Durante el encuentro de literatura fantástica de hace unos días, hubo un tema recurrente: ¿los personajes de una novela pueden llegar a cobrar vida propia o por el contrario deben permanecer bajo el control del autor?

Hubo opiniones para todos los gustos: Nerea Riesco, José Carlos Somoza, Javier Márquez, Pepe Carrasco y José Ángel Muriel comentaban que a ellos los personajes sí se les rebelaban en ocasiones del papel que ellos, como autor, les habían asignado, y que eso podía llegar a enriquecer sus novelas . Por su parte, Santiago García-Clairac declaraba que en absoluto permitía que eso le pudiera suceder. Sus personajes existían con un propósito concreto, que él, como autor-arquitecto (Santiago comparó en varias ocasiones la labor del escritor con la del arquitecto por aquello de organizar la trama, los personajes, etc…) les había otorgado y que, como subordinados a él, tendrían que cumplir tal y como estaba marcado.

Bueno, pues yo no voy a entrar en si un personaje puede cobrar vida o no. En realidad, voy a ir un poco más allá. Y es que, lo que de verdad está vivo no son los personajes de la novela. No, lo que realmente está vivo es la novela en sí misma.

Suele decirse que no es el escritor quien elige la historia, sino la historia quien elige al escritor. No sé yo si eso será verdad, pero lo que sí es verdad es que, normalmente, el escritor no hace con la historia lo que tiene pensado desde el principio. Para nada.

Lo normal es que el autor tenga un momento de inspiración, ¡CHAS! ¡ESTO SERÍA UNA HISTORIA GUAPÍSIMA (OTROS DIRÁN COJONUDA) PARA CONTAR!

Vale… la historia te atrapa y quieres contarla. Y ahora, te pones ante el ordenador, o el papel o la máquina o las notas y empiezas a darle forma… ¡Y nunca termina con la forma que has pensado darle!

Pongo un ejemplo: HIJOS DE HERACLES.

HIJOS DE HERACLES es mi segunda novela. Hoy es una novela histórica que cuenta lo ocurrido en Esparta entre los años 735 A.C. y 655 A.C., momento en el que se dio forma a la idiosincrasia espartana y sus habitantes dejaron lo que era una vida rica en cuanto a cultura y economía para cerrarse en sí mismos y convertirse en el mito de hombres y mujeres valerosos y abnegados que ha llegado hasta nuestros días.

Pero esa no era la idea original.

Al principio, esa novela comencé a concebirla como la continuación de mi primera novela: LA PIEDRA DE ALDUR, una historia de fantasía épica. Vamos, nada que ver una cosa con la otra. Un día, sin embargo, se me encendió la luz, llegó la inspiración, me miraron las musas, o lo que quiera que pasara. Pero de pronto me di cuenta de que la historia que estaba empezando a escribir (la de dos hermanos enfrentados), no tenía nada que ver con la primera y que estaba escribiendo algo con entidad propia, completamente ajeno a lo anterior.

Decidí que el pueblo en el que esos hermanos crecieran debía ser duro, especialmente duro , manteniendo a sus habitantes bajo un yugo cruel. Y para eso, comencé a estudiar al pueblo espartano. Un día le mandé los 8 primeros capítulos (de un total previstos de unos 15) a Leonardo Ropero, un buen amigo y gran escritor. Y tanto había estudiado al pueblo espartano, que cuando llevaba leídos 4 capítulos me dijo: “Teo, esto es en realidad una novela histórica fuera de contexto. ¿Por qué no escribes la novela histórica que hay aquí dentro en realidad?”.

Bueno, no lo dijo con esas palabras, pero sí con ese sentido. Lo cierto es que yo le había estado dando vueltas a esa posibilidad, había buscado un periodo histórico que pudiera encajar con la historia, pero no lo había encontrado. Sin embargo, tras las palabras de Leo, me animé de nuevo e intenté una nueva búsqueda.

Y de repente, ahí estaba. Había un momento en la historia de Esparta en el que varios acontecimientos que yo había imaginado para mi historia de fantasía épica encajaban como un guante. Pero claro, ese periodo histórico aparecía enriquecido con tramas paralelas maravillosas, intrigas y asesinatos. Y lo más importante: los dos hermanos sobre los que yo estaba basando la novela fantástica que escribía, encajaban a la perfección con dos personajes históricos. Además, uno de ellos era motivo de una controversia histórica interesante, lo que me permitía jugar con su vida de forma increíble.

Y para colmo, se trataba de un periodo de la historia de Esparta fascinante ¡Y SOBRE EL QUE NO HAY NADA ESCRITO! Es muy anterior a las Termópilas, que se ha erigido como lo único de importancia en la historia espartana. Es, de hecho, un periodo tan oscuro, que cuando me puse en contacto con un especialista en la historia de Esparta para comentar el proyecto y solicitar su ayuda en determinadas cuestiones (a lo que accedió muy amablemente durante varios meses), me dijo textualmente: “me alegro de que alguien, por fin, se atreva a escribir algo sobre la Esparta arcaica, aunque dicho proyecto sea una locura”.

Terminé la novela, por supuesto. Durante el pasado mes de Agosto, Sandra, mi agente, la ha leído y valorado. Hace unas semanas me llegó su comentario sobre ella. Pero lo que me comenta ya os lo diré otro día, que esta entrada es para hablar de otro asunto.

Algo parecido a todo esto me pasó con Pecado Capital, que es el proyecto en el que trabajo ahora, como algunos ya sabéis. Pero eso os lo cuento también otro día.

Así que, volviendo al tema principal… Algunos dicen que sus personajes cobran vida mientras escriben una novela.

La verdad, no me sorprende. A mí, me cobran vida las novelas completas: personajes, situaciones, fechas… e incluso historia.

A lo mejor soy uno de esos a los que una historia ha elegido para ser contada. ¿Quién sabe?

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