Mucho antes de los reinos de Taifas de La predicción del astrólogo, de la Hispalis romana de Muerte y cenizas, e incluso de los íberos que vimos en el artículo de hace unas semanas, existió en nuestra querida península una civilización cuya importancia estuvo a la altura de todas las que os acabo de mencionar. Una sociedad de la que, al igual que la ibérica, rara vez nos acordamos y que en cambio es un cimiento fundamental a la hora de comprender no sólo el pasado de la tierra que los españoles pisamos hoy en día, si no también de la historia de la civilización occidental. Se la conoce como la cultura del Argar, y fue nuestra particular Troya. Los descubridores de la cultura del Argar La historia comienza en 1869, en una pequeña región de Murcia conocida como La Bastida de Totana. El protagonista: un ingeniero de caminos llamado Rogelio de Inchaurrandieta reconvertido en arqueólogo cuando encontró unos restos que no pertenecían a ninguna cultura antigua conocida. Aquel descubrimiento llamó la atención de dos ingenieros de minas que también se pasaron al bando de los arqueólogos, los hermanos belgas Enrique y Luis Siret. Porque todos estaremos de acuerdo en que hacer de Indiana Jones es mucho más divertido que ser un simple minero. Los Siret se centraron al principio en la zona arqueológica de El Argar y La Gerundia, donde hallaron el premio gordo: un poblado prehistórico de la Edad del Bronce con pruebas de una nueva cultura prehistórica de vital importancia para la comprensión de la evolución social de los seres humanos. A aquella civilización se le dio el nombre del lugar donde fue hallada: la cultura del Argar. Las envergadura de la cultura del Argar Lo primero que llamó la atención a los Siret de la cultura del Argar fue que esta sociedad no tenía conexión directa con los pueblos calcolíticos localizados en fases anteriores, como el de la cultura de Los Millares (de esa hablaremos otro día), situada en el mismo espacio geográfico. La cultura argárica se desarrolló aproximadamente entre el 2300 y el 1600 a.C., por lo que sería contemporánea de, por ejemplo, la cultura minoica que en esos momentos se alzaba en Creta. Pensadlo un poco: mientras que en la otra punta del Mediterráneo nacía el mito del Minotauro y se construía el palacio de Cnosos, aquí estaba creciendo un pueblo que no tenía nada que envidiarle a aquel del que nacerían los mitos griegos. La cultura del Argar se extendió por todo el sureste peninsular, en especial a lo largo del territorio almeriense y murciano, aunque su área de influencia llegaría a alcanzar algunas zonas de Alicante y Ciudad Real. La opinión de los historiadores es que dicha expansión se debería a una de las características principales de esta sociedad. Pues aquel pueblo no estaba compuesto por simples granjeros o pacíficos comerciantes, como los minoicos. En absoluto. Los argáricos fueron guerreros. Un pueblo guerrero Sí, en efecto. La sociedad argárica se caracterizó por estructurarse en torno a un militarismo más que evidente por los ajuares hallados en sus tumbas, donde abundaban las armas. Los arqueólogos e historiadores comprendieron de inmediato que estaban ante una sociedad estructurada en varios niveles que giraban en torno a la menor o mayor posesión de armas: La élite masculina que gobernaba, alabarda y espada en mano. Las mujeres y niños de dicha élite. Guerreros supeditados a la voluntad de sus gobernantes, con armas menos elaboradas (hachas y puñales). La clase libre productora, como campesinos, mineros, ganaderos, artesanos… Siervos y esclavos. Ni qué decir tiene que cuando más arriba en esa sociedad piramidal, más privilegios. Los mejores alimentos estaban reservados para los caudillos y sus familias, de ahí que su esperanza de vida fuera mucho mayor. Privilegios que tenían carácter hereditario. Era además un pueblo patriarcal, donde la mujer estaba ausente de los asuntos importantes, aunque este punto sigue en discusión. Pero la evidencia más incuestionable del belicismo de la cultura del Argar la encontramos en la arquitectura de sus poblados. De sus fortificaciones, más bien. La mayoría de estos monumentales bastiones se construían en zonas de altura y difícil acceso. Los más importantes levantaron fabulosas murallas y torres ciclópeas que habrían sido consideradas dignas de lugares míticos como Troya o Micenas. Sin embargo, casi todas estas aldeas eran pequeñas, lo que indica que en ellas vivían las élites y como mucho las clases intermedias. Tiene todo el sentido que los productores residieran allá donde estaban sus lugares de trabajo. El final de la cultura del Argar La importancia de la cultura del Argar, además de en lo expuesto, se halla en que muchos historiadores consideran que estaríamos ante el primer ejemplo del concepto de «Estado» dentro de la zona de Europa. Los defensores de esta hipótesis, no demostrada en realidad, aseguran que el sistema de control político de las élites argáricas pueden considerarse construcciones políticas con similitudes a las que sí están confirmadas en Oriente Próximo. Sin embargo, el gran misterio de esta sociedad tan fascinante no se halla en sus orígenes, si no en el final. Porque a día de hoy todavía no se sabe con certeza por qué a partir del 1600 a.C. entró en decadencia. Se hundió en menos de cien años, un período de tiempo muy breve cuando hablamos del desarrollo de una sociedad establecida con firmeza. Hay varias hipótesis sobre esta desaparición, pero la más firme es que la intensa explotación agropecuaria causó un mal que hoy en día nos resulta muy familiar: una deforestación del terreno que llevó a un inevitable colapso medioambiental. Sin la base alimentaria y productiva, el resto del sistema se desplomó, y con él toda la cultura argárica. Para tomar nota.
La cultura castreña
Aunque nuestra querida península ibérica empezó a ser protagonista de la Historia con el estallido de la Segunda Guerra Púnica, en el siglo III a.C., para entonces ya contaba con un rico pasado gracias a culturas como la íbera o la argárica. De la primera os hablé en un artículo del mes pasado, y de la sociedad del Argar quizás lo haga próximamente (si os parece buena idea, indicádmelo en los comentarios). Pero hoy quería detenerme en otra sociedad fascinante que se desarrolló en esta bella Galicia donde resido. Me refiero a la cultura castreña. Los orígenes de la cultura castreña Podríamos considerar que la cultura castreña empezó a tener entidad propia desde finales de la Edad del Bronce, pero al igual que la mayoría de sociedades antiguas no surgió de manera espontánea. Es el fruto de una lenta evolución de los habitantes anteriores del noroeste peninsular, los oestrimnios, «el pueblo del extremo occidente», tal y como los llamó Avieno. Pero la clave para que todo cambiara fue la llegada desde el centro de Europa de varias oleadas de inmigrantes célticos, producto de la expansión indoeuropea que se había iniciado muchos siglos antes. Como ha ocurrido desde que el ser humano apareciera en el mundo, la fusión entre ambas culturas produjo una nueva sociedad, con características heredadas de ambas. Los castreños se extendieron una amplia zona que comprendía la actual Galicia, el norte de Portugal y la parte occidental de Asturias. Pero hay que tener en cuenta que por aquel entonces no existía concepción alguna de los límites territoriales. De hecho, existían similitudes culturales muy acusadas entre los castreños y sus pueblos vecinos, los celtíberos. Sin ir más lejos, estos últimos también levantaron las fabulosas construcciones típicas de los castreños: los castros. ¿Por qué se llama «cultura castreña»? La cultura castreña debe su nombre precisamente a esta edificación tan característica: el castro. Se trata de toda una población fortificada, considerada la primera construcción estable en territorio gallego, dentro de la cual se levantarían viviendas unifamiliares circulares. Supone una ruptura total con cualquier atisbo de nomadismo anterior, pues no olvidemos que la trashumancia era una de las actividades económicas principales entre aquellos pueblos de pastores. Con la introducción de los castros se produce una sedentarización definitiva. ¿Y cómo eran estos castros? Lo habitual era que se construyeran en lugares de difícil acceso, como las zonas montañosas de baja altitud en el interior, aunque hay algunos que fueron erigidos en la costa gallega. Solían tener forma ovalada y estaban rodeados por una muralla y, en no pocas ocasiones, también por un foso. Disponían además de una curiosa defensa: en torno al muro, por las zonas más llanas y por tanto vulnerables, los castreños clavaban multitud de piedras para impedir cualquier carga de caballería. La sociedad castreña En lo básico, la forma de vida de los castreños se diferenciaba poco de otros pueblos antiguos. Su subsistencia se basaba en la producción agrícola, pero dadas las condiciones agrestes del territorio que ocuparon, la mayor parte de las cosechas se limitaban a cereales y leguminosas. Su principal actividad económica para conseguir alimentos era por tanto la ganadería y el pastoreo. Obviamente, en las zonas costeras los castreños también echaban mano de la pesca. Entre sus actividades de manufacturación, destacaba la orfebrería y la fabricación de los famosos torques, esos collares circulares, rematados en dos borlas, y que asociamos a los pueblos célticos. El comercio, basado en el trueque, permitió que los castreños conocieran qué había más allá de sus tierras. Hay claras pruebas de que los habitantes de la cultura castreña recibieron la visita de mercaderes fenicios, por ejemplo. Incluso hay indicios de la llegada de navíos de posible procedencia micénica. ¿Y en qué creían los castreños? Su religión no difería mucho de lo habitual entre las culturas de carácter naturista. Eran, por supuesto, politeístas, y contaban con un panteón a rebosar de dioses autóctonos relacionados con todo aquello que era importante para su existencia: los bosques, la recolección, la fecundidad… Algunos de ellos eran Navia, señora de los ríos y valles; Bandua el protector de la comunidad; y Cosus, el dios de la guerra. Muchas de estas divinidades tenían un origen céltico, aunque hablar de «celtismo» más allá del ámbito lingüístico es un tema delicado para los historiadores. Por desgracia, desconocemos cuáles eran sus ritos funerarios, ya que no se ha hallado ninguna necrópolis. Pero sabemos que contaban con sacerdotes, curanderos… y druidas. Los guerreros de la cultura castreña Las fuentes greco-latinas siempre se esmeraron en describir a la cultura castreña como un pueblo belicoso. Los guerreros galaicos y astures, incluidos sus caballos, eran capaces de trepar como cabras por montículos y peñas, para luego abalanzarse contra sus enemigos. O se daban al pillaje contra las tribus vecinas para robarles el ganado. Todo esto debía ser en parte real, pero también nos olemos cierta exageración. Algo muy habitual entre los historiadores y geógrafos clásicos: la mejor forma de ensalzar que la suya era la civilización más excelsa pasaba por barbarizar a aquellas que no estaban bajo su influencia. La realidad arqueológica nos dice que, a pesar de la cantidad de castros hallados (más de 3000), la proporción de ajuar funerario de ámbito militar es muy baja. Apenas se ha encontrado armas, y entre las pocas se cree que tenían una función más simbólica, de prestigio para las élites. Esto hace que, al igual que tantos otros pueblos del pasado más arcaico de la península, la cultura castreña siga siendo en buena parte un misterio. De momento.
Vikingos en las cruzadas
Vikingos. Si os menciono esta antigua cultura, tan de moda desde hace unos años gracias a varias series de televisión, tengo la absoluta certeza de qué imagen os estaréis formando en vuestra cabeza: la del guerrero de melena y barba rubia, quizás portando un hacha de combate o incluso esos cascos con cuernos que hoy sabemos que nunca existieron. Algunos también os imaginaréis al clásico berserker salvaje que tanto juego ha dado en géneros literarios como la fantasía. Y desde luego, pensaréis en ellos a bordo de un grandioso drakkar, desembarcando en una costa inglesa para saquear monasterios y violar a las campesinas. Pero los vikingos fueron mucho más que eso. Al igual que otras sociedades que el imaginario popular ha tildado de «bárbaras» (como los celtas o los íberos, de los que hablamos hace poco en este artículo), los vikingos también evolucionaron. Empezaron a hacerlo cuando al fin abrieron sus puertas a las costumbres que llegaban desde el sur. Y el principal de estos motivos de cambio fue el cristianismo. Tal fue el impacto que causó en ellos que los llevó a luchar en escenarios que rara vez solemos asociar con esta cultura: las cruzadas. La llegada del cristianismo Ni siquiera un pueblo tan apartado de lo que se consideraba el mundo civilizado, como los vikingos, pudieron evitar que aquella nueva religión se adentrara en sus tierras y lo cambiara todo. Imaginad hasta qué punto: de pronto (o no tan de pronto, pues fue un proceso que llevó su tiempo), todos esos hombres y mujeres dejaron de lado su antiguo panteón de dioses, el legado de sus ancestros. Odín, Thor, Loki o Balder fueron sustituidos por una divinidad única; una entidad que no gobernaba sobre un aspecto concreto u otro, como las tormentas o el Inframundo, sino que lo era todo, cada aspecto de la realidad. Como decía, no fue una conversión sencilla. Los misioneros llegados a aquellos reinos escandinavos tuvieron que pasarlas canutas para hacerse oír. Algunos no acabaron muy bien, como cabía esperar: fueron asesinados, esclavizados o se los echó a patadas. En cualquier caso, uno tras otro, cada monarca fue abriéndose a la nueva fe poco a poco: el rey danés Harald Blatand lo hizo en el 965; Olaf Skötkonung, en el 1008, le siguió en Suecia. Olaf I, el primero de los vikingos cristianos Pero nosotros vamos a detenernos en Noruega. Allí el cristianismo fue impuesto a la fuerza por dos reyes. Los llamaremos «los Olaf», pues ambos compartían ese nombre tan común por aquellos lares: Tryggverson y Haraldsson. El primero, al que la Historia llamó Olaf I, se convirtió al cristianismo de una manera muy épica: en mitad de una razzia en las islas Sorlingas, cuando todavía era un guerrero, un profeta cristiano le predijo que sería un gran rey si abrazaba el cristianismo. Y para que le creyera, vaticinó que al regresar a su barco sufriría un motín. Sí, lo habéis adivinado: sus hombres se rebelaron tal y como había sido anunciado. Y también, por supuesto, Olaf contuvo a los amotinados. Tras aquello, le faltó aire para pedir ser bautizado, dejó de atacar ciudades cristianas y, unos años después, se convirtió en rey de Noruega. Pero no creáis que Olaf I cambió sus modos del todo. Ya sabéis, aunque el vikingo se vista de monje, vikingo se queda. Para que todos sus súbditos se convirtieran a la nueva religión inició una campaña en la que destruyó los templos que ahora se consideraban paganos y prácticamente erradicó toda la simbología de las antiguas creencias. De hecho, a sangre y hierro llevó el cristianismo hasta las islas Feroe, Islandia y Groenlandia. Sigurd, un rey vikingo en las cruzadas Pero el rey noruego que llegó más lejos que nadie en su defensa de Dios fue sin duda Sigurd I, que gobernó entre el 1103 y el 1130, junto a sus otros hermanos, Oystein y Olaf (otro distinto, ya sabéis). Según cuenta la Heimskringala (Crónica de los reyes de Noruega), en el 1107 los tres reyes decidieron responder a la llamada de auxilio que el papa Urbano II había hecho durante el Concilio de Clermont, en el 1095 (sí, se tomaron su tiempo para pensárselo). Las cruzadas habían comenzado, y Sigurd partió hacia Jerusalén mientras sus hermanos se quedaban a cargo de Noruega. Cinco mil vikingos se llevó consigo. Zarparon de Bergen en otoño del 1108 a bordo de sesenta barcos, rumbo primero a Inglaterra, donde pasaron el invierno. De ahí bordearon la costa francesa hasta su siguiente escala, Santiago de Compostela, donde también dejaron pasar una fría estación. No fue un viaje tranquilo, pues se las tuvieron que ver con los paganos que poblaban las tierras por donde pasaban. No olvidemos que en esa época la península ibérica estaba ocupada por musulmanes. Pero nada los detuvo: cruzaron el estrecho de Gibraltar y finalmente pisaron Tierra Santa en el 1110. En Jorsalaland (Jerusalén), los recibió el mismísimo Balduino. Las crónicas dicen incluso que Sigrud y Balduino se hicieron grandes amigos. Tanto que Sigurd aportó su flota y hombres para conquistar Sidón, en poder de los fatimíes. Como recompensa, se dice que Balduino le regaló una reliquia de valor incalculable: un pedazo de la Vera Cruz, en la que fue crucificado Jesucristo. Vikingos bizantinos La aventura de Sigurd en Tierra Santa terminó en Constantinopla, donde permanecieron hasta que les dio por regresar a sus frías pero añoradas tierras nórdicas, un par de años después de llegar. Pero en lugar de repetir la travesía y regresar por mar, lo hicieron por tierra, cruzando de sur a norte todo el continente europeo. Volvieron prácticamente con las manos vacías (salvo por la reliquia de la Cruz), ya que dejaron su flota y el botín conseguido como ofrenda al emperador bizantino Alejo I. Por si fuera poco, la mayoría de sus hombres prefirió enrolarse en la Guardia Varega. Esta escolta, creada por Basilio II treinta años antes, se nutrió en sus orígenes de los varegos. Hablamos de
Cómodo: ¿Quién fue el villano de Gladiator?
Aunque el mejor modo de aprender Historia es acudir a fuentes académicas, la novela histórica es una fantástica manera de descubrir nuevas épocas o culturas del pasado. Pero no es la única manifestación cultural capaz de algo así. También tenemos el cine, del que ya hemos hablado anteriormente en este blog cuando os comenté mis películas históricas favoritas. De hecho, el poder mediático que tiene el Séptimo Arte hace que a veces estas adaptaciones se instalen en el imaginario popular y solapen a la realidad histórica. Hoy quiero tratar a un personaje histórico adaptado en una de las más fascinantes películas históricas de todos los tiempos: Gladiator. ¿A quién me refiero? Sí, al gran villano de la cinta y uno de los más odiados del cine: Lucio Aurelio Cómodo, el emperador romano que sucedió a Marco Aurelio. Cómodo en la película Estoy seguro de que muchos escritores de novela histórica han surgido gracias a Gladiator, dirigida por Ridley Scott en el 2000 y protagonizada por Russell Crowe, que daba vida al general Máximo Décimo Meridio. Me hubiera encantado que este artículo estuviera centrado en este personaje, por eso de ser el héroe, pero resulta que estamos ante un personaje ficticio. No es el caso de Lucio Aurelio Cómodo, interpretado magistralmente por Joaquín Phoenix. La película nos muestra a un Cómodo perverso, cruel y bastante perturbado. Un comportamiento que en el fondo parece esconder una necesidad patológica de ser querido, después de que su padre, el emperador Marco Aurelio, lo tuviera siempre de menos. ¿Cuánto hay de verdad en el Cómodo de Gladiator? Lucio Aurelio Cómodo nació en el 161 y fue, efectivamente, hijo del emperador Marco Aurelio. Aunque no fue el mayor, se convirtió en el heredero cuando Tito Aurelio Antonino murió en el 165. Su otro hermano, Marco Annio Vero, también falleció, en el 169. Es en su juventud cuando encontramos la primera diferencia entre el Cómodo real y el cinematográfico: en el film vemos que Cómodo llega a la Germania donde se desarrolla la batalla del inicio y se nos dice que había estado en Roma durante todo el conflicto. Esto se aleja completamente de la realidad histórica, pues sabemos que Cómodo acompañó a su padre en casi todas sus campañas. Y lo hizo desde el 172, cuando Marco Aurelio introdujo a su hijo en el estado mayor. ¿Cómodo asesino? De su padre no, al menos. Esta es una invención de la película, imagino que para mostrar desde el primer instante a Cómodo como el gran villano de la cinta. Pero la realidad fue que Marco Aurelio murió en el año 180 por viruela o tal vez por la peste. Es más, Cómodo no tenía ningún motivo para matarlo, pues también a diferencia de Gladiator, su padre jamás le escamoteó la sucesión al trono (y menos aún con la intención de devolver a Roma a un estatus de república). Cuatro años antes de morir, Marco Aurelio concedió a su hijo el título de Imperator, y en el 177, además, el de Augusto, lo que le otorgaba un poder equivalente al del propio Marco Aurelio. Así pues, Cómodo gobernó al lado de su padre durante al menos tres años antes de su fallecimiento, y nadie dudaba de que iba a ser su sucesor. Por curioso que pueda sonar, esto era algo realmente extraño en esa época. Desde el año 96, durante el gobierno de Nerva, se había impuesto una tradición según la cual cada emperador tuviera la libertad para elegir como sucesor a quien considerara más capaz, aunque no fuera su hijo. Esto hace que la decisión de Marco Aurelio en la película, por la cuál pretende nombrar a Máximo como el siguiente emperador, sea coherente dentro del contexto histórico. Pero no fue real: la sucesión de Cómodo nunca estuvo en discusión. Cómodo, un emperador cruel Ahora bien, en cuanto al carácter de Lucio Aurelio Cómodo, la película sí es bastante fiel a la realidad. Porque resulta que Cómodo es considerado uno de los peores y más horribles emperadores romanos, lo cuál no es decir poco pues compite con monstruos como Nerón y Calígula. Sus dos primeros años fueron bastante tranquilos, a pesar de encontrarse con una herencia envenenada: Roma era un imperio azotado por la peste, una crisis de inflación que ríete tú de la actual y una guerra en la frontera con los bárbaros germanos. Cómodo abogó por distanciarse de la política agresiva de su padre y se refugió en Roma. Bien por naturaleza o por la mala influencia de sus consejeros, Cómodo empezó a caer en la demencia y la paranoia. Sobre todo cuando su hermana, Lucila (por la que no hay constancia de que sintiera ningún deseo incestuoso), tramó una conjura para destronarle, supuestamente porque tenía celos de la relevancia de la esposa de Cómodo. Ah, sí, lo olvidaba: Cómodo estuvo casado con Brutia Crispina, quien en ese mismo año 182 sería exiliada y ejecutada por adulterio. Pero no sin que antes cayera su cuñada. Estas situaciones hicieron que Cómodo se convirtiera en un individuo desconfiado, lo que le llevó a una espiral de degradación por la que dejó de lado sus funciones y empezó a cometer tropelías como asesinar a civiles y soldados tullidos personalmente o ejecutar a toda la gens Quintilia. Hasta el punto de que Dión Casio dijo de él: «El reinado de Cómodo marcó la transición de un reino de oro y plata a uno de óxido y hierro.» Gladiador Y llegamos aquí a esa escena que más de uno habrá pensado que es la mayor exageración de la película: Cómodo enfrentándose a Máximo en la arena del circo. Una locura, ¿verdad? Resulta increíble que todo un emperador de Roma se enfrente a simples gladiadores, poniendo en riesgo su vida. Pues resulta que esa parte de la película es bastante fiel a la realidad. Porque una de las pasiones de Cómodo, además del alcohol y el sexo, era la lucha de gladiadores. Es más, combatió en al menos setecientos duelos
Los íberos: más irreductibles que los galos
Es inevitable. Cuando vamos a una librería y echamos un ojo a la sección de novela histórica, hay una cultura antigua que copa el protagonismo por encima de cualquier otra: Roma. A veces tenemos suerte y encontramos algún libro donde los romanos se reparten el protagonismo con sus más famosos antagonistas, los cartagineses. Pero ya está. Rara es la novela que apuesta por hablar de todas aquellas civilizaciones que fueron contemporáneas de Roma. Así, a bote pronto, me viene a la memoria El espíritu del lince, de mi compañero de editorial Javier Pellicer, que retrata una sociedad de la que quiero hablaros hoy, pues son para nosotros tan importantes históricamente hablando como los romanos o cartagineses: los íberos. El descubrimiento de los íberos Los antiguos griegos mostraron desde muy temprana época su inclinación por expandir el mundo que conocían. Vamos, que siempre fueron muy viajeros, de ahí mitos como el de Jasón y los Argonautas. Ya os conté un poco sobre ello hace unos años, en este artículo sobre la fundación de Tarento por parte de Esparta. Al principio, todo aquello que estuviera más allá del mar Egeo era considerado como los confines del mundo, y los pueblos que los habitaban cobraban la categoría de «bárbaros». Pero bárbaros con tierras abundantes en recursos, algo demasiado apetitoso para que los griegos dejaran pasar la oportunidad de fundar colonias, al igual que hicieron los fenicios. Sus famosos periplos expandieron esas fronteras de lo conocido con el correr de los siglos, hasta alcanzar una tierra situada en la parte más occidental de sus mapas. Una península, una última barrera, más allá del cuál no existía nada más que agua. Allí se toparon con un pueblo distinto, obviamente no tan refinado como lo eran ellos, pero aún así con una sociedad establecida y muy arraigada a sus costumbres. Los griegos desembarcaron en la costa oriental de esa nueva tierra, y la llamaron Iberia, y a sus habitantes, íberos. Según Avieno en su Ora maritima, debido a un río, el Íber (supuestamente el Ebro, algo que está en discusión). Quiénes fueron los íberos Por supuesto, no sabemos cómo se denominaban a sí mismo los íberos. Aunque los arqueólogos han encontrado infinidad de inscripciones en su idioma, todavía no hemos podido descifrarla. Sin embargo, la cultura material que nos dejaron es suficiente para hacernos una idea detallada de cómo fue esta sociedad. En lo fundamental no difería mucho de otras civilizaciones de la época, pues compartía similitudes con galos, celtas y demás. Era una sociedad jerarquizada en castas, donde el poder residía en los guerreros. Es muy famosa una de sus tradiciones, la devotio, por la cuál un íbero juraba lealtad a su señor, incluso más allá de la muerte de este. Hasta el punto de que si el caudillo moría en un acto de guerra, el fiel soldado debía vengar dicha caída aunque ello le costara la vida. De hecho, se dice que el asesino de Asdrúbal el Bello, predecesor de Aníbal como líder cartaginés en Iberia, fue un guerrero que quería vengar a su señor. Las mujeres, por cierto, tenían un papel predominante. Aunque seguían limitadas a su parcela de influencia, el ámbito doméstico, eran respetadas e incluso veneradas, y gozaban de libertades como la opción de elegir marido. Los íberos, ¿fueron una nación? Eso era al menos lo que solía decirse hace décadas con intenciones propagandísticas. Pero los historiadores son muy contundentes en ese sentido: en absoluto. Los íberos nunca, jamás, fueron una comunidad unificada. De hecho, estaban divididos en muchísimos pueblos distintos, como los edetanos, los contestanos, los bastetanos… A menudo solían enfrentarse a cuenta de los pillajes de algunas bandas de ladrones de ganado. Se organizaban en ciudades estado y poblados satelitales, con características similares a las polis griegas (aunque menos grandiosas), pero en cualquier caso no tenían noción alguna de hallarse bajo una misma bandera. Lo que conectaba a los íberos entre sí eran sus costumbres. Su manera de afrontar la vida era naturalista, muy conectada con el mundo que los rodeaba, como es habitual en este tipo de pueblos antiguos. Aún así, eran de artes muy depuradas en ciertos aspectos. Sólo hay que contemplar sus piezas de cerámica, como los Vasos Guerreros de Lliria. Aunque la prueba más evidente de tal destreza artística es la pieza por antonomasia del arte íbero, la Dama de Elche, de una belleza arrebatadora. Y llegaron los romanos Los íberos nunca tuvieron ansias expansionistas, pero recibieron con agrado la llegada de todos aquellos colonos griegos y fenicios, e incluso participaron como mercenarios en las guerras de otros. Al principio, claro, porque cuando una de las familias más poderosas de Cartago, los Barca, decidió que el futuro de su pueblo estaba en aquella tierra occidental, los íberos se convirtieron de pronto en protagonistas absolutos de una contienda que lo iba a cambiar todo. Amílcar y su hijo Aníbal revolucionaron la plácida existencia de los íberos, situando la península por primera vez en la mira de los romanos. De este modo, los íberos se vieron involucrados en la Segunda Guerra Púnica, hasta el punto de que fue el asedio cartaginés de Sagunto la casus belli de dicho enfrentamiento. Cartago, que había ocupado buena parte del territorio íbero, perdió su enfrentamiento con Roma, quien no obstante no iba a dejar pasar la oportunidad de quedarse sin una región tan suculenta en recursos. Se inició entonces la conquista romana de Iberia, y los pueblos autóctonos tuvieron que elegir entre oponer una épica resistencia o dejarse asimilar. La mayoría de las tribus íberas prefirieron la segunda opción, y sólo los pueblos celtíberos y celtas del interior de la península siguieron oponiéndose a Roma durante largas décadas. Y sin poción mágica. Hasta que, al fin, acabaron por caer. Conclusión Es lógico que el esplendor de la Roma antigua opaque a cualquier otra civilización del pasado. ¿Cómo no va a ser así? Sin embargo, debemos recordar que existieron otros pueblos antes que los romanos. De ellos hemos heredado costumbres e
Las sabinas: el mito de un rapto
Últimamente hemos estado dedicándole varios artículos a la mitología, especialmente a la de la Grecia Clásica. Como ya os he dicho, para mí los mitos son el complemento ideal con el que entender a los pueblos de la antigüedad. Y entre mis sociedades preferidas del pasado está, por supuesto, la romana. Qué os voy a contar sobre esta pasión que no sepáis al leer mi novela Muerte y cenizas. La mitología romana bebe sin lugar a dudas de la griega, todos lo sabemos. Sin embargo, también hay leyendas de cosecha propia que no están conectadas con la helena, al menos no de manera directa. La más famosa de todas es por supuesto la de la fundación de Roma por parte de Rómulo y Remo. Pero hay otra que personalmente me fascina, y es la que voy a acercaros hoy: el rapto de las Sabinas. El rapto de las sabinas, un mito fundacional Esta leyenda es consecuencia de la fundación de Roma. Tras ganarle a su hermano Remo el derecho a elegir el lugar donde debía ponerse la primera piedra de la nueva ciudad, Rómulo no descansó hasta que ésta se convirtió en una realidad. Pero una vez termino la faena se dio cuenta de que tenía un pequeño gran problema: toda su colonia estaba formada por varones. Vamos, que aquella era una auténtica ciudad de maromos y había que resolverlo o tendrían menos futuro que un jabalí paseándose por cierto pueblecito galo. El rey Rómulo y sus hombres (nunca mejor dicho) tampoco se calentaron mucho la cabeza. Podrían haberse ido a por algunas guapas fenicias o unas íberas irreductibles. Pero en lugar de marcharse a buscar a las tan necesarias féminas en lugares exóticos prefirieron lo conocido. A tiro de piedra de Roma, no mucho más allá de las colinas del Lacio, habitaba una tribu de ganaderos: los sabinos (y sus correspondientes sabinas). Esta buena gente llevaba en tierra itálica más años que Matusalén (además de verdad), pues era uno de los pueblos antiguos asentados desde la prehistoria, junto con los umbros, los etruscos, los picentinos y un montón más. Y todo por culpa de un botellón En honor a la verdad, los romanos fueron a buenas al principio. Intentaron pactar alianzas matrimoniales con los sabinos, pero estos tenían la mosca tras la oreja desde que vieron cómo se levantaba semejante ciudad tan cerca. Por lo visto ya se olían que esos romanos no se iban a conformar con quedarse detrás de sus murallas. Así pues, ante el temor de una eventual conquista, se negaron a entregar a sus hijas en matrimonio. A Rómulo aquello le sentó como una patada en salva sea la parte (que además debía estar sensible por la inactividad). Y ya sabéis cómo son los romanos: cuando algo se les mete entre ceja y ceja… Por tanto, urdió un plan infalible para salirse con la suya. Celebraron un gran festival durante la fiesta de Neptuno Ecuestre con el que mostrar y ya de paso alardear de la nueva ciudad ante las tribus vecinas. Los sabinos y, lo más importante, las sabinas, acudieron sin dudarlo alguno, pues quién podía resistirse a un banquete donde en cuanto vaciabas tu copa de vino te la llenaban de nuevo al instante. La borrachera que se pillaron fue de tal magnitud que, a una señal del rey, los romanos tomaron cada uno a una sabina. Para cuando los hombres se dieron cuenta de lo que pasaba ya habían sido desarmados y echados a patadas de Roma. La peor resaca de la historia. A la guerra por las sabinas Después de eso, a los romanos les faltó el aire para casarse con las muchachas sabinas. Sólo tomaron a las vírgenes solteras, salvo una de ellas, Hersilia, quien precisamente se casó con Rómulo. Las sabinas al principio no se mostraron muy contentas con este arreglo, hecho con engaños y sin su consentimiento, pero los romanos las convencieron diciéndoles que aquello era el mayor de los honores: iban a convertirse en las madres de un pueblo elegido por los dioses. Al final las sabinas cedieron, pero con una condición: no pensaban hacer ninguna tarea pesada en el hogar, salvo ocuparse del telar. Chicas listas. Pero en tierra sabina, el rey Tito Tacio estaba que trinaba por semejante afrenta y armó un ejército con el que atacó Roma. Los sabinos lograron incluso traspasar la muralla gracias a Tarpeya, una romana que traicionó a los suyos por amor hacia Tito Tacio (que ordenó matarla porque despreciaba la deslealtad). La batalla fue tan cruenta como indecisa su resolución, lo cual planteó un dilema entre las sabinas raptadas. Llamémosle amor o síndrome de Estocolmo, las nuevas romanas no estaban dispuestas a perder a sus recién estrenados maridos, de los que se habían enamorado en tiempo récord. Pero tampoco querían perder a sus padres y hermanos sabinos. Así que optaron por el más valiente de los caminos: se interpusieron entre ambos bandos y detuvieron la batalla en una escena convertida en clásica en multitud de pinturas. Las sabinas, mensajeras de paz Conmovidos por el acto de las jóvenes, romanos y sabinos se pararon un momento a pensar en lo que estaban haciendo y, al fin, pactaron la paz. Qué pena que esto no ocurra más veces. Y ya sabéis lo que viene después: otro banquete y una nueva borrachera, sólo que esta vez nadie se llevó nada, si no que se establecieron las bases para la unión de ambos pueblos, el romano y el sabino. Rómulo incluso permitió que, hasta su muerte, Tito Tacio fuera co-gobernante de la ciudad. Una historia apasionante y con final feliz, ¿verdad? Ahora bien, ¿tiene algún fundamento histórico? Pues por mucho que cronistas antiguos como Tito Livio aseguren que todo esto es real, los historiadores del presente ven esta posibilidad como algo poco probable. Es más factible que se trate de una fabulación de la asimilación que Roma realizó con pueblos como los samnitas, o incluso que no fuera otra cosa que un mensaje
El final del Imperio español
Hemos hablado muchas veces del esplendor del Siglo de Oro y del poderío que ostentó el Imperio español durante los años que siguieron al Descubrimiento de América y su colonización. Al fin y al cabo, además de ser una de las épocas más apasionantes de la Historia Universal, es el telón de fondo de varias de mis novelas, como El trono de barro y La boca del diablo. Sin embargo, todo tiene un final, hasta los imperios más poderosos. Que se lo digan a los romanos. Y en este artículo me gustaría acercaros algunas de las circunstancias de por qué se dio el declive de la mayor superpotencia que había surcado los mares hasta la fecha. El Imperio español: un reino de sol infinito Hoy en día cuesta imaginar la envergadura que llegó a alcanzar el Imperio español. Las fronteras actuales, salvo casos aislados, suelen ser inamovibles, aunque hace 500 años el descubrimiento de unas tierras hasta entonces ignoradas abrieron un melón demasiado tentador. De la noche a la mañana, infinidad de exploradores salieron de debajo de las piedras para aprovechar la situación. Y para ello exigieron el apoyo de sus señores gobernantes. De este modo, los Reyes Católicos avalaron la creación de una colonia tras otra para anexionarse cada nuevo territorio descubierto. A finales del siglo XVIII, el Imperio español llegó a tener 20 millones cuadrados de extensión. Para que os hagáis una idea: la séptima parte de las tierras conocidas sobre las aguas del planeta. Territorios como el suroeste de Estados Unidos, México, el Caribe, toda Centroamérica y gran parte de Sudamérica, algunos puntos en Alaska e incluso el Sudeste Asiático. Queda claro ahora por qué se decía que aquel era un imperio donde nunca se ponía el sol, ¿verdad? El lento declive del Imperio español Las cosas empezaron a torcerse cuando Carlos I aglutinó en un sólo trono las coronas de Castilla y Aragón, llevándose de paso un montón de territorios a la saca. Al pobre se le vinieron encima un montón de conflictos de todo tipo: que si la extensión del protestantismo por Europa, las posesiones aragonesas en Italia, la piratería turca en el Mediterráneo, la guerra de Flandes, la expulsión de los judíos… Ni en casa lo dejaban tranquilo, pues tenía el levantamiento de los comuneros en Castilla y las Germanías en Valencia. Y luego nos quejamos de estrés. Las políticas de enfrentamiento de Carlos I y, sobre todo, Felipe II, dejaron el campo sembrado para que cuando llegó Felipe III el imperio estuviera ya en una situación de claro descenso a los infiernos. Algo que no mejoró cuando a éste último se le ocurrió echar a los moriscos de su territorio. De pronto, la producción agrícola en todo el litoral mediterráneo se fue al traste, y con ella los ingresos por impuestos. No olvidemos que los moriscos era una población sin nobleza, por lo que todos pagaban tributo. Un dineral que necesitaban como el comer. La situación económica se agravó tanto que Felipe III buscó a otros que solucionaran el tema. Es ahí donde entra en escena nuestro querido duque de Lerma y, con él, se institucionaliza la corrupción política. A perro flaco… El Imperio español, de mal en peor Con Felipe IV las cosas no mejoraron porque la bola de nieve era ya imparable, aunque rodara con lentitud. La guerra de los Treinta Años estaba en su mayor auge, junto con los intentos de secesión en Cataluña, Andalucía, Sicilia y Nápoles. No sé cómo al conde-duque de Olivares, valido del rey, no le dio una úlcera. Pero seguro que le salió cuando Francia entró en la guerra de los Treinta Años, provocando una humillante derrota de los nuestros en Rocroi. La suerte del Imperio español estaba ya echada. Mientras Francia tomaba el relevo como hegemonía europea, aquí se declararon cuatro bancarrotas entre 1627 y 1662. Ni siquiera se podía con los piratas ingleses y holandeses que atacaban día sí y día también a los buques que traían la plata de América. La llegada al trono de un Carlos II incapacitado a nivel mental fue la puntilla, el momento más bajo del imperio. Sólo cuando Felipe de Borbón tomó la corona las cosas se estabilizaron, pero para entonces España ya había perdido su lugar de privilegio en la historia. El fin Hay que reconocer el mérito de que España siguiera manteniéndose como imperio todavía durante un siglo. A principios de 1800 la economía se había rehecho un poco, así que mal que bien, seguía gobernando sus colonias desde la distancia. Pero la realidad era otra: aquellos españoles «de las afueras» ya no se sentían como tales. El pistoletazo de salida para la independencia de las colonias llegó con el caos producido por la Guerra de Independencia española. Fue entonces cuando los criollos de la América hispana iniciaron sus insurrecciones. Líderes como Simón Bolívar forzaron a las Cortes de España de 1836 a renunciar a la soberanía de muchos de sus territorios coloniales. A otros, sin embargo, no pensaban renunciar. Como Cuba. Aunque el punto final del Imperio español fue 1898, cuando concluyó la guerra de Independencia de Cuba y la posterior hispano-estadounidense, antes de eso España ya no era más que una sombra de sí misma. Tuvo que aceptar las condiciones de EEUU en el Tratado de París y liberar así sus últimas colonias (Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam), reteniendo únicamente las islas Canarias, las Baleares y sus posesiones en el norte de África. Aquel imperio siempre iluminado por el sol había dejado de existir. Conclusiones En esencia, el Imperio español fue víctima de los mismos males que llevaron a los romanos a desvanecerse. Lo mismo que convirtió a unos y otros en las potencias más grandes de la historia los condenó: una expansión desmedida. En una era donde las comunicaciones tardaban semanas e incluso meses en llegar de una punta a otro del imperio, una gestión eficiente era imposible. Demasiadas fronteras que vigilar, demasiados enemigos: ingleses, franceses,
Híspalis, los orígenes de Sevilla
Que Sevilla es importante para mí no debería sorprender a nadie a estas alturas. No sólo es mi tierra de nacimiento, si no que además forma parte de mi obra como escritor. Es el escenario central de mi novela Muerte y cenizas, y ya os hablé un poco de su pasado como Híspalis en este artículo. Hay pocas ciudades en España tan fascinantes y ricas en lo cultural y lo social. Un pasado tan asombroso que he pensado que sería buena idea ahondar un poco más en su historia más antigua, en su nacimiento. Porque Sevilla no tiene un origen, tiene muchos. Así de resalaos somos los sevillanos. Heracles, fundador de Híspalis Lo sé, Heracles parece estar detrás de todos los saraos que se montaron en la antigüedad. No sólo sus descendientes dieron lugar a Esparta según sus tradiciones, si no que al héroe griego se le atribuye la fundación de decenas de ciudades: Barcelona, A Coruña, Córdoba, Cádiz, Herculano (en Italia), Tánger… y por supuesto Híspalis. Heracles se habría hartado de hacerse fotos en inauguraciones, de haber vivido en la actualidad. En el mito, Heracles llegó a la península ibérica para realizar algunos de sus trabajos, como el de robar el ganado de Gerión y, ya de paso que andaba por ahí, llevarse a la saca también las manzanas doradas del jardín de las Hespérides. Eficiencia máxima. Entre aventura y aventura se entretuvo con menudencias como separar la península del continente africano, dando así lugar al estrecho de Gibraltar, o fundar alguna de las ciudades mencionadas antes. Entre ellas, Híspalis, cuyo nombre derivaría de la denominación que tenían los compañeros de parranda de Heracles, los espalos. Ispal, la Híspalis fenicia Este supuesto origen de Híspalis es menos mitológico y está más apegado a lo históricamente comprobable, aunque por supuesto sigue sin ser una teoría firme. Los restos arqueológicos encontrados en la capital hispalense dejan muy claro que en el siglo VIII a.C. se alzó allí un santuario dedicado al dios Melkart. ¿Y quién es este señor? Pues ni más ni menos que este es el nombre de un dios fenicio-púnico que tenía su equivalencia en el Heracles griego (¿Te acuerdas de nuestro artículo sobre el plagio de los dioses griegos?). Al igual que Thor y Júpiter eran los clones de Zeus, Melkart era el Heracles fenicio. O viceversa. Se cree pues que los fenicios pudieron llegar por el cauce del bajo Guadalquivir durante sus constantes viajes a la península ibérica, y fundar así una de sus muchas colonias. La llamaron Ispal, que significaría supuestamente «sobre palos», y hacía referencia a que el terreno era inestable y por tanto las casas debían estar asentadas sobre postes clavados para no desplomarse. Ispal crecería metida de lleno en la sociedad tartésica. Y la sobreviviría, pues cuando Tartessos acabó desapareciendo, Ispal siguió ahí, esta vez como parte del territorio íbero de los turdetanos, esperando a convertirse en Híspalis. Algo así como la Sagunto íbera, donde íberos y colonos griegos convivían. Ispal estuvo en calma hasta la llegada de los cartagineses de Amílcar, Asdrúbal y Aníbal, en primer lugar, y luego de Roma, con Escipión a la cabeza. Híspalis, la pequeña Roma de Julio César Ispal se convirtió en romana tras la Segunda Guerra Púnica, pero todavía no era Híspalis. Y aún tardaría un tiempo en serlo, pues según San Isidoro de Sevilla, que además de eclesiástico fue un prolífico compilador de obras historiográficas, fue el mismísimo Julio César quien le daría tal nombre. En concreto, el de «Colonia Iulia Rómula Hispalis»: «colonia» por su condición formal, «Julia» por su nombre, y «Rómula» porque era algo así como una Roma en miniatura. Aunque cabe apuntar que la historia de este nombre está en entredicho. Algunos historiadores de gran prestigio aseguran que Julio César no tuvo nada que ver y que el único nombre oficial fue «Colonia Rómula». Sea como fuere, según la tesis de San Isidoro, lo de Híspalis le vendría por su anterior nombre fenicio (semítico, no latino), Ispal. Esta latinización de un nombre fenicio no es nada extraño en absoluto, más bien al contrario. Ocurrió lo mismo con el término «Hispania», que provenía del fenicio «Ispania». Los romanos eran mucho de aprovecharlo todo, que se lo digan a su mitología, calcada de la de los griegos. El caso es que Julio César estuvo en Híspalis entre los años 68 y 65 a.C., como cuestor de la provincia. Y por lo que se cuenta dedicó bastantes esfuerzos a convertir aquella simple colonia en uno de los asentamientos más poderosos de la Bética. Sustituyó la triste empalizada de los tiempos fenicio-íberos por una muralla de piedra, dándole lustre a la ciudad. Y eso que no era la capital, que estaba en manos de Córdoba. El bueno de Julio también tuvo allí uno de sus amoríos convulsos, con Syoma Julia (aquí todos son «julios», quizás de ahí nuestra coletilla «hulio»), con quien tuvo dos hijos, uno de los cuáles sacrificó para conseguir el favor divino. Se dice que los restos del infante reposan debajo de la Puerta de la Macarena. La madre, por si acaso, escapó con el otro niño, no fuera caso que los dioses reclamaran más sangre. Conclusión Como podéis comprobar, los orígenes de las grandes ciudades siempre son una mezcla entre el mito y la historia demostrable, y en ese sentido Sevilla no podía ser distinta. La mitología, como siempre digo, es fundamental para entender la historia de las sociedades del pasado, ya tenga una base real o ficticia. Además nos ayuda a entender que somos hijos de muchas culturas distintas. Como decía una antigua inscripción en una de las antiguas entradas de la muralla romana, la Puerta de Jerez: Hércules me edificó, Julio César me cercó de muros y torres altas, y el rey santo me ganó con Garci Pérez de Vargas.
El Siglo de Oro: ¿Por qué se llama así?
Si hay una época de la que hemos hablado mucho en este blog esa es sin duda el Siglo de Oro. No en vano es el contexto histórico en el que se desarrollan varias de mis novelas, como El trono de barro o La boca del diablo. Un período apasionante en el que convivieron la gloria y la decadencia del imperio más grande desde los tiempos de Roma. Pero, ¿por qué se llamaba así? Hoy os descubriré algunos detalles al respecto que seguro que no conocíais. El marco temporal Lo primero que debemos definir es el periodo cronológico en el que se enmarca el Siglo de Oro. Y ahí surge el primer problema, porque en ese sentido no hay un consenso unánime. Así que trataremos de simplificarlo. Se suele decir que el Siglo de Oro en realidad duró más de un siglo, casi dos (porque así somos los españoles desde siempre, unos exageraos), siendo la fecha de inicio más defendida el 1492. ¿Qué tiene de especial dicha fecha? Es una pregunta que casi ofende. El 1492 fue posiblemente el año más importante de la historia de España (que todavía no era tal en realidad, mucho faltaba para eso), gracias a dos sucesos que marcarían el destino de la península ibérica: el fin de la ocupación árabe, con la caída del reino nazarí de Granada, y el Descubrimiento de América. Ahí, entre dos acontecimientos tan importantes, quizás podía pasar desapercibido otro hecho menos épico. Sin embargo, fue éste el que en realidad más peso tuvo a la hora de iniciar el esplendor literario por el que se caracterizaría el Siglo de Oro: la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija. La esencia del Siglo de Oro La Gramática castellana fue la primera obra dedicada al estudio de la lengua castellana, y establecía sus reglas, que fueron la base de la forma actual de nuestro idioma. Como anécdota, se comenta que a la reina Isabel le pareció de poca relevancia, que aquello no serviría de mucho ni al pueblo llano ni a la nobleza. Vamos, un «los libros son aburridos» de manual. Pero Fray Hernando de Talavera, en nombre de Nebrija, la convenció pinchando donde más duele: «(…) con la conquista vendrá la necesidad de aceptar las leyes (…) y entre ellos nuestro idioma; con esta obra mía, serán capaces de aprenderlo». Este tratado llegó en el momento perfecto, justo cuando el territorio español empezó a expandirse a través de la colonización americana. Una herramienta, además, que sirvió para que cientos de literatos crearan sus obras mediante unos mismos fundamentos lingüísticos. Comenzó así la época gloriosa de las artes españolas, el Siglo de Oro. Una etapa admirada en todo el mundo «civilizado», y que daría más lustre todavía a un imperio que parecía perfecto e imperecedero. Pero, ¿por qué se llama Siglo de Oro? La historia de este nombre viene de antiguo, aunque en realidad no empezó a usarse hasta bastante después de que terminara el Siglo de Oro propiamente dicho. Fue en el discurso de Alonso de Verdugo para su ingreso en la RAE (fundada un año antes) donde se mencionó por primera vez esta denominación. Se basaba en las cinco épocas descritas por Hesíodo en su obra Los trabajos y los días, las edades mitológicas del hombre divididas por su esplendor: la edad de oro, de plata, de bronce, heroica y al fin la de hierro, como colofón a una supuesta degradación moral del ser humano. Alonso de Verdugo equiparó la fastuosa etapa pasada de la literatura española con la más brillante de las edades de dicho mito. El término «Siglo de Oro» se utilizó alguna vez más a partir de entonces, pero no se institucionalizó de manera formal hasta el siglo XIX. Y fue un hispanista estadounidense de la Universidad de Harvard, George Ticknor, el que definió este nombre inspirándose, como no, en la obra culmen de dicha época: Don Quijote de la Mancha. ¿Cuándo terminó el Siglo de Oro? La fecha en la que se da por finalizada esta época también varía según el especialista de turno. Hoy en día se relaciona el fin del Siglo de Oro con la muerte de uno de sus mayores exponentes, Calderón de la Barca, en 1681. Esto coincidiría además con el declive del Imperio español, que dese hacía ya tiempo empezaba a perder fuelle con respecto a otros reinos como el francés o el británico. El desgaste sufrido por las constantes guerras, como la de Flandes (cuya derrota fue un varapalo humillante); el gasto que suponía el gobierno de sus tierras en América; o las distintas plagas de peste y otras epidemias, fueron minando la hegemonía española. Curiosamente, fue durante estos últimos años donde más brilló la cultura artística, como si los diversos autores de la época, viendo lo que se les venía encima, trataran de enfatizar esa gloria que se les escapaba entre las manos. Una pátina dorada para esconder la podredumbre. Conclusión Nadie puede negar que hay pocas denominaciones tan acertadas como este Siglo de Oro del que hoy hemos hablado. Jamás antes, y jamás después, ha existido una época tan prolífica en grandes obras maestras, especialmente en lo que a la literatura se refiere. ¿En qué otro momento se han encontrado trabajos como El Lazarillo de Tormes, La vida del Buscón, o por encima de cualquier otra, Don Quijote de la Mancha? Guillén de Castro, Cervantes, Quevedo, Calderón de la Barca, Luís de Góngora, Garcilaso de la Vega, Lope de Vega… Estamos hablando de una generación como nunca ha habido otra, cuyas creaciones definieron la literatura tal y como la conocemos hoy en día. Aunque esos días queden muy atrás para los autores actuales, como yo mismo, y a pesar de que nuestras obras han evolucionado hasta diferenciarse mucho de aquellas (lo cual es bueno), siempre hay que tener presente de dónde venimos y cuáles son nuestros cimientos.
La beata Dolores: la última bruja de la Inquisición
«Me acuerdo muí bien de la última persona que fué quemada como herege en mi propia ciudad llamada Sevilla. Era una mujer pobre y ciega. Entonces tenia yo ocho años, y vi los haces de leña, colocados sobre barriles de brea y alquitrán, en que iba á ser reducida á cenizas.» Así describió el escritor José María Blanco White una de las quemas inquisitoriales más significativas que hubo. La infeliz ajusticiada se llamaba María de los Dolores López, pero pasó a la posteridad como la beata Dolores. Os he hablado ya antes de casos de brujería de nuestra historia, con motivo de mi novela La Boca del diablo. ¿Pero qué tuvo de especial este auto de fe? Pues ni más ni menos que se trató de la última bruja condenada a la hoguera dictada en España. Hoy os voy a hablar de este caso. Beata y bruja desde la infancia María de los Dolores vino al mundo en la segunda mitad del siglo XVIII, en Sevilla, aunque no está muy claro en qué año. Lo que sí quedó registrado en los anales es que provenía de una familia de cristianos viejos afín al clero, ya que su hermana era una carmelita descalza y su hermano sacerdote. Con semejantes antecedentes estaba claro que la niña iba a acabar relacionada de algún modo con la Iglesia, a pesar de que ya desde su más tierna infancia se le achacó cierta rebeldía. El primer embate que le propinó la vida fue a los doce años, cuando la viruela la dejó ciega. Debido a ello pasó a vivir con su confesor. En este punto el relato se vuelve truculento, pues dicho reverendo, luego de varios años y a punto de morir, acusó a María de los Dolores de ofrecerle su cuerpo por las noches para tentarlo, para «quitarle el frío», como ella misma confesó. Podríamos creer en la culpabilidad de la chiquilla si no fuera por los antecedentes que, ya por entonces, existían acerca de abusos entre el clero. Pero ya se sabe que el pecado siempre estuvo en la mujer, y rara vez en el hombre. Bruja o mendiga Cuando su primer confesor falleció, María de los Dolores se quedó sola, pues ya por entonces la familia renegaba tanto de ella como la muchacha de sus parientes. Ingresó en el convento carmelita de Nuestra Señora de Belén, donde empezó a ganar fama de santa debido a diversos episodios supuestamente místicos. Que hablara con la Virgen y el Niño Jesús (al que llamaba Tiñosito) era casi lo de menos. Lo que empezó a escandalizar a propios y extraños era, según ellos, su comportamiento libidinoso. Las habladurías que la señalaban como una bruja no se hicieron de esperar. Se decía de ella que, además de la lujuria que constantemente provocaba entre los religiosos, sabía preparar brebajes milagrosos, capaces de sanar cualquier mal físico y mental. Esto dividió a la gente que acudía a ella: por una parte la buscaban para solventar sus dolencias, pero por otra temían con desespero que esas artes provinieran del demonio. De ella se llegó a decir incluso que ponía huevos. Fue inevitable que María de los Dolores, ya convertida en la beata Dolores, fuera expulsada del convento. Pero no tardó en rehacerse del único modo que sabía. Para evitar caer en la mendicidad, buscó siempre el amparo de otros confesores, mientras sus extravagancias crecían hasta devorar a cuantos estuvieron a su lado. Curas y al mismo tiempo amantes fueron pasando, uno tras otro, hasta que en 1779 uno de ellos la denunció ante la Inquisición. Su suerte estaba echada. La brujería siempre fue lo de menos El proceso contra la beata Dolores no fue rápido, a pesar de que nadie testificó en favor de la mujer. Los autos de fe hicieron hincapié en la maldad que poseía, ofrecida por el mismo diablo a cambio de sus poderes de bruja, y durante dos años tras ser detenida la torturaron para que confesara que había vendido el alma al demonio. Dolores jamás cedió. Una y otra vez insistió en que sus habilidades especiales provenían del cielo, que Dios se las había entregado para ayudar a salvar a sus hijos. Que la devoción que mostraba había sido recompensada con la amistad de la mismísima Virgen María, y que se casó con el Niño Jesús en el cielo. Pero el verdadero pecado para la Inquisición no eran esas blasfemias. Muchas monjas solían asegurar que Jesús las había tomado como esposas o que la Virgen se les aparecía. Además, los autos de fe por brujería eran ya por entonces anecdóticos, pues no olvidemos que en aquella época la Inquisición había iniciado ya su descomposición. El peligro real estaba en la cercanía de las prácticas de María de los Dolores con un movimiento místico tildado de hereje un siglo antes: el quietismo, propuesto por el sacerdote Miguel de Molinos (condenado en 1687), defendía muy a grosso modo que cuando un alma se une a Dios ya no necesita resistirse a la tentación. Esta idea era algo que la Iglesia no podía tolerar, pues llevaba a un libre albedrío incontrolable. Quizás por eso fueron tan duros con la beata Dolores, quien probablemente jamás supo nada del quietismo. La última bruja en la hoguera El 22 de agosto de 1781, al fin, la beata Dolores fue condenada a la hoguera. Dos días después, en procesión, se la llevaron vestida de blanco hacia la plaza de San Francisco, donde como a toda bruja la esperaba la leña. Durante la lectura del proceso ante la muchedumbre, el padre Teomiro Díaz de la Vega trató de mostrar la bondad de la Inquisición para con aquella mujer, aduciendo que le habían ofrecido muchas oportunidades para reconocer sus pecados. Entonces, ya ante la inminencia de la muerte, María de los Dolores rompió a llorar. La visión de la hoguera ya dispuesta para ser prendida hizo que estallara en súplicas de confesión. Su suerte estaba echada en cualquier caso, pero al menos logró