Seguimos con nuestra serie sobre los pecados del autor novel, que empezamos hace unos días. Hoy vamos a hablar de cosas más enfocadas en el aspecto del estilo narrativo, ese gran desconocido para el autor que empieza. Es habitual que los escritores inexpertos le presten más atención al fondo de sus novelas (o sea, a la historia que quieren contar), que a la forma. Gran error. Porque no importa lo que quieras contar. Por muy apasionante que sea esa historia, si tu narrativa no es adecuada será difícil que logres cautivar al lector. ¡Por eso es tan complicado ser escritor! Demasiados adjetivos Ya imaginaréis por dónde voy, así que dejadme aclarar una cosa antes: los adjetivos son palabras muy importantes e imprescindibles. No quiero transmitir la idea de que adjetivar es algo a evitar, en absoluto. Estamos ante la herramienta más poderosa para describir y ambientar, por lo que debe ser utilizada… de manera correcta. Porque estamos de nuevo ante uno de los grandes pecados del autor novel. Es muy habitual que, obsesionados por conseguir que el lector nos entienda, creamos que hay que ser muy detallistas a la hora de describir un personaje. Tenemos que mostrar su aspecto sin dejarnos nada: hay que decir si es alto o bajo, de qué color tiene el pelo y cómo va peinado; o cuál es su constitución, que es robusto o por el contrario delgado; o que es bellísima… Lo mismo con los paisajes: si los protagonistas están viajando a través de un bosque, hay que describir que es frondoso y la luz apenas pasa entre las hojas; o quizás el mal esté suspendido en el aire… Nos vemos en la obligación de decirlo todo. Y para ello, no se nos ocurre nada mejor que tirar de adjetivos. Uno tras otro. Como quien regala caramelos. Sin embargo, esto va en contra de una de las premisas básicas de la literatura: la economía. O dicho de otro modo: si puedes describir algo con dos palabras, no utilices jamás tres. Por ejemplo: si decir que tu protagonista es un «tipo robusto» basta para que el lector se haga una imagen mental, ¿para qué necesitas añadir que era un «tipo robusto y recio»? Es lo mismo. Quizás creas que de este modo estás reforzando esa representación visual, pero en realidad te estás repitiendo, y si lo haces de manera habitual, si eso se convierte en un vicio, el lector lo va a notar enseguida. Por si fuera poco, un exceso de adjetivación es muy probable que te haga caer en las temidas redundancias. Adjetivos antepuestos Después de lo que os he comentado, uno pensaría que los adjetivos crean más problemas de los que solucionan, ¿verdad? Pues aún hay más. Porque de nuevo nos hacen pecar como pardillos cuando se utilizan en una posición incorrecta: antes del nombre al que están conectados. ¡Ni os imagináis la de veces que he visto este tipo de errores cuando hago correcciones! Bueno, en realidad habría que aclarar que, siendo estrictos, anteponer adjetivos al nombre no es un fallo como tal. De hecho en algunos casos es obligado anteponerlos, como en ciertas expresiones fijas: mero trámite, libre albedrío, largo plazo, alta mar… En otros pasa todo lo contrario y es obligado posponerlos al sustantivo, sobre todo cuando nos referimos a gentilicios. Nadie dice «español turista», si no «turista español». Incluso a veces anteponer un adjetivo se puede utilizar como un recurso estilístico, en lo que conocemos como epíteto. Sea como sea, las reglas de la gramática nos permiten utilizarlo sin lugar a dudas, pero debéis entender que en literatura uno más uno no siempre son dos. De hecho, en ocasiones el que vaya delante o detrás puede cambiar el significado de lo que pretendemos decir. Os pondré un ejemplo: «Ayer me puse un vestido nuevo.» «Ayer me puse un nuevo vestido.» En la primera frase estamos diciendo que nos hemos puesto un vestido que es nuevo, o sea, que nadie se ha puesto antes, por estrenar. En la segunda, en cambio, apreciamos que ese vestido que nos hemos puesto es nuevo en nuestro armario, que lo acabamos de adquirir, pero no necesariamente está por estrenar. Otro ejemplo: «Era un pobre hombre.» «Era un hombre pobre.» Este es incluso más claro, ¿verdad? En el primer caso «pobre» tiene un significado diferente al del segundo. ¿Advertís dónde está el matiz que los diferencia? Pues ponédmelo en los comentarios. Así pues, salvo en estos casos, o cuando de manera intencionada queramos utilizar un epíteto, en general se recomienda que el adjetivo vaya después. ¿Por qué? Porque la palabra importante en esta pareja es el nombre. El adjetivo es un complemento para describirlo. ¿Qué es más importante, que un guerrero sea diestro o que sea un guerrero? ¿De dónde viene este pecado del autor novel, por cierto? Se trata de una carga heredada de las obras clásicas épicas. En muchas de ellas, colocar el adjetivo antes que el nombre daba una sensación de grandilocuencia, de potencia lírica. De algún modo esto ha quedado impreso en el subconsciente de los escritores noveles, sobre todo cuando hablamos de géneros como la fantasía y la histórica, quienes creen de manera errónea que la única manera de conseguir esa épica es con este recurso. Sin embargo, hay infinidad de maneras de conseguir esas sensaciones sin retorcer y complicar nuestra narrativa. Os lo prometo. Y hasta aquí esta segunda entrega de los pecados del autor novel. ¿Os habéis sentido identificados con estos pequeños vicios? ¡Decídmelo en los comentarios!
El origen histórico del boxeo
Hoy en día la presencia del deporte es fundamental dentro de nuestra sociedad moderna. Tanto si lo practicamos como si nos conformamos con ser meros espectadores, la relevancia de esta manifestación cultural y social (porque lo es, ya que forma parte de las costumbres que nos definen como sociedad) está tan arraigada a nosotros que no entenderíamos nuestro día a día sin su presencia. Incluso afecta a las personas a las que no les gusta. Pero en este blog somos de indagar en el origen histórico de las cosas, así que hoy profundizaremos en cómo surgió un deporte que todos conocemos muy bien. Descubramos el origen histórico del boxeo. Las primeras manifestaciones del boxeo Es imposible saber cuándo surgió el deporte como componente social enfocado en la competitividad. Sería lógico pensar que siempre ha sido algo intrínseco a la naturaleza humana, a ese afán que compartimos de querer ser siempre más, de mejorar, de avanzar. Desde el momento en que el hombre prehistórico logró una estabilidad para plantearse actividades que fueran más allá de la mera supervivencia, el ejercicio físico empezó a cobrar un significado lúdico y competitivo. Al principio quizás se articularan en torno a los rituales religiosos, pero poco a poco fueron cobrando una relevancia social y cultural. Un juego basado en combatir con los puños era inevitable, dado que estamos ante la forma más básica de lucha. Se cree que el origen histórico del boxeo se dio en el continente africano, en torno al 6000 a.C., más o menos en lo que hoy sería Etiopía. Así nos lo dicen las diversas pinturas rupestres halladas por los investigadores. Debió ser una actividad muy relevante, pues sobrevivió lo bastante para extenderse hasta Egipto, primero, para luego alcanzar Mesopotamia. Llegó hasta la India incluso, donde también se encontraron bajorrelieves que lo atestiguan. Esto explicaría por qué el boxeo tiene tanto calado en las comunidades hindús y budistas. El boxeo antes de Grecia Pero saltemos ahora a una época que nos aporte más datos. Sobre todo a una sociedad que, como ya os he comentado, resulta clave: los minoicos cretenses. La Grecia Antigua se lo debe todo a este pueblo. Y cuando digo «todo» no estoy exagerando. Su influencia no se limitó únicamente a apropiarse de los dioses que luego formarían el panteón griego, como vimos en el artículo ¿Los dioses griegos fueron plagiados? Hay evidencias abrumadoras de que los minoicos rendían culto al cuerpo y a la formación física, lo cual se reflejaba entre otras cosas en los deportes que practicaban. El más famoso es el salto del toro, una danza sagrada conectada con el mito del Minotauro y el héroe Teseo. También practicaron la lucha libre y las carreras. Sin embargo, lo que no es tan conocido es que los minoicos se pirraban por el deporte que centra nuestro artículo: el boxeo. Así es. Y lo podemos ver en uno de los frescos hallados en Akrotiri, la ciudad que quedó cubierta de ceniza volcánica cuando estalló el supervolcán de la isla de Santorini, y que significó el declive de la cultura minoica. Una auténtica catástrofe, que sin embargo permitió que se conservara esta representación pictórica datada en el 1500 a.C. En ella vemos supuestamente a dos muchachos minoicos dándose guantazos. Nunca mejor dicho, ya que esta pintura es la primera referencia al uso de guantes en el pugilismo. ¿Se trataba de una actividad competitiva? ¿Un simple entrenamiento? ¿O tal vez estamos ante un rito de iniciación para los jóvenes? Eso sí que no lo sabemos. Lo que está claro es que dicho deporte llegó a Creta a través de sus contactos con los egipcios, con quienes tenían un fuerte lazo comercial. Y luego fue heredado por los aqueos (o micénicos) que invadieron la isla, y que darían lugar a los antiguos griegos que todos conocemos. El boxeo en la Grecia Antigua En el canto 23 de la Ilíada se narra el combate de boxeo entre Epeo, hijo de Panopeo, y Euríalo, vástago del rey Mecisteo. Una pelea narrada con pelos y señales: Ceñidos ambos contendientes, comparecieron en medio del circo, levantaron las robustas manos, se acometieron y los fornidos brazos se entrelazaron. Crujían de un modo horrible las mandíbulas y el sudor brotaba de todos los miembros. El divino Epeo, arremetiendo, dio un golpe en la mejilla de su rival que le espiaba; y Euríalo no siguió en pie largo tiempo, porque sus hermosos miembros desfallecieron. Es evidente que Homero reflejó aquella práctica que los micénicos tomaron prestada de los minoicos. Y tuvo tanto éxito que en el 688 a.C. se introdujo este deporte en las Olimpiadas, en honor a la muerte de Patroclo. Lo llamaron pygme (puño) o pygmachia (pelea de puños). Tened en cuenta que el término «boxeo» es de origen británico y por tanto muy posterior (siglo XVIII de nuestra Era). Para entonces ya encontramos algunos rasgos en este deporte que nos son muy conocidos: las tiras de cuero en las manos, conocidas como himantes; o el entrenamiento con saco, el korykos. Sin embargo, todavía no había separación por peso, aunque sí por edades. Si te tocaba una mole humana, te aguantabas o te rendías. Por cierto, el primer campeón olímpico de boxeo fue un tal Onomastos de Smirna. El boxeo en Esparta Mis queridos espartanos no podían quedarse al margen de este deporte. Al fin y al cabo, se trataba de la sociedad griega más centrada en curtir el cuerpo y prepararlo para la guerra, como os narré en Hijos de Heracles. Así que por supuesto acogieron el boxeo como una de sus prácticas. Sin embargo, no se lo tomaron como una competición deportiva, pues creían que era algo deshonroso caer derrotado en una simple pelea de puños. El historiador clásico Filóstrato aseguraba que más bien lo practicaban como un entrenamiento para endurecer el rostro de cara a la batalla real.
Los pecados del autor novel (I)
Nadie nace enseñado. Cuando empezamos un trabajo nuevo, sobre todo si no nos hemos formado, lo más habitual es cometer un montón de errores e incluso interiorizar vicios que, si no solventamos, pueden convertirse en un problema a largo plazo. Ocurre en cualquier oficio, y el de escritor no iba a ser diferente, y eso es algo que les digo mucho a mis alumnos del PEN I. ¡Si yo te contara las malas costumbres que tenía cuando empezaba! La experiencia y una correcta formación hacen que estas tendencias desaparezcan o al menos se minimicen hasta ser residuales. Para acelerar este proceso he pensado mencionar muchos de estos pecados del autor novel con una serie específica. Por supuesto, no todos cometen cada uno de estos fallos, pero estoy seguro de que te sentirás identificados con más de uno. ¡Esto es lo que tienes que evitar si quieres ser un buen escritor! Enrocarse en una novela Empezamos con el que probablemente sea uno de los pecados del autor novel en el que todos caemos, y quizás también el más peligroso. Por eso voy a dedicarle todo este primer artículo, porque considero vital que tengas en cuenta la dimensión de lo que voy a decirte. Es muy habitual que nos metamos a escritores porque se nos ha ocurrido una historia concreta. Es una idea a la que le hemos dado muchas vueltas: vamos a escribir, o intentar escribir, la novela que nos gustaría leer y jamás hemos encontrado en las librerías. No nos importa nada más salvo esa historia. Puede ser esa novela de fantasía que llega hasta donde Harry Potter no lo hizo, o la novelización de la saga de tu familia (ni os imagináis lo habitual que es esto último). O esa historia romántica que te haría vibrar mucho más que Crepúsculo, o la narración en formato literario de ese gran personaje histórico al que admiras. Sea como sea, un buen día te pones a escribirla. Pasas meses para terminar la primera versión, le dedicas todo el tiempo del mundo, hasta el punto de que llegas a sacrificar incluso esa vida social tan rica que tenías hasta ese momento. Vamos, que tus amigos ya ni te ven el pelo. Al fin y al cabo, es tu bebé, en el que te estás volcando en cuerpo y a alma. Revisión tras revisión. La corriges, la vuelves a corregir. Se te ocurre algo nuevo… Lo añades, aunque tengas que deshacer lo que ya tenías acabado… Ah, no, sería mejor si esta trama la narro en primera persona… Nunca parece ser suficiente… Tanto es así que al final te obsesionas y llegas a un punto en el que eres incapaz de darla por terminada. O tal vez sí lo haces, pero en ese caso de pronto te ves enfrentado a la siguiente gran decisión: publicarla. Si eres un poco profesional, te pasarás varias semanas valorando qué te conviene más, si autopublicarla en Amazon o tomar el camino tradicional. Bien, es una decisión que debe considerarse a fondo. Al final optas por enviarla a las editoriales y agencias literarias. Pero ya sabes cómo va eso, porque te lo he comentado muchas veces: llegar a las editoriales no es fácil. Es más que probable que te rechacen una y otra vez; o peor aún, que ni siquiera te respondan. Bien porque no presentes la obra de manera adecuada o bien porque, sencillamente, las editoriales elegidas están saturadas. Y aún así, sigues empecinado en que esa novela tiene que ser publicada, sí o sí. Los rechazos te frustran, pero no cedes. Lo sigues intentando una y otra vez, porque eres incapaz de aceptar que esa obra a la que tanto tiempo y esfuerzo le has dedicado, en la que has volcado toda tu ilusión, se quede guardada en tu ordenador. ¿Por qué esto es un problema? Es muy sencillo de entender: porque está frenando tu carrera literaria. Todo el tiempo que le dedicamos a una obra que ya está terminada se lo estamos robando a la siguiente. Y si no avanzamos, nuestra mejoría se detiene. Entiendo que quieras que tu novela quede perfecta, pero es que nunca lo va a ser. Jamás, siempre habrá cosas que mejorar, nuevos elementos narrativos o argumentales que incorporar, que te obligarán a reescribir. Porque los autores, como personas que somos, evolucionamos. Sin embargo, hay que saber decir «basta» en algún momento. En primer lugar debemos erradicar esa idea tan tóxica de que toda novela no publicada es un fracaso. ESO ES FALSO. Y os lo pongo así en mayúsculas porque es muy importante. La realidad es que cualquier novela o relato que escribimos es un triunfo, pues nos está aportando experiencia y una enseñanza fundamental. Mejoramos con cada texto que escribimos, aunque jamás salga de nuestro ordenador. Entiendo por qué ocurre esto, he pasado por ello. Solemos enamorarnos de nuestras obras. Tal cual. Y como ocurre con alguien a quien amamos, somos reacios a separarnos de eso que tan importante es para nosotros. Hasta que esa relación se convierte en algo enfermizo y nos lastra. Debéis entender que por muy importante a nivel personal que sea una novela para nosotros, hay algo que lo es mucho más: nuestra carrera como escritores. Hay que invertir en nuestro futuro, por encima incluso de una obra concreta. Así que si una novela no sale a la luz, no te agobies: empieza una nueva. Tal vez esa sí lo haga. O la siguiente, o la que venga después. Escribir es una carrera de fondo, no de velocidad. Y de momento esto es todo. Nada mal para ser la primera entrega, ¿no te parece? Te aseguro que habrá unas cuantas más, porque por desgracia los pecados del autor novel son muchos. O por fortuna, porque la satisfacción de mejorar no se paga con dinero.
Las tribus romanas
Estaréis de acuerdo conmigo en que, cuanta más información, mejor. Sobre todo cuando hablamos de historia. Pero a veces el exceso de datos puede llegar a ser abrumador. Es lo que pasa con una sociedad tan conocida como la Antigua Roma. Sabemos tantas cosas de esa civilización del pasado que suele ocurrir que algunos aspectos y conceptos se diluyen entre otros mucho más famosos. Hoy quiero hablaros de uno de estos elementos vitales en la cultura romana, pero que mucha gente no tiene claro o incluso desconoce. Me refiero al concepto de las tribus romanas. ¿Vamos allá? Las tribus romanas: no son lo que crees Cuando utilizamos la palabra «tribu», lo más habitual es que nos imaginemos una comunidad de carácter muy primitivo, de reducido tamaño, y poco desarrollada en el aspecto social. Y eso, en el caso de la Antigua Roma, sería un error. Porque las tribus romanas se diferencian bastante de ese concepto. De hecho, más bien están ligadas a la organización política y territorial que a una cuestión de pertenencia a un pueblo. Las tribus romanas son, o llegaron a ser, una delimitación territorial a la que pertenecían los distintos ciudadanos romanos, y que servían para organizar el poder de voto y elección de los magistrados que se encargaban de la organización estatal. Algo así como nuestras actuales circunscripciones actuales. El origen de las tribus romanas Para entender un poco mejor la envergadura de estos números, habría que empezar por el principio, con la fundación del concepto de tribu romana. Y para ello hay que retrotraerse a los tiempos legendarios de la fundación de Roma, ya sabéis, toda la historia de Rómulo. Según nos cuenta la tradición romana, la primigenia Roma estaba constituida por un único grupo social, los patricios. O sea, los patres fundadores, la nobleza de sangre o nobiles patritii. Una rama de familias que formaría una aristocracia fundamental, y de ello queda constancia ya que los nombres de muchos de estos grupos patricios han quedado para la posteridad, como los Valerios, los Manlios o los Claudios. Sin embargo, en aquellos primeros años, Rómulo decidió que el pueblo necesitaba una organización más plural. Así pues, cogió a los patricios y los dividió en tres tribus. ¿Por qué se usó esta palabra? En latín, este término está compuesto por el elemento tri-, que no hace falta que os diga que significa «tres», y -bus, que es una partícula que añade carácter plural y de pertenencia. Por tanto, en lo básico, «tribu» significa «uno de los tres grupos». La organización de las tribus romanas Por supuesto, había que ponerles nombres a estas tres nuevas tribus romanas. Rómulo utilizó los de aquellos pueblos originarios de donde provenían los romanos: luceres, tities y ramnes. Esta última era la tribu a la que según la mitología perteneció Rómulo, así que muy comprensiblemente el rey vinculó a uno de estos grupos a su propia figura. Por cierto, ¿os acordáis del rey Tito Tacio y de las Sabinas? Hablamos de ellos en este artículo. Pues bien, como recordaréis os comenté que el «malentendido» acabó con la unión del pueblo sabino y el romano, y con Tito Tacio convertido en co-gobernante junto a Rómulo. Pues si este nombró a una de las nuevas tribus basándose en su origen, al menos tuvo el gesto de hacer lo mismo con Tito Tacio, que dio nombre a los tities. Los luceres, por su parte, se cree que tenían origen etrusco. Cabe destacar también que estas cuatro tribus romanas, a su vez, estaban formadas por curias. El término curiae se cree que tiene un origen etimológico indoeuropeo, y significaría «reunión de varones», o sea, una asamblea. La cuestión era que cada una de ellas estaba encabezada por un curión, o curio maximus, un representante con responsabilidades militares e incluso religiosas. A su vez, cada curia estaba también dividida en otro tipo de agrupaciones, y seguro que estas os suenan más. Me refiero a los gens, que podríamos definir de manera muy resumida como familias que compartían un mismo cognomen o apellido y dirigidos por sus correspondientes pater familias. Como dato curioso, cada gens tenía su propia divinidad protectora. Entonces llegó Servio Tulio… Y todo cambió. Sí, con la llegada del sexto rey, nuestro viejo conocido Servio Tulio (del que también hablamos en este artículo), la cosa empezó a complicarse de veras. Porque tres tribus romanas y sus respectivas subdivisiones en curias y familias no eran suficientes por lo visto. Servio Tulio pensó que sería una buena idea cambiar esa organización y adecuarla a la domiciliación. Un sistema bastante más práctico, pensaréis, porque se parece mucho a cómo nos organizamos hoy en día. Por supuesto, aquí había un interés que iba más allá de agilizar los trámites: gracias a este nuevo arreglo, Tulio pudo instaurar un tributum. Así pues, cada una de estas tres tribus romanas tuvo dos vertientes: las urbanas, que como su propio nombre indica se aglutinaban en la ciudad; y las rurales. Uno podría pensar que las tribus urbanas, por eso de ejercer su influencia en la misma Roma, eran las más relevantes. Y si bien una de ellas, la Palatina, está considerada como la más influyente, en realidad el auténtico poder estaba en las rurales. ¿Por qué? Es sencillo de entender: eran a las que pertenecían los grandes terratenientes, los más ricos. Las cuatro tribus romanas urbanas, que no variaron en número, fueron la Suburana, Esquilina, Palatina y Collina. Las tribus rurales en cambio sí crecieron con el tiempo y la expansión romana por Italia y el resto de Europa: las diez iniciales acabaron convirtiéndose en treinta y cinco hacia el año 241 a.C. De este modo, Servio Tulio puso los cimientos para establecer uno de los conceptos más importantes de la Antigua Roma: la ciudadanía. Conclusiones Todo este asunto de las tribus romanas es un buen ejemplo de que la sociedad de la Antigua Roma fue bastante más compleja de lo que en principio imaginamos. Y eso que yo lo he resumido
Las novelas híbridas
Os he hablado en varias ocasiones lo importante que es para el escritor tener claro a qué público se dirige y en qué género se enclava su novela. Lo comentábamos en el artículo sobre la adecuación, por ejemplo, y es algo sobre lo que incido mucho con mis alumnos del método PEN. Sin embargo, una de las cualidades más fascinantes de la literatura es que, por mucho que tratemos de clasificarla y delimitarla mediante etiquetas, tarde o temprano escapa a los límites establecidos de alguna manera. Porque la pureza absoluta no existe, ni en la vida ni en la literatura (afortunadamente). Y en este artículo vamos a verlo mediante una tendencia cada día más relevante: las novelas híbridas. Géneros y subgéneros literarios Para entender a qué nos referimos con novelas híbridas primero tenemos que aclarar los conceptos de género y subgénero literario. Conceptos que en realidad no solemos utilizar bien. Yo mismo he hablado un millón de veces de género de novela histórica, de fantasía, de ciencia ficción, etcétera. Pero la verdad es que esta manera de hablar es poco apropiada y se da por pura comodidad. Porque géneros literarios sólo hay cinco, y los definió Aristóteles en su obra La Poética: Género narrativo. El clásico texto en prosa. Género dramático. El teatro. Género didáctico. Ensayos y demás textos divulgativos. Género lírico. Donde se transmiten sentimientos hacia un objeto de inspiración. Género poético. La poesía de toda la vida. En la actualidad, estos dos últimos géneros, el lírico y poético, se han fusionado en uno sólo. En cualquier caso, dentro de cada género hay más divisiones, conocidas como subgéneros. Si nos centramos en lo que nos interesa, la narrativa, tendríamos la épica, la epopeya, el cantar de gesta, el cuento o la novela. Y ahora, dentro de esta última, tendríamos más diferenciaciones, o subtipos, en función de su contenido. Ahí es donde encontraríamos, al fin, lo que siempre hemos llamado géneros: la novela histórica, el terror, la fantasía, la romántica, la bélica… Qué son las novelas híbridas La hibridación literaria, por tanto, se refiere a cualquier mezcla entre las divisiones de una misma jerarquía. Por ejemplo, una obra de género narrativo, en prosa, pero con elementos poéticos: Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, que fusiona la prosa con ciertos elementos propios de la poesía. Pero si bajamos un grado, dentro de la categoría de narrativa también podemos hibridar y crear un cuento con toques de epopeya. Y sigamos descendiendo para llegar al tema que nos concierne en este artículo: una novela híbrida sería aquella que no está limitado a ningún subtipo, aunque pueda tener uno más relevante. Como autores somos auténticos dioses con el derecho y la capacidad de hacer lo que nos dé la gana. No hay auténticos límites, porque toda frontera puede romperse. ¿Qué nos impide que escribamos una novela histórica cuya trama principal sea el terror? Nada. Tanto es así que yo mismo lo he hecho. Ya lo sabéis: mi última novela, La boca del diablo, transcurre en un entorno histórico, el siglo XVI, con todo lo que ello conlleva, pero también narra una historia de brujas. Luego os pondré más ejemplos, pero seguro que pilláis el concepto a la perfección: la hibridación literaria dentro de la novela consiste en fusionar subtipos en una misma historia. Así de simple… y de complicado. Porque hay que poner mucho cuidado en que ninguno de esos subgéneros fagocite al otro hasta el punto de quitarle sentido. Imaginemos que creamos un híbrido entre novela histórica y ciencia ficción (no es incompatible: basta con un viajero del tiempo que llegue a la época romana, por ejemplo). Corremos el riesgo de que el componente científico y futurista solape la historicidad, así que hay que ir con mucho tiento para que no sea así. Algunos ejemplos de novelas híbridas De hecho, si lo pensamos bien, muchas de las novelas que leemos son híbridos, y la mayoría de las veces ni nos damos cuenta. Coged cualquier novela histórica actual y en casi todas os encontraréis muchas batallas, narradas en detalle, por lo que tendríamos una hibridación con el subtipo bélico. ¿Os habéis leído mi novela Muerte y cenizas? Pues aunque el escenario no puede ser más histórico, la Hispalis romana, en realidad también estamos ante una obra detectivesca. Y qué decir de una de las novelas más famosas de todos los tiempos, El nombre de la rosa, todo un thriller en el interior de una abadía del siglo XIV. ¿Queréis mezclas más arriesgada todavía? Ahí tenéis la saga de Tramorea de Javier Negrete, donde fusiona la fantasía épica con la ciencia ficción. El mismo autor, además, se atreve a dar una pátina de historicidad a mitos como los de la Odisea, al igual que hace Javier Pellicer en Lerna, donde sitúa leyendas como las del minotauro y los mitos fundacionales de Irlanda dentro de un contexto histórico fiel como la Edad de Bronce. Es obvio que hay subtipos que combinan mejor que otros. El caso de las novelas híbridas que mezclan historia y mitología es un claro ejemplo: las leyendas de los pueblos antiguos son armas fundamentales para entender su idiosincrasia. Los griegos, sin ir más lejos, creían que sus dioses eran reales y por tanto actuaban condicionados por ello. Pero, al mismo tiempo, la mitología comporta un elemento sobrenatural del que el autor no puede evadirse por completo, el cual es en principio incompatible con el subgénero histórico. Y aún así, algunos escritores consiguen que funcione. Las novelas híbridas, el futuro Decía Luis Artigue, ganador del Premio Celsius a la mejor novela de Ciencia Ficción y Fantasía de la 32ª edición de la Semana Negra, que «la nueva novela será híbrida o no será». Esta era su apuesta en 2019, y desde entonces (desde mucho antes en realidad), las novelas híbridas no han dejado de consolidar su presencia en las librerías. Lo cual es toda una bendición, porque nos permiten escapar del encorsetamiento dentro del arte
Las brujas de Zugarramurdi
Estamos viendo desde hace unas semanas que el cine suele tomarse libertades a la hora de adaptar sucesos históricos. Lo cual considero que es comprensible y aceptable. Estamos ante adaptaciones a otro medio, cuyo lenguaje exige este tipo de modificaciones en pos de la espectacularidad y el entretenimiento. En cualquier caso, la industria cinematográfica española tampoco se libra de esta necesidad. Hace unos cuantos años ya, el director Álex de la Iglesia produjo una película que recuperó uno de los casos más impactantes de la brujería en nuestro país. Así que apagad las luces del salón y poneos cómodos (si podéis), porque hoy hablaremos de la historia de las brujas de Zugarramurdi. Los antecedentes Toda historia viene de sucesos previos que condicionan los acontecimientos. En el caso que nos ocupa, el campo había sido abonado por el contexto social en torno a la caza de brujas medieval, en torno al siglo XVII. Una persecución que fue especialmente intensa en la región de Labort, en el País Vasco francés. La proliferación de supuestas practicantes de magia negra fue tal que el rey Enrique IV de Francia, a petición de los nobles locales, nombró al juez Pierre de Lancre para que acabara con lo que consideraban un atentado a la fe cristiana. Lo curioso es que en esta investigación la Inquisición no tuvo nada que ver. Tal fue el terror que causó la llegada de Lancre a Labort que hubo una desbandada general de habitantes hacia Navarra. No importaba que la mayoría de ellos tuviera de brujos lo que yo de futbolista profesional. El peligro de ser acusados de manera falsa era demasiado grande. Como dato, entre los que se quedaron Lancre «descubrió» (bajo tortura y coacción, por supuesto) unas tres mil personas relacionadas con actos de brujería. Mandó quemar a ochenta mujeres. Las brujas llegan a Zugarramurdi Gran parte de esa gente que huyó de Labort fue a parar a Zugarramurdi, una pequeña aldea fronteriza ya dentro de territorio español. Entre los desplazados se hallaba María de Ximildegui, una muchacha de veinte años que en realidad había nacido en Zugrramurdi y marchó con sus padres a Labort. Creyéndose fuera del alcance de la represión de Lancre, no se le ocurrió nada mejor que alardear de haber visto en diversos aquelarres a otra vecina de la aldea, María de Jureteguía. De inmediato, la aludida negó semejantes acusaciones y se puso echa una furia por el falso testimonio. Pero la otra María insistió de tal manera que todo el mundo acabó por creerla. Jureteguía, al fin, confesó: llevaba practicando brujería desde niña, por mandato familiar. Asfixiada por la presión popular, la bruja confesa empezó a soltar la lengua y señaló a otros practicantes, unas diez personas entre hombres y mujeres. Ante el temor de ser apedreados y desterrados de la aldea, todos ellos se arrepintieron frente a sus vecinos, que acabaron por perdonarlos. La Inquisición entra en escena Por supuesto, el revuelo llegó a oídos de la Santa Inquisición española. Se inició una investigación, y el 12 de enero de 1609 los dos inquisidores del tribunal de Logroño, que tenía la jurisdicción eclesiástica de Navarra, valoraron la situación. Ambos del bando más extremista (porque existían dos posturas, como os cuento en mi novela La boca del diablo), así que lo que vino a continuación estaba cantado: se ordenó la detención de cuatro de las brujas que habían confesado en Zugarramurdi. Las llevaron a la prisión que la Inquisición tenía en Logroño y las interrogaron a base de las habituales torturas. Tanto como que las acusadas aceptaran su condición de brujas por lo mismo que lo hicieron en su aldea: para escapar del acoso y ser liberadas. Como si de una manifestación actual se tratara, en febrero se plantaron ante el tribunal inquisitorial un grupo de vecinos de Zugarramurdi en defensa de las acusadas. Alegaron que las confesiones no tenían validez pues habían sido perpetradas en base a amenazas. Al tribunal no le cayó muy en gracia esta iniciativa, así que cortó por lo sano: también apresó a los alborotadores. Las coacciones hacia estos llevaron a un señalamiento masivo de cómplices en Zugarramurdi. Uno de los inquisidores, Juan Valle Alvarado, viajó hasta el poblado para cotejar datos y, según declaró, encontró hasta trescientas personas relacionadas con supuestos aquelarres. Detuvo y trasladó a Logroño a cuarenta. El proceso contra las brujas de Zugarramurdi El juicio fue un esperpento de principio a fin, en el que se relataron con pelos y señales los supuestos rituales que las brujas practicaban en Zugarramurdi. Cosas como que se sentaban alrededor del trono del Diablo, donde realizaban orgías, o que se sacaban sangre como ofrenda al demonio. Incluso se hablaba de poderes que recibían las brujas, como la capacidad de convertirse en cabras, puercos u ovejas; también desencadenaban tempestades para que los barcos naufragaran o destruían las cosechas (las mismas que les daban de comer). Por supuesto, no podían faltar las maldiciones que echaban a diestro y siniestro mediante polvos mágicos: «Muchas veces en el año, siempre que los frutos y panes comiençan a florerecer, hacen polvos y ponzoñas, y para esto el Demonio a parta a los que han dado poder y dignidad de hacer ponzoñas y les dice el dìa en que las han de hacer…» La cosa acabó mal, como era de esperar. Veintinueve personas fueron sentenciadas como culpables. A pesar de las dudas de algunos de los inquisidores presentes en el juicio, el auto de fe se realizó el domingo 7 de noviembre de 1610, frente a una gran multitud de gente. La lectura de las sentencias se prolongó tanto que el acto terminó al día siguiente, con dieciocho personas reconciliadas y la quema de las once que no se arrepintieron. Cinco de estas ardieron de manera póstuma, pues habían muerto en prisión.
Las cacofonías
Hace un par de meses estuvimos hablando de uno de los errores más habituales entre los escritores que empiezan su carrera, las repeticiones de palabras. Os comentaba, por ejemplo, que es un defecto heredado de nuestro lenguaje hablado, y que es prueba de pobreza léxica en el autor, de falta o mal dominio del vocabulario. Y relacionado con este problema de las repeticiones tenemos otro que está más centrado en el aspecto fonético. Porque sí, la lectura suele ser una actividad mental y no oral, pero aún así los sonidos son muy importantes, porque nuestra mente también los interpreta al leerlos. Así que hoy trataremos este tema: las cacofonías. Qué son las cacofonías Su definición es muy sencilla: es el abuso por proximidad de ciertos sonidos en un texto escrito, lo cual hace que se vuelvan repetitivos y estropeen la lectura. Lo normal es que se aprecie en el inicio o el final de las palabras y destaca sobre todo cuando se da en consonantes. Pongamos un ejemplo: «Su suegro sufría su sordera en soledad.» Como podemos apreciar, la frase está repleta de fonemas /s/, además de las sílabas «su» y «so», lo cual crea una sensación poco agradable. Yo diría que da la impresión de ser todo demasiado uniforme. Pero ojo, porque también puede darse en vocales. El ejemplo más claro se da en una forma verbal muy utilizada en narrativa de ficción, el «-ía» del pretérito imperfecto y el pretérito pluscuamperfecto: «El rey Teopompo sabía que había que luchar contra Mesenia, y por eso tenía en mente que debía reformar las leyes espartanas.» Para ser del todo estrictos, y como ya os comenté en el artículo sobre las repeticiones, hay que reconocer que no estamos ante fallos a nivel ortográfico, gramático o en lo que a sintaxis se refiere. No importa si llenas tu texto de repeticiones fonéticas, las frases pueden ser correctas. Pero somos escritores, hacemos literatura, y eso exige un extra que va más allá de lo habitual: debes cuidar la forma en la que narras para no crear disonancias ni elementos que estropeen la experiencia lectora. Y las cacofonías son con toda probabilidad uno de los vicios que más afea un texto. Cómo detectar y solucionar las cacofonías La detección de las cacofonías debe abordarse durante el proceso de revisión de cualquier texto. Suele recomendarse al autor primerizo que durante la escritura inicial no se detenga a pensar en estas cosas, pues es el momento de la creación pura, de dejar volar la imaginación. Es luego, durante el odiado proceso de corrección, cuando hay que buscar estos fallos. ¿Y cómo hacerlo? Pues tenemos dos métodos: leer con atención, poniendo especial énfasis en estas repeticiones, a poder ser en voz alta, pues ayuda a captar esos sonidos de los que abusamos; o bien utilizamos el buscador de nuestro procesador de texto para encontrar esas cadenas de caracteres que la experiencia nos dice que son nuestros puntos débiles. Por ejemplo, si abusas de los gerundios (como vimos en su correspondiente artículo), hasta el punto de que llegan a convertirse en una cacofonía, sólo tienes que buscar «ndo» en el mencionado buscador. Una vez detectados, la mejor manera de solventar el problema pasa por eliminar estos fonemas o sílabas repetidas mediante la sustitución y la reescritura. Tomemos el ejemplo de antes y veamos cómo se podría arreglar: «El rey Teopompo sabía que la lucha contra Mesenia era inevitable, y por eso siempre tuvo en mente la reforma de las leyes espartanas.» Como veis, de las cuatro terminaciones «ía» nos hemos quedado sólo con una. Perdemos la cacofonía y de paso nos aparece una frase con una redacción mucho más natural y agradable. Las cacofonías no siempre son un error En efecto. Porque esa es la grandeza de la literatura: que incluso la norma más inamovible puede romperse en las circunstancias adecuadas. Y siempre que el escritor sepa hacerlo (de ahí la importancia de conocer y dominar dichas reglas). Las cacofonías no son una excepción en ese sentido. ¿En qué condiciones este vicio puede convertirse en un recurso a nuestro favor? En la poesía, por ejemplo, un formato en el que se busca más si cabe las reacciones emocionales del lector. De hecho, la poesía rimada se basa en la cacofonía. Y os lo voy a demostrar con un poema precioso de Rosalía de Castro: Cando penso que te fuches negra sombra que me asombras, ó pe dos meus cabezales tornas facéndome mofa. Cando maxino que es ida no mesmo sol te me amostras i eres a estrela que brila i eres o vento que zoa. Si cantan, es ti que cantas si choran, es ti que choras i es o marmurio do río i es a noite, i es a aurora. Aunque los versos estén en gallego, se aprecia a la perfección esas cacofonías que la maestría de la poeta consigue hacer brillar. De hecho, no los he marcado para que seáis vosotros quienes intentéis detectarlos. No os costará mucho. Pero desde luego donde más aceptadas están las cacofonías es en la literatura infantil, en especial en los refranes y sobre todo en los trabalenguas. ¿Hace falta poner ejemplos de tristes tigres comiendo trigo en un trigal? Conclusiones Como veis, la literatura es capaz de sacar provecho hasta de los errores en apariencia más insalvables. Pero cuidado, no creamos que la flexibilidad de este arte es un cheque en blanco para hacer lo que queramos. Si estás leyendo estoy lo más probable es que estés todavía iniciando tu camino como escritor y por tanto no domines estas técnicas tan avanzadas. Así que de momento mi recomendación es que te tomes las cacofonías como algo a evitar. Ya tendrás tiempo para hacer experimentos cuando dejes de cometer este tipo de errores.
Las gladiatrix: mujeres guerreras en Roma
Del papel de la mujer en la sociedad de la Roma Antigua se han escrito cientos o incluso miles de obras a nivel académico (aunque no tantas en novela). En líneas generales, y aunque las mujeres nacían tan libres como los varones y tenían la condición de ciudadanas, tenían restringidos ciertos derechos, como la posibilidad de ocupar cargos públicos o votar. Y aún así existieron mujeres asombrosas que ejercieron papeles vitales para la historia de Roma, como Epicaris, la esclava que intentó matar a Nerón. Pero hoy quiero hablaros de una serie de féminas que se adentraron en un «oficio» que solemos asociar en exclusiva con los hombres. Porque sí, también hubo mujeres guerreras en Roma: las gladiatrix. Cómo surgen las gladiatrix En primer lugar hay que hacer una matización importante: en realidad, los romanos nunca llamaron a estas luchadoras con el apelativo de gladiatrix. O al menos no aparecen citadas con tal denominación en ninguna fuente clásica de la época. Dicho termino parece ser que se popularizó mucho después, en la edad contemporánea. Aún así, su existencia, que otro tiempo se creyó un simple mito, está ya fuera de toda duda. Así nos lo aseguran las evidencias arqueológicas y literarias, como por ejemplo el Decreto de Larinum que se promulgó en tiempos de Tiberio, y que especificaba que ninguna mujer descendiente de senadores podía tomar las armas en modo alguno, ya fuera para entrenarse o actuar como gladiadoras. La mención específica a esta actividad sugiere con total claridad que existían y era conveniente regular su participación. Por lo visto, las primeras gladiatrix aparecieron durante el gobierno de Nerón. Según Tácito, por aquel entonces se celebraron unos juegos para agasajar la visita del rey de Armenia, Tiridates I, que fue coronado por el emperador en el año 66. Cabe destacar que esta iniciativa no partió de Nerón, sino que fue algo ideado por los propietarios de estos espectáculos, que siempre estaban buscando fórmulas novedosas con las que sorprender al público. De hecho, una inscripción hallada en el antiguo puerto de Roma menciona a un tal Hostilinarius como el primero en utilizar mujeres gladiadoras. Aunque si me preguntáis a mí, eso me suena a fanfarronada. Gladiatrix, las nuevas amazonas La participación de mujeres guerreras tuvo un enorme éxito entre el vulgo que acudía a los anfiteatros. No podía ser de otro modo: ver a dos mujeres luchando tenía un fuerte componente exótico y, por qué no decirlo, erótico, ya que solían combatir con los pechos al descubierto. Eran de algún modo la personificación de las míticas amazonas, personajes de la mitología griega que los romanos también adoptaron como propios hasta el punto de que el mismísimo Julio César las usó de argumento durante una discusión en el senado romano. Aún así, la falta de información sugiere que las gladiatrix jamás tuvieron la misma presencia que sus contrapartidas masculinas. Es de lógica: el negocio de los gladiadores se nutría de prisioneros de guerra, y las mujeres no acudían a luchar. Por tanto había menos esclavas con capacidad para el combate. Además estaba el recatado y por momentos misógino carácter de los romanos. Una doble moral que por un lado hacía que se excitaran ante aquellas luchas entre mujeres a pecho desnudo y por otra las tomaran por una afrenta a la dignidad de las feminae, las damas que cumplían con las buenas normas morales. Esto hacía que casi todas las gladiatrix fueran libertas, mientras que las ciudadanas respetables ni se plantearan esta actividad. Aunque hubo emperadores que trataron de dignificar los deportes femeninos, como Septimio Severo o nuestro ya conocido Cómodo. Con escaso éxito, tanto que en el 200 d.C. el propio Severo tuvo que prohibir los combates entre gladiatrix a pesar de que le encantaban. Las fieras gladiatrix ¿Y en qué consistían estos combate? Se diferenciaban en diversos aspectos de los realizados por los gladiadores masculinos. Por una parte, las gladiatrix jamás llevaban cascos protectores, lo cual tenía todo el sentido del mundo: había que dejar bien claro que se trataba de mujeres. Motivo por el cual además tampoco se cubrían el pecho. Aunque esto también se hacía para deleitar a los espectadores varones con la visión de los senos de las protagonistas. Por lo demás, contaban con una panoplia similar a la de los hombres: escudo, protectores para las piernas y brazos, y por supuesto el arma principal era el gladius romano. Sin embargo, las gladiatrix no se limitaban a luchar en la arena, sino que también ofrecían favores sexuales a los nobles romanos en las fiestas que estos celebraban. Pero lo hacían por voluntad propia. Como ya hemos dicho, la mayoría de las gladiatrix eran libertas, y por tanto mujeres libres, que a diferencia de los gladiadores esclavos podían decidir con quién yacían, o incluso negarse a luchar si en algún momento se hartaban de ello. Nadie las obligaba, saltaban al combate por sus ansias de aventura, por notoriedad o, para qué negarlo, porque aquella práctica estaba muy bien remunerada dada la escasez de luchadoras. Conclusión No nos han quedado muchos nombres de gladiatrix para la posteridad, por desgracia. La arqueología es la única vía para identificar algunas, como Achillia y Amazona, que aparecen en una placa de mármol hallada en Halicarnaso (actual Turquía). Aunque nos tememos que estos no eran sus nombres reales, sino aquellos que usaban durante los combates. En Inglaterra también se encontró un esqueleto femenino rodeado de objetos relacionados con los gladiadores, aunque no está claro si fue una gladiatrix o la esposa de un gladiador común. En cualquier caso, la historicidad de estas mujeres guerreras ha dejado de estar en entredicho. Una vez más, el mito se ha convertido en realidad.
¿Español o castellano? ¿Cómo se llama nuestro idioma?
¿Cuántas veces os he comentado que la mejor característica de nuestro idioma es su variedad? Muchas, tantas que seguro que estáis hartos ya de que os lo diga. El vocabulario en español es tan rico que no existe nada a lo que no podamos referirnos, ni construcción gramatical que no seamos capaces de formar. Y tenemos alternativas de sobra para superar todo tipo de escollos a la hora de escribir (como os comenté, por ejemplo, en el artículo sobre evitar repeticiones). Fijaos si tenemos opciones que incluso disponemos de dos nombres para nuestra lengua: español y castellano. Ahora bien, ¿cuál de estas dos acepciones es la más apropiada? Pues de eso vamos a hablar en este artículo. El latín: la semilla del castellano y el español Estos debates, que demasiadas veces se empañan con visiones políticas absurdas, es importante abordarlos con la vista puesta en la historia. En el caso que nos atañe, todo comenzó con el latín que los romanos trajeron a la península ibérica, y que fue imponiéndose a las lenguas autóctonas, como el íbero. Su consolidación fue tal que incluso seguiría usándose cuando los romanos desaparecieron, con la llegada de los visigodos. ¿Hasta qué momento se utilizó? Ahí es donde residen las dudas, pero suele decirse que el latín fue la lengua comunicativa principal de nuestros antepasados hasta el siglo VII. Pero tened siempre en cuenta una cosa: la lingüística no funciona a golpes. Los idiomas no aparecen y desaparecen de un día para otro. Lo habitual es que evolucionen, que se fusionen con otros, o que al menos coexistan entre ellos. Y eso fue lo que ocurrió con el latín y las lenguas romances (que etimológicamente significa «a la romana»). En algún momento imposible de delimitar con exactitud, el latín empezó a mutar y a imponerse hacia una variante menos culta, el latín vulgar. Con el tiempo (hablamos de siglos), esta nueva forma evolucionó de tal manera que acabó por diferenciarse tanto del latín clásico que dio lugar a una serie de nuevos idiomas conocidos como lenguas romances. Y con un montón de variantes que no han dejado de separarse lingüísticamente desde entonces por una serie de condicionantes geográficos y sociales. Conocéis muchas de estas lenguas porque son las que hablamos hoy en día: español, catalán/valenciano, francés, portugués, gallego, italiano, etc… Castellano, antecesor del español Este sería un resumen tremendamente básico de la teoría tradicional en torno al origen y evolución de las lenguas romances. Bien, pues una de estas variantes evolucionadas del latín vulgar empezó a cobrar una fuerza inusitada en nuestra penísula: el romance que se hablaba en el reino de Castilla. Como resultaba redundante referirse a este dialecto como «romance castellano», pues «castellano» ya implica que está dentro de las lenguas romances, el adjetivo «castellano» cobró cualidad de sustantivo y pasó a designar a esta variante. De nuevo, fue algo gradual. Poco a poco la corona de Castilla fue ampliándose con la adhesión del reino de León durante la Reconquista, primero, y otras regiones después. El castellano fue imponiéndose en uso al resto de lenguas romances de la península ibérica en cuanto a número de hablantes. Pero no fue hasta la llegada de Alfonso X el Sabio que se convirtió en la lengua oficial de dicho reino. Cabe destacar que no siempre por las buenas, como ocurrió con los decretos de Nueva Planta en Valencia, Cataluña y Baleares. Así pues, aquel romance evolucionado hablado en la Corona de Castilla se convirtió en el idioma más utilizado de la península ibérica, y con la expansión por América cobró dimensiones colosales. Los límites del territorio hispano se hicieron tan enormes que ya no cabía hablar sólo de un reino de Castilla, y empezaron a usarse otras denominaciones ancladas en una muy vieja: Hispania. De ahí surgiría el adjetivo «español», que lo encontramos ya en tiempos de los Reyes Católicos, aunque por entonces el concepto de «nación española» estaba muy lejos todavía de ser algo firme. Una de las primeras obras escritas en usar este término fue Manual de nuestra Santa Fe Católica, en español, que data del 1495. La equivalencia entre ambas acepciones se mantuvo durante siglos, hasta que, en 1925, la RAE cambió el título de su diccionario al de «lengua española». ¿Castellano o español? Imagino lo que estáis pensando: «Ya, muy interesante todo, Teo. ¿Pero al final qué es lo correcto? ¿Castellano o español?». Pues bien, para eso basta con acudir al Diccionario panhispánico de dudas de la RAE, que deja la cuestión muy clara: ambos son válidos para referirse a la lengua que compartimos los millones de hablantes en América y España. «¡Pues podrías haberlo dicho antes!». Cierto, pero te habrías perdido una muy necesaria lección de historia. Y, en cualquier caso, hay ciertos matices que tener en cuenta. Por ejemplo, que aunque ambos términos son válidos, suele recomendarse que usemos «español» cuando hablamos en general de nuestra lengua. Por dos motivos: carece de ambigüedad y además es la denominación que se utiliza a nivel internacional. Los ingleses, por ejemplo, no dicen Castilian para hablar de nuestro idioma, sino Spanish. ¿Y cuándo es apropiado utilizar el término «castellano»? Insisto: en cualquier situación. Pero resulta más adecuado hablar del castellano como el dialecto románico que se utilizó en el reino de Castilla durante la Edad Media (¡y de ahí la clase de historia!) o el dialecto del español que se habla en la actual región de Castilla. Además, dentro la pluralidad nacional con la que tenemos la fortuna de contar se usa la palabra «castellano» para referirnos a la lengua común de los españoles y diferenciarla así de las otras lenguas cooficiales, como el vasco, el canario o el catalán. Conclusiones Como veis, el debate del nombre de nuestro idioma es, en el fondo, muy sencillo de responder: ambos son términos válidos. Pero es en los matices y en la historia de las cosas donde reside la comprensión. Espero que con este artículo veáis con mayor perspectiva una
William Wallace, el auténtico Braveheart
Seguimos con los grandes personajes históricos que el cine ha popularizado. Hasta ahora hemos visto al villano de Gladiator, Lucio Aurelio Cómodo; y al protagonista que da nombre a La lista de Schindler. Ambos, curiosamente, más o menos adaptados con fidelidad en sus respectivas películas. Al menos en cuanto a carácter y personalidad. Ahora bien, nuestro siguiente invitado, a pesar de la enorme popularidad que tuvo en los 90 a raíz de este film, no resultó tan afortunado. Pero os lo presento primero: hoy hablaremos del auténtico William Wallace, un Braveheart que no lo fue tanto. William Wallace, ¿campesino? Vaya por delante que para mí Braveheart es una película maravillosa, épica, de esas que te tocan la fibra sensible. Mel Gibson está inmenso, tanto en su faceta actoral como en la dirección. Por no hablar de su preciosismo estético, de esos maravillosos paisajes escoceses… Un momento, no escoceses. Porque en realidad la mayor parte de la película se rodó en Irlanda por cuestiones de producción, como el castillo Dunsoghly, donde se recreó el de Edimburgo; o las llanuras de Curragh, en las que se rodó la grandiosa aunque no demasiado fiel batalla de Stirling. La película empieza mostrando a William como un simple campesino. Primer error. William Wallace, que nació en 1270, era un gran terrateniente. Ni siquiera fue hijo único, pues tuvo un hermano mayor, Malcom. Las crónicas escocesas nos dicen que tuvo una esmerada educación en una abadía, que jamás vistió un harapo, y que marchaba a las batallas con una armadura lujosa. Ah, y por cierto, nada de pintarse la cara de azul. Eso fue cosa de los pictos mil años antes. Al igual que la asociación de las gaitas con Escocia, algo que ocurrió a partir del siglo XVIII. En esos años, aquel era un instrumento común en otros territorios, ya que fue introducido en Europa por los romanos. William Wallace y la Loba de Francia Lo que sí es cierto es que William Wallace formó parte de la resistencia escocesa contra el rey Eduardo de Inglaterra, y es un emblema patriótico en Escocia por ello. Aunque fue a la guerra para defender sus intereses territoriales, no por vengar a ninguna esposa asesinada, la cual se llamaba Marian Braidfoot, no Munro. El derecho de pernada tampoco existía por aquel entonces. Wallace sí comandó sus propias tropas, pero lejos de camaradas movidos por la lealtad, fueron simples feudatarios. Vamos, como cualquier otro noble. ¿Y las batallas? Siento decir que en estas escenas la espectacularidad se impone al realismo histórico. Más aún, la estrategia que le dio la victoria a los escoceses en Stirling ni se ve en el film: los rebeldes de Wallace, cinco veces menos numerosos que los ingleses, supieron paliar esta inferioridad creando un cuello de botella en el puente de Stirling. En ese punto transcurrió el grueso de la batalla, con tan mala fortuna para los ingleses que la pasarela cedió cuando estaba ocupada en su mayoría por los invasores. De este modo la victoria se decantó del lado escocés. En la película el puente ni está ni se le espera, lo cual es del todo absurdo: en campo abierto, la superioridad numérica inglesa habría aplastado a los rebeldes. Pero de las numerosas licencias que Mel Gibson se tomó en esta película ninguna es más increíble que el apasionado encuentro entre Wallace y la princesa Isabel de Francia. Un romance del todo imposible por el simple hecho de que Isabel, que sería apodada como la Loba de Francia, no llegó a Inglaterra hasta 1308, tres años después de que Wallace fuera ejecutado. De hecho, por no conocer no conoció ni a su suegro. Por si todo esto fuera poco, en el momento del supuesto encuentro con Wallace la princesa apenas tenía nueve años. William Wallace y su grito de libertad El final de William Wallace tampoco resultó tan heroico como nos cuenta la película. Tras la derrota en la batalla de Falkirk, el noble se pasó siete años huyendo, con su reputación completamente destruida, mendigando ayuda para su causa en Francia e incluso en Roma. Y todo para que uno de sus comandantes, John de Menteith, lo traicionara y lo entregara a los ingleses en 1305. Quizás la escena más apegada a la realidad histórica en toda la película sea la tortura final de Wallace, por desgracia para él. Porque sí, al pobre noble escocés lo hicieron sufrir tanto como se ve en la película e incluso un poco más: lo ahorcaron sin llegar a ahogarlo, y a continuación lo emascularon (le extirparon los genitales), tras lo cual lo evisceraron tal y como aparece en la película. Quemaron sus intestinos cuando aún estaba con vida y luego lo decapitaron. Eso sí, no hay constancia alguna de que lanzara ningún grito de libertad. Y dese luego no murió justo al mismo tiempo que el rey Eduardo I, quien le sobrevivió dos años. Pero seamos sinceros, qué bien queda eso en la película. El verdadero Braveheart He dejado para el final el tema del título de la película: Braveheart, Corazón Valiente. Pues este apelativo jamás perteneció a William Wallace, sino al traidor de la película: Robert de Bruce, futuro rey de Escocia. A pesar de que Robert había jurado lealtad a Eduardo I, no dudó en unirse a los rebeldes, y cuando Wallace perdió su condición de Guardián de Escocia, fue él quien lo heredó. Aunque tampoco nos engañemos, de santo héroe tenía poco, pues no dudó en enfrentarse a sus aliados para conseguir la corona de Escocia. Corona que sin embargo no quedó afianzada hasta la batalla de Bannockburn, donde logró la ansiada independencia escocesa. Al morir, sus compañeros de armas viajaron a Jerusalén para enterrar el corazón del monarca, pero jamás llegaron a Tierra Santa, y casi perdieron la reliquia en la batalla de Teba, en Málaga. Lo recuperaron por los pelos, y de regreso a Escocia lo inhumaron en la abadía de Melrose. Así pues, esta es la historia del auténtico Braveheart