¿Cuántas veces hemos comentado en este blog la importancia de los personajes? Muchas, y nunca son suficientes. Una novela no es nada sin sus personajes. Son el motor de cualquier trama, su razón de ser, hasta el punto de que un argumento soso, anodino e incluso tópico puede salvarse gracias a unos personajes bien construidos, carismáticos. Hace unos meses os descubrí cuáles eran mis personajes de ficción favoritos, ¿os acordáis? (Y si no, es buen momento para volver a leer dicho artículo… cuando acabes con este, claro). Como visteis, eran magníficos… protagonistas. ¿Pero qué hay de los personajes secundarios? ¿Qué hay de esos gregarios del héroe y que, en no pocas ocasiones, incluso llegan a enamorar más al lector que los principales? Hoy pretendo acercaros algunos de los mejores que se han creado en literatura, para que así comprendáis también su importancia. Doctor Watson Empezamos fuerte, ¿verdad? Elemental, querido lector. ¿Quién no conoce al inseparable compañero del detective más famoso del mundo? Hoy en día es imposible imaginarse al uno sin el otro. Desde que Sherlock Holmes y John H. Watson fueran creados por Arthur Conan Doyle en 1887, no recuerdo una sola adaptación (en el formato que sea) en la que no aparezca el leal asistente del detective. La importancia del doctor Watson es mayor de lo que pueda parecer ya que, además su compañero de aventuras, suele ser también el narrador de los relatos del detective (salvo en unas pocas excepciones). Abnegado y solícito con Holmes, aunque también crítico con sus extravagancias en algunas adaptaciones, Watson contextualiza al protagonista, dándole una dimensión que por sí misma no sería tan relevante. Es la encarnación de lo que se busca en un personaje secundario: complementar al protagonista. Atreyu El caso de La Historia Interminable es realmente curioso y muy original. El auténtico protagonista de esta novela tan famosa (y que tuvo su momento de mayor fama con la aparición de aquella película que todos recordamos) siempre fue Bastian, el niño que se encierra en una buhardilla para leer un misterioso libro al que, en un momento dado, acaba viajando. Sin embargo, durante gran parte de la novela, el joven guerrero Atreyu es el que ejerce el papel del héroe tradicional: se le encarga la Gran Búsqueda para encontrar la cura a la enfermedad de la Emperatriz Infantil, recibe un poderoso amuleto (el Áuryn), y recorre el mundo a lomos de su leal dragón Fújur viviendo multitud de aventuras. Pero en el contexto absoluto de la novela, el protagonista sigue siendo Bastian. Sancho Panza Nadie puede negar que Sancho Panza es el mejor personaje secundario que ha dado la literatura en español y posiblemente de todos los tiempos. De hecho, casi podríamos decir que en realidad es coprotagonista de la obra de Cervantes. Su presencia es fundamental una vez más para establecer el lugar de protagonista: mientras don Quijote es un individuo ridículo y atrapado en la locura, Sancho tiene los pies en la tierra. Aunque su mollera no da para mucho, fiel representación de la incultura de la España más rural del Siglo de Oro, Sancho es el ancla a la realidad del hidalgo, la única que le queda. Un hombre práctico, vamos, que se ve envuelto en mil y uno líos por la promesa de su señor de convertirlo en gobernador. Por contraposición, por tanto, el carácter hilarante y patético de don Quijote se hace más marcado. Es el idealismo del hidalgo loco perteneciente a la nobleza contra el la visión realista y humilde del populacho, arrastrado siempre por los tirones que da la aristocracia. Sancho es el pueblo español, por eso su afición a los refranes, que son al fin y al cabo la plasmación de la sabiduría tradicional. Y además es divertidísimo. Íñigo Balboa Un personaje tan fascinante y carismático como el capitán Alatriste no podía quedarse sin un compañero a la altura. Y en esas, don Arturo Pérez-Reverte tuvo a bien crear al bueno de Íñigo Balboa, vástago del fallecido compañero de encamisadas del buen capitán, y a quien tuvo a su cuidado cuando el muchacho entró en edad de buscar fortuna. Pero hete aquí que no eran las tareas ni las compañías de Diego Alatriste las más adecuadas para fomentar virtudes dignas en un chiquillo, así que el zagal se las vio en más de dos y más de tres aventuras de estas que desesperarían a su santa madre, de haberlas conocido. Una vez más tenemos a un personaje secundario que también es el narrador de las historias. Estamos de nuevo ante el paje pero, a diferencia de Sancho Panza, Íñigo representa también el camino del héroe clásico y su crecimiento personal de niño a adulto. Samsagaz Gamyi Para muchos, Sam es el auténtico héroe de El Señor de los Anillos. Al fin y al cabo, después de toda la aventura Frodo se rindió al poder del Anillo Único. Aunque me parece muy injusto desmerecer a Frodo, que las tuvo que pasar más canutas que nadie durante el viaje, la verdad es que Sam fue un auténtico ejemplo de valor y lealtad hacia su amigo (aunque lo llamara «señor»). Dentro de los personajes secundarios, Sam representa, además de la valentía (que ya está presente en otros personajes de la obra de Tolkien), el poder del amor y la amistad. Nunca tuvo por qué acompañar a Frodo pues, a pesar de las exigencias de Gandalf en ese sentido, el mago simplemente estaba aprovechando la fidelidad de Sam por Frodo. Habría ido tras su amigo de todos modos. Su sentido de la bondad y la lealtad hacia Frodo es tal que incluso llega a hacerse cargo del Anillo Único durante un breve período de tiempo, cuando cree que su amigo ha sido asesinado por Ella-Laraña, para terminar con la misión. ¿Lo habría conseguido? ¿Habría sido capaz de lanzar el Anillo al fuego del monte del Destino? Eso es algo que nunca sabremos. Los personajes secundarios, vitales Ya veis, todos estos personajes secundarios son fascinantes y cumplen con
El Siglo de Oro: ¿Por qué se llama así?
Si hay una época de la que hemos hablado mucho en este blog esa es sin duda el Siglo de Oro. No en vano es el contexto histórico en el que se desarrollan varias de mis novelas, como El trono de barro o La boca del diablo. Un período apasionante en el que convivieron la gloria y la decadencia del imperio más grande desde los tiempos de Roma. Pero, ¿por qué se llamaba así? Hoy os descubriré algunos detalles al respecto que seguro que no conocíais. El marco temporal Lo primero que debemos definir es el periodo cronológico en el que se enmarca el Siglo de Oro. Y ahí surge el primer problema, porque en ese sentido no hay un consenso unánime. Así que trataremos de simplificarlo. Se suele decir que el Siglo de Oro en realidad duró más de un siglo, casi dos (porque así somos los españoles desde siempre, unos exageraos), siendo la fecha de inicio más defendida el 1492. ¿Qué tiene de especial dicha fecha? Es una pregunta que casi ofende. El 1492 fue posiblemente el año más importante de la historia de España (que todavía no era tal en realidad, mucho faltaba para eso), gracias a dos sucesos que marcarían el destino de la península ibérica: el fin de la ocupación árabe, con la caída del reino nazarí de Granada, y el Descubrimiento de América. Ahí, entre dos acontecimientos tan importantes, quizás podía pasar desapercibido otro hecho menos épico. Sin embargo, fue éste el que en realidad más peso tuvo a la hora de iniciar el esplendor literario por el que se caracterizaría el Siglo de Oro: la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija. La esencia del Siglo de Oro La Gramática castellana fue la primera obra dedicada al estudio de la lengua castellana, y establecía sus reglas, que fueron la base de la forma actual de nuestro idioma. Como anécdota, se comenta que a la reina Isabel le pareció de poca relevancia, que aquello no serviría de mucho ni al pueblo llano ni a la nobleza. Vamos, un «los libros son aburridos» de manual. Pero Fray Hernando de Talavera, en nombre de Nebrija, la convenció pinchando donde más duele: «(…) con la conquista vendrá la necesidad de aceptar las leyes (…) y entre ellos nuestro idioma; con esta obra mía, serán capaces de aprenderlo». Este tratado llegó en el momento perfecto, justo cuando el territorio español empezó a expandirse a través de la colonización americana. Una herramienta, además, que sirvió para que cientos de literatos crearan sus obras mediante unos mismos fundamentos lingüísticos. Comenzó así la época gloriosa de las artes españolas, el Siglo de Oro. Una etapa admirada en todo el mundo «civilizado», y que daría más lustre todavía a un imperio que parecía perfecto e imperecedero. Pero, ¿por qué se llama Siglo de Oro? La historia de este nombre viene de antiguo, aunque en realidad no empezó a usarse hasta bastante después de que terminara el Siglo de Oro propiamente dicho. Fue en el discurso de Alonso de Verdugo para su ingreso en la RAE (fundada un año antes) donde se mencionó por primera vez esta denominación. Se basaba en las cinco épocas descritas por Hesíodo en su obra Los trabajos y los días, las edades mitológicas del hombre divididas por su esplendor: la edad de oro, de plata, de bronce, heroica y al fin la de hierro, como colofón a una supuesta degradación moral del ser humano. Alonso de Verdugo equiparó la fastuosa etapa pasada de la literatura española con la más brillante de las edades de dicho mito. El término «Siglo de Oro» se utilizó alguna vez más a partir de entonces, pero no se institucionalizó de manera formal hasta el siglo XIX. Y fue un hispanista estadounidense de la Universidad de Harvard, George Ticknor, el que definió este nombre inspirándose, como no, en la obra culmen de dicha época: Don Quijote de la Mancha. ¿Cuándo terminó el Siglo de Oro? La fecha en la que se da por finalizada esta época también varía según el especialista de turno. Hoy en día se relaciona el fin del Siglo de Oro con la muerte de uno de sus mayores exponentes, Calderón de la Barca, en 1681. Esto coincidiría además con el declive del Imperio español, que dese hacía ya tiempo empezaba a perder fuelle con respecto a otros reinos como el francés o el británico. El desgaste sufrido por las constantes guerras, como la de Flandes (cuya derrota fue un varapalo humillante); el gasto que suponía el gobierno de sus tierras en América; o las distintas plagas de peste y otras epidemias, fueron minando la hegemonía española. Curiosamente, fue durante estos últimos años donde más brilló la cultura artística, como si los diversos autores de la época, viendo lo que se les venía encima, trataran de enfatizar esa gloria que se les escapaba entre las manos. Una pátina dorada para esconder la podredumbre. Conclusión Nadie puede negar que hay pocas denominaciones tan acertadas como este Siglo de Oro del que hoy hemos hablado. Jamás antes, y jamás después, ha existido una época tan prolífica en grandes obras maestras, especialmente en lo que a la literatura se refiere. ¿En qué otro momento se han encontrado trabajos como El Lazarillo de Tormes, La vida del Buscón, o por encima de cualquier otra, Don Quijote de la Mancha? Guillén de Castro, Cervantes, Quevedo, Calderón de la Barca, Luís de Góngora, Garcilaso de la Vega, Lope de Vega… Estamos hablando de una generación como nunca ha habido otra, cuyas creaciones definieron la literatura tal y como la conocemos hoy en día. Aunque esos días queden muy atrás para los autores actuales, como yo mismo, y a pesar de que nuestras obras han evolucionado hasta diferenciarse mucho de aquellas (lo cual es bueno), siempre hay que tener presente de dónde venimos y cuáles son nuestros cimientos.
La novela de anticipación
Si algo ha caracterizado al ser humano desde que puede considerarse tal es su constante mirada al mañana. Es la clave de nuestro progreso como especie: atisbar lo que está por venir para adelantarse y, quizás prepararse en caso necesario. Y la herramienta con la que empieza este afán siempre es la misma: nuestro cerebro. Del pensamiento surge toda idea, así que no es extraño que la literatura, actividad eminentemente reflexiva, sea también un campo propicio para escarbar en ese futuro. Las obras con esta intención, al igual que cualquier otro género literario, han recibido su propia etiqueta: novela de anticipación. Ya las mencionamos brevemente en la segunda parte del artículo Tipos de novelas, pero hoy vamos ahondaremos más en este fascinante género. Qué es la novela de anticipación En realidad no estaríamos hablando de un género propiamente dicho, si no más bien en un subgénero, pues a su vez una novela de anticipación por lo general está enclavada en un género mayor. Sí, sé lo que estás pensando: las novelas de anticipación forman parte de la ciencia ficción, tanto que incluso solemos considerarlos sinónimos. Y en efecto es lo más habitual, pero no siempre es así. Pero vayamos por partes. Se conoce la novela de anticipación como aquella que relata una historia que se desarrolla en el futuro y que pretende «anticiparse» a cómo será el mundo al cabo de unos años de la manera más realista posible. El lapso de tiempo es indiferente, aunque cuando más avancemos más complicado es hacer predicciones. Lo normal es que haya una intención aleccionadora detrás de la obra que sirva como aviso a desgracias que están por venir. Las claves de la novela de anticipación Esta premisa de adelantarse a un tiempo futuro exige que una novela de anticipación sea, en sus fundamentos, realista. No hablamos de crear una space opera de aventuras galácticas ambientada en un futuro muy muy lejano, salvo que sirva al propósito aleccionador antes mencionado. La novela de anticipación no busca simplemente entretener, no lo olvidemos. Su intención es mostrar una evolución de la sociedad lo más realista posible. La novela de anticipación debe ser siempre posible, aunque nunca llegue a suceder. Muchas de ellas, de hecho, nunca se cumplen. Arthur C. Clarke vaticinó que algún día los ordenadores de todo el mundo estarían conectados en línea, más de veinte años antes de que se diera a conocer Internet, pero en cambio se pasó de optimista al imaginar colonias lunares para el año 2001. Aún así, y fruto de su profundo conocimiento científico, sus libros de divulgación están repletos de pequeñas predicciones que sí se cumplieron. La novela de anticipación: una mirada a nuestro presente El ejemplo más famoso de novela de anticipación es el de 1984, de George Orwell. No voy a hacer aquí un análisis de una obra tan compleja como esta, pero basta rascar en la superficie para ver que estamos ante una novela de anticipación de manual: publicada en 1949, la trama transcurre en su futuro, 1984, y describe una sociedad en la que la vigilancia hacia el individuo es total y sirve para la represión de cualquier disidente al orden mundial. ¿No resulta tremendamente familiar? ¿Cómo puede un autor anticiparse al futuro? Para empezar tiene que ser un gran conocedor de la realidad social de su tiempo, para poder así extrapolar situaciones del presente y situarlas en ese futuro imaginado. Orwell, por ejemplo, se basó en los extremismos del fascismo y el comunismo: el protagonista de su novela trabaja en el Ministerio de la Verdad, especializado en reescribir acontecimientos que pudieran perjudicar al orden mundial. La misma práctica habitual en regímenes totalitarios como la Alemania nazi o la Unión Soviética de Stalin. La magia por parte de Orwell fue anticipar que estas prácticas, habituales en su tiempo, muy posiblemente se repetirían en el futuro a mayor envergadura. Como de hecho ocurre en la actualidad. Todo cambia pero, al mismo tiempo, nada cambia. ¿Ciencia ficción? ¿Distopía? Como he «anticipado» antes (lo siento por el mal chiste), solemos pensar en la novela de anticipación como parte de la ciencia ficción o de ese otro subgénero tan de moda, la distopía. Pero no siempre es así. En primer lugar porque no toda la ciencia ficción es de anticipación. La space opera (como Star Wars) no busca retratar un futuro con ánimo aleccionador. Sólo son aventuras (que, según algunas voces, deberían considerarse como parte de la fantasía). Y al revés también ocurre: novelas de anticipación que no se pueden considerar de ciencia ficción. Es el caso, por ejemplo, de algunos capítulos de la serie de televisión Black Mirror, que transcurren sin presencia de tecnologías futuristas. Otro ejemplo fascinante es la novela Los demonios, de Dostoievski, que transcurre en una pequeña ciudad rusa del siglo XIX, donde estallan comportamientos tan radicales que nos recuerdan a las proclamas que moverían a varios grupos terroristas extremistas de los siglos venideros. No es una obra de ciencia ficción ni remotamente, pero sí de anticipación: sin que el propio autor lo sepa, está describiendo comportamientos que se reproducirán con la misma intensidad siglos después. Cuna de obras maestras En cualquier caso, es cierto que la mayoría de novelas de anticipación se enclavan en la ciencia ficción y aún más en la distopía. Los ejemplos se amontonan, y algunos de ellos son auténticos clásicos: Farenheit 451, de Ray Bradbury; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; Rebelión en la granja, también de Orwell; De la Tierra a la Luna, del maestro Julio Verne; o Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth. Todas estas novelas intentan anticiparse al futuro, que suele presentarse en negativo, quizás porque es el mejor modo de mantenerse alerta a lo que pueda venir. Y porque un futuro paradisíaco no da tanto juego. La calidad de estas obras atemporales nos da a entender que estamos ante un tipo de literatura muy compleja y difícil de construir. Una buena novela de anticipación requiere de una experiencia y un
La beata Dolores: la última bruja de la Inquisición
«Me acuerdo muí bien de la última persona que fué quemada como herege en mi propia ciudad llamada Sevilla. Era una mujer pobre y ciega. Entonces tenia yo ocho años, y vi los haces de leña, colocados sobre barriles de brea y alquitrán, en que iba á ser reducida á cenizas.» Así describió el escritor José María Blanco White una de las quemas inquisitoriales más significativas que hubo. La infeliz ajusticiada se llamaba María de los Dolores López, pero pasó a la posteridad como la beata Dolores. Os he hablado ya antes de casos de brujería de nuestra historia, con motivo de mi novela La Boca del diablo. ¿Pero qué tuvo de especial este auto de fe? Pues ni más ni menos que se trató de la última bruja condenada a la hoguera dictada en España. Hoy os voy a hablar de este caso. Beata y bruja desde la infancia María de los Dolores vino al mundo en la segunda mitad del siglo XVIII, en Sevilla, aunque no está muy claro en qué año. Lo que sí quedó registrado en los anales es que provenía de una familia de cristianos viejos afín al clero, ya que su hermana era una carmelita descalza y su hermano sacerdote. Con semejantes antecedentes estaba claro que la niña iba a acabar relacionada de algún modo con la Iglesia, a pesar de que ya desde su más tierna infancia se le achacó cierta rebeldía. El primer embate que le propinó la vida fue a los doce años, cuando la viruela la dejó ciega. Debido a ello pasó a vivir con su confesor. En este punto el relato se vuelve truculento, pues dicho reverendo, luego de varios años y a punto de morir, acusó a María de los Dolores de ofrecerle su cuerpo por las noches para tentarlo, para «quitarle el frío», como ella misma confesó. Podríamos creer en la culpabilidad de la chiquilla si no fuera por los antecedentes que, ya por entonces, existían acerca de abusos entre el clero. Pero ya se sabe que el pecado siempre estuvo en la mujer, y rara vez en el hombre. Bruja o mendiga Cuando su primer confesor falleció, María de los Dolores se quedó sola, pues ya por entonces la familia renegaba tanto de ella como la muchacha de sus parientes. Ingresó en el convento carmelita de Nuestra Señora de Belén, donde empezó a ganar fama de santa debido a diversos episodios supuestamente místicos. Que hablara con la Virgen y el Niño Jesús (al que llamaba Tiñosito) era casi lo de menos. Lo que empezó a escandalizar a propios y extraños era, según ellos, su comportamiento libidinoso. Las habladurías que la señalaban como una bruja no se hicieron de esperar. Se decía de ella que, además de la lujuria que constantemente provocaba entre los religiosos, sabía preparar brebajes milagrosos, capaces de sanar cualquier mal físico y mental. Esto dividió a la gente que acudía a ella: por una parte la buscaban para solventar sus dolencias, pero por otra temían con desespero que esas artes provinieran del demonio. De ella se llegó a decir incluso que ponía huevos. Fue inevitable que María de los Dolores, ya convertida en la beata Dolores, fuera expulsada del convento. Pero no tardó en rehacerse del único modo que sabía. Para evitar caer en la mendicidad, buscó siempre el amparo de otros confesores, mientras sus extravagancias crecían hasta devorar a cuantos estuvieron a su lado. Curas y al mismo tiempo amantes fueron pasando, uno tras otro, hasta que en 1779 uno de ellos la denunció ante la Inquisición. Su suerte estaba echada. La brujería siempre fue lo de menos El proceso contra la beata Dolores no fue rápido, a pesar de que nadie testificó en favor de la mujer. Los autos de fe hicieron hincapié en la maldad que poseía, ofrecida por el mismo diablo a cambio de sus poderes de bruja, y durante dos años tras ser detenida la torturaron para que confesara que había vendido el alma al demonio. Dolores jamás cedió. Una y otra vez insistió en que sus habilidades especiales provenían del cielo, que Dios se las había entregado para ayudar a salvar a sus hijos. Que la devoción que mostraba había sido recompensada con la amistad de la mismísima Virgen María, y que se casó con el Niño Jesús en el cielo. Pero el verdadero pecado para la Inquisición no eran esas blasfemias. Muchas monjas solían asegurar que Jesús las había tomado como esposas o que la Virgen se les aparecía. Además, los autos de fe por brujería eran ya por entonces anecdóticos, pues no olvidemos que en aquella época la Inquisición había iniciado ya su descomposición. El peligro real estaba en la cercanía de las prácticas de María de los Dolores con un movimiento místico tildado de hereje un siglo antes: el quietismo, propuesto por el sacerdote Miguel de Molinos (condenado en 1687), defendía muy a grosso modo que cuando un alma se une a Dios ya no necesita resistirse a la tentación. Esta idea era algo que la Iglesia no podía tolerar, pues llevaba a un libre albedrío incontrolable. Quizás por eso fueron tan duros con la beata Dolores, quien probablemente jamás supo nada del quietismo. La última bruja en la hoguera El 22 de agosto de 1781, al fin, la beata Dolores fue condenada a la hoguera. Dos días después, en procesión, se la llevaron vestida de blanco hacia la plaza de San Francisco, donde como a toda bruja la esperaba la leña. Durante la lectura del proceso ante la muchedumbre, el padre Teomiro Díaz de la Vega trató de mostrar la bondad de la Inquisición para con aquella mujer, aduciendo que le habían ofrecido muchas oportunidades para reconocer sus pecados. Entonces, ya ante la inminencia de la muerte, María de los Dolores rompió a llorar. La visión de la hoguera ya dispuesta para ser prendida hizo que estallara en súplicas de confesión. Su suerte estaba echada en cualquier caso, pero al menos logró
El presentismo en la novela histórica
Supongo que a estas alturas no hace falta decir que el género de la novela histórica es mi favorito como escritor. Prácticamente la totalidad de mi carrera se centra en devolver el pasado a la vida a través de la literatura. Y en este blog le hemos dedicado muchos artículos a la novela histórica. Desde sus características más básicas hasta la creación del escenario histórico, os he ofrecido mil y un matices sobre el género de la novela histórica. Pero hay algo de lo que apenas hemos hablado y que abordaremos hoy. Y os recomiendo que estéis muy atentos porque se trata de un aspecto importantísimo, hasta el punto de que puede destrozar por completo una obra y a su autor si se deja de lado. Me refiero al presentismo histórico. Qué es el presentismo La definición del presentismo es tan sencilla como complicado es escapar de su sombra. Se conoce como presentismo histórico al vicio de valorar una época pasada con nuestra mentalidad actual. Pongamos un ejemplo para entenderlo con facilidad: mi primera novela histórica, «Hijos de Heracles» narra cómo la sociedad espartana se convirtió en el pueblo de guerreros fieros que más tarde conoceríamos en cómics y películas como «300». Para ello, como ya os he contado tanto en mi novela como en algún artículo, instauró una práctica militar terriblemente exigente, la agogé. Se trata de un adiestramiento militar tan exigente que hoy en día lo consideraríamos una salvajada. Y tendríamos toda la razón del mundo… desde nuestro punto de vista actual. Porque para los espartanos no era visto del mismo modo en absoluto. Su concepción de la agogé era el de una necesidad incuestionable para su supervivencia como pueblo. Incluso los niños acogían esta obligación con gusto cuando a los siete años empezaban a entrenar. Para ellos, ser formados como hoplitas eran el mayor de los honores. Ahora imaginemos que yo, como autor, hubiera descrito la agogé como algo bárbaro, que es lo que en realidad pienso de dicha práctica. Que mis personajes se hubiesen cuestionado uno de los puntales fundamentales de su sociedad. Que lo criticaran y pensaran que era algo demasiado cruel. En ese caso habría caído en un anacronismo muy grave, pues habría transportado mi pensamiento actual a una época pasada. A eso se le llama presentismo. Los problemas del presentismo El mayor problema que plantea el presentismo es muy obvio: tergiversa el contexto histórico. Nunca podemos tener una aproximación real a un momento del pasado si utilizamos una mentalidad avanzada a la época que tratamos, y por ende va a ser imposible que comprendamos de manera correcta dicha etapa o cultura. Es evidente del mismo modo que cuanto más atrás en el tiempo nos movemos, más fácil es dejarse llevar por el presentismo. Y más grave. Si estamos escribiendo una novela histórica que transcurre en la Segunda Guerra Mundial, el presentismo puede ser tan leve que apenas tenga importancia. Al fin y al cabo, es una época muy cercana y casi idéntica en cuanto al comportamiento de la gente. Y aún así, seguro que alguna vez habéis alucinado con la mentalidad que tenían nuestros padres o abuelos. ¡Y hace sólo cuatro días de eso! Imaginad cuando narramos sobre civilizaciones antiguas, como la romana o la griega. Entonces, el peligro de caer en el presentismo es enorme. Las escalas de valores de nuestros antepasados son cada vez más diferentes conforme viajamos atrás en el tiempo, y su manera de actuar, por tanto, nos puede resultar incomprensible, desagradable, criticable o incluso defendible. Por ejemplo, hay novelas históricas que ensalzan a sociedades como los íberos o los visigodos como un ejemplo de patriotismo, cuando a poco que se conocen estas sociedades se descubre que fueron todo lo contrario. ¿Se puede y se debe huir del presentismo? Y llegamos a las preguntas claves. La primera es si se puede huir del presentismo. Técnicamente, la respuesta sería sí, pero no es tan sencillo. Como individuo del mundo actual, para el autor es casi imposible evadirse por completo de su manera de pensar, así que es muy probable que en parte su enfoque refleje lo que piensa de la época que relata. La cuestión es no dejar que el presentismo se haga con el control absoluto de la obra, buscar un equilibrio y ser sutil. Si vamos a representar una batalla entre pueblos celtas, tenemos que dejar muy claro que para los combatientes morir en batalla era un orgullo. Pero también podemos mostrar el horror de la guerra y toda su crueldad. Ahora bien, queda una última consideración muy atrevida, teniendo en cuenta que durante todo el artículo he estado señalando el presentismo como lo peor de lo peor: ¿se debe huir del presentismo? Hay que tener en cuenta una vez más que tanto autor como lector viven en el presente. No en la Hispania romana ni en el Siglo de Oro, sino en el siglo XXI, y por tanto para conectar con los personajes de una novela debemos sentirlos de algún modo cercanos. Volvamos a la agogé: aunque maltratar a los niños espartanos no se discutía como práctica en esa época, tampoco podemos pintarlo como algo maravilloso dentro de la narrativa de nuestra novela, pues corremos el riesgo de que el lector no logre empatizar con los personajes o incluso llegue a creer que el autor está defendiendo las salvajadas que relata. Conclusiones Como decía, en el equilibrio está la clave. El autor debe mantener intacta la idiosincrasia de la época y la sociedad sobre la que narra y no sustituir sus valores por los actuales, pero al mismo tiempo debe encontrar el modo de que el lector empatice con los personajes y el argumento. Para ello la mejor manera de lograrlo es buscar los puntos comunes que todos los seres humanos tenemos, no importa en qué momento de la historia hayamos vivido: las emociones básicas. No importa si eres uno de los trescientos espartanos, un soldado de los Tercios de Flandes o un
Los black irish: españoles por Irlanda
Uno de los aspectos que más me fascina de la historia es su capacidad para crear tradiciones populares que se asientan en las distintas sociedades, en ocasiones sin siquiera tener una base demostrada. Muchas de ellas calan tan hondo que llegan a sobrevivir hasta nuestro presente. Hoy os voy a acercar una que se remonta hasta hace casi quinientos años y que es toda una institución en Irlanda. Os hablo de los irlandeses de piel y cabello oscuro: los black irish. Los black irish: Hijos de la Felicísima La historia seguro que os suena mucho: corría el año 1588 y la Gran Armada Española (ya sabéis, la mal llamada Invencible) trataba de regresar a España con el rabo entre las piernas luego de sufrir una derrota sin paliativos en la batalla de Gravelinas que la puso en fuga. Al buen pero no muy avispado duque de Medina Sidonia (que sólo había visto el agua para bañarse) no se le ocurrió mejor idea que rodear las islas británicas, Irlanda incluida, para luego dirigirse a la península ibérica en dirección al sur. Aquel plan fue una catástrofe, para variar. Pues en el Mar del Norte se desató una tormenta furibunda que vino a complicar las cosas más todavía, ya fuera por pura mala suerte o porque el de ahí arriba no estaba del lado español. Es inevitable que nos venga a la mente la famosísima frase de Felipe II, probablemente falsa: «Yo envié a mis naves a pelear contra los hombres, no contra los elementos». Su frustración resulta comprensible, ¿verdad? La cuestión es que las condiciones de navegación se convirtieron en una pesadilla y causaron que muchos de los barcos de la flota española naufragaran en las costas del norte y oeste de Irlanda. De los 137 navíos que partieron de Lisboa, alrededor de sesenta fueron a estamparse contra los rocosos acantilados irlandeses, desde el Ulster hasta Kerry. Más de ocho mil personas se dejaron la vida en estos naufragios. Náufragos en tierra hostil Entre esos no estaban Baltasar de Zúñiga y Juan Lobo, por supuesto, como ya os conté en La boca del diablo. Ellos alcanzaron las costas de San Sebastián, pero muchos otros no fueron tan afortunados y tuvieron que vivir una odisea agónica en tierras gaélicas. Aquellos que lograron fondear sus naves antes de que la tormenta las destrozara, lejos de haber salvado la vida, se las vieron con otros problemas igual de acuciantes. Pues Irlanda, por aquel entonces, estaba sumida en un caos territorial enloquecedor. Por una parte estaban los clanes locales gaélicos, tanto irlandeses de pura cepa como ciertas familias nobles llegadas de Escocia (como los MacDonnell). Según las crónicas personales (y bastante adulteradas) del más famoso de los supervivientes, el capitán Francisco de Cuéllar, algunos de los irlandeses no lo trataron demasiado bien, incluso llegaron a capturarlo para utilizarlo como esclavo. Sin embargo, la mayoría sí se mostraron generosos en cuanto a la ayuda brindada, ya que no olvidemos que aún por entonces la mayoría de irlandeses eran católicos. Y no podían ni ver a los ingleses, que se habían hecho con el control parcial de su isla. Lo cual fue el auténtico problema al que se enfrentaron los náufragos. Desde Londres se había dado la orden de que todas las tropas acantonadas en Irlanda (que mantenían una paz con los irlandeses tensa, muy tensa) se pusieran a patrullar las costas para atrapar a cualquier superviviente español. Las órdenes eran llevarlos presos a Dublín, pero la realidad fue que la mayoría de capturados fueron asesinados sin contemplaciones. Sólo los oficiales de mayor rango salvaron la vida. El germen de los black irish La mayoría de los españoles que lograron sobrevivir a todo este cúmulo de penalidades lo hicieron gracias a la ayuda de algunos nobles irlandeses y del clero católico que, a escondidas, hacía su trabajo (no olvidemos que Isabel I había renegado de Roma). Estos benefactores gaélicos, que veían a los españoles como hermanos de armas en contra del invasor inglés, se encargaron de proporcionarles pasajes en sus barcos mercantes hasta Escocia, desde donde los españoles lograron alcanzar Flandes. Pero no todos se marcharon de Irlanda. Y aquí es donde entramos en el mito popular. Dice la tradición oral irlandesa que algunos españoles, maravillados por la hermosura de Irlanda, decidieron quedarse en la Isla Esmeralda. Tenemos constancia histórica de algunos de ellos, como un superviviente del naufragio de La Juliana llamado Pedro Blanco, que luchó contra los ingleses al lado del mismísimo Hugh O’Neill, conde de Tyrone, líder de la resistencia irlandesa durante la Guerra de los Nueve Años. He dicho por la hermosura de Irlanda, sí, pero también se quedaron por la belleza de las irlandesas, con quienes obviamente se casaron. Y de esas uniones surgieron niños de piel morena y cabellos oscuros, completamente distintos a los clásicos irlandeses de piel clara y cabellos pelirrojos. Esos rasgos typical spanish se transmitirían de padres a hijos hasta la actualidad, dando lugar a nuestros protagonistas. Los black irish. El mito de los black irish, ¿es real? Desde luego es una leyenda popular muy evocadora, romántica y acorde con la tradición irlandesa. Pero mucho me temo que, al igual que el mito de las patatas (del que quizás hablemos en otro post), el fundamento histórico de los black irish como resultado de los naufragios de la Armada es muy endeble. El número de españoles que rehicieron su vida en Irlanda fue ridículamente bajo, así que es imposible que tuvieran un impacto genético en la población local. ¿Significa eso que no existen los black irish? Bueno, quizás sí. Porque en realidad hay un parentesco entre irlandeses y españoles, sólo que este data de mucho antes, de miles de años antes. O esa al menos es una de las teorías, todavía muy discutida, expuesta tras un estudio del Trinity College que indica que los irlandeses actuales tienen ascendencia gallega. O más bien del norte de España. Como veis, de nuevo la historia y los
Qué tipo de escritor puedo ser
Ser escritor es algo maravilloso. Al igual que la mayoría de los que creáis historias a base de aporrear un teclado de ordenador, mi vida cambió de manera definitiva cuando decidí que quería dedicarme al mundo de los libros, primero como escritor y luego además como profesor del Método PEN. Pero no nos engañemos: ser novelista, ensayista o cualquier modalidad que elijas también es duro y complicado. Dependiendo del tipo de escritor que desees ser puedes verte obligado a tomar decisiones difíciles. En este artículo me gustaría acercarte distintos caminos que puedes tomar si te estás planteando dedicarle tiempo a esto de crear historias. El escritor aficionado Cuando pensamos en un escritor solemos imaginarnos casi siempre a los grandes autores superventas y famosos. A esos que acumulan largas colas en las ferias del libro y llenan las librerías en sus presentaciones. Al autor para quien escribir es su trabajo. Ya te lo aviso de antemano: en realidad de esos hay muy pocos (aunque de eso hablaré después). Sea como sea, un escritor jamás debería perder de vista que ante todo y por encima de todo escribir es una necesidad vital. Nunca olvidemos que comenzamos en esto porque nos lo pedía el corazón, no por hacer dinero. Todos los escritores empezamos como aficionados, y no es ningún fracaso continuar siéndolo. Publicar una obra es una gran satisfacción, pero no todo el mundo siente esa necesidad. Hay autores que son felices escribiendo para sí mismos o para sus familiares y amigos. Pequeños relatos, poemas, incluso novelas que nos sirven para llenar nuestra alma y viajar a esos lugares y épocas que amamos. Para vivir la historia de nuestros personajes. Quizás alguna publicación esporádica, pero sin ir más lejos. Es desde luego el camino más sincero con uno mismo, y quizás también el más sano a nivel mental. Desde luego es mucho menos estresante, os lo aseguro. El escritor profesional Por otra parte, es también muy comprensible que en algún momento queramos dar el paso a algo más serio. Pero como te decía antes, vas a tener que ser consciente de que convertirte en un autor profesional, o sea, que publica de manera habitual, es muy difícil. Somos muchos los que aspiramos a eso y el número de lectores es limitado. La competencia, por tanto, es brutal. Incluso aunque logres la confianza de una editorial y tus publicaciones sean comunes, no creas que vas a poder vivir de tus obras. Para eso hace falta convertirse en un superventas, y si publicar es difícil, imagínate triunfar. Lo más probable es que tengas que continuar trabajando en tu profesión habitual durante mucho tiempo antes de poder profesionalizarte por completo. Y cuando sea así, con toda seguridad necesitarás apoyarte en trabajos relacionados con la literatura pero no con tus libros: lector editorial, corrector, conferencias, etc… Sea como sea, vas a tener que trabajar muy duro y prepararte bien desde mucho antes de dar ese paso. Aquí ya no vale escribir cuando te apetezca, cuando te llegue la inspiración. Tendrás que crear un hábito estable y olvidarte de procrastinar. Porque esta vez si no haces ese trabajo no cobrarás ni un euro. El autopublicado Pero oye, eres cabezota como yo y has decidido ir a por todas. La cuestión es cómo hacerlo. ¿Voy a lo conocido y busco una editorial? ¿O me hago un «yo me lo guiso, yo me lo como»? Hablo de autopublicarse, claro. Ya sabéis que yo trabajo con editoriales y esa es la dirección que decidí tomar en su día. Pero en absoluto estoy en contra de la autopublicación. Eso sí, debe ser una elección hecha por convencimiento y muy sopesada. Este camino no debería tomarse ante el despecho de unos cuantos rechazos editoriales, porque sería un error. Las editoriales no son tus enemigas. Si no te han aceptado generalmente es porque tu obra no es lo bastante buena o porque no les da la vida para leer todo lo que les llega. En cualquier caso, si decides autopublicarte debes hacerlo bien. Dices que quieres ser un profesional de la escritura, así que vas a tener que demostrarlo y comportarte como tal. La autopublicación exige que todo ese trabajo que hace un editor recaiga sobre ti o lo contrates (lo cual no es barato): corrección, maquetación, portada, promoción… Todo vas a tener que hacerlo tú, y lo debes hacer bien, así que tendrás que aprender a hacerlo. Bien mediante cursos especializados o a base de mucha práctica. Porque, ya sea un libro publicado por editorial o por Amazon, el lector siempre se va a merecer la máxima calidad. Jamás olvides esto. El escritor tradicional Este es el camino que yo elegí: escribir mis novelas y enviarlas a las editoriales. Te quitas mucha presión de encima porque prácticamente te olvidas del trabajo de edición. Pero ojo, esto también tiene su aquel. Porque desde el momento en que firmes un contrato tu obra va a quedar en manos de dicha editorial en cuanto a su explotación comercial se refiere (tranquilo: sigues siendo el dueño de los derechos de autor). Así que si la editorial no hace un buen trabajo o sencillamente el libro no se vende bien, vas a tener paralizada esa obra mientras dure el contrato, salvo que acordéis rescindirlo. Ya conoces las ventajas de publicar de manera tradicional: distribución en librerías, posibilidad de alcanzar otros mercados, un trabajo de edición hecho por profesionales… Mucho a favor, desde luego, pero te va a exigir paciencia, ya que como tú hay muchos otros escritores, y las editoriales tienen un número de novedades limitado. O dicho de otro modo: paciencia, mucha paciencia. Conclusiones ¿Existe un camino mejor que otro para un escritor? A priori no. Puedes ser feliz tanto eligiendo escribir para ti mismo como embarcándote en una carrera profesional, ya sea de corte tradicional o autopublicándote. Sólo tienes que ser consciente de tu elección y actuar en consonancia.
Tariq ibn Ziyad, el conquistador de Hispania
Si por algo se caracteriza nuestra querida península ibérica es por el crisol de pueblos que la han enriquecido a lo largo de su historia. Como sabéis, una de mis épocas preferidas es la de la ocupación musulmana. De esta pasión surgió «La predicción del astrólogo» que transcurre en el siglo XI durante el reinado de Al-Mutadid. Pero mucho antes de todo eso, en lo que se ha dado en conocer como la etapa musulmana inicial de la península ibérica del siglo VIII, hubo un personaje muy importante sin el cual tal vez los musulmanes jamás se habrían asentado en tierras hispanas. Su nombre es Táriq ibn Ziyad, el auténtico conquistador de Hispania, y hoy voy a hablaros de él. Los orígenes de Tariq ibn Ziyad En realidad, y por desgracia, sabemos muy poco sobre los primeros años de Tariq. Los historiadores no se ponen de acuerdo en si su origen era persa o bereber, como apuntan los especialistas norteafricanos. Por lo visto fue nieto de un musulmán de nuevo cuño, pero ningún texto antiguo da cuenta de su nacimiento ni acerca de su ascensión hasta el año 704, cuando Musa ibn Nusair, el caudillo yemení que gobernaba el califato damasquino omeya en el norte de África, lo puso al frente de su ejército. Su capacidad como líder y guerrero debió de ser más que destacable desde el principio, pues semejante responsabilidad vino acompañada poco después con su nombramiento como gobernador de Tánger. La caída de los visigodos Mientras tanto, en la península ibérica se vivía el declive del pueblo que había tomado el relevo de la Roma imperial. Después de casi trescientos años, los visigodos se encontraban sumidos en una lenta y agónica descomposición por todos los frentes imaginables. Los últimos reyes habían tenido que vérselas con la pérdida de poder frente a los nobles, al empobrecimiento general y, por encima de cualquier otra cosa, a una inasumible crisis demográfica causada por la peste, la sequía y el hambre. Reyes como Ervigio, Witiza o, por último, Rodrigo, se veían impotentes para cambiar el rumbo del destino, agravado además con los constantes enfrentamientos entre las familias aspirantes al trono. Los musulmanes, que llevaban suspirando por conquistar Hispania desde que se hicieron con la actual Marruecos, vieron el caos reinante en la península como su gran oportunidad. Y vaya si la aprovecharon. Sobre todo cuando al conde visigodo don Julián, gobernador de Ceuta, se le ocurrió la brillante idea de pedir el apoyo de los musulmanes para los asociados del difunto rey Witiza, frente al ya nombrado como regente Rodrigo. Musa ibn Nusair decidió enviar a un contingente armado al mando de su mejor hombre por aquel entonces: Tariq ibn Ziyad. La montaña de Tariq ibn Ziyad Algunas fuentes citan que en realidad la decisión de partir a Hispania fue del propio Tariq, pero en cualquier caso en el 710 nuestro protagonista realizó una primera expedición a las costas andaluzas con apenas cuatrocientos soldados, con carácter más bien exploratorio. Pero un año después vino lo bueno. El 27 de abril del 711, al mando de 1700 hombres a los que luego se unirían hasta un total de diez mil, Tariq desembarcó en el lado peninsular del estrecho y bautizó con su nombre la tierra que pisó: Yabal Tariq. La Montaña de Tariq. Gibraltar. Ante semejante despliegue, los favorables a Agila II (rival de Rodrigo) se dieron cuenta del enorme error que habían cometido. Ambas partes acordaron una tregua y se aliaron para acabar con el ejército de Tariq. El líder bereber se vio entonces en una situación desesperada: sus aliados visigodos lo ignoraron, mientras él se encontraba arrinconado con el mar a la espalda en una tierra ajena. Pero es en los momentos agónicos cuando los grandes hombres se crecen. Tariq no dudó en pedir más ayuda a Musa ibn Nusair, quien se apresuró en enviarle otros cinco mil hombres. Tarik ibn Ziyad y la batalla de Guadalete Y de este modo nos plantamos en julio del 711, cuando se dio el primer gran enfrentamiento entre visigodos y musulmanes. Una batalla destinada a cambiar el futuro y que se dio en las cercanías del río Guadalete (aunque la ubicación está todavía en discusión). El combate se prolongó sin que la cosa fuese más allá de ocasionales escaramuzas hasta que, para sorpresa de todos, Agila y sus seguidores, que formaban en las alas del ejército visigodo, se pasaron al bando musulmán. Con absoluta superioridad en todos los aspectos, Tariq arrasó con Rodrigo y los suyos. Según se dice, el rey fue uno de los muchos caídos en combate. Aquel fue el principio del fin del reino visigodo. El nacimiento de al-Ándalus Tariq siguió comandando las fuerzas musulmanas durante varios años, desintegrando poco a poco a las tropas visigodas y arrebatándoles plaza tras plaza. La primera fue Toledo, para desgracia de su anterior aliado, Agila. En la amurallada capital de la Hispania todavía visigoda (por poco tiempo), Tariq esperó la llegada de Musa en el verano del 713. Mérida, Astorga, Sevilla, Zaragoza, Tarragona, Pamplona y Galicia… Como si de una partida de Risk se tratara, las regiones hispanas fueron cayendo en manos musulmanas, aunque no siempre a través de las armas. Los conquistadores acogieron con gusto multitud de pactos con la élite visigoda, que marcaría un camino diplomático gracias al cual el islamismo se asentaría de manera gradual y pacífica tras estos primeros años de combates. Una de las claves fue que los musulmanes respetaron las creencias de las poblaciones cristianas y judías, así como la liberación de la opresión ejercida por los gobernantes visigodos. En el 714, Tariq y Musa regresaron a Damasco para presentar el botín al califa Al-Walid. Allí, Musa trató de llevarse todo el mérito de la conquista, lo cual provocó que Tariq se enfrentara a él y lo denunciara ante el califa y su sucesor cuando murió, Suleiman I. Por ello, Musa sería sancionado, pero la historia no nos dice qué ocurrió después
La adecuación: piensa en tu lector
Cuando los escritores hacemos una entrevista o hablamos en una presentación, rara es la ocasión en que no decimos que para nosotros el lector es lo más importante. Y en la mayoría de casos os puedo asegurar que somos totalmente sinceros. ¿Pero hasta qué punto pensamos en el lector cuando estamos escribiendo una novela? ¿Existe una figura literaria con la que guiarnos para no perder de vista nuestro público? Pues la verdad es que sí, y tiene nombre: la adecuación. En este artículo os voy a hablar de este aspecto tan fundamental y que damos tan por supuesto que muchas veces ni lo cuidamos. Señoras y señores, con todos ustedes: la adecuación. Qué es la adecuación Cuando está no la notamos, pero su ausencia es capaz de estropear cualquier obra. La adecuación es en realidad muy fácil de describir: se trata de la propiedad por la cual cualquier texto comunicativo se adapta al contexto para el que fue creado. Sencillo, ¿verdad? Pero hay más tela que cortar. Porque la clave de la cuestión está precisamente en eso que llamamos contexto, o sea, la situación en la que debe desarrollarse el texto. Pongamos un ejemplo de la vida real: imagínate que te toca declarar como testigo en un juicio (tranquilo, nada serio); el juez te hace las preguntas y a ti te da por responderle tuteándole y hablándole como si fuera tu colega. Mala idea. Todos estaremos de acuerdo en que lo correcto sería «adecuarse» a la situación y hablarle al juez mostrando respeto, seriedad y educación. Al fin y al cabo, es una persona que no conocemos y cuya autoridad exige un trato formal. Pues con los textos comunicativos, entre los que está cualquier novela, el escritor también debe adaptarse a las circunstancias. ¿Y cuáles son estas? Vamos a ver las más importantes. La adecuación, conexión entre autor y lector Es bastante obvio que, independientemente del género en el que escribamos nuestras novelas, pueden existir diversos tipos de público al que vaya dirigido. Existen libros de fantasía para adultos o niños, novelas históricas para un lector más generalista y otras que buscan a lectores más acostumbrados al género, u obras románticas centradas en un público femenino. En todos estos casos el autor debe adaptarse a las particularidades de la gente a la que pretende dirigir sus libros y por tanto narrar en consecuencia. Si hoy escribimos un cuento para niños no lo haremos del mismo modo que cuando la semana pasada estábamos enfrascados en ese relato que nos pidieron para una antología solidaria dirigida a víctimas de violencia de género. Lo cual nos lleva al siguiente punto, directamente conectado con este. La adecuación, el tema y el género No es exactamente lo mismo el tema que el género, por cierto. El género vendría a ser la clasificación formal de la novela, pero dentro de cada uno de ellos puede existir variedad en los temas a tratar. En cualquier caso, para no alargarnos excesivamente, ambos deben vigilarse a la hora de escribir y no salirse de unos parámetros marcados de antemano. El tratamiento que exige una novela de ciencia ficción es muy distinto al que requiere una novela histórica (aunque en ocasiones se entremezclen formando híbridos, tal y como yo mismo hice en «La boca del Diablo». Su público es distinto y esperan obras diferentes. Es muy posible que un aficionado al thriller desespere ante las largas descripciones de «El Señor de los Anillos», mientras que un fan de la fantasía estará más que encantado. Una vez más, vamos a tener que adecuarnos a estas circunstancias. El propósito del autor, clave de la adecuación Independientemente de lo que impongan las normas establecidas, el autor siempre tendrá sus propias intenciones. De hecho esa es la mayor virtud de cualquier disciplina artística, la de destrozar lo establecido para aportar algo nuevo. Sea más o menos conservador, el escritor puede desear por ejemplo que su obra de ciencia ficción tenga un componente más intimista, o que su trilogía fantástica explore más el desarrollo de los personajes por encima del propio argumento. Hay escritores que por naturaleza buscan ser transgresores, escandalizar al lector, provocar en él emociones que incluso podrían considerarse contraproducentes. Sea cual sea el caso, el escritor debe adaptarse a la premisa que él mismo ha elegido y ser fiel a ella a lo largo de toda la obra. No habría tenido sentido que Nabokov desarrollara toda su «Lolita» tal y como lo hizo para al final darle un final feliz y bucólico. El formato En la definición de formato se pueden englobar diversos aspectos. Lo primero que se nos viene a la mente hoy en día es si hablamos de una novela en papel o en digital. No tienen por qué suponer una diferencia a la hora de tratar el texto, pero puede serlo. Existen tendencias claras en la publicación exclusivamente digital, como la menor extensión de las obras, que exigirían un acercamiento diferente a la publicación tradicional en papel, donde estamos más acostumbrados a novelas de muchas páginas. Y más páginas significa por ejemplo una trama más compleja, un mayor desarrollo de los personajes o una narrativa más elaborada. Por otra parte, con formato también podríamos entender las claras diferencias entre novela y novela ilustrada, que exige que el texto tenga en cuenta las imágenes que lo acompañan. O las novelas por capítulos, comunes en el pasado cuando se publicaban por entregas en revistas especializadas, y que tuvieron un nuevo auge gracias a los blogs. Un ejemplo patrio y actual sería «Dido, reina de Cartago», que la alicantina Isabel Barceló publicó por entregas en su blog Mujeres de Roma y que luego dio el salto a una publicación tradicional. Todos estos tipos de formato exigen, una vez más, que se adapte a las particularidades de cada uno de ellos a través de la adecuación. Conclusiones Como veis, son muchos los aspectos a tener en cuenta cuando un autor debe plantearse cómo abordar su novela, en
¿Los dioses griegos fueron plagiados?
Hace unas semanas compartí con vosotros un artículo sobre la historicidad de uno de los dioses mitológicos por antonomasia. En «¿Existió un Heracles histórico?» utilizaba para mi argumentación la similitud entre nuestro conocido semidiós con otro héroe mitológico muy anterior: Gilgamesh. Ya sabéis, el protagonista del primer texto de la Historia considerado una obra literaria. Ponderamos pues la posibilidad de que Heracles fuese una adaptación por parte de la cultura griega del protagonista del mito sumerio, a su vez ambientado en un rey histórico. Se podría pensar que este caso es anecdótico, pero hoy vamos a ver más ejemplos de cómo los griegos dieron forma a su fascinante mitología bebiendo de otras, más antiguas o incluso contemporáneas. ¿Se podría decir que las plagiaron? Dioses minoicos y micénicos Nuestro primer protagonista es Poseidón. Sí, el dios del mar, que desata tormentas contra los barcos de aquellos marineros que no le han ofrecido un digno sacrificio. Lo curioso es que Poseidón no fue siempre un dios de los mares. Su origen se remonta a un pasado tan remoto que por aquel entonces los griegos ni siquiera existían. La primera mención a Poseidón la encontramos en tablillas micénicas como poco contemporáneas a la guerra de Troya, bajo su forma más arcaica, Posedawone. Sin embargo, se cree que podría ser anterior, de origen minoico. La etimología de este nombre vendría a significar «esposo de la tierra», siendo la tierra una diosa en sí misma. Dicha divinidad mujer, por cierto, tiene profundas similitudes con la gran figura universal de la Madre Tierra, común en multitud de sociedades antiguas, y que derivaría en Deméter. Poseidón sería por tanto la otra mitad necesaria para crear los dones de la tierra: el que fertilizaba las cosechas. Esto lo convertía en el principal de los dioses varones del panteón minoico. Su nombre aparece con mucha más frecuencia en las tablillas micénicas que otro posible plagiado, Diuja, o Zeus. A Poseidón se lo relacionaba directamente con el animal central de la cultura minoica, el toro. Quizás por eso su genio era tan volátil que cuando se enfadaba provocaba violentos terremotos. Quién sabe cuáles serían los mitos originales relacionados con este dios, lo que no cabe duda es que cuando los micénicos llegaron a Creta para ocuparla se apropiaron de su mitología al igual que hicieron con el arte y la arquitectura. El paso del tiempo hizo el resto, convirtiendo los mitos primigenios minoicos en lo que hoy conocemos. En algún punto, Poseidón ganó su condición de dios marítimo. Los dioses de los Nart «Hace mucho tiempo, la tierra resonaba bajo el estruendo de los cascos de los caballos. En aquella época tan lejana, las mujeres ensillaban sus propias monturas, aferraban sus lanzas y cabalgaban junto con sus compañeros varones para presentar batalla al enemigo en las estepas. Las mujeres de aquel tiempo podían atravesar el corazón de sus oponentes con sus rápidas y agudas espadas, pero también podían confortar a sus compañeros y albergar un gran amor en su pecho […]» Mujeres jinetes, mujeres guerreras. Imposible no pensar en las míticas amazonas que lucharon frente a Troya, a medio camino entre los mortales y los dioses. Y, sin embargo, el texto que os he mostrado no tiene un origen griego. Forma parte de un relato de una serie de mitos de la tradición oral del Cáucaso conocidos como Las sagas de los Nart, un conjunto de narraciones que comparten pueblos de dicha área, como los circasianos, los chechenos o los abjasios. Las similitudes entre los nart (literalmente «héroes») y algunos conocidos de la mitología griega son asombrosas. Uno de los personajes de estas sagas, Nasren el Barbudo, fue un héroe que robó el fuego de los gigantes para ofrecérselo a sus compañeros Nart, y por ello fue encadenado a un monte como castigo. ¿A quién nos recuerda esta historia? En efecto, al titán Prometeo. Por si todo esto no fuera bastante, fue rescatado de su cautiverio por el personaje central de estas sagas, Sosruko (¿otro trasunto de Heracles?), quien además se decía que era invulnerable porque cada noche se bañaba en su propio sudor. Sin embargo, el barreño en el que lo hacía era demasiado pequeño y dejaba al aire sus rodillas. Y éstos eran sus únicos puntos débiles. Hola, talón de Aquiles. Los dioses del Ciclo de Kumarbi Entre las culturas antiguas más desconocidas de la histora nos encontramos la de los hurritas, un pueblo que habitó una región que comprendía el norte de Siria, el sudeste de Turquía y el noroeste de Irán. Los hititas, con quienes tuvieron una estrecha relación, plasmaron de manera fragmentaria en sus textos algunos de los mitos hurritas. Uno de los que nos ha llegado casi al completo es El Ciclo de Kumarbi, en el que se nos narra la batalla entre dos dioses, Alalu y Anu. Vencedor: Anu. Sin embargo, éste tendría que enfrentarse a su vez con el hijo de Alalu, Kumarbi. Vencedor: Kumarbi. Pero ojo a cómo lo derrota: castrándolo y tragándose sus genitales. Si conocéis medianamente bien la mitología griega habréis saltado de vuestro asiento al reconocer la Teogonía de Hesíodo. Anu sería Urano, mientras que Kumarbi ejercería el papel de su hijo Cronos. Y la continuación no lo es menos, pues Kumarbi se quedaría embarazado de tres dioses. El último de ellos es el más relevante, pues sería su perdición: Teshub, el dios de la tormenta, quien a la postre se convertiría en el dios de dioses. Anda, mira, como Zeus. Conclusiones Existen mucho más ejemplos de historias y personajes paralelos con los de la mitología griega clásica: los sumerios y su diosa del amor Innana; el Heracles fenicio al que rezó Aníbal antes de marchar contra Roma, Melkart; o la diosa Ishtar en Babilonia. Así que volvamos a la pregunta inicial: ¿Plagiaron los griegos a sus dioses y su mitología? No. En absoluto. En primer lugar porque el plagio está fundamentado en el derecho de autor de la obra original, y ningún