La magia en la antigüedad grecolatina. Testimonios arqueológicos

por | Abr 30, 2019 | Libros aconsejados

En este artículo seguimos tras la pista de la magia durante la Antigüedad y la Tardoantigüedad grecolatina: vamos a prestar atención a algunos de los testimonios arqueológicos más interesantes y los vamos a poner frente a frente con las fuentes literarias.

La Simeta de Teócrito VS el mago “histórico”

En otros artículos he hablado ya de la magia en la antigüedad, en especial del Idilio II de Teócrito, fuente esencial para el estudio de la magia amorosa. Entonces ya aludimos a las particularidades de la escena que se desarrolla en el poema. Los elementos con los que la maga, Simeta, se protege antes de ejecutar el ritual; la colaboración silenciosa de su sierva Téstilis, puesto que el texto es un monólogo de la propia Simeta; el objetivo, que es hacer regresar con ella al amado, Delfis, la inmediatez con que dicho regreso ha de producirse y, por último, el carácter insistente del poema-hechizo, logrado a partir de la repetición del estribillo: “rueda mágica, trae a mi hombre a casa”. Todos ellos, como vamos a comprobar, constituyen rasgos que definen la magia en tanto que hecho histórico; es decir, unos y otros elementos encuentran refrendo en los testimonios arqueológicos de rituales con los que un cuerpo profesional de magos, normalmente a las órdenes de un lego, buscaba intervenir en las potencias divinas con un propósito concreto.

La magia en la antigüedad y las diferencias en el texto de Teócrito

Algunos estudiosos están de acuerdo en afirmar que los pasos seguidos por la hechicera de Teócrito no tienen correspondencia con ningún ritual real y conocido de magia en la antigüedad (bibliografía y sumario de esta tesis), al menos de los que nos han legado las fuentes conservadas hasta ahora. De ser así, el poeta encadena una serie de prácticas que nada tienen que ver con la realidad y que nunca habrían sido realizadas de manera conjunta. Entonces, ¿por qué describir una escena como ésta? Desde luego, Teócrito no pretende erigirse en cronista de una práctica real. Él es un poeta y sus propósitos son otros, alejados de lo que podríamos denominar verdad histórica; una obra poética constituye una expresión de otro tipo de realidad, más subjetiva, que busca más provocar emociones que informar a la audiencia.

Sin embargo, nada de esto supone un obstáculo para relacionar uno a uno los elementos presentes en el poema con elementos presentes en rituales reales y conocidos de magia en la antigüedad. Poco después de la alusión a los granos de cebada que Simeta echa al fuego (“así ardan los huesos de Delfis”) y directamente relacionada con ella se encuentra la de la “cera” en el verso 28: “Así como yo derrito esta cera, así se derrita por amor Delfis, al punto”. Muy probablemente, se trata de una alusión metonímica a una figurilla con la forma, al menos esquemática, de su enamorado. Se trata de una forma de magia perfectamente reconocible: el vudú, directamente relacionada con la magia simpatética, donde un objeto simbólico evoca una entidad real.

La figurilla de cera encuentra su correspondencia perfecta en uno de los conjuros encontrados en los Papiros de Magia Griegos, concretamente en el IV, entre las líneas 296-496 y las 2943-2966. En ellas, se ofrece una siniestra receta: el mago deberá clavar trece agujas en diferentes partes de una figura. El efecto esperado es doble: que la persona contra quien se hace el conjuro sufra en sus propias carnes los dolorosos efectos que causa el amor en el ejecutante, y, por otro lado, vincular, subyugar simbólicamente a la víctima. Lo que constituye, como indicábamos en el artículo anterior, el objetivo fundamental de la magia de defixio o katadesmós.

Los Papiros de Magia Griegos: generalidades

Aunque existen otros tipos de soporte para los textos mágicos de la Antigüedad, los más relevantes son los Papiros de Magia Griegos, a los que venimos aludiendo repetidamente en las líneas previas. Se trata de una colección de documentos escritos en papiro, datados sobre todo entre los siglos I y IV d.C. y escritos, la mayoría, en griego clásico. También los encontramos en copto y en demótico, al ser Egipto el lugar donde se han hallado todos los documentos. Ofrecen una clara idea del clima cultural y religioso del territorio romanizado de Egipto y del área en torno. Su primer editor fue el erudito alemán Karl Preisendanz, que publicó los dos primeros volúmenes en las primeras décadas del siglo XX.

Las páginas y fragmentos hallados, atribuidos a la autoría de estudiosos de la época y, en no menor proporción, a practicantes itinerantes de magia, contienen numerosas recetas y fórmulas, incluyendo series de palabras mágicas de oscuro sentido y origen, o dibujos que plasman las entidades divinas invocadas o el modo determinado de ejecutar un ritual. Aquí recogemos un par de ejemplos, con texto e imágenes de seres y acciones bastante inquietantes.

La magia en la antigüedad a través de los papiros

La variedad de objetivos que persiguen los Papiros es inmensa: remedios populares, maldiciones de muerte, curas para la impotencia, para el dolor de cabeza u otro tipo de molestia física, pero también, cómo no, encantamientos de amor. Su vocabulario y terminología formular es muy similar a los otros tipos de textos mágicos (laminillas de plomo con defixiones, amuletos en piedra o metal, pedazos de cerámica con hechizos y maldiciones…). Para saber más sobre los distintos tipos de textos mágicos, puedes acudir a este trabajo de M. Teijeiro.

Y si quieres una visión esquemática de las características comunes de la magia de amor en los Papiros, además del estudio de un caso práctico (el hechizo de amor de un tal Teodoro sobre su amada, Matrona, en un papiro conservado en Colona), te recomendamos el material firmado por E. Suárez Somonte.

El plato fuerte: la maldición de Ptolemaide

El estremecedor hallazgo que vamos a comentar a continuación posee numerosas características de las que hemos ido mencionando a lo largo los artículos sobre magia: la creencia en la capacidad por parte del mago de dominar las potencias sobrenaturales; el deseo de inmediatez en la consecución de los objetivos; el uso de una tablilla de execración o defixio y una figura “vudú”.

En el Museo de Louvre se conserva el conjunto al que nos referimos, el E 27145 abc, del siglo IV d.C. Está formado por una vasija de arcilla que contenía a su vez la laminilla con el hechizo y una figura femenina desnuda. La figura mide unos nueve centímetros de altura y presenta las manos y las piernas atadas a la espalda, además de estar traspasada por trece agujas en lugares estratégicos del cuerpo: en la cabeza, en la boca, en ambos ojos y oídos, el pecho, la vagina, el ano, las palmas de las manos, y las plantas de los pies.

Una imagen vale más que mil palabras.

En la laminilla, fabricada en plomo, aparece el nombre femenino al que hemos de pensar que representaba la figurilla: Ptolemaide. Según la norma implícita del vudú, el daño infligido a la figura repercute directamente a la persona a la que representa. Contra ella va dirigido el hechizo; es para conseguir la sumisión absoluta de Ptolemaide para lo que Sarapamón, su supuesto enamorado, ha contratado los servicios del mago o del autor del sortilegio. Un tercer antropónimo, Antínoo, hace referencia al muerto en cuya tumba se produjo el hallazgo y de cuyo espíritu aspira a servirse Sarapamón para lograr su siniestro propósito.

Además de la ayuda de un muerto concreto, el hechizo reclama la de los muertos prematuros y la de los propios dioses del inframundo: Plutón y Perséfone (llamada Core, “muchacha”, en algunas fuentes). El hechizo espera de ellos que asistan al espíritu de Antínoo en los siguientes propósitos: evitar que Ptolemaide coma, duerma o salga, si no es con Sarapamón, y que mantenga relaciones sexuales con ningún hombre que no sea él. La laminilla repite ambas fórmulas con palabras que varían escasamente. Y, entre otras lindezas, le pide a Antínoo, como condición para liberarlo, “arrástrala de los pelos, de las entrañas, hasta que deje de rechazarme y la tenga sometida durante el resto de mi vida; queriéndome, amándome, diciéndome lo que tiene en su mente”. No te pierdas este vídeo elaborado por José Antonio Castilla Gómez, con la maldición completa y traducida, sin eufemismos en el momento de verter las referencias sexuales.

Esta maldición no es la única de su clase. Es imposible estudiar todos los documentos, pues son multitud; esperamos, con todo, haber generado curiosidad en el lector, que tal vez desee acercarse a ellos en detalle. Comprobará entonces que el deseo de dominar, “atar”, al ser amado constituye el objetivo más frecuente, con diferencia, en los textos mágicos. De los hallazgos comentados, la maldición de Ptolemaide resulta especialmente ilustrativa por ser una muestra especialmente completa de magia amorosa. Pero, sobre todo, por esa especie de halo perverso que lo envuelve, capaz de estremecer al observador que, conscientemente o no, percibe en el conjunto una realidad palpable, aún hoy.

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