Después de un pequeño parón en la serie, retomamos nuestra saga de artículos sobre esos errores que cometemos los escritores que empezamos: los pecados del autor novel. Ya sabéis, esas malas costumbres que tomamos por pura inexperiencia, pero que debemos remediar si no queremos llegar al punto en que nos lastren de manera irremediable. ¡Vamos allá! No leer Sí, esto quizás suene sorprendente, pero es una realidad: hay escritores que no leen. Esto puede parecer incoherente, porque es lógico pensar que para que una persona quiera convertirse en escritor antes tiene que haber sido seducido por la magia de otros libros. Pero os prometo que, en efecto, ese es uno de los pecados del autor novel más común. He perdido la cuenta de comentarios que he leído en redes sociales sobre supuestos escritores que aseguran que ellos no leen, que solo escriben. Los motivos son diversos: «Tengo poco tiempo y se lo quiero dedicar todo a mi obra»; «No quiero verme influenciado por lo que escriben otros»; «Sólo me atraen las historias que yo mismo creo», y cosas así. Y este puede que sea el peor de todos cuantos hemos visto en esta serie sobre los pecados del autor novel. La lectura de obras ajenas es nuestra herramienta principal a la hora de mejorar nuestra escritura. De hecho, es algo que le recomiendo constantemente a los alumnos de mis cursos de escritura del Método PEN: nunca dejéis de leer, hacedlo de manera analítica, examinando cómo escriben los autores que ya tienen un bagaje, y tratad de aprender qué recursos utilizan, cómo construyen las frases, cómo colocan los signos de puntuación… ¡Si hasta les digo que los imiten! Porque esa es la mejor manera de aprender. Cuando somos niños aprendemos a base de imitar lo que hacen los mayores. Pues cuando empezamos a escribir nos pasa lo mismo. Lee, lee mucho y todo tipo de obras, porque toda información que absorbas te servirá para mejorar tu escritura. No corregir Hay muchos autores que opinan que cometer faltas ortográficas en su manuscrito es irrelevante, que lo que importa es si su historia es buena, si los personajes son interesantes, si transmiten emoción al lector. Pero claro, ya me dirás qué emoción vas a transmitir en un párrafo plagado de errores gramaticales, donde los puntos y las comas se han puesto casi a boleo, o donde faltan la mitad de las tildes. Pero insisten: «No importa, ya lo corregirá el editor. Es su trabajo». Ahí lo tenéis, uno de los pecados del autor novel, y además catastrófico. Primero porque esa premisa es falsa: no es trabajo del editor, es tu trabajo, el del autor. Si queremos ser escritores profesionales, tenemos que actuar con profesionalidad. Si tú diseñas y vendes un coche con un motor impecable, potente y fiable, pero luego la carrocería está llena de abolladuras y defectos en la pintura, ¿crees que te lo comprará alguien? ¿Verdad que no? Pues eso te pasará si entregas un manuscrito sin haberlo revisado y corregido. El problema es que tu primer cliente no es el lector común, si no el editor. La persona de la que depende que tu libro llegue al lector. Como sabrás, además de los cursos del Método Pen también soy lector editorial. Valoro los manuscritos que llegan a las editoriales y realizo un informe de lectura profundo de la obra. Hay muchos puntos que analizar, pero uno de los más importantes es la ortografía y la gramática. Si el texto está plagado de errores de ese tipo, os puedo asegurar que rara vez pasa a la fase de edición. Lo he dicho un millón de veces: a los editores les llegan decenas de manuscritos al día. Ni siquiera contratando a lectores editoriales como yo dan abasto, así que están deseando encontrar cualquier excusa para descartar manuscritos. No se lo pongáis tan fácil. No aceptar las correcciones Pero digamos que tu manuscrito está bastante limpio, con pocas faltas ortográficas, o al menos un número aceptable. Te puedo asegurar que por mucho esmero que pongas se te van a colar algunas, o habrá frases que puedan mejorar en lo que al estilo literario se refiere. Hasta los más grandes escritores cometen errores, bien sea por malas costumbres adquiridas o por descuido. Y en ese caso sí, para eso están los editores y los correctores. Su trabajo es pulir tu obra, adecentarla del todo para que esté a la altura del lector. Un día, te llega un correo electrónico de tu editor con un archivo adjunto: el manuscrito con la revisión del corrector. Lo abres y te llevas las manos a la cabeza. ¡Está todo en rojo! ¡Y hay un montón de comentarios! Lo primero que sientes es indignación. Tú sabes que escribes bien, y te has currado un proceso de corrección brutal. Pero empiezas a leer y ves que la cosa va a peor, porque por ejemplo te quieren eliminar esa frase tan buena, por la que tan orgulloso estabas. Es «demasiado ampulosa», dicen. ¡Qué ampulosa y qué niño muerto! Así es como escribían los clásicos, eso no puede ser malo. Así que decides plantarte. Te pones en contacto con el editor y dices que no piensas cambiar ni una coma, salvo como mucho las faltas ortográficas básicas. Que el resto se tiene que quedar igual, porque es tu estilo y todo está pensado para ser así. Te da igual que el corrector te haya argumentado cada cambio de manera razonable. Es tu libro y debe quedarse tal y como lo concebiste. Y ese es un terrible pecado de autor novel. En este punto pueden pasar las cosas: que no recapacites, con lo que probablemente el editor decida romper el contrato (a los editores no les gustan los escritores que dan problemas, al igual que a todo hijo de vecino); o que te tragues el ego y aceptes que tu editor es alguien que conoce su oficio porque lleva años en él y ya se ha toreado a otros morlacos como tú.
Historia de la cerveza
Imagínate que estás mojando un poco de pan duro en un cuenco de agua para ablandarlo. Un día no terminas ese desayuno y te dejas unos trozos en el recipiente mientras te vas a hacer tus cosas. A la mañana siguiente, vuelves y te encuentras el cuenco de nuevo, que todavía tiene un poco de agua y el pan hecho una pasta tras tantas horas reblandeciéndose. Pero por una de esas se te ocurre probar el líquido, sin atemorizarte porque de repente tenga un aspecto amarillento. Y te llevas una monumental sorpresa al darte cuenta de que tiene un sabor dulce y a la vez amargo, muy agradable en cualquier caso, y que te produce un ligero embotamiento en la cabeza. Pues así es como se descubrió una de las bebidas más consumidas del mundo en la actualidad, la cerveza (o eso creen los historiadores). Y hoy, aprovechando que es el Día Internacional dedicado a este dorado néctar, vamos a explorar lo que en este blog tanto nos interesa. Os cuento, pues, la historia de la cerveza. Los orígenes Para ser sincero, en realidad no se sabe en qué momento exacto de la historia inventamos la elaboración de la cerveza. Es muy probable que ocurriera tal y como os lo he contado en la introducción, por mera casualidad, igual que la mayoría de descubrimientos de la antigüedad. En cualquier caso, la evidencia más antigua que nos ha llegado es una tablilla mesopotámica donde se muestra a varias personas tomando cerveza de un mismo recipiente, hace más de seis mil años. Sin embargo, algunos arqueólogos creen que la elaboración de la cerveza podría remontarse a tiempos muy anteriores, y estar ligada a las primeras técnicas de fabricación del pan, que datan del 8000 a. C. De hecho se han encontrado evidencias de fermentación accidental de la cebada en Godin Tepe, una antigua ciudad en la actual Irán donde en el 3500 a.C. quizás tuvo lugar el episodio con el que he iniciado el artículo. Para los especialistas tiene todo el sentido del mundo que la fermentación empiece a utilizarse al mismo tiempo que surge la agricultura, y sobre todo en lugares con evidencias del cultivo del trigo y el centeno. Las primeras menciones a la cerveza Los sumerios le cogieron tanto el gusto a la cerveza que incluso la identificaron como un don ofrecido por una diosa, Ninkasi, quien literalmente se decía que había nacido de aguas frescas burbujeantes que saciaban el corazón. Vamos, que la buena mujer nació en un barril de cerveza. Lógico por tanto que las primeras recetas conocidas no tardaran en aparecer. La más antigua es una tablilla de arcilla grabada con escritura cuneiforme, y datada del 2050 a. C. En ella se alaba las cualidades de un tipo de cerveza llamada alulu, que los expertos creen que era del tipo ale. También encontramos referencias a esta bebida en un escrito del que ya hemos hablado no hace mucho: el poema épico de Gilgamesh. En esta historia mitológica, Enkidu ofrece al protagonista una bebida elaborada a partir de la fermentación de la cebada, cuyos efectos nos resultan pero que muy conocidos: “[…] su corazón se sintió luminoso, su cara se cubrió de júbilo y cantó con alegría.” La cerveza egipcia Es comprensible que para estas gentes primitivas los efectos alcohólicos de la cerveza fueran tomados como una manera de conectar con las divinidades. Se desarrolló por tanto un simbolismo religioso asociado al consumo de cerveza, lo que supuso que su utilización poco a poco se conectara con las élites. Sin embargo, esto empezó a cambiar cuando el uso de la bebida se extendió hasta Egipto, quien rápidamente asoció la cerveza con Osiris. Cómo no iba a ser así, cuando el cultivo del cereal era una práctica que debían al recurso más importante que tenían, el Nilo. Si el río era sagrado para ellos, cualquier elemento que surgiera de sus aguas también debía serlo. Los egipcios llamaron a la cerveza zythum, la cual la elaboraban con un toque propio, porque a la fermentación tradicional le añadían alguna fruta o hierba, como los dátiles, para darle un toque más dulce. A diferencia de los sumerios, la convirtieron en una bebida básica de la vida cotidiana. Era la contraparte del vino, preferida por las clases altas. La cerveza en cambio quedó para disfrute del pueblo llano. Y se produjo en masa. En estas fechas, durante la época de los faraones, es cuando surgen las primeras fábricas de elaboración de cerveza. Agarraos, porque los egipcios producían alrededor de cuatro millones de litros de cerveza al año. Tanto era así que la mayoría de la cebada almacenada en los graneros tenía como destino la fabricación de cerveza. La expansión de la cerveza El éxito de la cerveza estaba más que cimentado en Egipto, así que fue inevitable que los pueblos que contactaron con ellos también adoptaran el néctar espumoso para sí. No sabemos exactamente cuándo ocurrió, si fue en época minoica (y por tanto antes del nacimiento de los griegos como tales) o ya en tiempos micénicos, pero el caso es que los griegos recibieron con los brazos abiertos el consumo de cerveza. Como todo el mundo, por supuesto. Ya en época helenística, resultó inevitable que empezaran a surgir recetas nuevas. Los campesinos griegos crearon sus propias variedades, como la brytos o la kykeon, a tal punto que la popularidad de la cerveza alcanzó cotas enormes. El propio Homero la mencionaría en la Ilíada y en la Odisea, donde asegura que solía acompañarse de queso de cabra rallado. Las rutas comerciales que los mercaderes griegos mantenían a lo largo del Mediterráneo propagaron el uso del alcohol por todo el mundo conocido, hasta llegar a la península ibérica. Se conoce por ejemplo el término con el que los astures denominaban a la cerveza, zythos, y que derivaba del término egipcio. Los íberos conocían a la perfección la cerveza. Aunque, como ocurría en Grecia, el vino seguía siendo la bebida preferida de las
Por qué debes escribir relatos cortos
El arte de la escritura se manifiesta de diversas formas, y una de las más fascinantes es el relato corto. Aunque a primera vista pueda parecer una forma limitada de expresión, los relatos cortos tienen un encanto especial que los hace indispensables en el mundo literario. Yo soy un gran enamorado de este formato breve, al que le debo mucho durante mis inicios. Por desgracia, su popularidad en España ha disminuido en los últimos años. Factores como la preferencia por narrativas extensas, la falta de promoción, o las limitaciones en la distribución y formato, pueden haber contribuido a este declive. Por tanto, ¿por qué un autor debería dedicarle su tiempo a un formato literario que está aparentemente de capa caída? Pues en este artículo te voy a mostrar algunas de las razones por las cuales escribir relatos cortos es una actividad que debes cultivar. El relato, la lectura ideal Imagínate que tienes que coger el metro todos los días para ir a trabajar. Es un trayecto corto, quince minutos a lo sumo, y te gusta aprovechar el tiempo, así que te llevas contigo un libro (¡nada de mirar el móvil!). Una novela, por supuesto. Empiezas a leerla y cuando ya estás metido en la historia… De pronto has llegado a tu parada y tienes que dejar de leer. Menuda faena, ahora que la cosa se estaba poniendo emocionante. Pues bien, esto no te pasaría con una antología. En ese cuarto de hora habrías tenido tiempo de acabar al menos un relato, de cabo a rabo. Sin tener que quedarte con las ganas y con la sensación de que realmente has aprovechado el rato. Esta es la magia de la brevedad de los relatos cortos: nos permite una experiencia de lectura rápida, concentrada y, lo más importante, completa. En un mundo cada vez más acelerado, con rutinas segmentadas que nos roban el poco tiempo que tenemos para leer, los relatos cortos se convierten en una opción ideal para aquellos que desean disfrutar de una historia completa en poco tiempo. Los lectores nos podemos sumergir sin miedo en la trama y en los personajes sin necesidad de invertir horas y horas en la lectura. Esta característica los hace perfectos para el ajetreo diario o para momentos de espera en los que se dispone de unos pocos minutos libres. Otro aspecto destacado de los relatos cortos como lectura es su fascinante capacidad para transmitir emociones de forma intensa (si están bien escritos). Como generalmente están enfocados en un evento o un momento determinado, los relatos cortos pueden concentrar su energía en explorar una emoción específica y profundizar en ella. Esto nos brinda la oportunidad de crear una conexión emotiva con el lector en poco tiempo. La intensidad de las emociones que se pueden generar en un relato corto puede ser tan impactante como en una novela más extensa, pero en un formato más accesible. De hecho, a veces la conexión con la historia o alguno de los personajes puede llegar a ser más profunda. Algunos de los mejores personajes de la literatura han nacido en relatos, como el brujo Geralt de Rivia o el bárbaro más famoso de todos los tiempos, Conan. El relato como desafío para el autor Además, la escritura de relatos cortos representa un desafío creativo en sí mismo. A diferencia de las novelas, donde se cuenta con una extensión considerable para desarrollar personajes y tramas complejas, en los relatos cortos se debe condensar todo en un espacio limitado (y ya ni hablemos de los microrrelatos). Esto requiere habilidades narrativas muy precisas y una capacidad para transmitir emociones y generar impacto en pocas palabras. Los relatos cortos exigen una economía de lenguaje que obliga al escritor a elegir cuidadosamente cada palabra, haciendo que cada una cuente y contribuya al efecto general de la historia. Y, esto lo digo muchas veces, ser conciso al narrar es fundamental. Así que todo lo que nos ayude a practicar esta habilidad es bienvenido. Estamos por tanto ante un camino ideal para alcanzar nuestra plenitud como escritores, por eso se lo aconsejo a mis alumnos de mis cursos de escritura narrativa. La capacidad de contar una historia completa en pocas palabras requiere dominio de la narrativa y una comprensión profunda de los elementos que la componen. Al perfeccionar estas habilidades, los escritores pueden trasladar lo aprendido a otros formatos y enriquecer su escritura en general. Y lo sé por experiencia: todos los relatos que escribí antes de publicar Hijos de Heracles me sirvieron para crear unos cimientos que luego trasladé a mis novelas. El mejor laboratorio de prácticas Asimismo, los relatos cortos permiten experimentar con multitud de estilos y géneros literarios diferentes, de una manera mucho más ágil. En este formato, los escritores tenemos libertad casi absoluta para explorar distintas voces narrativas, estructuras y temáticas en cada historia, sin necesidad de una preparación extensa en la que nos tiremos semanas antes de escribir una frase. Podemos ir directamente al grano, a ese recurso o estrategia que queremos practicar: si estamos acostumbrados a usar la tercera persona, en un relato podemos practicar con una historia narrada en primera persona. O darle un tiento a la utilización de recursos estilísticos como las metáforas, practicar un lenguaje más elaborado, crear una historia donde el protagonista sea el villano… Las posibilidades son casi infinitas. ¿Hay mejor manera de fomentar la creatividad y la versatilidad? También nos permite incursionar en territorios desconocidos en los que jamás nos atreveríamos a meternos en una novela. Sin el compromiso de una obra extensa, podemos coquetear con géneros que no nos resultan conocidos. ¿Eres un autor de novela negra pero te apetece probar con la romántica? Pues para eso están los relatos, que de este modo se convierten en un terreno de juego literario donde los escritores podemos probar nuevas ideas y técnicas sin los límites impuestos por una historia más larga. ¿No nos gusta el resultado? Lo podemos desechar sin la sensación de que hemos perdido mucho tiempo. Aunque ya sabéis que
María Pita, la leyenda de una heroína
La de héroes grandiosos que tenemos dentro de la historia española, ¿verdad? Podría dedicar todas las entregas de este blog a esas grandes personalidades que de un modo u otro han quedado para la posteridad por su valor y entrega. Y os aseguro que la que hoy protagoniza este artículo no se quedaría muy atrás de otras quizás más famosas. Me refiero a Mayor Fernández de la Cámara y Pita, más conocida como María Pita. Una insigne mujer del siglo XVI que, si no conocíais, es hora de ponerle solución. María Pita, una leyenda de orígenes humildes Sabemos muy poco de los orígenes de María Pita, más allá de que nació en La Coruña en el siglo XVI, con el nombre completo de Mayor Fernández de la Cámara y Pita. De hecho hay ciertas controversias en torno a si era de familia hidalga, aunque generalmente se asume que vino al mundo en una familia humilde. Fue hija de Simón Arnao y María Pita la Vieja, propietarios de una pequeña tienda en la ciudad coruñesa. Ni siquiera ha quedado constancia del año en que nació, entre el 1556 y el 1562. La cosa empezó a cambiar cuando contrajo matrimonio con Juan Alonso de Rois, en 1581. Aunque seguía siendo un hombre modesto, carnicero de profesión, la situación del flamante esposo significó una mejoría para María Pita: Juan Alonso disponía de un par de viviendas y algunos viñedos en la región. Por desgracia, la unión entre ambos no duró mucho, pues él murió en el 1585, no sin antes dejarle una niña a su esposa. Y claro, con una criatura a cuestas, la mejor opción que tenía una mujer en aquella época era volver a encontrar marido cuanto antes. Y es entonces cuando conoció a Gregorio de Rocamonde, el cual, por desgracia, le brindaría la oportunidad de pasar a la historia. El ataque de La Coruña Primavera de 1589. La Coruña. La Expedición Drake-Norreys, más conocida como la Invencible inglesa o la Contraarmada, es avistada en el horizonte. 180 buques conformaban la flota, y eso que más de veinte desertaron antes de llegar a su destino. No había pasado ni un año de la debacle de la Armada Invencible, así que aquel pretendía ser un golpe definitivo por parte de Isabel I para aprovechar la supuesta debilidad de su homólogo Felipe II, dentro del marco de la guerra anglo-española. Drake, pirata para los nuestros, héroe para los ingleses, deseaba a toda costa repetir su exitoso ataque a Cádiz de 1585, y La Coruña era un objetivo demasiado jugoso para dejarlo pasar: como punto de salida y entrada de la flota española que surcaba el Atlántico, disponía de grandes reservas de oro y víveres, a pesar de lo cual sus defensas no estaban a la altura. En cuanto se avistó al enemigo las autoridades españolas movilizaron las escasas defensas que tenían: seis barcos y 1500 hombres entre soldados y milicias locales, entre los cuáles estaba Gregorio de Rocamonde, el marido de María Pita. La desventaja española era más que obvia. ¿Cómo iban a enfrentarse seis simples barcos a otros casi doscientos enemigos? Y aunque plantaron cara, no pudieron evitar que los ingleses desembarcaran el 5 de mayo en la playa de Santa María de Oza. Llegó el momento de pelear en tierra y defender las murallas de la ciudad. Una enconada batalla, en la que, al fin, los ingleses abrieron una brecha. La suerte de los coruñeses estaba echada… María Pita contra Francis Drake El asalto de los británicos a la ciudad vieja obligó a los voluntarios civiles a entrar en combate. Y allí estaba Gregorio de Rocamonde, en primera línea, que cayó muerto durante la acometida de los de Drake. Lo que pasó a continuación forma parte tanto de la leyenda como de la historia: al ver cómo su esposo caía en el asalto, María Pita estalló de pura rabia y se unió a los defensores como si de un miliciano más se tratara. Tal era su ímpetu que todos los coruñeses, así fueran hombres o mujeres, civiles o soldados, la siguieron como si ella fuera la auténtica líder. «Quien tenga honra que me siga», gritaba, y vaya si la siguieron. María tomó una de las lanzas que llevaban la bandera inglesa, y la empuñó para alancear al alférez británico que marchaba en cabeza. Dice el mito que el pobre desgraciado que sufrió su rabia era el hermano del mismísimo Francis Drake. La tradición gallega nos cuenta cómo aquella mujer desmoralizó a la tropa inglesa, hasta el punto de que provocó su retirada. No nos vamos a engañar: es poco probable que algo así sea real. Resulta más creíble pensar que, ante lo que se estaba prolongando el asedio, decidiera levar anclas al saber que los refuerzos venían en camino para auxiliar La Coruña y pillar la espalda de los sitiadores. Pero esto no desluce en ningún caso la ejemplar resistencia de los coruñeses ni el papel de María de Pita. María Pita, el símbolo Era inevitable que la historia de María Pita se convirtiera en un símbolo de coraje y resistencia para los gallegos y el resto de España. Su heroísmo ha sido recordado en libros, canciones, películas e incluso cómics. Es también un ejemplo de la importancia de las mujeres en la defensa de su patria, de que ellas también tuvieron que tomar las armas en ocasiones y dar su vida por defender al pueblo. De hecho, no fue la única heroína, pues hubo muchas otras mujeres con ella, como Inés de Ben. Aunque, por desgracia, el nombre de estas valientes mujeres no ha trascendido. Pero no creáis que tras este suceso la vida de María Pita fue plácida. Se casó hasta cuatro veces, y tuvo otros tantos hijos. Se las vio contra varias querellas e incluso estuvo en la cárcel. Afrontó una sentencia de destierro por unas falsas acusaciones de asesinato, contra las que luchó al igual que contra los ingleses: con pasión. Pues ni corta ni perezosa,
Los verbos comodín
Sí, ya lo sé, no paro de decíroslo un artículo tras otro: una de las principales características del español es la variedad. Os lo comenté en el artículo sobre el nombre de nuestro idioma o en el de los gerundios. A pesar de ello, y aunque tenemos un montón de alternativas para plasmar en papel cualquier cosa que se nos pase por la cabeza, también existen ciertas palabras que nos sirven en diversas situaciones. Hoy vamos a hablar de uno de estos tipos de palabras, cuyo nombre ya lo dice casi todo: los verbos comodín. Qué son los verbos comodín Como os adelantaba, su propio nombre es esclarecedor: Los verbos comodín son aquellos que se pueden utilizar para expresar distintas acciones, y que pueden utilizarse en contextos muy diferentes y realizar funciones gramaticales diversas. Se caracterizan por ser muy versátiles y flexibles, lo que los convierte en un recurso común y, por tanto, ampliamente utilizado. Sobre todo en el lenguaje hablado. La definición quizás os deje un poco helados, pero lo entenderéis enseguida con unos ejemplos. Porque al fin y al cabo estamos ante los verbos más utilizados de nuestra lengua. Me refiero a verbos como «ser», «estar», «dar», «decir», «tener», «hacer» o «poner». El verbo “hacer” es, sin duda alguna, el rey absoluto entre los verbos comodín. Estamos de lejos ante el más utilizado en español, ya que es la base para expresar un sinfín de acciones de todo tipo. Por ejemplo, solemos decir «hacer una llamada», «hacer una pregunta», «hacer unos macarrones», «hacer unos calcetines» o «hacer una canción». Por si fuera poco, también lo utilizamos para indicar el tiempo que ha pasado, como en «hace meses que no quedamos». ¡Pero aún hay más! Porque también sirve para expresiones idiomáticas, lo que solemos conocer como frases hechas del tipo «hacer el ridículo» o «hacerse el muerto». Y seguro que se os ocurren muchos más ejemplos, así que dejádmelos en los comentarios. Otro de los verbos comodín más habituales en español es «tener». Lo usamos para expresar posesión, como “tener una casa” o “tener un coche”. También es útil para indicar estados emocionales o físicos, como “tener hambre” o “tener sueño», aunque esto básicamente no es una acción de posesión. Y, una vez más, también está muy presente en las frases hechas, como en “tener la sartén por el mango» o «tener mala leche». Tampoco se queda corto en usos el verbo «dar». Este comodín se utiliza para expresar la acción de entregar algo, como “dar un regalo” o “dar un beso», pero también para expresar acciones que se realizan, como “dar una conferencia” o “dar una clase”. Y, como no, en muchas expresiones idiomáticas. ¿Nunca le has «dado la murga» a nadie? Pues eso. El verbo “ser” se utiliza para expresar identidad o esencia, como “ser inteligente” o “ser una persona amable”. También se utiliza para indicar la hora o la fecha, como “son las dos de la tarde” o “es el 5 de mayo”. Y también en expresiones hechas como “ser un hueso duro de roer”. El problema de los verbos comodín Supongo que ya habréis intuido por dónde van los tiros: los verbos comodín son super útiles, porque valen para un montón de situaciones. Tanto que la tentación de utilizarlos en detrimento de otros más concisos es enorme. Esto también os lo he dicho varias veces, tanto a vosotros como a mis alumnos en los talleres y cursos de narrativa que imparto: en literatura necesitamos siempre ser precisos a la hora de elegir la palabra con la que queremos expresar lo que tenemos en mente. Pero claro, si disponemos de unas palabras que nos sirven para tantas cosas, ¿por qué aprendernos otras? Os pondré un ejemplo: «La madre de Luisa nos hizo unos calcetines para nuestra hija.» No parece que haya nada malo en esta frase, ¿verdad? Y de hecho no lo hay. El verbo «hacer» es completamente correcto. Pero también podríamos dejarla tal que así: «La madre de Luisa nos tejió unos calcetines para nuestra hija.» ¿Qué hemos conseguido con este cambio? Pues hemos usado un verbo no tan habitual pero más concreto incluso. Estarás pensando que ya ves tú, da igual, porque estamos diciendo lo mismo. Sin embargo, ahora imaginemos que en el mismo texto utilizamos este verbo comodín muchas más veces. De hecho, pongamos que es nuestra principal estrategia a la hora de construir las frases: «hacer una casa», «hacer un asado», «dar un abrazo», etcétera. Lo que estamos dando a entender al lector es que nuestro vocabulario está limitado a utilizar el verbo comodín, que no conocemos más opciones. Eso denota pobreza léxica. Porque, como siempre os digo, el abuso hace que cualquier recurso se vuelva incorrecto. ¿Cómo solucionar esto? Es tan sencillo como intentar utilizar los verbos concisos para cada acción. En lugar de decir que alguien está «haciendo una casa», sería más apropiado decir que está «construyendo una casa»; o «cocinando un asado»; o que nos «abrazó». Os pongo una pequeña lista con ejemplos de expresiones con verbos comodín y sus equivalencias más concisas: ·Hacer un viaje: viajar ·Hacer un dibujo: dibujar ·Hacerte una mancha: mancharte ·Dar la mano: estrechar la mano ·Dar un susto: asustar ·Tener dos metros: medir dos metros ·Tener un mal comportamiento: comportarse mal ·Dar una carta: entregar una carta ¿Veis cuántas opciones existen? No hay nada de malo si decimos que uno de nuestros personajes le dio la mano a otro, pero es mejor escribir que le estrechó la mano, porque así evitamos utilizar un verbo que seguramente usaremos muchas más veces a lo largo de nuestra novela. Por eso de las temidas repeticiones. Además, es importante recordar que el uso excesivo de los verbos comodín puede llevar a ambigüedades y confusiones en la comunicación. Conclusiones Así que ya veis, la cuestión es apelar una vez más a la variedad de nuestro idioma. Utilicemos todas las opciones que nos ofrece el español, variemos entre formas verbales y construcciones para aprovechar su rico vocabulario. Concisión,
Recaredo, el gran rey godo
Pocos nombres de nuestra historia resuenan tanto como el de Recaredo. Ascendido a la categoría de héroe patriótico, a la par que otros personajes como el Cid, y utilizado demasiadas veces con fines interesados, no cabe duda de que estamos ante una de esas figuras clave sin las que nuestro presente no sería el mismo. Lo básico seguro que lo sabéis: fue un rey visigodo que gobernó en la península ibérica en el siglo VI. Es conocido por ser el primer monarca visigodo en convertirse al cristianismo católico, y por su papel en la unificación religiosa y política del reino visigodo. El paradigma del gran monarca godo, constructor junto con su padre Leovigildo de los cimientos que un día, aún muy lejano, sería la actual España. Hoy os acercaré un poco su vida. ¡Os aseguro que es apasionante! Recaredo, el hijo de Leovigildo Su padre fue, desde luego, el único que puede hacerle sombra. La mayor hazaña de Leovigildo no fue por las armas, como uno cabría esperar. En mi opinión el gran logro que llevó a cabo fue la instauración de una nueva legislación, el Código de Leovigildo, que ponía en igualdad de condiciones a los godos y a los hispanorromanos, las poblaciones principales de su reino. De este modo logró una unificación social y cultural que hizo posible cimentar sus campañas militares. Una unión que, en cualquier caso, no logró consolidar debido a las discrepancias que creaban las dos religiones mayoritarias en ese momento: el cristianismo arriano y el católico. Imaginad lo difícil que debió ser para sus hijos, Hermenegildo y Recaredo, crecer con la presión de estar a la altura de semejante titán. Recaredo nació alrededor del año 559, en el seno de una dinastía visigoda que había gobernado la península ibérica desde el siglo V. La identidad de su madre no está muy clara, aunque se cree que podría tratarse de una princesa sueva llamada Teodosia, hija del dux de Cartagena, Severino. Recaredo fue criado en la corte real de Toledo, donde demostró ser un niño inteligente y curioso, ávido de conocimiento. Fue educado en la religión arriana, que era la creencia dominante entre los visigodos en ese momento. Y os aseguro que el tema de la religión fue un dolor de cabeza constante en esta familia, hasta el punto de romperla. Recaredo, a verlas venir En el año 579, la estabilidad familiar se fue al garete. El hijo mayor, Hermenegildo, que junto con Recaredo había sido asociado a la sucesión del trono (contraviniendo la costumbre de que los reyes fueran elegidos entre los más aptos), se hartó de ser sólo el gobernador de la Bética y se rebeló contra su padre. Suele decirse que la Yoko Ono de todo esto fue su esposa franca, Ingunda, que convenció a Hermenegildo para que renegara del arrianismo y se convirtiera al catolicismo. Padre e hijo dialogaron, pero por lo visto ambos eran igual de cabezotas y al final se llegó a las armas. Leovigildo no tuvo piedad alguna y acabó por capturar y desterrar a su hijo en Valencia, el cuál moriría en Tarragona en el 585. ¿De qué lado estuvo Recaredo durante este enfrentamiento? Pues podría decirse que de ambos. De hecho, su padre lo envió para que mediara con Hermenegildo y le convenciera para entregarse. Recaredo así lo hizo, pero no le gustó mucho que Leovigildo encarcelara a su hermano después de rendirse. Para entonces, el futuro rey había empezado a entender que la unión entre godos y hispanorromanos jamás podría ser completa mientras existiera un enfrentamiento religioso. Así que tomó nota… y esperó. Recaredo, el primer rey católico Leovigildo murió en Toledo en la primavera del 586, lo que significó la ascensión inmediata de Recaredo al trono. Por entonces todavía era arriano, pero no tardó ni un año en convertirse al catolicismo, aunque lo hizo en secreto. Durante meses estuvo macerando su gran plan, que no dio a conocer hasta el 589, cuando convocó posiblemente la reunión que iba a cambiar la historia de Hispania: el III Concilio de Toledo. El tema de este concilio fue tratar la cuestión religiosa que había enfrentado a su padre y a su hermano. En presencia de obispos y nobles, Recaredo anunció a los presentes lo que ya era un secreto a voces: su conversión al cristianismo católico. Por supuesto, un rey no puede permitir que sus súbditos tengan otra confesión que no sea la suya, así que ordenó que todos los súbditos visigodos hicieran lo mismo. Incluso mandó quemar cualquier libro de carácter arriano, hasta el punto de que a día de hoy no se conserva ninguno. No hubo casi oposición. Hasta la nobleza visigoda, tradicionalmente arriana, aceptó el edicto del nuevo rey. Algunos clérigos arrianos se convirtieron al catolocismo, lo cual supuso un problema, porque el arrianismo permitía que estuvieran casados, así que tuvieron que elegir entre sus esposas y seguir sirviendo a Dios. Este acto de unificación religiosa fue fundamental para consolidar el poder de Recaredo y establecer la hegemonía del cristianismo católico en la península ibérica. Pero, sobre todo, permitió que lo que su padre comenzó fuera al fin posible: la unificación de godos e hispanorromanos, convertidos al fin en hispanos. Ahora todos ellos estaban vinculados por una fe común, que legitimaba tanto al vasallo como al monarca. Conclusiones Las consecuencias de esta conversión en masa fueron de una envergadura colosal y muy profunda, tanto que afectó en cuestiones tan mundanas como la forma de vestir. Las costumbres godas fueron decayendo, de tal modo que casi todo elemento tradicional heredado de sus orígenes germánicos desapareció. Mientras tanto, el reinado de Recaredo estuvo marcado por una serie de reformas políticas y administrativas destinadas a fortalecer la posición del rey y centralizar el poder en su persona, lo que lo llevó a gobernar hasta el año 601. El sistema de gobierno no caería hasta mucho tiempo después, con la llegada de los primeros musulmanes, tal y como os conté en el artículo sobre Tariq ibn Ziyad.
Las ucronías: por qué son tan fascinantes
En el artículo anterior, dedicado a la decisiva batalla de Gravelinas, que causó la gran debacle de la Armada Invencible, os mencionaba un recurso literario que en realidad se ha convertido en un subgénero por derecho propio. Un tipo de narraciones enclavadas en la ciencia ficción pero que en realidad tienen una conexión mayor si cabe con la novela histórica: las ucronías. Pues bien, hoy os hablaré un poco de este subgénero tan sugerente pero a la vez tan complicado de tratar para el autor. Que son las ucronías La mejor manera de entender qué es una ucronía es con una pregunta, que siempre empieza igual: ¿Qué hubiese pasado si…? Estoy seguro que ya sabéis por dónde voy sólo con esto, ¿verdad? A dicha pregunta sólo tenéis que añadirle cualquier suceso histórico y la imaginación hará el resto. Bueno, no sólo la imaginación, pero de eso hablaremos después. En el artículo pasado os ponía algunos ejemplos, como qué hubiese pasado si Aníbal hubiera atacado Roma, o si los Reyes Católicos jamás se hubiesen casado. Así que las ucronías son una forma de ficción especulativa que se centran en la exploración de los cambios en la historia si los eventos hubieran ocurrido de manera diferente. En una ucronía, un evento clave en el pasado es alterado (momento que se conoce como «punto Jonbar» o «punto de divergencia»), lo que conduce a una línea de tiempo alternativa que puede tener implicaciones significativas en el presente. De ahí que se inscriba en la ciencia ficción, ya que en realidad estamos recreando un universo alternativo. Es lo que ocurre en el Steampunk, por ejemplo, donde la humanidad jamás abandonó las tecnologías derivadas del vapor y el carbón. Algunas ucronías emblemáticas En contra de lo que podríais pensar, las ucronías no son un invento moderno. En realidad existe una larga tradición al respecto, aunque el término en sí no fue acuñado hasta el siglo XIX, por el filósofo Charles Renouvier. De hecho, la primera ucronía conocida fue escrita por Tito Livo en su obra monumental Ab Urbe condita libri (Historia de Roma desde su fundación), donde en un fragmento se pregunta qué habría pasado si Alejandro Magno hubiese expandido su imperio hacia el oeste, enfrentándose a la República de Roma. Algo que, por cierto, haría también uno de nuestros mejores autores nacionales, Javier Negrete. Sólo que unos cuantos siglos después. Sin embargo, no podemos negar que las ucronías más famosas llegaron en el siglo XX. No podemos hablar de ucronías sin mencionar la magnífica “El hombre en el castillo” de Philip K. Dick, publicada en 1963. Su premisa es fascinante y además se ha convertido en un clásico que incluso se estudia en los cursos de escritura: ¿Y si los Aliados hubiesen perdido la Segunda Guerra Mundial? El juego especulativo parte de un punto Jonbar: en 1933, el presidente americano Roosevelt es asesinado, lo que impide a Estados Unidos salir de la Gran Depresión y, en consecuencia, el país de las barras y estrellas se ve obligado a seguir una política aislacionista. Los americanos deciden no involucrarse en la Segunda Guerra Mundial hasta que ya es demasiado tarde, lo que lleva a la victoria absoluta del bloque del Eje. Alemanes y japoneses acaban por invadir y repartirse Estados Unidos. La ucronía, un género fascinante Las ucronías se han vuelto muy populares en las últimas décadas debido en gran parte a que también el cine y la televisión han abrazado el género. Ahí está el ejemplo de “El cuento de la criada», que imagina una sociedad distópica en la que las mujeres son propiedad del estado y forzadas a tener hijos para los líderes. De hecho, incluso “El hombre en el castillo” ha sido adaptada como serie de televisión, aunque su éxito no ha sido abrumador. ¿Pero por qué son las ucronías tan atractivas para los lectores y espectadores? En parte, se debe a que ofrecen un escape de la realidad y la oportunidad de explorar mundos imaginarios, lo que es especialmente atractivo en tiempos de incertidumbre política y social. También nos permiten reflexionar sobre la historia de la humanidad y cómo los eventos del pasado han dado forma al mundo que conocemos hoy. Además, las ucronías pueden ser una forma poderosa de comentar sobre problemas actuales. Al explorar un mundo alternativo, los autores y los guionistas pueden señalar las debilidades y los peligros de nuestra propia sociedad. Por ejemplo, la novela gráfica Watchmen puede ser vista como una crítica a la política americana en Vietnam y a la escalada nuclear, mientras que “El hombre en el castillo” hace hincapié en la importancia de la libertad y la resistencia. Por último, las ucronías pueden ser una herramienta para explorar la naturaleza humana y las decisiones que tomamos. Si el curso de la historia hubiera sido diferente, ¿cómo habrían respondido las personas? ¿Cómo se habrían desarrollado las sociedades? ¿Qué valores habrían guiado a la humanidad? ¿Por qué las ucronías son tan difíciles de escribir? Sí, en efecto. Una ucronía es incluso más compleja de abordar para un autor que una novela histórica. Pues en este caso el autor tiene el camino marcado. Si yo escribo una novela en torno a la batalla de Gravelinas, «sólo» tengo que seguir la línea que la realidad histórica me ofrece. Lo cual ya de por sí es una tarea titánica. Pero si me da por crear una trama en torno a lo que hubiera pasado si España hubiese vencido en dicho combate naval… En ese caso ya no puedo acudir a la historia que conocemos. Me veré obligado a crear sucesos nuevos. Pero además, y aquí viene lo que en mi opinión es más delicado, cualquier acontecimiento que ocurra en mi novela ucrónica va a tener que ser verosímil. Me veré obligado a especular de una manera racional. No se pueden hacer cambios radicales en el substrato histórico, al menos en el momento inmediatamente posterior a la ruptura del punto Jonbar. La historia debe avanzar de manera lógica: por ejemplo,
La batalla de Gravelinas
Hay momentos de la historia cuya relevancia es tal que si se hubieran resuelto de otro modo el mundo habría sido completamente distinto. ¿Y si Aníbal hubiese atacado Roma? ¿O cómo sería nuestro presente si los Reyes Católicos jamás se hubiesen casado? No sé a vosotros, pero a mí este tipo de especulaciones, que en literatura se llaman ucronías (y de las que hablaremos próximamente), me resultan fascinantes. En cualquier caso, uno de estos momentos críticos en la historia fue sin duda alguna el enfrentamiento que marcó el destino de la Gran Armada Española de Felipe II (sí, ya sabéis, la mal llamada «Armada Invencible», en donde participó nuestro querido Juan Lobo). Me refiero cómo no a la batalla naval de Gravelinas. Hoy hablaremos un poco de un combate que, si se hubiese resuelto de otro modo, habría cambiado el rumbo de la historia para siempre. ¿Por qué se llama la batalla de Gravelinas? En primer lugar habría que aclarar que existe otra batalla de Gravelinas, aunque no tiene mucho que ver con la que nos atañe hoy. Se dio justo treinta años antes, en la misma población. Pero aquella transcurrió en tierra firme y supuso el final de la guerra entre Francia y el Imperio español (una de tantas). Tras aquello, Enrique II de Francia tuvo que rendirse y firmar una paz por la que cedía los territorios italianos en posesión francesa, a través del tratado de Cateau-Cambrésis. Pero aunque apasionante, esta no es la batalla de la que hoy quería hablaros. La que a nosotros nos importa tuvo lugar el 8 de agosto de 1588. Como sin duda ya sabéis, Felipe II montó la mayor flota naval española vista hasta la fecha: 130 barcos se reunieron en Lisboa, incluyendo galeones, galeazas, fragatas y urcas, con más de 30.000 hombres entre marineros y soldados. Su objetivo, el más ambicioso que pudiera imaginarse nadie: la conquista de Inglaterra. O, como la llamó el propio monarca, la empresa de Inglaterra. ¿Y qué demonios hacía dicha flota atravesando el canal de La Mancha? Porque bien podría haber desembarcado en la costa suroeste y empezar la conquista hacia el norte. Pero para eso faltaba alguien: el duque de Parma, que comandaba a la flor y nata de las fuerzas militares españolas. Sí, estoy hablando de los tercios de Flandes. Su presencia era esencial para lograr la victoria en territorio inglés, pues eran la élite, las tropas más temidas, las mejor preparadas. Su participación era tan vital que toda la planificación se hizo con la idea de que los hombres del duque de Parma embarcaran, por lo que la Armada debía ir en su busca. Con los ingleses hemos topado Sin embargo, la flota inglesa, liderada por el comandante Charles Howard y el famoso Sir Francis Drake, fue advertida de la invasión e inició una serie de ataques contra los barcos españoles. Pero todos estos intentos, aunque molestos y peligroso, apenas lograron retrasar a los españoles. La Felicísima logró cruzar el canal de La Mancha y llegó a Calais el 27 de julio de 1588, donde debían estar esperándoles las tropas del duque de Parma. Pero allí no había nadie. Ni rastro de los tercios, y todo porque una serie de desafortunadas desgracias impidieron que el primer mensaje, anunciando que la flota había partido de Lisboa, jamás llegó a manos del duque de Parma. Imaginaos qué trago tuvo que pasar el pobre hombre: de pronto le llega un mensaje diciéndole que tiene que estar en un par de días con todo su ejército en Calais, y sin tiempo para nada tuvo que movilizar un enorme contingente. A prisas y corriendo, como buenos españoles. La batalla de Gravelinas El duque de Medina Sidonia, al mando de la Armada, no tuvo más remedio que anclar la flota cerca del puerto de Calais para esperar la llegada del duque de Parma. Con el miedo en el cuerpo, por cierto, pues sabía que los barcos ingleses rondaban por ahí. Se olía una jugarreta, pues colocó pinazas y zabras como escudo, ante el temor de que los británicos lanzaran un ataque con brulotes. ¿Y qué es un brulote? Pues ni más ni menos que un barco suicida cargado con explosivos. Seguro que te suena de cierta serie y saga de fantasía, sólo que en esta ocasión no era fuego valyrio, sino simple pólvora. Dicho y hecho: en cuanto cayó la noche, los ingleses enviaron hasta ocho de estos terribles brulotes. Dos de ellos fueron rechazados, pero el resto tuvo éxito: obligaron a que muchos navíos españoles tuvieran que levar anclas para esquivarlos. Buscaron formar una línea de batalla, pero debido a las fuertes corrientes y vientos, la formación se deshizo. Los barcos españoles se encontraron dispersos y separados unos de otros, lo que los hizo vulnerables a los ataques de la flota inglesa. Y, sobre todo, al cada vez más enrabietado temporal. El enfrentamiento posterior fue de órdago. Los cañones escupieron a diestro y siniestro, en especial desde los barcos ingleses, que andaban bien sobrados de munición. Se dice que los navíos llegaron a acercarse tanto que unos y otros podían insultarse de un barco a otro. Pero a pesar de la supuesta superioridad inglesa, la mayor fortaleza de los galeones españoles pudo soportar el tiroteo. Los ingleses al fin se quedaron sin munición y no tuvieron más remedio que regresar. ¿Victoria? ¡Victoria! O eso estaréis pensando. Ya os digo yo que los soldados y marineros españoles no vitorearon muy alto ni durante mucho tiempo. Pues por mucho que los ingleses se habían retirado, la Armada había quedado en unas condiciones tan lamentables que aquello de triunfo no tuvo nada: fue una derrota sin paliativos. Se perdieron varios barcos debido al terrible oleaje, lo que hizo ya imposible volver a anclar en Calais para esperar a los tercios del duque de Parma. Así que el duque de Medina Sidonia no tuvo más remedio que dar una orden que iba a poner la puntilla de tan desgraciada empresa: el
Los pecados del autor novel III
¡Ya he visto que las primeras entregas de la nueva serie «Los pecados del autor novel» os han encantado! Y lo entiendo: a quién no le gusta pecar un poco. Sin embargo, si queremos ser escritores profesionales no podemos dejarnos llevar por estas tentaciones, que lo único que harán será lastrar nuestro progreso y complicar una posible carrera literaria. Así que para seguir incidiendo en todo esto, vamos con la tercera parte. Hoy pondremos en la diana algunos de los vicios más perjudiciales en nuestro camino como escritores. ¡Empezamos! No investigar el mundo profesional del escritor Solemos dejarnos llevar por las creencias populares, sobre todo cuando empezamos a dar los primeros pasos en una actividad nueva. En el caso que nos atañe, la escritura, muchos aspirantes a autores profesionales tienen la imagen de que escribir es algo que depende en exclusiva de la inspiración, de la pasión y del alma. Tienen esa visión romántica de que al escritor sólo debe importarle lo que nace de su interior, y que el resto del mundo no debe afectar a su proceso creativo. Ese es uno de los peores errores que se pueden cometer. Nadie es una isla, ni en este ni en ningún oficio. Y desde luego no se pude aprender y mejorar sin abrirse a lo que nos llega desde fuera o conocer el terreno que pisamos. El escritor que se aísla en sí mismo, que no quiere entender las premisas de este mundillo, que reniega de formarse como es debido porque «escribir debería ser una actividad sin ataduras», está perdiendo algo indispensable para mejorar: conocimiento. Al igual que cualquier otro profesional, el escritor necesita conocer el mundo en el que pretende trabajar si quiere tener una mínima posibilidad de dedicarse a esto. Y no me refiero sólo a aprender técnicas literarias, si no también a saber cómo funcionan las editoriales, para qué sirven las agencias literarias, cómo es la autopublicación, por qué unos géneros funcionan mejor que otros… Todo, cualquier aspecto de la literatura debería interesarnos, pues ese es el ambiente en el que nos tendremos que mover. Siempre lo digo: la información es poder. Utilizar un lenguaje demasiado rebuscado Este es uno de los pecados del autor novel que está muy relacionado con ese falso axioma de que «escribir debería ser una actividad sin ataduras», que he mencionado antes. Hay autores que están tan influenciados por los clásicos antiguos de la literatura que creen que lo que escriben debe seguir ese mismo estilo añejo al pie de la letra. Los detectas enseguida: sus frases tienen una construcción ampulosa, densa, en ocasiones rimbombante, más propia de otras épocas; y utilizan palabras extrañas, que la mayoría de lectores no conocen porque están cayendo en desuso, como si quisieran demostrar que tienen un amplio vocabulario. Muchas veces la intención que hay detrás de esto es la búsqueda de un estilo culto que nos sumerja en una especie de tono épico, y quizás por eso se suela ver más en dos de mis géneros favoritos: la novela histórica y la fantasía. En cualquier caso, la mayoría de estas obras convierten la lectura en algo farragoso. El problema de estos autores es que no comprenden que la literatura evoluciona, y con ella sus lectores. Por mucho que me guste Tolkien, en el mundo actual el tipo de literatura que el profesor inglés practicaba no tiene apenas cabida. Salvo que, obviamente, ya tengas el camino hecho. Pero si un autor novel se pone a emular a Cervantes, Pérez-Galdós o la Ilíada, lo más probable es que la mayoría de lectores actuales no quiera saber nada de él. Porque además no hace falta complicar tanto nuestra manera de narrar. Se puede tener una redacción elaborada, elegante, épica e incluso culta y al mismo tiempo que sea sencilla, fluida y de agradable lectura para un lector actual. Recuerda: si quieres llegar a la gente, tienes que adaptarte. Sin renunciar a tus señas de identidad, por supuesto, pero adecuándolas a tu público. Nunca olvidemos que un libro es cosa de dos: el que lo escribe y el que lo lee. Renegar de otros géneros Me encanta este pecado, es increíblemente común entre los autores que empiezan. De hecho, es posible que sea el más habitual. Es obvio que como lectores todos tenemos nuestras preferencias en cuanto a géneros. A unos les gusta más la fantasía, a otros la romántica o el thriller… Hay muchos lectores que de hecho sólo leen un único género. Y claro, cuando se convierten en escritores, ¿de qué van a escribir? Pues eso, de ese género que aman. Es comprensible, por supuesto, y no pasa nada. Más aún, es recomendable que cuando un autor empieza vaya cogiendo experiencia en un registro en el que se sienta cómodo. Pero cuando escribir deja de ser una simple afición y queremos convertirla en algo más serio y profesional, no nos basta con dominar un sólo género. Tenemos que conocerlos todos. Y aunque luego nos especialicemos en uno, es bueno y yo diría que imprescindible comprender los mecanismos y estrategias que se utilizan en todos ellos. ¿Por qué? Imagina que tu género favorito, en el que quieres progresar como escritor profesional es la novela histórica. Es lo único que has leído y es lo único que has practicado. Genial. ¿Pero qué pasará cuando debas enfrentarte a una escena romántica? ¿Y si en algún momento necesitas una trama de intriga pura? Pues que como no has leído ni trabajado nunca el género romántico o el thriller, no vas a conocer las herramientas propias de estos estilos y por tanto no podrás utilizarlas en tu novela histórica. ¿Crees que yo habría podido escribir «Muerte y cenizas» sin saber cómo se articula una novela detectivesca? ¡Ni por asomo! En resumen: lee todo tipo de literatura y escribe todo tipo de literatura, aunque sea a través del formato de los relatos. Nunca sabes cuándo lo necesitarás. Y hasta aquí esta tercera parte de pecados del autor novel. ¡Nos vemos en la
Alejandro Magno en “Alexander”
Una serie sobre las películas históricas no podría estar completa sin un artículo dedicado al líder más grande de la Antigüedad. Alejandro Magno fue el estratega del que aprendieron todos los estrategas. Aníbal Barca lo idolatraba hasta niveles casi obsesivos, tanto que lo tenía presente en cada una de sus batallas. Quizás por ello fue el que estuvo más cerca de igualarlo. En 2004, Hollywood estrenó «Alexander», de Oliver Stone. A pesar de que su éxito no fue el esperado, hay que reconocer que la película es grandiosa en cuanto a concepto y producción. ¿Pero cuánto hay de ficción y cuánto de realidad histórica en este filme? ¡Os lo cuento! «Alexander»: oportunidad perdida En primer lugar hay que mencionar que Oliver Stone contó con un asesor de lujo: el historiador británico Robin Lane Fox. Estamos hablando del autor de la mejor biografía del conquistador macedonio jamás escrita, publicada en 1973. De hecho, este libro conformaría los cimientos argumentales del guión de la película. Más aún, Lane Fox participó en persona durante toda la producción, con el único afán de que el estilo hollywoodiense no fagocitara tanto su obra como la figura histórica Alejandro. Con un guardián tan férreo e implacable, cabría pensar que «Alexander» sería una adaptación fiel y escrupulosa de la historia. Hay que reconocer que lo es, y que más allá de que se tildara a la película de aburrida y demasiado centrada en la sexualidad de Alejandro Magno, es complicado encontrar grandes errores históricos en el film. Pero haberlos, haylos. El Faro de Alejandría El primero lo encontramos a los pocos segundos de empezar la película, con esa panorámica soberbia del puerto de Alejandría y una fecha: 285 a.C. En esta imagen destaca algo imposible, algo que no debería estar ahí todavía. Me refiero a una de las siete maravillas del mundo antiguo, el Faro de Alejandría. Varios apuntes de esta construcción, para los que viváis en Marte: se estima que su altura alcanzó los cien metros, lo cuál la convirtió en la estructura más alta hecha por el hombre durante siglos. De esas siete maravillas, fue la tercera que más tiempo sobrevivió (superada solo por la Gran Pirámide de Guiza y el Mausoleo de Halicarnaso), pues sus últimas piedras permanecieron indemnes hasta 1480. Vamos, que este monumento bien se merecería un artículo completo (ponédmelo en los comentarios si os apetece). ¿Pero por qué es un error histórico que aparezca al principio de «Alexander»? Cinco años tienen la culpa, ya que la construcción del faro no comenzó hasta el 280 a.C. Sí, el proyecto nació de la mente de Alejandro Magno, pero nuestro aguerrido conquistador murió antes de que aquello fuera algo más que una idea. Tuvo que ser Ptolomeo I, quien se declaró el primer faraón ptolemaico en el 305 a.C., quien financiara la construcción del monumento en la isla de Pharos (de ahí el nombre). Sin embargo, las obras, que se prolongaron durante más de tres décadas, concluyeron bajo el gobierno de su sucesor, Ptolomeo II, en el 247 a.C. Así que en la escena con la que se abre la película todavía faltaban treinta y siete años para que la visión del faro acabado fuera posible. Olimpia, una madre bastante desequilibrada El personaje más importante en la vida de Alejandro Magno fue sin duda su madre, Olimpia de Epiro. Al menos eso asegura la película, donde nos la ponen de loca para arriba. Por ejemplo, juguetea con serpientes, algo de lo que sí hay constancia histórica. Pero la explicación propuesta por los historiadores es mucho más mundana que una simple demencia: durante la antigüedad, estos animales han sido la representación de diversos cultos primitivos en torno a diosas de la naturaleza (en la Creta minoica, por ejemplo). En este caso, se cree que Olimpia pudo ser practicante de un rito tracio a la Gran Madre, común en muchos pueblos anteriores a la cultura griega. En la película, Olimpia también asegura que Zeus la dejó preñadísima de Alejandro Magno mandándole un rayo directo al útero. Y claro, por eso ella estaba tan convencida de que su hijo iba a ser un dios, como un nuevo Aquiles. También por eso se pasó toda su infancia comiéndole la oreja con eso de que iba a ser el mayor hombre del mundo. La verdad es que el tema de la divinización de Alejandro daría para un artículo entero. Para empezar es cierto que él realmente se creyó un dios, y que no fue sólo por conseguir el respeto, como otras figuras históricas. Al fin y al cabo, se lo ganó a base de méritos. En cualquier caso, nunca ningún historiador ha postulado la hipótesis de que fuera por influencia de su madre. Vamos, que esto se lo sacaron de la manga en pos del dramatismo. Gaugamela, la madre de todas las batallas Estaréis esperando que ponga a caldo la escena de la batalla de Gaugamela en la película. Pues no, resulta que es una magnífica recreación a la que apenas se le pueden achacar errores. Hasta fueron detallistas con cosas como que los caballos no tuvieran estribos, ingenio que fue muy posterior. Sin embargo, esto implica que, sin una manera de que el jinete pueda apoyar sus pies, es imposible realizar una carga de caballería con lanza pesada, porque se caería al primer contacto. Otros pequeños errores son, por ejemplo, que los persas de la película hablen en árabe, cuando el idioma persa no tiene nada que ver con el mundo árabe (el persa es de origen indoeuropeo, mientras que el árabe es semítico, de la familia afroasiática); o que la batalla de Hidaspes se desarrolle en una jungla y sin ningún río, cuando el enfrentamiento se dio en el margen oriental del río que da nombre a la contienda; o decir que Heracles, Aquiles, o Teseo visitaron la India; o, ya que mencionamos a Heracles, que este mató a sus hijos después de sus trabajos, cuando en realidad si realizó éstos fue para expiar ese crimen.