Nuestra lengua castellana tiene unas características que la hacen no sólo única, sino también fascinante. Su riqueza es abrumadora, en especial su léxico, cuya variedad es increíble. Tenemos palabras para casi cualquier cosa que podamos imaginar (hasta que imaginamos algo nuevo y debemos buscar un término apropiado). Pero también contamos con comodines, palabras que usamos para cosas distintas y pueden llegar a confundirnos cuando empezamos a escribir. Algunas de ellas, además, se escriben prácticamente igual y suenan idénticas. Las conocemos como «homófonas», y a veces es un dolor de cabeza diferenciarlas para saber cuál es la correcta, la que necesitamos para decir lo que queremos, y cómo utilizarlas sin caer en errores ortográficos (sí, la ortografía es vital, como ya os conté en este artículo) Hoy voy a hablaros de una de las más odiadas por mis alumnos: el por qué. O el porqué. O tal vez es el por que. Ah, no, es el porque… ¡Menudo lío! Por qué Vamos a empezar por la que considero que es el caso más sencillo: el por qué. Como puedes comprobar, en realidad estamos ante dos palabras, la preposición «por» y la partícula interrogativa o exclamativa (según el caso) «qué». El meollo del asunto está precisamente en este «qué», ya que se trata de una palabra tónica que en teoría no haría falta acentuar. Pero lo hacemos para distinguirla de la conjunción «que» usando una tilde diacrítica. ¿Cuando debemos utilizarla? Muy simple: cuando escribimos oraciones interrogativas y exclamativas de carácter directo e indirecto. Como por ejemplo: «¿Por qué te gusta escribir poesía?» «¡Por qué países tan hermosos viajamos el verano pasado!» «Me gustaría averiguar por qué demonios se separaron.» Como ves, no puedes fiarte de si una frase va entre signos de interrogación o exclamación. De hecho, el tercer ejemplo no parece una pregunta, pero en el fondo lo es (por eso la llamamos indirecta). Ese «por qué» también es interrogativo. Así que en el fondo se trata de reconocer su naturaleza interrogativa o exclamativa, así como la propiedad tónica del «qué», el cuál enfatizamos como si diéramos un golpe sobre la mesa. Por que Esta es más complicada de reconocer, pues nos enfrentamos a la secuencia formada por la preposición «por» seguida de la conjunción subordinante «que». Como se puede deducir por la descripción, se utiliza para introducir una segunda oración que está subordinada a la primera: «Después de tanto esfuerzo prefieren optar por que no se celebre el festival.» Como ves, aquí tenemos dos frases independientes pero conectadas por dicha secuencia: «Después de tanto esfuerzo eligieron» y «no se celebre el festival». Si lo leemos en voz alta, nos daremos cuenta que ese «que» no es tónica, no resuena, sino que fluye sin más. Por tanto, no llevaría tilde. Porqué Esta forma también es muy fácil de detectar, porque su naturaleza es completamente distinta. Se trata de un sustantivo que utilizamos como sinónimo de motivo, causa o razón. Además, lo habitual es que vaya precedido por un artículo o un pronombre, por lo cuál es más sencillo todavía advertirlo. Al ser palabra aguda terminada en vocal, se escribe con tilde: «Siempre tuvo su porqué para iniciar la guerra.» Es tan simple como ver si puede ser sustituido por uno de sus sinónimos o si lo podemos utilizar en plural («porqués»). «Hay multitud de porqués a su actitud.» Porque Y el último de nuestros ya queridos «porqués» (seguro que a estas alturas ya has dejado de odiarlos, o casi) es la conjunción átona que, a diferencia del anterior sustantivo, se escribe sin tilde. También funciona como conector entre oraciones subordinadas, pero en este caso para expresar causa: «Me enamoré de ella porque me comprendía como nadie más.» La reconoceremos si podemos sustituirla sin problema alguno por locuciones como «ya que» o «puesto que», sin que pierda su significado. «Me enamoré de ella ya que me comprendía como nadie más.» También la podemos encontrar en las respuestas que damos a preguntas que utilizan el «por qué» interrogativo (el primer caso que hemos tratado): «—¿Por qué te gusta escribir poesía? —Porque me emociona hacerlo.» Y por si fuera poco, también podemos usar este «porque» como conjunción final, con el sustitutivo de «para que». Y de hecho, en este caso concreto, se admite dividir la palabra en dos, aunque es recomendable no hacerlo: «Luché durante toda mi vida porque las cosas fueran de otro modo.» «Luché durante toda mi vida por que las cosas fueran de otro modo.» «Luché durante toda mi vida para que las cosas fueran de otro modo.» A título personal, yo prefiero el «para que». Me suena mejor y más natural. Conclusión Sí, ya sé que seguís liados a pesar del artículo. Porque la teoría está muy bien, pero luego hay que aplicarlo a la realidad. Para eso está la práctica. Es cuestión de que cada vez que os veáis en la necesidad de utilizar alguno de estos «porqués» os detengáis un momento a pensar. Y, si es necesario, podéis consultar este artículo. Con el tiempo acabaréis por interiorizar estas reglas hasta que ya no dudaréis. Pero ya os aviso: incluso entonces, es muy probable que cometáis algún desliz. ¡Para eso están las correcciones!
Cómodo: ¿Quién fue el villano de Gladiator?
Aunque el mejor modo de aprender Historia es acudir a fuentes académicas, la novela histórica es una fantástica manera de descubrir nuevas épocas o culturas del pasado. Pero no es la única manifestación cultural capaz de algo así. También tenemos el cine, del que ya hemos hablado anteriormente en este blog cuando os comenté mis películas históricas favoritas. De hecho, el poder mediático que tiene el Séptimo Arte hace que a veces estas adaptaciones se instalen en el imaginario popular y solapen a la realidad histórica. Hoy quiero tratar a un personaje histórico adaptado en una de las más fascinantes películas históricas de todos los tiempos: Gladiator. ¿A quién me refiero? Sí, al gran villano de la cinta y uno de los más odiados del cine: Lucio Aurelio Cómodo, el emperador romano que sucedió a Marco Aurelio. Cómodo en la película Estoy seguro de que muchos escritores de novela histórica han surgido gracias a Gladiator, dirigida por Ridley Scott en el 2000 y protagonizada por Russell Crowe, que daba vida al general Máximo Décimo Meridio. Me hubiera encantado que este artículo estuviera centrado en este personaje, por eso de ser el héroe, pero resulta que estamos ante un personaje ficticio. No es el caso de Lucio Aurelio Cómodo, interpretado magistralmente por Joaquín Phoenix. La película nos muestra a un Cómodo perverso, cruel y bastante perturbado. Un comportamiento que en el fondo parece esconder una necesidad patológica de ser querido, después de que su padre, el emperador Marco Aurelio, lo tuviera siempre de menos. ¿Cuánto hay de verdad en el Cómodo de Gladiator? Lucio Aurelio Cómodo nació en el 161 y fue, efectivamente, hijo del emperador Marco Aurelio. Aunque no fue el mayor, se convirtió en el heredero cuando Tito Aurelio Antonino murió en el 165. Su otro hermano, Marco Annio Vero, también falleció, en el 169. Es en su juventud cuando encontramos la primera diferencia entre el Cómodo real y el cinematográfico: en el film vemos que Cómodo llega a la Germania donde se desarrolla la batalla del inicio y se nos dice que había estado en Roma durante todo el conflicto. Esto se aleja completamente de la realidad histórica, pues sabemos que Cómodo acompañó a su padre en casi todas sus campañas. Y lo hizo desde el 172, cuando Marco Aurelio introdujo a su hijo en el estado mayor. ¿Cómodo asesino? De su padre no, al menos. Esta es una invención de la película, imagino que para mostrar desde el primer instante a Cómodo como el gran villano de la cinta. Pero la realidad fue que Marco Aurelio murió en el año 180 por viruela o tal vez por la peste. Es más, Cómodo no tenía ningún motivo para matarlo, pues también a diferencia de Gladiator, su padre jamás le escamoteó la sucesión al trono (y menos aún con la intención de devolver a Roma a un estatus de república). Cuatro años antes de morir, Marco Aurelio concedió a su hijo el título de Imperator, y en el 177, además, el de Augusto, lo que le otorgaba un poder equivalente al del propio Marco Aurelio. Así pues, Cómodo gobernó al lado de su padre durante al menos tres años antes de su fallecimiento, y nadie dudaba de que iba a ser su sucesor. Por curioso que pueda sonar, esto era algo realmente extraño en esa época. Desde el año 96, durante el gobierno de Nerva, se había impuesto una tradición según la cual cada emperador tuviera la libertad para elegir como sucesor a quien considerara más capaz, aunque no fuera su hijo. Esto hace que la decisión de Marco Aurelio en la película, por la cuál pretende nombrar a Máximo como el siguiente emperador, sea coherente dentro del contexto histórico. Pero no fue real: la sucesión de Cómodo nunca estuvo en discusión. Cómodo, un emperador cruel Ahora bien, en cuanto al carácter de Lucio Aurelio Cómodo, la película sí es bastante fiel a la realidad. Porque resulta que Cómodo es considerado uno de los peores y más horribles emperadores romanos, lo cuál no es decir poco pues compite con monstruos como Nerón y Calígula. Sus dos primeros años fueron bastante tranquilos, a pesar de encontrarse con una herencia envenenada: Roma era un imperio azotado por la peste, una crisis de inflación que ríete tú de la actual y una guerra en la frontera con los bárbaros germanos. Cómodo abogó por distanciarse de la política agresiva de su padre y se refugió en Roma. Bien por naturaleza o por la mala influencia de sus consejeros, Cómodo empezó a caer en la demencia y la paranoia. Sobre todo cuando su hermana, Lucila (por la que no hay constancia de que sintiera ningún deseo incestuoso), tramó una conjura para destronarle, supuestamente porque tenía celos de la relevancia de la esposa de Cómodo. Ah, sí, lo olvidaba: Cómodo estuvo casado con Brutia Crispina, quien en ese mismo año 182 sería exiliada y ejecutada por adulterio. Pero no sin que antes cayera su cuñada. Estas situaciones hicieron que Cómodo se convirtiera en un individuo desconfiado, lo que le llevó a una espiral de degradación por la que dejó de lado sus funciones y empezó a cometer tropelías como asesinar a civiles y soldados tullidos personalmente o ejecutar a toda la gens Quintilia. Hasta el punto de que Dión Casio dijo de él: «El reinado de Cómodo marcó la transición de un reino de oro y plata a uno de óxido y hierro.» Gladiador Y llegamos aquí a esa escena que más de uno habrá pensado que es la mayor exageración de la película: Cómodo enfrentándose a Máximo en la arena del circo. Una locura, ¿verdad? Resulta increíble que todo un emperador de Roma se enfrente a simples gladiadores, poniendo en riesgo su vida. Pues resulta que esa parte de la película es bastante fiel a la realidad. Porque una de las pasiones de Cómodo, además del alcohol y el sexo, era la lucha de gladiadores. Es más, combatió en al menos setecientos duelos
Los conectores literarios
Una de las primeras cosas que les digo a mis alumnos del Método PEN es que a todos nos enseñan a escribir cuando somos niños, pero no a narrar. Además de conceptos básicos e irremplazables como la comprensión, la literatura es mucho más que simplemente hacerse entender, y por eso es tan difícil ser escritor. A diferencia de cualquier otro texto cotidiano, la narrativa literaria se basa en lo fundamental en la asociación de ideas, en el enlace entre cada una de las partes que forman un texto. Todo está conectado en una obra literaria de un modo u otro: una palabra con la siguiente, una frase con la que viene a continuación, y un párrafo con el que le sigue. Y para ello utilizamos una serie de expresiones que cumplen esa función de «enganchar», a los que llamamos conectores gramaticales. Hoy voy a hablaros de este tipo de términos y lo importantes que son. ¿Qué son los conectores? Quizás te suene a chino eso de «conectores», pero en realidad son expresiones que usas a cada instante. De hecho, desde que empecé esta sección ya he utilizado dos conectores: «pero» y «de hecho». Los conectores sirven para unir ideas relacionadas entre sí o incluso que no lo están pero sobre las que deseamos crear dicho vínculo. Para hacerlo más sencillo asociaremos «idea» con «frase», porque es la fórmula principal de expresión hablada o escrita. Digamos que es una manera de pasar de una frase a otra de manera fluida, sin cortes bruscos, como una cortinilla en un vídeo editado. Los conectores nos ayudarán a crear esa secuencia lógica de manera que, además de servir de «cambio de idea», permita añadir una pequeña información nueva. Veámoslo con un ejemplo muy sencillo: «Aníbal comprendió que sus hombres se estaban desmoronando ante la presión de los legionarios romanos. Entonces decidió que debía cambiar su estrategia.» En este caso, nuestro conector es «entonces», llamado «de temporalidad» y de «causa-consecuencia» porque su cometido es establecer una conexión, sí, pero también aporta una información basada en el tiempo y en la consecuencia de un acto: reafirma que es entonces, en ese momento y no en otro, al comprenderlo, cuando Aníbal decidió cambiar de estrategia. ¿Se podría obviar el uso de este conector? Sí, por supuesto, pero un texto es más rico y se desarrolla de una manera más fluida gracias al uso de los conectores. Características de los conectores Hay tantos conectores que es imposible enumerarlos por completo en un simple artículo, aunque te aseguro que los conoces y utilizas todos, la mayoría de las veces sin darte cuenta. A nivel teórico se suelen dividir por el tipo de relación que establecen entre las ideas de un texto. Dentro de cada grupo, hay casos en que son intercambiables. Por ejemplo, podemos utilizar indistintamente «pero» o «sin embargo»: «Decidimos irnos de vacaciones ese año, pero antes dejamos a punto todo lo que teníamos pendiente.» «Decidimos irnos de vacaciones ese año, sin embargo antes dejamos a punto todo lo que teníamos pendiente.» Esto es fantástico, pues nos ayudará a evitar muchas de las terribles repeticiones en las que caemos al escribir (de eso hablaremos en otro artículo). Pero ojo, no siempre es así. Al igual que no cualquier cargador sirve para un teléfono móvil concreto, a pesar de pertenecer a un mismo grupo algunos conectores son inconmutables por motivos más que obvios: «Antes de aquello ya tenía un montón de seguidores en YouTube.» «Después de aquello ya tenía un montón de seguidores en YouTube.» Tipos de conectores Hay un montón de categorías de conectores. Vamos a verlas y definirlas de manera muy rápida, aunque algunas se describen a sí mismas con mucha claridad: Aditivos. Como su nombre indica, añaden información: también, además, de igual forma, por añadidura, hasta, del mismo modo, igualmente… Oposición. Marcan el contraste entre ideas: a pesar de todo, no obstante, por otra parte, sino, en cambio… En este grupo estaría el más famoso de todos los conectores, nuestro querido pero. Causa-consecuencia. El nombre también es suficientemente explicativo. Aquí destacan expresiones como porque, pues, entonces, o sea, por otro lado, en pocas palabras, luego… Comparativos. Establecen similitudes: del mismo modo, más que, tan como, igual que, como, de modo similar… Reformulativos. Sirven para indicar que vamos a reproducir algo que ya se ha dicho anteriormente: es decir, en otras palabras, en resumen, por ejemplo, mejor dicho, o sea… Temporales. Aportan información temporal o establecen la cronología de las ideas conectadas: luego, al principio, inmediatamente, apenas, desde que, a partir de… Espaciales. Idéntica función que la anterior, pero en relación al espacio o los lugares: arriba, abajo, en el fondo, al lado, en lo más alto… Ordenadores. Destacan en qué parte del texto nos hallamos, como el inicio del discurso (ante todo, para comenzar, en primer lugar…), el cierre (por ultimo, en conclusión, para resumir…) o si estamos ante una transición (a continuación, acto seguido, por otra parte…) Condicionales. Marcan una condición que se da entre las dos ideas conectadas: siempre que, sí, mientras que… Certeza. Sirven para reforzar una idea expuesta: indudablemente, en realidad, efectivamente, en verdad… Finalidad. Pretenden clarificar el propósito de la idea: con el fin de, de manera que, para que… Conclusiones Como veis, hay un montón de conectores, y todos son tan conocidos que como decía los utilizas a todas horas. Por curioso que parezca, y es algo que he comprobado como profesor de escritura y narrativa, a pesar de que usamos constantemente los conectores cuando hablamos, hay alumnos que por algún motivo no los utilizan a la hora de narrar. El resultado suele ser textos cuyas oraciones están desconectadas unas de otras, por lo que la narrativa no fluye, sino que transcurre a saltos y dificulta la lectura. Así pues, el uso de los conectores es vital para que nuestra escritura sea agradable para el lector. Por supuesto, hay que utilizarlos de manera correcta, donde su presencia sea adecuada y sin abusar. Como siempre digo, una buena narrativa se
Los íberos: más irreductibles que los galos
Es inevitable. Cuando vamos a una librería y echamos un ojo a la sección de novela histórica, hay una cultura antigua que copa el protagonismo por encima de cualquier otra: Roma. A veces tenemos suerte y encontramos algún libro donde los romanos se reparten el protagonismo con sus más famosos antagonistas, los cartagineses. Pero ya está. Rara es la novela que apuesta por hablar de todas aquellas civilizaciones que fueron contemporáneas de Roma. Así, a bote pronto, me viene a la memoria El espíritu del lince, de mi compañero de editorial Javier Pellicer, que retrata una sociedad de la que quiero hablaros hoy, pues son para nosotros tan importantes históricamente hablando como los romanos o cartagineses: los íberos. El descubrimiento de los íberos Los antiguos griegos mostraron desde muy temprana época su inclinación por expandir el mundo que conocían. Vamos, que siempre fueron muy viajeros, de ahí mitos como el de Jasón y los Argonautas. Ya os conté un poco sobre ello hace unos años, en este artículo sobre la fundación de Tarento por parte de Esparta. Al principio, todo aquello que estuviera más allá del mar Egeo era considerado como los confines del mundo, y los pueblos que los habitaban cobraban la categoría de «bárbaros». Pero bárbaros con tierras abundantes en recursos, algo demasiado apetitoso para que los griegos dejaran pasar la oportunidad de fundar colonias, al igual que hicieron los fenicios. Sus famosos periplos expandieron esas fronteras de lo conocido con el correr de los siglos, hasta alcanzar una tierra situada en la parte más occidental de sus mapas. Una península, una última barrera, más allá del cuál no existía nada más que agua. Allí se toparon con un pueblo distinto, obviamente no tan refinado como lo eran ellos, pero aún así con una sociedad establecida y muy arraigada a sus costumbres. Los griegos desembarcaron en la costa oriental de esa nueva tierra, y la llamaron Iberia, y a sus habitantes, íberos. Según Avieno en su Ora maritima, debido a un río, el Íber (supuestamente el Ebro, algo que está en discusión). Quiénes fueron los íberos Por supuesto, no sabemos cómo se denominaban a sí mismo los íberos. Aunque los arqueólogos han encontrado infinidad de inscripciones en su idioma, todavía no hemos podido descifrarla. Sin embargo, la cultura material que nos dejaron es suficiente para hacernos una idea detallada de cómo fue esta sociedad. En lo fundamental no difería mucho de otras civilizaciones de la época, pues compartía similitudes con galos, celtas y demás. Era una sociedad jerarquizada en castas, donde el poder residía en los guerreros. Es muy famosa una de sus tradiciones, la devotio, por la cuál un íbero juraba lealtad a su señor, incluso más allá de la muerte de este. Hasta el punto de que si el caudillo moría en un acto de guerra, el fiel soldado debía vengar dicha caída aunque ello le costara la vida. De hecho, se dice que el asesino de Asdrúbal el Bello, predecesor de Aníbal como líder cartaginés en Iberia, fue un guerrero que quería vengar a su señor. Las mujeres, por cierto, tenían un papel predominante. Aunque seguían limitadas a su parcela de influencia, el ámbito doméstico, eran respetadas e incluso veneradas, y gozaban de libertades como la opción de elegir marido. Los íberos, ¿fueron una nación? Eso era al menos lo que solía decirse hace décadas con intenciones propagandísticas. Pero los historiadores son muy contundentes en ese sentido: en absoluto. Los íberos nunca, jamás, fueron una comunidad unificada. De hecho, estaban divididos en muchísimos pueblos distintos, como los edetanos, los contestanos, los bastetanos… A menudo solían enfrentarse a cuenta de los pillajes de algunas bandas de ladrones de ganado. Se organizaban en ciudades estado y poblados satelitales, con características similares a las polis griegas (aunque menos grandiosas), pero en cualquier caso no tenían noción alguna de hallarse bajo una misma bandera. Lo que conectaba a los íberos entre sí eran sus costumbres. Su manera de afrontar la vida era naturalista, muy conectada con el mundo que los rodeaba, como es habitual en este tipo de pueblos antiguos. Aún así, eran de artes muy depuradas en ciertos aspectos. Sólo hay que contemplar sus piezas de cerámica, como los Vasos Guerreros de Lliria. Aunque la prueba más evidente de tal destreza artística es la pieza por antonomasia del arte íbero, la Dama de Elche, de una belleza arrebatadora. Y llegaron los romanos Los íberos nunca tuvieron ansias expansionistas, pero recibieron con agrado la llegada de todos aquellos colonos griegos y fenicios, e incluso participaron como mercenarios en las guerras de otros. Al principio, claro, porque cuando una de las familias más poderosas de Cartago, los Barca, decidió que el futuro de su pueblo estaba en aquella tierra occidental, los íberos se convirtieron de pronto en protagonistas absolutos de una contienda que lo iba a cambiar todo. Amílcar y su hijo Aníbal revolucionaron la plácida existencia de los íberos, situando la península por primera vez en la mira de los romanos. De este modo, los íberos se vieron involucrados en la Segunda Guerra Púnica, hasta el punto de que fue el asedio cartaginés de Sagunto la casus belli de dicho enfrentamiento. Cartago, que había ocupado buena parte del territorio íbero, perdió su enfrentamiento con Roma, quien no obstante no iba a dejar pasar la oportunidad de quedarse sin una región tan suculenta en recursos. Se inició entonces la conquista romana de Iberia, y los pueblos autóctonos tuvieron que elegir entre oponer una épica resistencia o dejarse asimilar. La mayoría de las tribus íberas prefirieron la segunda opción, y sólo los pueblos celtíberos y celtas del interior de la península siguieron oponiéndose a Roma durante largas décadas. Y sin poción mágica. Hasta que, al fin, acabaron por caer. Conclusión Es lógico que el esplendor de la Roma antigua opaque a cualquier otra civilización del pasado. ¿Cómo no va a ser así? Sin embargo, debemos recordar que existieron otros pueblos antes que los romanos. De ellos hemos heredado costumbres e
Los mejores villanos de la literatura
El mes pasado os acerqué un artículo que está teniendo un gran éxito de visitas, donde os hablaba de algunos de los mejores personajes secundarios de la literatura. Así que he pensado en hacer una especie de continuación. Pero esta vez nos detendremos en otro de los grandes elementos de cualquier novela que se precie, uno sin el cuál nuestro héroe (si es que nuestro protagonista lo es) está incompleto. Así que hoy toca hablar de los mejores villanos de la literatura. Drácula Nuestro primer villano no podía ser otro que el más famoso de los monstruos jamás creados. El vampiro por antonomasia, nuestro querido y temido conde Drácula. Obviamente nos referimos al Drácula de la novela de Bram Stoker, porque hay infinidad de versiones en otros medios. Algunos incluso no podrían ser considerados del todo como villanos, como el Drácula de la película de Coppola, interpretado magistralmente por Gary Oldman. Pero el Drácula de Bram Stoker no tiene ningún aspecto que lo acerque a la bondad. Basado en varios personajes históricos, como Vlad Tepes «el Empalador» o Elizabeth Bathory (conocida como «La condesa sangrienta» porque esta sí bebía sangre humana de verdad), el primer Drácula literario es un auténtico villano: sin escrúpulos, cruel y maligno de los pies a la cabeza, y no le mueve ningún tipo de amor como a su contrapartida cinematográfica. Patrick Bateman El título de asesino en serie más perturbado de la literatura podría recaer perfectamente en dos sádicos de manual: Hannibal Lecter (de El silencio de los inocentes) y Patrick Bateman, el villano de American Psycho. Me he decantado por Bateman porque no solo es el villano de la novela, sino también el protagonista absoluto (por tanto, no sería el antagonista). Estamos acostumbrados a que una historia cuenta con un héroe protagonista y un villano que, la mayoría de las veces, tiene menos protagonismo. Este caso es completamente diferente. Además, Bateman tiene unas cualidades que lo hacen fascinante: no es un monstruo con aspecto de malvado. Tiene buena planta, siempre viste elegante, demuestra una educación exquisita. Estamos ante el ya olvidado yuppie de los 80, ese hombre de negocios exitoso y con un estatus social privilegiado. Pero tras esa apariencia de triunfador se esconde un perturbado, cuya obsesión por la perfección lo lleva a convertirse en un asesino psicótico y, por tanto, en uno de los mejores villanos. Ah, y también practica el canibalismo. Chúpate esa, Lecter. Mr. Hyde ¿Puede el héroe ser al mismo tiempo el villano? Pues sí, de hecho el mejor ejemplo es uno de esos clásicos atemporales que también se ha convertido en parte de la mitología popular: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson. Todos conocéis la historia: El doctor Jekyll es un científico que crea una poción capaz de separar el bien del mal en la mente de cualquier persona. Pero al tomarla, Jekyll en realidad se convierte en una versión oscura de sí mismo, llamada Hyde, que toma el control de su vida y comete todas las tropelías que la moral de Jekyll no le permite. En la cultura popular se ha simplificado mucho al personaje de Mr. Hyde, convirtiéndolo en ocasiones en un simple monstruo, pero detrás de este villano hay un poso más profundo y simbólico. Representa el conflicto eterno entre el bien y el mal. Hyde es el deseo humano llevado hasta el extremo absoluto, que generalmente reprimimos porque vivimos en sociedad y no nos atrevemos a dar rienda suelta a según qué cosas. Estamos pues ante un villano, sí, pero un villano que nos dice que, en el fondo, todos somos villanos. Que lo único que nos separa de que la maldad nos domine es la moral. Inspector Javert Quizás a alguien le parezca un poco estricto definir como un villano al inspector Javert, personaje de Los miserables de Victor Hugo. Al fin y al cabo, estamos ante un policía cuyo principal objetivo es hacer cumplir la ley. El problema es que está dispuesto a cualquier cosa para ello. Javert quizás no sea malvado en el fondo, pero es inflexible e incluso cruel cuando se trata de atrapar a ese fugitivo que ya se le escapó en el pasado. Su obsesión por atrapar a Jean Valjean llega a tales cotas que es incapaz de aceptar que este haya podido cambiar y rehacer su vida. Es apasionante el contexto de este personaje, y por eso es uno de los mejores “villanos”: odia a los delincuentes y no cree en su arrepentimiento, una ira que le viene de sus propios orígenes, ya que su padre fue un convicto y él nació en una prisión. Su carácter intransigente tiene por tanto un sentido: necesita mantenerse en el lado correcto de la ley por temor a acabar como su padre. Este tipo de detalles son los que dan profundidad a un villano, hasta el punto de que por muchas perrerías que le haga al protagonista, sintamos empatía por él. Sobre todo cuando, al final de la novela, se ve enfrentado a una decisión imposible: detener a un Valjean que le ha demostrado que es una buena persona o dejarlo libre, sabiendo que tiene una condena que cumplir y por tanto rompiendo él mismo la legalidad. Una decisión tan imposible de tomar que decide suicidarse. Sauron Sí, sé lo que estáis pensando: otra vez Teo con El Señor de los Anillos. Qué le vamos a hacer, ya sabéis que siento predilección por esta obra. Además, estamos ante el villano más extraño de cuantos hemos visto. Porque todos ellos eran personajes reales dentro de sus novelas, estaban presentes en carne y hueso. En el caso de Sauron, el Señor Oscuro, no aparece como personaje en ningún momento de la trilogía. Y sin embargo su presencia impregna cada uno de los pasos del resto de personajes. Sauron es el motivo por el que Gandalf está en la Tierra Media, la razón por la que pone en marcha su gran plan. Su maldad
Las sabinas: el mito de un rapto
Últimamente hemos estado dedicándole varios artículos a la mitología, especialmente a la de la Grecia Clásica. Como ya os he dicho, para mí los mitos son el complemento ideal con el que entender a los pueblos de la antigüedad. Y entre mis sociedades preferidas del pasado está, por supuesto, la romana. Qué os voy a contar sobre esta pasión que no sepáis al leer mi novela Muerte y cenizas. La mitología romana bebe sin lugar a dudas de la griega, todos lo sabemos. Sin embargo, también hay leyendas de cosecha propia que no están conectadas con la helena, al menos no de manera directa. La más famosa de todas es por supuesto la de la fundación de Roma por parte de Rómulo y Remo. Pero hay otra que personalmente me fascina, y es la que voy a acercaros hoy: el rapto de las Sabinas. El rapto de las sabinas, un mito fundacional Esta leyenda es consecuencia de la fundación de Roma. Tras ganarle a su hermano Remo el derecho a elegir el lugar donde debía ponerse la primera piedra de la nueva ciudad, Rómulo no descansó hasta que ésta se convirtió en una realidad. Pero una vez termino la faena se dio cuenta de que tenía un pequeño gran problema: toda su colonia estaba formada por varones. Vamos, que aquella era una auténtica ciudad de maromos y había que resolverlo o tendrían menos futuro que un jabalí paseándose por cierto pueblecito galo. El rey Rómulo y sus hombres (nunca mejor dicho) tampoco se calentaron mucho la cabeza. Podrían haberse ido a por algunas guapas fenicias o unas íberas irreductibles. Pero en lugar de marcharse a buscar a las tan necesarias féminas en lugares exóticos prefirieron lo conocido. A tiro de piedra de Roma, no mucho más allá de las colinas del Lacio, habitaba una tribu de ganaderos: los sabinos (y sus correspondientes sabinas). Esta buena gente llevaba en tierra itálica más años que Matusalén (además de verdad), pues era uno de los pueblos antiguos asentados desde la prehistoria, junto con los umbros, los etruscos, los picentinos y un montón más. Y todo por culpa de un botellón En honor a la verdad, los romanos fueron a buenas al principio. Intentaron pactar alianzas matrimoniales con los sabinos, pero estos tenían la mosca tras la oreja desde que vieron cómo se levantaba semejante ciudad tan cerca. Por lo visto ya se olían que esos romanos no se iban a conformar con quedarse detrás de sus murallas. Así pues, ante el temor de una eventual conquista, se negaron a entregar a sus hijas en matrimonio. A Rómulo aquello le sentó como una patada en salva sea la parte (que además debía estar sensible por la inactividad). Y ya sabéis cómo son los romanos: cuando algo se les mete entre ceja y ceja… Por tanto, urdió un plan infalible para salirse con la suya. Celebraron un gran festival durante la fiesta de Neptuno Ecuestre con el que mostrar y ya de paso alardear de la nueva ciudad ante las tribus vecinas. Los sabinos y, lo más importante, las sabinas, acudieron sin dudarlo alguno, pues quién podía resistirse a un banquete donde en cuanto vaciabas tu copa de vino te la llenaban de nuevo al instante. La borrachera que se pillaron fue de tal magnitud que, a una señal del rey, los romanos tomaron cada uno a una sabina. Para cuando los hombres se dieron cuenta de lo que pasaba ya habían sido desarmados y echados a patadas de Roma. La peor resaca de la historia. A la guerra por las sabinas Después de eso, a los romanos les faltó el aire para casarse con las muchachas sabinas. Sólo tomaron a las vírgenes solteras, salvo una de ellas, Hersilia, quien precisamente se casó con Rómulo. Las sabinas al principio no se mostraron muy contentas con este arreglo, hecho con engaños y sin su consentimiento, pero los romanos las convencieron diciéndoles que aquello era el mayor de los honores: iban a convertirse en las madres de un pueblo elegido por los dioses. Al final las sabinas cedieron, pero con una condición: no pensaban hacer ninguna tarea pesada en el hogar, salvo ocuparse del telar. Chicas listas. Pero en tierra sabina, el rey Tito Tacio estaba que trinaba por semejante afrenta y armó un ejército con el que atacó Roma. Los sabinos lograron incluso traspasar la muralla gracias a Tarpeya, una romana que traicionó a los suyos por amor hacia Tito Tacio (que ordenó matarla porque despreciaba la deslealtad). La batalla fue tan cruenta como indecisa su resolución, lo cual planteó un dilema entre las sabinas raptadas. Llamémosle amor o síndrome de Estocolmo, las nuevas romanas no estaban dispuestas a perder a sus recién estrenados maridos, de los que se habían enamorado en tiempo récord. Pero tampoco querían perder a sus padres y hermanos sabinos. Así que optaron por el más valiente de los caminos: se interpusieron entre ambos bandos y detuvieron la batalla en una escena convertida en clásica en multitud de pinturas. Las sabinas, mensajeras de paz Conmovidos por el acto de las jóvenes, romanos y sabinos se pararon un momento a pensar en lo que estaban haciendo y, al fin, pactaron la paz. Qué pena que esto no ocurra más veces. Y ya sabéis lo que viene después: otro banquete y una nueva borrachera, sólo que esta vez nadie se llevó nada, si no que se establecieron las bases para la unión de ambos pueblos, el romano y el sabino. Rómulo incluso permitió que, hasta su muerte, Tito Tacio fuera co-gobernante de la ciudad. Una historia apasionante y con final feliz, ¿verdad? Ahora bien, ¿tiene algún fundamento histórico? Pues por mucho que cronistas antiguos como Tito Livio aseguren que todo esto es real, los historiadores del presente ven esta posibilidad como algo poco probable. Es más factible que se trate de una fabulación de la asimilación que Roma realizó con pueblos como los samnitas, o incluso que no fuera otra cosa que un mensaje
Las figuras literarias: cómo usarlas
El ser humano lleva creando historias desde hace milenios. Como ya vimos en el artículo sobre Heracles como personaje histórico, la primera obra literaria considerada como tal data de la Epopeya de Gilgamesh, en el 2000 a.C. Desde entonces hasta ahora se han creado millones de historias, así que ser original en cuanto a argumento y personajes resulta complicado por no decir imposible. Seamos sinceros: cualquier historia que imaginemos ya ha sido contada antes, de un modo u otro. Entonces, ¿dónde podemos ser innovadores? ¿Cómo podemos destacar? Pues te he dado una pista hace un par de frases: de un modo u otro, o lo que es lo mismo, con la forma de contarlas. El estilo literario es personal y nos ayudará a diferenciarnos, y para ello podemos apoyarnos en una herramienta esencial y muy flexible: las figuras literarias. Qué son y por qué se usan Podemos llamarlas figuras literarias, retóricas o recursos literarios, no importa. Son esos mecanismos que permiten modificar el lenguaje para darle un efecto específico y enfocado en enfatizar su aspecto estilístico. Estamos hablando de una gran variedad de elementos con un potencial que el autor inexperto ni siquiera es capaz de imaginar. Su poder es tal que pueden convertir un texto ramplón y superficial en una auténtica obra de corte literario. Son, en todos los sentidos, máscaras para embellecer nuestros textos. El uso adecuado de las figuras literarias hace que una frase anodina se vuelva interesante, que sugiera algo al lector no sólo por lo que dice si no también por cómo lo dice. Son transmisores de emociones de una importancia vital que buscan causar un efecto inmediato, así que conocerlos y aprender a utilizarlos es vital para cualquier autor. Sin embargo, enumerar todos estos recursos requeriría una serie de artículos que podría durar meses, sobre todo si además tuviéramos que dar ejemplos. De hecho, este tema es una parte esencial de mis cursos del Método PEN. Pero en lo esencial, las figuras literarias se clasifican en diversos grupos, dependiendo de su objetivo: Figuras semánticas Figuras morfosintácticas Figuras fónicas Figuras de dicción Figuras de pensamiento Figuras de significación (tropos) Figuras literarias de significación y pensamiento Como decía, explicarlas todas sería muy largo, así que nos limitaremos a hablar sólo de algunas de las figuras literarias más interesantes. Empezando por los tropos, donde la reina es sin duda alguna la metáfora. Esta figura literaria plantea una semejanza entre dos términos que se pueden asociar, uno real y otro alegórico. Dicho así quizás no te hagas una idea (las definiciones son así), pero seguro que lo entiendes con este ejemplo tan básico: «Y ahí estaba yo, observando el movimiento de aquellas nubes de algodón». Evidentemente, las nubes no son de algodón. Pero decir que lo son nos ofrece una sensación imaginaria acerca de su textura. Y ese es el juego de esta estrategia: provocar sensaciones. Entre las figuras de pensamiento tendríamos todas aquellas que describen de un modo u otro, como la prosopografía (descripción del físico de un personaje), la etopeya (descripción de su rasgos internos) o la topografía (descripción de un lugar). Pero me voy a quedar con una también muy famosa, la hipérbole, que consiste en la exageración de un elemento real: «Tiene más fuerza que un buey». Una vez más, ningún ser humano puede ser más fuerte que un buey, pero gracias a esta figura literaria logramos que el lector tenga una idea clara de lo fortachón que está un personaje. Figuras literarias fónicas y de dicción Pero cuidado, porque no todas las figuras literarias son aceptables al cien por cien. Por ejemplo, entre los recursos de dicción tenemos el pleonasmo, que en muchos casos puede considerarse una incorrección. Quizás la conozcáis por otro nombre: redundancia. Ya hablamos a fondo de ella hace un par de años en un artículo, ¿te acuerdas? Y daba un montón de ejemplos. Pero os refresco de nuevo la memoria con uno de los más famosos: «Voy a pedir una cita previa con el médico». Estamos ante una repetición absurda que no aporta información nueva ni ningún efecto interesante. Porque todas las citas son previas, su definición así nos lo dice: encuentro previamente acordado. Estamos pues ante un error que conviene no cometer. Y es difícil, porque algunos se han convertido en parte de nuestra manera de comunicarnos. ¿Cuántas veces has escuchado eso de «sube arriba» o «entra dentro»? Y peor aún, ¿cuántas veces lo has dicho tú? Entre las fónicas tenemos una en concreto que si se utiliza mal también puede resultar vulgar, pero que bien usada es fascinante. Me refiero a la onomatopeya, que consiste en jugar con palabras que sugieren un sonido: el tictac del reloj, el chof de la piedra contra el agua, el miau del gato… Mucho ojo al usar estas figuras literarias. Figuras literarias morfosintácticas y semánticas En mi opinión, estas figuras literarias son las más útiles para mejorar nuestra manera de narrar. Entre las morfosintácticas, que se producen cuando jugamos con las palabras y su orden dentro de la oración, destacaría el hiperbatón, universalmente representado por Bécquer en su famoso verso: «Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar». Las figuras literarias semánticas se valen de utilizar las palabras en un sentido distinto del que tienen literalmente, y buscan crear conexiones entre los términos empleados. El símil se lleva aquí el premio popular. Es la comparación de toda la vida, herramienta esencial en las descripciones cuando buscamos sugerir en vez de explicar. Es un potenciador enorme para la transmisión de sensaciones al lector: «Estaba tan contento como un pajarillo al alba». Comparar a alguien con un el danzar vivaracho de un pájaro por la mañana refuerza la descripción del estado emocional del personaje, porque inmediatamente nos imaginamos el revolotear del ave y lo asociamos con la alegría. De hecho, la frase podría funcionar igual sin decir antes que estaba contento, tal es el poder evocador de esta figura literaria. Conclusiones Como decía, existen infinidad de figuras literarias. Si
El final del Imperio español
Hemos hablado muchas veces del esplendor del Siglo de Oro y del poderío que ostentó el Imperio español durante los años que siguieron al Descubrimiento de América y su colonización. Al fin y al cabo, además de ser una de las épocas más apasionantes de la Historia Universal, es el telón de fondo de varias de mis novelas, como El trono de barro y La boca del diablo. Sin embargo, todo tiene un final, hasta los imperios más poderosos. Que se lo digan a los romanos. Y en este artículo me gustaría acercaros algunas de las circunstancias de por qué se dio el declive de la mayor superpotencia que había surcado los mares hasta la fecha. El Imperio español: un reino de sol infinito Hoy en día cuesta imaginar la envergadura que llegó a alcanzar el Imperio español. Las fronteras actuales, salvo casos aislados, suelen ser inamovibles, aunque hace 500 años el descubrimiento de unas tierras hasta entonces ignoradas abrieron un melón demasiado tentador. De la noche a la mañana, infinidad de exploradores salieron de debajo de las piedras para aprovechar la situación. Y para ello exigieron el apoyo de sus señores gobernantes. De este modo, los Reyes Católicos avalaron la creación de una colonia tras otra para anexionarse cada nuevo territorio descubierto. A finales del siglo XVIII, el Imperio español llegó a tener 20 millones cuadrados de extensión. Para que os hagáis una idea: la séptima parte de las tierras conocidas sobre las aguas del planeta. Territorios como el suroeste de Estados Unidos, México, el Caribe, toda Centroamérica y gran parte de Sudamérica, algunos puntos en Alaska e incluso el Sudeste Asiático. Queda claro ahora por qué se decía que aquel era un imperio donde nunca se ponía el sol, ¿verdad? El lento declive del Imperio español Las cosas empezaron a torcerse cuando Carlos I aglutinó en un sólo trono las coronas de Castilla y Aragón, llevándose de paso un montón de territorios a la saca. Al pobre se le vinieron encima un montón de conflictos de todo tipo: que si la extensión del protestantismo por Europa, las posesiones aragonesas en Italia, la piratería turca en el Mediterráneo, la guerra de Flandes, la expulsión de los judíos… Ni en casa lo dejaban tranquilo, pues tenía el levantamiento de los comuneros en Castilla y las Germanías en Valencia. Y luego nos quejamos de estrés. Las políticas de enfrentamiento de Carlos I y, sobre todo, Felipe II, dejaron el campo sembrado para que cuando llegó Felipe III el imperio estuviera ya en una situación de claro descenso a los infiernos. Algo que no mejoró cuando a éste último se le ocurrió echar a los moriscos de su territorio. De pronto, la producción agrícola en todo el litoral mediterráneo se fue al traste, y con ella los ingresos por impuestos. No olvidemos que los moriscos era una población sin nobleza, por lo que todos pagaban tributo. Un dineral que necesitaban como el comer. La situación económica se agravó tanto que Felipe III buscó a otros que solucionaran el tema. Es ahí donde entra en escena nuestro querido duque de Lerma y, con él, se institucionaliza la corrupción política. A perro flaco… El Imperio español, de mal en peor Con Felipe IV las cosas no mejoraron porque la bola de nieve era ya imparable, aunque rodara con lentitud. La guerra de los Treinta Años estaba en su mayor auge, junto con los intentos de secesión en Cataluña, Andalucía, Sicilia y Nápoles. No sé cómo al conde-duque de Olivares, valido del rey, no le dio una úlcera. Pero seguro que le salió cuando Francia entró en la guerra de los Treinta Años, provocando una humillante derrota de los nuestros en Rocroi. La suerte del Imperio español estaba ya echada. Mientras Francia tomaba el relevo como hegemonía europea, aquí se declararon cuatro bancarrotas entre 1627 y 1662. Ni siquiera se podía con los piratas ingleses y holandeses que atacaban día sí y día también a los buques que traían la plata de América. La llegada al trono de un Carlos II incapacitado a nivel mental fue la puntilla, el momento más bajo del imperio. Sólo cuando Felipe de Borbón tomó la corona las cosas se estabilizaron, pero para entonces España ya había perdido su lugar de privilegio en la historia. El fin Hay que reconocer el mérito de que España siguiera manteniéndose como imperio todavía durante un siglo. A principios de 1800 la economía se había rehecho un poco, así que mal que bien, seguía gobernando sus colonias desde la distancia. Pero la realidad era otra: aquellos españoles «de las afueras» ya no se sentían como tales. El pistoletazo de salida para la independencia de las colonias llegó con el caos producido por la Guerra de Independencia española. Fue entonces cuando los criollos de la América hispana iniciaron sus insurrecciones. Líderes como Simón Bolívar forzaron a las Cortes de España de 1836 a renunciar a la soberanía de muchos de sus territorios coloniales. A otros, sin embargo, no pensaban renunciar. Como Cuba. Aunque el punto final del Imperio español fue 1898, cuando concluyó la guerra de Independencia de Cuba y la posterior hispano-estadounidense, antes de eso España ya no era más que una sombra de sí misma. Tuvo que aceptar las condiciones de EEUU en el Tratado de París y liberar así sus últimas colonias (Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam), reteniendo únicamente las islas Canarias, las Baleares y sus posesiones en el norte de África. Aquel imperio siempre iluminado por el sol había dejado de existir. Conclusiones En esencia, el Imperio español fue víctima de los mismos males que llevaron a los romanos a desvanecerse. Lo mismo que convirtió a unos y otros en las potencias más grandes de la historia los condenó: una expansión desmedida. En una era donde las comunicaciones tardaban semanas e incluso meses en llegar de una punta a otro del imperio, una gestión eficiente era imposible. Demasiadas fronteras que vigilar, demasiados enemigos: ingleses, franceses,
La coma criminal
Como bien sabéis, además de escritor también soy profesor de escritura creativa gracias al método PEN, con el que muchos de mis alumnos han logrado alcanzar un nivel como escritores que les ha llevado a publicar de manera profesional. Pero todos ellos, al igual que cualquier hijo de vecino, tuvieron unos inicios similares, os sorprendería cuánto. Los errores más comunes que la mayoría de aspirantes a darle a la tecla cometemos en nuestros comienzos se centran en particular en la puntuación de nuestros textos. Y aún más, entre estos fallos hay uno que destaca por encima de todos, y del que vamos a hablar en este artículo: la coma criminal. La coma criminal: qué es y por qué se produce No, la coma criminal no ha robado ni matado a nadie. Ni es un supervillano que amenaza con destruir el mundo. Pero casi. Más bien podríamos decir que la coma criminal (que le debe su nombre al lingüista Alfredo Valle Degregori) es como un ninja que se esconde en las sombras para colarse donde no le toca y entorpecer la comprensión de lo que escribimos: entre el sujeto y el verbo, o entre el verbo y el objeto. Esto hace que provoque una pausa artificial en la frase, que corte el ritmo natural que debería tener. Estas faltas se producen, por parte de escritores poco experimentados que todavía no tienen interiorizado la función primordial de una coma: servir como pausa (no necesariamente respiratoria, cuidado con esto). Y las colocan como si las regalaran, tal vez con el falso convencimiento de que facilitan la lectura de esas frases que les quedan muy largas. Como son gratis, vamos a ponerlas aquí y allá, sin plantearnos si son o no necesarias. Y lo que consiguen es sencillamente interrumpir las ideas que pretenden transmitir. Explicado de esta manera, todo este asunto puede parecer un poco rollo y difícil de ver, pero vamos a plasmar dichas comas criminales con ejemplos. La coma criminal entre sujeto y verbo Este es el caso de coma criminal más sencillo de ver, y aún así también el que más errores provoca. Fijémonos en la siguiente oración: Después de llegar a la casa, el ninja, se escondió entre las cortinas. ¿Veis esa coma justo después de «ninja» (nuestro sujeto)? Pues ahí la tenéis, la maldita coma criminal. En dicha posición provoca una pausa completamente inútil y peor aún, contraproducente. Está de más ya que corta la frase e impide que fluya de manera correcta. Es como una barrera en una carretera, capaz de provocar un bloqueo y una retención de mil demonios. ¿Cuál sería la forma correcta de puntuar dicha frase? Después de llegar a la casa, el ninja se escondió entre las cortinas. Tan sencillo como eso: quitar dicha coma. ¿Os dais cuenta de cómo la lectura ya no se detiene? Solo donde debe hacerlo, tras la acotación inicial. De este modo tenemos una frase que se lee de manera correcta y agradable. Pero cuidado, porque una coma criminal también puede ser invisible, o lo que es lo mismo, el error puede ser no ponerla. Veámoslo con este ejemplo: Después de llegar a la casa, el ninja, que se movía con el sigilo de un gato se escondió entre las cortinas. Fíjate en que en este caso hay información adicional sobre nuestro ninja, lo que llamamos un inciso («que se movía con el sigilo de un gato»). Y los incisos deben ir entre comas (o entre paréntesis o rayas, como esta misma que estás leyendo), ya que esa información extra exige una pausa a la hora de hablar o leer para ser expuesta. Por tanto, lo correcto sería lo siguiente: Después de llegar a la casa, el ninja, que se movía con el sigilo de un gato, se escondió entre las cortinas. Ahora sí. Las pausas que el texto necesita están bien marcadas con esas comas colocadas en posiciones naturales, sin rastro o ausencia de coma criminal alguna. La coma criminal entre verbo y objeto Nuestra coma criminal también se puede colar en otras posiciones a la mínima que nos despistemos, en este caso entre el verbo y el objeto con el que está directamente conectado. Con este ejemplo lo entenderás a la perfección: El sagaz ninja se coló, en la habitación principal. Aquí vemos que la coma se interpone entre el verbo «colarse» y el objeto que indica dónde se coló. Queda incluso más feo que en el caso anterior, ¿verdad? Y esto es porque el objeto necesita por fuerza llegar de manera fluida desde la posición del verbo, del cuál depende por completo. Lo adecuado habría sido: El sagaz ninja se coló en la habitación principal. Tal cual, sin coma criminal. Y también puede ser peor si además la frase contiene un inciso: El sagaz ninja se coló, tras recorrer el salón en la habitación principal. Absolutamente horrible. Leer algo así, sobre todo si el texto está lleno de este tipo de errores, os puedo asegurar que resulta agotador. Lo correcto sería esto: El sagaz ninja se coló, tras recorrer el salón, en la habitación principal. Tampoco es que sea la mejor construcción del mundo (yo habría preferido que el inciso quedara al final o al principio de la frase), pero al menos esa segunda coma hace que la frase sea completamente correcta. Cómo evitarla Porque esto es lo que has venido buscando, claro, una solución. Pero lamento decirte que no hay ninguna fórmula mágica para luchar contra la coma criminal. De hecho, es una cuestión más de poner atención hasta que, tras escribir mucho (muchísimo), acabes por interiorizar la correcta colocación de los signos de puntuación. Aún así, hay un truco que, aunque no es perfecto (e incluso a veces lleva a error), te puede ayudar a detectar la coma criminal: leer en voz alta las frases que escribimos, poniendo especial énfasis en hacer la pausa que marcan las comas que hemos colocado. La mayoría de las veces detectaremos por instinto cualquier parón artificial que
Híspalis, los orígenes de Sevilla
Que Sevilla es importante para mí no debería sorprender a nadie a estas alturas. No sólo es mi tierra de nacimiento, si no que además forma parte de mi obra como escritor. Es el escenario central de mi novela Muerte y cenizas, y ya os hablé un poco de su pasado como Híspalis en este artículo. Hay pocas ciudades en España tan fascinantes y ricas en lo cultural y lo social. Un pasado tan asombroso que he pensado que sería buena idea ahondar un poco más en su historia más antigua, en su nacimiento. Porque Sevilla no tiene un origen, tiene muchos. Así de resalaos somos los sevillanos. Heracles, fundador de Híspalis Lo sé, Heracles parece estar detrás de todos los saraos que se montaron en la antigüedad. No sólo sus descendientes dieron lugar a Esparta según sus tradiciones, si no que al héroe griego se le atribuye la fundación de decenas de ciudades: Barcelona, A Coruña, Córdoba, Cádiz, Herculano (en Italia), Tánger… y por supuesto Híspalis. Heracles se habría hartado de hacerse fotos en inauguraciones, de haber vivido en la actualidad. En el mito, Heracles llegó a la península ibérica para realizar algunos de sus trabajos, como el de robar el ganado de Gerión y, ya de paso que andaba por ahí, llevarse a la saca también las manzanas doradas del jardín de las Hespérides. Eficiencia máxima. Entre aventura y aventura se entretuvo con menudencias como separar la península del continente africano, dando así lugar al estrecho de Gibraltar, o fundar alguna de las ciudades mencionadas antes. Entre ellas, Híspalis, cuyo nombre derivaría de la denominación que tenían los compañeros de parranda de Heracles, los espalos. Ispal, la Híspalis fenicia Este supuesto origen de Híspalis es menos mitológico y está más apegado a lo históricamente comprobable, aunque por supuesto sigue sin ser una teoría firme. Los restos arqueológicos encontrados en la capital hispalense dejan muy claro que en el siglo VIII a.C. se alzó allí un santuario dedicado al dios Melkart. ¿Y quién es este señor? Pues ni más ni menos que este es el nombre de un dios fenicio-púnico que tenía su equivalencia en el Heracles griego (¿Te acuerdas de nuestro artículo sobre el plagio de los dioses griegos?). Al igual que Thor y Júpiter eran los clones de Zeus, Melkart era el Heracles fenicio. O viceversa. Se cree pues que los fenicios pudieron llegar por el cauce del bajo Guadalquivir durante sus constantes viajes a la península ibérica, y fundar así una de sus muchas colonias. La llamaron Ispal, que significaría supuestamente «sobre palos», y hacía referencia a que el terreno era inestable y por tanto las casas debían estar asentadas sobre postes clavados para no desplomarse. Ispal crecería metida de lleno en la sociedad tartésica. Y la sobreviviría, pues cuando Tartessos acabó desapareciendo, Ispal siguió ahí, esta vez como parte del territorio íbero de los turdetanos, esperando a convertirse en Híspalis. Algo así como la Sagunto íbera, donde íberos y colonos griegos convivían. Ispal estuvo en calma hasta la llegada de los cartagineses de Amílcar, Asdrúbal y Aníbal, en primer lugar, y luego de Roma, con Escipión a la cabeza. Híspalis, la pequeña Roma de Julio César Ispal se convirtió en romana tras la Segunda Guerra Púnica, pero todavía no era Híspalis. Y aún tardaría un tiempo en serlo, pues según San Isidoro de Sevilla, que además de eclesiástico fue un prolífico compilador de obras historiográficas, fue el mismísimo Julio César quien le daría tal nombre. En concreto, el de «Colonia Iulia Rómula Hispalis»: «colonia» por su condición formal, «Julia» por su nombre, y «Rómula» porque era algo así como una Roma en miniatura. Aunque cabe apuntar que la historia de este nombre está en entredicho. Algunos historiadores de gran prestigio aseguran que Julio César no tuvo nada que ver y que el único nombre oficial fue «Colonia Rómula». Sea como fuere, según la tesis de San Isidoro, lo de Híspalis le vendría por su anterior nombre fenicio (semítico, no latino), Ispal. Esta latinización de un nombre fenicio no es nada extraño en absoluto, más bien al contrario. Ocurrió lo mismo con el término «Hispania», que provenía del fenicio «Ispania». Los romanos eran mucho de aprovecharlo todo, que se lo digan a su mitología, calcada de la de los griegos. El caso es que Julio César estuvo en Híspalis entre los años 68 y 65 a.C., como cuestor de la provincia. Y por lo que se cuenta dedicó bastantes esfuerzos a convertir aquella simple colonia en uno de los asentamientos más poderosos de la Bética. Sustituyó la triste empalizada de los tiempos fenicio-íberos por una muralla de piedra, dándole lustre a la ciudad. Y eso que no era la capital, que estaba en manos de Córdoba. El bueno de Julio también tuvo allí uno de sus amoríos convulsos, con Syoma Julia (aquí todos son «julios», quizás de ahí nuestra coletilla «hulio»), con quien tuvo dos hijos, uno de los cuáles sacrificó para conseguir el favor divino. Se dice que los restos del infante reposan debajo de la Puerta de la Macarena. La madre, por si acaso, escapó con el otro niño, no fuera caso que los dioses reclamaran más sangre. Conclusión Como podéis comprobar, los orígenes de las grandes ciudades siempre son una mezcla entre el mito y la historia demostrable, y en ese sentido Sevilla no podía ser distinta. La mitología, como siempre digo, es fundamental para entender la historia de las sociedades del pasado, ya tenga una base real o ficticia. Además nos ayuda a entender que somos hijos de muchas culturas distintas. Como decía una antigua inscripción en una de las antiguas entradas de la muralla romana, la Puerta de Jerez: Hércules me edificó, Julio César me cercó de muros y torres altas, y el rey santo me ganó con Garci Pérez de Vargas.