El arte de la escritura se manifiesta de diversas formas, y una de las más fascinantes es el relato corto. Aunque a primera vista pueda parecer una forma limitada de expresión, los relatos cortos tienen un encanto especial que los hace indispensables en el mundo literario. Yo soy un gran enamorado de este formato breve, al que le debo mucho durante mis inicios. Por desgracia, su popularidad en España ha disminuido en los últimos años. Factores como la preferencia por narrativas extensas, la falta de promoción, o las limitaciones en la distribución y formato, pueden haber contribuido a este declive. Por tanto, ¿por qué un autor debería dedicarle su tiempo a un formato literario que está aparentemente de capa caída? Pues en este artículo te voy a mostrar algunas de las razones por las cuales escribir relatos cortos es una actividad que debes cultivar. El relato, la lectura ideal Imagínate que tienes que coger el metro todos los días para ir a trabajar. Es un trayecto corto, quince minutos a lo sumo, y te gusta aprovechar el tiempo, así que te llevas contigo un libro (¡nada de mirar el móvil!). Una novela, por supuesto. Empiezas a leerla y cuando ya estás metido en la historia… De pronto has llegado a tu parada y tienes que dejar de leer. Menuda faena, ahora que la cosa se estaba poniendo emocionante. Pues bien, esto no te pasaría con una antología. En ese cuarto de hora habrías tenido tiempo de acabar al menos un relato, de cabo a rabo. Sin tener que quedarte con las ganas y con la sensación de que realmente has aprovechado el rato. Esta es la magia de la brevedad de los relatos cortos: nos permite una experiencia de lectura rápida, concentrada y, lo más importante, completa. En un mundo cada vez más acelerado, con rutinas segmentadas que nos roban el poco tiempo que tenemos para leer, los relatos cortos se convierten en una opción ideal para aquellos que desean disfrutar de una historia completa en poco tiempo. Los lectores nos podemos sumergir sin miedo en la trama y en los personajes sin necesidad de invertir horas y horas en la lectura. Esta característica los hace perfectos para el ajetreo diario o para momentos de espera en los que se dispone de unos pocos minutos libres. Otro aspecto destacado de los relatos cortos como lectura es su fascinante capacidad para transmitir emociones de forma intensa (si están bien escritos). Como generalmente están enfocados en un evento o un momento determinado, los relatos cortos pueden concentrar su energía en explorar una emoción específica y profundizar en ella. Esto nos brinda la oportunidad de crear una conexión emotiva con el lector en poco tiempo. La intensidad de las emociones que se pueden generar en un relato corto puede ser tan impactante como en una novela más extensa, pero en un formato más accesible. De hecho, a veces la conexión con la historia o alguno de los personajes puede llegar a ser más profunda. Algunos de los mejores personajes de la literatura han nacido en relatos, como el brujo Geralt de Rivia o el bárbaro más famoso de todos los tiempos, Conan. El relato como desafío para el autor Además, la escritura de relatos cortos representa un desafío creativo en sí mismo. A diferencia de las novelas, donde se cuenta con una extensión considerable para desarrollar personajes y tramas complejas, en los relatos cortos se debe condensar todo en un espacio limitado (y ya ni hablemos de los microrrelatos). Esto requiere habilidades narrativas muy precisas y una capacidad para transmitir emociones y generar impacto en pocas palabras. Los relatos cortos exigen una economía de lenguaje que obliga al escritor a elegir cuidadosamente cada palabra, haciendo que cada una cuente y contribuya al efecto general de la historia. Y, esto lo digo muchas veces, ser conciso al narrar es fundamental. Así que todo lo que nos ayude a practicar esta habilidad es bienvenido. Estamos por tanto ante un camino ideal para alcanzar nuestra plenitud como escritores, por eso se lo aconsejo a mis alumnos de mis cursos de escritura narrativa. La capacidad de contar una historia completa en pocas palabras requiere dominio de la narrativa y una comprensión profunda de los elementos que la componen. Al perfeccionar estas habilidades, los escritores pueden trasladar lo aprendido a otros formatos y enriquecer su escritura en general. Y lo sé por experiencia: todos los relatos que escribí antes de publicar Hijos de Heracles me sirvieron para crear unos cimientos que luego trasladé a mis novelas. El mejor laboratorio de prácticas Asimismo, los relatos cortos permiten experimentar con multitud de estilos y géneros literarios diferentes, de una manera mucho más ágil. En este formato, los escritores tenemos libertad casi absoluta para explorar distintas voces narrativas, estructuras y temáticas en cada historia, sin necesidad de una preparación extensa en la que nos tiremos semanas antes de escribir una frase. Podemos ir directamente al grano, a ese recurso o estrategia que queremos practicar: si estamos acostumbrados a usar la tercera persona, en un relato podemos practicar con una historia narrada en primera persona. O darle un tiento a la utilización de recursos estilísticos como las metáforas, practicar un lenguaje más elaborado, crear una historia donde el protagonista sea el villano… Las posibilidades son casi infinitas. ¿Hay mejor manera de fomentar la creatividad y la versatilidad? También nos permite incursionar en territorios desconocidos en los que jamás nos atreveríamos a meternos en una novela. Sin el compromiso de una obra extensa, podemos coquetear con géneros que no nos resultan conocidos. ¿Eres un autor de novela negra pero te apetece probar con la romántica? Pues para eso están los relatos, que de este modo se convierten en un terreno de juego literario donde los escritores podemos probar nuevas ideas y técnicas sin los límites impuestos por una historia más larga. ¿No nos gusta el resultado? Lo podemos desechar sin la sensación de que hemos perdido mucho tiempo. Aunque ya sabéis que
Los verbos comodín
Sí, ya lo sé, no paro de decíroslo un artículo tras otro: una de las principales características del español es la variedad. Os lo comenté en el artículo sobre el nombre de nuestro idioma o en el de los gerundios. A pesar de ello, y aunque tenemos un montón de alternativas para plasmar en papel cualquier cosa que se nos pase por la cabeza, también existen ciertas palabras que nos sirven en diversas situaciones. Hoy vamos a hablar de uno de estos tipos de palabras, cuyo nombre ya lo dice casi todo: los verbos comodín. Qué son los verbos comodín Como os adelantaba, su propio nombre es esclarecedor: Los verbos comodín son aquellos que se pueden utilizar para expresar distintas acciones, y que pueden utilizarse en contextos muy diferentes y realizar funciones gramaticales diversas. Se caracterizan por ser muy versátiles y flexibles, lo que los convierte en un recurso común y, por tanto, ampliamente utilizado. Sobre todo en el lenguaje hablado. La definición quizás os deje un poco helados, pero lo entenderéis enseguida con unos ejemplos. Porque al fin y al cabo estamos ante los verbos más utilizados de nuestra lengua. Me refiero a verbos como «ser», «estar», «dar», «decir», «tener», «hacer» o «poner». El verbo “hacer” es, sin duda alguna, el rey absoluto entre los verbos comodín. Estamos de lejos ante el más utilizado en español, ya que es la base para expresar un sinfín de acciones de todo tipo. Por ejemplo, solemos decir «hacer una llamada», «hacer una pregunta», «hacer unos macarrones», «hacer unos calcetines» o «hacer una canción». Por si fuera poco, también lo utilizamos para indicar el tiempo que ha pasado, como en «hace meses que no quedamos». ¡Pero aún hay más! Porque también sirve para expresiones idiomáticas, lo que solemos conocer como frases hechas del tipo «hacer el ridículo» o «hacerse el muerto». Y seguro que se os ocurren muchos más ejemplos, así que dejádmelos en los comentarios. Otro de los verbos comodín más habituales en español es «tener». Lo usamos para expresar posesión, como “tener una casa” o “tener un coche”. También es útil para indicar estados emocionales o físicos, como “tener hambre” o “tener sueño», aunque esto básicamente no es una acción de posesión. Y, una vez más, también está muy presente en las frases hechas, como en “tener la sartén por el mango» o «tener mala leche». Tampoco se queda corto en usos el verbo «dar». Este comodín se utiliza para expresar la acción de entregar algo, como “dar un regalo” o “dar un beso», pero también para expresar acciones que se realizan, como “dar una conferencia” o “dar una clase”. Y, como no, en muchas expresiones idiomáticas. ¿Nunca le has «dado la murga» a nadie? Pues eso. El verbo “ser” se utiliza para expresar identidad o esencia, como “ser inteligente” o “ser una persona amable”. También se utiliza para indicar la hora o la fecha, como “son las dos de la tarde” o “es el 5 de mayo”. Y también en expresiones hechas como “ser un hueso duro de roer”. El problema de los verbos comodín Supongo que ya habréis intuido por dónde van los tiros: los verbos comodín son super útiles, porque valen para un montón de situaciones. Tanto que la tentación de utilizarlos en detrimento de otros más concisos es enorme. Esto también os lo he dicho varias veces, tanto a vosotros como a mis alumnos en los talleres y cursos de narrativa que imparto: en literatura necesitamos siempre ser precisos a la hora de elegir la palabra con la que queremos expresar lo que tenemos en mente. Pero claro, si disponemos de unas palabras que nos sirven para tantas cosas, ¿por qué aprendernos otras? Os pondré un ejemplo: «La madre de Luisa nos hizo unos calcetines para nuestra hija.» No parece que haya nada malo en esta frase, ¿verdad? Y de hecho no lo hay. El verbo «hacer» es completamente correcto. Pero también podríamos dejarla tal que así: «La madre de Luisa nos tejió unos calcetines para nuestra hija.» ¿Qué hemos conseguido con este cambio? Pues hemos usado un verbo no tan habitual pero más concreto incluso. Estarás pensando que ya ves tú, da igual, porque estamos diciendo lo mismo. Sin embargo, ahora imaginemos que en el mismo texto utilizamos este verbo comodín muchas más veces. De hecho, pongamos que es nuestra principal estrategia a la hora de construir las frases: «hacer una casa», «hacer un asado», «dar un abrazo», etcétera. Lo que estamos dando a entender al lector es que nuestro vocabulario está limitado a utilizar el verbo comodín, que no conocemos más opciones. Eso denota pobreza léxica. Porque, como siempre os digo, el abuso hace que cualquier recurso se vuelva incorrecto. ¿Cómo solucionar esto? Es tan sencillo como intentar utilizar los verbos concisos para cada acción. En lugar de decir que alguien está «haciendo una casa», sería más apropiado decir que está «construyendo una casa»; o «cocinando un asado»; o que nos «abrazó». Os pongo una pequeña lista con ejemplos de expresiones con verbos comodín y sus equivalencias más concisas: ·Hacer un viaje: viajar ·Hacer un dibujo: dibujar ·Hacerte una mancha: mancharte ·Dar la mano: estrechar la mano ·Dar un susto: asustar ·Tener dos metros: medir dos metros ·Tener un mal comportamiento: comportarse mal ·Dar una carta: entregar una carta ¿Veis cuántas opciones existen? No hay nada de malo si decimos que uno de nuestros personajes le dio la mano a otro, pero es mejor escribir que le estrechó la mano, porque así evitamos utilizar un verbo que seguramente usaremos muchas más veces a lo largo de nuestra novela. Por eso de las temidas repeticiones. Además, es importante recordar que el uso excesivo de los verbos comodín puede llevar a ambigüedades y confusiones en la comunicación. Conclusiones Así que ya veis, la cuestión es apelar una vez más a la variedad de nuestro idioma. Utilicemos todas las opciones que nos ofrece el español, variemos entre formas verbales y construcciones para aprovechar su rico vocabulario. Concisión,
Las ucronías: por qué son tan fascinantes
En el artículo anterior, dedicado a la decisiva batalla de Gravelinas, que causó la gran debacle de la Armada Invencible, os mencionaba un recurso literario que en realidad se ha convertido en un subgénero por derecho propio. Un tipo de narraciones enclavadas en la ciencia ficción pero que en realidad tienen una conexión mayor si cabe con la novela histórica: las ucronías. Pues bien, hoy os hablaré un poco de este subgénero tan sugerente pero a la vez tan complicado de tratar para el autor. Que son las ucronías La mejor manera de entender qué es una ucronía es con una pregunta, que siempre empieza igual: ¿Qué hubiese pasado si…? Estoy seguro que ya sabéis por dónde voy sólo con esto, ¿verdad? A dicha pregunta sólo tenéis que añadirle cualquier suceso histórico y la imaginación hará el resto. Bueno, no sólo la imaginación, pero de eso hablaremos después. En el artículo pasado os ponía algunos ejemplos, como qué hubiese pasado si Aníbal hubiera atacado Roma, o si los Reyes Católicos jamás se hubiesen casado. Así que las ucronías son una forma de ficción especulativa que se centran en la exploración de los cambios en la historia si los eventos hubieran ocurrido de manera diferente. En una ucronía, un evento clave en el pasado es alterado (momento que se conoce como «punto Jonbar» o «punto de divergencia»), lo que conduce a una línea de tiempo alternativa que puede tener implicaciones significativas en el presente. De ahí que se inscriba en la ciencia ficción, ya que en realidad estamos recreando un universo alternativo. Es lo que ocurre en el Steampunk, por ejemplo, donde la humanidad jamás abandonó las tecnologías derivadas del vapor y el carbón. Algunas ucronías emblemáticas En contra de lo que podríais pensar, las ucronías no son un invento moderno. En realidad existe una larga tradición al respecto, aunque el término en sí no fue acuñado hasta el siglo XIX, por el filósofo Charles Renouvier. De hecho, la primera ucronía conocida fue escrita por Tito Livo en su obra monumental Ab Urbe condita libri (Historia de Roma desde su fundación), donde en un fragmento se pregunta qué habría pasado si Alejandro Magno hubiese expandido su imperio hacia el oeste, enfrentándose a la República de Roma. Algo que, por cierto, haría también uno de nuestros mejores autores nacionales, Javier Negrete. Sólo que unos cuantos siglos después. Sin embargo, no podemos negar que las ucronías más famosas llegaron en el siglo XX. No podemos hablar de ucronías sin mencionar la magnífica “El hombre en el castillo” de Philip K. Dick, publicada en 1963. Su premisa es fascinante y además se ha convertido en un clásico que incluso se estudia en los cursos de escritura: ¿Y si los Aliados hubiesen perdido la Segunda Guerra Mundial? El juego especulativo parte de un punto Jonbar: en 1933, el presidente americano Roosevelt es asesinado, lo que impide a Estados Unidos salir de la Gran Depresión y, en consecuencia, el país de las barras y estrellas se ve obligado a seguir una política aislacionista. Los americanos deciden no involucrarse en la Segunda Guerra Mundial hasta que ya es demasiado tarde, lo que lleva a la victoria absoluta del bloque del Eje. Alemanes y japoneses acaban por invadir y repartirse Estados Unidos. La ucronía, un género fascinante Las ucronías se han vuelto muy populares en las últimas décadas debido en gran parte a que también el cine y la televisión han abrazado el género. Ahí está el ejemplo de “El cuento de la criada», que imagina una sociedad distópica en la que las mujeres son propiedad del estado y forzadas a tener hijos para los líderes. De hecho, incluso “El hombre en el castillo” ha sido adaptada como serie de televisión, aunque su éxito no ha sido abrumador. ¿Pero por qué son las ucronías tan atractivas para los lectores y espectadores? En parte, se debe a que ofrecen un escape de la realidad y la oportunidad de explorar mundos imaginarios, lo que es especialmente atractivo en tiempos de incertidumbre política y social. También nos permiten reflexionar sobre la historia de la humanidad y cómo los eventos del pasado han dado forma al mundo que conocemos hoy. Además, las ucronías pueden ser una forma poderosa de comentar sobre problemas actuales. Al explorar un mundo alternativo, los autores y los guionistas pueden señalar las debilidades y los peligros de nuestra propia sociedad. Por ejemplo, la novela gráfica Watchmen puede ser vista como una crítica a la política americana en Vietnam y a la escalada nuclear, mientras que “El hombre en el castillo” hace hincapié en la importancia de la libertad y la resistencia. Por último, las ucronías pueden ser una herramienta para explorar la naturaleza humana y las decisiones que tomamos. Si el curso de la historia hubiera sido diferente, ¿cómo habrían respondido las personas? ¿Cómo se habrían desarrollado las sociedades? ¿Qué valores habrían guiado a la humanidad? ¿Por qué las ucronías son tan difíciles de escribir? Sí, en efecto. Una ucronía es incluso más compleja de abordar para un autor que una novela histórica. Pues en este caso el autor tiene el camino marcado. Si yo escribo una novela en torno a la batalla de Gravelinas, «sólo» tengo que seguir la línea que la realidad histórica me ofrece. Lo cual ya de por sí es una tarea titánica. Pero si me da por crear una trama en torno a lo que hubiera pasado si España hubiese vencido en dicho combate naval… En ese caso ya no puedo acudir a la historia que conocemos. Me veré obligado a crear sucesos nuevos. Pero además, y aquí viene lo que en mi opinión es más delicado, cualquier acontecimiento que ocurra en mi novela ucrónica va a tener que ser verosímil. Me veré obligado a especular de una manera racional. No se pueden hacer cambios radicales en el substrato histórico, al menos en el momento inmediatamente posterior a la ruptura del punto Jonbar. La historia debe avanzar de manera lógica: por ejemplo,
Los pecados del autor novel III
¡Ya he visto que las primeras entregas de la nueva serie «Los pecados del autor novel» os han encantado! Y lo entiendo: a quién no le gusta pecar un poco. Sin embargo, si queremos ser escritores profesionales no podemos dejarnos llevar por estas tentaciones, que lo único que harán será lastrar nuestro progreso y complicar una posible carrera literaria. Así que para seguir incidiendo en todo esto, vamos con la tercera parte. Hoy pondremos en la diana algunos de los vicios más perjudiciales en nuestro camino como escritores. ¡Empezamos! No investigar el mundo profesional del escritor Solemos dejarnos llevar por las creencias populares, sobre todo cuando empezamos a dar los primeros pasos en una actividad nueva. En el caso que nos atañe, la escritura, muchos aspirantes a autores profesionales tienen la imagen de que escribir es algo que depende en exclusiva de la inspiración, de la pasión y del alma. Tienen esa visión romántica de que al escritor sólo debe importarle lo que nace de su interior, y que el resto del mundo no debe afectar a su proceso creativo. Ese es uno de los peores errores que se pueden cometer. Nadie es una isla, ni en este ni en ningún oficio. Y desde luego no se pude aprender y mejorar sin abrirse a lo que nos llega desde fuera o conocer el terreno que pisamos. El escritor que se aísla en sí mismo, que no quiere entender las premisas de este mundillo, que reniega de formarse como es debido porque «escribir debería ser una actividad sin ataduras», está perdiendo algo indispensable para mejorar: conocimiento. Al igual que cualquier otro profesional, el escritor necesita conocer el mundo en el que pretende trabajar si quiere tener una mínima posibilidad de dedicarse a esto. Y no me refiero sólo a aprender técnicas literarias, si no también a saber cómo funcionan las editoriales, para qué sirven las agencias literarias, cómo es la autopublicación, por qué unos géneros funcionan mejor que otros… Todo, cualquier aspecto de la literatura debería interesarnos, pues ese es el ambiente en el que nos tendremos que mover. Siempre lo digo: la información es poder. Utilizar un lenguaje demasiado rebuscado Este es uno de los pecados del autor novel que está muy relacionado con ese falso axioma de que «escribir debería ser una actividad sin ataduras», que he mencionado antes. Hay autores que están tan influenciados por los clásicos antiguos de la literatura que creen que lo que escriben debe seguir ese mismo estilo añejo al pie de la letra. Los detectas enseguida: sus frases tienen una construcción ampulosa, densa, en ocasiones rimbombante, más propia de otras épocas; y utilizan palabras extrañas, que la mayoría de lectores no conocen porque están cayendo en desuso, como si quisieran demostrar que tienen un amplio vocabulario. Muchas veces la intención que hay detrás de esto es la búsqueda de un estilo culto que nos sumerja en una especie de tono épico, y quizás por eso se suela ver más en dos de mis géneros favoritos: la novela histórica y la fantasía. En cualquier caso, la mayoría de estas obras convierten la lectura en algo farragoso. El problema de estos autores es que no comprenden que la literatura evoluciona, y con ella sus lectores. Por mucho que me guste Tolkien, en el mundo actual el tipo de literatura que el profesor inglés practicaba no tiene apenas cabida. Salvo que, obviamente, ya tengas el camino hecho. Pero si un autor novel se pone a emular a Cervantes, Pérez-Galdós o la Ilíada, lo más probable es que la mayoría de lectores actuales no quiera saber nada de él. Porque además no hace falta complicar tanto nuestra manera de narrar. Se puede tener una redacción elaborada, elegante, épica e incluso culta y al mismo tiempo que sea sencilla, fluida y de agradable lectura para un lector actual. Recuerda: si quieres llegar a la gente, tienes que adaptarte. Sin renunciar a tus señas de identidad, por supuesto, pero adecuándolas a tu público. Nunca olvidemos que un libro es cosa de dos: el que lo escribe y el que lo lee. Renegar de otros géneros Me encanta este pecado, es increíblemente común entre los autores que empiezan. De hecho, es posible que sea el más habitual. Es obvio que como lectores todos tenemos nuestras preferencias en cuanto a géneros. A unos les gusta más la fantasía, a otros la romántica o el thriller… Hay muchos lectores que de hecho sólo leen un único género. Y claro, cuando se convierten en escritores, ¿de qué van a escribir? Pues eso, de ese género que aman. Es comprensible, por supuesto, y no pasa nada. Más aún, es recomendable que cuando un autor empieza vaya cogiendo experiencia en un registro en el que se sienta cómodo. Pero cuando escribir deja de ser una simple afición y queremos convertirla en algo más serio y profesional, no nos basta con dominar un sólo género. Tenemos que conocerlos todos. Y aunque luego nos especialicemos en uno, es bueno y yo diría que imprescindible comprender los mecanismos y estrategias que se utilizan en todos ellos. ¿Por qué? Imagina que tu género favorito, en el que quieres progresar como escritor profesional es la novela histórica. Es lo único que has leído y es lo único que has practicado. Genial. ¿Pero qué pasará cuando debas enfrentarte a una escena romántica? ¿Y si en algún momento necesitas una trama de intriga pura? Pues que como no has leído ni trabajado nunca el género romántico o el thriller, no vas a conocer las herramientas propias de estos estilos y por tanto no podrás utilizarlas en tu novela histórica. ¿Crees que yo habría podido escribir «Muerte y cenizas» sin saber cómo se articula una novela detectivesca? ¡Ni por asomo! En resumen: lee todo tipo de literatura y escribe todo tipo de literatura, aunque sea a través del formato de los relatos. Nunca sabes cuándo lo necesitarás. Y hasta aquí esta tercera parte de pecados del autor novel. ¡Nos vemos en la
Los pecados del autor novel (II)
Seguimos con nuestra serie sobre los pecados del autor novel, que empezamos hace unos días. Hoy vamos a hablar de cosas más enfocadas en el aspecto del estilo narrativo, ese gran desconocido para el autor que empieza. Es habitual que los escritores inexpertos le presten más atención al fondo de sus novelas (o sea, a la historia que quieren contar), que a la forma. Gran error. Porque no importa lo que quieras contar. Por muy apasionante que sea esa historia, si tu narrativa no es adecuada será difícil que logres cautivar al lector. ¡Por eso es tan complicado ser escritor! Demasiados adjetivos Ya imaginaréis por dónde voy, así que dejadme aclarar una cosa antes: los adjetivos son palabras muy importantes e imprescindibles. No quiero transmitir la idea de que adjetivar es algo a evitar, en absoluto. Estamos ante la herramienta más poderosa para describir y ambientar, por lo que debe ser utilizada… de manera correcta. Porque estamos de nuevo ante uno de los grandes pecados del autor novel. Es muy habitual que, obsesionados por conseguir que el lector nos entienda, creamos que hay que ser muy detallistas a la hora de describir un personaje. Tenemos que mostrar su aspecto sin dejarnos nada: hay que decir si es alto o bajo, de qué color tiene el pelo y cómo va peinado; o cuál es su constitución, que es robusto o por el contrario delgado; o que es bellísima… Lo mismo con los paisajes: si los protagonistas están viajando a través de un bosque, hay que describir que es frondoso y la luz apenas pasa entre las hojas; o quizás el mal esté suspendido en el aire… Nos vemos en la obligación de decirlo todo. Y para ello, no se nos ocurre nada mejor que tirar de adjetivos. Uno tras otro. Como quien regala caramelos. Sin embargo, esto va en contra de una de las premisas básicas de la literatura: la economía. O dicho de otro modo: si puedes describir algo con dos palabras, no utilices jamás tres. Por ejemplo: si decir que tu protagonista es un «tipo robusto» basta para que el lector se haga una imagen mental, ¿para qué necesitas añadir que era un «tipo robusto y recio»? Es lo mismo. Quizás creas que de este modo estás reforzando esa representación visual, pero en realidad te estás repitiendo, y si lo haces de manera habitual, si eso se convierte en un vicio, el lector lo va a notar enseguida. Por si fuera poco, un exceso de adjetivación es muy probable que te haga caer en las temidas redundancias. Adjetivos antepuestos Después de lo que os he comentado, uno pensaría que los adjetivos crean más problemas de los que solucionan, ¿verdad? Pues aún hay más. Porque de nuevo nos hacen pecar como pardillos cuando se utilizan en una posición incorrecta: antes del nombre al que están conectados. ¡Ni os imagináis la de veces que he visto este tipo de errores cuando hago correcciones! Bueno, en realidad habría que aclarar que, siendo estrictos, anteponer adjetivos al nombre no es un fallo como tal. De hecho en algunos casos es obligado anteponerlos, como en ciertas expresiones fijas: mero trámite, libre albedrío, largo plazo, alta mar… En otros pasa todo lo contrario y es obligado posponerlos al sustantivo, sobre todo cuando nos referimos a gentilicios. Nadie dice «español turista», si no «turista español». Incluso a veces anteponer un adjetivo se puede utilizar como un recurso estilístico, en lo que conocemos como epíteto. Sea como sea, las reglas de la gramática nos permiten utilizarlo sin lugar a dudas, pero debéis entender que en literatura uno más uno no siempre son dos. De hecho, en ocasiones el que vaya delante o detrás puede cambiar el significado de lo que pretendemos decir. Os pondré un ejemplo: «Ayer me puse un vestido nuevo.» «Ayer me puse un nuevo vestido.» En la primera frase estamos diciendo que nos hemos puesto un vestido que es nuevo, o sea, que nadie se ha puesto antes, por estrenar. En la segunda, en cambio, apreciamos que ese vestido que nos hemos puesto es nuevo en nuestro armario, que lo acabamos de adquirir, pero no necesariamente está por estrenar. Otro ejemplo: «Era un pobre hombre.» «Era un hombre pobre.» Este es incluso más claro, ¿verdad? En el primer caso «pobre» tiene un significado diferente al del segundo. ¿Advertís dónde está el matiz que los diferencia? Pues ponédmelo en los comentarios. Así pues, salvo en estos casos, o cuando de manera intencionada queramos utilizar un epíteto, en general se recomienda que el adjetivo vaya después. ¿Por qué? Porque la palabra importante en esta pareja es el nombre. El adjetivo es un complemento para describirlo. ¿Qué es más importante, que un guerrero sea diestro o que sea un guerrero? ¿De dónde viene este pecado del autor novel, por cierto? Se trata de una carga heredada de las obras clásicas épicas. En muchas de ellas, colocar el adjetivo antes que el nombre daba una sensación de grandilocuencia, de potencia lírica. De algún modo esto ha quedado impreso en el subconsciente de los escritores noveles, sobre todo cuando hablamos de géneros como la fantasía y la histórica, quienes creen de manera errónea que la única manera de conseguir esa épica es con este recurso. Sin embargo, hay infinidad de maneras de conseguir esas sensaciones sin retorcer y complicar nuestra narrativa. Os lo prometo. Y hasta aquí esta segunda entrega de los pecados del autor novel. ¿Os habéis sentido identificados con estos pequeños vicios? ¡Decídmelo en los comentarios!
Los pecados del autor novel (I)
Nadie nace enseñado. Cuando empezamos un trabajo nuevo, sobre todo si no nos hemos formado, lo más habitual es cometer un montón de errores e incluso interiorizar vicios que, si no solventamos, pueden convertirse en un problema a largo plazo. Ocurre en cualquier oficio, y el de escritor no iba a ser diferente, y eso es algo que les digo mucho a mis alumnos del PEN I. ¡Si yo te contara las malas costumbres que tenía cuando empezaba! La experiencia y una correcta formación hacen que estas tendencias desaparezcan o al menos se minimicen hasta ser residuales. Para acelerar este proceso he pensado mencionar muchos de estos pecados del autor novel con una serie específica. Por supuesto, no todos cometen cada uno de estos fallos, pero estoy seguro de que te sentirás identificados con más de uno. ¡Esto es lo que tienes que evitar si quieres ser un buen escritor! Enrocarse en una novela Empezamos con el que probablemente sea uno de los pecados del autor novel en el que todos caemos, y quizás también el más peligroso. Por eso voy a dedicarle todo este primer artículo, porque considero vital que tengas en cuenta la dimensión de lo que voy a decirte. Es muy habitual que nos metamos a escritores porque se nos ha ocurrido una historia concreta. Es una idea a la que le hemos dado muchas vueltas: vamos a escribir, o intentar escribir, la novela que nos gustaría leer y jamás hemos encontrado en las librerías. No nos importa nada más salvo esa historia. Puede ser esa novela de fantasía que llega hasta donde Harry Potter no lo hizo, o la novelización de la saga de tu familia (ni os imagináis lo habitual que es esto último). O esa historia romántica que te haría vibrar mucho más que Crepúsculo, o la narración en formato literario de ese gran personaje histórico al que admiras. Sea como sea, un buen día te pones a escribirla. Pasas meses para terminar la primera versión, le dedicas todo el tiempo del mundo, hasta el punto de que llegas a sacrificar incluso esa vida social tan rica que tenías hasta ese momento. Vamos, que tus amigos ya ni te ven el pelo. Al fin y al cabo, es tu bebé, en el que te estás volcando en cuerpo y a alma. Revisión tras revisión. La corriges, la vuelves a corregir. Se te ocurre algo nuevo… Lo añades, aunque tengas que deshacer lo que ya tenías acabado… Ah, no, sería mejor si esta trama la narro en primera persona… Nunca parece ser suficiente… Tanto es así que al final te obsesionas y llegas a un punto en el que eres incapaz de darla por terminada. O tal vez sí lo haces, pero en ese caso de pronto te ves enfrentado a la siguiente gran decisión: publicarla. Si eres un poco profesional, te pasarás varias semanas valorando qué te conviene más, si autopublicarla en Amazon o tomar el camino tradicional. Bien, es una decisión que debe considerarse a fondo. Al final optas por enviarla a las editoriales y agencias literarias. Pero ya sabes cómo va eso, porque te lo he comentado muchas veces: llegar a las editoriales no es fácil. Es más que probable que te rechacen una y otra vez; o peor aún, que ni siquiera te respondan. Bien porque no presentes la obra de manera adecuada o bien porque, sencillamente, las editoriales elegidas están saturadas. Y aún así, sigues empecinado en que esa novela tiene que ser publicada, sí o sí. Los rechazos te frustran, pero no cedes. Lo sigues intentando una y otra vez, porque eres incapaz de aceptar que esa obra a la que tanto tiempo y esfuerzo le has dedicado, en la que has volcado toda tu ilusión, se quede guardada en tu ordenador. ¿Por qué esto es un problema? Es muy sencillo de entender: porque está frenando tu carrera literaria. Todo el tiempo que le dedicamos a una obra que ya está terminada se lo estamos robando a la siguiente. Y si no avanzamos, nuestra mejoría se detiene. Entiendo que quieras que tu novela quede perfecta, pero es que nunca lo va a ser. Jamás, siempre habrá cosas que mejorar, nuevos elementos narrativos o argumentales que incorporar, que te obligarán a reescribir. Porque los autores, como personas que somos, evolucionamos. Sin embargo, hay que saber decir «basta» en algún momento. En primer lugar debemos erradicar esa idea tan tóxica de que toda novela no publicada es un fracaso. ESO ES FALSO. Y os lo pongo así en mayúsculas porque es muy importante. La realidad es que cualquier novela o relato que escribimos es un triunfo, pues nos está aportando experiencia y una enseñanza fundamental. Mejoramos con cada texto que escribimos, aunque jamás salga de nuestro ordenador. Entiendo por qué ocurre esto, he pasado por ello. Solemos enamorarnos de nuestras obras. Tal cual. Y como ocurre con alguien a quien amamos, somos reacios a separarnos de eso que tan importante es para nosotros. Hasta que esa relación se convierte en algo enfermizo y nos lastra. Debéis entender que por muy importante a nivel personal que sea una novela para nosotros, hay algo que lo es mucho más: nuestra carrera como escritores. Hay que invertir en nuestro futuro, por encima incluso de una obra concreta. Así que si una novela no sale a la luz, no te agobies: empieza una nueva. Tal vez esa sí lo haga. O la siguiente, o la que venga después. Escribir es una carrera de fondo, no de velocidad. Y de momento esto es todo. Nada mal para ser la primera entrega, ¿no te parece? Te aseguro que habrá unas cuantas más, porque por desgracia los pecados del autor novel son muchos. O por fortuna, porque la satisfacción de mejorar no se paga con dinero.
Las novelas híbridas
Os he hablado en varias ocasiones lo importante que es para el escritor tener claro a qué público se dirige y en qué género se enclava su novela. Lo comentábamos en el artículo sobre la adecuación, por ejemplo, y es algo sobre lo que incido mucho con mis alumnos del método PEN. Sin embargo, una de las cualidades más fascinantes de la literatura es que, por mucho que tratemos de clasificarla y delimitarla mediante etiquetas, tarde o temprano escapa a los límites establecidos de alguna manera. Porque la pureza absoluta no existe, ni en la vida ni en la literatura (afortunadamente). Y en este artículo vamos a verlo mediante una tendencia cada día más relevante: las novelas híbridas. Géneros y subgéneros literarios Para entender a qué nos referimos con novelas híbridas primero tenemos que aclarar los conceptos de género y subgénero literario. Conceptos que en realidad no solemos utilizar bien. Yo mismo he hablado un millón de veces de género de novela histórica, de fantasía, de ciencia ficción, etcétera. Pero la verdad es que esta manera de hablar es poco apropiada y se da por pura comodidad. Porque géneros literarios sólo hay cinco, y los definió Aristóteles en su obra La Poética: Género narrativo. El clásico texto en prosa. Género dramático. El teatro. Género didáctico. Ensayos y demás textos divulgativos. Género lírico. Donde se transmiten sentimientos hacia un objeto de inspiración. Género poético. La poesía de toda la vida. En la actualidad, estos dos últimos géneros, el lírico y poético, se han fusionado en uno sólo. En cualquier caso, dentro de cada género hay más divisiones, conocidas como subgéneros. Si nos centramos en lo que nos interesa, la narrativa, tendríamos la épica, la epopeya, el cantar de gesta, el cuento o la novela. Y ahora, dentro de esta última, tendríamos más diferenciaciones, o subtipos, en función de su contenido. Ahí es donde encontraríamos, al fin, lo que siempre hemos llamado géneros: la novela histórica, el terror, la fantasía, la romántica, la bélica… Qué son las novelas híbridas La hibridación literaria, por tanto, se refiere a cualquier mezcla entre las divisiones de una misma jerarquía. Por ejemplo, una obra de género narrativo, en prosa, pero con elementos poéticos: Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, que fusiona la prosa con ciertos elementos propios de la poesía. Pero si bajamos un grado, dentro de la categoría de narrativa también podemos hibridar y crear un cuento con toques de epopeya. Y sigamos descendiendo para llegar al tema que nos concierne en este artículo: una novela híbrida sería aquella que no está limitado a ningún subtipo, aunque pueda tener uno más relevante. Como autores somos auténticos dioses con el derecho y la capacidad de hacer lo que nos dé la gana. No hay auténticos límites, porque toda frontera puede romperse. ¿Qué nos impide que escribamos una novela histórica cuya trama principal sea el terror? Nada. Tanto es así que yo mismo lo he hecho. Ya lo sabéis: mi última novela, La boca del diablo, transcurre en un entorno histórico, el siglo XVI, con todo lo que ello conlleva, pero también narra una historia de brujas. Luego os pondré más ejemplos, pero seguro que pilláis el concepto a la perfección: la hibridación literaria dentro de la novela consiste en fusionar subtipos en una misma historia. Así de simple… y de complicado. Porque hay que poner mucho cuidado en que ninguno de esos subgéneros fagocite al otro hasta el punto de quitarle sentido. Imaginemos que creamos un híbrido entre novela histórica y ciencia ficción (no es incompatible: basta con un viajero del tiempo que llegue a la época romana, por ejemplo). Corremos el riesgo de que el componente científico y futurista solape la historicidad, así que hay que ir con mucho tiento para que no sea así. Algunos ejemplos de novelas híbridas De hecho, si lo pensamos bien, muchas de las novelas que leemos son híbridos, y la mayoría de las veces ni nos damos cuenta. Coged cualquier novela histórica actual y en casi todas os encontraréis muchas batallas, narradas en detalle, por lo que tendríamos una hibridación con el subtipo bélico. ¿Os habéis leído mi novela Muerte y cenizas? Pues aunque el escenario no puede ser más histórico, la Hispalis romana, en realidad también estamos ante una obra detectivesca. Y qué decir de una de las novelas más famosas de todos los tiempos, El nombre de la rosa, todo un thriller en el interior de una abadía del siglo XIV. ¿Queréis mezclas más arriesgada todavía? Ahí tenéis la saga de Tramorea de Javier Negrete, donde fusiona la fantasía épica con la ciencia ficción. El mismo autor, además, se atreve a dar una pátina de historicidad a mitos como los de la Odisea, al igual que hace Javier Pellicer en Lerna, donde sitúa leyendas como las del minotauro y los mitos fundacionales de Irlanda dentro de un contexto histórico fiel como la Edad de Bronce. Es obvio que hay subtipos que combinan mejor que otros. El caso de las novelas híbridas que mezclan historia y mitología es un claro ejemplo: las leyendas de los pueblos antiguos son armas fundamentales para entender su idiosincrasia. Los griegos, sin ir más lejos, creían que sus dioses eran reales y por tanto actuaban condicionados por ello. Pero, al mismo tiempo, la mitología comporta un elemento sobrenatural del que el autor no puede evadirse por completo, el cual es en principio incompatible con el subgénero histórico. Y aún así, algunos escritores consiguen que funcione. Las novelas híbridas, el futuro Decía Luis Artigue, ganador del Premio Celsius a la mejor novela de Ciencia Ficción y Fantasía de la 32ª edición de la Semana Negra, que «la nueva novela será híbrida o no será». Esta era su apuesta en 2019, y desde entonces (desde mucho antes en realidad), las novelas híbridas no han dejado de consolidar su presencia en las librerías. Lo cual es toda una bendición, porque nos permiten escapar del encorsetamiento dentro del arte
Las cacofonías
Hace un par de meses estuvimos hablando de uno de los errores más habituales entre los escritores que empiezan su carrera, las repeticiones de palabras. Os comentaba, por ejemplo, que es un defecto heredado de nuestro lenguaje hablado, y que es prueba de pobreza léxica en el autor, de falta o mal dominio del vocabulario. Y relacionado con este problema de las repeticiones tenemos otro que está más centrado en el aspecto fonético. Porque sí, la lectura suele ser una actividad mental y no oral, pero aún así los sonidos son muy importantes, porque nuestra mente también los interpreta al leerlos. Así que hoy trataremos este tema: las cacofonías. Qué son las cacofonías Su definición es muy sencilla: es el abuso por proximidad de ciertos sonidos en un texto escrito, lo cual hace que se vuelvan repetitivos y estropeen la lectura. Lo normal es que se aprecie en el inicio o el final de las palabras y destaca sobre todo cuando se da en consonantes. Pongamos un ejemplo: «Su suegro sufría su sordera en soledad.» Como podemos apreciar, la frase está repleta de fonemas /s/, además de las sílabas «su» y «so», lo cual crea una sensación poco agradable. Yo diría que da la impresión de ser todo demasiado uniforme. Pero ojo, porque también puede darse en vocales. El ejemplo más claro se da en una forma verbal muy utilizada en narrativa de ficción, el «-ía» del pretérito imperfecto y el pretérito pluscuamperfecto: «El rey Teopompo sabía que había que luchar contra Mesenia, y por eso tenía en mente que debía reformar las leyes espartanas.» Para ser del todo estrictos, y como ya os comenté en el artículo sobre las repeticiones, hay que reconocer que no estamos ante fallos a nivel ortográfico, gramático o en lo que a sintaxis se refiere. No importa si llenas tu texto de repeticiones fonéticas, las frases pueden ser correctas. Pero somos escritores, hacemos literatura, y eso exige un extra que va más allá de lo habitual: debes cuidar la forma en la que narras para no crear disonancias ni elementos que estropeen la experiencia lectora. Y las cacofonías son con toda probabilidad uno de los vicios que más afea un texto. Cómo detectar y solucionar las cacofonías La detección de las cacofonías debe abordarse durante el proceso de revisión de cualquier texto. Suele recomendarse al autor primerizo que durante la escritura inicial no se detenga a pensar en estas cosas, pues es el momento de la creación pura, de dejar volar la imaginación. Es luego, durante el odiado proceso de corrección, cuando hay que buscar estos fallos. ¿Y cómo hacerlo? Pues tenemos dos métodos: leer con atención, poniendo especial énfasis en estas repeticiones, a poder ser en voz alta, pues ayuda a captar esos sonidos de los que abusamos; o bien utilizamos el buscador de nuestro procesador de texto para encontrar esas cadenas de caracteres que la experiencia nos dice que son nuestros puntos débiles. Por ejemplo, si abusas de los gerundios (como vimos en su correspondiente artículo), hasta el punto de que llegan a convertirse en una cacofonía, sólo tienes que buscar «ndo» en el mencionado buscador. Una vez detectados, la mejor manera de solventar el problema pasa por eliminar estos fonemas o sílabas repetidas mediante la sustitución y la reescritura. Tomemos el ejemplo de antes y veamos cómo se podría arreglar: «El rey Teopompo sabía que la lucha contra Mesenia era inevitable, y por eso siempre tuvo en mente la reforma de las leyes espartanas.» Como veis, de las cuatro terminaciones «ía» nos hemos quedado sólo con una. Perdemos la cacofonía y de paso nos aparece una frase con una redacción mucho más natural y agradable. Las cacofonías no siempre son un error En efecto. Porque esa es la grandeza de la literatura: que incluso la norma más inamovible puede romperse en las circunstancias adecuadas. Y siempre que el escritor sepa hacerlo (de ahí la importancia de conocer y dominar dichas reglas). Las cacofonías no son una excepción en ese sentido. ¿En qué condiciones este vicio puede convertirse en un recurso a nuestro favor? En la poesía, por ejemplo, un formato en el que se busca más si cabe las reacciones emocionales del lector. De hecho, la poesía rimada se basa en la cacofonía. Y os lo voy a demostrar con un poema precioso de Rosalía de Castro: Cando penso que te fuches negra sombra que me asombras, ó pe dos meus cabezales tornas facéndome mofa. Cando maxino que es ida no mesmo sol te me amostras i eres a estrela que brila i eres o vento que zoa. Si cantan, es ti que cantas si choran, es ti que choras i es o marmurio do río i es a noite, i es a aurora. Aunque los versos estén en gallego, se aprecia a la perfección esas cacofonías que la maestría de la poeta consigue hacer brillar. De hecho, no los he marcado para que seáis vosotros quienes intentéis detectarlos. No os costará mucho. Pero desde luego donde más aceptadas están las cacofonías es en la literatura infantil, en especial en los refranes y sobre todo en los trabalenguas. ¿Hace falta poner ejemplos de tristes tigres comiendo trigo en un trigal? Conclusiones Como veis, la literatura es capaz de sacar provecho hasta de los errores en apariencia más insalvables. Pero cuidado, no creamos que la flexibilidad de este arte es un cheque en blanco para hacer lo que queramos. Si estás leyendo estoy lo más probable es que estés todavía iniciando tu camino como escritor y por tanto no domines estas técnicas tan avanzadas. Así que de momento mi recomendación es que te tomes las cacofonías como algo a evitar. Ya tendrás tiempo para hacer experimentos cuando dejes de cometer este tipo de errores.
Errores tipográficos en tu manuscrito
¡Enhorabuena! Acabas de terminar tu novela, incluso la has corregido para que quede más limpia que una patena. Le has dado un estilo natural, la gramática está perfecta y no hay ni rastro de patinazos ortográficos. Vamos, que no se te ha escapado ni una coma criminal (valió la pena el artículo que te ofrecimos al respecto). El siguiente paso es, además de obvio, el más esperado: toca presentar el manuscrito a una editorial. O tal vez prefieres autopublicarlo. Sea cual sea el camino elegido, aún hay algo que no has tenido en cuenta: su aspecto. Y de ello vamos a hablar hoy, en un artículo con el que pretendo advertirte sobre los conocidos como errores tipográficos. ¿Qué es la tipografía? Antes de hablar de errores tipográficos hay definir qué es la tipografía. En el sentido más estricto de la palabra, la tipografía es la tarea de disponer de manera adecuada el material que queremos ver impreso (ya sea en formato físico o digital, ojo con esto). Seguro que estás pensando en que esto va de qué tipo de letra usas y su tamaño, pero la cosa es un poco más compleja. Porque la tipografía también comprende la colocación de esas letras y, lo que es igual de importante, la distribución de ese texto en el espacio donde pretendemos presentarlo. Nos referimos por tanto a una cuestión de formato. Al igual que utilizamos ciertas normas para que todo texto siga la misma línea a nivel gramatical y ortográfico, con el aspecto de lo que escribimos debemos hacer lo mismo. Y todo esto con una intención fundamental, que es ayudar lo máximo posible a la legibilidad de dicho texto. Si cada uno hiciéramos las cosas a nuestra manera, sin ceñirnos a unas reglas básicas, el lector tendría que enfrentarse a novelas en ocasiones indescifrables. Y eso no es lo que queremos. ¿Por qué es importante no cometer errores tipográficos? Estarás preguntándote por qué deberías preocuparte de algo así. Tú eres el autor, bastante trabajo tienes con crear la historia, así que se apañe la editorial con ese asunto. Al fin y al cabo, para eso están, para corregir y poner guapos nuestros manuscritos de cara a su publicación. De hecho, si eres un autor consagrado, con un elevado número de ventas en cada una de tus novelas, a la editorial le dará igual cómo le envíes el manuscrito. Como si se lo pasas escrito en un rollo de cocina. Pero ese no es tu caso, ¿verdad? O de lo contrario no estarías leyendo este artículo. Lo más probable es que seas un autor novel. Quizás ni siquiera has publicado todavía. Digámoslo así: no estás en una posición de poder, y por tanto tienes que utilizar cualquier herramienta para convencer al editor de que vale la pena invertir su dinero en ti. Recuerda que a una editorial llegan decenas de manuscritos al día. No te exagero, lo sé de primera mano porque también soy lector editorial. Es imposible valorarlos todos en profundidad, así que la primera impresión es fundamental. Si cuando el editor se encuentra con un manuscrito, por ejemplo, con letra tipo Comic Sans (¡el horror absoluto!) y sin el texto justificado, lo primero que pensará es que está ante un autor poco profesional, que no se ha molestado con la presentación de la obra. Por lo tanto, te conviene que tu manuscrito esté perfecto también en el aspecto estético, o de lo contrario el editor ni siquiera pasará de la primera página. Los errores tipográficos más comunes Pero hablemos ya de los errores tipográficos más habituales. Uno de los reyes de este tipo de fallos es sin duda el uso en los diálogos del guión (-), cuando lo correcto es utilizar la raya (—). Este problema deriva de que en nuestros teclados dicho símbolo no corresponde a ninguna tecla. Pero hay maneras sencillas para solucionarlo, basta con teclear en Google «cómo cambiar el guión por la raya» y te aparecen docenas de páginas donde te lo explican, dependiendo de tu procesador de texto. Otro error tipográfico muy frecuente es el uso de los tabuladores y los espacios para sangrar los párrafos, cuando lo adecuado es configurar las sangrías de primera línea desde la configuración del procesador. Hacerlo a lo bestia, a golpe de la tecla de espacio o tabulando, provocará que el maquetador se acuerde de todos tus antepasados. También es bastante habitual colocar una línea en blanco tras cada párrafo dándole dos veces al Enter. Para eso tenemos el salto de párrafo, pero es que además en una novela esta línea en blanco tiene una función de «cambio de escena» (o de narrador, de tiempo, etc…), por lo que no debe utilizarse de manera arbitraria. Lo mismo vale a la hora de iniciar un capítulo nuevo: no podemos ir hasta la página siguiente aporreando la tecla Enter. Lo correcto es hacerlo mediante un salto de página. Pero también puede ocurrir justo lo contrario. Aunque ya no es tan habitual, a veces me he encontrado con manuscritos donde el autor ha desarrollado toda la novela sin cambiar de párrafo. Sí, exacto, en un mismo bloque de texto, salvo al cambiar de capítulo. Imagínate lo pesado que resulta algo así para la vista. La división en párrafos es fundamental para aligerar la lectura y darle pausas al ojo del lector. Tómate en serio los errores tipográficos Puntos en los títulos, comillas inglesas en vez de las angulares; abuso de la negrita, la cursiva o los subrayados; diferentes fuentes de texto; usar mayúsculas cuando un personaje grita; exceso de notas a pie de página… La verdad es que la lista de errores tipográficos daría para toda una serie de artículos. En cualquier caso, el objetivo principal de este artículo es que tomes conciencia de que la presentación formal de un manuscrito es tan importante como su contenido. Grábatelo a fuego: si quieres que te traten como un profesional, compórtate como un profesional.
El gerundio: evítalo a (casi) toda costa
Uno de los motivos por el cual nuestra querida lengua española es tan rica reside en su vasto abanico de posibilidades. Esto se aprecia sobre todo en uno de los elementos más esenciales de nuestro idioma, las formas verbales. No en vano resulta un tremendo reto para los extranjeros aprender la enorme cantidad de conjugaciones que utilizamos los españoles. Pregúntale a un británico que esté aprendiendo español qué es lo que peor lleva. Me apuesto lo que quieras que te responde «las muchas conjugaciones que usáis». En cualquier caso, ya se sabe que a más variedad, más riqueza. Aún así, esto puede complicarnos las cosas incluso a quienes aprendemos el idioma conforme crecemos. Una de las formas verbales que más dolores de cabeza supone para los autores noveles es sin duda alguna el gerundio. ¿Por qué? ¿Y de qué modo podemos superar este escollo? Vamos a verlo. Qué es el gerundio y por qué es un problema Tranquilo, la clase teórica será breve. Quizás ya no recuerdes su definición, pero en la escuela nos enseñaron que el gerundio es una de las formas no personales de cualquier verbo, junto con el infinitivo y el participio. Sin embargo, el gerundio tiene unas particularidades muy concretas, ya que según las circunstancias puede actuar como un verbo, un adverbio y, agárrate, un adjetivo (por ejemplo, cuando decimos «agua hirviendo»). El gerundio es la navaja suiza de las formas verbales, tanto en su forma simple («siendo») como en la compuesta («habiendo sido»), porque como ves puede valernos tanto para un roto como para un descosido. Ahora bien, como te decía antes esto también tiene su lado negativo, porque cuantos más usos tiene una herramienta, con mayor facilidad podemos caer en el pecado de abusar de ella. Y eso es justo lo que nos ocurre cuando somos escritores inexpertos. El gerundio es una forma muy tentadora, un camino fácil que puede convertirse en un vicio si lo usamos demasiado o de modos inadecuados. Además, ni siquiera es de uso obligatorio, pues tenemos alternativas de sobra para evitarlos (recordad la variedad del idioma español). Así que la recomendación suele ser intentar utilizar el menor número posible de gerundios en un texto para evitar caer en repeticiones (al igual que cualquier otra palabra). Eso sí, cuando quieras usarlos debes hacerlo bien. Usos incorrectos de los gerundios Fíjate en esta frase y en su gerundio: «Ha cruzado el país deteniéndose a conocer a su padre.» No sé qué es lo que piensas tú, pero a mí ese «deteniéndose» me descoloca por completo. La simultaneidad es la clave para valorar los gerundios. Debemos comprender que el gerundio hace referencia a una acción que está ocurriendo al mismo tiempo que la acción principal de la que no puede desvincularse, como si ambas estuvieran esposadas. En este caso el acto de detenerse para conocer a su padre no es simultáneo al de cruzar el país, es a posterioridad, por tanto el uso del gerundio sería incorrecto. Piénsalo un poco: el personaje viaja y en un momento dado se detiene (por tanto, deja de viajar) y conoce a su padre DESPUÉS de viajar. No es que esté conociendo a su padre mientras cruza el país. ¿Cómo sería adecuado expresarlo? Tendríamos que quitar el gerundio: «Ha cruzado el país para conocer a su padre.» De este modo queda claro que ambas acciones no son simultáneas. También podemos mantener el gerundio, pero para que fuera correcto tendríamos que reescribir y alterar el significado de la frase: «Ha cruzado el país conociendo a su padre.» En este caso, la oración nos estaría diciendo que cruzó el país MIENTRAS conocía a su padre, por lo que deducimos que viajaba con él. Como podéis comprobar, el significado sería completamente distinto, y de hecho sería más agradable decir: «Ha cruzado el país mientras conocía a su padre.» La posición del gerundio Este error también es muy común. Me refiero a una mala posición del gerundio que puede romper la regla de la simultaneidad con la acción principal. En este caso, el orden de los factores sí altera el resultado. Veamos un ejemplo: «Saltando, alcanzó el risco de piedra.» Como ya hemos indicado, el gerundio siempre tiene que ser una acción simultanea a la principal. En este caso no lo parece debido a que hemos colocado el gerundio delante del verbo. Da la falsa sensación de desconexión temporal entre el verbo «saltar» y «alcanzar», cuando deberían estar ocurriendo al mismo tiempo. ¿Lo correcto?: «Alcanzó el risco de piedra saltando.» Cómo solucionar los problemas con el gerundio A menudo suelo decirte que no hay fórmulas mágicas para aprender a escribir. Bien, pues en el caso de solventar los errores con los gerundios sí la hay: cuando tengas dudas, elimínalos. Así, sin más. Bueno, no tanto, pero casi. El 99% de los gerundios son muy fáciles de sustituir gracias a una simple reescritura de la frase, y como ya hemos visto antes incluso los gerundios correctos suenan peor. Fíjate: «La desvistió con premura, amándola a continuación.» Ese «amándola» es lo primero que se te ocurre para concluir la oración. Y por supuesto es incorrecto por todo lo que hemos comentado antes: no hay simultaneidad entre desvestirla y amarla, no ocurren ambas acciones al mismo tiempo, por tanto no debería utilizarse un gerundio. Para resolverlo es tan sencillo como hacer lo siguiente: «La desvistió con premura y la amó a continuación.» Fácil, ¿verdad? Al quitar el gerundio hemos eliminado cualquier ambigüedad. Ahora está muy claro que ambas acciones no son simultáneas, que primero ocurra una y luego la otra. El lector ya no va a tener ninguna duda. Por supuesto, lo ideal es conocerlos y aprender a utilizarlos bien. Esa debería ser nuestra prioridad. Conclusiones La utilización abusiva de los gerundios es uno de los males habituales cuando empezamos a escribir, así que no te sientas mal si te ocurre. Pero hay que detectarlo y resolverlo durante el proceso de revisión y corrección. Para ello te aconsejo