Si tuviéramos que destacar una virtud de la literatura por encima de cualquier otra, sin duda alguna me quedaría con la conexión que es capaz de crear entre la historia que cuenta y el lector que la está disfrutando (o padeciendo). Una conexión basada en el impacto que nos causa, y un impacto a su vez que tiene una intencionalidad clara. Cada libro busca remover unos mecanismos emocionales en el lector: hay autores que quieren hacernos reflexionar, otros que buscan denunciar una injusticia, los hay incluso que pretenden que pasemos miedo. Y luego está la literatura de evasión. Esas historias para todos los públicos que hacen que vibremos por su dinamismo, por tener tramas sencillas (que no simplonas ni vulgares) y a la vez apasionantes. Novelas capaces de hacer que un niño quede prendado de la lectura. Que es lo que me pasó a mí cuando leí los libros que hoy quiero compartir con vosotros (como ya os comenté brevemente en este artículo). Hoy os presento mis novelas de aventuras favoritas. El Corsario Negro El nombre de Emilio Salgari está irremediablemente unido al género de las novelas de aventuras. De hecho, es muy complicado decidirse entre las ochenta y cuatro novelas que escribió, y ya ni hablemos de los cientos de cuentos que nos regaló. En cualquier caso, la mayoría de sus obras están centradas en la novela de aventuras (aunque también coqueteó con la ciencia ficción de la época), ambientadas casi siempre en escenarios exóticos. ¿Y qué hay más exótico que los mares caribeños y las historias de piratas? Nadie contribuyó más que él a darle fama a la figura del pirata caballeresco, alejado de esos que matan y saquean y ligado a un código de honor. Y pocos piratas tan conocidos como el protagonista de El Corsario Negro (con la excepción de su «hermano» Sandokán). El intrépido Emilio de Roccanera, señor de Ventimiglia, terror de los mares del Caribe durante finales del siglo XVII bajo el nombre del Corsario Negro, ha jurado vengarse de quienes mataron a sus hermanos, el Corsario Rojo y el Corsario Verde. Pero el destino no se lo pondrá fácil, porque en una de esas acaba por enamorarse de Honorata de Van Guld, una hermosa aristócrata que es en realidad… ¡No os lo voy a contar, por supuesto! Solo os diré que esta novela cumple todos los requisitos de las buenas novelas de aventuras: un ritmo trepidante, divertida y, sobre todo, con mucha, mucha acción. Imposible aburrirse. Quintin Durward Viajamos ahora a la Francia de Luis XI. En esta ocasión estamos ante una de esas novelas de aventuras cuyo trasfondo histórico tiene un poco más de peso que en el caso anterior. De hecho, la intención del autor, Walter Scott (del que volveremos a hablar después), era mostrar los últimos días del feudalismo. El monarca francés representa una nueva visión del mundo, una ruptura con las antiguas costumbres derivadas de las órdenes de caballería. Pero el protagonista de la novela es completamente ficticio. Quintin Durward es un arquero escocés al servicio de Luis XI, el cual le ha encargado que proteja a toda costa a la condesa Isabel de Croye. La noble borgoñesa está desesperada por escapar de un matrimonio que no le conviene, pero hay muchos secretos en torno a ella. Empezando por el propio Durward que, como no podía ser de otro modo, acaba enamorándose de la condesa. La flecha negra Ninguna lista de novelas de aventuras puede estar completa si no contiene al menos una historia de Robert Louis Stevenson. Algunos me echaréis en cara que no haya elegido La isla del tesoro, su novela más famosa, pero recordad que esta es una lista personal. Y aunque las aventuras de Jim Hawkins y Long John Silver son fascinantes, a mí me impacto más La flecha negra. ¿Cómo no va a ser así, con frases como estas?: «Tenía en el cinto cuatro flechas negras por las cuatro penas que he soportado y para los cuatro hombres malvados que nos tiranizan y nos atropellan. … Cada cual tendrá lo que ha merecido: una flecha negra por cada maldad. Y ahora caed de rodillas, rezad. ¡Porque ya estáis muertos, vosotros, bandidos!» La trama de la novela se desarrolla durante la Guerra de las Dos Rosas. En un bando, la Casa de Lancaster; y en la otra, la Casa de York. En medio el trono de Inglaterra y el protagonista: Richard Dick Shelton, quien en medio de este conflicto tiene que superar la muerte de su padre y hacerle justicia. Ivanhoe Antes os comentaba que volveríamos a hablar de Walter Scott, así que lo prometido es deuda. Porque aunque Quintin Durward es una novela maravillosa, mi favorita entre las favoritas, la mejor de todas las novelas de aventuras es, de largo, Ivanhoe. ¿Y por qué me gusta tanto? Porque lo tiene todo. Es la novela de aventuras perfecta. Su protagonista, Wilfredo de Ivanhoe, es carismático; el ideal del caballero cuyo valor no tiene fin a pesar de haber caído en desgracia con su padre. Pero es que los personajes secundarios son tan excepcionales que podrían tener su propia novela: Ricardo Corazón de León, el caballero Brian de Bois-Guilbert, Gurth el porquerizo, el rey Juan sin Tierra, y cómo no, la hermosa Rebecca. Pero es que por si fuera poco también ronda por ahí ni más ni menos que Robin Hood, personaje del folclore inglés medieval que Scott no dudó en utilizar. Clásico entre los clásicos, atemporal así pasen los años, esta obra es el germen del género conocido como «capa y espada». En sus letras encontraremos épica, romanticismo, un contexto histórico muy bien documentado y, por supuesto aventuras. Muchas aventuras. Una obra que debería ser una lectura fija en las escuelas como herramienta para fomentar la lectura. No puedo imaginar que haya un solo niño capaz de resistirse a esta historia. Yo, desde luego, no pude.
La IX Hispana: la legión desaparecida
Si hay una cultura antigua de la que prácticamente lo conocemos todo es sin lugar a dudas Roma. A la información legada por los cronistas clásicos y las apreciaciones de los historiadores contemporáneos tenemos la fortuna de poder añadir los muchos restos arqueológicos que han sobrevivido hasta nuestros días. Conocemos cómo fue su sociedad, el idioma que emplearon, cómo veían la vida y la muerte, la religión y las costumbres que practicaban… Y, sin embargo, aún quedan enigmas que resisten el paso de tiempo. Uno de ellos es el que rodea a la conocida como la IX Hispana, una legión que, de la noche a la mañana, se volatilizó como si se hubiese adentrado en el Triángulo de las Bermudas. ¿Queréis conocer este auténtico expediente X histórico? Los orígenes de la IX Hispana Todos los indicios apuntan a que la IX Hispana fue creada en el primer tercio del siglo I a.C., en la época de las guerras civiles, como la mayoría de las otras legiones. Por lo que se deduce de los testimonios que nos han llegado, es muy posible que en origen fuera una legión más, la IX, fundada por Octavio antes de convertirse en el emperador Augusto. Por lo visto, durante la conquista de las Galias Julio César se llevó a la IX consigo durante los años 58 al 51 a.C., aunque es cierto que no existe documentación al respecto. El primer contacto de la IX con la región que le daría nombre llegaría cuando el emperador Augusto la utilizó en las campañas de sometimiento de las tribus cántabras y astures, allá por el 29 a.C. De aquella época le vino el apelativo con el que pasaría a la historia. Aunque antes había tenido otros epítetos (como la IX Triumphalis o la IX Macedónica), a partir de entonces se la conocería primero como la IX Hispaniensis («acantonada en Hispania») y luego ya la IX Hispana. No está muy claro si la adopción de este nombre vino por su presencia en suelo hispano o porque durante esa estancia la unidad fue reforzada con el reclutamiento de los nativos. La IX Hispana en Britannia Luego de esta etapa, la IX partió hacia la provincia romana de Panonia (que corresponde a las actuales Hungría, Austria y algunos territorios de la antigua Yugoslavia). De ahí directos a la región africana controlada por los romanos, para apoyar a la legión III Augusta durante la rebelión númida, tras lo cual regresó de nuevo a Panonia. Al menos hasta que, en el 42 después de Cristo, el emperador Claudio se encaprichó con un objetivo que, en el futuro, sería una de las razones de la decadencia romana: la conquista de Britannia. El mando de estas operaciones tan ambiciosas recayó en el gobernador de Panonia, Aulo Plautio, así que tenía todo el sentido del mundo que a la hora de organizar un ejército invasor contara con la IX Hispana. No fue la única, por supuesto, pues con nuestros protagonistas también fueron la II Augusta, la XIV Gemina y la XX Valeria Victrix. Y al principio todo fue bien. Al fin y al cabo, ¿qué desafío podía representar una región con un puñado de tribus bárbaras? Si la Galia e Hispania habían caído en manos romanas, todo hacía presagiar que Britannia también sería incapaz de resistir. Pero en torno al 60 d.C. las cosas empezaron a truncarse cuando la reina de un pueblo en principio aliado de los romanos, los icenos, provocó una de las rebeliones más famosas. Aquella mujer se llamaba Boudica. La desaparición de la IX Hispana Al igual que las otras legiones, la IX Hispana sufrió muchas bajas durante los enfrentamientos con los britanos. Más de dos mil efectivos, un varapalo al que los romanos no estaban acostumbrados desde hacía mucho tiempo, y del que tuvieron que reponerse con reclutas llegados de las provincias romanas, por lo que la Hispana fue a partir de entonces un poco menos hispana. A pesar de esto, los romanos lograron pacificar Britania, incluso tras el caos que siguió al baile de emperadores con la muerte de Nerón. Pero Britannia estaba muy lejos de Roma, demasiado. Los sucesivos emperadores prácticamente dejaron a su suerte a la población romana establecida en la isla. En una de esas, más preocupados por el avance de los bárbaros en Germania, el emperador Domiciano reclamó parte de la IX Hispana para luchar contra los catos. Así, a partir del año 107 desaparece cualquier referencia de la Hispana en tierras britanas. Y no solo en la isla. Conclusiones De pronto la legión se desvaneció sin dejar rastro alguno. Para alguien que no conozca el mundo de la Antigua Roma quizás esto no suene muy sorprendente, pero creedme, se trata de una absoluta rareza. Si por algo se caracterizaban los romanos era por su casi obsesivo afán de dejar cualquier decisión burocrática bien documentada. ¿Recordáis «Las 12 pruebas de Asterix y Obelix»? Uno de esos desafíos era ni más ni menos que conseguir un formulario necesario para la siguiente prueba. Pues no se trata de ficción. Aquellos romanos locos lo documentaban todo, así que si la IX Hispana hubiese sido desmantelada es de suponer que habría quedado algún registro. ¿Y qué opinan los historiadores? Hay hipótesis de todos los colores. La más defendida es la tesis de que la IX Hispana fue aniquilada durante los conflictos en el norte de Britannia que darían lugar a la creación del muro de Adriano, en el año 122. Otra opción es que fuera trasladada a los actuales Países Bajos, o quizás a la Baja Germania, donde se han hallado inscripciones similares a otras relacionadas con la IX. Algunos incluso mencionan que la unidad estuvo presente en la II guerra judeo-romana (132 d.C.). Y por último tenemos las teorías más, digamos, fantásticas, que pretenden conectar el final de la IX con el mito artúrico. Fuera cual fuera el destino último de la IX Hispana, esta carencia de información es tanto una frustración para los
Errores tipográficos en tu manuscrito
¡Enhorabuena! Acabas de terminar tu novela, incluso la has corregido para que quede más limpia que una patena. Le has dado un estilo natural, la gramática está perfecta y no hay ni rastro de patinazos ortográficos. Vamos, que no se te ha escapado ni una coma criminal (valió la pena el artículo que te ofrecimos al respecto). El siguiente paso es, además de obvio, el más esperado: toca presentar el manuscrito a una editorial. O tal vez prefieres autopublicarlo. Sea cual sea el camino elegido, aún hay algo que no has tenido en cuenta: su aspecto. Y de ello vamos a hablar hoy, en un artículo con el que pretendo advertirte sobre los conocidos como errores tipográficos. ¿Qué es la tipografía? Antes de hablar de errores tipográficos hay definir qué es la tipografía. En el sentido más estricto de la palabra, la tipografía es la tarea de disponer de manera adecuada el material que queremos ver impreso (ya sea en formato físico o digital, ojo con esto). Seguro que estás pensando en que esto va de qué tipo de letra usas y su tamaño, pero la cosa es un poco más compleja. Porque la tipografía también comprende la colocación de esas letras y, lo que es igual de importante, la distribución de ese texto en el espacio donde pretendemos presentarlo. Nos referimos por tanto a una cuestión de formato. Al igual que utilizamos ciertas normas para que todo texto siga la misma línea a nivel gramatical y ortográfico, con el aspecto de lo que escribimos debemos hacer lo mismo. Y todo esto con una intención fundamental, que es ayudar lo máximo posible a la legibilidad de dicho texto. Si cada uno hiciéramos las cosas a nuestra manera, sin ceñirnos a unas reglas básicas, el lector tendría que enfrentarse a novelas en ocasiones indescifrables. Y eso no es lo que queremos. ¿Por qué es importante no cometer errores tipográficos? Estarás preguntándote por qué deberías preocuparte de algo así. Tú eres el autor, bastante trabajo tienes con crear la historia, así que se apañe la editorial con ese asunto. Al fin y al cabo, para eso están, para corregir y poner guapos nuestros manuscritos de cara a su publicación. De hecho, si eres un autor consagrado, con un elevado número de ventas en cada una de tus novelas, a la editorial le dará igual cómo le envíes el manuscrito. Como si se lo pasas escrito en un rollo de cocina. Pero ese no es tu caso, ¿verdad? O de lo contrario no estarías leyendo este artículo. Lo más probable es que seas un autor novel. Quizás ni siquiera has publicado todavía. Digámoslo así: no estás en una posición de poder, y por tanto tienes que utilizar cualquier herramienta para convencer al editor de que vale la pena invertir su dinero en ti. Recuerda que a una editorial llegan decenas de manuscritos al día. No te exagero, lo sé de primera mano porque también soy lector editorial. Es imposible valorarlos todos en profundidad, así que la primera impresión es fundamental. Si cuando el editor se encuentra con un manuscrito, por ejemplo, con letra tipo Comic Sans (¡el horror absoluto!) y sin el texto justificado, lo primero que pensará es que está ante un autor poco profesional, que no se ha molestado con la presentación de la obra. Por lo tanto, te conviene que tu manuscrito esté perfecto también en el aspecto estético, o de lo contrario el editor ni siquiera pasará de la primera página. Los errores tipográficos más comunes Pero hablemos ya de los errores tipográficos más habituales. Uno de los reyes de este tipo de fallos es sin duda el uso en los diálogos del guión (-), cuando lo correcto es utilizar la raya (—). Este problema deriva de que en nuestros teclados dicho símbolo no corresponde a ninguna tecla. Pero hay maneras sencillas para solucionarlo, basta con teclear en Google «cómo cambiar el guión por la raya» y te aparecen docenas de páginas donde te lo explican, dependiendo de tu procesador de texto. Otro error tipográfico muy frecuente es el uso de los tabuladores y los espacios para sangrar los párrafos, cuando lo adecuado es configurar las sangrías de primera línea desde la configuración del procesador. Hacerlo a lo bestia, a golpe de la tecla de espacio o tabulando, provocará que el maquetador se acuerde de todos tus antepasados. También es bastante habitual colocar una línea en blanco tras cada párrafo dándole dos veces al Enter. Para eso tenemos el salto de párrafo, pero es que además en una novela esta línea en blanco tiene una función de «cambio de escena» (o de narrador, de tiempo, etc…), por lo que no debe utilizarse de manera arbitraria. Lo mismo vale a la hora de iniciar un capítulo nuevo: no podemos ir hasta la página siguiente aporreando la tecla Enter. Lo correcto es hacerlo mediante un salto de página. Pero también puede ocurrir justo lo contrario. Aunque ya no es tan habitual, a veces me he encontrado con manuscritos donde el autor ha desarrollado toda la novela sin cambiar de párrafo. Sí, exacto, en un mismo bloque de texto, salvo al cambiar de capítulo. Imagínate lo pesado que resulta algo así para la vista. La división en párrafos es fundamental para aligerar la lectura y darle pausas al ojo del lector. Tómate en serio los errores tipográficos Puntos en los títulos, comillas inglesas en vez de las angulares; abuso de la negrita, la cursiva o los subrayados; diferentes fuentes de texto; usar mayúsculas cuando un personaje grita; exceso de notas a pie de página… La verdad es que la lista de errores tipográficos daría para toda una serie de artículos. En cualquier caso, el objetivo principal de este artículo es que tomes conciencia de que la presentación formal de un manuscrito es tan importante como su contenido. Grábatelo a fuego: si quieres que te traten como un profesional, compórtate como un profesional.
Schindler: el nazi bueno
El mes pasado iniciamos una nueva serie de artículos históricos en el que comparábamos a personajes reales de la Historia con sus contrapartidas en el cine. Por supuesto, no podíamos empezar con otra película que no fuera «Gladiator» y su gran villano, el emperador Cómodo. Difícil estar a la altura, ¿verdad? Pero no es una tarea imposible, porque si la obra de Ridley Scott es monumental, aquella de la que vamos a hablar hoy no se queda atrás. Pues el personaje que vamos a retratar es el protagonista de la obra maestra de uno de los mejores directores de todos los tiempos, Steven Spielberg. Me refiero, por supuesto, a «La lista de Schindler» y a aquel que le da nombre, Oskar Schindler. Schindler en la película No hay ninguna duda de que estamos ante un personaje cuya vida merecía una película. Película, por cierto, inspirada en una novela, «El arca de Schindler», escrita en 1982 por Thomas Keneally. En la pantalla grande, Schindler fue interpretado por un Liam Neeson al que todavía no le habían secuestrado a ninguna hija ni andaba machacando delincuentes para recuperarla. Su papel en «La lista de Schindler» era de hecho opuesto al del tipo duro: vemos a un hombre que empieza con una alta carga de prepotencia debido a su elevada condición social, pero que rápidamente comprende el horror desatado por el Partido Nazi, su propio partido. Y a partir de ahí tenemos a un individuo comprometido, bondadoso por completo, sin mácula alguna. La pregunta es ¿qué hay de verdad en el personaje de la película? Schindler en la vida real Por fortuna, la respuesta es que hay mucho del auténtico Schindler en el personaje desarrollado por Steven Spielberg. Nació en el todavía Imperio Austro-Húngaro, y a los 27 años se unió al Partido Alemán de los Sudetes, afín a los postulados nazis que ya se proclamaban en aquel 1935. Dicha cercanía ideológica fue tal que Schindler se convirtió en un informante de los nazis en Checoslovaquia. Eso y las deudas que había contraído debido a sus problemas de alcohol, que logró saldar gracias a este trabajo. Vamos, que fue un espía encargado del aparato de inteligencia nazi en su país, algo que en la película no se refleja, y por lo que acabó encarcelado. No estuvo mucho tiempo entre rejas, pues en 1938 Alemania invadía Checoslovaquia y lo liberaba. Agradecido y convencido de las líneas políticas de Hitler y los suyos, Schindler se unió sin dudarlo al Partido Nazi. Sin embargo ya no volvió a ejercer de agente secreto, si no que prefirió aprovechar el apoyo alemán para comprar una fábrica en quiebra. Como dicha empresa, situada en Cracovia, había pertenecido a un consorcio de judíos, la mayoría de trabajadores que contrató fueron de dicha comunidad. Pero si al principio los mantuvo no fue por ningún gesto de bondad, si no porque sencillamente eran mano de obra mucho más barata que el resto de alemanes. Schindler durante la guerra Cuando estalló el Holocausto, Schindler se encontró de pronto en una situación muy delicada. Sus compañeros nazis empezaron a reunir a los judíos para llevárselos a los campos de concentración, lo cuál podía llevar a la ruina a su fábrica: de los 1700 empleados, más de un millar eran judíos. Así que ideó una estrategia para mantener a toda la plantilla: gracias a sus contactos con el Partido Nazi, consiguió un contrato para la fabricación de pertrechos destinados a las tropas alemanas. Pero la jugada maestra fue convertir la fábrica en su propio campo de concentración, al menos de cara a los nazis, en el que él mismo era el director. Aquel movimiento tan brillante, unido a los sobornos a los oficiales nazis que acudían a inspeccionar la fábrica, mantuvo a salvo el negocio y, de paso, a sus empleados judíos. Pero lo que empezó como un movimiento egoísta para mantener su emporio pronto tomó una deriva distinta. La barbarie del exterminio judío escaló de tal manera que, al fin, horrorizó incluso a muchos miembros del Partido Nazi. Schindler fue uno de ellos. Aunque hay voces disidentes que afirman que el empresario actuó por cuestiones egoístas (como la de su esposa, Emily, que además lo acusó de mujeriego e infiel), eso no explicaría por qué en un momento dado empezó a contratar a más trabajadores judíos de los que en realidad necesitaba. Muchos de ellos eran incluso personas con discapacidad o niños. Llegó a un punto en que los sobornos a los oficiales nazis eran tan altos que Schindler tuvo que echar mano de su patrimonio personal. Conclusiones Schindler no se libró de ser encarcelado ante las sospechas de simpatizar con los judíos, pero sus contactos le sirvieron para salir en libertad. Lejos de escarmentar, trasladó la fábrica a Brünnlitz para evitar su clausura ante el avance soviético. Fue entonces cuando escribió la famosa lista que da nombre a la película: mil doscientos nombres, todos sus trabajadores y varios de otra factoría, que lo acompañaron a la nueva ubicación y se salvaron así de ser exterminados. En los últimos meses de la guerra, el empresario tuvo que comprar munición en el mercado negro con la que justificar la utilidad de la fábrica. De este modo, Schindler y sus protegidos resistieron hasta que el Ejército Rojo y los Aliados entraron en Berlín y provocaron al fin la rendición de Alemania. Como podéis comprobar, la historia con la que Spielberg nos emocionó es bastante fiel a la realidad histórica. A pesar de ello, la figura de Schindler también tuvo sombras. Fue un mujeriego reconocido que tuvo diversas amantes, y abandonó a su mujer en 1958, a la que dejó en Argentina casi en la pobreza. Debemos tener en cuenta que nadie es bueno o malo del todo. Pero lo que importa, al final del camino, es hacia qué lado se inclina la balanza.
El gerundio: evítalo a (casi) toda costa
Uno de los motivos por el cual nuestra querida lengua española es tan rica reside en su vasto abanico de posibilidades. Esto se aprecia sobre todo en uno de los elementos más esenciales de nuestro idioma, las formas verbales. No en vano resulta un tremendo reto para los extranjeros aprender la enorme cantidad de conjugaciones que utilizamos los españoles. Pregúntale a un británico que esté aprendiendo español qué es lo que peor lleva. Me apuesto lo que quieras que te responde «las muchas conjugaciones que usáis». En cualquier caso, ya se sabe que a más variedad, más riqueza. Aún así, esto puede complicarnos las cosas incluso a quienes aprendemos el idioma conforme crecemos. Una de las formas verbales que más dolores de cabeza supone para los autores noveles es sin duda alguna el gerundio. ¿Por qué? ¿Y de qué modo podemos superar este escollo? Vamos a verlo. Qué es el gerundio y por qué es un problema Tranquilo, la clase teórica será breve. Quizás ya no recuerdes su definición, pero en la escuela nos enseñaron que el gerundio es una de las formas no personales de cualquier verbo, junto con el infinitivo y el participio. Sin embargo, el gerundio tiene unas particularidades muy concretas, ya que según las circunstancias puede actuar como un verbo, un adverbio y, agárrate, un adjetivo (por ejemplo, cuando decimos «agua hirviendo»). El gerundio es la navaja suiza de las formas verbales, tanto en su forma simple («siendo») como en la compuesta («habiendo sido»), porque como ves puede valernos tanto para un roto como para un descosido. Ahora bien, como te decía antes esto también tiene su lado negativo, porque cuantos más usos tiene una herramienta, con mayor facilidad podemos caer en el pecado de abusar de ella. Y eso es justo lo que nos ocurre cuando somos escritores inexpertos. El gerundio es una forma muy tentadora, un camino fácil que puede convertirse en un vicio si lo usamos demasiado o de modos inadecuados. Además, ni siquiera es de uso obligatorio, pues tenemos alternativas de sobra para evitarlos (recordad la variedad del idioma español). Así que la recomendación suele ser intentar utilizar el menor número posible de gerundios en un texto para evitar caer en repeticiones (al igual que cualquier otra palabra). Eso sí, cuando quieras usarlos debes hacerlo bien. Usos incorrectos de los gerundios Fíjate en esta frase y en su gerundio: «Ha cruzado el país deteniéndose a conocer a su padre.» No sé qué es lo que piensas tú, pero a mí ese «deteniéndose» me descoloca por completo. La simultaneidad es la clave para valorar los gerundios. Debemos comprender que el gerundio hace referencia a una acción que está ocurriendo al mismo tiempo que la acción principal de la que no puede desvincularse, como si ambas estuvieran esposadas. En este caso el acto de detenerse para conocer a su padre no es simultáneo al de cruzar el país, es a posterioridad, por tanto el uso del gerundio sería incorrecto. Piénsalo un poco: el personaje viaja y en un momento dado se detiene (por tanto, deja de viajar) y conoce a su padre DESPUÉS de viajar. No es que esté conociendo a su padre mientras cruza el país. ¿Cómo sería adecuado expresarlo? Tendríamos que quitar el gerundio: «Ha cruzado el país para conocer a su padre.» De este modo queda claro que ambas acciones no son simultáneas. También podemos mantener el gerundio, pero para que fuera correcto tendríamos que reescribir y alterar el significado de la frase: «Ha cruzado el país conociendo a su padre.» En este caso, la oración nos estaría diciendo que cruzó el país MIENTRAS conocía a su padre, por lo que deducimos que viajaba con él. Como podéis comprobar, el significado sería completamente distinto, y de hecho sería más agradable decir: «Ha cruzado el país mientras conocía a su padre.» La posición del gerundio Este error también es muy común. Me refiero a una mala posición del gerundio que puede romper la regla de la simultaneidad con la acción principal. En este caso, el orden de los factores sí altera el resultado. Veamos un ejemplo: «Saltando, alcanzó el risco de piedra.» Como ya hemos indicado, el gerundio siempre tiene que ser una acción simultanea a la principal. En este caso no lo parece debido a que hemos colocado el gerundio delante del verbo. Da la falsa sensación de desconexión temporal entre el verbo «saltar» y «alcanzar», cuando deberían estar ocurriendo al mismo tiempo. ¿Lo correcto?: «Alcanzó el risco de piedra saltando.» Cómo solucionar los problemas con el gerundio A menudo suelo decirte que no hay fórmulas mágicas para aprender a escribir. Bien, pues en el caso de solventar los errores con los gerundios sí la hay: cuando tengas dudas, elimínalos. Así, sin más. Bueno, no tanto, pero casi. El 99% de los gerundios son muy fáciles de sustituir gracias a una simple reescritura de la frase, y como ya hemos visto antes incluso los gerundios correctos suenan peor. Fíjate: «La desvistió con premura, amándola a continuación.» Ese «amándola» es lo primero que se te ocurre para concluir la oración. Y por supuesto es incorrecto por todo lo que hemos comentado antes: no hay simultaneidad entre desvestirla y amarla, no ocurren ambas acciones al mismo tiempo, por tanto no debería utilizarse un gerundio. Para resolverlo es tan sencillo como hacer lo siguiente: «La desvistió con premura y la amó a continuación.» Fácil, ¿verdad? Al quitar el gerundio hemos eliminado cualquier ambigüedad. Ahora está muy claro que ambas acciones no son simultáneas, que primero ocurra una y luego la otra. El lector ya no va a tener ninguna duda. Por supuesto, lo ideal es conocerlos y aprender a utilizarlos bien. Esa debería ser nuestra prioridad. Conclusiones La utilización abusiva de los gerundios es uno de los males habituales cuando empezamos a escribir, así que no te sientas mal si te ocurre. Pero hay que detectarlo y resolverlo durante el proceso de revisión y corrección. Para ello te aconsejo
La cultura del Argar: la primera sociedad occidental
Mucho antes de los reinos de Taifas de La predicción del astrólogo, de la Hispalis romana de Muerte y cenizas, e incluso de los íberos que vimos en el artículo de hace unas semanas, existió en nuestra querida península una civilización cuya importancia estuvo a la altura de todas las que os acabo de mencionar. Una sociedad de la que, al igual que la ibérica, rara vez nos acordamos y que en cambio es un cimiento fundamental a la hora de comprender no sólo el pasado de la tierra que los españoles pisamos hoy en día, si no también de la historia de la civilización occidental. Se la conoce como la cultura del Argar, y fue nuestra particular Troya. Los descubridores de la cultura del Argar La historia comienza en 1869, en una pequeña región de Murcia conocida como La Bastida de Totana. El protagonista: un ingeniero de caminos llamado Rogelio de Inchaurrandieta reconvertido en arqueólogo cuando encontró unos restos que no pertenecían a ninguna cultura antigua conocida. Aquel descubrimiento llamó la atención de dos ingenieros de minas que también se pasaron al bando de los arqueólogos, los hermanos belgas Enrique y Luis Siret. Porque todos estaremos de acuerdo en que hacer de Indiana Jones es mucho más divertido que ser un simple minero. Los Siret se centraron al principio en la zona arqueológica de El Argar y La Gerundia, donde hallaron el premio gordo: un poblado prehistórico de la Edad del Bronce con pruebas de una nueva cultura prehistórica de vital importancia para la comprensión de la evolución social de los seres humanos. A aquella civilización se le dio el nombre del lugar donde fue hallada: la cultura del Argar. Las envergadura de la cultura del Argar Lo primero que llamó la atención a los Siret de la cultura del Argar fue que esta sociedad no tenía conexión directa con los pueblos calcolíticos localizados en fases anteriores, como el de la cultura de Los Millares (de esa hablaremos otro día), situada en el mismo espacio geográfico. La cultura argárica se desarrolló aproximadamente entre el 2300 y el 1600 a.C., por lo que sería contemporánea de, por ejemplo, la cultura minoica que en esos momentos se alzaba en Creta. Pensadlo un poco: mientras que en la otra punta del Mediterráneo nacía el mito del Minotauro y se construía el palacio de Cnosos, aquí estaba creciendo un pueblo que no tenía nada que envidiarle a aquel del que nacerían los mitos griegos. La cultura del Argar se extendió por todo el sureste peninsular, en especial a lo largo del territorio almeriense y murciano, aunque su área de influencia llegaría a alcanzar algunas zonas de Alicante y Ciudad Real. La opinión de los historiadores es que dicha expansión se debería a una de las características principales de esta sociedad. Pues aquel pueblo no estaba compuesto por simples granjeros o pacíficos comerciantes, como los minoicos. En absoluto. Los argáricos fueron guerreros. Un pueblo guerrero Sí, en efecto. La sociedad argárica se caracterizó por estructurarse en torno a un militarismo más que evidente por los ajuares hallados en sus tumbas, donde abundaban las armas. Los arqueólogos e historiadores comprendieron de inmediato que estaban ante una sociedad estructurada en varios niveles que giraban en torno a la menor o mayor posesión de armas: La élite masculina que gobernaba, alabarda y espada en mano. Las mujeres y niños de dicha élite. Guerreros supeditados a la voluntad de sus gobernantes, con armas menos elaboradas (hachas y puñales). La clase libre productora, como campesinos, mineros, ganaderos, artesanos… Siervos y esclavos. Ni qué decir tiene que cuando más arriba en esa sociedad piramidal, más privilegios. Los mejores alimentos estaban reservados para los caudillos y sus familias, de ahí que su esperanza de vida fuera mucho mayor. Privilegios que tenían carácter hereditario. Era además un pueblo patriarcal, donde la mujer estaba ausente de los asuntos importantes, aunque este punto sigue en discusión. Pero la evidencia más incuestionable del belicismo de la cultura del Argar la encontramos en la arquitectura de sus poblados. De sus fortificaciones, más bien. La mayoría de estos monumentales bastiones se construían en zonas de altura y difícil acceso. Los más importantes levantaron fabulosas murallas y torres ciclópeas que habrían sido consideradas dignas de lugares míticos como Troya o Micenas. Sin embargo, casi todas estas aldeas eran pequeñas, lo que indica que en ellas vivían las élites y como mucho las clases intermedias. Tiene todo el sentido que los productores residieran allá donde estaban sus lugares de trabajo. El final de la cultura del Argar La importancia de la cultura del Argar, además de en lo expuesto, se halla en que muchos historiadores consideran que estaríamos ante el primer ejemplo del concepto de «Estado» dentro de la zona de Europa. Los defensores de esta hipótesis, no demostrada en realidad, aseguran que el sistema de control político de las élites argáricas pueden considerarse construcciones políticas con similitudes a las que sí están confirmadas en Oriente Próximo. Sin embargo, el gran misterio de esta sociedad tan fascinante no se halla en sus orígenes, si no en el final. Porque a día de hoy todavía no se sabe con certeza por qué a partir del 1600 a.C. entró en decadencia. Se hundió en menos de cien años, un período de tiempo muy breve cuando hablamos del desarrollo de una sociedad establecida con firmeza. Hay varias hipótesis sobre esta desaparición, pero la más firme es que la intensa explotación agropecuaria causó un mal que hoy en día nos resulta muy familiar: una deforestación del terreno que llevó a un inevitable colapso medioambiental. Sin la base alimentaria y productiva, el resto del sistema se desplomó, y con él toda la cultura argárica. Para tomar nota.
¿Por qué debemos leer los clásicos literarios?
Vivimos en un mundo donde todo parece efímero. Y desde luego la visibilidad de los libros lo es: cualquier novela recién publicada tiene una vida útil en las mesas de novedades de un mes. Después de eso, si no se ha convertido en un superventas, será relegado a la infame estantería de acuerdo a su género, donde quedará perdida entre tantas otras obras y apenas podrá lucir el lomo. Salvo que el aspirante a lector vaya en busca de ese título en concreto, lo más probable que en unas semanas el desangelado libro regrese a los almacenes de la editorial en una humillante caja de devolución. Sin embargo, unas pocas obras se salvan de la quema. Se convierten en bestsellers o al menos se mantienen lo suficiente para perpetuarse como obras de culto. Y de entre todas estas, un puñadito alcanzan la gloria de la vida eterna y se convierten en clásicos literarios. De ellos vamos a hablar en este artículo. ¿Qué entendemos por clásicos literarios? Si buscáis por Internet encontraréis multitud de definiciones para describir a un clásico literario. Algunas tienen incluso nivel poético. Pero yo voy a ser más pragmático e iré a lo evidente: una obra literaria se convierte en un clásico cuando trasciende el contexto en el que surgió (tanto histórico como geográfico y material) y se inmortaliza en el la conciencia popular. No es poca cosa. De hecho, es una meta que muy pocos libros consiguen si tenemos en cuenta la enorme cantidad de literatura que se publica en la actualidad. Y ojo, porque cuando hablo de «trascender» no me refiero simplemente a convertirte en un superventas. Eso ayuda, por supuesto, pero no es esencial. Es más, estoy convencido de que la mayor parte de los libros más vendidos de los últimos años dentro de medio siglo habrán quedado olvidados por completo. Ni Crepúsculo, ni 50 sombras de Grey, ni Juego de tronos. Quizás se salve la saga de Harry Potter, pero no lo tengo nada claro. Cuando hablo de clásicos me refiero a esas obras que, a pesar de los siglos, siempre serán una referencia: El Quijote, 20.000 leguas de viaje submarino, Los tres mosqueteros, La Odisea… Son obras muy antiguas, cierto, aunque también hay algunas más cercanas en el tiempo que entrarían en esa categoría: El Señor de los Anillos, Desayuno en Tiffany’s, Lolita, Cien años de soledad o 1984, por ejemplo. Todas estas obras están instaladas en la cultura popular. Han roto los límites propios de cualquier obra literaria: se han perpetuado en el tiempo, llegando más allá de los lectores de su época; han traspasado su naturaleza, al ser adaptadas a otros medios, como el cine; y lo más importante, han creado nuevas generaciones de escritores. ¿Cuántos autores han nacido gracias a la lectura de El Señor de los Anillos, sin ir más lejos? El género de la fantasía, tal y como lo conocemos hoy en día, se lo debe todo a Tolkien. La figura del vampiro, al Drácula de Bram Stoker. Y algunas de estas obras ni siquiera tuvieron éxito en su día. Lo que los clásicos literarios nos enseñan Podemos aprender tantas cosas de los clásicos… Sin ir más lejos, aquellos más antiguos son una puerta a épocas pasadas. Sin las obras de Homero, el conocimiento de la Grecia Clásica sería mucho menor. Y qué decir del contexto histórico de nuestra España del Siglo de Oro que nos traslada Cervantes en El Quijote, o la Francia previa a la Revolución francesa en Los Miserables. Son máquinas que nos llevan a otros tiempos, tanto o más que cualquier novela histórica creada hoy en día. Además, los clásicos son un magnífico documento para ver la evolución de nuestra literatura, y por tanto para que los escritores aprendamos estilos y estrategias de marcada calidad estilística. Son auténticos manuales de narrativa creativa, por eso yo siempre los recomiendo en mis cursos. La lectura de los clásicos es también indispensable para una buena educación humanística y por supuesto literaria. Leyendo El Quijote podemos comprender cómo éramos los españoles del siglo XVI y advertir que en ciertos aspectos no hemos cambiado tanto. De este modo seremos capaces de aprender de esos errores y aplicarlos a nuestro día a día. La tradición cultural del ser humano reposa, en buena medida, en esos libros clásicos. Cuándo leerlos Sé muy bien que afrontar la lectura de un clásico literario es algo poco atractivo a priori. No nos engañemos: con la cantidad de novelas que surgen cada día, elegir un libro que fue escrito hace cien años da una pereza monumental. Qué demonios, si leemos es para pasarlo bien, para entretenernos, y no parece que eso vaya a pasar leyendo La casa de Bernarda Alba. Los clásicos también pueden resultar intimidantes debido a su condición de joya literaria. En mi opinión, la lectura de los clásicos debe abordarse en los momentos adecuados y teniendo en cuenta las características de cada lector. Siempre me ha parecido absurdo que las lecturas obligatorias de los institutos incluyeran en su día obras como La regenta. ¿Cómo va a interesar un libro así a un adolescente? Es absurdo, ¿verdad? ¿Pero y si le pedimos que lea uno de los volúmenes de Harry Potter? ¿O Drácula? ¿O El hobbit? Si me apuráis, hasta los libros de Sherlock Holmes. Son clásicos más apropiados para ese público, con posibilidades de cautivar a los chavales y que les pique el gusanillo de la lectura. Probablemente de este modo algún día, convertidos ya en apasionados lectores, quieran probar algo más sibarita, como el Ulises de Joyce. Conclusiones Ya lo veis, leer clásicos literarios tiene muchas ventajas. Pero para finalizar os voy a dar la mejor de todas: si se han convertido en obras que traspasan el tiempo es porque su calidad está fuera de toda duda. Solo es cuestión de que encontréis el clásico que esté hecho para vosotros. Y tienes siglos de historias escritas para elegir.
La cultura castreña
Aunque nuestra querida península ibérica empezó a ser protagonista de la Historia con el estallido de la Segunda Guerra Púnica, en el siglo III a.C., para entonces ya contaba con un rico pasado gracias a culturas como la íbera o la argárica. De la primera os hablé en un artículo del mes pasado, y de la sociedad del Argar quizás lo haga próximamente (si os parece buena idea, indicádmelo en los comentarios). Pero hoy quería detenerme en otra sociedad fascinante que se desarrolló en esta bella Galicia donde resido. Me refiero a la cultura castreña. Los orígenes de la cultura castreña Podríamos considerar que la cultura castreña empezó a tener entidad propia desde finales de la Edad del Bronce, pero al igual que la mayoría de sociedades antiguas no surgió de manera espontánea. Es el fruto de una lenta evolución de los habitantes anteriores del noroeste peninsular, los oestrimnios, «el pueblo del extremo occidente», tal y como los llamó Avieno. Pero la clave para que todo cambiara fue la llegada desde el centro de Europa de varias oleadas de inmigrantes célticos, producto de la expansión indoeuropea que se había iniciado muchos siglos antes. Como ha ocurrido desde que el ser humano apareciera en el mundo, la fusión entre ambas culturas produjo una nueva sociedad, con características heredadas de ambas. Los castreños se extendieron una amplia zona que comprendía la actual Galicia, el norte de Portugal y la parte occidental de Asturias. Pero hay que tener en cuenta que por aquel entonces no existía concepción alguna de los límites territoriales. De hecho, existían similitudes culturales muy acusadas entre los castreños y sus pueblos vecinos, los celtíberos. Sin ir más lejos, estos últimos también levantaron las fabulosas construcciones típicas de los castreños: los castros. ¿Por qué se llama «cultura castreña»? La cultura castreña debe su nombre precisamente a esta edificación tan característica: el castro. Se trata de toda una población fortificada, considerada la primera construcción estable en territorio gallego, dentro de la cual se levantarían viviendas unifamiliares circulares. Supone una ruptura total con cualquier atisbo de nomadismo anterior, pues no olvidemos que la trashumancia era una de las actividades económicas principales entre aquellos pueblos de pastores. Con la introducción de los castros se produce una sedentarización definitiva. ¿Y cómo eran estos castros? Lo habitual era que se construyeran en lugares de difícil acceso, como las zonas montañosas de baja altitud en el interior, aunque hay algunos que fueron erigidos en la costa gallega. Solían tener forma ovalada y estaban rodeados por una muralla y, en no pocas ocasiones, también por un foso. Disponían además de una curiosa defensa: en torno al muro, por las zonas más llanas y por tanto vulnerables, los castreños clavaban multitud de piedras para impedir cualquier carga de caballería. La sociedad castreña En lo básico, la forma de vida de los castreños se diferenciaba poco de otros pueblos antiguos. Su subsistencia se basaba en la producción agrícola, pero dadas las condiciones agrestes del territorio que ocuparon, la mayor parte de las cosechas se limitaban a cereales y leguminosas. Su principal actividad económica para conseguir alimentos era por tanto la ganadería y el pastoreo. Obviamente, en las zonas costeras los castreños también echaban mano de la pesca. Entre sus actividades de manufacturación, destacaba la orfebrería y la fabricación de los famosos torques, esos collares circulares, rematados en dos borlas, y que asociamos a los pueblos célticos. El comercio, basado en el trueque, permitió que los castreños conocieran qué había más allá de sus tierras. Hay claras pruebas de que los habitantes de la cultura castreña recibieron la visita de mercaderes fenicios, por ejemplo. Incluso hay indicios de la llegada de navíos de posible procedencia micénica. ¿Y en qué creían los castreños? Su religión no difería mucho de lo habitual entre las culturas de carácter naturista. Eran, por supuesto, politeístas, y contaban con un panteón a rebosar de dioses autóctonos relacionados con todo aquello que era importante para su existencia: los bosques, la recolección, la fecundidad… Algunos de ellos eran Navia, señora de los ríos y valles; Bandua el protector de la comunidad; y Cosus, el dios de la guerra. Muchas de estas divinidades tenían un origen céltico, aunque hablar de «celtismo» más allá del ámbito lingüístico es un tema delicado para los historiadores. Por desgracia, desconocemos cuáles eran sus ritos funerarios, ya que no se ha hallado ninguna necrópolis. Pero sabemos que contaban con sacerdotes, curanderos… y druidas. Los guerreros de la cultura castreña Las fuentes greco-latinas siempre se esmeraron en describir a la cultura castreña como un pueblo belicoso. Los guerreros galaicos y astures, incluidos sus caballos, eran capaces de trepar como cabras por montículos y peñas, para luego abalanzarse contra sus enemigos. O se daban al pillaje contra las tribus vecinas para robarles el ganado. Todo esto debía ser en parte real, pero también nos olemos cierta exageración. Algo muy habitual entre los historiadores y geógrafos clásicos: la mejor forma de ensalzar que la suya era la civilización más excelsa pasaba por barbarizar a aquellas que no estaban bajo su influencia. La realidad arqueológica nos dice que, a pesar de la cantidad de castros hallados (más de 3000), la proporción de ajuar funerario de ámbito militar es muy baja. Apenas se ha encontrado armas, y entre las pocas se cree que tenían una función más simbólica, de prestigio para las élites. Esto hace que, al igual que tantos otros pueblos del pasado más arcaico de la península, la cultura castreña siga siendo en buena parte un misterio. De momento.
Las repeticiones de palabras: cómo evitarlas
Durante nuestras conversaciones habituales o incluso cuando escribimos textos informales, hay pequeños pecados que podemos permitirnos. Al hablar es muy habitual utilizar frases incompletas, mal construidas o repetir hasta la saciedad palabras e incluso estructuras. Al fin y al cabo, tenemos el apoyo visual que nos proporcionan los gestos o el tono de nuestra voz para reforzar nuestra capacidad de comunicación. Sin embargo, en la escritura de corte literario sólo disponemos del texto para que el lector nos entienda. Hoy os voy a hablar de uno de esos «errores» que debemos evitar en la medida de lo posible, relacionados con el estilo, y que es increíblemente común en autores que empiezan a darle a la tecla: las temidas repeticiones. Por qué hay que evitar las repeticiones En realidad, repetir palabras o frases a menudo no es un fallo propiamente dicho. Yo puedo utilizar «error» dos veces en esta misma oración sin incurrir en «error» alguno de cara a las normas de nuestra lengua. Sin embargo, la reiteración excesiva de un mismo término se considera una clara muestra de pobreza léxica. Ya os hablé de lo importante que es esto hace un tiempo cuando hablábamos del estilo literario. Nuestro idioma es muy rico en vocabulario. Si siempre utilizamos las mismas palabras estamos reconociendo ante el lector que sólo conocemos un puñado, lo cuál no dice mucho de nosotros como autores. Las repeticiones pueden llevar a un auténtico empeoramiento de la comprensión, aunque sea de manera indirecta. Os pondré un ejemplo: «Luchar contra los paganos era la obligación de cualquier cristiano que se preciara. Los paganos son pecadores cuyo único afán es acabar con los fundamentos de los cristianos, por eso estos paganos han sido siempre el principal enemigo de los cristianos.» Como veis, estas frases son todas, en lo fundamental, correctas. Sin embargo, la repetición abusiva de «paganos» y «cristianos» resulta desagradable. Ralentiza la lectura y empobrece el estilo del texto. Sobre todo teniendo en cuenta que hay estrategias para evitarlo. Sinónimos Las tres principales cosas que necesita un escritor para hacer su trabajo son un procesador de texto (o papel y boli, si nos vamos a lo más básico) y dos diccionarios: el normal y el de sinónimos. En especial durante el proceso de revisión, que es donde las repeticiones deben corregirse. No siempre es fácil detectarlas, necesitamos poner atención, porque algunos de estos términos son tan habituales que pasan desapercibidos. De hecho, cuando menos comunes, más fáciles son de apreciar. Recordemos la frase que he utilizado antes y veamos cómo podríamos mejorarla: «Luchar contra los paganos era la obligación de cualquier cristiano que se preciara. Los infieles son pecadores cuyo único afán es acabar con los fundamentos de la Iglesia de Roma, por eso estos herejes han sido siempre el principal enemigo de los bautizados en Dios.» ¿Habéis visto? Me he cargado cada una de las repeticiones sustituyéndolas por sinónimos o expresiones equivalentes, lo cual hace que el texto mejore. Es más variado en cuanto a léxico y da una impresión más trabajada e incluso natural. Contra las repeticiones, tijeretazo Pero a veces los sinónimos no son la mejor opción. El «menos es más» resulta vital en literatura: si mediante dos palabras puedes lograr el efecto deseado, no utilices jamás tres. Con las repeticiones pasa que a veces utilizamos términos innecesarios. Volvamos al ejemplo anterior. Con la utilización de sinónimos parecía estar bien, ¿verdad? Pues todavía puede mejorar más: «Luchar contra los paganos era la obligación de cualquier cristiano que se preciara. Son pecadores cuyo único afán es acabar con los fundamentos de la Iglesia de Roma, por eso han sido siempre el principal enemigo de los bautizados en Dios.» Podéis comprobar que me he cargado de un plumazo dos de las repeticiones/sinónimos. Y, sin embargo, el texto no se ha resentido en absoluto. Sigue siendo comprensible, lo cual nos indica que esas palabras eliminadas en realidad no eran necesarias. Sobraban porque se sobrentendían. Esto se ve mucho cuando nombramos a los personajes, bien en el grueso de la narración o en las acotaciones de las líneas de diálogo. He corregido muchos manuscritos en los que el autor plasmaba una conversación a dos bandas y, en cada línea, se mencionaba al personaje que estaba hablando. Algo totalmente absurdo cuando solo hay dos participantes: «—Las tropas de Escipión se acercan, señor —dijo Maharbal. —Dejemos que lo hagan —respondió Aníbal. —Pero deberíamos tomar acciones —insistió Maharbal. —Son ellos quienes deben arriesgar. A nosotros nos basta con esperar —le comentó Aníbal.» Reconstruye la frase Hay palabras que no tienen un sustituto viable o es imposible erradicarlas sin afectar al resto de la frase. Es entonces cuando debemos tomar medidas más agresivas y echar mano de una reconstrucción. Ocurre especialmente con dos términos que, por mi experiencia como corrector, son los que más se repiten: los pronombres posesivos («mi, su, tu») y la forma del verbo «haber» que se utiliza en los tiempos compuestos, especialmente el «había» del pretérito pluscuamperfecto: «Abraracurcix, caudillo de un pequeño poblado galo, se había unido a la rebelión que Vercingetorix había empezado contra los romanos meses atrás, el cual había obtenido apoyos importantes de todas las regiones. Pero el gran líder de la coalición había caído después de una larga campaña, así que el jefe de la aldea había regresado a su hogar.» Ya lo veis: cinco repeticiones en apenas tres líneas de texto. Una locura que hay que arreglar. Estaréis pensando que es imposible prescindir de un elemento esencial de la forma verbal que estamos utilizando. Es lo que me dicen muchos alumnos. Pues bien, os prometo que siempre hay una manera de lograrlo: «Abraracurcix, caudillo de un pequeño poblado galo, se había unido a la rebelión que Vercingetorix empezó contra los romanos meses atrás, el cual obtuvo apoyos importantes de todas las regiones. Pero el gran líder de la coalición fue derrotado después de una larga campaña, así que el jefe de la aldea se vio obligado a regresar a su
Vikingos en las cruzadas
Vikingos. Si os menciono esta antigua cultura, tan de moda desde hace unos años gracias a varias series de televisión, tengo la absoluta certeza de qué imagen os estaréis formando en vuestra cabeza: la del guerrero de melena y barba rubia, quizás portando un hacha de combate o incluso esos cascos con cuernos que hoy sabemos que nunca existieron. Algunos también os imaginaréis al clásico berserker salvaje que tanto juego ha dado en géneros literarios como la fantasía. Y desde luego, pensaréis en ellos a bordo de un grandioso drakkar, desembarcando en una costa inglesa para saquear monasterios y violar a las campesinas. Pero los vikingos fueron mucho más que eso. Al igual que otras sociedades que el imaginario popular ha tildado de «bárbaras» (como los celtas o los íberos, de los que hablamos hace poco en este artículo), los vikingos también evolucionaron. Empezaron a hacerlo cuando al fin abrieron sus puertas a las costumbres que llegaban desde el sur. Y el principal de estos motivos de cambio fue el cristianismo. Tal fue el impacto que causó en ellos que los llevó a luchar en escenarios que rara vez solemos asociar con esta cultura: las cruzadas. La llegada del cristianismo Ni siquiera un pueblo tan apartado de lo que se consideraba el mundo civilizado, como los vikingos, pudieron evitar que aquella nueva religión se adentrara en sus tierras y lo cambiara todo. Imaginad hasta qué punto: de pronto (o no tan de pronto, pues fue un proceso que llevó su tiempo), todos esos hombres y mujeres dejaron de lado su antiguo panteón de dioses, el legado de sus ancestros. Odín, Thor, Loki o Balder fueron sustituidos por una divinidad única; una entidad que no gobernaba sobre un aspecto concreto u otro, como las tormentas o el Inframundo, sino que lo era todo, cada aspecto de la realidad. Como decía, no fue una conversión sencilla. Los misioneros llegados a aquellos reinos escandinavos tuvieron que pasarlas canutas para hacerse oír. Algunos no acabaron muy bien, como cabía esperar: fueron asesinados, esclavizados o se los echó a patadas. En cualquier caso, uno tras otro, cada monarca fue abriéndose a la nueva fe poco a poco: el rey danés Harald Blatand lo hizo en el 965; Olaf Skötkonung, en el 1008, le siguió en Suecia. Olaf I, el primero de los vikingos cristianos Pero nosotros vamos a detenernos en Noruega. Allí el cristianismo fue impuesto a la fuerza por dos reyes. Los llamaremos «los Olaf», pues ambos compartían ese nombre tan común por aquellos lares: Tryggverson y Haraldsson. El primero, al que la Historia llamó Olaf I, se convirtió al cristianismo de una manera muy épica: en mitad de una razzia en las islas Sorlingas, cuando todavía era un guerrero, un profeta cristiano le predijo que sería un gran rey si abrazaba el cristianismo. Y para que le creyera, vaticinó que al regresar a su barco sufriría un motín. Sí, lo habéis adivinado: sus hombres se rebelaron tal y como había sido anunciado. Y también, por supuesto, Olaf contuvo a los amotinados. Tras aquello, le faltó aire para pedir ser bautizado, dejó de atacar ciudades cristianas y, unos años después, se convirtió en rey de Noruega. Pero no creáis que Olaf I cambió sus modos del todo. Ya sabéis, aunque el vikingo se vista de monje, vikingo se queda. Para que todos sus súbditos se convirtieran a la nueva religión inició una campaña en la que destruyó los templos que ahora se consideraban paganos y prácticamente erradicó toda la simbología de las antiguas creencias. De hecho, a sangre y hierro llevó el cristianismo hasta las islas Feroe, Islandia y Groenlandia. Sigurd, un rey vikingo en las cruzadas Pero el rey noruego que llegó más lejos que nadie en su defensa de Dios fue sin duda Sigurd I, que gobernó entre el 1103 y el 1130, junto a sus otros hermanos, Oystein y Olaf (otro distinto, ya sabéis). Según cuenta la Heimskringala (Crónica de los reyes de Noruega), en el 1107 los tres reyes decidieron responder a la llamada de auxilio que el papa Urbano II había hecho durante el Concilio de Clermont, en el 1095 (sí, se tomaron su tiempo para pensárselo). Las cruzadas habían comenzado, y Sigurd partió hacia Jerusalén mientras sus hermanos se quedaban a cargo de Noruega. Cinco mil vikingos se llevó consigo. Zarparon de Bergen en otoño del 1108 a bordo de sesenta barcos, rumbo primero a Inglaterra, donde pasaron el invierno. De ahí bordearon la costa francesa hasta su siguiente escala, Santiago de Compostela, donde también dejaron pasar una fría estación. No fue un viaje tranquilo, pues se las tuvieron que ver con los paganos que poblaban las tierras por donde pasaban. No olvidemos que en esa época la península ibérica estaba ocupada por musulmanes. Pero nada los detuvo: cruzaron el estrecho de Gibraltar y finalmente pisaron Tierra Santa en el 1110. En Jorsalaland (Jerusalén), los recibió el mismísimo Balduino. Las crónicas dicen incluso que Sigrud y Balduino se hicieron grandes amigos. Tanto que Sigurd aportó su flota y hombres para conquistar Sidón, en poder de los fatimíes. Como recompensa, se dice que Balduino le regaló una reliquia de valor incalculable: un pedazo de la Vera Cruz, en la que fue crucificado Jesucristo. Vikingos bizantinos La aventura de Sigurd en Tierra Santa terminó en Constantinopla, donde permanecieron hasta que les dio por regresar a sus frías pero añoradas tierras nórdicas, un par de años después de llegar. Pero en lugar de repetir la travesía y regresar por mar, lo hicieron por tierra, cruzando de sur a norte todo el continente europeo. Volvieron prácticamente con las manos vacías (salvo por la reliquia de la Cruz), ya que dejaron su flota y el botín conseguido como ofrenda al emperador bizantino Alejo I. Por si fuera poco, la mayoría de sus hombres prefirió enrolarse en la Guardia Varega. Esta escolta, creada por Basilio II treinta años antes, se nutrió en sus orígenes de los varegos. Hablamos de