Vivimos en un mundo donde todo parece efímero. Y desde luego la visibilidad de los libros lo es: cualquier novela recién publicada tiene una vida útil en las mesas de novedades de un mes. Después de eso, si no se ha convertido en un superventas, será relegado a la infame estantería de acuerdo a su género, donde quedará perdida entre tantas otras obras y apenas podrá lucir el lomo. Salvo que el aspirante a lector vaya en busca de ese título en concreto, lo más probable que en unas semanas el desangelado libro regrese a los almacenes de la editorial en una humillante caja de devolución. Sin embargo, unas pocas obras se salvan de la quema. Se convierten en bestsellers o al menos se mantienen lo suficiente para perpetuarse como obras de culto. Y de entre todas estas, un puñadito alcanzan la gloria de la vida eterna y se convierten en clásicos literarios. De ellos vamos a hablar en este artículo. ¿Qué entendemos por clásicos literarios? Si buscáis por Internet encontraréis multitud de definiciones para describir a un clásico literario. Algunas tienen incluso nivel poético. Pero yo voy a ser más pragmático e iré a lo evidente: una obra literaria se convierte en un clásico cuando trasciende el contexto en el que surgió (tanto histórico como geográfico y material) y se inmortaliza en el la conciencia popular. No es poca cosa. De hecho, es una meta que muy pocos libros consiguen si tenemos en cuenta la enorme cantidad de literatura que se publica en la actualidad. Y ojo, porque cuando hablo de «trascender» no me refiero simplemente a convertirte en un superventas. Eso ayuda, por supuesto, pero no es esencial. Es más, estoy convencido de que la mayor parte de los libros más vendidos de los últimos años dentro de medio siglo habrán quedado olvidados por completo. Ni Crepúsculo, ni 50 sombras de Grey, ni Juego de tronos. Quizás se salve la saga de Harry Potter, pero no lo tengo nada claro. Cuando hablo de clásicos me refiero a esas obras que, a pesar de los siglos, siempre serán una referencia: El Quijote, 20.000 leguas de viaje submarino, Los tres mosqueteros, La Odisea… Son obras muy antiguas, cierto, aunque también hay algunas más cercanas en el tiempo que entrarían en esa categoría: El Señor de los Anillos, Desayuno en Tiffany’s, Lolita, Cien años de soledad o 1984, por ejemplo. Todas estas obras están instaladas en la cultura popular. Han roto los límites propios de cualquier obra literaria: se han perpetuado en el tiempo, llegando más allá de los lectores de su época; han traspasado su naturaleza, al ser adaptadas a otros medios, como el cine; y lo más importante, han creado nuevas generaciones de escritores. ¿Cuántos autores han nacido gracias a la lectura de El Señor de los Anillos, sin ir más lejos? El género de la fantasía, tal y como lo conocemos hoy en día, se lo debe todo a Tolkien. La figura del vampiro, al Drácula de Bram Stoker. Y algunas de estas obras ni siquiera tuvieron éxito en su día. Lo que los clásicos literarios nos enseñan Podemos aprender tantas cosas de los clásicos… Sin ir más lejos, aquellos más antiguos son una puerta a épocas pasadas. Sin las obras de Homero, el conocimiento de la Grecia Clásica sería mucho menor. Y qué decir del contexto histórico de nuestra España del Siglo de Oro que nos traslada Cervantes en El Quijote, o la Francia previa a la Revolución francesa en Los Miserables. Son máquinas que nos llevan a otros tiempos, tanto o más que cualquier novela histórica creada hoy en día. Además, los clásicos son un magnífico documento para ver la evolución de nuestra literatura, y por tanto para que los escritores aprendamos estilos y estrategias de marcada calidad estilística. Son auténticos manuales de narrativa creativa, por eso yo siempre los recomiendo en mis cursos. La lectura de los clásicos es también indispensable para una buena educación humanística y por supuesto literaria. Leyendo El Quijote podemos comprender cómo éramos los españoles del siglo XVI y advertir que en ciertos aspectos no hemos cambiado tanto. De este modo seremos capaces de aprender de esos errores y aplicarlos a nuestro día a día. La tradición cultural del ser humano reposa, en buena medida, en esos libros clásicos. Cuándo leerlos Sé muy bien que afrontar la lectura de un clásico literario es algo poco atractivo a priori. No nos engañemos: con la cantidad de novelas que surgen cada día, elegir un libro que fue escrito hace cien años da una pereza monumental. Qué demonios, si leemos es para pasarlo bien, para entretenernos, y no parece que eso vaya a pasar leyendo La casa de Bernarda Alba. Los clásicos también pueden resultar intimidantes debido a su condición de joya literaria. En mi opinión, la lectura de los clásicos debe abordarse en los momentos adecuados y teniendo en cuenta las características de cada lector. Siempre me ha parecido absurdo que las lecturas obligatorias de los institutos incluyeran en su día obras como La regenta. ¿Cómo va a interesar un libro así a un adolescente? Es absurdo, ¿verdad? ¿Pero y si le pedimos que lea uno de los volúmenes de Harry Potter? ¿O Drácula? ¿O El hobbit? Si me apuráis, hasta los libros de Sherlock Holmes. Son clásicos más apropiados para ese público, con posibilidades de cautivar a los chavales y que les pique el gusanillo de la lectura. Probablemente de este modo algún día, convertidos ya en apasionados lectores, quieran probar algo más sibarita, como el Ulises de Joyce. Conclusiones Ya lo veis, leer clásicos literarios tiene muchas ventajas. Pero para finalizar os voy a dar la mejor de todas: si se han convertido en obras que traspasan el tiempo es porque su calidad está fuera de toda duda. Solo es cuestión de que encontréis el clásico que esté hecho para vosotros. Y tienes siglos de historias escritas para elegir.
Las repeticiones de palabras: cómo evitarlas
Durante nuestras conversaciones habituales o incluso cuando escribimos textos informales, hay pequeños pecados que podemos permitirnos. Al hablar es muy habitual utilizar frases incompletas, mal construidas o repetir hasta la saciedad palabras e incluso estructuras. Al fin y al cabo, tenemos el apoyo visual que nos proporcionan los gestos o el tono de nuestra voz para reforzar nuestra capacidad de comunicación. Sin embargo, en la escritura de corte literario sólo disponemos del texto para que el lector nos entienda. Hoy os voy a hablar de uno de esos «errores» que debemos evitar en la medida de lo posible, relacionados con el estilo, y que es increíblemente común en autores que empiezan a darle a la tecla: las temidas repeticiones. Por qué hay que evitar las repeticiones En realidad, repetir palabras o frases a menudo no es un fallo propiamente dicho. Yo puedo utilizar «error» dos veces en esta misma oración sin incurrir en «error» alguno de cara a las normas de nuestra lengua. Sin embargo, la reiteración excesiva de un mismo término se considera una clara muestra de pobreza léxica. Ya os hablé de lo importante que es esto hace un tiempo cuando hablábamos del estilo literario. Nuestro idioma es muy rico en vocabulario. Si siempre utilizamos las mismas palabras estamos reconociendo ante el lector que sólo conocemos un puñado, lo cuál no dice mucho de nosotros como autores. Las repeticiones pueden llevar a un auténtico empeoramiento de la comprensión, aunque sea de manera indirecta. Os pondré un ejemplo: «Luchar contra los paganos era la obligación de cualquier cristiano que se preciara. Los paganos son pecadores cuyo único afán es acabar con los fundamentos de los cristianos, por eso estos paganos han sido siempre el principal enemigo de los cristianos.» Como veis, estas frases son todas, en lo fundamental, correctas. Sin embargo, la repetición abusiva de «paganos» y «cristianos» resulta desagradable. Ralentiza la lectura y empobrece el estilo del texto. Sobre todo teniendo en cuenta que hay estrategias para evitarlo. Sinónimos Las tres principales cosas que necesita un escritor para hacer su trabajo son un procesador de texto (o papel y boli, si nos vamos a lo más básico) y dos diccionarios: el normal y el de sinónimos. En especial durante el proceso de revisión, que es donde las repeticiones deben corregirse. No siempre es fácil detectarlas, necesitamos poner atención, porque algunos de estos términos son tan habituales que pasan desapercibidos. De hecho, cuando menos comunes, más fáciles son de apreciar. Recordemos la frase que he utilizado antes y veamos cómo podríamos mejorarla: «Luchar contra los paganos era la obligación de cualquier cristiano que se preciara. Los infieles son pecadores cuyo único afán es acabar con los fundamentos de la Iglesia de Roma, por eso estos herejes han sido siempre el principal enemigo de los bautizados en Dios.» ¿Habéis visto? Me he cargado cada una de las repeticiones sustituyéndolas por sinónimos o expresiones equivalentes, lo cual hace que el texto mejore. Es más variado en cuanto a léxico y da una impresión más trabajada e incluso natural. Contra las repeticiones, tijeretazo Pero a veces los sinónimos no son la mejor opción. El «menos es más» resulta vital en literatura: si mediante dos palabras puedes lograr el efecto deseado, no utilices jamás tres. Con las repeticiones pasa que a veces utilizamos términos innecesarios. Volvamos al ejemplo anterior. Con la utilización de sinónimos parecía estar bien, ¿verdad? Pues todavía puede mejorar más: «Luchar contra los paganos era la obligación de cualquier cristiano que se preciara. Son pecadores cuyo único afán es acabar con los fundamentos de la Iglesia de Roma, por eso han sido siempre el principal enemigo de los bautizados en Dios.» Podéis comprobar que me he cargado de un plumazo dos de las repeticiones/sinónimos. Y, sin embargo, el texto no se ha resentido en absoluto. Sigue siendo comprensible, lo cual nos indica que esas palabras eliminadas en realidad no eran necesarias. Sobraban porque se sobrentendían. Esto se ve mucho cuando nombramos a los personajes, bien en el grueso de la narración o en las acotaciones de las líneas de diálogo. He corregido muchos manuscritos en los que el autor plasmaba una conversación a dos bandas y, en cada línea, se mencionaba al personaje que estaba hablando. Algo totalmente absurdo cuando solo hay dos participantes: «—Las tropas de Escipión se acercan, señor —dijo Maharbal. —Dejemos que lo hagan —respondió Aníbal. —Pero deberíamos tomar acciones —insistió Maharbal. —Son ellos quienes deben arriesgar. A nosotros nos basta con esperar —le comentó Aníbal.» Reconstruye la frase Hay palabras que no tienen un sustituto viable o es imposible erradicarlas sin afectar al resto de la frase. Es entonces cuando debemos tomar medidas más agresivas y echar mano de una reconstrucción. Ocurre especialmente con dos términos que, por mi experiencia como corrector, son los que más se repiten: los pronombres posesivos («mi, su, tu») y la forma del verbo «haber» que se utiliza en los tiempos compuestos, especialmente el «había» del pretérito pluscuamperfecto: «Abraracurcix, caudillo de un pequeño poblado galo, se había unido a la rebelión que Vercingetorix había empezado contra los romanos meses atrás, el cual había obtenido apoyos importantes de todas las regiones. Pero el gran líder de la coalición había caído después de una larga campaña, así que el jefe de la aldea había regresado a su hogar.» Ya lo veis: cinco repeticiones en apenas tres líneas de texto. Una locura que hay que arreglar. Estaréis pensando que es imposible prescindir de un elemento esencial de la forma verbal que estamos utilizando. Es lo que me dicen muchos alumnos. Pues bien, os prometo que siempre hay una manera de lograrlo: «Abraracurcix, caudillo de un pequeño poblado galo, se había unido a la rebelión que Vercingetorix empezó contra los romanos meses atrás, el cual obtuvo apoyos importantes de todas las regiones. Pero el gran líder de la coalición fue derrotado después de una larga campaña, así que el jefe de la aldea se vio obligado a regresar a su
El por qué del porqué
Nuestra lengua castellana tiene unas características que la hacen no sólo única, sino también fascinante. Su riqueza es abrumadora, en especial su léxico, cuya variedad es increíble. Tenemos palabras para casi cualquier cosa que podamos imaginar (hasta que imaginamos algo nuevo y debemos buscar un término apropiado). Pero también contamos con comodines, palabras que usamos para cosas distintas y pueden llegar a confundirnos cuando empezamos a escribir. Algunas de ellas, además, se escriben prácticamente igual y suenan idénticas. Las conocemos como «homófonas», y a veces es un dolor de cabeza diferenciarlas para saber cuál es la correcta, la que necesitamos para decir lo que queremos, y cómo utilizarlas sin caer en errores ortográficos (sí, la ortografía es vital, como ya os conté en este artículo) Hoy voy a hablaros de una de las más odiadas por mis alumnos: el por qué. O el porqué. O tal vez es el por que. Ah, no, es el porque… ¡Menudo lío! Por qué Vamos a empezar por la que considero que es el caso más sencillo: el por qué. Como puedes comprobar, en realidad estamos ante dos palabras, la preposición «por» y la partícula interrogativa o exclamativa (según el caso) «qué». El meollo del asunto está precisamente en este «qué», ya que se trata de una palabra tónica que en teoría no haría falta acentuar. Pero lo hacemos para distinguirla de la conjunción «que» usando una tilde diacrítica. ¿Cuando debemos utilizarla? Muy simple: cuando escribimos oraciones interrogativas y exclamativas de carácter directo e indirecto. Como por ejemplo: «¿Por qué te gusta escribir poesía?» «¡Por qué países tan hermosos viajamos el verano pasado!» «Me gustaría averiguar por qué demonios se separaron.» Como ves, no puedes fiarte de si una frase va entre signos de interrogación o exclamación. De hecho, el tercer ejemplo no parece una pregunta, pero en el fondo lo es (por eso la llamamos indirecta). Ese «por qué» también es interrogativo. Así que en el fondo se trata de reconocer su naturaleza interrogativa o exclamativa, así como la propiedad tónica del «qué», el cuál enfatizamos como si diéramos un golpe sobre la mesa. Por que Esta es más complicada de reconocer, pues nos enfrentamos a la secuencia formada por la preposición «por» seguida de la conjunción subordinante «que». Como se puede deducir por la descripción, se utiliza para introducir una segunda oración que está subordinada a la primera: «Después de tanto esfuerzo prefieren optar por que no se celebre el festival.» Como ves, aquí tenemos dos frases independientes pero conectadas por dicha secuencia: «Después de tanto esfuerzo eligieron» y «no se celebre el festival». Si lo leemos en voz alta, nos daremos cuenta que ese «que» no es tónica, no resuena, sino que fluye sin más. Por tanto, no llevaría tilde. Porqué Esta forma también es muy fácil de detectar, porque su naturaleza es completamente distinta. Se trata de un sustantivo que utilizamos como sinónimo de motivo, causa o razón. Además, lo habitual es que vaya precedido por un artículo o un pronombre, por lo cuál es más sencillo todavía advertirlo. Al ser palabra aguda terminada en vocal, se escribe con tilde: «Siempre tuvo su porqué para iniciar la guerra.» Es tan simple como ver si puede ser sustituido por uno de sus sinónimos o si lo podemos utilizar en plural («porqués»). «Hay multitud de porqués a su actitud.» Porque Y el último de nuestros ya queridos «porqués» (seguro que a estas alturas ya has dejado de odiarlos, o casi) es la conjunción átona que, a diferencia del anterior sustantivo, se escribe sin tilde. También funciona como conector entre oraciones subordinadas, pero en este caso para expresar causa: «Me enamoré de ella porque me comprendía como nadie más.» La reconoceremos si podemos sustituirla sin problema alguno por locuciones como «ya que» o «puesto que», sin que pierda su significado. «Me enamoré de ella ya que me comprendía como nadie más.» También la podemos encontrar en las respuestas que damos a preguntas que utilizan el «por qué» interrogativo (el primer caso que hemos tratado): «—¿Por qué te gusta escribir poesía? —Porque me emociona hacerlo.» Y por si fuera poco, también podemos usar este «porque» como conjunción final, con el sustitutivo de «para que». Y de hecho, en este caso concreto, se admite dividir la palabra en dos, aunque es recomendable no hacerlo: «Luché durante toda mi vida porque las cosas fueran de otro modo.» «Luché durante toda mi vida por que las cosas fueran de otro modo.» «Luché durante toda mi vida para que las cosas fueran de otro modo.» A título personal, yo prefiero el «para que». Me suena mejor y más natural. Conclusión Sí, ya sé que seguís liados a pesar del artículo. Porque la teoría está muy bien, pero luego hay que aplicarlo a la realidad. Para eso está la práctica. Es cuestión de que cada vez que os veáis en la necesidad de utilizar alguno de estos «porqués» os detengáis un momento a pensar. Y, si es necesario, podéis consultar este artículo. Con el tiempo acabaréis por interiorizar estas reglas hasta que ya no dudaréis. Pero ya os aviso: incluso entonces, es muy probable que cometáis algún desliz. ¡Para eso están las correcciones!
Los conectores literarios
Una de las primeras cosas que les digo a mis alumnos del Método PEN es que a todos nos enseñan a escribir cuando somos niños, pero no a narrar. Además de conceptos básicos e irremplazables como la comprensión, la literatura es mucho más que simplemente hacerse entender, y por eso es tan difícil ser escritor. A diferencia de cualquier otro texto cotidiano, la narrativa literaria se basa en lo fundamental en la asociación de ideas, en el enlace entre cada una de las partes que forman un texto. Todo está conectado en una obra literaria de un modo u otro: una palabra con la siguiente, una frase con la que viene a continuación, y un párrafo con el que le sigue. Y para ello utilizamos una serie de expresiones que cumplen esa función de «enganchar», a los que llamamos conectores gramaticales. Hoy voy a hablaros de este tipo de términos y lo importantes que son. ¿Qué son los conectores? Quizás te suene a chino eso de «conectores», pero en realidad son expresiones que usas a cada instante. De hecho, desde que empecé esta sección ya he utilizado dos conectores: «pero» y «de hecho». Los conectores sirven para unir ideas relacionadas entre sí o incluso que no lo están pero sobre las que deseamos crear dicho vínculo. Para hacerlo más sencillo asociaremos «idea» con «frase», porque es la fórmula principal de expresión hablada o escrita. Digamos que es una manera de pasar de una frase a otra de manera fluida, sin cortes bruscos, como una cortinilla en un vídeo editado. Los conectores nos ayudarán a crear esa secuencia lógica de manera que, además de servir de «cambio de idea», permita añadir una pequeña información nueva. Veámoslo con un ejemplo muy sencillo: «Aníbal comprendió que sus hombres se estaban desmoronando ante la presión de los legionarios romanos. Entonces decidió que debía cambiar su estrategia.» En este caso, nuestro conector es «entonces», llamado «de temporalidad» y de «causa-consecuencia» porque su cometido es establecer una conexión, sí, pero también aporta una información basada en el tiempo y en la consecuencia de un acto: reafirma que es entonces, en ese momento y no en otro, al comprenderlo, cuando Aníbal decidió cambiar de estrategia. ¿Se podría obviar el uso de este conector? Sí, por supuesto, pero un texto es más rico y se desarrolla de una manera más fluida gracias al uso de los conectores. Características de los conectores Hay tantos conectores que es imposible enumerarlos por completo en un simple artículo, aunque te aseguro que los conoces y utilizas todos, la mayoría de las veces sin darte cuenta. A nivel teórico se suelen dividir por el tipo de relación que establecen entre las ideas de un texto. Dentro de cada grupo, hay casos en que son intercambiables. Por ejemplo, podemos utilizar indistintamente «pero» o «sin embargo»: «Decidimos irnos de vacaciones ese año, pero antes dejamos a punto todo lo que teníamos pendiente.» «Decidimos irnos de vacaciones ese año, sin embargo antes dejamos a punto todo lo que teníamos pendiente.» Esto es fantástico, pues nos ayudará a evitar muchas de las terribles repeticiones en las que caemos al escribir (de eso hablaremos en otro artículo). Pero ojo, no siempre es así. Al igual que no cualquier cargador sirve para un teléfono móvil concreto, a pesar de pertenecer a un mismo grupo algunos conectores son inconmutables por motivos más que obvios: «Antes de aquello ya tenía un montón de seguidores en YouTube.» «Después de aquello ya tenía un montón de seguidores en YouTube.» Tipos de conectores Hay un montón de categorías de conectores. Vamos a verlas y definirlas de manera muy rápida, aunque algunas se describen a sí mismas con mucha claridad: Aditivos. Como su nombre indica, añaden información: también, además, de igual forma, por añadidura, hasta, del mismo modo, igualmente… Oposición. Marcan el contraste entre ideas: a pesar de todo, no obstante, por otra parte, sino, en cambio… En este grupo estaría el más famoso de todos los conectores, nuestro querido pero. Causa-consecuencia. El nombre también es suficientemente explicativo. Aquí destacan expresiones como porque, pues, entonces, o sea, por otro lado, en pocas palabras, luego… Comparativos. Establecen similitudes: del mismo modo, más que, tan como, igual que, como, de modo similar… Reformulativos. Sirven para indicar que vamos a reproducir algo que ya se ha dicho anteriormente: es decir, en otras palabras, en resumen, por ejemplo, mejor dicho, o sea… Temporales. Aportan información temporal o establecen la cronología de las ideas conectadas: luego, al principio, inmediatamente, apenas, desde que, a partir de… Espaciales. Idéntica función que la anterior, pero en relación al espacio o los lugares: arriba, abajo, en el fondo, al lado, en lo más alto… Ordenadores. Destacan en qué parte del texto nos hallamos, como el inicio del discurso (ante todo, para comenzar, en primer lugar…), el cierre (por ultimo, en conclusión, para resumir…) o si estamos ante una transición (a continuación, acto seguido, por otra parte…) Condicionales. Marcan una condición que se da entre las dos ideas conectadas: siempre que, sí, mientras que… Certeza. Sirven para reforzar una idea expuesta: indudablemente, en realidad, efectivamente, en verdad… Finalidad. Pretenden clarificar el propósito de la idea: con el fin de, de manera que, para que… Conclusiones Como veis, hay un montón de conectores, y todos son tan conocidos que como decía los utilizas a todas horas. Por curioso que parezca, y es algo que he comprobado como profesor de escritura y narrativa, a pesar de que usamos constantemente los conectores cuando hablamos, hay alumnos que por algún motivo no los utilizan a la hora de narrar. El resultado suele ser textos cuyas oraciones están desconectadas unas de otras, por lo que la narrativa no fluye, sino que transcurre a saltos y dificulta la lectura. Así pues, el uso de los conectores es vital para que nuestra escritura sea agradable para el lector. Por supuesto, hay que utilizarlos de manera correcta, donde su presencia sea adecuada y sin abusar. Como siempre digo, una buena narrativa se
Las figuras literarias: cómo usarlas
El ser humano lleva creando historias desde hace milenios. Como ya vimos en el artículo sobre Heracles como personaje histórico, la primera obra literaria considerada como tal data de la Epopeya de Gilgamesh, en el 2000 a.C. Desde entonces hasta ahora se han creado millones de historias, así que ser original en cuanto a argumento y personajes resulta complicado por no decir imposible. Seamos sinceros: cualquier historia que imaginemos ya ha sido contada antes, de un modo u otro. Entonces, ¿dónde podemos ser innovadores? ¿Cómo podemos destacar? Pues te he dado una pista hace un par de frases: de un modo u otro, o lo que es lo mismo, con la forma de contarlas. El estilo literario es personal y nos ayudará a diferenciarnos, y para ello podemos apoyarnos en una herramienta esencial y muy flexible: las figuras literarias. Qué son y por qué se usan Podemos llamarlas figuras literarias, retóricas o recursos literarios, no importa. Son esos mecanismos que permiten modificar el lenguaje para darle un efecto específico y enfocado en enfatizar su aspecto estilístico. Estamos hablando de una gran variedad de elementos con un potencial que el autor inexperto ni siquiera es capaz de imaginar. Su poder es tal que pueden convertir un texto ramplón y superficial en una auténtica obra de corte literario. Son, en todos los sentidos, máscaras para embellecer nuestros textos. El uso adecuado de las figuras literarias hace que una frase anodina se vuelva interesante, que sugiera algo al lector no sólo por lo que dice si no también por cómo lo dice. Son transmisores de emociones de una importancia vital que buscan causar un efecto inmediato, así que conocerlos y aprender a utilizarlos es vital para cualquier autor. Sin embargo, enumerar todos estos recursos requeriría una serie de artículos que podría durar meses, sobre todo si además tuviéramos que dar ejemplos. De hecho, este tema es una parte esencial de mis cursos del Método PEN. Pero en lo esencial, las figuras literarias se clasifican en diversos grupos, dependiendo de su objetivo: Figuras semánticas Figuras morfosintácticas Figuras fónicas Figuras de dicción Figuras de pensamiento Figuras de significación (tropos) Figuras literarias de significación y pensamiento Como decía, explicarlas todas sería muy largo, así que nos limitaremos a hablar sólo de algunas de las figuras literarias más interesantes. Empezando por los tropos, donde la reina es sin duda alguna la metáfora. Esta figura literaria plantea una semejanza entre dos términos que se pueden asociar, uno real y otro alegórico. Dicho así quizás no te hagas una idea (las definiciones son así), pero seguro que lo entiendes con este ejemplo tan básico: «Y ahí estaba yo, observando el movimiento de aquellas nubes de algodón». Evidentemente, las nubes no son de algodón. Pero decir que lo son nos ofrece una sensación imaginaria acerca de su textura. Y ese es el juego de esta estrategia: provocar sensaciones. Entre las figuras de pensamiento tendríamos todas aquellas que describen de un modo u otro, como la prosopografía (descripción del físico de un personaje), la etopeya (descripción de su rasgos internos) o la topografía (descripción de un lugar). Pero me voy a quedar con una también muy famosa, la hipérbole, que consiste en la exageración de un elemento real: «Tiene más fuerza que un buey». Una vez más, ningún ser humano puede ser más fuerte que un buey, pero gracias a esta figura literaria logramos que el lector tenga una idea clara de lo fortachón que está un personaje. Figuras literarias fónicas y de dicción Pero cuidado, porque no todas las figuras literarias son aceptables al cien por cien. Por ejemplo, entre los recursos de dicción tenemos el pleonasmo, que en muchos casos puede considerarse una incorrección. Quizás la conozcáis por otro nombre: redundancia. Ya hablamos a fondo de ella hace un par de años en un artículo, ¿te acuerdas? Y daba un montón de ejemplos. Pero os refresco de nuevo la memoria con uno de los más famosos: «Voy a pedir una cita previa con el médico». Estamos ante una repetición absurda que no aporta información nueva ni ningún efecto interesante. Porque todas las citas son previas, su definición así nos lo dice: encuentro previamente acordado. Estamos pues ante un error que conviene no cometer. Y es difícil, porque algunos se han convertido en parte de nuestra manera de comunicarnos. ¿Cuántas veces has escuchado eso de «sube arriba» o «entra dentro»? Y peor aún, ¿cuántas veces lo has dicho tú? Entre las fónicas tenemos una en concreto que si se utiliza mal también puede resultar vulgar, pero que bien usada es fascinante. Me refiero a la onomatopeya, que consiste en jugar con palabras que sugieren un sonido: el tictac del reloj, el chof de la piedra contra el agua, el miau del gato… Mucho ojo al usar estas figuras literarias. Figuras literarias morfosintácticas y semánticas En mi opinión, estas figuras literarias son las más útiles para mejorar nuestra manera de narrar. Entre las morfosintácticas, que se producen cuando jugamos con las palabras y su orden dentro de la oración, destacaría el hiperbatón, universalmente representado por Bécquer en su famoso verso: «Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar». Las figuras literarias semánticas se valen de utilizar las palabras en un sentido distinto del que tienen literalmente, y buscan crear conexiones entre los términos empleados. El símil se lleva aquí el premio popular. Es la comparación de toda la vida, herramienta esencial en las descripciones cuando buscamos sugerir en vez de explicar. Es un potenciador enorme para la transmisión de sensaciones al lector: «Estaba tan contento como un pajarillo al alba». Comparar a alguien con un el danzar vivaracho de un pájaro por la mañana refuerza la descripción del estado emocional del personaje, porque inmediatamente nos imaginamos el revolotear del ave y lo asociamos con la alegría. De hecho, la frase podría funcionar igual sin decir antes que estaba contento, tal es el poder evocador de esta figura literaria. Conclusiones Como decía, existen infinidad de figuras literarias. Si
La coma criminal
Como bien sabéis, además de escritor también soy profesor de escritura creativa gracias al método PEN, con el que muchos de mis alumnos han logrado alcanzar un nivel como escritores que les ha llevado a publicar de manera profesional. Pero todos ellos, al igual que cualquier hijo de vecino, tuvieron unos inicios similares, os sorprendería cuánto. Los errores más comunes que la mayoría de aspirantes a darle a la tecla cometemos en nuestros comienzos se centran en particular en la puntuación de nuestros textos. Y aún más, entre estos fallos hay uno que destaca por encima de todos, y del que vamos a hablar en este artículo: la coma criminal. La coma criminal: qué es y por qué se produce No, la coma criminal no ha robado ni matado a nadie. Ni es un supervillano que amenaza con destruir el mundo. Pero casi. Más bien podríamos decir que la coma criminal (que le debe su nombre al lingüista Alfredo Valle Degregori) es como un ninja que se esconde en las sombras para colarse donde no le toca y entorpecer la comprensión de lo que escribimos: entre el sujeto y el verbo, o entre el verbo y el objeto. Esto hace que provoque una pausa artificial en la frase, que corte el ritmo natural que debería tener. Estas faltas se producen, por parte de escritores poco experimentados que todavía no tienen interiorizado la función primordial de una coma: servir como pausa (no necesariamente respiratoria, cuidado con esto). Y las colocan como si las regalaran, tal vez con el falso convencimiento de que facilitan la lectura de esas frases que les quedan muy largas. Como son gratis, vamos a ponerlas aquí y allá, sin plantearnos si son o no necesarias. Y lo que consiguen es sencillamente interrumpir las ideas que pretenden transmitir. Explicado de esta manera, todo este asunto puede parecer un poco rollo y difícil de ver, pero vamos a plasmar dichas comas criminales con ejemplos. La coma criminal entre sujeto y verbo Este es el caso de coma criminal más sencillo de ver, y aún así también el que más errores provoca. Fijémonos en la siguiente oración: Después de llegar a la casa, el ninja, se escondió entre las cortinas. ¿Veis esa coma justo después de «ninja» (nuestro sujeto)? Pues ahí la tenéis, la maldita coma criminal. En dicha posición provoca una pausa completamente inútil y peor aún, contraproducente. Está de más ya que corta la frase e impide que fluya de manera correcta. Es como una barrera en una carretera, capaz de provocar un bloqueo y una retención de mil demonios. ¿Cuál sería la forma correcta de puntuar dicha frase? Después de llegar a la casa, el ninja se escondió entre las cortinas. Tan sencillo como eso: quitar dicha coma. ¿Os dais cuenta de cómo la lectura ya no se detiene? Solo donde debe hacerlo, tras la acotación inicial. De este modo tenemos una frase que se lee de manera correcta y agradable. Pero cuidado, porque una coma criminal también puede ser invisible, o lo que es lo mismo, el error puede ser no ponerla. Veámoslo con este ejemplo: Después de llegar a la casa, el ninja, que se movía con el sigilo de un gato se escondió entre las cortinas. Fíjate en que en este caso hay información adicional sobre nuestro ninja, lo que llamamos un inciso («que se movía con el sigilo de un gato»). Y los incisos deben ir entre comas (o entre paréntesis o rayas, como esta misma que estás leyendo), ya que esa información extra exige una pausa a la hora de hablar o leer para ser expuesta. Por tanto, lo correcto sería lo siguiente: Después de llegar a la casa, el ninja, que se movía con el sigilo de un gato, se escondió entre las cortinas. Ahora sí. Las pausas que el texto necesita están bien marcadas con esas comas colocadas en posiciones naturales, sin rastro o ausencia de coma criminal alguna. La coma criminal entre verbo y objeto Nuestra coma criminal también se puede colar en otras posiciones a la mínima que nos despistemos, en este caso entre el verbo y el objeto con el que está directamente conectado. Con este ejemplo lo entenderás a la perfección: El sagaz ninja se coló, en la habitación principal. Aquí vemos que la coma se interpone entre el verbo «colarse» y el objeto que indica dónde se coló. Queda incluso más feo que en el caso anterior, ¿verdad? Y esto es porque el objeto necesita por fuerza llegar de manera fluida desde la posición del verbo, del cuál depende por completo. Lo adecuado habría sido: El sagaz ninja se coló en la habitación principal. Tal cual, sin coma criminal. Y también puede ser peor si además la frase contiene un inciso: El sagaz ninja se coló, tras recorrer el salón en la habitación principal. Absolutamente horrible. Leer algo así, sobre todo si el texto está lleno de este tipo de errores, os puedo asegurar que resulta agotador. Lo correcto sería esto: El sagaz ninja se coló, tras recorrer el salón, en la habitación principal. Tampoco es que sea la mejor construcción del mundo (yo habría preferido que el inciso quedara al final o al principio de la frase), pero al menos esa segunda coma hace que la frase sea completamente correcta. Cómo evitarla Porque esto es lo que has venido buscando, claro, una solución. Pero lamento decirte que no hay ninguna fórmula mágica para luchar contra la coma criminal. De hecho, es una cuestión más de poner atención hasta que, tras escribir mucho (muchísimo), acabes por interiorizar la correcta colocación de los signos de puntuación. Aún así, hay un truco que, aunque no es perfecto (e incluso a veces lleva a error), te puede ayudar a detectar la coma criminal: leer en voz alta las frases que escribimos, poniendo especial énfasis en hacer la pausa que marcan las comas que hemos colocado. La mayoría de las veces detectaremos por instinto cualquier parón artificial que
La novela de anticipación
Si algo ha caracterizado al ser humano desde que puede considerarse tal es su constante mirada al mañana. Es la clave de nuestro progreso como especie: atisbar lo que está por venir para adelantarse y, quizás prepararse en caso necesario. Y la herramienta con la que empieza este afán siempre es la misma: nuestro cerebro. Del pensamiento surge toda idea, así que no es extraño que la literatura, actividad eminentemente reflexiva, sea también un campo propicio para escarbar en ese futuro. Las obras con esta intención, al igual que cualquier otro género literario, han recibido su propia etiqueta: novela de anticipación. Ya las mencionamos brevemente en la segunda parte del artículo Tipos de novelas, pero hoy vamos ahondaremos más en este fascinante género. Qué es la novela de anticipación En realidad no estaríamos hablando de un género propiamente dicho, si no más bien en un subgénero, pues a su vez una novela de anticipación por lo general está enclavada en un género mayor. Sí, sé lo que estás pensando: las novelas de anticipación forman parte de la ciencia ficción, tanto que incluso solemos considerarlos sinónimos. Y en efecto es lo más habitual, pero no siempre es así. Pero vayamos por partes. Se conoce la novela de anticipación como aquella que relata una historia que se desarrolla en el futuro y que pretende «anticiparse» a cómo será el mundo al cabo de unos años de la manera más realista posible. El lapso de tiempo es indiferente, aunque cuando más avancemos más complicado es hacer predicciones. Lo normal es que haya una intención aleccionadora detrás de la obra que sirva como aviso a desgracias que están por venir. Las claves de la novela de anticipación Esta premisa de adelantarse a un tiempo futuro exige que una novela de anticipación sea, en sus fundamentos, realista. No hablamos de crear una space opera de aventuras galácticas ambientada en un futuro muy muy lejano, salvo que sirva al propósito aleccionador antes mencionado. La novela de anticipación no busca simplemente entretener, no lo olvidemos. Su intención es mostrar una evolución de la sociedad lo más realista posible. La novela de anticipación debe ser siempre posible, aunque nunca llegue a suceder. Muchas de ellas, de hecho, nunca se cumplen. Arthur C. Clarke vaticinó que algún día los ordenadores de todo el mundo estarían conectados en línea, más de veinte años antes de que se diera a conocer Internet, pero en cambio se pasó de optimista al imaginar colonias lunares para el año 2001. Aún así, y fruto de su profundo conocimiento científico, sus libros de divulgación están repletos de pequeñas predicciones que sí se cumplieron. La novela de anticipación: una mirada a nuestro presente El ejemplo más famoso de novela de anticipación es el de 1984, de George Orwell. No voy a hacer aquí un análisis de una obra tan compleja como esta, pero basta rascar en la superficie para ver que estamos ante una novela de anticipación de manual: publicada en 1949, la trama transcurre en su futuro, 1984, y describe una sociedad en la que la vigilancia hacia el individuo es total y sirve para la represión de cualquier disidente al orden mundial. ¿No resulta tremendamente familiar? ¿Cómo puede un autor anticiparse al futuro? Para empezar tiene que ser un gran conocedor de la realidad social de su tiempo, para poder así extrapolar situaciones del presente y situarlas en ese futuro imaginado. Orwell, por ejemplo, se basó en los extremismos del fascismo y el comunismo: el protagonista de su novela trabaja en el Ministerio de la Verdad, especializado en reescribir acontecimientos que pudieran perjudicar al orden mundial. La misma práctica habitual en regímenes totalitarios como la Alemania nazi o la Unión Soviética de Stalin. La magia por parte de Orwell fue anticipar que estas prácticas, habituales en su tiempo, muy posiblemente se repetirían en el futuro a mayor envergadura. Como de hecho ocurre en la actualidad. Todo cambia pero, al mismo tiempo, nada cambia. ¿Ciencia ficción? ¿Distopía? Como he «anticipado» antes (lo siento por el mal chiste), solemos pensar en la novela de anticipación como parte de la ciencia ficción o de ese otro subgénero tan de moda, la distopía. Pero no siempre es así. En primer lugar porque no toda la ciencia ficción es de anticipación. La space opera (como Star Wars) no busca retratar un futuro con ánimo aleccionador. Sólo son aventuras (que, según algunas voces, deberían considerarse como parte de la fantasía). Y al revés también ocurre: novelas de anticipación que no se pueden considerar de ciencia ficción. Es el caso, por ejemplo, de algunos capítulos de la serie de televisión Black Mirror, que transcurren sin presencia de tecnologías futuristas. Otro ejemplo fascinante es la novela Los demonios, de Dostoievski, que transcurre en una pequeña ciudad rusa del siglo XIX, donde estallan comportamientos tan radicales que nos recuerdan a las proclamas que moverían a varios grupos terroristas extremistas de los siglos venideros. No es una obra de ciencia ficción ni remotamente, pero sí de anticipación: sin que el propio autor lo sepa, está describiendo comportamientos que se reproducirán con la misma intensidad siglos después. Cuna de obras maestras En cualquier caso, es cierto que la mayoría de novelas de anticipación se enclavan en la ciencia ficción y aún más en la distopía. Los ejemplos se amontonan, y algunos de ellos son auténticos clásicos: Farenheit 451, de Ray Bradbury; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; Rebelión en la granja, también de Orwell; De la Tierra a la Luna, del maestro Julio Verne; o Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth. Todas estas novelas intentan anticiparse al futuro, que suele presentarse en negativo, quizás porque es el mejor modo de mantenerse alerta a lo que pueda venir. Y porque un futuro paradisíaco no da tanto juego. La calidad de estas obras atemporales nos da a entender que estamos ante un tipo de literatura muy compleja y difícil de construir. Una buena novela de anticipación requiere de una experiencia y un
El presentismo en la novela histórica
Supongo que a estas alturas no hace falta decir que el género de la novela histórica es mi favorito como escritor. Prácticamente la totalidad de mi carrera se centra en devolver el pasado a la vida a través de la literatura. Y en este blog le hemos dedicado muchos artículos a la novela histórica. Desde sus características más básicas hasta la creación del escenario histórico, os he ofrecido mil y un matices sobre el género de la novela histórica. Pero hay algo de lo que apenas hemos hablado y que abordaremos hoy. Y os recomiendo que estéis muy atentos porque se trata de un aspecto importantísimo, hasta el punto de que puede destrozar por completo una obra y a su autor si se deja de lado. Me refiero al presentismo histórico. Qué es el presentismo La definición del presentismo es tan sencilla como complicado es escapar de su sombra. Se conoce como presentismo histórico al vicio de valorar una época pasada con nuestra mentalidad actual. Pongamos un ejemplo para entenderlo con facilidad: mi primera novela histórica, «Hijos de Heracles» narra cómo la sociedad espartana se convirtió en el pueblo de guerreros fieros que más tarde conoceríamos en cómics y películas como «300». Para ello, como ya os he contado tanto en mi novela como en algún artículo, instauró una práctica militar terriblemente exigente, la agogé. Se trata de un adiestramiento militar tan exigente que hoy en día lo consideraríamos una salvajada. Y tendríamos toda la razón del mundo… desde nuestro punto de vista actual. Porque para los espartanos no era visto del mismo modo en absoluto. Su concepción de la agogé era el de una necesidad incuestionable para su supervivencia como pueblo. Incluso los niños acogían esta obligación con gusto cuando a los siete años empezaban a entrenar. Para ellos, ser formados como hoplitas eran el mayor de los honores. Ahora imaginemos que yo, como autor, hubiera descrito la agogé como algo bárbaro, que es lo que en realidad pienso de dicha práctica. Que mis personajes se hubiesen cuestionado uno de los puntales fundamentales de su sociedad. Que lo criticaran y pensaran que era algo demasiado cruel. En ese caso habría caído en un anacronismo muy grave, pues habría transportado mi pensamiento actual a una época pasada. A eso se le llama presentismo. Los problemas del presentismo El mayor problema que plantea el presentismo es muy obvio: tergiversa el contexto histórico. Nunca podemos tener una aproximación real a un momento del pasado si utilizamos una mentalidad avanzada a la época que tratamos, y por ende va a ser imposible que comprendamos de manera correcta dicha etapa o cultura. Es evidente del mismo modo que cuanto más atrás en el tiempo nos movemos, más fácil es dejarse llevar por el presentismo. Y más grave. Si estamos escribiendo una novela histórica que transcurre en la Segunda Guerra Mundial, el presentismo puede ser tan leve que apenas tenga importancia. Al fin y al cabo, es una época muy cercana y casi idéntica en cuanto al comportamiento de la gente. Y aún así, seguro que alguna vez habéis alucinado con la mentalidad que tenían nuestros padres o abuelos. ¡Y hace sólo cuatro días de eso! Imaginad cuando narramos sobre civilizaciones antiguas, como la romana o la griega. Entonces, el peligro de caer en el presentismo es enorme. Las escalas de valores de nuestros antepasados son cada vez más diferentes conforme viajamos atrás en el tiempo, y su manera de actuar, por tanto, nos puede resultar incomprensible, desagradable, criticable o incluso defendible. Por ejemplo, hay novelas históricas que ensalzan a sociedades como los íberos o los visigodos como un ejemplo de patriotismo, cuando a poco que se conocen estas sociedades se descubre que fueron todo lo contrario. ¿Se puede y se debe huir del presentismo? Y llegamos a las preguntas claves. La primera es si se puede huir del presentismo. Técnicamente, la respuesta sería sí, pero no es tan sencillo. Como individuo del mundo actual, para el autor es casi imposible evadirse por completo de su manera de pensar, así que es muy probable que en parte su enfoque refleje lo que piensa de la época que relata. La cuestión es no dejar que el presentismo se haga con el control absoluto de la obra, buscar un equilibrio y ser sutil. Si vamos a representar una batalla entre pueblos celtas, tenemos que dejar muy claro que para los combatientes morir en batalla era un orgullo. Pero también podemos mostrar el horror de la guerra y toda su crueldad. Ahora bien, queda una última consideración muy atrevida, teniendo en cuenta que durante todo el artículo he estado señalando el presentismo como lo peor de lo peor: ¿se debe huir del presentismo? Hay que tener en cuenta una vez más que tanto autor como lector viven en el presente. No en la Hispania romana ni en el Siglo de Oro, sino en el siglo XXI, y por tanto para conectar con los personajes de una novela debemos sentirlos de algún modo cercanos. Volvamos a la agogé: aunque maltratar a los niños espartanos no se discutía como práctica en esa época, tampoco podemos pintarlo como algo maravilloso dentro de la narrativa de nuestra novela, pues corremos el riesgo de que el lector no logre empatizar con los personajes o incluso llegue a creer que el autor está defendiendo las salvajadas que relata. Conclusiones Como decía, en el equilibrio está la clave. El autor debe mantener intacta la idiosincrasia de la época y la sociedad sobre la que narra y no sustituir sus valores por los actuales, pero al mismo tiempo debe encontrar el modo de que el lector empatice con los personajes y el argumento. Para ello la mejor manera de lograrlo es buscar los puntos comunes que todos los seres humanos tenemos, no importa en qué momento de la historia hayamos vivido: las emociones básicas. No importa si eres uno de los trescientos espartanos, un soldado de los Tercios de Flandes o un
Qué tipo de escritor puedo ser
Ser escritor es algo maravilloso. Al igual que la mayoría de los que creáis historias a base de aporrear un teclado de ordenador, mi vida cambió de manera definitiva cuando decidí que quería dedicarme al mundo de los libros, primero como escritor y luego además como profesor del Método PEN. Pero no nos engañemos: ser novelista, ensayista o cualquier modalidad que elijas también es duro y complicado. Dependiendo del tipo de escritor que desees ser puedes verte obligado a tomar decisiones difíciles. En este artículo me gustaría acercarte distintos caminos que puedes tomar si te estás planteando dedicarle tiempo a esto de crear historias. El escritor aficionado Cuando pensamos en un escritor solemos imaginarnos casi siempre a los grandes autores superventas y famosos. A esos que acumulan largas colas en las ferias del libro y llenan las librerías en sus presentaciones. Al autor para quien escribir es su trabajo. Ya te lo aviso de antemano: en realidad de esos hay muy pocos (aunque de eso hablaré después). Sea como sea, un escritor jamás debería perder de vista que ante todo y por encima de todo escribir es una necesidad vital. Nunca olvidemos que comenzamos en esto porque nos lo pedía el corazón, no por hacer dinero. Todos los escritores empezamos como aficionados, y no es ningún fracaso continuar siéndolo. Publicar una obra es una gran satisfacción, pero no todo el mundo siente esa necesidad. Hay autores que son felices escribiendo para sí mismos o para sus familiares y amigos. Pequeños relatos, poemas, incluso novelas que nos sirven para llenar nuestra alma y viajar a esos lugares y épocas que amamos. Para vivir la historia de nuestros personajes. Quizás alguna publicación esporádica, pero sin ir más lejos. Es desde luego el camino más sincero con uno mismo, y quizás también el más sano a nivel mental. Desde luego es mucho menos estresante, os lo aseguro. El escritor profesional Por otra parte, es también muy comprensible que en algún momento queramos dar el paso a algo más serio. Pero como te decía antes, vas a tener que ser consciente de que convertirte en un autor profesional, o sea, que publica de manera habitual, es muy difícil. Somos muchos los que aspiramos a eso y el número de lectores es limitado. La competencia, por tanto, es brutal. Incluso aunque logres la confianza de una editorial y tus publicaciones sean comunes, no creas que vas a poder vivir de tus obras. Para eso hace falta convertirse en un superventas, y si publicar es difícil, imagínate triunfar. Lo más probable es que tengas que continuar trabajando en tu profesión habitual durante mucho tiempo antes de poder profesionalizarte por completo. Y cuando sea así, con toda seguridad necesitarás apoyarte en trabajos relacionados con la literatura pero no con tus libros: lector editorial, corrector, conferencias, etc… Sea como sea, vas a tener que trabajar muy duro y prepararte bien desde mucho antes de dar ese paso. Aquí ya no vale escribir cuando te apetezca, cuando te llegue la inspiración. Tendrás que crear un hábito estable y olvidarte de procrastinar. Porque esta vez si no haces ese trabajo no cobrarás ni un euro. El autopublicado Pero oye, eres cabezota como yo y has decidido ir a por todas. La cuestión es cómo hacerlo. ¿Voy a lo conocido y busco una editorial? ¿O me hago un «yo me lo guiso, yo me lo como»? Hablo de autopublicarse, claro. Ya sabéis que yo trabajo con editoriales y esa es la dirección que decidí tomar en su día. Pero en absoluto estoy en contra de la autopublicación. Eso sí, debe ser una elección hecha por convencimiento y muy sopesada. Este camino no debería tomarse ante el despecho de unos cuantos rechazos editoriales, porque sería un error. Las editoriales no son tus enemigas. Si no te han aceptado generalmente es porque tu obra no es lo bastante buena o porque no les da la vida para leer todo lo que les llega. En cualquier caso, si decides autopublicarte debes hacerlo bien. Dices que quieres ser un profesional de la escritura, así que vas a tener que demostrarlo y comportarte como tal. La autopublicación exige que todo ese trabajo que hace un editor recaiga sobre ti o lo contrates (lo cual no es barato): corrección, maquetación, portada, promoción… Todo vas a tener que hacerlo tú, y lo debes hacer bien, así que tendrás que aprender a hacerlo. Bien mediante cursos especializados o a base de mucha práctica. Porque, ya sea un libro publicado por editorial o por Amazon, el lector siempre se va a merecer la máxima calidad. Jamás olvides esto. El escritor tradicional Este es el camino que yo elegí: escribir mis novelas y enviarlas a las editoriales. Te quitas mucha presión de encima porque prácticamente te olvidas del trabajo de edición. Pero ojo, esto también tiene su aquel. Porque desde el momento en que firmes un contrato tu obra va a quedar en manos de dicha editorial en cuanto a su explotación comercial se refiere (tranquilo: sigues siendo el dueño de los derechos de autor). Así que si la editorial no hace un buen trabajo o sencillamente el libro no se vende bien, vas a tener paralizada esa obra mientras dure el contrato, salvo que acordéis rescindirlo. Ya conoces las ventajas de publicar de manera tradicional: distribución en librerías, posibilidad de alcanzar otros mercados, un trabajo de edición hecho por profesionales… Mucho a favor, desde luego, pero te va a exigir paciencia, ya que como tú hay muchos otros escritores, y las editoriales tienen un número de novedades limitado. O dicho de otro modo: paciencia, mucha paciencia. Conclusiones ¿Existe un camino mejor que otro para un escritor? A priori no. Puedes ser feliz tanto eligiendo escribir para ti mismo como embarcándote en una carrera profesional, ya sea de corte tradicional o autopublicándote. Sólo tienes que ser consciente de tu elección y actuar en consonancia.
La adecuación: piensa en tu lector
Cuando los escritores hacemos una entrevista o hablamos en una presentación, rara es la ocasión en que no decimos que para nosotros el lector es lo más importante. Y en la mayoría de casos os puedo asegurar que somos totalmente sinceros. ¿Pero hasta qué punto pensamos en el lector cuando estamos escribiendo una novela? ¿Existe una figura literaria con la que guiarnos para no perder de vista nuestro público? Pues la verdad es que sí, y tiene nombre: la adecuación. En este artículo os voy a hablar de este aspecto tan fundamental y que damos tan por supuesto que muchas veces ni lo cuidamos. Señoras y señores, con todos ustedes: la adecuación. Qué es la adecuación Cuando está no la notamos, pero su ausencia es capaz de estropear cualquier obra. La adecuación es en realidad muy fácil de describir: se trata de la propiedad por la cual cualquier texto comunicativo se adapta al contexto para el que fue creado. Sencillo, ¿verdad? Pero hay más tela que cortar. Porque la clave de la cuestión está precisamente en eso que llamamos contexto, o sea, la situación en la que debe desarrollarse el texto. Pongamos un ejemplo de la vida real: imagínate que te toca declarar como testigo en un juicio (tranquilo, nada serio); el juez te hace las preguntas y a ti te da por responderle tuteándole y hablándole como si fuera tu colega. Mala idea. Todos estaremos de acuerdo en que lo correcto sería «adecuarse» a la situación y hablarle al juez mostrando respeto, seriedad y educación. Al fin y al cabo, es una persona que no conocemos y cuya autoridad exige un trato formal. Pues con los textos comunicativos, entre los que está cualquier novela, el escritor también debe adaptarse a las circunstancias. ¿Y cuáles son estas? Vamos a ver las más importantes. La adecuación, conexión entre autor y lector Es bastante obvio que, independientemente del género en el que escribamos nuestras novelas, pueden existir diversos tipos de público al que vaya dirigido. Existen libros de fantasía para adultos o niños, novelas históricas para un lector más generalista y otras que buscan a lectores más acostumbrados al género, u obras románticas centradas en un público femenino. En todos estos casos el autor debe adaptarse a las particularidades de la gente a la que pretende dirigir sus libros y por tanto narrar en consecuencia. Si hoy escribimos un cuento para niños no lo haremos del mismo modo que cuando la semana pasada estábamos enfrascados en ese relato que nos pidieron para una antología solidaria dirigida a víctimas de violencia de género. Lo cual nos lleva al siguiente punto, directamente conectado con este. La adecuación, el tema y el género No es exactamente lo mismo el tema que el género, por cierto. El género vendría a ser la clasificación formal de la novela, pero dentro de cada uno de ellos puede existir variedad en los temas a tratar. En cualquier caso, para no alargarnos excesivamente, ambos deben vigilarse a la hora de escribir y no salirse de unos parámetros marcados de antemano. El tratamiento que exige una novela de ciencia ficción es muy distinto al que requiere una novela histórica (aunque en ocasiones se entremezclen formando híbridos, tal y como yo mismo hice en «La boca del Diablo». Su público es distinto y esperan obras diferentes. Es muy posible que un aficionado al thriller desespere ante las largas descripciones de «El Señor de los Anillos», mientras que un fan de la fantasía estará más que encantado. Una vez más, vamos a tener que adecuarnos a estas circunstancias. El propósito del autor, clave de la adecuación Independientemente de lo que impongan las normas establecidas, el autor siempre tendrá sus propias intenciones. De hecho esa es la mayor virtud de cualquier disciplina artística, la de destrozar lo establecido para aportar algo nuevo. Sea más o menos conservador, el escritor puede desear por ejemplo que su obra de ciencia ficción tenga un componente más intimista, o que su trilogía fantástica explore más el desarrollo de los personajes por encima del propio argumento. Hay escritores que por naturaleza buscan ser transgresores, escandalizar al lector, provocar en él emociones que incluso podrían considerarse contraproducentes. Sea cual sea el caso, el escritor debe adaptarse a la premisa que él mismo ha elegido y ser fiel a ella a lo largo de toda la obra. No habría tenido sentido que Nabokov desarrollara toda su «Lolita» tal y como lo hizo para al final darle un final feliz y bucólico. El formato En la definición de formato se pueden englobar diversos aspectos. Lo primero que se nos viene a la mente hoy en día es si hablamos de una novela en papel o en digital. No tienen por qué suponer una diferencia a la hora de tratar el texto, pero puede serlo. Existen tendencias claras en la publicación exclusivamente digital, como la menor extensión de las obras, que exigirían un acercamiento diferente a la publicación tradicional en papel, donde estamos más acostumbrados a novelas de muchas páginas. Y más páginas significa por ejemplo una trama más compleja, un mayor desarrollo de los personajes o una narrativa más elaborada. Por otra parte, con formato también podríamos entender las claras diferencias entre novela y novela ilustrada, que exige que el texto tenga en cuenta las imágenes que lo acompañan. O las novelas por capítulos, comunes en el pasado cuando se publicaban por entregas en revistas especializadas, y que tuvieron un nuevo auge gracias a los blogs. Un ejemplo patrio y actual sería «Dido, reina de Cartago», que la alicantina Isabel Barceló publicó por entregas en su blog Mujeres de Roma y que luego dio el salto a una publicación tradicional. Todos estos tipos de formato exigen, una vez más, que se adapte a las particularidades de cada uno de ellos a través de la adecuación. Conclusiones Como veis, son muchos los aspectos a tener en cuenta cuando un autor debe plantearse cómo abordar su novela, en