Veo con satisfacción que esta serie os está encantando, lo cual me parece genial ya que de este modo estamos aprendiendo a detectar nuestros defectos y errores. Siempre lo digo en mis masterclass, en las charlas sobre escritura que imparto, en mis clases del Método PEN: conocer nuestros fallos es el primer paso para solucionarlos y crecer como autores. Pero hoy nos alejaremos un poco del aspecto puramente literario para tratar algo que afecta más a nuestra manera de abordar la profesión de escritor y, sobre todo, de relacionarnos con el exterior, o sea, los lectores. En este artículo hablaremos de cómo se manifiesta uno de los peores enemigos del escritor: el egocentrismo. El derecho a publicar Esta es una idea que siempre ha estado presente en la cabeza de los escritores que no tenían suerte a la hora de conseguir el ansiado sueño de publicar. Y en parte no es falsa: todo el mundo tiene derecho a publicar un libro, o mejor dicho, a intentar publicar un libro. Porque con esto ocurre como con el derecho a una vivienda digna: que tengamos el derecho a ello no significa que nos la deban pagar. Porque esto es un tema de dinero, no lo dudéis: una editorial no es una ONG, es un negocio, y busca beneficios a través de una inversión. Son las editoriales las que tienen derecho a rechazar un manuscrito si consideran que no es rentable, porque son estas empresas las que arriesgan su dinero. Ahora, con el auge de la autopublicación en Amazon, esta creencia propia del egocentrismo, que nos lleva a decir «tengo derecho a publicar», ha cobrado tintes más melodramáticos. Varias cartas de rechazo y nos vamos corriendo a las redes sociales a decir lo malas que son las editoriales, que si no saben reconocer nuestro talento, que si sólo publican a autores famosos (falso, todos los escritores conocidos empezaron siendo desconocidos), que si sólo les importa el dinero… Atacamos a las editoriales cuando rechazan nuestras obras, y nos tomamos esa negativa como si de un atentado a los derechos más básicos se tratara. Y mientras nos ponemos de morros, se nos olvida que quizás, sólo quizás, ese manuscrito al que se le han cerrado las puertas quizás tiene una temática poco comercial. O, llamadme loco, es posible que no sea tan bueno como creías. «Los lectores no saben apreciar la buena literatura» La de veces que he escuchado o leído esta tajante afirmación por parte de un escritor al que las ventas no acompañan. Es puro egocentrismo, porque cuando el autor de estas palabras habla de «buena literatura» se está refiriendo a «su buena literatura», faltaría más. El mercado literario está lleno de mojones infumables, porque todos tus compañeros son más malos que un dolor y venden porque los lectores carecen de exigencia alguna. O directamente son tontos. Porque claro, tú que escribes como los ángeles, tan bien que hasta Cervantes hincaría la rodilla a tus pies, no sacas ni para compensar el adelanto. Así que tiene que ser cosa de los demás. Luego te vas a una librería y entre los más vendidos están siempre los mismos. Y en las ferias del libro las colas son las de esos autorcillos que no valen medio euro pero tienen un montón de fans. Ni te planteas que esos escritores han logrado algo que tú no has sido capaz: conectar con el lector. Quizás su literatura no sea la mejor del mundo, tal vez esos lectores no tengan la capacidad para enfrentarse al Ulises de James Joyce, pero es que escribir no va solo de engrandecer el arte literario (que también). No, va de algo tan sencillo como emocionar al lector y lograr que disfrute de tu libro. Y si los demás lo logran y tú no, desde luego no es culpa de los lectores, sino tuya. O quizás de tu editorial, si no hace bien los deberes de promoción. No saber hablar de otra cosa que no sea tu obra Otro clásico del egocentrismo literario. Es cierto que este es muy comprensible y en algunos casos inevitable, sobre todo cuando hablamos de autores autopublicados. Sin una editorial detrás que te apoye en el aspecto promocional, no te queda más remedio que hacer tú ese trabajo, lo cual te llevará a estar bombardeando constantemente a tus seguidores en las redes sociales. Pero hay que intentar buscar un equilibrio sea como sea. Si te pasas todo el día colgando la portada de tu libro, y reseñas, y entrevistas, y extractos… Al final la gente se cansa de semejante aluvión de posts promocionales, te lo aseguro. Tampoco es bueno publicar el minuto a minuto del proceso creativo. Esto es algo que está muy de moda, pero que tiene varios inconvenientes. Además de que estás saturando al posible lector, y dando una imagen de que sólo sabes hablar de un tema, también te cargas un poco la magia que hay detrás de la creación de una novela. Quizás el público tenga curiosidad por cómo se escribe un libro, por lo cual este tipo de posts son interesantes, pero si te pasas de frenada lo acabarás cansando. Habla de otras cosas, muestra un poquito a la persona que hay detrás del escritor, tus inquietudes o aficiones. Que vean que tu vida no es solo escribir. Eso ayudará a que empaticen contigo, y quizás incluso ganes lectores porque les caigas bien. Eso sí, evita hablar de política y fútbol. Conclusiones Eres escritor, y eso es algo maravilloso, no lo dudes. Que nadie intente hacerte creer lo contrario. Y sí, eres especial por ello. Pero no tan especial. Como tú hay muchos otros autores, muchos de ellos con un talento excelente e incluso superior al tuyo. Por tanto es importante que te tomes este oficio, si decides ir a por la meta de la profesionalización, con humildad, y que intentes evitar el egocentrismo. Ten por seguro que lo disfrutarás mucho más.
Colón descubrió América… o tal vez no
El estudio de la historia del ser humano es una ciencia y, como ocurre en todas las disciplinas científicas, los conocimientos que vamos descubriendo obligan a una constante revisión de nuestro pasado (¡por eso es tan difícil escribir novela histórica!). Del mismo modo que la Tierra dejó de ser el centro del universo, también diversas «verdades» históricas han quedado obsoletas. Y algunas son cuestiones muy peliagudas, pues tienen un fuerte componente de identidad para las personas. Todos hemos crecido con la idea de que Cristóbal Colón descubrió América, hemos formado la concepción de nuestro pasado en torno a eso, así que cualquier teoría e incluso cualquier certeza que ponga en duda un fundamento tan asentado nos resulta chocante. Pero a veces hay que ser abierto para descubrir la auténtica «verdad». Y hoy os hablaré precisamente del caso que os he mencionado: ¿Fue Colón el primero en llegar a América? Antes de Cristóbal Colón Vamos a partir de un concepto muy importante: el continente americano ya estaba habitado desde hacía miles de años antes de la llegada de nuestro intrépido genovés (o de donde fuera, que ya sabéis que hay debate con el tema). Esto parece de perogrullo, pero a veces se nos olvida que algunos de los seres humanos que ocuparon Asia llegaron hasta América desde Siberia, atravesando el estrecho de Bering, posiblemente congelado en aquel entonces, para alcanzar la actual Alaska. Desde allí se extendieron hasta dar lugar a los pueblos nativos que luego, muchos años más tarde, se encontrarían los colonos europeos. Para cuando Cristóbal Colón llegó al continente americano, las culturas y sociedades de aquella tierra estaban más que desarrolladas. Pero siempre creímos que fue el primero en pisar América… ¿O tal vez no? En realidad la posibilidad de que otros hubiesen llegado antes no es algo nuevo. Existen incluso teorías que hablan de barcos fenicios que llegaron a América, aunque como no está refutada prefiero no tenerla en cuenta. Así que nos iremos un poco más adelante en el tiempo. Entre las sagas islandesas de los vikingos, y que se preservaron gracias a diversos manuscritos medievales, existe una historia muy particular: la Saga Groenlendinga. Narra hechos acaecidos entre el 970 y el 1030, y considerados históricos. Supongo que por el nombre ya habréis intuido de qué va el tema: dicha saga cuenta la colonización que los vikingos hicieron de Groenlandia. Hasta aquí todo bien. Pero es que uno de esos exploradores acabó descubriendo un tesoro mucho mayor, de cuyo valor nunca fue consciente. Estoy hablando del islandés Leif Eriksson y del paraje que llamaría Vinland. Vinland, la tierra de las vides Aquellas tradiciones orales, luego escritas por los monjes medievales, hablaban de una tierra maravillosa en la que no nevaba en invierno y los campos de vides se extendían hasta donde la vista abarcaba. Muy bucólico todo. La primera vez que se menciona, en la obra Descriptio insularum Aquilonis, comenta que «se llama Winland, por la razón de que las vides crecen allí por sí mismas, produciendo el mejor vino». Y es que el vocablo «win», en antiguo alto alemán, significa «vino», al igual que el vocablo nórdico antiguo «vín». Ahora bien, se cree que en realidad no hablaban de las vides de la uva, sino de bayas, con las que los escandinavos también creaban un tipo de vino con el que remojar el gaznate. Tras pasar por Groenlandia, el explorador Lei Eriksson llegó a esta tierra. Quizás su nombre no os suene mucho, pero el de su padre seguro que sí: Erik el Rojo. Fue este quien fundó el primer asentamiento en Groenlandia. Unos años después, en torno al año 1000, su hijo Leif se enteró de las andanzas de un comerciante y explorador nórdico llamado Bjarni Herjólfsson, el cuál aseguraba que había descubierto una nueva tierra al oeste de Groenlandia, aunque nunca llegó a alcanzarla. Animado por emular a su padre, Leif se embarcó hacia occidente hasta encontrar lo que buscaba, la preciada isla de Vinland. ¿Cristobal Colón descubrió América o no? De este modo, Vinland podría considerarse el primer asentamiento europeo en América, casi quinientos años antes de la llegada de Colón. Algo que podría haber quedado como parte de un mito si no fuera porque la arqueología acudió al rescate una vez más: en 1960, los arqueólogos noruegos Anne Stine Ingstad y su esposo Helge encontraron un asentamiento de origen europeo en la isla canadiense de Terranova, en L’Anse aux Meadows. Una vez desenterrados los restos, se encontraron con un pequeño poblado de ocho edificios, de arquitectura innegablemente vikinga, y que dataron en el año 1000. De este modo, Vinland se hizo realidad. Y ahora viene la pregunta: ¿Es por tanto Eriksson el auténtico descubridor de América? Sí pero no. Es obvio que Leif encontró un paraje antes desconocido para los europeos, aunque en realidad no fue el primero en llegar. Como hemos dicho al principio, otros seres humanos habían alcanzado América miles de años antes. Además, para hablar de «descubrimiento», Leif habría tenido que ser consciente de que estaba en un «nuevo» continente, así como darlo a conocer y promover su colonización, algo que no ocurrió, pues Vinland quedó despoblada no mucho después. Es por ese motivo que los historiadores siguen considerando que Colón descubrió América. ¿Y vosotros qué opináis? ¡Dejádmelo en los comentarios!
El amor en la literatura: como utilizarlo
No sé vosotros, pero a mí me cuesta mucho entender una novela sin la presencia del amor romántico. Al fin y al cabo, estamos hablando del sentimiento que mueve el mundo. ¿Se puede construir una historia de corte literario sin mencionar el amor? Pues sí, es posible, pero también poco realista y, con sinceridad, no muy apetecible. Estamos ante uno de los recursos que más drama aporta. ¡Qué grandes historias han nacido al amparo de esta emoción! El amor en la literatura es importantísimo. Sin él no tendríamos Romeo y Julieta, ni el amor no correspondido de Aragorn hacia Eowyn, o nos habríamos perdido el tormentoso romance entre Catherine y Heathcliff en Cumbres Borrascosas. Pero el amor tiene ciertas reglas no escritas que hay que tener en cuenta si queremos desarrollar una buena historia. El amor según el tipo de personajes Aunque el amor es un sentimiento universal, no todo el mundo lo concibe igual. Y esto es algo que cobra una dimensión superlativa cuando hablamos del uso del amor en la literatura. Depende mucho de la construcción del personaje, tanto física como psicológica o social. Vamos a poner un ejemplo muy conocido. En Madame Bovary, de Gustave Flaubert, la protagonista vive un matrimonio aburrido y que desde luego no la satisface en modo alguno. Su situación de insatisfacción permanente, de constante deseo por romper los barrotes de la alta sociedad, le lleva a buscar la libertad a través de diversas relaciones adúlteras, que no son más que un pretexto para buscar el amor idealizado. Por tanto, el modo en que el personaje percibe ese sentimiento depende del desarrollo personal de la protagonista. Otro ejemplo perfecto del buen uso del amor en la literatura, y que no se entendería igual con otros personajes, lo podemos encontrar en el clásico Desayuno en Tiffany’s. En esta obra maestra, cuya adaptación a la gran pantalla no le iba a la zaga a pesar de las variaciones, asistimos al «no amor» entre el narrador protagonista, Fred (un trasunto del propio Truman Capote), y la muchacha de sus desvelos, Holly Golightly. El desarrollo de Holly es una auténtica lección de cómo ir desgranando poco a poco la personalidad de un personaje, y cómo eso afecta a la relación entre ambos. La aparente despreocupación de Holly, que esconde mucho más de lo que parece, condiciona la obsesión que el escritor protagonista acaba desarrollando hacia ella. El amor según el contexto El tapiz en el que vamos a desarrollar nuestra historia de amor también es un condicionante que puede resultar, en algunos casos, más importante que los propios personajes. De hecho, en ocasiones es lo que mueve la historia de amor. Abundan los romances basados en las diferencias sociales entre los amantes, como los amoríos entre un esclavo y la hija del dueño de una plantación en la América esclavista; o entre un católico republicano y una protestante unionista en la Irlanda del Norte en la Belfast de los años 70; o esa pareja que no puede estar junta porque sus familias están mortalmente enfrentadas (sí, ya sabéis de cuál hablo). También podemos encontrar un desafío a las costumbres de las épocas, algo clave en las novelas históricas. Entre estos tendríamos a esas personas que no pueden amarse debido a las reglas sociales. Sería el caso de una muchacha de la antigua Roma que se enamora de un chico distinto a aquel con el que su padre quiere emparejarla. Un caso habitual, ya que por desgracia las sociedades antiguas solían arrebatar a las mujeres la posibilidad de elección. Y vaya si eso ha creado conflictos narrativos en la literatura. Es importante en este caso no caer en el presentismo y dejar muy claro que estos comportamientos liberales son una excepción a una regla, y no normalizarlo. Justo como hago yo con el personaje de Wallada en mi novela La predicción del astrólogo. El amor según el lector target Por último tenemos un aspecto que muchos autores primerizos no cuidan. Sí, ya sé lo que suele decirse: que el primer lector en el que el escritor tiene que pensar es en sí mismo. Si no escribimos nuestras historias para que nos gusten, seguro que tampoco convencemos a otros lectores. Pero aún así hay que pensar también en nuestro público, al que en el mundo del marketing se conoce como target. En lo que a lo que estamos tratando en este artículo, nos referiríamos a tratar las relaciones amorosas de nuestras historias de acuerdo al público al que pretendemos llegar. Y esto es muy sencillo de entender con un ejemplo. Estaréis de acuerdo que no se puede construir igual la historia de amor entre Francesca y Robert, los protagonistas de Los puentes de Madison, que la relación que comparten Bella y Edward en Crepúsculo. La primera es una obra con un público más adulto y maduro, cuya experiencia vital del amor es muy distinta a la que tienen los lectores de la famosa saga de vampiros. Aunque las emociones y sentimientos sean similares en lo básico, la recreación tiene que ser distinta por fuerza tanto por la situación personal de los personajes (como decíamos en el primer punto) como por el público al que va dirigido. Conclusiones Como veis, y esto no os lo dirán en muchos talleres para aprender a escribir, hasta algo tan común como las situaciones amorosas de nuestros personajes tiene matices que deben ser cuidados lo máximo posible. Porque aunque el amor es un sentimiento muy simple en el fondo, el amor en la literatura no lo es tanto, si queremos que resulte creíble y atractivo para el lector.
Viriato, el rebelde lusitano
Hace unas semanas hablábamos de María Pita, la defensora de A Coruña, uno de esos símbolos de la resistencia combativa que han quedado en la historia popular. Pero si existe alguien que represente la oposición militar a una fuerza mayor e invasora es sin duda alguna el personaje del que vamos a hablar hoy. Su fama es tal que ha quedado inmortalizado hasta el día de hoy, y no han pasado pocos años precisamente. Me refiero al gran Viriato, el rebelde lusitano que puso en jaque a la todopoderosa Roma. Orígenes Qué personaje el tal Viriato, ¿verdad? Bien que merecería una película, algo mejor que aquella serie que se hizo hace unos años, de cuyo nombre no quiero acordarme. Es cierto que tendríamos algunos problemas para encontrar información de sus primeros años, pues apenas conocemos nada de sus orígenes. Los historiadores no saben en qué lugar nació ni la fecha, aunque debió ser en torno al 180 a.C. Algunos especialistas mencionan Beturia, entre el Guadalquivir y el Guadiana; otros incluso aseguran, no sin cierto atrevimiento, que era un íbero de la actual Valencia. Aunque la tradición portuguesa asegura que Viriato llegó al mundo en algún punto de la Sierra de la Estrella, en la zona occidental del sistema Central. Del mismo modo, tampoco queda claro a qué pueblo pertenecía. Siempre se ha hablado de que era lusitano de origen, pero algunos autores hacen un apunte muy interesante: la expresión «lusitano» podía englobar en aquel momento a otros pueblos, como los célticos. Un poco a modo de lo que ocurría con los íberos, que en realidad eran un compendio de un montón de clanes distintos, como los edetanos, los contestanos, los bastetanos… Hay que tener en cuenta que en aquella época las terminologías provenían del mundo «civilizado» griego y latino, que tendían a simplificar a todos aquellos que no pertenecieran a su sociedad. Viriato, el pastor que se convirtió en líder rebelde Según dejó escrito el cronista clásico Tito Livio, nuestro intrépido Viriato comenzó sus días siendo un sencillo pastor. Se cumpliría así el tópico del héroe que sólo quiere vivir en paz, pero las circunstancias le obligan a tomar las armas para enfrentarse al invasor romano. Muy novelístico, qué duda cabe, y por eso nos fascina tanto. Sin embargo, el alejandrino Apiano da otra versión: Viriato fue un guerrero con todas las de la ley, el dux del ejército lusitano, un jefe elegido que rompió la tradición de ser elegido por sucesión hereditaria, como era habitual, y que se alzó entre los suyos por tener unas virtudes muy apreciadas: dotes de mando, atrevimiento a la hora de luchar y, lo más importante supongo, ser justo en el reparto de los botines. Su enfrentamiento con Roma se emplazaría en la prolongada conquista de Hispania (doscientos años, ni más ni menos), concretamente en una de las etapas más decisiva: las guerras lusitanas. Todo empezó más o menos en el 194 a.C., cuando tropas romanas penetran en territorio lusitano por primera vez. Os haré una versión resumida, porque esto da para novela: los enfrentamientos entre lusitanos y romanos se sucedieron uno tras otro durante aquellos primeros años, y estuvieron dándose espadazos y rompiendo acuerdos de paz durante décadas. Al menos hasta que llegó un hombre que iba a cambiarlo todo, y no se llamaba Viriato. Era el pretor Servio Sulpicio Galba. Viriato contra Galba La historia pinta a Galba como uno de esos personajes malos de verdad. Vamos, que sería ese villano al que acabas odiando con todas tus fuerzas y gritas de satisfacción cuando el héroe lo derrota. Aunque ya sabéis que la historia no es como un cómic o una película. A Galba no se le ocurrió otra manera de lidiar con los lusitanos que ofrecerles un pacto de paz, prometiéndoles un buen reparto de tierras. Los reunió a todos en grupos diversos, para llevar a cabo dicho reparto… y entonces masacró a buena parte de los incautos lusitanos. Las crónicas hablan de casi diez mil asesinados y otros veinte mil que fueron enviados como prisioneros a la Galia. Sólo unos pocos escaparon de dicha suerte, unos mil, entre los cuáles estaría Viriato. Ante semejante traición, al bueno de Viriato se le hinchó salva sea la parte y decidió que hasta ahí llegaban las tonterías. Reunió a los lusitanos supervivientes y cuantos pudo reunir para hacer una incursión en la Turdetania y empezar a causar daño a las tropas romanas con las que iba encontrándose. Se fue llevando una victoria tras otra a lo largo de los años (con alguna retirada de vez en cuando), recorriendo media península y engrandeciendo su leyenda poco a poco. Incluso se atrevió a atacar Segobriga, ciudad aliada de Roma, aunque la mayoría de los enfrentamientos que Viriato planteaba eran razzias y combate de guerra de guerrillas. La asfixia a la que sometió a Roma hizo que en el 140 a.C. obligara a Quinto Fabio Máximo Serviliano a firmar un acuerdo de paz, en el que se le entregó el título de «amigo del pueblo romano». El final de Viriato: puro Juego de Tronos Pero esa paz no estuvo bien vista por otros generales romanos, que se deshicieron de Serviliano y pusieron a su hermano, Quinto Servilio Cepión, que relanzó la guerra. Las cosas se complicaron cada vez más para Viriato, quien tuvo que aceptar una nueva negociación de paz, para la cual Roma envió a tres turdetanos como embajadores: Audax, Ditalco y Minuro. Cepión les prometió el oro y el moro, pero no por conseguir un buen acuerdo, sino por algo bastante más escabroso: matar a Viriato. Era el 139 a.C., tras reunirse con Cepión, Viriato se fue a dormir como cualquier hijo de vecino. Los tres turdetanos aprovecharon para colarse en su tienda y acuchillarlo en el cuello, ya que el jefe lusitano tenía el buen tino de dormir con el peto puesto. Una vez cumplido el encargo, el trío se fue al campamento romano a pedir que se les pagara lo acordado.
Los pecados del autor novel 5
Los autores somos seres humanos. Un poco raros, pero humanos (bueno, muy raros). Y, al igual que el resto de personas, tenemos cierta tendencia a coger costumbres que no siempre son las más adecuadas. También a empecinarnos en no cambiarlas, aunque otros compañeros nos recomienden hacerlo si queremos progresar como escritores. De eso vamos a hablar un poco hoy, en un nuevo artículo de la serie sobre los pecados del autor novel. Y llevamos cinco. Repetir estrategias Este es uno de los pecados del autor novel más comprensibles, y cuya solución en realidad es muy sencilla: mucha lectura (como veíamos en la anterior entrega), mucha escritura… y mucha paciencia. Cuando empezamos a escribir, nuestros recursos son muy limitados, y es a lo largo de nuestra carrera que van creciendo y mejorando. Por eso siempre decimos que escribir es una carrera de fondo, no de velocidad. Y ojo, porque no me refiero tanto al vocabulario que manejamos, que también, sino a la construcción de las expresiones y los recursos literarios que utilizamos en nuestras obras. Entre mis alumnos en mis cursos de narrativa es muy habitual ver que muchos de ellos utilizan una y otra vez las mismas estructuras gramaticales para contar lo que tienen en la cabeza. Por ejemplo, cuando anochece: «La noche cayó y la oscuridad lo envolvió todo.» La frase en sí no está mal. El problema viene si cada vez que se hace de noche en la novela utilizamos la misma expresión porque es la primera que nos viene a la mente. Por no hablar de que es muy manida y poco original. Esto señala con claridad que la capacidad creativa del autor es más bien escasa. Seguro que si le dais un par de vueltas se os ocurre alguna manera más elaborada de expresar lo mismo (dejádmela en los comentarios). Porque de este modo le estamos diciendo al lector que no tenemos más alternativas para expresarnos. Pero no os creáis que eso es cosa sólo de autores desconocidos. Lo vemos en obras publicadas y exitosas. En 50 sombras de Grey, la protagonista se pasa toda la novela mordiéndose el labio, poniendo los ojos en blanco y mencionando a «la diosa que llevo dentro». Explicar demasiado Este es un clásico entre los clásicos, y sin duda estaría en el Top 5 de los pecados del autor novel más comunes. En las primeras novelas que solemos escribir hay un temor del que a veces ni siquiera somos conscientes: el miedo a no plasmar a la perfección lo que intentamos narrar. Nos obsesionamos con que el lector tiene que ver lo que narramos como si se tratara de la escena de una película, y por tanto tratamos de explicarlo todo. Esto se ve mucho en la descripción de paisajes, en especial en los escritores que admiramos a autores muy acostumbrados a describir. Todos los que idolatramos a Tolkien hemos cometido ese error en algún momento. Y ya ni hablar de cuando relatamos cómo es nuestro protagonista. Nos vemos en la necesidad de detallar hasta el rasgo más superfluo. ¡El lector tiene que imaginárselo igual que nosotros! Lo cual es un grandísimo error, porque se carga la esencia de la literatura: que cada uno tenga su propia imagen de los personajes o de un escenario. Lo único que le podemos reprochar a las adaptaciones de El Señor de los Anillos en el cine es que nos hayan privado de eso. Antes de que Viggo Mortensen encarnara a Aragorn, cada uno de nosotros teníamos nuestra propia visión del personaje. Era única, era nuestro Aragorn. O nuestro Rivendel, o nuestro Gondor. Así que no le hurtemos al lector lo mejor que tiene la literatura: la capacidad de fomentar nuestra imaginación. Pero no sólo ocurre con las descripciones. Tenemos tendencia también a contar cada acción de nuestros personajes, hasta las más anodinas: «Abrió la mano y abrazó la empuñadura de la espada, cerrando luego los dedos para aferrarla.» ¿Es necesario describir con tanta exactitud un movimiento como ese, que todo el mundo tiene claro? Es obvio que para coger una espada tienes que abrir la mano antes, y cogerla de la empuñadura, y cerrar los dedos si quieres aferrarla. Algunas veces estará bien ser detallista, para dar ambientación, pero hay que saber controlarlo. Una buena manera de evitar estas tendencias a ser demasiado explicativos es practicar el relato. La falta de espacio que disponemos en textos cortos nos obliga a condensar, a ser más escuetos, y eso lo agradeceremos cuando escribamos novelas largas. No querer recortar texto superfluo Nuestro siguiente pecado del autor novel está conectado con lo que acabamos de tratar. Mientras aprendemos a dejar de explicar las cosas de una manera tan detallada, la solución de ese problema la tendríamos durante el proceso de revisión y corrección. Es en ese punto donde debemos detectar todas esas explicaciones innecesarias y retirarlas. O lo que es lo mismo: tenemos que quitar la paja. Todo aquello que no sea necesario y no aporte nada relevante, bien sea en cuanto al avance de las tramas, al desarrollo de los personajes o a la ambientación, debería ser eliminado sin piedad alguna. Y cuando digo sin piedad alguna es literal. ¿Esa frase tan maravillosa, tan hermosa de la que el mismísimo Calderón de la Barca estaría orgulloso? Fuera. No nos aporta nada, sólo es palabrería superflua, que entorpece e incluso perjudica a la historia: frena el ritmo, o no cuadra con el estilo del resto del texto, o no viene a cuento con lo que se está contando en ese momento. Sí, sé que no te va a gustar. Y estoy seguro de que cuando un corrector te la señale, te cerrarás en banda a la posibilidad de quitarla. Pero también te prometo una cosa: cuando pasen varios meses tras terminar la novela, y vuelvas a leer esa frase, tú mismo dirás «cuánta razón tenía Teo».
Las casas romanas
Cuando escribimos novela histórica, la recreación del entorno es si cabe más importante que en cualquier otro género. Es importante mostrar, que no explicar, cómo son los escenarios en los que se mueven los personajes. La intención es doble: por un lado crear una ambientación que nos haga meternos de lleno en la época en la que transcurre la historia; pero también conseguir que el lector visualice un espacio que con toda probabilidad no le es conocido. Esto se da sobre todo cuando hablamos de construcciones que hoy en día ya no se utilizan. ¿Y qué escenario más importante para los personajes que las viviendas donde moran? Hoy hablaremos precisamente de cómo eran las casas romanas que aparecen en nuestras novelas favoritas sobre la antigua Roma. Las villae, las casas romanas de campo Lo primero que hay que tener en cuenta, por supuesto, es que la civilización de la antigua Roma se extendió durante muchos años, así que sus viviendas también evolucionaron a lo largo de todo ese tiempo, y mucho. Nada que ver entre las primeras cabañas redondas con tejado de paja de los latinos prerromanos y las famosas domus que se construirían más adelante. Aquellas viviendas primitivas, propias del primer asentamiento de Roma, sólo se mantuvieron en la mitología, como la tugurium Romuli, la cabaña donde moró el fundador de Roma, Rómulo. No se diferenciaban mucho de las que podríamos encontrar en otros pueblos antiguos, como los celtas. Y es que además tampoco todas las casas romanas de una misma época eran iguales. Al igual que ocurre hoy en día, a mayor prominencia de una familia, más lujosa y grande era su vivienda. El término domus, de hecho, hace referencia a las casas de aquellos con mayor poderío económico, aunque la utilicemos para generalizar. Muchas de estas casas romanas podían llegar a convertirse en auténticos palacios urbanos. Por si fuera poco, estas grandes familias tenían otras segundas e incluso terceras residencias, fuera de la ciudad, las conocidas como villae. Es lo que hoy conoceríamos como casa de campo, y es donde los romanos de buena familia se reunían con los amigotes para hacer la barbacoa de los domingos. Vale, esto último no era así exactamente, pero lo cierto es que las villae son los antecesores directos de los caseríos rurales, donde el paterfamilias (el cabeza de familia) explotaba la tierra para hacer un dinerito extra. 13 Rue del Percebe nació en Roma ¿Y donde vivían todos esos romanos que quedaban fuera de la clase alta? La gran mayoría tenían que conformarse con viviendas mucho, mucho más modestas. Seguro que si sois lectores habituales de las novelas de romanos os sonará el nombre de los edificios donde vivían: las insulae. De hecho, son parte fundamental de mi novela Muerte y cenizas, así que ya sabéis un poco de qué estoy hablando: me refiero a esos bloques de edificios donde se apiñaban un montón de residentes, como sardinas en lata. O como lo hacemos hoy en día en nuestras ciudades. ¿Veis por qué decimos que tenemos tanto en común con la gente que vivió en época romana? Esos edificios eran ocupados por los miembros de la clase media y baja de la sociedad (los pobres ni eso), generalmente en régimen de alquiler, y el mantenimiento dejaba bastante que desear en la mayoría de ocasiones. La similitud con nuestros bloques de apartamentos actuales es innegable, ¿verdad? Se construían con ladrillos y argamasa, y los había de varios tipos: en uno de ellos, la planta baja del edificio tenía unas viviendas un poco mejores que las de arriba, con un pequeño jardín. Pero las que más abundaban eran aquellas cuyo bajo estaba ocupado por talleres artesanales o tiendas. Sus trabajadores vivían justo en lo que hoy llamaríamos el entresuelo, por cierto. Así los pobres currantes se pasaban el día entero sin salir de casa, literalmente. Yo no sé vosotros, pero me imagino una versión romana del 13 Rue del Percebe, con todos sus vecinos locos incluidos. Las casas romanas de lujo Mientras tanto, como ya hemos dicho, los privilegiados tenían sus monísimas domus. Bajo la influencia de los etruscos, las cabañas primitivas se convirtieron en casas de planta rectangular, donde una familia numerosa podía convivir con relativa comodidad. Con el paso de los siglos, dichas viviendas, de una sola planta, fueron ganando en complejidad, hasta llegar al tipo de casa romana que reconocemos de películas y novelas. Su disposición giraba en torno a un patio central, el atrium, cerrado y rodeado de pórticos, donde tenía lugar gran parte de la vida familiar. De hecho allí mismo se hacían las ofrendas a los dioses. El atrio es un elemento arquitectónico que se transmitiría en el tiempo, pues lo podemos ver también en iglesias de arquitectura medieval. El atrium romano estaba bastante más tapado, pero tenía en el centro una abertura, el compluvium, que servía para recoger el agua de lluvia. Otras estancias importantes eran el triclinum, donde la familia cenaba reclinados en los klynai, los característicos divanes que nos hemos hartado de ver en el cine. El despacho del dueño de la casa era el tablinum, y los cubicula los dormitorios. No podía faltar la cocina, llamada culina, o los baños, que en ocasiones eran más grandes y hermosos que las termas públicas (https://teopalacios.com/caldarium-antigua-roma/). También, a partir de cierta época, las casas romanas empezaron a tener peristilos, unos patios con jardín rodeados por columnas que, poco a poco, irían desplazando en relevancia a los atrios. Conclusiones Estoy seguro que mientras leíais este artículo habréis pensado, más de una vez, lo reconocibles que son los diversos elementos de las casas romanas. Y tiene todo el sentido del mundo, ya que la antigua Roma es fundamental en nuestra evolución como sociedad. Una vez más queda patente que nuestra civilización actual ha heredado muchas de las características del mundo romano, a todos los niveles. Y en cuanto a arquitectura y disposición de los hogares, seguimos beneficiándonos de lo que las culturas del pasado ingeniaron. Por
Cómo enfrentar las críticas de tu novela
Ha ocurrido al fin y no podías estar más feliz: acabas de publicar tu primera novela. Estás que no cabes en ti de gozo y todo parece maravilloso. Bueno, no todo. Porque en mitad de toda esa felicidad empiezan a surgir otro tipo de emociones: inseguridad sobre la calidad de la novela, miedo escénico a las presentaciones, estrés si por fortuna tienes la posibilidad de contar con una campaña promocional… Pero por encima de todo está el temor, el pavor más bien, a las críticas hacia tu novela. O mejor dicho: a las malas críticas. Hace unos meses os hablé muy por encima de esto, pero hoy quiero profundizar en ello un poco más. Quizás gracias a mis palabras puedas afrontarlo mejor. Las críticas son inevitables Así es, no hay nada que puedas hacer. Quizás antes, cuando tu obra estaba en tu ordenador, y nadie más que tú la había leído, tenías la alternativa de dejarla ahí, a buen recaudo, evitando así el riesgo de destrozarla. Pero claro, también estarías impidiendo que llegara al lector, y por mucho que digamos que escribimos para nosotros, la realidad es que deseamos y necesitamos que nuestras obras alcancen a su destinatario natural, los lectores. Por eso nos esforzamos tanto: nos apuntamos a talleres literarios, cursos de escritura creativa, conferencias sobre narrativa… Creamos historias, y las historias tienen que llegar a otras personas más allá de nosotros mismos. Porque nunca lo olvidemos: escribir forma parte del acto de la comunicación. Y claro, si tus escritos llegan a los demás, es obvio que éstos los van a valorar. La mayoría no lo va a divulgar en modo alguno y se quedarán su opinión para sí mismos. Pero algunos, bastantes, sí lo harán. Bien a través del simple boca a boca, cuando alguien le pregunte qué libro está leyendo, o bien de manera masiva por Internet. Ten en cuenta que vivimos en una sociedad volcada en soltar lo que piensa (vomitar a veces) a través de las redes sociales. Así que mejor hazte la idea de que tu lector no se quedará callado tras leer tu obra. Sea positiva o negativa, la verás expuesta de un modo u otro. Las malas críticas Y como no hay modo de pararlo, esas críticas llegan. En primer lugar lo primero que habría que diferenciar son las críticas y las opiniones. Por definición, las primeras son análisis razonados, basados en argumentos bien ponderados. Buscan apoyarse en elementos objetivos, como el estilo literario, la ortografía y gramática, la originalidad, el desarrollo de personajes… Aunque es imposible evadirse por completo de una cierta percepción subjetiva, en menor o mayor medida, ya que la literatura, como todo arte, no se mide por fórmulas matemáticas o las leyes de la ciencia. Por tanto, no deberíamos venirnos abajo, ni siquiera ante la crítica negativa más sesuda, porque todas son en el fondo subjetivas. Luego tenemos las simples opiniones. Son las más abundantes, lo cual tiene todo el sentido del mundo: al fin y al cabo, la mayoría de lectores no tienen la capacidad (o el interés) para realizar un análisis pormenorizado de las novelas que leen. Lo más habitual es que sencillamente digan que les ha encantado o les ha decepcionado. Rara vez argumentarán más allá, y no tienen por qué hacerlo. Es sólo la descripción de lo que han sentido al leer tu novela, y si no les ha gustado, por mucho que trates de explicarle que tal vez no han captado tal o cual elemento, no les vas a convencer. Y debes respetar su opinión, siempre y cuando no te falten al respeto, por supuesto. O dicho de otro modo: pasa de ellas. Sí, te va a doler cuando alguien diga que tu novela no le gustó nada, y mucho, pero debes aceptar que no puedes agradar a todo el mundo. Cómo superarlo Con las críticas más o menos razonadas sí podemos sacar conclusiones que resulten constructivas. Porque ese es en mi opinión el mejor camino: aprovecharnos de todo esto, mientras lidias con ese dolor que de manera inevitable sentirás. Sí, ya sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero es que no te queda otra. Lo que nunca deberías hacer es montar una cruzada en contra del lector que te ha criticado, hacerte la víctima o justificarte con un «soy un incomprendido». Porque entonces te estarás poniendo a su nivel. No, en vez de eso, analiza esas críticas con la misma objetividad que se supone tienen. Si, en efecto, es una opinión fundamentada, donde el autor razona sus sensaciones, entonces tienes que anotar todos esos defectos y tratar de aprender de ellos. Ahora bien, puede pasar que esas supuestas críticas razonadas no lo sean tanto. O que haya una mala intención detrás, que tengan un carácter destructivo. Quizás tengan razón en sus comentarios, pero utilicen la condescendencia o incluso el insulto para despreciar tu trabajo. Existe gente así de tóxica, como ocurre con todos los oficios: personas que, aun estando capacitados para realizar una crítica argumentada, se comportan con soberbia y no tienen miramientos a la hora de machacar a un autor. En ese caso, tienes que saber reconocer esa malicia y utilizarla como un escudo propio para que no te afecte más allá de lo inevitable. Deja a un lado todo el veneno y trata de aprovechar cualquier argumentación válida que pueda ayudarte a mejorar. Y me dirás: «Sí, Teo, todo eso está muy bien. Pero lo que el cuerpo me pide es acordarme de los antepasados de ese crítico». Me parece un sentimiento muy humano, que comprendo y comparto al cien por cien. Así que hazlo, desahógate si lo necesitas. Pero hazlo en privado, en tu casa. Deja tu frustración lejos del mundo exterior, porque un patinazo en ese sentido podría acabar con tu carrera literaria. Acuérdate, además, de que eres escritor. Siempre puedes inspirarte en ese crítico para hacerlo sufrir un poco en tu próxima novela. 😉
Uruk, la primera ciudad de la historia
«¡Contempla su muralla exterior, cuya cornisa es como el cobre! ¡Mira la muralla interior, que nada iguala! ¡Advierte su umbral, que de antiguo viene! Acércate a Eanna, la morada de Istar, que ni rey ni hombre futuro puede igualar. Levántate y anda por los muros de Uruk.» Estas palabras tan épicas resonaron en el desierto de Mesopotamia, en el actual Irak, cuando la humanidad era joven, muy joven. De este modo describieron los sumerios a nuestra protagonista de este artículo en la obra literaria más antigua que se conoce. Ya hemos hablado de ella en alguna ocasión: el poema de Gilgamesh, fechado en origen dos mil años antes de Cristo. Pues bien, del mismo modo que este relato fue el más antiguo que el ser humano escribió (al menos que tengamos constancia), el escenario en el que se asienta tiene la misma connotación. Hoy hablaremos de el primer asentamiento considerado como una ciudad que el ser humano levantó: la esplendorosa Uruk. El descubrimiento de Uruk Las primeras ruinas de Uruk fueron halladas en 1844 gracias a los esfuerzos de sir William Loftus y su expedición inglesa, a la que siguieron diversas investigaciones que encontraron varias tablillas con escritura cuneiforme (también la primera forma de escritura conocida). Todo esto debió mantener bastante entretenidos a los historiadores, porque no fue hasta 1913 cuando se realizó una primera excavación en profundidad, dirigida por el equipo del alemán Julius Jordan. Gracias al trabajo de unos y otros, los especialistas lograron no sólo sacar a la luz buena parte de la ciudad, sino también establecer la cronología de esta megalópolis de la prehistoria. Y las fechas son abrumadoras. Para ser sinceros, y como suele ocurrir con este tipo de yacimientos, no existió una sola Uruk, sino muchas, ya sus reyes fueron reconstruyéndola una y otra vez a lo largo de los siglos. La fundación de la ciudad se data del 5300 a.C. Dejad de leer un momento y paraos a pensar en lo que esta cifra significa. Estamos hablando aún del período Neolítico. El ser humano todavía utiliza herramientas de piedra pulida, aunque ya ha empezado a coquetear con el cobre. Si tenemos en cuenta que la invención de la rueda suele fecharse entre el 4500 y el 3300 a.C., Uruk sería incluso anterior. Esta urbe tiene bien ganada su condición de ser la cuna de la civilización. Es cierto que, en sus inicios, Uruk fue un poblado como tantos otros. Todo tiene su origen, incluso las ciudades más populosas de la actualidad fueron pequeñas villas en sus inicios. El momento de esplendor tuvo lugar durante el cuarto milenio a.C. En ese punto fue cuando los historiadores aseguran que comenzó el período de Uruk, dividido en período Temprano, Medio y Tardío. Las murallas de Uruk Toda gran ciudad antigua que se precie debe estar protegida por unas colosales murallas. Y creedme cuando os digo que las de Uruk estaban a la altura. Erigidas según el mito por el mismísimo rey Gilgamesh, se construyeron no obstante en uno de los períodos más recientes, entre el 3100 y el 2900 a.C. Y sí, fueron ciclópeas, pues tenían una extensión de nueve kilómetros y se alzaban como montañas. Los más avispados quizás os preguntéis para qué querían unas murallas tan grandes si era la ciudad más poderosa. ¿Qué ejército podría amenazarlos? Bien, pues los historiadores también se lo han preguntado y han llegado a la conclusión de que la intención de Gilgamesh nunca fue crear una fortificación defensiva, sino simbólica. Vamos, que lo que tenían era ese puntito de chulería y deseaban fardar de poderío. El mismo Gilgamesh lo insinúa en su poema, que las murallas habían sido construidas para ser admiradas. Era uno de los orgullos de la ciudad, una especie de escudo bajo cuya sombra ampararse, y que separaba la paz y la prosperidad del interior de Uruk con la barbarie que dominaba el mundo más allá de sus fronteras. Tal y como le ocurrió a Enkidu, el leal amigo de Gilgamesh, un salvaje que pasó de bestia a hombre al traspasar las murallas de Uruk. Evolución y declive Uruk siguió creciendo más allá del período Yemdet Nasr y el período dinástico arcaico. Se cree que tras sus murallas llegaron a vivir ochenta mil almas. Una auténtica locura teniendo en cuenta que la población humana en esos tiempos era de unos míseros cinco millones de habitantes (actualmente somos 7500 millones). Grandes templos (aunque no está claro que su función fuera religiosa), cámaras funerarias monumentales, el gigantesco zigurat, y la proliferación de todo tipo de tablillas escritas, en su mayoría de carácter comercial, lo que nos ha legado un montón de información de cómo era su forma de vida cotidiana. Gracias a estos informes sabemos por ejemplo que su economía se basaba en el truque de cereales y lana, entre otros productos. Hasta que de pronto, Uruk perdió su condición privilegiada cuando el poder político sumerio se trasladó a otra de las ciudades más antiguas, Ur (de ahí que la cronología sumeria se dividiera a partir de entonces por los distintos períodos Ur). La civilización sumeria siguió existiendo con el mismo esplendor, pero cuando los elamitas y los amorreos invadieron la región, la relevancia de Uruk decayó del mismo modo que el resto de ciudades sumerias. Pero Uruk resistió. Resulta increíble que sobreviviera a la mayoría de ciudades sumerias que surgieron después. A trancas y barrancas, gobernada la mayoría de las veces por reyes extranjeros (acadios, asirios, aqueménidas y seléucidas) logró mantenerse poblada hasta los tiempos ya posteriores a Cristo. Se cree que en esos tiempos Uruk, o lo que quedaba de ella, fue despoblada de manera definitiva. Aunque para entonces hacía muchos años que su esplendor era cosa de un pasado ya casi tan remoto como lo es para nosotros en la actualidad.
Los seudónimos en la literatura
Ricardo Eliécer tuvo claro que quería ser poeta desde su más tierna infancia. En su mente bullían versos a todas horas, y nada más impulsaba su ánimo que volcar todo aquello a través de la poesía. Pero había un problema: su padre, un obrero ferroviario, era de esos hombres cuadriculados y conservadores que no sólo no se tomaba en serio las inclinaciones artísticas en general, si no que despreciaba en particular la poesía. «Un artista en la familia, eso jamás», solía decirle al joven Ricardo. Pero el muchacho no podía escapar de lo que sentía en su interior, así que tras varias publicaciones con su nombre real, que encendieron los ánimos del progenitor, decidió con dieciséis años adoptar un seudónimo para evitar sus iras. Y así, ese adolescente se convirtió posiblemente en el mejor poeta que haya existido jamás: Pablo Neruda. Y de eso vamos a hablar hoy, si os parece, de los seudónimos. Seguro que como escritores os habéis planteado alguna vez la necesidad de utilizarlos. ¿Cuáles son las razones para usarlos? En general, siempre por lo mismo: por cuestiones comerciales. Pero hay más donde rascar. Lo veremos en este artículo, utilizando ejemplos que os van a sonar mucho. Seudónimos por discriminación Por desgracia, tradicionalmente la literatura ha sido un gremio donde la condición de género del autor es relevante a la hora de publicar. Quizás algunos creáis que esto es un tanto exagerado, pero los datos y los casos están ahí. Cientos de mujeres han sido obligadas al anonimato, como en el caso de Jane Austen en Sentido y sensibilidad. Aunque al menos ella pudo dejar clara su condición femenina gracias al seudónimo «by a lady» («por una mujer»). El primero de los ejemplos que os pondré es de sobras conocido. Se trata de Joanne Rowling, una escritora británica que creó la saga más famosa de la literatura: Harry Potter. Si hubiese sido por ella, jamás se hubiese llamado J.K.Rowling, pero la editorial que iba a publicar la primera novela del joven mago le «recomendó» que utilizara un seudónimo. ¿El motivo? Temían que los lectores jóvenes fueran reticentes a una novela escrita por una mujer. Lo gracioso fue que muchos años después, ya como autora superventas, decidiera crear otro seudónimo masculino para publicar una saga de novela negra. La acogida de ese nuevo libro fue bastante floja hasta que se desveló quién estaba detrás del apodo. Un caso más clásico es el de las hermanas Brontë, que cambiaron sus nombres de pila (Charlotte, Emily y Anne) por seudónimos masculinos (Currer, Ellis y Acton Bell). Y todo porque el poeta Robert Southey, a quien le enviaron su obra, les respondió tal que así: «La literatura no puede ser asunto de la vida de una mujer». Pero no creáis que esto ocurre sólo en una dirección. Aunque la gran mayoría de las veces se da en detrimento de las autoras, también en ocasiones el perjuicio es hacia los hombres. Ocurre casi en exclusiva en el género de literatura romántica, que tradicionalmente suele asociarse a mujeres (algo que, en mi opinión, es un prejuicio por partida doble). Muchos autores varones han tenido que firmar con seudónimos femeninos para poder publicar un libro de corte romántico. Por ejemplo, detrás de Jessica Stirling está en realidad Hugh C. Rae; o el auténtico autor que se esconde en el apodo de Jill Sanderson es Roger Sanderson. Seudónimos por nacionalidad El siguiente motivo para usar sinónimos también sería una discriminación por nacionalidad. Suele verse mucho en el género de la fantasía y la ciencia ficción. Ambos son géneros que suelen funcionar mejor cuando los autores vienen del mundo anglosajón. Y eso a pesar de los magníficos escritores que tenemos aquí. Pero las editoriales prefieren adquirir los derechos de autores extranjeros porque las cuentas no les salen cuando publican a un autor nacional. Es por eso que algunos de nuestros autores se inclinan por utilizar un seudónimo británico o americano, como un autor que ganó un premio Hugo a mejor serie europea de ciencia ficción: Pascual Enguídanos. ¿No te suena? Prueba con George H. White, creador de La saga de los Aznar. ¿Y quién se esconde tras el seudónimo Peter Danger? Pues ni más ni menos que uno de nuestros mejores autores del género, el gran Domingo Santos. Nombres poco atractivos A veces ocurre que nuestros padres nos han puesto unos nombres tan comunes que resultan poco comerciales en un ámbito como la literatura. No nos vamos a engañar: llamarse Paco Fernández no parece ser algo muy glamuroso, sobre todo si quieres dedicarte al género romántico para adolescentes, como le ocurrió al autor que todos conocemos como Blue Jeans (dicho por él mismo). Es curioso, porque algo debe tener el apellido Fernández que no gusta mucho a algunos editores, porque también le ocurrió algo similar a la autora Luisa Fernández, autora de El Círculo del Alba en Planeta, que tuvo que llamarse Luisa Ferro. Como veis, en literatura hay elementos que se escapan del aspecto creativo que también tienen mucha importancia, aunque no nos guste. Al fin y al cabo, el nombre del autor es, junto al título de la obra, lo primero que ve el futuro lector. ¿Debes plantearte utilizar uno de esos sinónimos que te dé más visibilidad? Esa es una pregunta que sólo puedes responder tú. Sea como sea, lo que jamás debemos perder de vista es que lo más importante es el contenido, lo que hay entre las páginas del libro.
La torre de asedio
Como bien sabéis, El Señor de los Anillos es una de mis obras literarias favoritas. Y la adaptación cinematográfica que realizó Peter Jackson es una auténtica maravilla que vuelvo a ver de vez en cuando. El momento más épico es la batalla en los Campos de Pelennor y todo el sitio de Gondor. Es grandioso ver la cabalgada de los Rohirrim, los olifantes gigantescos, o las colosales torres de asalto utilizadas por los orcos para tratar de colarse por encima de las murallas de Gondor. Y precisamente de eso vamos a hablar hoy, de uno de los ingenios más curiosos que ha tenido el ser humano durante la antigüedad: la torre de asedio. Los orígenes de la torre de asedio El germen de la torre de asedio fue la bastida, una estructura que en principio sólo servía como plataforma desde la que disparar flechas y jabalinas hacia los defensores de una fortificación. De este modo se lograba igualar la ventaja que proporcionaba la altura. La estructura era muy sencilla pero ya idéntica a lo que hoy conocemos: una elevada torre sobre una base con ruedas, y tirada por animales de carga. Es de suponer que estos ingenios nacieron al mismo tiempo que las grandes ciudades amuralladas, como respuesta a un sistema defensivo tan colosal como aquel. Y surgió, como casi toda tecnología antigua, en Mesopotamia. Las primeras representaciones las encontramos en diversos relieves del Imperio neoasirio, en torno al siglo IX a.C., donde vemos que estas torres comparten protagonismo con otros artilugios de asedio, como los arietes o las rampas. Su diseño no sufrió en realidad grandes cambios a lo largo de la historia, salvo para reforzar su carácter defensivo. A las primeras torres, confeccionadas con una estructura hecha de madera simple y esparto, y que ardía con tanta facilidad que era fácil echarlas a perder por parte de los defensores, se le añadieron capas de refuerzo para evitar los incendios, incorporándole una piel exterior hecha de cuero humedecido o, más adelante, una cubierta de hierro. Pero desde luego su principal arma fue la pasarela que, una vez estaba lo bastante cerca de la muralla enemiga, caía para permitir el paso de los atacantes. Tal y como vemos en El retorno del rey. La Helépolis, la mayor torre de asedio de la historia Pero quienes llevaron esta máquina de asedio a cotas inimaginables fueron los griegos, como no podía ser de otro modo. Y si hay que señalar a un hombre, este tendría que ser Epímaco de Atenas. Era un ingeniero y arquitecto especializado en construir máquinas de guerra, como por ejemplo un ariete de 60 metros de largo. Aunque hay que destacar que la idea original nació del rey Demetrio I de Macedonia, quién se basó en una torre más pequeña utilizada en Salamina. El caso es que, según historiadores antiguos como Vitruvio y Plutarco, la Helépolis fue la mayor máquina de asedio de su tiempo. Sólo su base medía unos 20 metros de ancho, y se alzaba unos 42 metros de alto. Para haceros una auténtica idea de lo monumentales que son estas medidas es suficiente con tomar como referencia la altura que tenía cada una de las ocho ruedas: tres metros y medio. ¿No resulta abrumador? Su nombre estaba más que justificado, pues Helépolis significa «Tomador de Ciudades». La envergadura de semejante bestia no tiene parangón con nada que se hubiera conocido antes. Podía albergar a doscientos soldados en nueve pisos, y en algunos de estos niveles tenían cabida incluso catapultas y ballestas. Imaginad lo que debieron sentir los defensores de Rodas mientras veían desde sus almenas construir a semejante monstruo. Y el terror que debió inundarlos al verlo, ya completo, acercarse poco a poco a sus muros. Pues su avance era muy lento, ya que las ruedas se accionaban mediante un cabestrante, aunque en la práctica se uso la fuerza de tres mil hombres para darle un poco más de velocidad. Y aún así, ni siquiera con este ingenio se logró conquistar Rodas. Cuentan las crónicas que la Helépolis fue abandonada por Demetrio I y los rodios utilizaron su metal para construir el Coloso. No me parece un mal final después de todo. Durante la Edad Media La utilidad de la torre de asedio se mantuvo durante muchos siglos, hasta llegar a la Edad Media. Tiene sentido, por supuesto, debido a la proliferación de los castillos, así que este ingenio se fue adaptando a las circunstancias de las fortificaciones que debían sitiar. Uno de los episodios más épicos fue el asedio infructuoso de Constantinopla, en el 626, por parte de los ávaros, con ayuda de eslavos y persas sasánidas. El Cronicón Pascual, un relato cristiano del siglo VII, menciona la presencia de estas máquinas durante el sitio: «Y en la sección de la puerta de Polyandrion hasta la puerta de San Romano se preparó para estacionar doce torres de asedio elevadas, que estaban avanzadas casi hasta los trabajos, y los cubrió con escondites.» A pesar de todo, las Murallas de Teodosio resistieron, en gran parte por el mismo factor que decanta las victorias en un asedio: la cantidad de defensores con los que contaban, unos doce mil soldados. El declive de la torre de asedio Las torres de asedio siguió utilizándose durante buena parte de la Edad Media. Los ingleses, por ejemplo, fueron muy aficionados, como por ejemplo en el sitio de Kenilworth en 1266. Y tuvieron su presencia en la caída de Constantinopla, en el 1453. Pero la llegada de la pólvora acabó con su utilidad. En cuanto las fortificaciones empezaron a armarse con cañones, las torres dejaron de tener sentido. Durante un tiempo se intentó crear una evolución de las torres de asedio, pero esta vez equipándolas con baterías de cañones, como ocurrió durante el asedio de Kazan en 1552, donde una de estas torres llegó a albergar diez cañones de gran calibre y otros cincuenta con menor potencia de fuego. Sin embargo, nada de esto fue suficiente para que la utilidad de