¡La de veces que hablamos de ortografía en este blog! ¿Verdad? Pero ya sabéis que también tengo predilección por conocer la historia de las cosas. ¿Qué os parece si mezclamos ambos elementos? Quizás aspectos como la gramática o la ortografía os parezcan muy pesados y densos. Es más, os entiendo a la perfección. La teoría literaria puede resultar asfixiante incluso en boca de un profesor de narrativa como yo, pero podemos hacerla más divertida buceando un poco en facetas que de manera habitual no tratamos: el origen histórico de algunos de estos elementos de nuestro idioma. Y empezaremos, si os parece bien, por los signos de interrogación. El uso de los signos de interrogación Los usamos a todas horas y ni siquiera nos planteamos cómo aparecieron: los signos de interrogación. Bueno, a decir verdad, hoy en día los usamos cada vez menos. Con el crecimiento de las redes sociales y los servicios de mensajería telefónicos, como WhatsApp o Telegram, ya es más habitual ver frases con un sólo signo de interrogación, el de cierre, que con dos. Ya sabéis que yo no soy un extremista en ese sentido: considero que en ámbitos informales no hay problema alguno si también somos informales en nuestra manera de escribir. Siempre y cuando, por supuesto, nos comuniquemos de manera comprensible. Pero recordad que lo correcto es uno para abrir la frase interrogativa y otro para cerrarla, sobre todo en textos formales, ya sea una novela o un formulario oficial. Supongo que no hará falta definir los signos de interrogación, pero aún así vamos a hacerlo: son esos símbolos que utilizamos para representar en un texto la entonación de un enunciado interrogativo. O sea, una pregunta. La mayoría de preguntas que formulamos tienen ese tonillo característico (salvo las indirectas, como «no sé qué voy a hacer para salvarlo»), que en español representamos con los signos de interrogación de apertura y de cierre: uno con el punto hacia arriba y el otro hacia abajo, respectivamente. Eso es algo que todos sabemos. ¿Pero y si te dijera que el español es el único idioma que usa las aperturas para los signos de interrogación? Por qué usamos los signos de interrogación de apertura Así es. No vas a encontrar ningún otro idioma en el mundo que tenga signos de interrogación de apertura. Esto es debido a la manera de construir nuestras oraciones, que no permite advertir desde el principio de la oración si estamos haciendo una pregunta. Algo que no ocurre por ejemplo en inglés, donde se trastoca el orden de los elementos de la frase para advertirle al lector que estamos formulando una pregunta. Veámoslo con unos ejemplos muy simples: «You are stupid.» «Are you stupid?» Se ve a la perfección, ¿verdad? En la pregunta hemos invertido el orden de los elementos, lo cuál nos indica que estamos demandando una respuesta a una pregunta. Por no hablar de que en inglés tienen varias palabras que por sí mismas ya indican interrogación, las WH-questions (what, why, who, where, etcétera). Pero en español tenemos la suerte de poder mantener la estructura y marcar la intención interrogativa con un par de sencillas marcas. Eso sí, necesitamos el signo de apertura para que el lector advierta desde el primer instante que estamos preguntando, ya que en la escritura no se puede adivinar el tono como en el lenguaje hablado. A priori es mucho más sencillo que en inglés, dónde vamos a parar. Pero es en lo único que ganamos, porque en el resto el español es un idioma mucho más complejo. Un poco de historia Los primeros signos de interrogación que conocemos datan de manuscritos del siglo V. Concretamente se utilizaron en una versión de la Biblia escrita en idioma siríaco, derivado del arameo. Lengua que fue la dominante en el Medio Oriente en la época en cuanto a textos de carácter literario se refiere. Es ahí donde encontramos el primer signo de interrogación, cuyo aspecto en cualquier caso no tenía nada que ver con el que conocemos en la actualidad. Era algo así como un apóstrofe pero con dos puntos verticales (݃), y tenía un nombre un tanto difícil de pronunciar para nosotros: zawgā ‘elāyā. En cualquier caso, sólo se utilizaba para marcar las oraciones interrogativas cuya respuesta era sí o no, y así evitar confusiones por ambigüedad. Era un signo de apertura, porque se colocaba sobre la última letra de la primera palabra de la pregunta. Luego llegaron los griegos, que por supuesto no podían faltar. A partir del siglo VIII, los cronistas helenos empezaron a usar un signo de interrogación en sus escritos, que tenía la apariencia de un punto y coma. Pero en lo que a nosotros respecta, los hablantes en español, el asunto comienza a ponerse interesante con el afianzamiento del latín, lengua en la que encontramos al primer ancestro real de nuestros queridos signos de interrogación. Se trata del punctus interrogativus, visto por primera vez en un manuscrito del siglo XI, durante el período carolingio, y que todavía funcionaba sólo como signo de cierre. Como es imposible representarlo a través de los procesadores de texto actuales, podéis encontrarlo en la imagen que os pongo a continuación: justo en el centro de la imagen; es esa especie de «d» en la tercera línea, elevada sobre el punto y medio inclinada. La evolución de los signos de interrogación El uso del punctus interrogativus se propagó más rápido que el reggaeton. En poco tiempo se popularizó hasta el punto de que se utilizaba en todos los manuscritos litúrgicos. Al fin y al cabo, este símbolo era de una enorme ayuda porque indicaba la entonación de la pregunta, algo muy útil cuando el texto debía recitarse o cantarse en una ceremonia religiosa. Tanto fue así que empezaron a añadirse otros signos, como el punctus elevatus, que daría lugar a nuestros dos puntos. La forma del punctus interrogativus fue derivando hasta convertirse en el que hoy conocemos. En cuanto a nuestra costumbre de utilizar un signo de interrogación de
Libro Guinness de los récords, su historia
Existen dos libros cuya fama está por encima de cualquier otro, que no importa cuántos años pasen, siempre serán los más conocidos (con permiso de nuestro amado Quijote). Uno de ellos es, por supuesto, la Biblia. Y el otro es aquel de cuya historia vamos a hablar hoy. Nació de una insulsa conversación y ha llegado a trascender incluso su concepción como libro físico. De hecho, él mismo ha batido récords absolutos, lo cuál no deja de tener su gracia. Estoy hablando, como no, del famosísimo Libro Guinness de los récords. Cómo nació el Libro Guinness de los récords Sí, ya lo sé, no estamos hablando de un libro de carácter literario, pero no deja de ser un ejemplo de cómo un libro puede llegar a traspasar su naturaleza original hasta convertirse en un fenómeno de la cultura popular. Las anécdotas en torno al Libro Guiness de los récords darían para un ensayo, que empezaría sin lugar a dudas relatando que estamos ante la colección de libros bajo derechos de autor más vendida de la Historia. Más que El Señor de los Anillos, más que 50 sombras de Grey, más que Canción de Hielo y Fuego… O sea que tenemos un libro de récords que es en sí mismo un récord. ¿Pero cómo nació una obra que todos hemos visto en algún momento de nuestras vidas? Bueno, el apellido que aparece en su título ya nos da una pista muy potente de que debemos viajar a Irlanda. En concreto, a Dublín, sede de la también mundialmente famosa Guinness Brewery, la empresa que elabora la cerveza del mismo nombre. Era 1951 y el director ejecutivo de la cervecería, el británico Sir Hugh Beaver, había salido de caza junto a unos amiguetes. La mañana no debía ir muy bien, por lo visto, ya que mientras esperaban poder dar algún escopetazo se pusieron a hablar de un montón de cosas en principio banales. Y entonces, como quien no quiere la cosa, alguien se preguntó cuál era el ave más rápida en Europa. La respuesta estaba entre el urogallo escocés y el chorlito dorado, pero no estaban seguros, porque nadie había publicado ningún análisis al respecto. Conociendo la afición de los británicos a las apuestas, aquella discusión debió terminar con dinero de por medio. Y la idea saltó entonces en la mente de Beaver: ¿Por qué no hacía él un libro para solucionar todo este tipo de dudas? Un monumental trabajo de documentación Los escritores de novela histórica hablamos mucho del proceso de documentación que llevamos a cabo para crear nuestras obras. Yo mismo le dedico varias clases en mi curso de narrativa. Pero la tarea a la que había decidido enfrentarse Beaver se salía de toda escala. Recopilar las mayores hazañas realizadas por el hombre y la naturaleza, en una época donde no existía Internet ni los registros digitales, era una auténtica locura. Porque hoy en día el Libro Guinness de los récords sólo publica hitos realizados por personas, pero al principio también tenía espacio para hablar de cuál era el mamífero más rápido, el satélite más alejado del Sol y cosas así. Beaver no podía llevar a cabo aquel proyecto por sí mismo, así que contrató a una agencia de documentación encargada de recopilar información para enciclopedias, medios de comunicación o agencias del gobierno. Aquella empresa, propiedad de los gemelos Ross y Norris McWhirter, aceptó el encargo, sin imaginarse que les llevaría largos meses recopilar todos los datos necesarios y trece semanas para ponerlos por escrito. Pero lo lograron: a finales de 1954 salió una primera edición limitada de mil ejemplares, que Beaver regaló a familiares, amigos y empleados de la cervecería. Esa fue su intención inicial, en realidad, que tuviera carácter publicitario. Pero gustó tanto que el 27 de agosto de 1955 se publicó la primera edición comercial. No tardó mucho en convertirse en el libro más vendido del Reino Unido, justo esa misma Navidad. El salto a Estados Unidos y al resto del mundo fue también un absoluto éxito. La evolución del Libro Guinness de los récords Desde entonces, el Libro Guinness de los récords no ha hecho más que calar en el imaginario popular, hasta convertirse en una marca reconocida a nivel mundial, igualando a otras como Apple o Google. Como decía, durante gran parte de su historia, en el Libro Guinness de los récords tuvieron cabida todo tipo de récords. Algunos fueron auténticos exponentes de la capacidad de superación humana, como el de Roger Bannister, el primer hombre en recorrer una milla en menos de cuatro minutos. Hito que estuvo en la primera edición del Libro Guinness de los récords, ya que tuvo lugar en 1954. De hecho, quizás sin este récord no habría existido la publicación. El cronometrador de la carrera de Bannister era ni más ni menos que Norris McWhirter, y gracias a este récord Sir Hugh Beaver pudo contactar con él y ofrecerle la elaboración del libro. Por desgracia, la historia del Libro Guinness de los récords también está manchada de sangre. En 1975, el conflicto en Irlanda del Norte estaba en pleno apogeo. El grupo terrorista del IRA tenía en la mira a muchos irlandeses que consideraba enemigos por su estrecha relación con los británicos. Uno de ellos era Ross McWhirter, quien ese mismo año fue asesinado por dos miembros del IRA. La peor faceta de la condición humana acabó con quien tanto había trabajado por mostrar lo mejor de dicha condición humana. Su hermano tuvo que hacerse cargo en solitario de las actualizaciones del libro, hasta que en 1995 decidió jubilarse. El Libro Guinness de los récords: un reflejo de la naturaleza humana Hoy en día el proyecto ha superado la simple obra en papel que fue en sus inicios. La cervecera Guinness ni siquiera está ya detrás de la publicación del libro, ahora a cargo de una editorial canadiense. El calado del Libro Guinness de los récords es tal que se tuvo que formar un equipo de administración muy amplio, encargado
Los errores de concordancia
La escritura literaria es un arte complejo, mucho más de lo que creemos cuando damos nuestros primeros pasos. Estamos ante un oficio con infinidad de trampas en las que caer, de tipo muy distinto, y que debemos vigilar cada vez que damos un paso. Muchas las hemos visto en artículos anteriores (y las que nos quedan), como las repeticiones o la coma criminal, por mencionar algunas de las más recientes. Gramática, ortografía, estilo… Son tantos los frentes abiertos a la hora de crear un texto de carácter literario que es comprensible quedar abrumados cuando empezamos. Sin embargo, hay un fallo en particular en el que caemos casi con igual frecuencia tanto los autores noveles como los veteranos, y del que vamos a hablar hoy: los temidos errores de concordancia. Qué son los errores de concordancia Los errores de concordancia, como muchos otros que cometemos al escribir, provienen sobre todo del lenguaje oral, y algunos han arraigado tanto que ni cuando los analizamos específicamente nos parecen fallos. ¿Pero qué entendemos por «errores de concordancia»? Para comprenderlo es tan sencillo como recordar una de las máximas lingüísticas del español (bueno, en realidad de cualquier idioma): la relación entre ciertos elementos de la frase debe ser coherente. Digámoslo de manera más sencilla todavía, y con un ejemplo: Los piratas abordaron el galeón. Si el sujeto de tu frase es plural («los piratas»), el verbo que afecta a dicho sujeto también debe serlo («abordaron»). Puede parecer una tontería, pero no os podéis ni imaginar cuántas veces nos equivocamos en esto. Y da igual que estés empezando, que hayas estudiado en un montón de talleres literarios, o que seas un escritor profesional: se te van a escapar alguno de estos errores en mayor o menor medida. De hecho, en este mismo párrafo he cometido uno de estos errores de concordancia de manera consciente. Si eres capaz de encontrarlo, ponlo en los comentarios. Errores de concordancia de número Existen diversos tipos de errores de concordancia, dependiendo de dónde y cómo sea la discordancia. Empezaremos con un error de número, o lo que es lo mismo, cuando el sujeto y el verbo no coinciden en su condición de singular o plural. La frase de los piratas era muy simple, tanto que es casi imposible que nadie caiga en dicho error de concordancia con un «los piratas abordó el galeón». Pero no siempre es tan sencillo. La cosa puede llegar a complicarse bastante. Fijémonos en esta frase: El capitán y el timonel coincidió en que aquel era el rumbo adecuado. A veces ocurre que la presencia de dos sustantivos distintos en el sujeto, ambos en singular, nos confunde. Esto puede llevarnos a utilizar un verbo también en singular, lo cuál es un error de concordancia. Puesto que el sujeto no representa a un solo individuo, sino a dos: el capitán y el timonel. Aunque cada uno de ellos esté en singular, forman un conjunto de dos, por lo que la frase debería ser: «El capitán y el timonel coincidieron en que aquel era el rumbo adecuado». ¿Pero crees que eso es lo más complicado que te vas a encontrar? ¡Subo la apuesta! Te voy a mostrar posiblemente el error de concordancia más cometido de nuestro idioma. Veamos la siguiente frase: El equipo de futbolistas entrenaban con mucha ilusión. Este ya no es tan fácil de pillar, ¿verdad? Apuesto a que a más de uno os ha costado detectarlo. Aquí vemos que el sujeto de la frase, «el equipo de futbolistas», representa a un colectivo de personas. El hecho de que «futbolistas» esté en plural no hace más que potenciar esta impresión. Sin embargo, el verbo no está haciendo referencia a «futbolistas». Está conectado de manera directa con «equipo», que aunque es una palabra que aglutina a varias personas, sigue siendo un término singular. Por tanto, el verbo también debería serlo: «El equipo de futbolistas entrenaba con mucha ilusión». Errores de concordancia de género ¡Ay, pero ojalá eso fuera todo! Porque si nos podemos equivocar en la relación de número entre el sujeto y el verbo, también nos puede ocurrir lo mismo entre el género de dos elementos conectados o incluso no conectados, lo que nos hará caer en uno de estos errores de concordancia. Veámoslo con un ejemplo que nos aclare este galimatías: Los jóvenes quedaron fascinados con el águila posado sobre el montículo. Aquí hay diversos aspectos que nos llevan a otro de nuestros ya odiados errores de concordancia. Por un lado, el artículo «el», que precede a «águila», que aunque es un sustantivo femenino, utiliza el artículo masculino para evitar caer en una cacofonía («la águila»). Además, anda por ahí mareando también «el montículo», una construcción también en masculino. Todo esto nos lleva a un comprensible error: olvidar que el verbo «posar» se está refiriendo a «águila», que como ya hemos dicho es una palabra femenina. Por tanto, la expresión correcta sería: «Los jóvenes quedaron fascinados con el águila posada sobre el montículo». Errores de concordancia de tiempo ¡Si me dieran un euro por cada vez que veo uno de estos errores de concordancia de tiempo! Entre mis alumnos de los cursos de escritura narrativa del Método PEN me los encuentro a todas horas. Lo cuál es totalmente comprensible, ya que nos pasamos todo el rato trabajando con distintos tiempos verbales, dependiendo del narrador que necesitamos en cada texto: que si una vez elegimos hacer una narración en tercera persona y en pasado, que si ahora nos apetece un thriller en presente… Esto hace que cuando todavía estamos formándonos como escritores, incluso con el apoyo que brindan las clases literarias, caigamos en estos errores de concordancia con cierta asiduidad. Vamos con un nuevo ejemplo: Frodo miró con atención el Anillo Único; siente que le habla mediante susurros tentadores. Es fácil detectar el fallo una vez cometido, pero en el momento de escribir es posible que no seamos conscientes de que hemos empezado la narración en pasado y de pronto se nos ha ido a presente.
Numancia, del asedio al mito
Tan grande fue el amor a la libertad y el valor existentes en esta pequeña ciudad bárbara. Pues, a pesar de no haber en ella en tiempos de paz más de ocho mil hombres, ¡cuántas y qué terribles derrotas infligieron a los romanos. Épica narrativa, ¿verdad? Pues esta es la voz de Apiano de Alejandría, uno de los cronistas antiguos más importantes de la historia. ¿Y de qué ciudad del pasado está hablando? Podrían ser muchas, pues Roma se las ha visto con infinidad de pueblos “bárbaros”. Obviamente, ya sabéis a cuál se refiere dado el título del artículo. Exacto, Apiano habla con admiración palpable de una urbe que dio tantos quebraderos de cabeza a los romanos que tuvieron que llamar a su mejor general para hacerla caer. Una ciudad cuya defensa fue tan brava que pasaría a formar parte del mito de la resistencia nativa ante un opresor. Hoy hablamos, al fin, del asedio de Numancia. La ciudad de Numancia A pesar del carácter épico, tan cercano a la grandiosidad de los mitos, la existencia de Numancia ha estado clara desde siempre. Plinio el Viejo asegura que sus habitantes eran del pueblo de los pelendones, mientras que Estrabón y Ptolomeo creían que pertenecía a los arévacos. En cualquier caso, fue algo así como nuestra Troya legendaria (con el permiso de El Argar), pues sus restos sí estuvieron envueltos en el misterio durante siglos hasta que resurgieron como una realidad física en el siglo XIX. Antes de eso, su carácter de símbolo patriótico español fue apuntado nada más y nada menos que por Miguel de Cervantes, con su obra trágica El cerco de Numancia. Numancia permaneció en el imaginario colectivo como un relato informe hasta que, en 1860, y coincidiendo con la Edad de Oro de la arqueología, fue despertada por completo. La culpa de este resurgimiento se la tenemos que echar a Eduardo Saavedra, un ingeniero de caminos apasionado por las crónicas históricas, precisamente, de Apiano. Dos años después de licenciarse, se marchó a Soria desde su Tarragona natal para empezar a trabajar, y así fue como dio con los restos de una vía romana de los tiempos del emperador Antonino. Aquello le condujo a una zona donde, al excavar, encontraron algo que cuadraba a la perfección con el relato de Apiano: ceniza. O lo que es lo mismo: los restos del incendio que los numantinos causaron para inmolar su ciudad. Las guerras numantinas ¿Cuál es la historia del asedio de Numancia? Para apreciar lo ocurrido hace falta un breve resumen de los antecedentes del tercer conflicto de las llamadas guerras celtíberas que enfrentó a la República romana y las tribus celtíberas que ocupaban la región del Ebro. Me refiero a la guerra numantina, cuyo nombre lo dice todo. Está enclavada en la larga, larguísima campaña de conquista de la península ibérica por parte de Roma. Sólo este tercer enfrentamiento se prolongó durante veinte años, entre el 154 a. C. y el 133 a. C. Veníamos de la contienda contra los lusitanos, encabezados por nuestro ya viejo conocido Viriato, que ya os comenté cómo terminó en un artículo anterior. Ya antes se había intentado tomar Numancia, pero los intentos del cónsul Cecilio Metelo, tanto con las armas como a través de la propuesta de una alianza, fracasaron. Y a Roma se le metió entre ceja y ceja que no podían permitir semejante desprecio. Que una urbe de bárbaros pusiera en jaque el prestigio militar y diplomático de la gran república era inadmisible. Roma envió a sucesivos generales que, como los anteriores, no lograron nada. Los defensores numantinos no hacían más que repeler cualquier ataque a sus murallas, aumentando la ofensa que eso significaba. Los fieros guerreros de Numancia incluso lograron rodear al líder romano del momento, Cayo Hostilio Mancino, y forzar un tratado de paz a cambio de dejarlo con vida, a él y a sus veinte mil soldados. Y Numancia sólo contaba con cuatro mil hombres. Todo un milagro. El asedio de Numancia Pero a Roma se le acabó la paciencia. Tiró de apellido insigne y nombró como nuevo general de la conquista numantina a Escipión Emiliano, el nieto adoptivo de Escipión el Africano. Y aunque no compartía su sangre, algo de su genio militar debió legarle su abuelo, porque Escipión armó un ejército sólido y disciplinado, y siguió una estrategia mucho más razonada que sus predecesores. En vez de enzarzarse en una guerra de guerrillas que beneficiaba a los defensores, comenzó a rodear la ciudad para algo tan simple que parece increíble que no se le ocurriera a nadie más: cortar la entrada a Numancia y evitar su abastecimiento. Vamos, un asedio de toda la vida. Para ello creó un muro con hasta siete torres que encerró la urbe numantina a cal y canto. Y ni aún así los defensores de Numancia se amedrentaron. Unos cuantos, al mando del mejor de los guerreros de la tribu, Rhetogenes, lograron salvar la empalizada romana con escalas, tras lo cual viajaron hasta los enclaves de los arévacos para suplicarles su ayuda. Apenas lograron la ayuda de cuatrocientos soldados de Lutia, pero Escipión había sido advertido y logró capturarlos, con lo que el intento de romper el sitio se desvaneció. El trágico final de Numancia Desesperados, angustiados por el hambre y la sed hasta el punto de comerse a sus muertos, los numantinos no tuvieron más remedio que enviar embajadores para negociar una claudicación, aunque lo hicieron sin el consenso del pueblo. Libertad a cambio de la rendición, esa fue su propuesta, pero Escipión se negó en redondo. Siguiendo la misma premisa que ocurriera décadas antes en Sagunto, al regresar a Numancia estos embajadores fueron asesinados por sus propios vecinos. También de manera similar que ocurrió con la ciudad saguntina, algunas familias se suicidaron antes que aceptar la rendición o seguir sufriendo el hambre. Los que quedaron, al final, bajaron la cabeza, no sin un último acto de rebeldía: incendiar Numancia. Por si acaso, Escipión arrasó con lo que quedaba,
¿Los vulgarismos hay que evitarlos siempre?
¡Hola a todos, queridos amantes de las letras! Hoy voy a empezar con una frase que no es mía, pero que dejaré caer para que la analicéis, porque luego reflexionaremos sobre ella. Es esta: «¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!». Quizás más de uno la reconozcáis, pero de eso hablaremos luego. Ahora quiero que os fijéis en el vocabulario que utiliza el autor de la oración. Resulta obvio que tiene varias incorrecciones que en apariencia están muy fuera de lugar en un texto de carácter literario. Ese «mia» y ese «pué» no aparecen en el diccionario por ningún lado, y eso es porque se trata de un tipo de términos llamados «vulgarismos», que es de lo que hablaremos hoy. ¡Empezamos! Qué son los vulgarismos En realidad casi no hace falta ni explicarlo, ya que la propia palabra es bastante esclarecedora acerca de su significado, pero nunca está de más desarrollarlo un poco (me puede la vena de profesor de cursos de narrativa): los vulgarismos son esos términos o incluso expresiones utilizados durante nuestro habla del día a día y que no se consideran correctos dentro del estándar lingüístico. Los conocéis de sobra, ya que por fortuna o por desgracia los utilizamos a todas horas. ¿Quién no ha escuchado alguna vez a alguien decir amoto o haiga? ¡Seguro que incluso habéis pecado de eso vosotros mismos! Tenemos tendencia a pensar que el uso de vulgarismos es un signo de ignorancia, de falta de estudios o de pertenencia a una clase social baja. Y aunque este es uno de los escenarios en el que proliferan los vulgarismos, no siempre es así. Hay mucha gente culta a la que se le escapan los vulgarismos cuando habla. A mí mismo me ocurre en ocasiones, que para eso soy andaluz, sobre todo cuando estamos en un ambiente distendido. Y a diferencia de lo que pueda parecer, no hay ningún problema en ello, siempre y cuando sea algo que podamos controlar y sepamos hablar (y sobre todo escribir) de manera más correcta cuando la situación lo requiera. Tipos de vulgarismos Los vulgarismos más evidentes y prolíficos tienen que ver con el aspecto fonético, ya que derivan del lenguaje hablado. Hay que tener mucho cuidado con ellos para que no salpiquen nuestra escritura de manera descontrolada, lo cuál no es fácil al principio de nuestra carrera como autores, ya que algunos están tan arraigados en nosotros que podemos llegar a pensar que esas palabras realmente se escriben así. Este tipo de vulgarismos se llaman prosódicos, y en ellos se sustituyen o se agregan sonidos (abuja por aguja; o el famoso amoto), se cambia su orden (naide por nadie), se reduce la palabra (usté por usted) o se altera la posición de un acento (intérvalo por intervalo). Otros vulgarismos en cambio tienen que ver con el aspecto morfológico, por ejemplo cuando confundimos el género de las palabras («la alma» en vez de «el alma») o por conjugar de manera incorrecta algunas formas verbales. De estas hay muchas y en ocasiones dan lugar a construcciones hilarantes: haiga (por haya), bendicir (por bendecir), ves (ve, del verbo ir), satisfació (en vez de satisfizo), semos (por somos) o tie (por tiene). También tendríamos los vulgarismos léxicos, derivados de la confusión de ciertas palabras (“destornillarse de risa” en vez de “desternillarse de risa”) o los sintácticos, que no son más que las típicas incoherencias de concordancia verbal: «Han habido veinte asesinatos» cuando lo correcto sería «ha habido veinte asesinatos». ¿Hay que evitar los vulgarismos siempre? La mayoría de estos vulgarismos son herencias que recibimos del estrato social y regional donde hemos crecido. En mis clases de escritura tengo a alumnos de diversas nacionalidades hispanohablantes, y cada uno tiene dejes muy propios. Como digo, en condiciones coloquiales, fuera de lo formal, muchos de estos vulgarismos no pasan de ser rasgos curiosos e incluso adorables propios de los localismos de una zona concreta. A título personal nunca he tenido ningún problema con eso, siempre y cuando el uso de estos vulgarismos no sea algo que impida una comunicación y entendimiento fluido con la persona con la que hablo. No soy tan talibán como para afear a nadie por soltarme un pa qué mientras hablamos. Obviamente, la literatura es harina de otro costal. Cuando escribimos nos debemos, entre otras cosas, a la corrección. No es aceptable cometer faltas ortográficas (porque eso son en el fondo), ni siquiera amparándonos en que esos vulgarismos forman parte de nuestro habla tradicional. ¿Pero es siempre así? ¿Nunca debemos usar vulgarismos en nuestros escritos? Bien, ahora es cuando vamos a volver a la frase del inicio. ¿La recordáis?: «¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!». Técnicamente hablando, está mal escrita, y mucho. ¿Pero y si os dijera que esta oración forma parte de una de las obras más destacadas de la literatura hispana? Algunos lo habréis adivinado: Se trata de La Regenta, de Leopoldo Alas «Clarín». ¿Cómo puede ser que semejante autor cometiera tal error? Pues porque no lo ha cometido. De hecho, son sus personajes quienes lo cometen. Y esta es precisamente la excepción de la regla: los vulgarismos no sólo son aceptables cuando los utilizamos en personajes, sino que son una herramienta excelente para caracterizarlos. Forma parte de su esculpido. De hecho, cuando hablo de la construcción de los personajes a mis alumnos en mis talleres literarios, es algo en lo que incido de manera muy concreta. Conclusiones En resumen, en la vida real no deberíamos agobiarnos ante el uso de vulgarismos, siempre que no afecte a la comunicación con los demás. Es más, este es el método en que los idiomas evolucionan, a base de los cambios que sutilmente se producen por parte de los hablantes. Cuando escribimos, en cambio, tenemos que ser mucho más estrictos y evitar cualquier palabra o expresión que no sea correcta, sobre todo cuando habla el narrador. Salvo que dicho narrador sea también un personaje. Tanto en este caso como en los diálogos, se
Honorio, el emperador niño
Cuando imaginamos cualquier historia ambientada en el Imperio romano, siempre pensamos en gloria, grandiosidad, en una Roma victoriosa ante toda amenaza o situación. Bueno, quizás también hay espacio para corruptelas y cosas así, pero eso es algo que forma parte de todo gran imperio. Sin embargo, Roma no fue eterna, y el personaje del que hoy vamos a hablar es capital para entender la decadencia y desmembramiento de lo que se dio en llamar el Imperio romano de Occidente. El protagonista de nuestro artículo es Flavio Honorio Augusto. La herencia recibida por Honorio Podríamos decir que esta historia empieza en el 395, cuando el padre de nuestro protagonista, el emperador Teodosio el Grande, pasó a mejor vida. Mi tocayo de diminutivo (que no de nombre) había sido el emperador de todo el Imperio romano, que en esos momentos tenía dos claras subdivisiones: el Imperio romano de Occidente y el de Oriente. Dos cortes separadas pero que en ciertos momentos estuvo supeditada al mando de un emperador absoluto. Si os pensabais que eso de la duplicidad de cargos es un invento reciente, ya veis que la cosa viene de lejos. En todo caso, aquella forma de gobierno no iba del todo mal. Aunque con ciertos altibajos, las distintas etapas de este sistema habían evolucionado de manera positiva. Las sucesivas dinastías que tomaron las riendas se las tuvieron que ver con guerras civiles, la aceptación del cristianismo, o las primeras invasiones de los pueblos germanos. El Imperio, dividido en dos pero bajo un mando único, ganó en prosperidad. Hasta que llegó la dinastía teodosiana. Teodosio el Grande se convirtió en emperador del Imperio romano de Oriente en el 379, tras la muerte de Valente en la famosísima batalla de Adrianópolis. Bueno, al principio fue nombrado como co-augusto de Oriente, pero en el 392, muerto Valentiniano II, Teodosio decidió que bien podía subir un peldaño más y proclamarse emperador único, mientras situaba como co-augustos a sus dos hijos: Arcadio, el mayor, en Oriente; y al menor en Occidente. Y este era, por supuesto, Flavio Honorio. Que por aquel entonces tenía unos tiernos ocho años. Los primeros años de Honorio como emperador Y ahora estaréis pensando que menuda barbaridad darle semejante responsabilidad a un niño de tan corta edad. No podría estar más de acuerdo con vosotros, y de esos polvos vendrían unos lodos que les llegarían hasta el cuello. Pero hay que señalar que no era la primera vez que un niño se convertía en emperador. El mismo Valentiniano II fue proclamado con cuatro años, aunque es obvio que con esa edad no podía ejercer, y que otros lo hicieron por él. Sea como sea, en el caso de Flavio Honorio daba un poco igual su juventud, al menos a priori, porque el mando único estaba en manos de su padre Teodosio. Al menos hasta que este falleció, en el 395, de un ataque al corazón. Un imprevisto que pilló a Honorio con apenas once años recién cumplidos, por lo que una vez más se tuvo que echar mano de un regente temporal. El elegido fue Estilicón, un general de origen vándalo, casado además con una prima de Honorio, que vio la oportunidad de sacar aún más tajada de la situación: una de sus primeras medidas fue arreglar el matrimonio del infante con su hija, María. Huele a pucherazo. El caos desatado Aquello no hizo ninguna gracia a Arcadio, el hermano de Honorio, que se olía que Estilicón quería comerles la tostada y llevarse todo el Imperio. Eso hizo que las dos cortes se distanciaran, justo al mismo tiempo que cierto godo, de nombre Alarico, le diera por rebelarse. No fue la única, porque en Britania también algunos militares se pusieron dignos. La jugada quedó rematada con la horda de suevos, vándalos y alanos que se introdujeron en la Galia en el 407. Para combatirlos se envió a Constantino III, el cuál en realidad quería disputarle el trono a Honorio. Y como las cosas sólo podían ir a peor, un años después murió Arcadio. Estilicón le quitó a Honorio la idea de tutelar al hijo del fallecido, Teodosio II, con la intención de hacerlo él en su lugar. Entre unos y otros, le comieron de tal manera la oreja al pobre Honorio que no supo ni cómo reaccionar. Ni os podéis imaginar el nivel de estrés que tenía el pobre muchacho en aquel momento, viendo que todo se venía abajo: un motín en Milán acabó con la vida de Estilicón, al mismo tiempo que Constantino III avanzaba hacia Roma para quitarle el mando. Y eso sin olvidar que los godos de Alarico también invadieron la península itálica, llegando incluso a saquear la mismísima Roma. El caos fue de tal magnitud que en algunos momentos hubo hasta cuatro emperadores distintos al mismo tiempo: Honorio, Constantino III, Máximo (en Hispania) y el senador Átalo Prisco, al cual apoyaban los godos. Honorio, un emperador nefasto Tuvo que poner orden a tanta locura un tal Flavio Constancio. Con el beneplácito de Honorio, limpió del tapete a todos los usurpadores que amenazaban al emperador, uno tras otro. También forzó la rendición de los godos, tras lo cual los asentó en Aquitania y les dio objetivos que sirvieran al Imperio. En pocos años, Constancio se convirtió en el auténtico emperador de Roma, al menos hasta que murió en el 421 y Honorio se quedó de nuevo solo. Para entonces ya era un hombre hecho y derecho, a sus 37 años, pero dicen las malas lenguas que seguía siendo un inepto al que casi cualquiera podía manipular. Nunca tuvo el carácter necesario para ser un buen emperador, ni mucho menos la inteligencia o la formación. A Honorio siempre se lo ha tenido como uno de los más inútiles gobernantes romanos. Así que cuando murió, dos años después, y a pesar de haber estado reinando durante veintiocho, pasó de inmediato a formar parte de esa lista de emperadores de cuyo nombre no quiero acordarme, salvo para escupirlos y maldecirlos. Más
¿El corrector ortográfico de Word es fiable?
Ahhh, aquellos tiempos en que el autor escribía al ritmo machacón de las teclas de la máquina de escribir tradicional. Muchos de los que asistís a mis talleres literarios quizás jamás hayáis pasado por ello, pero os aseguro que era un auténtico… coñazo. Sí, tal cual. La nostalgia suele jugarnos malas pasadas y recordarnos las cosas de una manera demasiado bucólica. Porque yo todavía me acuerdo de que cada vez que cometías un error ortográfico tenías que cubrirlo con ese líquido corrector llamado tippex (por asociación con la empresa más famosa que aún hoy la comercializa). No lo hecho de menos ni siquiera un poquito. La tecnología ha facilitado mucho el trabajo de los escritores. Ahora contamos con herramientas como los ordenadores, los procesadores de textos y aquello de lo que hablaremos hoy: el corrector ortográfico. Nuestro trabajo no sería igual sin él. Sin embargo, ¿hasta qué punto podemos fiarnos de él? El corrector ortográfico: una herramienta imprescindible Ya sabéis lo que me gusta el aspecto histórico de las cosas de las que hablo, así que un par de curiosidades: aunque los primeros correctores ortográficos nacieron casi a la par que los ordenadores, en los años 70, no fue hasta los 80 que apareció en MS-DOS el primero en el idioma español, y tuvo un nombre la mar de apropiado: Escribién. Luego, con el auge de los procesadores de textos, entre los que triunfaría las distintas ediciones de Word, se fueron incluyendo correctores ortográficos en todos ellos. Bueno, en realidad al principio no eran correctores ortográficos como tales, pues no corregían nada. Ni siquiera te mostraban la alternativa correcta, simplemente te indicaban que la palabra no estaba bien escrita. Ahora no entenderíamos escribir sin esta fabulosa herramienta. Nos hemos acostumbrado a ver esos subrayados o resaltados en rojo, hasta el punto de que tendemos a acomodarnos y confiar en lo que nos dice el corrector ortográfico. Y ahí es cuando surge el problema, en que esa confianza nos ciegue y nos incite a ceder nuestra responsabilidad como escritores en un programa informático que de infalible no tiene nada. Os lo voy a demostrar con ejemplos. El corrector ortográfico, un trilero ocasional Algunos de los errores que nos provoca el uso de un corrector ortográfico se entienden mejor si nos paramos a pensar en cómo funciona. Estas aplicaciones no son más que «comparadores» encargados de comprobar si cada palabra que escribimos existe en el diccionario. Si es así, entonces no la marca como incorrecta, pero en caso contrario actúa: según la configuración del procesador, te indicará el posible error o, además, tal vez te proponga un término que considere más adecuado. Los correctores más modernos, además, también tienen en cuenta la gramática. Pero lo que todavía no saben hacer, al menos no de manera infalible, es analizar la semántica. ¿De qué te estoy hablando? Pues de manera muy, muy resumida, la semántica se centra en que las frases tengan sentido. Y eso depende mucho de la interpretación subjetiva, algo que a un programa informático le viene grande (de momento, porque la IA está avanzando a pasos agigantados). Os pongo un ejemplo muy sencillo de entender a través de una frase tan simple que os hará enrojecer: «El pobre hombre se apoyó en el callado antes de empezar a caminar.» Bien, seguro que lo veis. Yo también, os lo aseguro: he escrito «callado» cuando debería haber utilizado «cayado». Pero mi procesador de textos (donde preparo los artículos antes de subirlos al blog) no me ha indicado ningún tipo de error. Esto es justo a lo que me refería. El corrector incorporado analiza palabra por palabra. Al llegar a «callado», ha interpretado que en efecto es una palabra que existe, un adjetivo derivado del participio del verbo «callar», y por tanto no le llama la atención. El corrector no se para a pensar en si este término es el adecuado para el contexto en el que yo la he puesto. Es como si un programa analizara la siguiente imagen de un tortufante (muy ingenioso, ¿verdad?): vería la cabeza de elefante y el cuerpo de tortuga, y como ambos animales existen, no marcaría que es un montaje fotográfico. Algunos errores comunes del corrector ortográfico Y ahora imaginad que esta fuera una frase de una novela que estoy escribiendo. Llevo horas dándole a la tecla, metido por completo en desarrollar la historia, estoy cansado, tengo la vista agotada y mi atención no está al cien por cien. La posibilidad de que cometa un desliz y no lo advierta es real. No pasa nada, para eso está el proceso de revisión. Pero si deposito todas mis confianzas en el corrector de mi procesador, quizás entonces tampoco repare en este pequeño gazapo, al no ver ninguna marca. La mayoría de fallos debidas al corrector ortográfico vienen dadas por este tipo de confusiones de palabras similares: mas o más; apagar o a pagar; baca o vaca… Simples fallos de tecleado por nuestra parte, producto del cansancio o el atolondramiento propio del proceso de escritura (cuando la inspiración nos consume, momento en el que jamás hay que pararse a corregir), y que para nada son indicativos de que un escritor sea mejor o peor. Os prometo que le pasa tanto a los alumnos de mis talleres de escritura como a los lectores más renombrados. Pero a veces también ocurre lo contrario, que el corrector indica fallos que no existen en realidad. Es muy habitual con las concordancias. Por ejemplo, al escribir «tuvieron que embarcar en un viaje juntos», me subraya «un viaje juntos» y me sugiere dos opciones supuestamente correctas: «un viaje junto» o «unos viajes juntos». Conclusiones ¿Cómo podemos conseguir que el corrector ortográfico de nuestro procesador de textos no nos engañe? Pues sólo hay una manera: prestar atención, mucha atención. Sobre todo durante el proceso de revisión que le hagamos a nuestros borradores. Nunca deis por bueno lo que el corrector haya marcado o dejado de marcar, no caigáis en la vagancia. Por muy aburrido que
Petra, la ciudad perdida
En el mundo existen enclaves históricos de una belleza tan épica que incluso el más versado de los escritores tendría problemas para describirla. Me refiero a parajes y monumentos que han sido o merecerían ser nombradas como grandes maravillas del mundo: la pirámide de Keops, la Calzada de los Gigantes, la Alhambra de Granada, el templo de Kukulcán en Chichen Itzá, la Gran Muralla China… Uno de los lugares que más me impresiona es aquel del que vamos a hablar hoy. Seguro que cuando veáis alguna de las fotos la reconoceréis al instante: Petra, la ciudad perdida en el desierto. Orígenes El valle de Petra tiene ciertas particularidades que lo hicieron un enclave muy apetitoso para el hombre desde tiempos inmemoriales, sobre todo por su orografía, que la hacía un bastión fácil de defender. Sin embargo, sus primeros habitantes, que datan del neolítico, fueron pueblos nómadas que como mucho instalaron puestos sedentarios en los que guarecerse durante sus travesías. El más antiguo que se ha hallado se remonta a la Edad del Hierro. No fue hasta la llegada de los edomitas, uno de los pueblos semitas que aparecen en el Antiguo Testamento, que la región pasó a quedar habitada de una manera más permanente. Como curiosidad, según el Libro del Éxodo a los edomitas no les hizo mucha gracia ver la llegada de Moisés y los suyos, cuando peregrinaban por el desierto, así que les impidieron el paso. Sin embargo, el período de máximo esplendor de Petra llegaría con los nabateos, un pueblo nómada de origen árabe, que allá por el siglo VI a.C. entró en territorio edomita y, tras desplazar a éstos, se hicieron con la región, a la que llamaron Raqmu (lo de Petra, “piedra”, fue cosa de los griegos). Los nabateos vivieron un proceso de sedentarización gradual a la vez que seguían sacando provecho de su antigua forma de vida. Porque Petra resultó ser una bicoca que nadie había sabido explotar antes. Era paso obligado de multitud de viajeros y caravanas, la encrucijada de una ruta comercial que conectaba lugares tan ricos como Damasco y Jordania. Los nabateos hincharon a los mercaderes a impuestos, lo cual permitió que se hicieran de oro en muy poco tiempo. Y cuando el dinero se les salía ya por las orejas, decidieron construir las maravillas que vamos a ver a continuación. El Siq, la puerta de Petra En realidad, el Siq es un accidente natural, aunque es tan bello que uno podría pensar que en algún momento fue creado por algún antiguo titán. Es un desfiladero tan angosto como inspirador, que se abre justo después del primer monumento de Petra, la tumba de los Obeliscos. A partir de ahí, el Siq serpentea, se ensancha y estrecha aquí y allá. Por momentos parece que las dos paredes vayan a unirse por completo, como las aguas del mar Rojo tras el paso de Moisés. Hay puntos en que la anchura del cañón apenas deja ver el cielo, mientras que su altura va de los noventa a los 180 metros. Las paredes, dibujadas primero por las fuerzas tectónicas, luego por el agua, y finalmente por el viento, son un espectáculo cromático. En ellas se funde el rojo, el rosa, el ocre, incluso el violeta. El carácter sagrado del Siq era tal para los nabateos que a lo largo de las paredes horadaron diversos nichos que contienen betilos, piedras conmemorativas en honor a sus dioses. Por cierto, antaño se extendía un canal que ahora permanece seco. Era como una especie de camino oasis para las compañías de mercaderes, luego de tanto tiempo recorriendo el duro desierto. El tesoro de Petra Entonces termina el desfiladero, pero incluso antes el viajero ha tenido que enfrentarse a la imagen más característica de Petra. Me refiero a Al-Khazneh, que significa El tesoro del faraón. Sí, la habéis visto un montón de veces: en imágenes en redes sociales, en documentales, en un montón de series y películas. De hecho, es el escenario del final de Indiana Jones y la última cruzada, donde reside el Santo Grial (no, eso no es verdad). Os hablo de esa soberbia fachada de cuarenta metros de altura, tallada en la misma roca del desfiladero. La Ciudad Rosa, como también se la conoce, por razones más que obvias. El estilo helenístico que tiene es tan evidente que los arqueólogos están convencidos de que los nabateos contrataron a constructores influenciados por los griegos. Podríamos pensar que estamos ante la fachada de un gran palacio subterráneo, pero en realidad los expertos creen que en aquellos días se construyó por orden del rey nabateo Aretas III para que fuera su tumba y la de sus sucesores. Lo cual dataría la fabulosa talla en el siglo I a.C. Al ver las imágenes (y ni me imagino lo que será verlo con tus propios ojos) uno no puede más que preguntarse lo titánica que debió ser el esculpido de la fachada, en dos niveles. Seis columnas soportan el frontón, parapetadas a los lados por varios relieves. El declive de Petra En realidad, Petra es bastante más que el Siq y Al-Khazneh. Tiene muchos otros edificios excavados, como el Deir (monasterio), y un sinfín de viviendas, tumbas, santuarios e incluso un teatro romano. Porque como no podía ser de otro modo, Roma también pasó por allí. En el 63 a.C., coincidiendo precisamente con la construcción de Al-Khazneh, las tropas de Pompeyo conquistaron las regiones nabateas. Por fortuna, no fue una anexión demasiado dura, ya que permitieron cierta independencia a la gente de Petra. A cambio, eso sí, de que pagaran impuestos a Roma. Con la muerte del último rey nabateo, Rabbel II Soter, Trajano se hizo ya del todo con la región. Petra seguiría siendo un enclave de importancia por su privilegiada situación geográfica, pero ya nunca recuperaría su esplendor pasado. Pasó a formar parte del Imperio bizantino, que erigió diversas iglesias cristianas, aunque para entonces la actividad económica fruto del comercio había descendido tanto que se fue despoblando. La puntilla
Los negros literarios
«El hecho de que seas un escritor no significa que tengas que negarte a ti mismo el placer humano ordinario de ser elogiado y aplaudido». Esta frase tan significativa la encontramos en la novela The Ghost Writer, de Philip Roth. Quizás os suene más por su adaptación cinematográfica, dirigida por Roman Polanski y protagonizada por Ewan McGregor y Pierce Brosnan, y que se llamó El escritor fantasma. La historia giraba en torno a un autor desconocido que debía escribir las memorias de un ex Primer Ministro británico. Lo cuál, por supuesto, pondrá en marcha un thriller dado los secretos que oculta el político. Esto hila muy bien con el tema del que quiero hablaros. Hoy os descubriré los recovecos que se esconden tras una profesión que todo el mundo sabe que existe pero que poca gente conoce de verdad: los negros literarios. Qué son los negros literarios Su acepción es bastante elocuente, ¿verdad? Un negro literario, también conocido como escritor fantasma, es ese autor que es contratado para escribir un libro para otra persona. Trabajo para el cual renunciará a la autoría de ese texto y lo cederá para que quien le ha contratado lo haga pasar por suyo. Por eso se le llama «negro», porque trabaja desde las sombras, sin darse a conocer (contrato de confidencialidad por medio). Estos autores ocultos renuncian no sólo a sus creaciones, sino también a todo lo que envuelve el aspecto público de un escritor: no acuden a las ferias de libros ni hacen presentaciones, no se preocupan ni por la promoción, ni las malas críticas ni, por supuesto, por las ventas. Les da igual que el libro sea un éxito o un fracaso, porque ellos ya han cobrado por su trabajo. Todo ventajas, al menos a primera vista. Nada de estrés ni de estar constantemente agobiado por si aparece una mala reseña; nada de sufrir por si los libros no se distribuyen bien, por estar todo el tiempo promocionando en redes sociales… Se entrega el trabajo y, tras la corrección, a otra cosa. Pero como dice la frase de la novela de Roth con la que abro el artículo, no siempre es tan sencillo. Algunos negros literarios acaban echando de menos el reconocimiento que reciben los autores que firman con su nombre, sobre todo si también publica libros como un autor convencional y no tiene mucho éxito. Imaginad lo que debe ser que una historia que has escrito para otra persona triunfe y en cambio tus propias novelas no vendan nada. Buscando negro literario La existencia de los negros literarios viene de tan lejos que es posible que sea tan antigua como la propia literatura. Y no os creeríais qué autores los han utilizado, porque algunos de ellos son bastante renombrados. Por ejemplo, Alejandro Dumas, del que hablábamos en el anterior artículo sobre los mosqueteros, usó a varios nègre littéraire para escribir algunas de sus novelas de aventuras más famosas. El más conocido fue Auguste Maquet, al que se le atribuye su «colaboración» en sus obras más conocidas: Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo. Luego estaban los escritores que se vieron obligados a trabajar ellos mismos como negros literarios, como Vicente Blasco Ibáñez o Paul Auster. Sea como sea, en la mayoría de los casos tanto los escritores fantasma como los autores firmantes (o sus editoriales) guardan con celo la identidad o siquiera la existencia de estos escritores ocultos. ¿Y cómo se convierte uno en negro literario? Habitualmente se requiere tener ciertos contactos en el mundo editorial. Es muy común que sea una editorial la que contacte con alguno de sus escritores de fondo, aquellos en cuya calidad literaria confía pero que por el motivo que sea no son muy conocidos. Se elige en función de multitud de aspectos: que el estilo del autor esté en consonancia con el proyecto; que el escritor sea de fiar a la hora de mantener el secreto; su eficacia y rapidez, ya que suelen ser trabajos con fecha de publicación… No es algo que se le ofrezca a alguien que todavía está aprendiendo en un curso de literatura, sino que se busca a autores que ya están rodados. El libro puede ser de cualquier tipo, incluso novelas, aunque lo que más abundan son las biografías. No podéis ni imaginaros cuánta gente hay que cree que su vida es lo bastante interesante para ser convertida en un libro. Gente que quiere dejar un legado escrito a sus hijos, como un album de fotos literario en el que plasmar sus recuerdos. Pero, por supuesto, cuando pensamos en negros literarios no podemos dejar de imaginar los libros de los políticos y famosos de turno. Todos los presidentes que hemos tenido en España han sacado su libro de memorias, y nadie duda de que no los escribieron ellos. O los de esas celebridades de la farándula, o de los youtubers. Sí, hay mucho trabajo como negro literario, os lo aseguro. Cómo trabaja un negro literario ¿Y compensa en lo económico? Pues eso depende del tipo de proyecto. Si hablamos de, por ejemplo, un libro biográfico de un famoso, con una gran tirada y muchas ventas aseguradas, desde luego que sí. El negro literario recibe en primer lugar un innegociable adelanto, que puede rondar unos cinco mil euros, a lo que se le sumaría un tanto por ciento por ejemplar vendido en algunos casos. Este porcentaje nunca será tan alto como el que recibiría un autor firmante, obviamente, pero como las ventas sean altas, podríamos estar hablando de unos quince mil euros. Eso sí, el firmante, dependiendo de su fama, puede llegar a cobrar la de Dios. Se habla de cifras que rozan el millón de euros de adelanto. Cantidades que no se recuperan, porque para ello habría que vender millones de ejemplares. Ahora bien, para ser justos hay un montón de trabajo detrás para el pobre negro literario. No se trata simplemente de ponerse a escribir. En el caso de una biografía, hay que documentarse. Lo habitual es
Los mosqueteros: entre la ficción y la historia
En 1844, en el periódico francés Le Siècle, fundado por Armand Dutacq, se publicó por entregas un folletín que pasaría a la historia de la literatura y de la cultura popular. El primer capítulo se llamó «Los tres presentes del señor D’Artagnan padre», y creo que basta para que todos comprendáis de qué obra os estoy hablando. Sí, la inmortal historia de «Los tres mosqueteros», la obra más famosa que escribió Alejandro Dumas (con permiso de «El conde de Montecristo») y que un día como hoy tiene un significado especial (bien podría haber estado en mi lista de novelas de aventuras favoritas). Porque este 3 de octubre se celebra el Día Internacional del Mosquetero, y precisamente de eso vamos a hablar, de la verdad histórica de los mosqueteros. Así que preparaos. ¡Uno para todos, todos para uno! Los mosqueteros… ¿franceses? Es lo primero que pensamos, ¿verdad? Lo que nos imaginamos al visualizar la imagen de los mosqueteros son las pintas que llevaban los soldados franceses. Es comprensible: quien más popularizó la figura de los mosqueteros fue Dumas con su obra, que transcurría en Francia. Pero hay que destacar que este cuerpo de infantería existió en muchos otros lugares de aquella Europa del siglo XVI y posteriores. De hecho, el último país en el que dicha figura militar estuvo presente fue en Alemania, donde la denominación «mosquetero» permaneció hasta la Primera Guerra Mundial. En esa época todavía existió un cuerpo militar en el Ejército Imperial que respondía a ese nombre. Es más, también hubo mosqueteros en nuestros Tercios españoles. En torno al 1567, el famosísimo Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, III Duque de Alba para los amigos y la posteridad, dispuso que cada compañía de infantería llevaría consigo varios mosqueteros. Esto empezó a dejar en desuso a los no menos conocidos arcabuceros, santo y seña de los Tercios hasta entonces. Ya sabéis, renovarse o morir: el mosquete también era un arma de avancarga, como el arcabuz, pero tenía mayor potencia. Era mucho más largo y ello obligaba a utilizar una horquilla para apoyarlo a la hora de apuntar (aunque con el paso de los años se fue haciendo más ligero). Esta desventaja se suplía con un alcance mayor, el doble que el arcabuz. El origen de los mosqueteros No se sabe muy bien quién inventó el mosquete o su predecesor, el arcabuz, pero sea como sea fue un arma que pronto se extendió entre los ejércitos de la época. En cualquier caso, ninguno alcanzaría tanta relevancia como aquellos que ambientaron la historia de Alejandro Dumas: los mosqueteros de la Guardia, que también fueron conocidos más adelante como «mosqueteros grises» y «mosqueteros negros». Fue una compañía creada en 1622 por el rey Luis XIII, que la integró de inmediato en la casa real de Francia. Fue una evolución de una antigua compañía de caballería ligera que ya actuaba con mosquetes, los carabins. Los mosqueteros de la Guardia, como su propio nombre da a entender, se convirtieron en la guardia real del monarca, y tenían la labor de protegerlo cuando el rey estaba fuera de sus residencias oficiales. Dentro de palacio, sin embargo, dicha defensa recaía en los Garde suisses. Esa fue la primera compañía de mosqueteros franceses propiamente dicha, pero no la última. Porque no mucho después otro nombre conocido creó un segundo cuerpo: el cardenal Richelieu. Estos mosqueteros bajo mando eclesiástico fueron pasando de un cardenal a otro hasta ser absorbidos de nuevo por la realeza, en 1661. Luis XIV reorganizó ambas compañías, las reales y las cardenalicias, y las renombró basándose en el color de sus caballos: «mosqueteros grises» y «mosqueteros negros». El cuerpo siguió vigente hasta la segunda mitad del siglo XVIII, cuando Luis XVI disolvió la compañía. Sólo retornó durante la Restauración borbónica, en 1814, pero fue anecdótico: dos años después desapareció para siempre. Los tres mosqueteros existieron Cabe destacar que lo habitual era que las compañías de mosqueteros franceses estuvieran formadas por soldados de origen noble. Es lo que ocurre con los mosqueteros históricos que sirvieron de base a Alejandro Dumas para crear a sus personajes. Sí, en efecto, D’Artagnan y compañía no son totalmente ficticios, algo que mucha gente no sabe. La inspiración del más joven surge de Charles de Batz-Catelmore, conde de Artagnan, un capitán de la guardia de mosqueteros durante el reinado de Luis XIV. Aunque de origen burgués, su familia empezó a cobrar relevancia gracias al comercio y entró al fin en la nobleza a mediados del siglo XVI. D’Artagnan habría pasado sin pena ni gloria por la historia, ya que era el cuarto hijo de siete hermanos, de no haberse dedicado al oficio de las armas (bueno, de eso y de que Dumas lo tomara como inspiración). Tras participar en diversas campañas, bajo la protección del cardenal Mazarino (sucesor de Richelieu como primer ministro) tuvo el enorme honor de entrar a formar parte de los mosqueteros de la Guardia. Llegó incluso a ser nombrado capitán de una compañía, y su desempeño debió ser tan satisfactorio para sus mandos que incluso ejerció de espía en una trama donde se desenmascaró al ministro de finanzas del rey, Nicolas Fouquet, el cual había estado sisando oro de las arcas reales. Eso le valió ser nombrado gobernador de Lille, pero nuestro querido Dartacán… perdón, D’Artagnan, era un hombre de acción. Así que no dudó en enrolarse en la guerra franco-holandesa. Gran error, porque fue precisamente en el sitio de Maastricht donde perdió la vida. Conclusiones También los otros protagonistas principales de su obra están basados en personajes históricos: Athos, Porthos, Aramis, Richelieu… Existieron como tales, aunque para Dumas sólo fueron bustos de arcilla que modeló a conveniencia de su argumento. Es más que probable que ni siquiera llegaran a conocerse entre sí, o en todo caso que coincidieran de pasada en alguna campaña militar. Con Athos lo tendría peor, ya que por lo poco que se sabe de él parece que murió joven, apenas un año después de que D’Artagnan ingresara en el cuerpo