Honorio, el emperador niño

por | Oct 20, 2023 | Notas autobiográficas

Cuando imaginamos cualquier historia ambientada en el Imperio romano, siempre pensamos en gloria, grandiosidad, en una Roma victoriosa ante toda amenaza o situación. Bueno, quizás también hay espacio para corruptelas y cosas así, pero eso es algo que forma parte de todo gran imperio. Sin embargo, Roma no fue eterna, y el personaje del que hoy vamos a hablar es capital para entender la decadencia y desmembramiento de lo que se dio en llamar el Imperio romano de Occidente. El protagonista de nuestro artículo es Flavio Honorio Augusto.


La herencia recibida por Honorio

Podríamos decir que esta historia empieza en el 395, cuando el padre de nuestro protagonista, el emperador Teodosio el Grande, pasó a mejor vida. Mi tocayo de diminutivo (que no de nombre) había sido el emperador de todo el Imperio romano, que en esos momentos tenía dos claras subdivisiones: el Imperio romano de Occidente y el de Oriente. Dos cortes separadas pero que en ciertos momentos estuvo supeditada al mando de un emperador absoluto. Si os pensabais que eso de la duplicidad de cargos es un invento reciente, ya veis que la cosa viene de lejos.

En todo caso, aquella forma de gobierno no iba del todo mal. Aunque con ciertos altibajos, las distintas etapas de este sistema habían evolucionado de manera positiva. Las sucesivas dinastías que tomaron las riendas se las tuvieron que ver con guerras civiles, la aceptación del cristianismo, o las primeras invasiones de los pueblos germanos. El Imperio, dividido en dos pero bajo un mando único, ganó en prosperidad.

Hasta que llegó la dinastía teodosiana. Teodosio el Grande se convirtió en emperador del Imperio romano de Oriente en el 379, tras la muerte de Valente en la famosísima batalla de Adrianópolis. Bueno, al principio fue nombrado como co-augusto de Oriente, pero en el 392, muerto Valentiniano II, Teodosio decidió que bien podía subir un peldaño más y proclamarse emperador único, mientras situaba como co-augustos a sus dos hijos: Arcadio, el mayor, en Oriente; y al menor en Occidente. Y este era, por supuesto, Flavio Honorio. Que por aquel entonces tenía unos tiernos ocho años.

Teodosio, emperador romano


Los primeros años de Honorio como emperador

Y ahora estaréis pensando que menuda barbaridad darle semejante responsabilidad a un niño de tan corta edad. No podría estar más de acuerdo con vosotros, y de esos polvos vendrían unos lodos que les llegarían hasta el cuello. Pero hay que señalar que no era la primera vez que un niño se convertía en emperador. El mismo Valentiniano II fue proclamado con cuatro años, aunque es obvio que con esa edad no podía ejercer, y que otros lo hicieron por él.

Sea como sea, en el caso de Flavio Honorio daba un poco igual su juventud, al menos a priori, porque el mando único estaba en manos de su padre Teodosio. Al menos hasta que este falleció, en el 395, de un ataque al corazón. Un imprevisto que pilló a Honorio con apenas once años recién cumplidos, por lo que una vez más se tuvo que echar mano de un regente temporal. El elegido fue Estilicón, un general de origen vándalo, casado además con una prima de Honorio, que vio la oportunidad de sacar aún más tajada de la situación: una de sus primeras medidas fue arreglar el matrimonio del infante con su hija, María. Huele a pucherazo.

Flavio Honorio, emperador, niño


El caos desatado

Aquello no hizo ninguna gracia a Arcadio, el hermano de Honorio, que se olía que Estilicón quería comerles la tostada y llevarse todo el Imperio. Eso hizo que las dos cortes se distanciaran, justo al mismo tiempo que cierto godo, de nombre Alarico, le diera por rebelarse. No fue la única, porque en Britania también algunos militares se pusieron dignos. La jugada quedó rematada con la horda de suevos, vándalos y alanos que se introdujeron en la Galia en el 407. Para combatirlos se envió a Constantino III, el cuál en realidad quería disputarle el trono a Honorio.

Y como las cosas sólo podían ir a peor, un años después murió Arcadio. Estilicón le quitó a Honorio la idea de tutelar al hijo del fallecido, Teodosio II, con la intención de hacerlo él en su lugar. Entre unos y otros, le comieron de tal manera la oreja al pobre Honorio que no supo ni cómo reaccionar. Ni os podéis imaginar el nivel de estrés que tenía el pobre muchacho en aquel momento, viendo que todo se venía abajo: un motín en Milán acabó con la vida de Estilicón, al mismo tiempo que Constantino III avanzaba hacia Roma para quitarle el mando. Y eso sin olvidar que los godos de Alarico también invadieron la península itálica, llegando incluso a saquear la mismísima Roma. El caos fue de tal magnitud que en algunos momentos hubo hasta cuatro emperadores distintos al mismo tiempo: Honorio, Constantino III, Máximo (en Hispania) y el senador Átalo Prisco, al cual apoyaban los godos.

saqueo de Roma, Honorio


Honorio, un emperador nefasto

Tuvo que poner orden a tanta locura un tal Flavio Constancio. Con el beneplácito de Honorio, limpió del tapete a todos los usurpadores que amenazaban al emperador, uno tras otro. También forzó la rendición de los godos, tras lo cual los asentó en Aquitania y les dio objetivos que sirvieran al Imperio. En pocos años, Constancio se convirtió en el auténtico emperador de Roma, al menos hasta que murió en el 421 y Honorio se quedó de nuevo solo.

Para entonces ya era un hombre hecho y derecho, a sus 37 años, pero dicen las malas lenguas que seguía siendo un inepto al que casi cualquiera podía manipular. Nunca tuvo el carácter necesario para ser un buen emperador, ni mucho menos la inteligencia o la formación. A Honorio siempre se lo ha tenido como uno de los más inútiles gobernantes romanos. Así que cuando murió, dos años después, y a pesar de haber estado reinando durante veintiocho, pasó de inmediato a formar parte de esa lista de emperadores de cuyo nombre no quiero acordarme, salvo para escupirlos y maldecirlos. Más aún teniendo en cuenta que con su muerte el Imperio romano de Occidente entró en una sucesión de guerras civiles que significó el principio del fin para lo poco que quedaba de aquella Roma gloriosa que siempre ha maravillado al mundo.

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