya que de este modo estamos aprendiendo a detectar nuestros defectos y errores. Siempre lo digo en mis masterclass, en las charlas sobre escritura que imparto, en mis clases del Método PEN: conocer nuestros fallos es el primer paso para solucionarlos y crecer como autores. Pero hoy nos alejaremos un poco del aspecto puramente literario para tratar algo que afecta más a nuestra manera de abordar la profesión de escritor y, sobre todo, de relacionarnos con el exterior, o sea, los lectores. En este artículo hablaremos de cómo se manifiesta uno de los peores enemigos del escritor: el egocentrismo. El derecho a publicar Esta es una idea que siempre ha estado presente en la cabeza de los escritores que no tenían suerte a la hora de conseguir el ansiado sueño de publicar. Y en parte no es falsa: todo el mundo tiene derecho a publicar un libro, o mejor dicho, a intentar publicar un libro. Porque con esto ocurre como con el derecho a una vivienda digna: que tengamos el derecho a ello no significa que nos la deban pagar. Porque esto es un tema de dinero, no lo dudéis: una editorial no es una ONG, es un negocio, y busca beneficios a través de una inversión. Son las editoriales las que tienen derecho a rechazar un manuscrito si consideran que no es rentable, porque son estas empresas las que arriesgan su dinero. Ahora, con el auge de la autopublicación en Amazon, esta creencia propia del egocentrismo, que nos lleva a decir «tengo derecho a publicar», ha cobrado tintes más melodramáticos. Varias cartas de rechazo y nos vamos corriendo a las redes sociales a decir lo malas que son las editoriales, que si no saben reconocer nuestro talento, que si sólo publican a autores famosos (falso, todos los escritores conocidos empezaron siendo desconocidos), que si sólo les importa el dinero… Atacamos a las editoriales cuando rechazan nuestras obras, y nos tomamos esa negativa como si de un atentado a los derechos más básicos se tratara. Y mientras nos ponemos de morros, se nos olvida que quizás, sólo quizás, ese manuscrito al que se le han cerrado las puertas quizás tiene una temática poco comercial. O, llamadme loco, es posible que no sea tan bueno como creías. «Los lectores no saben apreciar la buena literatura» La de veces que he escuchado o leído esta tajante afirmación por parte de un escritor al que las ventas no acompañan. Es puro egocentrismo, porque cuando el autor de estas palabras habla de «buena literatura» se está refiriendo a «su buena literatura», faltaría más. El mercado literario está lleno de mojones infumables, porque todos tus compañeros son más malos que un dolor y venden porque los lectores carecen de exigencia alguna. O directamente son tontos. Porque claro, tú que escribes como los ángeles, tan bien que hasta Cervantes hincaría la rodilla a tus pies, no sacas ni para compensar el adelanto. Así que tiene que ser cosa de los demás. Luego te vas a una librería y entre los más vendidos están siempre los mismos. Y en las ferias del libro las colas son las de esos autorcillos que no valen medio euro pero tienen un montón de fans. Ni te planteas que esos escritores han logrado algo que tú no has sido capaz: conectar con el lector. Quizás su literatura no sea la mejor del mundo, tal vez esos lectores no tengan la capacidad para enfrentarse al Ulises de James Joyce, pero es que escribir no va solo de engrandecer el arte literario (que también). No, va de algo tan sencillo como emocionar al lector y lograr que disfrute de tu libro. Y si los demás lo logran y tú no, desde luego no es culpa de los lectores, sino tuya. O quizás de tu editorial, si no hace bien los deberes de promoción. No saber hablar de otra cosa que no sea tu obra Otro clásico del egocentrismo literario. Es cierto que este es muy comprensible y en algunos casos inevitable, sobre todo cuando hablamos de autores autopublicados. Sin una editorial detrás que te apoye en el aspecto promocional, no te queda más remedio que hacer tú ese trabajo, lo cual te llevará a estar bombardeando constantemente a tus seguidores en las redes sociales. Pero hay que intentar buscar un equilibrio sea como sea. Si te pasas todo el día colgando la portada de tu libro, y reseñas, y entrevistas, y extractos… Al final la gente se cansa de semejante aluvión de posts promocionales, te lo aseguro. Tampoco es bueno publicar el minuto a minuto del proceso creativo. Esto es algo que está muy de moda, pero que tiene varios inconvenientes. Además de que estás saturando al posible lector, y dando una imagen de que sólo sabes hablar de un tema, también te cargas un poco la magia que hay detrás de la creación de una novela. Quizás el público tenga curiosidad por cómo se escribe un libro, por lo cual este tipo de posts son interesantes, pero si te pasas de frenada lo acabarás cansando. Habla de otras cosas, muestra un poquito a la persona que hay detrás del escritor, tus inquietudes o aficiones. Que vean que tu vida no es solo escribir. Eso ayudará a que empaticen contigo, y quizás incluso ganes lectores porque les caigas bien. Eso sí, evita hablar de política y fútbol. Conclusiones Eres escritor, y eso es algo maravilloso, no lo dudes. Que nadie intente hacerte creer lo contrario. Y sí, eres especial por ello. Pero no tan especial. Como tú hay muchos otros autores, muchos de ellos con un talento excelente e incluso superior al tuyo. Por tanto es importante que te tomes este oficio, si decides ir a por la meta de la profesionalización, con humildad, y que intentes evitar el egocentrismo. Ten por seguro que lo disfrutarás mucho más.
El amor en la literatura: como utilizarlo
No sé vosotros, pero a mí me cuesta mucho entender una novela sin la presencia del amor romántico. Al fin y al cabo, estamos hablando del sentimiento que mueve el mundo. ¿Se puede construir una historia de corte literario sin mencionar el amor? Pues sí, es posible, pero también poco realista y, con sinceridad, no muy apetecible. Estamos ante uno de los recursos que más drama aporta. ¡Qué grandes historias han nacido al amparo de esta emoción! El amor en la literatura es importantísimo. Sin él no tendríamos Romeo y Julieta, ni el amor no correspondido de Aragorn hacia Eowyn, o nos habríamos perdido el tormentoso romance entre Catherine y Heathcliff en Cumbres Borrascosas. Pero el amor tiene ciertas reglas no escritas que hay que tener en cuenta si queremos desarrollar una buena historia. El amor según el tipo de personajes Aunque el amor es un sentimiento universal, no todo el mundo lo concibe igual. Y esto es algo que cobra una dimensión superlativa cuando hablamos del uso del amor en la literatura. Depende mucho de la construcción del personaje, tanto física como psicológica o social. Vamos a poner un ejemplo muy conocido. En Madame Bovary, de Gustave Flaubert, la protagonista vive un matrimonio aburrido y que desde luego no la satisface en modo alguno. Su situación de insatisfacción permanente, de constante deseo por romper los barrotes de la alta sociedad, le lleva a buscar la libertad a través de diversas relaciones adúlteras, que no son más que un pretexto para buscar el amor idealizado. Por tanto, el modo en que el personaje percibe ese sentimiento depende del desarrollo personal de la protagonista. Otro ejemplo perfecto del buen uso del amor en la literatura, y que no se entendería igual con otros personajes, lo podemos encontrar en el clásico Desayuno en Tiffany’s. En esta obra maestra, cuya adaptación a la gran pantalla no le iba a la zaga a pesar de las variaciones, asistimos al «no amor» entre el narrador protagonista, Fred (un trasunto del propio Truman Capote), y la muchacha de sus desvelos, Holly Golightly. El desarrollo de Holly es una auténtica lección de cómo ir desgranando poco a poco la personalidad de un personaje, y cómo eso afecta a la relación entre ambos. La aparente despreocupación de Holly, que esconde mucho más de lo que parece, condiciona la obsesión que el escritor protagonista acaba desarrollando hacia ella. El amor según el contexto El tapiz en el que vamos a desarrollar nuestra historia de amor también es un condicionante que puede resultar, en algunos casos, más importante que los propios personajes. De hecho, en ocasiones es lo que mueve la historia de amor. Abundan los romances basados en las diferencias sociales entre los amantes, como los amoríos entre un esclavo y la hija del dueño de una plantación en la América esclavista; o entre un católico republicano y una protestante unionista en la Irlanda del Norte en la Belfast de los años 70; o esa pareja que no puede estar junta porque sus familias están mortalmente enfrentadas (sí, ya sabéis de cuál hablo). También podemos encontrar un desafío a las costumbres de las épocas, algo clave en las novelas históricas. Entre estos tendríamos a esas personas que no pueden amarse debido a las reglas sociales. Sería el caso de una muchacha de la antigua Roma que se enamora de un chico distinto a aquel con el que su padre quiere emparejarla. Un caso habitual, ya que por desgracia las sociedades antiguas solían arrebatar a las mujeres la posibilidad de elección. Y vaya si eso ha creado conflictos narrativos en la literatura. Es importante en este caso no caer en el presentismo y dejar muy claro que estos comportamientos liberales son una excepción a una regla, y no normalizarlo. Justo como hago yo con el personaje de Wallada en mi novela La predicción del astrólogo. El amor según el lector target Por último tenemos un aspecto que muchos autores primerizos no cuidan. Sí, ya sé lo que suele decirse: que el primer lector en el que el escritor tiene que pensar es en sí mismo. Si no escribimos nuestras historias para que nos gusten, seguro que tampoco convencemos a otros lectores. Pero aún así hay que pensar también en nuestro público, al que en el mundo del marketing se conoce como target. En lo que a lo que estamos tratando en este artículo, nos referiríamos a tratar las relaciones amorosas de nuestras historias de acuerdo al público al que pretendemos llegar. Y esto es muy sencillo de entender con un ejemplo. Estaréis de acuerdo que no se puede construir igual la historia de amor entre Francesca y Robert, los protagonistas de Los puentes de Madison, que la relación que comparten Bella y Edward en Crepúsculo. La primera es una obra con un público más adulto y maduro, cuya experiencia vital del amor es muy distinta a la que tienen los lectores de la famosa saga de vampiros. Aunque las emociones y sentimientos sean similares en lo básico, la recreación tiene que ser distinta por fuerza tanto por la situación personal de los personajes (como decíamos en el primer punto) como por el público al que va dirigido. Conclusiones Como veis, y esto no os lo dirán en muchos talleres para aprender a escribir, hasta algo tan común como las situaciones amorosas de nuestros personajes tiene matices que deben ser cuidados lo máximo posible. Porque aunque el amor es un sentimiento muy simple en el fondo, el amor en la literatura no lo es tanto, si queremos que resulte creíble y atractivo para el lector.
Los pecados del autor novel 5
Los autores somos seres humanos. Un poco raros, pero humanos (bueno, muy raros). Y, al igual que el resto de personas, tenemos cierta tendencia a coger costumbres que no siempre son las más adecuadas. También a empecinarnos en no cambiarlas, aunque otros compañeros nos recomienden hacerlo si queremos progresar como escritores. De eso vamos a hablar un poco hoy, en un nuevo artículo de la serie sobre los pecados del autor novel. Y llevamos cinco. Repetir estrategias Este es uno de los pecados del autor novel más comprensibles, y cuya solución en realidad es muy sencilla: mucha lectura (como veíamos en la anterior entrega), mucha escritura… y mucha paciencia. Cuando empezamos a escribir, nuestros recursos son muy limitados, y es a lo largo de nuestra carrera que van creciendo y mejorando. Por eso siempre decimos que escribir es una carrera de fondo, no de velocidad. Y ojo, porque no me refiero tanto al vocabulario que manejamos, que también, sino a la construcción de las expresiones y los recursos literarios que utilizamos en nuestras obras. Entre mis alumnos en mis cursos de narrativa es muy habitual ver que muchos de ellos utilizan una y otra vez las mismas estructuras gramaticales para contar lo que tienen en la cabeza. Por ejemplo, cuando anochece: «La noche cayó y la oscuridad lo envolvió todo.» La frase en sí no está mal. El problema viene si cada vez que se hace de noche en la novela utilizamos la misma expresión porque es la primera que nos viene a la mente. Por no hablar de que es muy manida y poco original. Esto señala con claridad que la capacidad creativa del autor es más bien escasa. Seguro que si le dais un par de vueltas se os ocurre alguna manera más elaborada de expresar lo mismo (dejádmela en los comentarios). Porque de este modo le estamos diciendo al lector que no tenemos más alternativas para expresarnos. Pero no os creáis que eso es cosa sólo de autores desconocidos. Lo vemos en obras publicadas y exitosas. En 50 sombras de Grey, la protagonista se pasa toda la novela mordiéndose el labio, poniendo los ojos en blanco y mencionando a «la diosa que llevo dentro». Explicar demasiado Este es un clásico entre los clásicos, y sin duda estaría en el Top 5 de los pecados del autor novel más comunes. En las primeras novelas que solemos escribir hay un temor del que a veces ni siquiera somos conscientes: el miedo a no plasmar a la perfección lo que intentamos narrar. Nos obsesionamos con que el lector tiene que ver lo que narramos como si se tratara de la escena de una película, y por tanto tratamos de explicarlo todo. Esto se ve mucho en la descripción de paisajes, en especial en los escritores que admiramos a autores muy acostumbrados a describir. Todos los que idolatramos a Tolkien hemos cometido ese error en algún momento. Y ya ni hablar de cuando relatamos cómo es nuestro protagonista. Nos vemos en la necesidad de detallar hasta el rasgo más superfluo. ¡El lector tiene que imaginárselo igual que nosotros! Lo cual es un grandísimo error, porque se carga la esencia de la literatura: que cada uno tenga su propia imagen de los personajes o de un escenario. Lo único que le podemos reprochar a las adaptaciones de El Señor de los Anillos en el cine es que nos hayan privado de eso. Antes de que Viggo Mortensen encarnara a Aragorn, cada uno de nosotros teníamos nuestra propia visión del personaje. Era única, era nuestro Aragorn. O nuestro Rivendel, o nuestro Gondor. Así que no le hurtemos al lector lo mejor que tiene la literatura: la capacidad de fomentar nuestra imaginación. Pero no sólo ocurre con las descripciones. Tenemos tendencia también a contar cada acción de nuestros personajes, hasta las más anodinas: «Abrió la mano y abrazó la empuñadura de la espada, cerrando luego los dedos para aferrarla.» ¿Es necesario describir con tanta exactitud un movimiento como ese, que todo el mundo tiene claro? Es obvio que para coger una espada tienes que abrir la mano antes, y cogerla de la empuñadura, y cerrar los dedos si quieres aferrarla. Algunas veces estará bien ser detallista, para dar ambientación, pero hay que saber controlarlo. Una buena manera de evitar estas tendencias a ser demasiado explicativos es practicar el relato. La falta de espacio que disponemos en textos cortos nos obliga a condensar, a ser más escuetos, y eso lo agradeceremos cuando escribamos novelas largas. No querer recortar texto superfluo Nuestro siguiente pecado del autor novel está conectado con lo que acabamos de tratar. Mientras aprendemos a dejar de explicar las cosas de una manera tan detallada, la solución de ese problema la tendríamos durante el proceso de revisión y corrección. Es en ese punto donde debemos detectar todas esas explicaciones innecesarias y retirarlas. O lo que es lo mismo: tenemos que quitar la paja. Todo aquello que no sea necesario y no aporte nada relevante, bien sea en cuanto al avance de las tramas, al desarrollo de los personajes o a la ambientación, debería ser eliminado sin piedad alguna. Y cuando digo sin piedad alguna es literal. ¿Esa frase tan maravillosa, tan hermosa de la que el mismísimo Calderón de la Barca estaría orgulloso? Fuera. No nos aporta nada, sólo es palabrería superflua, que entorpece e incluso perjudica a la historia: frena el ritmo, o no cuadra con el estilo del resto del texto, o no viene a cuento con lo que se está contando en ese momento. Sí, sé que no te va a gustar. Y estoy seguro de que cuando un corrector te la señale, te cerrarás en banda a la posibilidad de quitarla. Pero también te prometo una cosa: cuando pasen varios meses tras terminar la novela, y vuelvas a leer esa frase, tú mismo dirás «cuánta razón tenía Teo».
Cómo enfrentar las críticas de tu novela
Ha ocurrido al fin y no podías estar más feliz: acabas de publicar tu primera novela. Estás que no cabes en ti de gozo y todo parece maravilloso. Bueno, no todo. Porque en mitad de toda esa felicidad empiezan a surgir otro tipo de emociones: inseguridad sobre la calidad de la novela, miedo escénico a las presentaciones, estrés si por fortuna tienes la posibilidad de contar con una campaña promocional… Pero por encima de todo está el temor, el pavor más bien, a las críticas hacia tu novela. O mejor dicho: a las malas críticas. Hace unos meses os hablé muy por encima de esto, pero hoy quiero profundizar en ello un poco más. Quizás gracias a mis palabras puedas afrontarlo mejor. Las críticas son inevitables Así es, no hay nada que puedas hacer. Quizás antes, cuando tu obra estaba en tu ordenador, y nadie más que tú la había leído, tenías la alternativa de dejarla ahí, a buen recaudo, evitando así el riesgo de destrozarla. Pero claro, también estarías impidiendo que llegara al lector, y por mucho que digamos que escribimos para nosotros, la realidad es que deseamos y necesitamos que nuestras obras alcancen a su destinatario natural, los lectores. Por eso nos esforzamos tanto: nos apuntamos a talleres literarios, cursos de escritura creativa, conferencias sobre narrativa… Creamos historias, y las historias tienen que llegar a otras personas más allá de nosotros mismos. Porque nunca lo olvidemos: escribir forma parte del acto de la comunicación. Y claro, si tus escritos llegan a los demás, es obvio que éstos los van a valorar. La mayoría no lo va a divulgar en modo alguno y se quedarán su opinión para sí mismos. Pero algunos, bastantes, sí lo harán. Bien a través del simple boca a boca, cuando alguien le pregunte qué libro está leyendo, o bien de manera masiva por Internet. Ten en cuenta que vivimos en una sociedad volcada en soltar lo que piensa (vomitar a veces) a través de las redes sociales. Así que mejor hazte la idea de que tu lector no se quedará callado tras leer tu obra. Sea positiva o negativa, la verás expuesta de un modo u otro. Las malas críticas Y como no hay modo de pararlo, esas críticas llegan. En primer lugar lo primero que habría que diferenciar son las críticas y las opiniones. Por definición, las primeras son análisis razonados, basados en argumentos bien ponderados. Buscan apoyarse en elementos objetivos, como el estilo literario, la ortografía y gramática, la originalidad, el desarrollo de personajes… Aunque es imposible evadirse por completo de una cierta percepción subjetiva, en menor o mayor medida, ya que la literatura, como todo arte, no se mide por fórmulas matemáticas o las leyes de la ciencia. Por tanto, no deberíamos venirnos abajo, ni siquiera ante la crítica negativa más sesuda, porque todas son en el fondo subjetivas. Luego tenemos las simples opiniones. Son las más abundantes, lo cual tiene todo el sentido del mundo: al fin y al cabo, la mayoría de lectores no tienen la capacidad (o el interés) para realizar un análisis pormenorizado de las novelas que leen. Lo más habitual es que sencillamente digan que les ha encantado o les ha decepcionado. Rara vez argumentarán más allá, y no tienen por qué hacerlo. Es sólo la descripción de lo que han sentido al leer tu novela, y si no les ha gustado, por mucho que trates de explicarle que tal vez no han captado tal o cual elemento, no les vas a convencer. Y debes respetar su opinión, siempre y cuando no te falten al respeto, por supuesto. O dicho de otro modo: pasa de ellas. Sí, te va a doler cuando alguien diga que tu novela no le gustó nada, y mucho, pero debes aceptar que no puedes agradar a todo el mundo. Cómo superarlo Con las críticas más o menos razonadas sí podemos sacar conclusiones que resulten constructivas. Porque ese es en mi opinión el mejor camino: aprovecharnos de todo esto, mientras lidias con ese dolor que de manera inevitable sentirás. Sí, ya sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero es que no te queda otra. Lo que nunca deberías hacer es montar una cruzada en contra del lector que te ha criticado, hacerte la víctima o justificarte con un «soy un incomprendido». Porque entonces te estarás poniendo a su nivel. No, en vez de eso, analiza esas críticas con la misma objetividad que se supone tienen. Si, en efecto, es una opinión fundamentada, donde el autor razona sus sensaciones, entonces tienes que anotar todos esos defectos y tratar de aprender de ellos. Ahora bien, puede pasar que esas supuestas críticas razonadas no lo sean tanto. O que haya una mala intención detrás, que tengan un carácter destructivo. Quizás tengan razón en sus comentarios, pero utilicen la condescendencia o incluso el insulto para despreciar tu trabajo. Existe gente así de tóxica, como ocurre con todos los oficios: personas que, aun estando capacitados para realizar una crítica argumentada, se comportan con soberbia y no tienen miramientos a la hora de machacar a un autor. En ese caso, tienes que saber reconocer esa malicia y utilizarla como un escudo propio para que no te afecte más allá de lo inevitable. Deja a un lado todo el veneno y trata de aprovechar cualquier argumentación válida que pueda ayudarte a mejorar. Y me dirás: «Sí, Teo, todo eso está muy bien. Pero lo que el cuerpo me pide es acordarme de los antepasados de ese crítico». Me parece un sentimiento muy humano, que comprendo y comparto al cien por cien. Así que hazlo, desahógate si lo necesitas. Pero hazlo en privado, en tu casa. Deja tu frustración lejos del mundo exterior, porque un patinazo en ese sentido podría acabar con tu carrera literaria. Acuérdate, además, de que eres escritor. Siempre puedes inspirarte en ese crítico para hacerlo sufrir un poco en tu próxima novela. 😉
Los seudónimos en la literatura
Ricardo Eliécer tuvo claro que quería ser poeta desde su más tierna infancia. En su mente bullían versos a todas horas, y nada más impulsaba su ánimo que volcar todo aquello a través de la poesía. Pero había un problema: su padre, un obrero ferroviario, era de esos hombres cuadriculados y conservadores que no sólo no se tomaba en serio las inclinaciones artísticas en general, si no que despreciaba en particular la poesía. «Un artista en la familia, eso jamás», solía decirle al joven Ricardo. Pero el muchacho no podía escapar de lo que sentía en su interior, así que tras varias publicaciones con su nombre real, que encendieron los ánimos del progenitor, decidió con dieciséis años adoptar un seudónimo para evitar sus iras. Y así, ese adolescente se convirtió posiblemente en el mejor poeta que haya existido jamás: Pablo Neruda. Y de eso vamos a hablar hoy, si os parece, de los seudónimos. Seguro que como escritores os habéis planteado alguna vez la necesidad de utilizarlos. ¿Cuáles son las razones para usarlos? En general, siempre por lo mismo: por cuestiones comerciales. Pero hay más donde rascar. Lo veremos en este artículo, utilizando ejemplos que os van a sonar mucho. Seudónimos por discriminación Por desgracia, tradicionalmente la literatura ha sido un gremio donde la condición de género del autor es relevante a la hora de publicar. Quizás algunos creáis que esto es un tanto exagerado, pero los datos y los casos están ahí. Cientos de mujeres han sido obligadas al anonimato, como en el caso de Jane Austen en Sentido y sensibilidad. Aunque al menos ella pudo dejar clara su condición femenina gracias al seudónimo «by a lady» («por una mujer»). El primero de los ejemplos que os pondré es de sobras conocido. Se trata de Joanne Rowling, una escritora británica que creó la saga más famosa de la literatura: Harry Potter. Si hubiese sido por ella, jamás se hubiese llamado J.K.Rowling, pero la editorial que iba a publicar la primera novela del joven mago le «recomendó» que utilizara un seudónimo. ¿El motivo? Temían que los lectores jóvenes fueran reticentes a una novela escrita por una mujer. Lo gracioso fue que muchos años después, ya como autora superventas, decidiera crear otro seudónimo masculino para publicar una saga de novela negra. La acogida de ese nuevo libro fue bastante floja hasta que se desveló quién estaba detrás del apodo. Un caso más clásico es el de las hermanas Brontë, que cambiaron sus nombres de pila (Charlotte, Emily y Anne) por seudónimos masculinos (Currer, Ellis y Acton Bell). Y todo porque el poeta Robert Southey, a quien le enviaron su obra, les respondió tal que así: «La literatura no puede ser asunto de la vida de una mujer». Pero no creáis que esto ocurre sólo en una dirección. Aunque la gran mayoría de las veces se da en detrimento de las autoras, también en ocasiones el perjuicio es hacia los hombres. Ocurre casi en exclusiva en el género de literatura romántica, que tradicionalmente suele asociarse a mujeres (algo que, en mi opinión, es un prejuicio por partida doble). Muchos autores varones han tenido que firmar con seudónimos femeninos para poder publicar un libro de corte romántico. Por ejemplo, detrás de Jessica Stirling está en realidad Hugh C. Rae; o el auténtico autor que se esconde en el apodo de Jill Sanderson es Roger Sanderson. Seudónimos por nacionalidad El siguiente motivo para usar sinónimos también sería una discriminación por nacionalidad. Suele verse mucho en el género de la fantasía y la ciencia ficción. Ambos son géneros que suelen funcionar mejor cuando los autores vienen del mundo anglosajón. Y eso a pesar de los magníficos escritores que tenemos aquí. Pero las editoriales prefieren adquirir los derechos de autores extranjeros porque las cuentas no les salen cuando publican a un autor nacional. Es por eso que algunos de nuestros autores se inclinan por utilizar un seudónimo británico o americano, como un autor que ganó un premio Hugo a mejor serie europea de ciencia ficción: Pascual Enguídanos. ¿No te suena? Prueba con George H. White, creador de La saga de los Aznar. ¿Y quién se esconde tras el seudónimo Peter Danger? Pues ni más ni menos que uno de nuestros mejores autores del género, el gran Domingo Santos. Nombres poco atractivos A veces ocurre que nuestros padres nos han puesto unos nombres tan comunes que resultan poco comerciales en un ámbito como la literatura. No nos vamos a engañar: llamarse Paco Fernández no parece ser algo muy glamuroso, sobre todo si quieres dedicarte al género romántico para adolescentes, como le ocurrió al autor que todos conocemos como Blue Jeans (dicho por él mismo). Es curioso, porque algo debe tener el apellido Fernández que no gusta mucho a algunos editores, porque también le ocurrió algo similar a la autora Luisa Fernández, autora de El Círculo del Alba en Planeta, que tuvo que llamarse Luisa Ferro. Como veis, en literatura hay elementos que se escapan del aspecto creativo que también tienen mucha importancia, aunque no nos guste. Al fin y al cabo, el nombre del autor es, junto al título de la obra, lo primero que ve el futuro lector. ¿Debes plantearte utilizar uno de esos sinónimos que te dé más visibilidad? Esa es una pregunta que sólo puedes responder tú. Sea como sea, lo que jamás debemos perder de vista es que lo más importante es el contenido, lo que hay entre las páginas del libro.
Los pecados del autor novel 4
Después de un pequeño parón en la serie, retomamos nuestra saga de artículos sobre esos errores que cometemos los escritores que empezamos: los pecados del autor novel. Ya sabéis, esas malas costumbres que tomamos por pura inexperiencia, pero que debemos remediar si no queremos llegar al punto en que nos lastren de manera irremediable. ¡Vamos allá! No leer Sí, esto quizás suene sorprendente, pero es una realidad: hay escritores que no leen. Esto puede parecer incoherente, porque es lógico pensar que para que una persona quiera convertirse en escritor antes tiene que haber sido seducido por la magia de otros libros. Pero os prometo que, en efecto, ese es uno de los pecados del autor novel más común. He perdido la cuenta de comentarios que he leído en redes sociales sobre supuestos escritores que aseguran que ellos no leen, que solo escriben. Los motivos son diversos: «Tengo poco tiempo y se lo quiero dedicar todo a mi obra»; «No quiero verme influenciado por lo que escriben otros»; «Sólo me atraen las historias que yo mismo creo», y cosas así. Y este puede que sea el peor de todos cuantos hemos visto en esta serie sobre los pecados del autor novel. La lectura de obras ajenas es nuestra herramienta principal a la hora de mejorar nuestra escritura. De hecho, es algo que le recomiendo constantemente a los alumnos de mis cursos de escritura del Método PEN: nunca dejéis de leer, hacedlo de manera analítica, examinando cómo escriben los autores que ya tienen un bagaje, y tratad de aprender qué recursos utilizan, cómo construyen las frases, cómo colocan los signos de puntuación… ¡Si hasta les digo que los imiten! Porque esa es la mejor manera de aprender. Cuando somos niños aprendemos a base de imitar lo que hacen los mayores. Pues cuando empezamos a escribir nos pasa lo mismo. Lee, lee mucho y todo tipo de obras, porque toda información que absorbas te servirá para mejorar tu escritura. No corregir Hay muchos autores que opinan que cometer faltas ortográficas en su manuscrito es irrelevante, que lo que importa es si su historia es buena, si los personajes son interesantes, si transmiten emoción al lector. Pero claro, ya me dirás qué emoción vas a transmitir en un párrafo plagado de errores gramaticales, donde los puntos y las comas se han puesto casi a boleo, o donde faltan la mitad de las tildes. Pero insisten: «No importa, ya lo corregirá el editor. Es su trabajo». Ahí lo tenéis, uno de los pecados del autor novel, y además catastrófico. Primero porque esa premisa es falsa: no es trabajo del editor, es tu trabajo, el del autor. Si queremos ser escritores profesionales, tenemos que actuar con profesionalidad. Si tú diseñas y vendes un coche con un motor impecable, potente y fiable, pero luego la carrocería está llena de abolladuras y defectos en la pintura, ¿crees que te lo comprará alguien? ¿Verdad que no? Pues eso te pasará si entregas un manuscrito sin haberlo revisado y corregido. El problema es que tu primer cliente no es el lector común, si no el editor. La persona de la que depende que tu libro llegue al lector. Como sabrás, además de los cursos del Método Pen también soy lector editorial. Valoro los manuscritos que llegan a las editoriales y realizo un informe de lectura profundo de la obra. Hay muchos puntos que analizar, pero uno de los más importantes es la ortografía y la gramática. Si el texto está plagado de errores de ese tipo, os puedo asegurar que rara vez pasa a la fase de edición. Lo he dicho un millón de veces: a los editores les llegan decenas de manuscritos al día. Ni siquiera contratando a lectores editoriales como yo dan abasto, así que están deseando encontrar cualquier excusa para descartar manuscritos. No se lo pongáis tan fácil. No aceptar las correcciones Pero digamos que tu manuscrito está bastante limpio, con pocas faltas ortográficas, o al menos un número aceptable. Te puedo asegurar que por mucho esmero que pongas se te van a colar algunas, o habrá frases que puedan mejorar en lo que al estilo literario se refiere. Hasta los más grandes escritores cometen errores, bien sea por malas costumbres adquiridas o por descuido. Y en ese caso sí, para eso están los editores y los correctores. Su trabajo es pulir tu obra, adecentarla del todo para que esté a la altura del lector. Un día, te llega un correo electrónico de tu editor con un archivo adjunto: el manuscrito con la revisión del corrector. Lo abres y te llevas las manos a la cabeza. ¡Está todo en rojo! ¡Y hay un montón de comentarios! Lo primero que sientes es indignación. Tú sabes que escribes bien, y te has currado un proceso de corrección brutal. Pero empiezas a leer y ves que la cosa va a peor, porque por ejemplo te quieren eliminar esa frase tan buena, por la que tan orgulloso estabas. Es «demasiado ampulosa», dicen. ¡Qué ampulosa y qué niño muerto! Así es como escribían los clásicos, eso no puede ser malo. Así que decides plantarte. Te pones en contacto con el editor y dices que no piensas cambiar ni una coma, salvo como mucho las faltas ortográficas básicas. Que el resto se tiene que quedar igual, porque es tu estilo y todo está pensado para ser así. Te da igual que el corrector te haya argumentado cada cambio de manera razonable. Es tu libro y debe quedarse tal y como lo concebiste. Y ese es un terrible pecado de autor novel. En este punto pueden pasar las cosas: que no recapacites, con lo que probablemente el editor decida romper el contrato (a los editores no les gustan los escritores que dan problemas, al igual que a todo hijo de vecino); o que te tragues el ego y aceptes que tu editor es alguien que conoce su oficio porque lleva años en él y ya se ha toreado a otros morlacos como tú.