Ya habló Nieves Muñoz en este blog de los contadores de historias en diferentes épocas y lugares. En el presente artículo me gustaría hablar de una figura que en la Antigüedad tuvo un papel decisivo en la preservación y transmisión de la palabra escrita: los escribas. La palabra española “escriba” procede del latín “scriba”. En hebreo “so-fée” o “so-fer” significa “contar”, y tiene relación con lo que era un “escribano” o “copista”.

Los escribas desarrollaron múltiples tareas a lo largo de los diversos períodos históricos de la Antigüedad. Se dedicaron a copiar textos, elaborar inventarios, clasificar y archivar documentos, llevar registros y cuentas, redactar “cartas”, etc… Generalmente, eran personas instruidas (pensemos que gran parte de la sociedad no sabía leer ni escribir). Algunos de ellos llegaron a trabajar para reyes o altos dignatarios.
Ahora os pido que cerréis los ojos porque vamos a hacer un viaje en el tiempo y a imaginar al escriba en algunas épocas históricas. ¡Comenzamos!

Los escribas en Egipto

Imaginad a un hombre vestido con un faldellín, sentado en el suelo con las piernas cruzadas y con un rollo de papiro sobre su regazo. Sostiene una paleta en una mano y en la otra un pincel (que no es más que un trozo de junco afilado con uno de los bordes deshilachados). A su lado, observamos diversos útiles necesarios para ejercer su tarea: un cuenco de agua donde diluye las tintas, un cálamo de papiro, un mortero para hacer las mezclas, algunas tablillas de madera…

En Egipto los escribas pertenecían a una casta muy especial. Estuvieron al servicio del faraón y de altos dignatarios. Sus tareas fueron: clasificar textos, escribir, contabilizar (cabezas de ganado, granos de la cosecha…), copiar (por ejemplo papiros o poemas), redactar cartas para aquellos que se las encargasen, registrar impuestos, recitar formas rituales, hacer inventarios… ya veis, ¡estaban muy ocupados!

Los escribas en el Antiguo Egipto

El escriba sentado. Escultura de piedra caliza.
1480-2350 a.C. Museo del Louvre.

En el Imperio Antiguo aparecieron las “Casas de Vida”, lugares donde aprendían a ser escribas desde muy pequeños. Estos espacios estaban vinculados a la realeza, y solían tener su sede en un palacio real, pero funcionaban como parte de un templo. Se conoce su existencia en Edfu, Menfis, Abidos, Coptos, Heliópolis etc… En un principio solo acudían a ellos los hijos de funcionarios, altos dignatarios o también sacerdotes, pero después se abrieron a familias más humildes. En las “Casas de Vida” podían aprender: astronomía, medicina, matemáticas o dibujo entre otras actividades. En el Reino Medio, es necesario destacar la Casa de Amarna y la que fue descubierta en el Ramesseum (que era el templo funerario ordenado erigir por Ramsés II, situado en la necrópolis de Tebas, en la ribera occidental del río Nilo, frente a Luxor).
Pues si ya os hacéis una idea de cómo eran los escribas egipcios, ¡sigamos viajando!

Los escribas y el Próximo Oriente

En el Próximo Oriente la palabra sumeria que designaba al escriba era “dub-sar”, que significaba “el que escribe con una tablilla”, y en arcadio: “tupsrrum”. Los escribas eran los encargados de redactar escritos, clasificarlos, archivarlos… Su formación se realizaba, al igual que en Egipto, desde muy pequeños, y era bastante costosa. Generalmente los aprendices pertenecían a grandes familias de la nobleza o comerciantes. Aprendían en escuelas sumerias especializadas como la de “Edubba” (también conocida como “Casa de las Tablillas”). Estos lugares dependían del palacio o del templo, y estaban dirigidos por “Umnia” (o el “padre de la escuela”). Los aprendices, con poco más de seis años aprendían a leer, escribir y contar. También tendría que manejar bien el cálamo, las tablas, y empezarían a realizar copias de textos. Después de dos años de formación, se pasaba a la práctica; aprendían cuestiones administrativas o redactaban textos jurídicos. Los escribas que se empleaban en templos eran sacerdotes y debían saber leer bien para aprender los rituales que recopilarían en tablillas y llevarían a cabo. Al finalizar las etapas formativas, podían desempeñar su cargo en palacios o templos, encargándose de la administración. Conocemos el nombre de un destacado escriba: Sin-Peqe-uninni, que fue el redactor de la Epopeya de Gilgamesh.

Respecto a los útiles que usaron los escribas del Próximo Oriente, encontramos el cálamo y las tablillas de arcilla sobre las que escribían. En Babilonia, el escriba fue un personaje indispensable ya que la ley requería que las transacciones comerciales se registraran por escrito, y las partes contratantes quedaran firmaran ante testigos. El escriba se sentaba cerca de la puerta de la ciudad con sus útiles, preparado para vender sus servicios.

Los primeros registros de escritura son las tablillas de la ciudad de Uruk, realizadas sobre arcilla, que contienen hasta 2000 signos cuneiformes diferentes. En un inicio se escribía de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Pero posteriormente los escribas cambiaron la posición de los pictogramas y comenzaron a escribir n renglones horizontales de izquierda a derecha y de arriba a abajo.

Los escribas en Próximo Oriente

Escritura cuneiforme.
Tablilla de arcilla.
British Museum.

Y ahora que ya conocéis a los escribas de Mesopotamia, vamos a los hebreos.

Escribas hebreos

La palabra hebrea que designa al escriba es “sófer”, que significa “contador”, y se refiere a aquellos que contaban cada letra de las Escrituras. Los escribas eran muy conscientes de que transmitían un texto único y no podían permitir que hubiera errores involuntarios en la transmisión o copia de un escrito a otro, por ello contaban las letras. Eran muy cuidadosos en preservar la fraseología inicial en el texto. Las tareas que realizaban eran múltiples: escribían cartas, libros, registraban transacciones… El precio por su trabajo solía pactarse de antemano. Algunos llegaron a ser grandes copistas de las Escrituras e intérpretes de la Ley Divina.

Los escribas hebreos escribían sobre papiro, ostracon, o rollos de pieles cosidas (muy utilizadas para escribir textos largos), utilizando una caña con un filo deshilachado. En numerosas ocasiones portaban sus útiles atados a la cintura.

Desde tiempos del Rey David utilizaron el hebreo antiguo, y un tipo de caligrafía redonda para copiar los manuscritos del Antiguo Testamento. Hacia el 500 a.C. empiezan a usar la caligrafía aramea cuadrada que aprendieron durante su cautiverio en Babilonia. No usan su lenguaje, solo su caligrafía para expresar sus propias palabras hebreas. La caligrafía aramea y la hebrea servían para un mismo alfabeto y presentaban sonidos comunes en ambos idiomas.

El escriba monástico

Por último recordaremos al escriba de los monasterios: el monje. El religioso trabajaba en el scriptorium, una gran sala rectangular con mesas o pupitres donde desempeñaba su labor sentado en un asiento (en un escabel, sin respaldo, o en una cátedra con respaldo alto).

Su tarea consistía en copiar sobre hojas de pergamino las Sagradas Escrituras u otros textos, y en iluminar manuscritos; era una especie de transmisor de la palabra de Dios a través de la palabra y la imagen. Copiar los textos exigía buenos conocimientos gramaticales y una gran dosis de paciencia.

Los útiles del escriba monástico eran: el cálamo, las plumas, el pergamino, las tintas, el punzón o la punta seca (que usaban para trazar guías en la página), la piedra pómez (utilizada para suavizar el pergamino), una lima, un diente de jabalí o fragmento de marfil (para borrar o “rascar” errores), cristales de aumento, secadores de las tintas, y a partir del s. XIII usaron un objeto conocido como “cavilla”, que servía para indicar sobre el ejemplar el lugar exacto donde se estaba copiando.

Los escribas monásticos

Cavilla. Universidad de Harvard.

Como curiosidad explicaré que las plumas de ganso eran las más apreciadas (ya que eran más silenciosas que el cálamo, sobre el pergamino). La tercera y la cuarta del ala izquierda del ave eran las más solicitadas; la razón de ello es que para el copista que no era zurdo, la pluma debía tener una ligera curvatura natural del lado derecho para que se ajustara bien a la mano, por ello debía provenir del ala izquierda.
Mientras el monje escribía con la pluma o el cálamo, sostenía un cuchillo en la otra mano, que servía para afilar la pluma (raspar el pergamino) y como punto de apoyo.

En ocasiones, la tarea de copiar manuscritos se realizaba en una sala común con otros religiosos, pero los cistercienses o cartujos cambiaron dicha costumbre atendiendo a la norma y corriente espiritual que seguían; favoreciendo el trabajo en soledad y aislamiento.

Como ejemplo de estos copistas medievales, podemos observar representaciones artísticas en las que aparecen los Evangelistas, que son mostrados trabajando en el scriptorium.

Aquí termina nuestro viaje. Hemos podido comprobar que los escribas mantenían a salvo la palabra escrita en la Antigüedad, y que si no fuera por ellos gran parte del legado cultural se habría perdido. Tuvieron una importancia crucial en la conservación y transmisión del conocimiento. Aquellos escritores del pasado, copistas, redactores… protegieron una herencia gran parte de la cual ha podido llegar hasta nuestros días, y tenemos ahora el deber de conservar.

Espero que hayáis disfrutado de este corto trayecto, y si os apetece comentar algo no os cortéis.

Fuentes

BOWMAN, A. y WOOLF, G. (eds.) (2000): Cultura escrita y poder en el mundo antiguo, Barcelona, Gedisa.
GOODY, J. (1990): La lógica de la escritura y la organización de la sociedad, Madrid, Alianza Editorial.
PÉREZ LARGACHA, A. (2006): Historia Antigua de Egipto y del Próximo Oriente, Madrid, Akal.

Internet

SANZ FUENTES, María Josefa: “Tiempo de leer y escribir. El scriptorium”.

Otras

La Casa de la Vida. Egiptomanía. Barcelona. Planeta de Agostini vol.7. 1993.

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